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Entrevista a Enzo Traverso
“La izquierda es una historia de derrotas”
06/02/2017 | Sonya Faure

Enzo Traverso ha publicado dos libros casi al mismo tiempo, que considera partes de una dilogía. En Nouveaux visages du fascisme (“Nuevos rostros del fascismo”, que publicará la editorial Textuel en febrero), el historiador de las ideas formula su definición del concepto de “posfascismo” en un intento de destacar la naturaleza cambiante de las nuevas corrientes populistas y xenófobas de Le Pen a Trump. En Left-Wing Melancholia. Marxism, History and Memory (“Melancolía de izquierdas, marxismo, historia y memoria, Columbia University Press, enero de 2017) explica por qué la izquierda debe partir de su melancolía intrínseca, utilizar esa fuerza para su propia reinvención. Nacido en Italia, Enzo Traverso –antiguo militante de extrema izquierda y ex profesor universitario en Francia, actualmente profesor en la Universidad Cornell en EE UU– sitúa las pasiones políticas francesas de nuevo en el centro de debates globales, desde la reconstrucción de la izquierda hasta la tentación populista.

¿Cómo analiza usted el resultado de las primarias del Partido Socialista francés?

No creo que la renovación de la izquierda francesa venga del Partido Socialista. Esto lo hemos visto, de hecho, con la emergencia de Jeremy Corbyn y Bernie Sanders: movimientos externos a los organismos políticos tradicionales que simplemente utilizan a estos partidos. En EE UU, una tendencia ascendente, que se había encarnado particularmente en el movimiento Occupy Wall Street, aprovechó las primarias del Partido Demócrata para hacerse notar en el campo político votando por Sanders… pero no en todos los casos por Hillary Clinton contra Donald Trump unos pocos meses más tarde. En el Reino Unido, Corbyn ha sido capaz de reunir una masa de jóvenes que se apuntaron al Partido Laborista para votarle a él como líder… sin hacerse ninguna ilusión sobre el partido como tal. Esta es una de las características de los nuevos movimientos de izquierda: ya no creen en los partidos, pero los “utilizan”.

Sanders y Corbyn encarnaron una dinámica que surgió fuera de estos partidos. No veo nada parecido en el caso del Partido Socialista francés. La victoria de Benoît Hamon en las primarias expresa el malestar de lo que queda de este partido; refleja un cambio de su equilibrio interno, pero no es un signo de su renovación. Si Hamon es proclamado candidato, quedará atrapado entre el neoliberalismo confeso de Emmanuel Macron y el antineoliberalismo de Jean-Luc Mélenchon, quien tiene decididamente más credibilidad en su oposición de izquierda a Hollande.

¿Bastará esto para crear una alternativa? ¿Deberíamos esperar otra cosa de la izquierda?

En Europa, al igual que en EE UU, la izquierda se halla inmersa en un cambio histórico. El ciclo que comenzó con la Revolución Rusa concluyó en 1989, y los efectos de su agotamiento en ese momento salen a la superficie ahora. La izquierda aborda un mundo totalmente nuevo con los instrumentos que ha heredado del siglo XX. El modelo aportado por la Revolución Rusa, que dominó el siglo pasado, ha dejado de funcionar. En cuanto a la socialdemocracia, no hace otra cosa que gestionar la regresión social. El colapso del comunismo ha paralizado el proceso por el que la izquierda transmite su memoria, y su cultura ha entrado en crisis. Los nuevos movimientos, como Podemos, Syriza, los Indignados, Occupy Wall Street y Nuit Debout no solo surgieron en un mundo sin un “horizonte de expectativa”, para adoptar la expresión del historiador Reinhart Koselleck, y no solo son incapaces de proyectarse al futuro, sino que también son huérfanos: no pueden inscribirse en una continuidad histórica.

Así que 1989 acabó con la memoria de la Revolución Rusa, pero también con las de otros posibles modelos: la Comuna de París, la guerra civil española…

Durante un breve periodo, el fin del socialismo realmente existente creó la ilusión de una liberación para la izquierda. Por un tiempo creímos que nos habíamos quitado un peso de encima y que iba a ser posible un socialismo diferente. En realidad, el naufragio del comunismo soviético se llevó consigo toda una serie de otras corrientes heréticas: antiestalinistas, libertarios… La historia del comunismo se vio reducida a su dimensión totalitaria.

Usted escribe que “la cultura de la izquierda se ha quedado vacía, lisa y llanamente”…

La izquierda no ha sido capaz de reinventarse. Al mismo tiempo, estamos comenzando a ver de otra manera ciertos elementos del pasado. Usted ha mencionado la Comuna de París. Durante un siglo se convirtió en un icono, como la primera etapa de un movimiento que llevó a las revoluciones rusa, china y después cubana. Hoy la redescubrimos bajo una luz diferente: la historia de la Comuna es una historia de autogobierno, que a fin de cuentas parece cercana a lo que tenemos hoy con los movimientos de izquierda. Los comuneros no eran obreros de la fábrica de Renault en Billancourt, sino trabajadores precarios, artesanos, los subalternos, inclusive muchos intelectuales bohemios y artistas. Era un perfil sociológico heterogéneo, similar a la pulverización social de la gente joven que se moviliza hoy.

Pero la Comuna también fue una derrota. ¿Podrá la izquierda inspirarse alguna vez en algo que no sea un fracaso?

¡Sí, la izquierda es una historia de derrotas! Incluso cuando los revolucionarios lograron derribar los poderes establecidos, las cosas casi siempre se torcieron… Por eso la melancolía es una dimensión fundamental de la cultura de izquierda. Durante mucho tiempo fue reprimida por una visión dialéctica de la historia: por dolorosas que fueran las derrotas, nunca pusieron en tela de juicio la idea de que el socialismo era el horizonte inevitable. La historia nos pertenecía. Esto nos permitía superar las derrotas. Hoy en día, estos recursos se han agotado y la melancolía de la izquierda vuelve a salir a la luz. Se trata de una tradición oculta que ya encontramos en las memorias de Louise Michel, en los textos de Rosa Luxemburgo en vísperas de su asesinato, o en Un entierro en Ornans, el cuadro de Gustave Courbet que constituye una extraordinaria analogía de la revolución de 1848, a modo de funeral. Era una melancolía consoladora, inseparable de la esperanza, que incluso podía reforzar sus convicciones.

¿Cómo puede ser esa melancolía una fuente de inspiración y no solo de resignación?

Existe una visión freudiana de la melancolía que solemos simplificar. La melancolía se considera una pesadumbre patológica, como una incapacidad de separarse uno mismo del objeto amado y perdido, y como un obstáculo para seguir adelante. Por el contrario, creo que la melancolía puede ser una forma de resistencia, alimentada por una sensibilidad reflexiva. Para Koselleck, la historia escrita por los vencidos es una historia crítica, lo contrario de la historia apologética de los vencedores. La melancolía es un recurso para conocer, comprender e intervenir en el presente. A veces hay en la izquierda una tendencia a decir que “hemos de comenzar nuevamente desde cero”. Esta falta de memoria nos debilita. Una cosa fue inventar el socialismo en el siglo XIX, pero otra muy distinta es reinventarlo a comienzos del siglo XXI, como si no hubiera pasado nada.

Y los nuevos movimientos de izquierda no logran converger.

Antes, la unión solía ser obra de los aparatos políticos. En 1968 hubo una convergencia objetiva entre las barricadas de París, la Primavera de Praga y la ofensiva del Têt en Vietnam, por mucho que los protagonistas de estos movimientos no tuvieran ninguna experiencia de diálogo entre ellos. Actualmente, los activistas en El Cairo, Estambul y Nueva York pueden comunicarse entre ellos, es más, lo hacen espontáneamente. Sin embargo, hay una diferencia cultural tan grande… En la década de 1960, un pensamiento crítico común alimentaba las luchas sociales. Lo que escribía Sartre se leía en Asia y en África. Hoy, los nombres de las grandes figuras críticas del poscolonialismo no les dicen nada a los activistas de la Primavera árabe. Reinventar el tejido que une una cultura alternativa mundial no es tarea fácil.

Los partidos de extrema derecha saben cómo ganar. Usted los agrupa en la categoría de “posfascismo”. ¿Por qué?

El concepto de “posfascismo” trata de reflejar un proceso de transición. Nos ayuda a analizar estas nuevas fuerzas contemporáneas de la derecha, que constituyen un fenómeno cambiante y heterogéneo, en plena mutación. Algunos son neofascistas, como Jobbik en Hungría o Amanecer Dorado en Grecia; otros, como el Frente Nacional francés, han iniciado una metamorfosis. La mayoría de estos partidos tienen una matriz histórica fascista. Es el caso del Frente Nacional original, a mi modo de ver. Sin embargo, el Frente Nacional actual ya no puede calificarse de fascista; la retórica de su dirigente se ha vuelto republicana. En cuanto a Trump, es un líder posfascista sin fascismo. Es la imagen ideal de la personalidad autoritaria, tal como la definió Theodor W. Adorno en 1950. Muchas de sus declaraciones públicas también recuerdan al antisemitismo fascista: las virtudes de un pueblo arraigado en el terruño contra las élites urbanas, desarraigadas, intelectuales, cosmopolitas y judías (el mundo financiero de Wall Street, los medios de Nueva York, los políticos corruptos de Washington). Sin embargo, su programa está lejos del estatalismo y del expansionismo de los partidos de extrema derecha de la década de 1930. Y sobre todo, no tiene detrás un movimiento fascista.

¿Por qué no hablar de movimientos populistas?

Desconfío mucho de la noción de “populismo” –que vendría a ser una forma de antipolítica–, pues el uso común de este término junta ideologías políticas contrapuestas como si fueran una y la misma. Para la mayoría de comentaristas, populismo es tanto el Movimiento Cinco Estrellas de Beppe Grillo como la Liga Norte, Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon, Trump y Sanders.

El movimiento Podemos reivindica la palabra “populismo”…

En los países de habla española, el término “populismo”, tomado prestado de la izquierda latinoamericana, tiene un significado distinto: a saber, la reincorporación de las clases sociales populares en un sistema político que las excluye. Desde el punto de vista de Podemos, el populismo le permitirá superar la anticuada división entre izquierda y derecha. Esta palabra no puede emplearse de la misma manera en otros lugares de Europa. El populismo de los movimientos posfascistas trata, en efecto, de unir a las masas contra las élites, pero sobre la base de la exclusión: la exclusión de las minorías procedentes de la inmigración. Esto supone unir al pueblo mediante la exclusión de una parte del mismo.

¿Dice la palabra “populismo” más de quien la pronuncia que del designado?

Es un ardid que pretende evitar la indagación sobre las causas del populismo. ¿Por qué crecen tan rápidamente movimientos que hacen uso de la demagogia y la mentira? Ocupan un vacío creado por quienes detentan el poder. El rechazo de la política comenzó a finales del siglo XX, cuando la política se vació de su sustancia ideológica, convirtiéndose así en una pura y simple gestión del poder. Cuando la política quedó reducida a la “impolítica”. A lo largo de estos últimos años, todos los países de Europa Occidental han conocido cambios de gobierno, pero sin que sea posible diferenciarlos claramente, por ejemplo, en materia de política económica. Esta idea de la política solo puede despertar oposición, y en ausencia de “horizontes de expectativa” y utopías de izquierda, han sido partidos posfascistas los que han ocupado este espacio. ¡Y tienen una larga experiencia en el rechazo de las instituciones!

Escribe usted que, en el discurso posfascista, la “identidad nacional” ha sustituido a la “nación”

La nación es una forma históricamente datada: hoy en día, todo el mundo puede experimentar el mundo global. En el periodo del fascismo, el nacionalismo era agresivo y procedía mediante el expansionismo militar y la conquista territorial y colonial. Las fuerzas de la derecha radical reconocen ahora implícitamente el carácter arcaico de ese discurso. Su xenofobia apunta contra minorías de origen poscolonial, no contra otras naciones. Todas ellas aceptan asimismo que no podemos volver al Estado-nación tal como solía existir. En el plano retórico, la nación se reformula ahora como “identidad nacional”.

Una de las particularidades del posfascismo, según usted, es que no sabemos adónde conduce…

El posfascismo tiene un contenido ideológico fluctuante, inestable y a veces contradictorio… Todavía no ha cristalizado. El Frente Nacional trata ahora de presentarse como un cambio político “normal”, como un gobierno alternativo, más que como una fuerza subversiva. Pero si el día de mañana se colapsa la Unión Europea y el continente entero se sume en una crisis económica, en un clima de profunda inestabilidad política, los partidos posfascistas como el Frente Nacional podrían radicalizarse, o incluso adoptar los rasgos del neofascismo…

31/01/2017

http://www.versobooks.com/blogs/3077-the-left-is-a-history-of-defeats-an-interview-with-enzo-traverso

La entrevista de Sonya Faure con Enzo Traverso sobre el posfascismo, la melancolía de la izquierda y la memoria de la derrota se publicó originalmente en el diario Libération.

Traducción: VIENTO SUR



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