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Petrogrado, 8 marzo 1917
¡El pueblo quiere la caída del régimen!
25/02/2017 | Jean Batou

En la Jornada internacional de las mujeres, las huelgas y manifestaciones espontáneas en los barrios obreros de Petrogrado desencadenaron la revolución rusa. Esta jornada de movilización, lanzada por las mujeres del Partido socialista de América a partir de 1909, fue hecha suya por la II Internacional a propuesta de Clara Zetkin y Alexandra Kollontai. El 19 de marzo de 1911 más de un millón de manifestantes se movilizaron en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza a favor del derecho a voto de las mujeres, por el fin de las discriminaciones y por el derecho al trabajo. Unos días más tarde, 140 obreras, la mayoría italianas y judías de Europa oriental, perecieron abrasadas en una fábrica textil en Nueva York, los que vinculó más que nunca la lucha de las mujeres y la del movimiento obrero.

Actuar sin orden y desobedecer la órdenes…

En los días que precedieron al 8 de marzo de 1917 (23 de febrero en el calendario juliano), los círculos social-demócratas rusos prepararon acciones comedidas (reuniones, mítines, panfletos, paros) en un clima electrizado por la guerra, el frío polar y las interminables filas antes las panaderías. Nadie previó una verdadera huelga; mucho menos una insurrección. Los dirigentes bolcheviques consideraban que sería prematura lanzar una movilización importante. Sin embargo, al mediodía del día siguiente, mientras que una masa inmensa de mujeres marchaba hacia el centro de la ciudad, las obreras del textil en Veyborg (noroeste de la capital) abandonaron los puestos de trabajo desde la mañana. Los metalúrgicos se les unieron en solidaridad. Desde ese momento, los militantes de los partidos obreros no pueden sino apoyar un movimiento huelguístico que rápidamente afecta a más de 100 000 trabajadores y trabajadoras. Ahora bien, ¿cómo iba a reaccionar la policía y la tropa ante una manifestación semejante, más aún en tiempo de guerra?

En la marcha de las mujeres hacia el parlamento reivindicando pan se vieron algunas banderas rojas. El día siguiente, la mitad de los obreros y obreras estaban en huelga y celebraban reuniones frente a las empresas antes de converger en el centro al grito de “Abajo la autocracia”, “Abajo la guerra”. La marcha parecía un ejército de obreros famélicos que van a la guerra escribió Orlando Figes [“La revolución rusa”, Edhasa 2010]. La multitud invadió los barrios desbaratando las barreras policiales y dejando atónita a la policía. El poder esperó hasta el 10 de marzo para ordenar a la policía que abriera fuego, mientras la huelga se generalizaba. La multitud respondía a cada golpe, pero intentó fraternizar con el ejército: Más audaces que los hombre [las mujeres] penetran entre las filas de los soldados, cogen los fusiles con sus manos, imploran y casi dan órdenes… (Trotsky “Historia de la Revolución Rusa”).

Ese mismo día el Zar telegrafió al comandante al mando para que pusiera fin a los disturbios. Así pues, le correspondía hablar al ejército: mientras que la capital disponía de 3 500 policías, el ejército contaba con 150 000 hombres en los batallones de reserva destinados a volver al frente.

El domingo 11 de marzo, acunado por una extraña dulzura primaveral, se presentó como clave: la multitud llega desde los arrabales hacia el centro evitando los puentes bloqueados por la policía y atravesando a pie el congelado rio Neva. Arrecian los disparos: el número de personas heridas y muertas aumenta. ¿Qué va a hacer el ejército? A primera hora de la tarde, los Cosacos aceptan un ramo de rosas rojas –símbolo de paz y de revolución- de una joven de las manifestantes; en otras partes intervino contra la policía del lado de la población. Esa tarde-noche se amotinó una compañía para protestar contra el ametrallamiento de la multitud. En ese momento, la nueva correlación de fuerzas anidaba misteriosamente en la conciencia de obreros y soldados (Trotsky).

La insurrección imprevista

El lunes 12, al calor de la huelga general y de las manifestaciones, llegó la hora de la insurrección armada, aún si los partidos –incluso el bolchevique- no se percataron de su inminencia. Frente a los cuarteles, los obreros se enfrentaban al fuego de las ametralladoras. ¿Pero cómo hacerse con otras armas que no fueran las pistolas arrebatadas a la policía? El futuro de la revolución dependía del lo que hicieran los mujik [campesinos rusos no propietarios] en uniforme… A lo largo de la mañana, uno tras otro, se amotinaron los cuarteles. Ya no se podía dar marcha atrás. Oficiales subalternos con simpatías democráticas y obreros se pusieron a la cabeza del movimiento. El sargento socialista-revolucionario Fedor Linde vío como un caballo cosaco aplastaba a una mujer joven:

Gritaba. Fue ese grito inhumano, penetrante, el que desencadenó algo en mí. Salté por encima de la mesa y a voz en grito dije: ¡Amigos!, ¡Amigos!, ¡Viva la revolución! ¡A las armas! ¡A las armas! ¡Matan inocentes: a nuestros hermanos y hermanas (…) Después se dijo que en mi voz había algo que la hacía irresistible… Seguían sin comprender… Me siguieron todos en el enfrentamiento con los Cosacos y la policía. Matamos algunos de ellos. El resto se retiró… (citado por Figes).

La rabia se extiende, algunas unidades no quieren ceder. Sin embargo los amotinados se hicieron con el polvorín y secuestraron los automóviles, hasta el Rolls-Royce de un gran duque. Fue la primera revolución sobre ruedas, en la que los coches, llenos de bayonetas, se parecían a grandes erizos enloquecidos, como nos cuenta Gorki. Toda la población civil se unió frente al aparato represivo. Se saquearon los puestos de policía, las prisiones y los tribunales. El lenguaje corporal cambió: los soldados llevaban la gorra al revés, las túnicas sin abrochar; las mujeres se vestían como los hombres, como si se invirtieran los códigos de vestir sexuales, ellas revertían también el orden social”; se flirtea, se abraza, incluso se hace el amor en la calle (Figes).

Cuando llega la noche, el número de víctimas es incontable –sin duda 1 500 (muchas más que en octubre). Pero la revolución se instaló en el Palacio Tauride, sede del parlamento, que poco después será la sede del Soviet y el Gobierno provisional. El resto del país seguirría los mismos pasos que en Petrogrado, sin enfrentamientos. Con algunos días de retraso en las grandes ciudades y algunas semanas más tarde en las regiones más alejadas. La Revolución de febrero, que comenzó con paros y manifestaciones de mujeres, triunfó gracias a una huelga general y a una insurrección apoyada in extremis por los motines en los cuarteles. ¿Qué exigía? Pan, derechos populares y acabar pronto con la guerra. Ningún partido la dirigió; tampoco fue planificada. Como escribió el socialista-revolucionario de izquierda Mstislavski en 1922, la revolución nos cogió por sorpresa a los miembros del partido, profundamente dormidos, como las insensatas Virgenes del Evangelio.

“La paradoja de febrero”

¿Pero a quién iban a dar el poder las y los insurrectos de febrero? A los jefes socialistas que no desempeñaron ningún papel significativo en la revolución y que se encargarían de poner en pie un “Comité ejecutivo provisional de soviet de diputados y obrero” entre cuyos 50 miembros no había un solo delegado de empresa. Sin embargo, no esperaban tomar la dirección de los asuntos en sus manos. A partir de una visión “marxista” reduccionista, juzgaban que la burguesía era la única que podía ejercer el poder en un país tan “atrasado” como Rusia, disponiéndose por ello a cederlo a un grupo de diputados liberales del Parlamento favorable a una monarquía constitucional, que formaría un gobierno provisional, apoyado en Soviet, bajo la condición de garantizar el orden democrático. Es lo que Trotsky definió como “la paradoja de febrero”. Sólo las sucesivas abdicaciones, primero de Nicolas II bajo la presión del Estado-mayor, y después de su hermano Michel bajo la presión popular, forzaron a los nuevos dirigentes del país de plantear la opción de nuevas instituciones a partir de una futura Asamblea constituyente. Al mismo tiempo, se deja de hablar del reparto de la tierra y del objetivo de poner fin a la guerra, que, a partir de entonces, se le define como “defensiva”.

Los acontecimientos del 8 al 12 de marzo de 1917 en Petrogrado no fueron revolucionarios porque fueran impulsados por una dirección revolucionaria -que no lo hizo-, sino porque suponían la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos (Trotsky). De la misma forma, hace 6 años, el derrocamiento de las dictaduras de Ben Ali y de Moubark por las masas tunecinas y egipcias, marcó el comienzo de un proceso revolucionario… Sin embargo, una vez que se desencadena una revolución, su salida depende de muchas circunstancias, y entre ellas, ante todo, de las fuerzas políticas que logran tomar la dirección, así como su programa, lo que bien mostró Rusia en 1917, de abril a octubre, pero también, a contrario, (por el momento), la región árabe desde finales del año 2010.

20/02/2016

Jean Batou



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