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Marruecos
El significado de la monarquía
31/01/2017 | Chawqui Lofti

El despotismo político se basa en un papel específico de una monarquía que está en el corazón de la organización colectiva de los intereses de las clases dominantes. Combinando monopolio económico y monopolio político, utiliza recursos de legitimación tradicionales y modernos para asegurarse las bases de apoyo necesarias para el mantenimiento de su dominación.

La monarquía sigue siendo el vector esencial de la consolidación y la interpenetración de los intereses de los diferentes segmentos de la clase dominante, así como de su alianza con el capitalismo internacional, en particular el capitalismo francés. Esta realidad no ha cambiado casi desde la independencia, aunque los capitales españoles y del Golfo hayan aumentado significativamente su presencia.

Las empresas del CAC40 (el Ibex 35 francés, ndt) gozan de un tratamiento privilegiado en todo lo que se refiere a la subcontratación en el sector automóvil, electrónico, aeronáutico, en el turismo, la agro-industria, las redes ferroviarias, las tecnologías de la información y de la comunicación, los contratos de delegación en el sector privado para el suministro de energía y de agua, igual que en el sector financiero y bancario y en las energías renovables. Los intercambios comerciales superan los veintidós mil millones de euros y hay varias decenas de miles de millones de inversiones francesas.

Sin embargo, esta dependencia no debe ocultar el carácter particular del capitalismo marroquí. Éste ha evitado toda alteración global de las estructuras agrarias y ha sabido desarrollar una industrialización real, asegurando el mantenimiento de las bases sociales tradicionales del poder en el campo y en la ciudad.

La monarquía en el corazón de la economía

El sector público ha permitido la constitución de una tecnoburocracia formada y reclutada sobre la base de la lealtad, gozando de capacidades de enriquecimiento privado a partir de las posiciones ocupadas en el Estado. Una parte de las transferencias de la riqueza se basa en relaciones extraeconómicas, clientelistas, que se fundan en el pacto protector/fiel. Los tecnócratas, dirigentes de grupos privados, deben todo a la monarquía, comenzando por su estatus por herencia, cooptación o nombramiento unilateral. El sector público ha funcionado como el patrimonio de la fracción hegemónica para hacer fructificar sus intereses propios y obtener lealtades.

Una especie de mafia, visible o discreta, se ha apoderado de todas las riquezas, dirige tanto la economía formal como la informal. El 50% de las actividades económicas se entregan a los especuladores, defraudadores, o redes paralelas, y escapan a todo control. Los ingresos de los tráficos de droga se cifran en miles de millones de dólares, juegan así un papel importante en la acumulación de las riquezas. La corrupción generalizada, la corrupción en los concursos y recursos públicos y las formas de extorsión económica se combinan con una economía informal de blanqueo y la evasión de capitales. Sin olvidar las cajas negras de las grandes empresas que escapan a todo control.

En la economía de renta mafiosa, el rey ejerce un control directo, estratégico sobre las instituciones públicas, financieras y económicas. Las privatizaciones han permitido la emergencia de monopolios privados ligados a los intereses de la familia real. La Sociedad Nacional de Inversiones es su columna vertebral; representa cerca del 20% del PIB de Marruecos y el 60% de su capitalización bursátil. Sin contar el presupuesto real, con un coste anual exorbitante: actualmente más de 230 mil millones de euros.

La legitimidad del poder se basa en el mantenimiento de una dependencia y puesta en competencia entre sí de las capas dominantes para que no emerja ni una alianza, ni un polo fuerte y autónomo. En términos de recursos económicos, de patrimonio, de contactos políticos igual que de medios de presión, los sectores dominantes deben pasar por el intermedio del palacio. Pero una base así sigue siendo estrecha para basar la dominación de la monarquía, que ha intentado de forma permanente ampliar sus apoyos, en particular tras las tentativas de golpe de Estado militar de 1971 y 1972 /1. Un clientelismo de Estado y privado, un sistema de concesiones y de licencias de explotación, concedidas en una serie de sectores económicos, la puesta en marcha de la política de marroquización (transferencia parcial de las propiedades coloniales al Estado o al sector privado en los años 1970) han permitido aumentar el número de beneficiarios del sistema.

Poder absoluto y fachada democrática

La monarquía está en el centro del poder. Un primer círculo, constituido por la familia y el gabinete real, garantiza la vigilancia de los actores mayores de la vida social, económica y política y actúa de facto como el gobierno real. Un segundo círculo está compuesto por los grandes cuerpos del Estado (ejército, cuerpos represivos, dignatarios religiosos, tecnócratas) seguidos por las burocracias civiles y políticas, las élites mediáticas y de la sociedad civil. Otro círculo se basa en el clientelismo de Estado y privado que permite mantener lealtades y un control social a todos los niveles de la sociedad.

A finales de los años 1980, el poder se vio obligado a adaptarse a la caída de las dictaduras, al aislamiento internacional como consecuencia de la aparición del libro de Gilles Perrault Nuestro amigo el rey, así como a la necesidad de preparar la transición para el trono. Los discursos versaron entonces sobre el “nuevo concepto de autoridad” y el “diálogo social” se convirtió en un leitmotiv. Los años de plomo han sido objeto de un relato institucionalizado, la oposición histórica ha accedido al llamado gobierno de alternancia, los presos políticos de los años 1970 fueron liberados, se ha desarrollado la prensa independiente… En apariencia una apertura democrática… el tiempo necesario para que el nuevo rey, Mohamed VI, que accedió su cargo en 1999, pudiera consolidar su imagen y su poder. Hassan II dirá que le garantizó veinte años de respiro.

Históricamente, el poder ha intentado dotarse de múltiples legitimidades. Una, tradicional, se basa en el carácter religioso del poder -el rey es el “comendador de los creyentes” en su calidad de descendiente del profeta, no depende de ningún cuerpo constituido o derecho legal. El cuerpo social es mantenido en una relación de fidelidad que viene simbólicamente a renovar cada año la ceremonia de la Bey´a, en un proclamado ritual de obediencia. El poder ha recurrido también a una legitimidad “moderna”, dicho de otra forma, burguesa.

El proceso o la fachada democrática se ha convertido en un mecanismo esencial de los dispositivos hegemónicos y de subordinación institucional. Se trata, a través de la puesta en pie de estructuras de representación y de diversas instituciones, de compensar la debilidad de la base social directa de la monarquía mediante una integración de sectores de la clase media y de diferentes categorías de las clases acomodadas, a partir de equilibrios políticos, sectoriales y regionales que aseguren a la monarquía apoyos sociopolíticos, sin que ella misma sea directamente dependiente de ellos. La débil autonomía social y política de esos sectores permite una apertura que continúa funcionando en circuito cerrado en relación a la masa de la población.

Pero el poder ha intentado igualmente reapropiarse de cada cuestión social o política planteada por la sociedad civil o fuerzas organizadas a través de un tratamiento específico que asocia a una parte de los actores (creación de la comisión juventud-porvenir para responder a la asociación de los parados, comisión para la integración de las mujeres, comisión consultiva de derechos humanos, instancia nacional de reconciliación para los derechos humanos, instituto real de cultura amazigh…). El proceso democrático se ha convertido en sinónimo de una cooptación ampliada que intenta neutralizar las reivindicaciones que emergen de la sociedad y construir una nueva clientela social y política fiel, construyendo una mediación con el conjunto de la sociedad civil -sindicatos, clase política, redes religiosas y mediáticas.

Política y clientelismo

En esta arquitectura, los partidos no son la expresión política de intereses sociales divergentes. Están confinados a funciones secundarias de selección de las élites, colocados bajo la tutela directa o indirecta del Ministerio del Interior, sin autonomía de proyecto. El poder no gobierna con los partidos, sino a través de ellos e independientemente de ellos. Esto no significa que todos los partidos sean producto del palacio, pero el ejecutivo ha impuesto “líneas rojas”: respeto de los equilibrios macroeconómicos, ministerios de soberanía, carácter marroquí del Sahara, respeto del monopolio político del trono.

Históricamente, el poder ha construido partidos por entero para debilitar a las formaciones de oposición, cuando no ha favorecido directamente su estallido interno. Al mismo tiempo, aunque los partidos sean mantenidos en una situación de debilidad permanente, también acceden a recursos y a una renta política que beneficia a su aparato, sus cuadros, contactos y redes clientelares. Las elecciones son un medio para el poder de legitimar su hegemonía reduciendo el juego electoral a una simple técnica de integración y de renovación. La opción de un escrutinio uninominal a una vuelta, combinada a un mapa electoral que favorece a los partidos que tienen una base rural, permite evitar toda polarización de la vida política y hace imposible la emergencia de un gobierno homogéneo. El partido “vencedor” está obligado a aliarse con sus adversarios de ayer, y sus amigos de un día pueden convertirse en los adversarios del siguiente.

El parlamento no dispone de medios de evaluación de las políticas públicas y no participa realmente en el debate presupuestario o estratégico y sus competencias están reducidas al mínimo. El gobierno no puede nombrar por sí mismo ministros sin que éstos sean avalados por el poder y no tiene ningún control sobre los llamados ministerios de soberanía (defensa, política exterior, ministerio del interior, de los asuntos religiosos…). Es el rey quien preside el consejo de ministros, disuelve el parlamento cuando le parece, es el jefe supremo de los ejércitos, nombra a los jueces y los dirigentes de más de 40 establecimientos públicos.

Sometido a las restricciones del Majzén, el autodenominado “proceso democrático” permite así generar apoyos más amplios que la base directa del poder, a la vez que hace imposible la emergencia en el campo institucional de una representación política autónoma de las diferentes fuerzas sociales. Tanto en el plano económico como en el político, la monarquía se ha asegurado una dependencia y una fragmentación que evita toda competencia o afirmación de un polo autónomo, a la vez que ha construido una red de mediaciones entre ella y la sociedad. Estas mediaciones son tanto un canal de integración como cortafuegos que combinan diferentes fuentes de legitimidad en función de los territorios y de las capas sociales.

La fachada democrática tiene igualmente una dimensión internacional jugando sobre la autodenominada excepcionalidad del régimen que, gracias a su apertura política y económica, ha podido afirmar una estabilidad y contener los movimientos islamistas. La firma de numerosos convenios internacionales traduciría una consolidación de la transición y el control de la ola revolucionaria de 2011 reforzaría este análisis. La estabilidad aparente permite al régimen conservar un apoyo internacional sobre la cuestión del Sahara occidental, un silencio ensordecedor sobre las violaciones de los derechos humanos y le proporciona argumentos para la llegada de inversiones extranjeras.

Al mismo tiempo, el poder responde a los intereses de los imperialismos: lucha contra la inmigración clandestina, colaboración en el terreno de la “lucha antiterrorista”, normalización oficiosa con el Estado de Israel, participación en la intervención en Yemen, apoyo a la françafrique, sumisión a las exigencias del FMI, facilidades de inversión y de instalación para las filiales de las multinacionales. No es por casualidad que el régimen esté considerado como un aliado muy importante de los imperialismos fuera de la OTAN. Exporta, por otra parte, la práctica de las gratificaciones reales y de la corrupción para comprar complicidades políticas y mediáticas a un nivel sin comparación con otras dictaduras. El régimen marroquí es sin duda uno de los más apoyados del mundo y de la región. La reciente celebración del COP22 en Marrakech se inscribía en este reconocimiento internacional.

Revue L’Anticapitaliste n°83 (enero 2017)

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR

Notas

1/ La cúpula del ejército fue invitada a seguir el mismo proceso tras estas tentativas de golpe de Estado proponiéndoles Hassan II, con su cinismo habitual, que en vez de meterse en política se dedicaran a enriquecerse.





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