aA+
aA-
Grabar en formato PDF

Tibet
Por Tíbet contra sus opresores
09/03/2017 | Charlie Hore

“Tibet libre” ha sido durante mucho tiempo una causa de personalidades famosas, capitaneadas por generaciones de actores de Hollywood y políticos liberales que buscaban alguna causa. Los socialistas, sin embargo, se han mostrado más escépticos. La invasión de Tíbet por las tropas chinas, sostienen muchos, puso fin a un régimen feudal y teocrático e inició un proceso de liberación que prosigue hasta nuestros días. Admitirán sin duda que la República Popular China no ha estado siempre acertada en la administración de Tíbet. Se han cometido errores; la Revolución Cultural fue una desventura. Pero ¿quién puede desear que vuelva el Dalai Lama?

Este discurso pasa por alto, se diría que adrede, la manera en que Tíbet ha sido víctima de una típica colonización. La historia de los últimos 60 años es espeluznante: la invasión por parte de un vecino más poderoso dio lugar a la huida de decenas de miles de refugiados; hambrunas provocadas por el invasor mataron a decenas de miles más; hubo intentos de aniquilar la cultura, la religión y la lengua locales; la administración del territorio pasó a manos de miles de funcionarios chinos, que en su mayoría nunca llegaron a hablar tibetano; y hubo décadas de represión violenta. El argumento, muchas veces repetido, de que Tíbet es parte integrante del país lleva a una conclusión no expresa: Tíbet pertenece a China independientemente de la voluntad de su población. Este mantra refleja una relación de poder que es contraria al principio de autodeterminación.

Está claro que el apoyo estadounidense al nacionalismo tibetano resta credibilidad a la campaña. La causa tibetana parece atraer a las estrellas de Hollywood más estrafalarias como la luz a las polillas, pero lo que es más serio, la CIA y el Departamento de Estado han apoyado durante mucho tiempo al gobierno tibetano en el exilio. A comienzos de la década de 1960, la CIA entrenó a guerrilleros para luchar dentro de Tíbet, un plan que tuvo tanto éxito como la invasión de la Bahía de los Cochinos en Cuba. Sin embargo, no hay manera de escamotear el hecho de que China ocupa Tíbet prácticamente del mismo modo en que los imperios occidentales ocuparon en los siglo XIX y XX gran parte de África y Asia. Es más, la afirmación de China de que ha “liberado” Tíbet suena a hueca, y la persistente resistencia tibetana representa una importante reivindicación del derecho de autodeterminación.

¿Qué es Tíbet?

La palabra “Tíbet” se aplica a menudo a dos entidades geográficas y políticas distintas, de modo que conviene comenzar por una definición clara. El altiplano tibetano ocupa un poco más de un cuarto de la superficie terrestre total de China y abarca la Región Autónoma Tibetana (RAT), la provincia de Qinghai y parte de las provincias de Gansu, Sichuan y Yunnan. Es una de las regiones menos densamente pobladas del planeta, con una población de 10 a 11 millones de habitantes, de los que de 6 a 7 millones son tibetanos (todas estas cifras son controvertidas y aproximadas). Todos los grandes ríos de China, al igual que los del este y el sur de Asia, tienen su origen en el altiplano.

Durante los últimos mil años, Tíbet ha estado dividido políticamente en una parte central y occidental, antes dirigida por el Dalai Lama y que constituye lo que hoy se denomina la RAT, y las dos regiones de Amdo (actualmente la provincia de Qinghai y parte de Gansu) y Jam (partes de las provincias de Sichuan y Yunnan), donde el poder político ha estado históricamente en manos de dirigentes locales. No obstante, las tres regiones comparten en gran medida la misma cultura, religión y lengua, y cuando la gente tibetana habla de Tíbet, se refiere al conjunto del altiplano, no solo a la RAT.

El control de Tíbet ha sido siempre un objetivo fundamental de todas las variantes del nacionalismo chino, pero no por razones puramente ideológicas. Tiene que ver con la importancia estratégica del altiplano, tanto por su extensión y su preeminencia geográfica en Asia Central, como por albergar el origen de los ríos más grandes de China. Hasta ahora, sin embargo, el coste que supone controlar Tíbet supera de lejos el beneficio económico de la ocupación, pese a la búsqueda febril de yacimientos minerales.

Quienes defienden la ocupación china suelen apoyarse en tres argumentos principales: el histórico, el político y el económico. El primero se basa en la historia del imperio para demostrar que Tíbet forma parte de China desde la dinastía Tang (618-907 d.C.). En 641, el matrimonio de una princesa tang con el emperador tibetano cimentó esta alianza. Como dice el periódico oficial Diario del Pueblo:

Dicho en plata, Tíbet forma parte de China desde tiempos remotos. La relación milenaria entre los tibetanos y los han abarca dos periodos: durante la dinastía Tang, los pueblos tibetano y han sellaron una alianza; desde la dinastía Yuan, pertenecen al mismo país.

Esto pasa por alto un buen pedazo de historia. El imperio tibetano tenía un extensión y una fuerza similares de las de China. De hecho, expulsó a las tropas de la dinastía Tang de lo que actualmente es la provincia Xinjiang, y en 762 ocupó temporalmente Changan (la Xian de ahora), que entonces era la capital china. A finales del siglo IX, este imperio se hundió en medio de conflictos armados internos, poco antes de que también cayera la dinastía Tang por motivos similares. La afirmación de que “desde la dinastía Yuan, pertenecen al mismo país” no es incorrecta, pero sería más exacto decir que el imperio mongol de Kublai Kan conquistó tanto China como Tíbet.

Tras el derrocamiento del régimen mongol por la dinastía Ming, étnicamente china, en 1368, los vínculos entre China y Tíbet se aflojaron. De acuerdo con Tom Grunfeld, un historiador generalmente prochino, “desde 1566 hasta la caída de los Ming en 1644, las relaciones políticas entre Pekín y Lasa fueron prácticamente inexistentes.” La caída de la dinastía Ming coincidió con el establecimiento del dominio del Dalai Lama y del Panchen Lama. Ambas figuras, que se refuerzan mutuamente, han ejercido de guías espirituales en todo Tíbet, pero su control político no solía extenderse más allá de las zonas central y occidental.

La dinastía Qing, que sustituyó a los Ming y fue mucho más expansiva, incrementó gradualmente el control sobre Tíbet durante el siglo XIX, ante todo en respuesta a la creciente presión de los británicos en India. Los imperialistas británicos estaban obsesionados con el “Gran Juego” –así llamaban el conflicto con la Rusia zarista en torno al control de Asia Central–, y a finales de 1903 el Reino Unido invadió Tíbet en una operación denominada “expedición Younghusband”. Las fuerzas británicas se abrieron camino hasta Lasa, matando a unos 2 700 soldados tibetanos en total. Después se fueron rápidamente, llevándose enormes cantidades de bienes saqueados. Todo este episodio demuestra que China era incapaz de defender a Tíbet de los británicos, y tras la revolución de 1911, que puso fin a la dinastía Qing, el gobierno tibetano acabó rápidamente con la presencia china. Cuando se desmembró el poder centralizado de China, Tíbet quedó efectivamente libre de todo control extranjero. La propaganda china puede afirmar que su país y Tíbet tienen una larga historia en común, pero la historiografía muestra un cuadro bastante distinto: cuando tuvo la oportunidad, Tíbet se quitóp de encima todo dominio extranjero.

¿Liberación de Tíbet?

Las justificaciones políticas del dominio de China comienzan a menudo señalando que la invasión china de 1950 liberó a la población tibetana del feudalismo. Tíbet era, en efecto, una sociedad desesperadamente pobre y asolada por enfermedades que estaba gobernada por señores esclavistas. Claro que este mismo argumento podría aducirse para justificar conquistas en África, Asia y América Latina, donde las poblaciones conquistadas ya estaban sometidas a sistemas sociales opresores. El argumento de la liberación también resulta ser anacrónico. Tal como señala Robert Barnett, uno de los principales historiadores de Tíbet,

China no afirmó, en el momento de invadir o liberar Tíbet, que quería liberar a los tibetanos de la injusticia social. Declaró que la liberaba del ‘imperialismo’ (refiriéndose a la interferencia británica y estadounidense). El tema de la liberación de Tíbet del feudalismo no apareció en la retórica china hasta después de 1954 en Tíbet oriental y de 1959 en Tíbet central.

Durante los primeros años, el gobierno chino operó a través de la aristocracia y el régimen político tibetano, explotando también hábilmente las divisiones internas de la clase dominante, en particular entre el Dalai Lama y el Panchen Lama, o más bien entre sus entornos, ya que ambos eran entonces adolescentes. Lo que no lograron fue ganarse el favor de la población, entre otras cosas debido a que el elevado coste de la ocupación obligó a mantener el trabajo forzado de tipo feudal. Muchos refugiados huyeron de Jam y Amdo, donde China estableció su dominio con mucha mayor rapidez, y sus informaciones sobre el nuevo régimen no hicieron más que avivar las tensiones.

En 1955, el gobierno inició la colectivización de tierras, forzando a los nómadas a asentarse. Los tibetanos respondieron a esto con mayor resistencia: a finales de aquel año, en ambas regiones proliferaron los combates, y a comienzos de 1956 se produjo en Jam una revuelta importante. El gobierno de Taiwán y la CIA prestaron cierto apoyo al levantamiento, pero no fueron estas fuerzas externas las que inspiraron el movimiento. Las pocas armas que suministraron no supusieron ninguna diferencia sustancial. No obstante, la implicación de EE UU reforzó sin duda la voluntad de China de consolidar su control sobre la región.

Tres años más tarde, Lhasa se alzó en rebelión abierta. Tras su derrota, el Dalai Lama y unos 100 000 refugiados, de una población total de alrededor de tres millones, huyeron a India. La prensa china culpó directamente a la CIA de organizar la revuelta. Tsering Shakya, sin embargo, aduce de modo convincente que esto no fue así. Las primeras manifestaciones “no solo expresaban su furia contra los chinos, sino también su resentimiento frente a la élite dirigente tibetana, que a su juicio había traicionado a su líder”, escribe Shakya, quien también señala el papel dirigente que desempeñaron en la rebelión los gremios artesanos y las sociedades de ayuda mutua de la (reducidísima) clase obrera tibetana.

La CIA ayudó al Dalai Lama a escapar, aunque en esta operación solo participaron dos agentes. En los años siguientes, la agencia estadounidense apoyó a potenciales guerrillas, pero el número de combatientes se mantuvo reducido y su impacto sobre el terreno fue casi nulo. En comparación con Indochina, las sumas de dinero invertidas fueron escasas y se redujeron todavía más a lo largo de la década de 1960. Grunfeld señala que en 1970 “el dinero de la CIA ya no fluía para nada” y concluye que “la implicación de EE UU no alteró la situación en Tíbet de ninguna manera palpable a partir de 1959”. Tras la visita a China de Richard Nixon en 1971, los dos países forjaron una alianza mutuamente conveniente contra la Unión Soviética, cosa que a menudo olvidan quienes ven en China a un constante enemigo del imperialismo estadounidense. El precio de esta alianza incluía el fin de todo apoyo de EE UU a los grupos de emigrantes tibetanos.

Tras la revuelta de 1959, el Partido Comunista Chino (PCCh) abandonó su política cautelosa y estableció el pleno control sobre Tíbet central, que quedó incorporado formalmente como región autónoma –la RAT– con nivel de provincia en 1965. En el lado positivo, la RAT se salvó del Gran Salto Delante de Mao, un desastroso intento de finales de la década de 1950 de estimular un crecimiento económico rápido mediante el trabajo forzoso. Los efectos de esta iniciativa en otras regiones tibetanas figuran entre los peores que hubo en China; las provincias de Gansu, Qinghai y Sichuan alcanzaron niveles récord de muertes por habitante.

Tras la colectivización forzosa, los funcionarios obligaron a los campesinos a sustituir sus cultivos tradicionales de cebada por trigo, que no puede prosperar en la alta montaña. En 1962, el Panchen Lama –el defensor más destacado de China en el seno de la élite tibetana– envió a Mao una carta mordaz en que detalló las consecuencias de esta política y abogó por un cambio: “Por mucho que en el pasado Tíbet fuera una sociedad bárbara bajo el dominio del feudalismo, el cereal nunca escaseó como ahora.” Acto seguido fue destituido de todos sus cargos oficiales y encarcelado, no siendo liberado hasta 1977. Incluso después del final de la hambruna, el nivel de vida siguió siendo bajo debido a las exigencias de la enorme presencia del Estado y del ejército chinos.

En 1966, la Revolución Cultural dio lugar a un ataque generalizado a la cultura tibetana. Como señala Grunfeld,

el daño causado por la destrucción sin sentido y los combates fue terrible… Aun sin tener en cuenta las historias de miles de tibetanos asesinados… las actividades verificables de los Guardias Rojos son suficientemente horripilantes. Hubo asesinatos y personas empujadas al suicidio. Atacaban a la gente en plena calle por llevar ropa tibetana o no llevar el cabello cortado al estilo han.

En 1969 estalló una revuelta general, en que murieron numerosos funcionarios chinos y tibetanos. En su apogeo, la revuelta abarcó 18 comarcas. El ejército chino sofocó la rebelión y ejecutó públicamente a sus dirigentes en Lhasa, pero los hechos mostraron hasta qué punto había fracasado China.

Después de Mao

Cuando Deng Xiaoping y sus seguidores accedieron al poder en 1978, su programa de reformas rechazó el legado de la Revolución Cultural y amplió el margen de libertad individual, pensando que esto granjearía al régimen una legitimidad popular renovada. En Tíbet, al igual que en Xinjiang, la medida implicaba admitir parte del daño causado y aflojar las riendas de modo significativo. Miles de personas pudieron salir de las cárceles, se redujeron los impuestos, se reabrieron monasterios y hubo una rápida promoción de funcionarios tibetanos. Entre 1980 y 1985, más del 40 % de todos los chinos étnicos que vivían en la RAT se fueron. Hu Yaobang, uno de los colaboradores más estrechos de Deng, acudió a Tíbet a supervisar el proceso y por primera vez se nombró primer secretario del partido a una persona de habla tibetana. En 1979 se dio permiso a una delegación del Dalai para visitar Tíbet, donde fue recibida por grandes multitudes.

El nivel de vida aumentó rápidamente, aunque tal como señala Tsering Shakya, esto no quería decir nada más que “volver al nivel de que gozaba la gente antes de la ‘liberación’ por parte de China”. Estas concesiones avivaron el apetito por un cambio mucho mayor. En septiembre de 1987, un reducido número de monjes protagonizaron la primera protesta pública en Lhasa desde 1959, organizada posiblemente para hacerse eco de la visita del Dalai Lama a EE UU a principios del mismo mes. Todos fueron detenidos. Pocos días después, la policía golpeó a los pocos manifestantes que salieron a la calle en solidaridad con los monjes, y entonces la ciudad estalló. Así describió la situación Robert Barnett, quien se hallaba en Lhasa durante las protestas:

Alrededor de 2 000 tibetanos rodearon entonces la comisaría de policía para exigir la puesta en libertad de los monjes detenidos en su interior. Finalmente pusieron fuego a la puerta de la comisaría para dejar que aquellos prisioneros escaparan. Cuando las autoridades abrieron fuego contra la muchedumbre, unas diez personas cayeron muertas, entre ellas algunos niños, y varias decenas más resultaron heridas.

Después, a comienzos de 1989, murió el Panchen Lama, con lo que desapareció el defensor más antiguo de la posición china. Las marchas fúnebres se convirtieron en escaramuzas con la policía, y el 5 de marzo los agentes abrieron fuego, matando al menos a diez personas. Los disturbios que siguieron fueron los más importantes desde 1959, ocupando la muchedumbre el centro de Lhasa durante tres días. Cientos de personas murieron asesinadas y miles resultaron heridas a causa de la represión subsiguiente. El movimiento mucho más amplio que comenzó en Pekín en mayo y la masacre de la plaza Tiananmen el 4 de junio taparon estas protestas, pese a que los estudiantes de la Universidad de Lhasa hicieron huelga en solidaridad con los de Pekín. Al parecer, unos 400 resistieron hasta el 21 de mayo. La respuesta represiva que siguió a escala de todo el país afectó de forma especialmente dura a Tíbet. La ley marcial, impuesta en marzo, imperó durante más de un año y en las calles de Lhasa circularon tanques hasta comienzos de 1990.

La búsqueda del sustituto del Panchen Lama costó a China todavía más apoyos en el seno de la jerarquía religiosa tibetana. De acuerdo con el budismo tibetano, cuando muere el Panchen Lama o el Dalai Lama, su espíritu se reencarna en un niño nacido en la época de su muerte. Los monjes del monasterio del lama fallecido descubren la reencarnación y la presentan al otro lama para que dé su aprobación. De este modo, el Dalai Lama es quien escoge en última instancia quién será el siguiente Panchen Lama, y lo que es crucial, el Panchen Lama determina quién será el siguiente Dalai Lama. En 1995, el gobierno chino y el Dalai Lama anunciaron cada uno por su cuenta que habían hallado la reencarnación. Se supone que el niño elegido por el Dalai Lama está bajo arresto junto con su familia. Cuando el gobierno trató de imponer a su elegido al monasterio del Panchen Lama, estalló una revuelta, justamente en la que hasta entonces había sido la principal base de apoyo religioso del dominio chino en la RAT, y una serie de cargos monacales se fueron al exilio.

Pekín consagró acto seguido el reconocimiento del principio de la reencarnación en la normativa del Estado al insistir en que

para mantener la validez y pureza de toda reencarnación viva del Buda y preservar la solemnidad de la ley, es necesario reiterar el principio fundamental ya consagrado en la nueva normativa de que todo Buda vivo reencarnado nombrado en contra de las reglas [que establecen que el gobierno tiene la última palabra en el “reconocimiento” de una reencarnación] es ilegal e inválido.

En 2002, China entabló negociaciones con representantes del Dalai Lama, ofreciendo la posibilidad de un acuerdo político que le permitiría retornar. Sin embargo, dentro de Tíbet aumentó la represión, imponiéndose restricciones cada vez más severas a los monasterios. Al mismo tiempo, el desarrollo económico causó enormes daños medioambientales y siguió marginando a la mayoría de tibetanos del crecimiento económico.

Las tensiones estallaron en marzo de 2008. El Dalai Lama declaró que seis años de negociaciones no habían conducido a nada. Los monjes del monasterio de Sera en Lhasa salieron a la calle en su apoyo y las fuerzas de seguridad los atacaron con gases lacrimógenos y picanas, y después con fuego real. Al final de la semana, miles de personas estaban luchando con piedras contra la presencia masiva de policías y soldados. Los manifestantes llegaron a controlar partes sustanciales de Lhasa. Las manifestaciones se extendieron a toda la RAT y, lo que es más importante, al conjunto del altiplano. El gobierno admitió que habían muerto manifestantes en las ciudades de Luhuo y Aba, en la provincia de Sichuan. En la provincia de Gansu, la BBC informó de que en la ciudad de Hezuo hubo una revuelta importante encabezada por estudiantes de secundaria. La página web de The Guardian publicó fotografías de varios miles de personas manifestándose en Xiahe, donde fueron atacadas con gases lacrimógenos por la policía.

Un experto en Tíbet de la London School of Economics afirmó que “desde el punto de vista de la magnitud de las manifestaciones y del subsiguiente despliegue de tropas, no ha habido nada semejante desde la década de 1950”. La propagación geográfica de las movilizaciones no tenía precedentes y planteó un nuevo problema a los gobernantes chinos. No podemos saber el número exacto de personas implicadas, pero por primera vez la mayoría de las manifestaciones se produjeron fuera de la RAT, demostrando que esto se había convertido en un movimiento pantibetano.

Los medios de comunicación chinos tacharon los disturbios de pogromos racistas dirigidos contra residentes chinos y musulmanes huis. (Los huis son étnicamente chinos, pero se tratan como una nacionalidad aparte en virtud de su religión.) En realidad, los manifestantes atacaron principalmente símbolos de la ocupación china, como el Banco de China y edificios oficiales. Numerosas agresiones contra negocios chinos y por lo menos contra una mezquita, así como contra personas chinas y huis en las calles, dan credibilidad a la información de la prensa china, pero vista la naturaleza de la ocupación, no es extraño que los tibetanos consideren a los colonos responsables de su opresión.

Una vez sofocada la revuelta, la represión subió de tono, con restricciones a la circulación interior, controles de carretera y una presencia policial todavía mayor. La serie de autoinmolaciones que se han producido en todo Tíbet constituye una respuesta a esta represión. Desde febrero de 2009, por lo menos 153 tibetanos se han quemado “a lo bonzo” en señal de protesta contra la dominación china. Es difícil imaginar un “arma de los débiles” más emblemática: resulta imposible impedirla o prevenirla. El suicidio como forma de protesta tiene una larga historia en China y en varias tradiciones religiosas, incluido el budismo. En la edad moderna adquirió notoriedad en Vietnam, cuando monjes budistas se convirtieron en antorchas humanas para protestar contra la persecución religiosa por parte del gobierno survietnamita.

La mera duración de las protestas tibetanas hace que constituyan un caso aparte. El gobierno ha promulgado nuevas leyes declarando ilegal autoinmolarse, ayudar a alguien a hacerlo, divulgar información sobre autoinmolaciones o incluso organizar plegarias por alguien que ha muerto. Se han impuesto castigos colectivos a las familias, monasterios, conventos y en ocasiones a aldeas enteras. Desde 2012, Lhasa permanece básicamente cerrada para los tibetanos –que ya son minoría en la ciudad– residentes fuera de la capital.

El apoyo de EE UU a los nacionalistas tibetanos –suspendido a comienzos de la década de 1970 al amparo de la alianza Mao-Nixon– ha vuelto a aumentar. Los estrategas estadounidenses, preocupados por la competencia económica, política y militar de China, apoyan a algunas organizaciones tibetanas a través de la National Endowment for Democracy (Fundación Nacional por la Democracia) y otras entidades. Sin embargo, no hay que sobreestimar la magnitud de este apoyo. En 2015, admitieron haber entregado algo menos de 750 000 dólares a 23 organizaciones de Tíbet: apenas unas migajas. Un proyecto de defensa del libre mercado en Pakistán recibió más dinero que todos los proyectos tibetanos juntos. Y ambas sumas palidecen en comparación con los cientos de millones entregados a grupos muyahidines afganos en las décadas de 1980 y 1990.

En la práctica, Tíbet no es una pieza en el juego global de las relaciones entre China y EE UU. Tal como han escrito dos seguidores del proyecto neoconservador del Nuevo Siglo Americano,

EE UU ha de reconocer que, para bien o para mal, no tenemos ninguna alternativa práctica a la soberanía china en Tíbet… No tendría sentido hacer de la independencia un objetivo cuando no hay ninguna posibilidad de que este objetivo sea realizable.

Esto podría cambiar. Si EE UU considera seriamente a China como un oponente militar, podría utilizar el movimiento tibetano como un aliado (la “opción Kosovo”), y una parte del movimiento tibetano sin duda lo aplaudiría.

Sin embargo, desde el punto de vista del capital estadounidense, existen buenas razones económicas y políticas para no aliarse con los nacionalistas tibetanos. China posee más deuda pública de EE UU que cualquier otro país excepto Japón; unas 450 de las 500 grandes empresas de la lista de Fortune invierten en China, y la mayoría de empresas que producen en China no tienen ninguna alternativa realista a donde pudieran trasladarse. Políticamente, China presta un apoyo crucial a la “guerra contra el terrorismo” global y es fundamental para la estrategia estadounidense de frenar a Corea del Norte.

Que Trump entienda alguno de estos motivos –o escuche a quienes sí lo hacen– ya es harina de otro costal. Ha conseguido enfurecer tanto al gobierno chino como al taiwanés, así como empezar a deshacer la ardua labor emprendida por Obama de reconstruir la posición del imperialismo estadounidense en el este de Asia incluso antes de tomar posesión de la presidencia. Es imposible prever qué nuevo infierno podría desatar una orden ejecutiva de Trump relativa a China, Taiwán o Tíbet. De todos modos, una política más agresiva hacia China mantendrá probablemente a Tíbet al margen. Todas las fallas fundamentales y todos los aliados potenciales se hallan en el este y el sureste de Asia, no en el Himalaya. Y aunque algunas organizaciones tibetanas acepten las migajas que les puedan ofrecer, el nacionalismo tibetano no puede reducirse simplemente a un instrumento del imperialismo estadounidense. Los apoyos que recibe parten de la dura realidad del dominio chino y de la negativa de la mayoría a aceptarla. El reconocimiento de esta opresión es uno de los motivos fundamentales por los que debemos apoyar la autodeterminación de Tíbet.

Desarrollo sin los tibetanos

En 2015, la agencia oficial de noticias Xinhua se explayó en lo mucho que había invertido en gobierno chino en Tíbet:

En el periodo que va de 1952 a 2013, el gobierno central ha aportado a Tíbet 544 600 millones de yuanes en forma de subsidios económicos, lo que supone el 95 % del gasto público financiero total de Tíbet… A lo largo de las dos últimas décadas, 5 965 de los mejores funcionarios de China han sido destinados a trabajar en Tíbet, se han llevado a cabo 7 615 proyectos de asistencia y se han invertido 26 000 millones de yuanes en Tíbet.

Aparte de la resonancia de esto con la obra de Rudyard Kipling –“asume la carga del hombre blanco / envía lo mejor que tengas”–, esta información no dice nada de quién se beneficia de ese gasto. La mayoría de tibetanos siguen viviendo de la agricultura de subsistencia y de la ganadería, pese a que la política china de asentamiento forzado limita cada vez más esta actividad tradicional. Algo así como dos millones de agricultores y pastores nómadas han sido obligados a asentarse en aldeas de nueva creación.

En la RAT y en Qinghai, la creación de reservas naturales –que prohíben el acceso a los nómadas, pero permiten la sobreexplotación de las tierras y el desarrollo industrial– impulsa este reasentamiento. Estas reservas abarcan actualmente más de un tercio del territorio de la RAT y un poco más de la mitad del de Qinghai. Los agricultores se enfrentan a la expropiación cuando su terreno se destina al desarrollo urbano o industrial. Se ven obligados a mudarse a viviendas mal construidas donde no hay tierras para cultivar y casi ningún empleo alternativo. En Taming Tibet, Emily T. Yeh describe uno de estos asentamientos:

Una obra cercana causó el cierre del suministro de agua de riego, lo que les impidió seguir trabajando en las tierras que les quedaban, pero el capital de que disponía el comité de la aldea, obtenido de la compensación por la expropiación de las tierras, no bastaba para terminar la obra. Así, los habitantes de la aldea tuvieron que esperar a que llegaran otras brigadas de trabajo que expropiaran el resto de sus tierras, de manera que la aldea pudiera terminar la obra de construcción de sus nuevas viviendas. Irónicamente, los habitantes se prestaron a perder sus tierras para emplear la compensación para poder mudarse a apartamentos construidos sobre sus tierras de cultivo expropiadas.

Tal como ocurrió con el reasentamiento forzoso de pueblos indígenas en EE UU, Canadá, Australia y otros Estados coloniales, esto crea regiones –en realidad, guetos– que sufren graves problemas sociales como el alcoholismo, la desestructuración familiar y la pérdida de habilidades tradicionales. China, sin embargo, ha dado una vuelta de tuerca más obligando a los reasentados a pagar el coste de sus nuevas viviendas. Yeh cita una frase brutalmente sucinta que resume cómo se siente este hecho: “Así que esto es el socialismo ¿no? Significa que hemos de hacer todo lo que nos dicen los líderes.” Algunos tibetanos han prosperado al calor del reciente crecimiento económico, en particular los funcionarios de nivel inferior. Se calcula que la mitad de la población indígena de Lhasa trabaja para el Estado. El gasto público en la RAT ha aumentado mucho en los últimos años, alimentado por subsidios directos del gobierno central que, en 2012, ascendieron al 116 % del PIB de la región. El Estado y la administración del partido representan más del 13 % de la actividad económica total. Claro que la parte del león de este dinero se dedica al control y la coerción.

El PIB de la RAT se cuadruplicó entre 1997 y 2007, lo que supone una tasa de crecimiento más rápida que la de la economía china en su conjunto, pero se debe casi enteramente al gasto del gobierno central. Los chinos han invertido masivamente en construcción y obras públicas con vistas a desarrollar los llamados dos pilares de la economía regional –el turismo y la minería– y proyectos de presas hidroeléctricas. Para los tibetanos no quedarán más que las migajas de empleos mal pagados a cambio de un grave daño ecológico.

El turismo atrae actualmente a unos 15 millones de visitantes al año, el quíntuplo de la población de la RAT, que vive cada vez más en una versión de “parque temático” de Tíbet que un periodista ha tildado de “Disneylandia de las nieves”. Al igual que en otros países en desarrollo, los turistas suelen permanecer mayormente en una burbuja de hoteles caros, galerías comerciales y visitas organizadas que excluyen a la población local y le reporta escasos rendimientos. El impacto ecológico del turismo es bajo, pues se concentra en unas pocas zonas, pero la minería, que todavía está en pañales en la RAT, producirá muchos más daños. La extracción de minerales es desde hace tiempo la principal industria en Qinghai, estando concentrada en la cuenca del Qaidam, en el noroeste de la provincia. Durante casi 50 años, el gobierno chino ha estado extrayendo carbón, petróleo, amianto, sal, plomo, zinc y otros minerales. Ahora urde planes para la extracción de petróleo de arenas bituminosas y de gas mediante fracturación hidráulica del subsuelo.

El menoscabo ha sido enorme. La minería ha destruido la mitad de los bosques primitivos de la zona. Los oleoductos tienen fugas, se acumulan residuos de la extracción de amianto y cobre y los residuos industriales han contaminado totalmente los recursos hídricos. La minería a gran escala no se ha desarrollado plenamente en la RAT, donde actualmente solo operan unas pocas minas de cobre y oro. La ubicación aislada de los yacimientos y la enormidad de la inversión requerida para explotarlos ha frenado el proceso, aunque la resistencia tibetana también ha influido. Varias autoinmolaciones han tenido lugar para protestar contra actividades mineras, al igual que algunas movilizaciones masivas, que se han enfrentado a una dura represión. La policía paramilitar ha abierto fuego por lo menos dos veces contra la multitud, matando cada vez cuando menos a una persona.

Vale la pena destacar la gran diferencia que hay en la manera de reprimir las manifestaciones, que constituye otro indicador de la condición colonial de Tíbet. En China, la policía rara vez dispara contra los manifestantes y son pocos los manifestantes que resultan muertos a causa de la acción policial. En su lugar, la mayor parte de la violencia política la ejercen matones contratados por particulares. En Tíbet, sin embargo, como en Xinjiang, el uso de armas de fuego se ha convertido en una práctica normal.

La minería causa graves daños ecológicos, ya que los ríos y las aguas subterráneas se ven contaminadas por peligrosos productos químicos y montañas de escorias estropean el paisaje. El impacto de las presas hidroeléctricas puede ser incluso mayor, pues su efecto se nota a lo largo de todo el río. China es pionera en la generación hidroeléctrica, que produce poco menos de un quinto de toda su electricidad. Actualmente se construyen o planean presas en la mayoría de los grandes ríos que salen de Tíbet, inclusive en Birmania, Nepal y Pakistán. Unos dos millones de personas dependen de estos ríos para el agua de boca, el riego, la pesca y otras bases de sustento. Las presas constituyen una amenaza para los ecosistemas de gran parte de Asia, afectando potencialmente a la base de sustento de cientos de millones de personas.

Irónicamente están destinadas a nutrir una expansión industrial cuyos residuos probablemente erosionarán los recursos hídricos en que se basa el sector. A Tíbet lo llaman “el tercer polo” por el volumen de agua acumulada en sus casi 40 000 glaciares. El calentamiento del planeta hace que estén derritiéndose a más velocidad que incluso el Ártico y la Antártida. China, por supuesto, no es la única responsable del cambio climático, pero el crecimiento desbocado de los últimos 25 años, combinado con unos controles medioambientales laxos, ha contribuido en buena medida al problema. El impacto ambiental de la ocupación de Tíbet por parte de China puede acabar siendo la consecuencia más grave de todas.

Autodeterminación desde abajo

Las perspectivas inmediatas de cambio en Tíbet están bajo mínimos. Mientras la oposición ha crecido en los últimos años, el llamado gobierno en el exilio, ubicado en Dharamsala, en el norte de India, parece cada vez más distante de lo que ocurre sobre el terreno. El Dalai Lama es una figura curiosamente contradictoria, cuando por un lado dice que el marxismo “está basado en principios morales, mientras que el capitalismo no se interesa más que por el beneficio y la rentabilidad”, por otro afirma que “EE UU es [el] país portaestandarte del mundo libre. Los principios estadounidenses, democracia, libertad: justo ahora estas cosas [son] muy importantes”. Es una especie de mascarón de proa, con una autoridad más religiosa que política, y no el líder de un movimiento nacional.

De hecho, el gobierno en el exilio está formado por una serie de oscuros burócratas que se dedican principalmente a atender a los refugiados que todavía consiguen salir de Tíbet. Tampoco existe, ni puede existir, una estrategia sucesoria. El Panchen Lama tiene que reconocer a la reencarnación del Dalai Lama, lo que otorga a Pekín una enorme ventaja sobre el gobierno en el exilio. Esta creciente separación entre la resistencia interior y la organización exterior no es un fenómeno reciente. En 2008, Tsering Shakya escribió:

Los refugiados en India han desarrollado una ideología y forjado un sentimiento nacionalista que les ha llevado a considerarse defensores de Tíbet y del pueblo tibetano. En algunas ocasiones, esto ha generado una visión en que se ven a sí mismos como los ‘verdaderos’ representantes de los tibetanos y consideran que los tibetanos que permanecen en Tíbet no son más de víctimas pasivas y oprimidas.

A su vez, la escritora tibetana Tsering Woeser señala en Tibet on Fire que la mayoría de los que se autoinmolan reclaman explícitamente la independencia de Tíbet, a diferencia de Dharamsala, que no pide más que negociar con Pekín. El consejo del Dalai Lama de tener paciencia y de practicar la no violencia tiene cada vez menos eco.

Las probabilidades que tiene Tíbet de independizarse son casi nulas, lo que hace que sea todavía más sorprendente el hecho de que el pueblo no se haya rendido y de que la oposición al dominio chino sea tan fuerte como siempre. El “poder blando” de China está realmente en declive, muchos de los que deseaban colaborar con Pekín han muerto y los tibetanos de Amdo y Jam parecen abrazar cada vez más la causa de la independencia. Debemos apoyar su lucha. Si el socialismo no significa que hagamos lo que nos digan los líderes, sino que nos convirtamos nosotros mismos en sujetos de nuestra propia historia, entonces debemos juzgar el dominio chino en Tíbet por lo que es: una opresión colonial que debe combatirse. En estos momentos no tenemos la posibilidad de hacer muchas cosas al respecto, pero podemos empezar decidiendo de qué lado estamos.

24/02/2017

https://socialistworker.org/2017/02/24/for-tibet-against-its-oppressors

Traducción: viento sur





Boletín semanal
Recibe en tu correo electrónico los últimos artículos de nuestra revista digital, así como las novedades y eventos
25 años de viento sur






Facebook Twitter RSS

vientosur.info | Diseño y desarrollo en Spip por Freepress S. Coop. Mad.
 
Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual Los contenidos de texto, audio e imagen de esta web están bajo una licencia de Creative Commons