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Podemos
Sólo puede quedar uno o sólo podemos quedar todas
10/02/2017 | Juanjo Álvarez

Hoy nos desayunamos con una nueva entrevista a Pablo Iglesias, y parece que lleváramos ya toda la vida despertando con declaraciones de los distintos candidatos aderezadas por artículos de tal o cual ex-lo-que-sea repartiendo miserias como si no hubiera un mañana. Y tal vez esa es una frase hecha que, esta vez, deberíamos tomarnos más en serio. No porque sea cierta, porque incluso en crisis auténticas – y la telenovela podemita dista mucho de serlo – siempre hay un mañana, por muy duro que sea. Tomarnos en serio aquello de “como si no hubiera un mañana” porque desgraciadamente tendemos a creérnoslo, a pensar en unos términos muy novelescos, mucho más cuando la cosa va tomando aires de tragedia, o de ópera bufa, como es el caso.

Puede que sea porque necesitamos un mínimo de estructura y también una forma de racionalización para organizar nuestra percepción de la realidad, pero lo cierto es que tendemos a dar una explicación demasiado lineal a las cuestiones complejas. En el caso de las cuestiones podemitas, con sus dosis de amistad personal, enemigos internos, filias y fobias, pasados comunes y un buen barniz de éxito fulgurante, tenemos todos los elementos de un drama. De ínfima calidad, cierto, pero eficiente en términos explicativos, en la medida en la que es capaz de aportar un relato a lo que está pasando. La cosa sería básicamente, así: dos chavales muy jóvenes y extremadamente brillantes lanzan una cruzada para destruir a los malos rodeados de otros también muy jóvenes y moderadamente brillantes – aunque no tanto como los protagonistas, claro está – (aquí, los orígenes). Emprenden la batalla con aciertos rápidos y espectaculares (las europeas). Forman un ejército sólido basado en su inquebrantable alianza personal (Vistalegre I) y continúan aclamados por la plebe (procesos internos y electorales). Sin embargo, cuando iban de camino a la victoria final, sufren un tropiezo (tercera fuerza en las generales) y el momento es aprovechado por un grupo de advenedizos que se agrupan en torno a los líderes y rompen la alianza que llevaba hacia el poder (jaque pastor, ruptura de CQP). La épica se vuelve tragedia, el duelo se apropia de la tierra prometida y deja una deuda pendiente con el sufrido pueblo (Vistalegre II). Se cierra el telón. Las inconsistencias, el tufo machista y el carácter infantil del relato saltan a la vista, pero así son los bestsellers.

Ni que decir tiene que la prensa se chupa los dedos con semejante golosina: amor, odio, traición, poder y fama (el sexo no parece explícitamente pero se da por supuesto). Jamás un proceso interno, el asunto político más gris que pueda echarse uno al coleto, había tenidotanto drama. Pero no es sólo la prensa: casi todas nosotras hemos comprado la historieta, tal vez por nuestra necesidad de formar un relato que explique lo que está pasando y por esa tendencia a sobredimensionar los factores personales, sobre todo en política. Y bien, echando una mirada un poco más reposada, parece evidente que entre lo que está pasando y lo que este relato nos cuenta hay tanta distancia como podamos imaginar, sino más. Pero más que detenerme en esbozar un relato más creíble, creo que lo que nos interesa en víspera de VAII es echarle un ojo al escenario que nos espera a partir del lunes.

En primer lugar, hay que impugnar la primera consecuencia: Podemos no morirá en Vistalegre. Saldrá tocado, al menos en un primer momento, porque el espectáculo es lamentable – y los protagonistas lo reconocen a todas horas mientras continúan reproduciéndolo – pero no será eso lo que acabe con Podemos, porque, desgraciadamente, la política actual permite eso y más. Nuestra cotidianeidad ha llegado a tales niveles de perversión que a los políticos se les supone cualquier comportamiento infame o bochornoso, al igual que se les supone la corrupción. Si tienen alguna duda, recuerden que la policía nacional inspeccionó la sede del partido del gobierno un día laborable a las 12 de la mañana. Ante las cámaras. ¿Pasó algo? No, porque hasta los electores del PP asumen que su partido está podrido de corrupción, y por lo tanto no reaccionan: no ha pasado nada nuevo. Lo mismo con esta política espectáculo en Podemos. Que el espectáculo es malo: claro, pero eso ya lo sabíamos.

Lo que sí pasará factura será la ruptura ideológica. Podemos saldrá con tres posturas fuertes, y una de ellas es irreconciliable con las otras dos (y sí, son tres las grandes alternativas político-estratégicas en Podemos, no sólo dos). El errejonismo mantiene su apuesta por la vía de la centralidad, dando por hecho que la centralidad es la clase media, mientras que el pablismo parece orientado a un obrerismo clásico y el sector agrupado en torno a los anticapitalistas insiste en su apuesta por combinar la democracia de base con la construcción de un movimiento popular que aglutine las clases trabajadoras con los nuevos elementos antagonistas. Un equilibrio que nada tiene que ver con la política-espectáculo del duelo a muerte entre Errejón e Iglesias, que, efectivamente, ya no le importa a nadie.

Pero, como dicen los anglosajones, hay un elefante en la habitación: la crisis, o más bien las crisis. Isidro López explica muy lúcidamente,en una entrevista reciente, que dirigirse a un electorado de clases medias pensando que así se alcanza la mayoría es una vía muerta, porque la mayoría ya no es clase media: o está proletarizada o en proceso de estarlo. Sólo los treinta milagrosos permitieron, y de forma temporal y sesgada, que en el mundo occidental pareciera posible una mayoría de clases medias acomodadas. Pero ese momento pasó y no volverá, primero porque las condiciones de desarrollo del capital no lo permiten y segundo porque la crisis ecológica cierra cualquier salida posible por la vía de un nuevo impulso económico. Así que la transversalidad errejonista es un camino a ninguna parte. Por supuesto, lo que no está cerrado es cómo dirigirse a estos sectores a los que el capital les prometió todo y a los que ahora les niega hasta el pan. Los cambios económicos han sido mucho más rápidos de lo que las masas sociales son capaces de asumir, y la mayor parte de estos “nuevos pobres” tardará en renunciar a aspiraciones y percibirse como clase popular, si es que algún día lo hace. Ahí está la verdadera apuesta: en la construcción de un sujeto colectivo que sea capaz de agrupar las luchas, de articular al sector obrero al que se ha dirigido históricamente la izquierda y, al mismo tiempo, incorporar a los sectores medios proletarizados y a aquellos que entienden la lucha a través del potencial impugnador de feminismo y ecologismo. Sin olvidar que esta es una tarea que desborda las tácticas mediáticas y nos obliga a poner en juego la transformación de la realidad material, algo que solo haremos si el nuevo sujeto colectivo es capaz de construirse no sólo en términos simbólicos e identitarios, sino también en términos de comunidad política capaz de hacer presente su poder e imponerlo al de las élites. Con la necesaria crítica a la racionalidad capitalista, a sus lógicas de depredación de la mujer por el hombre, del obrero por el patrón y de la naturaleza objetiva por la producción. Porque sin cuestionar el capital no será posible ni salir ni construir, como muestra a las claras el derrumbamiento de las socialdemocracias europeas.

Juanjo Álvarez es militante de Anticapitalistas



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