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"De mayo a junio, historia de un cambio"
Cuando todo empezó a cambiar
27/03/2017 | Antonio Crespo Massieu

El 18 de febrero se estrenó en el Teatro del Barrio de Madrid la obra “De mayo a junio” de Pedro Granero que este 29 de marzo, a las 22,30 h, vuelve a ponerse en escena.

Asistir a un estreno es siempre un acontecimiento imprevisible pero, en este caso, aún más pues lo era por partida doble: la primera obra de un autor y la primera vez que un actor se subía al escenario de un teatro profesional. Y lo hacía asumiendo el riesgo de un monólogo; solo, cerca del público, a veces confundido con él. Salir indemne de este reto no es fácil. Estas líneas quieren ser la crónica de esta aventura.

De mayo a junio, un corto espacio de tiempo, apenas un mes… En este caso, y el título es el primer acierto de la obra, son varios años: los que transcurren del 15M a las elecciones de junio de 2016. Porque lo que se nos cuenta, lo que se nos hace vivir en el escenario, es un tiempo vertiginoso nacido con la ocupación de las plazas y concluido (esperemos que provisionalmente) con el resultado amargo de las elecciones de junio. En medio todo lo que ha sucedido en este país y lo aprendido por un joven que llega de provincias (como se decía antes) a Madrid para estudiar arte dramático y ser actor; es decir cumplir una vocación, llegar a subirse a un escenario, ante un público; lo que, en el momento preciso de la representación, se cumple ante nosotros.

Al principio de la obra se nos dice:

Hay años en los que pasan siglos y siglos en los que no pasa nada. Y esto es lo que sucede en España, vivimos años en los que ha pasado absolutamente de todo. Sólo hay que pensar que hemos pasado del “Andreita cómete el pollo” a “la hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales, afirmación-apertura” de Íñigo Errejón en un tweet. Y de verdad que no sé con qué me gustaría quedarme. Y en esta centrifugadora en la que todo cambia, muta o se transforma a una velocidad inalcanzable, yo. Digo yo porque soy actor y estoy en el centro de todo, y también porque soy con la persona con la que más me toca convivir. Quiero volver la vista atrás y remontarme a cuando todo empezó a cambiar. El 15M. De antes de esta fecha no recuerdo nada, sólo a mi abuelo y detalles de Alicante, su humedad, su calor… Como veis esto va de mirada larga.

Un acelerado tiempo histórico y ese yo, que por ser actor está en el centro de todo, que va desgranando, con humor pero también con ternura, sus recuerdos hasta llegar al presente; recuerdos recientes porque de antes… apenas detalles, aunque en ellos esté el calor de la infancia. Hay en este fragmento de la obra las claves que la explican y también algún posible equívoco. Empiezo formulando este. El público puede pensar que está ante un monólogo humorístico de los que hoy tanto abundan. Al sintetizar estos años en la distancia que va desde “Andreita cómete el pollo” y el twit de Errejón la carcajada es inevitable. Y en efecto la obra está llena de rasgos de humor pero, conviene avisar, este monólogo pretende ser, y de hecho es, una pieza de teatro donde la sátira, la caricatura, el humor más limpio y el más cortante, convive, es inseparable, de otros momentos en los que predomina la ternura, el instante detenido que fija, con la clarividencia del acontecimiento, un momento histórico, lo lírico y también lo épico: aunque, eso sí, siempre pasado por el humor o por una nostalgia que lo desacraliza. Son muchos los matices de esta obra y de ahí la enorme dificultad, el riesgo que asume este cómico que no sabe si podrá vivir o malvivir del teatro o tendrá que renunciar a sus sueños, y que se obliga a un constante cambio de registros interpretativos. En todo caso el humor es ácido pues el camino, este vertiginoso pasaje de mayo a junio, es el que conduce de la esperanza a la desilusión y un cierto desamparo. Lo que nació en el 15M, ese despertar de las multitudes que parecía llenar todo el espacio; ocupación real de plazas y calles pero también de las conversaciones familiares, las tertulias, los cafés…

Lugar y tiempo para el encuentro entre generaciones. Este yo que nos habla en la obra nos cuenta la repetida dificultad de este diálogo: un joven lleno de lecturas marxistas, con un lenguaje plagado de referencias teóricas que, en la mesa del comedor, ante el estupor de sus padres, se dirige a estos como quien recita párrafos de los Manuscritos económico filosóficos o del libro I de El Capital (o tal vez de sus primeras páginas, que luego la lectura se hace más cuesta arriba). De pronto todo cambia. Y el 15M propicia un lenguaje común, una sintonía en la denuncia y la protesta, todo se ha hecho concreto y ya no sirven las palabras aprendidas, hay que inventarlas. Y el joven aspirante a actor descubre el valor de la dignidad y la rebeldía, lo aprende de compañeras y compañeros y, mezclado entre el público, mirando de frente el escenario vacío, señala a un policía como hizo aquella compañera esa mañana en que se detuvo un desahucio y le dice (al policía que ahora vemos aunque el escenario esté vacío) que de allí no se va, que no se moverá y sostiene la mirada y el gesto y permanece. O nos cuenta lo aprendido en su asamblea del 15M de Tetuán, el espacio de la palabra, la escucha y la acción. Y todos estos actos concretos son vínculos, espacio de reconocimiento, y diálogo posible con el padre y la madre pues de pronto el lenguaje de la rebeldía se ha hecho común, puede ser compartido. Como sucederá tras el nacimiento de Podemos. Los regresos a la casa familiar de Alicante del joven aspirante a actor (que ya ha ingresado en la Real Escuela Superior de Arte Dramático) son preguntas de la familia que hablan un lenguaje común y dicen una misma esperanza: qué tal, qué porcentaje de votos se espera, cómo ves las últimas encuestas…

Y aquí, en el hogar familiar, se produce uno de los aciertos de la obra, un monólogo, superpuesto al del actor, que ilustra el tiempo histórico de estos años acelerados de cambio y sueños colectivos. El actor deja vacía la escena, se sienta en una silla, entre el público, y en una pantalla se proyectan las preguntas que él hace a su madre. Habla y habla una mujer inteligente, llena de ironía y sentido del humor y nos dice sus discos preferidos, como vivió la Transición (sin demasiado compromiso pero como una época de esperanza), la desilusión, la tristeza por un Felipe González en el que creyó, la confianza en lo que ahora está naciendo… mientras organiza un viaje por ordenador, trabaja en la cocina, prepara sus clases, lee, escucha música, habla con su marido que atraviesa fugazmente la escena doméstica… la vida, también vertiginosa pero hecha rutina, de casi cualquier madre. Vídeo que, como sucede en el conjunto de la obra, nace con alguna carcajada, luego diluida en una constante sonrisa para terminar con la admiración por esta mujer y la ternura y lucidez que transmite. Vídeo doméstico donde está la historia de este país, de esta democracia deseada y traicionada, de esta irrupción de lo nuevo que rejuvenece a las generaciones mayores y hace dialogar, y encontrar un espacio común, con sus hijas, sus hijos o sus nietos.

El actor deja su butaca y vuelve al centro de esta historia y nos desgrana sus infortunios amorosos y nos reímos con ellos, su historia personal se mezcla con la colectiva y es casi tan vertiginosa y con un final tan amargo como esta. Su búsqueda de trabajo, sus precarios empleos y lo que aprende en ellos… pues esta es una obra de aprendizaje, no sólo porque se va forjando una personalidad, sino también en un sentido más profundo, porque la construcción del yo remite a un sujeto colectivo, a un constante aprendizaje de los demás, retener lo que ellos nos dicen: los niños y niñas de un comedor escolar donde trabaja por horas, la compañera que se enfrenta a la policía, la madre a la que pregunta porque quiere saber, conocer, lo que es y ha sido su vida, lo que fue su juventud …

Y, ya lo hemos anticipado, la obra termina con un poso de amargura. Como si todo lo vivido, lo transitado estos años con tanta pasión, fuera ya parte del pasado, como si el país volviera a la normalidad tras la sacudida de la rebeldía. Puede que sea cierto. Pero también lo es que, tras una pausa, en uno de esos cambios de registro en que la voz parece caminar hacia dentro, buscar lo más profundo, lo que se dice primero en voz baja y luego cada vez más firme, mirando a los espectadores o más allá a un horizonte que traspasara la cuarta pared y se abriera al mundo, a los hombres y mujeres que esperan entre la perplejidad y una esperanza que quieren seguir alimentando. Y se produce un hermoso momento en el que se reivindican las múltiples, casi infinitas formas de resistencia, de decir no, de afirmarse frente al poder; ninguna despreciable, todas necesarias porque sólo sumándolas volveremos a tener la certeza de que el mundo va a cambiar de base.

Porque esta obra es amarga pero no renuncia a la esperanza, como no renuncia al humor ni a la ternura. Y esto exige un esfuerzo de interpretación, unas transiciones, un cambio de registro, unas pausas medidas, un tiempo acelerado o lento, de una extrema dificultad. Pedro Granero salió indemne el día del estreno, demostró que es un actor y, por ello, capaz de ponernos, con su cuerpo y su palabra, un espejo en el que poder mirarnos. En próximas funciones sólo puede crecer, enriquecerse cada vez más con su texto, confundirse con él. Por eso vale la pena ir a verle. Para reflexionar sobre este tiempo en que, casi sin darnos cuenta, hemos pasado de “Adreíta cómete el pollo” al tuit de Errejón; del feliz reino de España va bien y bendita Transición a llevar a las calles y las instituciones nuestra rebeldía, nuestras dudas, nuestra exigencia de un tiempo nuevo. Y también para no perderse la primera vez que un actor sube al escenario. No sabemos el final de esta historia. Ni la personal ni la colectiva. Depende de nosotros. Yo quiero creer que Pedro Granero será el actor que ya es, es decir podrá dedicarse al teatro, y dentro de unos años diré, con un cierto orgullo, que le vi subir por primera vez a un escenario. Como quiero creer que cambiará la historia de este país y muchos, entre ellos y ellas Pedro Granero, ayudarán a construir un mundo más justo. Por ahora este proyecto y esta llamada a la resistencia y la esperanza está en el Teatro del Barrio. Que esté también en las calles depende de nosotros. Esta obra de teatro es tan sólo el comienzo. De un actor y de una obra de la que ahora somos nosotros sus protagonistas. Aquí no se baja el telón, no existe. Aquí todos somos actores, aquí todos y todas salimos a la calle.

26/03/2017

Antonio Crespo Massieu, escritor, pertenece a la Redacción de viento sur





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