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EE UU
El monstruo se instala en la Casa Blanca, el pueblo protesta
28/01/2017 | Dan La Botz

Cuando escribo esto, Donald Trump acaba de asumir el cargo de presidente de Estados Unidos; un constructor de hoteles, negociante trapichero, asiduo a espectáculos de telerrealidad, narcisista, racista y misógino metemanos, empresario antisindical y timador de subcontratistas, bufón e ignorante que, sin embargo, posee un brillante olfato político y un gran talento para manipular la opinión pública apelando al miedo y favoreciendo el resentimiento. Entre numerosos presidentes imperiales conservadores, Republicanos y Demócratas, que han servido a la clase capitalista desentendiéndose del pueblo, promete ser tal vez el peor de todos para el país y para el mundo.

Trump se instala ahora en la Casa Blanca y el Partido Republicano asume también el control del Senado y de la Cámara de Representantes; Trump nombrará en breve, asimismo, a un nuevo juez del Tribunal Supremo, dando la mayoría de este órgano a la derecha. Al mismo tiempo, los gobernadores de 33 Estados de la Unión son Republicanos, y este partido también controla el poder legislativo estatal de 30 Estados; además, en 17 Estados tienen mayorías a prueba de veto. Pocas veces en la historia de EE UU han ostentado un partido tanto poder político.

Un presidente recibido con protestas masivas

La toma de posesión de Trump ha sido recibida con manifestaciones de protesta masivas, en algunas de las cuales se han congregado decenas de miles de personas, y no solo en la capital, Washington, donde ha prestado juramento, sino también en otras muchas ciudades, desde San Francisco hasta Nueva York, con manifestaciones de solidaridad en urbes de todo el mundo. Las expresiones de protesta se producen en todos los niveles, desde el Congreso hasta la calle, pasando por numerosos alcaldes. Unos 60 congresistas del Partido Demócrata se han negado a asistir a la ceremonia de toma de posesión, dando muy diversas explicaciones, desde la falta de legitimidad de la elección hasta la falta de respeto del nuevo presidente por sus votantes.

Los inmigrantes se manifestaron la semana pasada, temerosos de que una vez Trump tome el poder, sean objeto de duras medidas represivas. Para este sábado [21 de enero] hay convocada una manifestación de mujeres que reunirá a casi medio millón de personas para protestar contra los acosos sexuales de Trump y su falta de respeto por las mujeres y sus derechos. (Más sobre las protestas y la resistencia en la conclusión.)

El gabinete: multimillonarios y generales de ultraderecha

Trump ha elegido para su gabinete a una colección de personajes multimillonarios y generales que no son simplemente conservadores Republicanos, sino ideólogos de extrema derecha cuyo historial se contradice diametralmente con el cargo para el que han sido nombrados.

· Jeff Sessions, futuro fiscal general, es conocido por sus comentarios racistas y su desdeño por los derechos civiles.

· Betsy DeVos, propuesta para el cargo de ministra de Educación, no defiende la escuela pública, sino que es una entusiasta de la enseñanza privada.

· Tom Price, el candidato a ministro de Sanidad y Servicios Humanos, será quien supervise el desmantelamiento de la Ley de asistencia sanitaria asequible (la llamada “Obamacare”). Podría reducir la cobertura sanitaria de personas discapacitadas y mayores de 65 años, y es favorable a la privatización de los programas sanitarios del Estado.

· El futuro ministro de Trabajo, Andrew Puzder, es un hombre de negocios que se opone a la legislación en materia de seguridad e higiene de los trabajadores y también es contrario a aumentar el salario mínimo.

· Scott Pruitt, candidato a dirigir la Agencia de Protección Medioambiental, ha combatido a esta agencia y colabora estrechamente con empresas petroleras y de gas. Niega el cambio climático.

· Rick Perry, nombrado para el ministerio de Energía, propuso la supresión del mismo hace cuatro años, durante su campaña presidencial. También es un gran amigo del petróleo y otros combustibles fósiles y un escéptico del cambio climático.

· Stephen K. Bannon, un líder del movimiento de la derecha alternativa y su principal estratega, trae al despacho oval a un nacionalista blanco, editor de Breitbart News y conocido por su islamofobia, antisemitismo y antefeminismo. Y se lleva consigo a sus amigos fascistas. Bannon no necesita la confirmación por parte del Congreso.

La victoria de Trump introduce así en la Casa Blanca a un grupo de políticos de la derecha más recalcitrante y coloca a auténticos fascistas en sus aledaños. Aunque Trump había prometido “drenar la ciénaga”, muchos de los personajes que propone para el gabinete son multimillonarios de largo historial en Wall Street, políticos Republicanos o altos cargos militares. En conjunto, el gabinete representa una ideología ultraconservadora que no se veía en la Casa Blanca desde la presidencia de William Harding en la década de 1920. La demagogia de Trump y algunos comentarios racistas o antimusulmanes de los miembros de su gobierno indican que se trata de un gobierno de extrema derecha –más derechista que los de Ronald Reagan o George W. Bush–, algo totalmente nuevo en la historia reciente de EE UU.

Los multimillonarios

El gabinete de Trump, formado por magnates del petróleo y de la banca, será el más rico de la historia. Así, para el puesto de ministro de Asuntos Exteriores (secretario de Estado), el cargo más destacado del gabinete, ha escogido a Rex Tillerson, presidente y consejero delegado de Exxon Mobil, la compañía petrolera más grande del mundo. Tillerson mantiene relaciones muy estrechas con el presidente de Rusia, Vladímir Putin, quien le ha concedido la medalla de la Orden de la Amistad de su país, al parecer por sus tratos por importes que alcanzan varios miles de millones de dólares.

El número dos del gabinete, el secretario del Tesoro, Trump ha seleccionado a Steven Mnuchin, antiguo ejecutivo de Goldman Sachs. Después de salir del banco, Mnuchin trabajó para el multimillonario George Soros y posteriormente se dedicó a la financiación de películas de Hollywood. Mnuchin estuvo muy implicado en la actividad bancaria y la concesión de hipotecas basura que dio lugar al estallido de la burbuja inmobiliaria que desencadenó la gran recesión en todo el mundo en 2008. En el nuevo gobierno hay además otros dos antiguos hombres de Goldman Sachs: Gary D. Cohn, propuesto para presidir el consejo económico, y Steven Bannon, un asesor que había trabajado en Sachs. Trump ha seleccionado al multimillonario Wilbur Ross –un buitre de las finanzas llamado “rey de las quiebras” por dedicarse a la compra, saneamiento y venta de empresas en quiebra– para el cargo de secretario de Comercio.

Los magnates han tomado el mando.

Los mandamases militares

Hay quien ha comentado que el gabinete de Trump se parece más a una junta militar. El teniente general Mike Flynn, ex jefe de la Agencia de Inteligencia de la Defensa, un hombre que califica el islam de “ideología política” y de “cáncer maligno”, se convertirá en el asesor de seguridad nacional de Trump, un cargo que no requiere la ratificación por parte del Congreso. Flynn ha hecho muchas declaraciones manifiestamente falsas, como la ridícula afirmación de que la sharía (ley islámica) está extendiéndose en EE UU. Ha convencido a Trump que EE UU se halla inmerso en una “guerra mundial” con el islam y debe buscar aliados potenciales como el dictador ruso Vladímir Putin.

Los nombramientos ministeriales deberán ser ratificados por el Senado, donde los Republicanos tienen mayoría, pero por mucho que varios de los candidatos propuestos por Trump tengan un historial más que dudoso, es muy probable que reciban el visto bueno. Trump ha ofrecido al conocido racista Jeff Sessions, senador de Alabama, el cargo de fiscal general, en la cúpula del sistema judicial. En 1986, el presidente Ronald Reagan propuso a Sessions para el cargo de juez federal, pero los Republicanos del Congreso descalificaron a Sessions debido a sus comentarios racistas.

Mike Pompeo, congresista de Kansas que había estado al mando de un tanque del ejército, ha sido propuesto para encabezar la CIA. Pompeo está a favor del registro indiscriminado de las llamadas telefónicas de los estadounidenses y se opuso al cierre de las cárceles clandestinas cerradas por Obama, donde desaparecían los prisioneros detenidos por EE UU para ser torturados.

John F. Kelly, general del cuerpo de Marines en la reserva, será el jefe de Seguridad Interior. Ha dirigido el Mando Sur de EE UU, que supervisa los 32 países del Caribe, Centroamérica y Sudamérica, por lo que también ha estado a cargo de la base de Guantánamo en Cuba. Ahora controlará las fronteras de EE UU.

Para el puesto de secretario de Defensa, Trump ha elegido a James N. Mattis, general del cuerpo de Marines en la reserva, quien dirigió la invasión de Irak en 2003. Muchos creen que Mattis, también llamado “Perro Rabioso”, es responsable de crímenes de guerra en Irak, concretamente la masacre de Haditha en 2005, donde los marines de EE UU asesinaron a 24 civiles. Ocho marines fueron procesados, pero Mattis, quien presidió la vista, logró que todos ellos fueran absueltos.

Hasta algunos Republicanos conservadores están molestos con la elección de Trump. John Weaver, asesor de líderes conservadores como el senador John McCain de Arizona y el gobernador John Kasich de Ohio, ha declarado a los medios que “la extrema derecha racista y fascista está representada muy cerca de la Casa Blanca. ¡Mucho ojo!”.

El mundo al revés

La elección de Trump amenaza con poner patas arriba la política interior y exterior de EE UU. Los nombramientos de Trump para el gobierno y sus comentarios apuntan a una ruptura total con el orden de posguerra, tanto en casa como en el extranjero. En EE UU se configura un gobierno que será más racista, más represivo, que reducirá el gasto social federal y que proseguirá con las políticas neoliberales de privatización y desregulación de los servicios públicos. Trump, por ejemplo, se propone congelar la creación de empleo público federal; esta política afectará tanto a los organismos federales como a las personas a que atienden; tal vez privatice elementos de Medicare y Medicaid (atención sanitaria a personas sin medios y ancianas), y sin duda incrementará la privatización de la enseñanza.

Nadie duda de que Trump y los Republicanos, tanto en el plano federal como en los Estados, promulgarán más leyes antisindicales, debilitando aún más a un movimiento sindical que no representa más que al 10 % de todos los trabajadores y a apenas un 7 % en el sector privado. El nuevo presidente ha prometido invertir un billón de dólares en un programa decenal de infraestructuras, encaminado a construir autopistas y puentes de gestión privada. Este programa generará empleo en la construcción y contentará a su base electoral, pero de hecho es posible que sea un programa de inversión privada que creará relativamente pocos puestos de trabajo.

Para los ricos, Trump promete bajar los impuestos: el tipo del impuesto de sociedades del 35 % al 15 %, el del impuesto sobre la renta del 39,6 % al 33 %, y el del impuesto sobre los rendimientos del capital mobiliario del 23,8 % al 20 %. Se calcula que el valor de estos recortes se situará entre los 4,3 y los 6,2 billones de dólares. Los más ricos verán rebajados sus impuestos un 13,5 %, mientras que todos los demás los verán aumentar un 4,1 %.

En cuanto a la política exterior, Trump ha dado a entender que debilitará la Organización del Tratado del Atlántico Norte (NATO) y los pactos de defensa con Corea del Sur y Japón. Al mismo tiempo, ha manifestado su admiración por el dictador Putin, apuntando a una posible alianza con Rusia contra el Estado Islámico de Irak y del Levante (EI). Una alianza con Rusia sería una amenaza para la Unión Europea y especialmente para los antiguos países comunistas de Europa Oriental. Si Trump aplica estas políticas a rajatabla, pondrá fin al sistema internacional de hegemonía económica, política y militar de EE UU apoyada por las potencias europeas y Japón.

Al mismo tiempo, Trump ha insinuado que podría abandonar la Organización Mundial del Comercio (OMC), que no negociará el tratado de la Asociación Transpacífica (TPP) y que renegociará el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (ALCAN). Por lo visto, Trump rechaza el papel de EE UU en la organización del libre comercio a escala mundial y prefiere establecer en su lugar relaciones comerciales bilaterales. De este modo, el libre comercio se mantendrá, pero de forma diferente. Todos estos cambios estarán destinados a enriquecer a las empresas estadounidenses y ninguno de ellos favorecerá a la población trabajadora de este país ni del extranjero.

Por último, Trump dice que no cree que haya cambio climático o que lo provoque la actividad humana. Propugna aumentar la producción de carbón y de petróleo y se propone reducir los poderes de la Agencia de Protección Medioambiental. Es muy probable que Trump abandone el Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que guía los intentos internacionales de reducir el calentamiento del planeta, y el Protocolo de Kioto, que EE UU no ha llegado a firmar nunca. Es previsible que el medio ambiente planetario se deteriore más rápidamente durante el mandato de Trump.

Hay quien dice que Trump defiende una política exterior “aislacionista”, como la que propugnaban los Republicanos en las décadas de 1920 y 1930. Sin embargo, al mismo tiempo, EE UU sigue siendo la potencia militar más grande y poderosa del mundo y Trump ha reclamado un aumento del presupuesto militar para modernizar las fuerzas armadas del país. En cualquier caso, la presidencia de Trump amenaza con poner patas arriba todas las relaciones internacionales existentes, y no está nada claro qué comportará esto en el futuro.

¿Es Trump fascista?

Aunque Donald Trump preconiza una política muy de derechas, y pese a que hay nacionalistas blancos y fascistas entre sus seguidores, hoy por hoy no es fascista. ¿Por qué? En primer lugar, Trump, si bien ha puesto en la picota a los militantes del Partido Republicano, no se ha alzado por encima del mismo ni de la clase política, es decir, no es una figura bonapartista, independiente del sistema político existente. En segundo lugar, no tiene detrás un partido fascista. Demagogo populista, ha sido capaz de movilizar a votantes blancos que buscan mejorar su situación económica y que se sienten amenazados por los inmigrantes extranjeros que compiten por los puestos de trabajo y ponen en peligro su estatus.

No obstante, no ha convertido este movimiento incipiente en un partido político. Sus nombramientos indican que busca al menos una reconciliación parcial con los Republicanos y la clase política, más que una confrontación por todo lo alto. ¿Podría utilizar su presidencia y el poder estatal para crear un partido fascista? Sí, esto sería posible, aunque se encontraría con resistencias de los partidos Republicano y Demócrata y de la población en general. No parece que tenga en mente lanzar un proyecto de esta índole.

Un programa nacionalista blanco

Trump, quien se presentó con un programa electoral nacionalista en lo económico y racista en lo social, ha enumerado sus objetivos para los primeros cien días. Promete adoptar estas medidas:

· Deportación inmediata de dos a tres millones de inmigrantes indocumentados con antecedentes delictivos y construcción de un muro entre EE UU y México.

· Suspensión de la inmigración procedente de regiones donde tienen su base grupos terroristas, es decir, de Oriente Medio y de población musulmana.

· Refuerzo de la policía y construcción de más cárceles privadas para combatir el crimen, medidas que afectarán sobre todo a las comunidades afroamericana y latina, cuyos miembros son objeto de detención, condena y encarcelamiento de manera desproporcionada.

· Nombramiento de por lo menos un nuevo juez conservador para el Tribunal Supremo de EE UU, donde existe en estos momentos una vacante, consolidando así una mayoría conservadora que podría tumbar el derecho federal al aborto.

Trump también avanzará de inmediato en la aplicación de su programa económico nacionalista, que según él reconstruirá la industria estadounidense y creará empleo:

· Levantamiento de las restricciones medioambientales a las empresas de carbón, gas y petróleo y suspensión de otros programas relativos al cambio climático, permitiendo asimismo que prosiga la construcción del gran oleoducto de Keystone.

· Abandono de la TPP, renegociación del ALCAN y acusación a China, que es el segundo socio comercial más grande de EE UU y posee más de un billón de dólares de deuda estadounidense, de manipular la moneda.

· Lanzamiento de un programa de un billón de dólares para construir lo que serán infraestructuras de gestión privada como autopistas y puentes.

· Abolición de la Ley de asistencia sanitaria asequible (Affordable Care Act), el programa sanitario privado coordinado a escala federal que hizo aprobar Obama, y su sustitución por un nuevo programa privado competitivo.

Finalmente, en el ámbito de la política exterior.

· Trump ha, dicho que se centrará en el combate contra el EI en Irak y Siria, aunque también en todo el mundo y en el interior de EE UU.

· Trump ha criticado el papel de los miembros europeos de la OTAN y ha dicho que tratará de mejorar las relaciones con Putin, una posición que podría acabar con la política exterior estadounidense en el continente europeo.

· Trump también ha llamado a renovar y reforzar el ejército de EE UU.

¿Por qué Trump?

¿De dónde viene Donald Trump? ¿Cómo logró el magnate inmobiliario neoyorquino y personaje de televisión ser proclamado candidato del Partido Republicano y después ganar la presidencia? EE UU siempre ha tenido populistas conservadores y grupos racistas como el Ku Klux Klan, que era una fuerza poderosa en la década de 1920. Barry Goldwater, senador de Arizona, lanzó un nuevo movimiento conservador de extrema derecha en EE UU a raíz de su campaña presidencial en 1964. Aunque perdió las elecciones frente al Demócrata Lyndon Johnson, Goldwater había creado un movimiento que encontró a un campeón en Ronald Reagan, quien ganó las elecciones en 1980.

Desde las décadas de 1960 y 1970 viene desarrollándose un movimiento conservador en EE UU. Comenzó a modo de reacción blanca contra los movimientos por los derechos civiles y del Poder Negro y la tremenda violencia de las rebeliones urbanas de los años setenta. Aunque el movimiento comenzó en el Partido Demócrata con la campaña racista, pero favorable a la clase obrera blanca, en 1968, se extendió cuando en 1972 Richard Nixon puso en marcha la “Estrategia del Sur” para atraer a los electores blancos del Sur que estaban furiosos con los derechos civiles.

En las décadas de 1980 y 1990, la iglesia Evangélica pasó a ser una fuerza importante en el Partido Republicano, y los programas de radio y televisión de sus comentaristas también ayudaron a impulsar el movimiento conservador. Cuando Barack Obama fue elegido el primer presidente negro de la historia de EE UU, en 2008, los racistas blancos construyeron su movimiento a base de atacar a Obama, afirmando que no había nacido en EE UU y no era ciudadano del país, que era musulmán y socialista. Cuando Obama impulsó su programa de seguro médico privado coordinado por el gobierno con la Ley de protección del paciente y de asistencia sanitaria asequible (la llamada “Obamacare”), la derecha atacó el plan, calificándolo de socialista, y lanzó el movimiento derechista del Tea Party.

El Tea Party se convirtió en un partido político que encabezó la rebelión en el seno del Partido Republicano y obtuvo docenas de representantes y senadores en el Congreso y en los parlamentos de los Estados. Todos estos movimientos atrajeron a la Derecha Alternativa, formada por nacionalistas blancos cercanos a grupos racistas como el Ku Klux Klan y otros nazis. Aunque estos grupos de extrema derecha no son muy numerosos ni ejercen una gran influencia en el sistema político, están creciendo. Donald Trump es el producto de esta historia, la culminación de 45 años de movimientos conservadores en EE UU. La crisis económica de 2008, que trajo casi un 10 % de paro, provocó inseguridad económica en muchos blancos de clase media y obrera, mientras que al mismo tiempo los negros, latinos, inmigrantes y mujeres, que competían por los puestos de trabajo, suponían una amenaza para el estatus social de los blancos. Esta fue la situación que sentó las bases de la victoria de Donald Trump.

Cómo ganó Trump

Aunque los estadounidenses se sienten orgullosos de su sistema político basado en el principio de “un hombre, un voto”, en las elecciones presidenciales esto no es del todo cierto. La Constitución de EE UU establece que el presidente sea elegido por el Colegio Electoral, formado por 538 individuos, un número igual al total de senadores y representantes, más tres personas de Washington, D.C. Los Electores representan a los vencedores de cada Estado sobre una base mayoritaria, de modo que a escala nacional es posible que alguien gane el voto popular, pero pierda el Colegio Electoral.

Es lo que le pasó a la Demócrata Hillary Clinton, que ganó el voto popular con el 47,8 % de los votos, frente al 47,3 % de Trump, superando a este por 2,2 millones de sufragios. Sin embargo, Trump ganó en suficientes Estados para obtener una mayoría de 290 frente a 232 en el Colegio Electoral, que lo eligió presidente. Esto mismo les sucedió a otros candidatos en el pasado, como Andrew Jackson en 1824, Samuel Tilden en 1876, Grover Cleveland en 1888 y Al Gore en 2000: todos ellos ganaron el voto popular, pero perdieron el Colegio Electoral. Además de Trump y Clinton, hubo otros dos candidatos de partidos menores. Gary Johnson, del derechista Partido Libertario, obtuvo el 3,3 % del voto popular nacional, mientras que Jill Stein, del Partido Verde, solamente cosechó el 1 % de los votos; ninguno de ellos obtuvo un Elector.

Los Electores no se reúnen hasta el 19 de diciembre y tienen derecho a votar como les venga en gana, aunque es prácticamente inconcebible que no lo hicieran de conformidad con las indicaciones de su Estado. Stein reclamó un nuevo recuento en Wisconsin, Pensilvania y Michigan, y la campaña de Clinton dijo que se uniría a la demanda de nuevo recuento. Sin embargo, es improbable que un recuento cambie significativamente los resultados y le niegue la victoria a Trump. Hay también otros factores que han influido en la victoria de este. En muchos parlamentos estatales controlados por los Republicanos se promulgaron nuevas leyes relativas al registro e identificación de los electores y se redujo el número de colegios electorales, con el propósito, en particular, de suprimir el voto de los negros, aunque también de los latinos y de los blancos que votan por los Demócratas. Estas leyes pueden haber afectado a cientos de miles de votantes potenciales, pero probablemente no determinaron en el resultado de la elección.

La abstención entre los votantes fue elevada. Según las estadísticas, unos 231,5 millones de estadounidenses podían ejercer el derecho a voto en la elección presidencial de 2016, de los que solamente votaron 134,4 millones. De manera que la tasa de participación fue del 58,1 %, o lo que es lo mismo, el 41,9 % de los votantes potenciales no acudieron a las urnas. Varios millones de personas que votaron en las dos elecciones anteriores no lo hicieron en esta. Muchos de quienes se abstienen perciben rentas más bajas y tienen un nivel de educación más bajo que quienes van a votar. Trump ganó la elección presidencial de EE UU el 8 de noviembre movilizando a decenas de millones de votantes blancos de clase alta, clase media y clase trabajadora que estaban indignados y furiosos con los políticos de Washington y Nueva York.

¿Y la clase obrera?

La ironía, para nosotros los militantes de izquierda, es que la clase obrera desempeñó un papel crucial en la victoria de Trump. Los votantes blancos acomodados y de clase media de los suburbios constituían la base del Tea Party y de Trump, pero la clave de la victoria de este se halla en el voto de la clase obrera blanca en los Estados del cinturón industrial de Pensilvania, Virginia Occidental, Ohio, Indiana y Michigan, donde la mayoría de hombres y mujeres votó por él. Personas blancas sin título universitario –hombres y mujeres– constituían un tercio del electorado en 2016. Trump ganó en este grupo con una ventaja de 39 puntos porcentuales en todo el cinturón industrial, ganando así la elección. También ganó entre los votantes de ciudades pequeñas y zonas rurales de todo el país. Gozaba de un fuerte apoyo entre los votantes sin título universitario. Casi el 60 % de los estadounidenses tienen algún título universitario y el 30 % una licenciatura; los puestos de trabajo para quienes carecen de estos títulos están disminuyendo.

Muchos trabajadores están furiosos de que sus sindicatos hubieran apoyado a Hillary Clinton sin que mediara ningún proceso democrático, pese a que numerosos trabajadores de base habían apoyado a Bernie Sanders. La clase obrera blanca, abandonada por el Partido Demócrata durante los últimos 40 años, fueron desplazándose gradualmente al campo Republicano, y en 2016 la migración fue masiva. Trump motivaba a estos trabajadores blancos hablándoles de la necesidad de reconstruir la industria, de crear empleo y de proteger sus puestos de trabajo frente a los trabajadores indocumentados, defendiendo el país de la competencia extranjera. Al tiempo que prometía combatir el terrorismo, Trump también se declaró contrario a la implicación de EE UU en guerras extranjeras y en intentos de cambiar regímenes.

Para sorpresa de muchos, Trump también obtuvo un número de votos significativo de minorías raciales. Mientras que el 58 % de los blancos votaron por él, obtuvo asimismo el 18 % del voto hispano y el 29 % del asiático. Clinton no logró movilizar a la comunidad negra como lo había hecho Obama en 2012, cuando se llevó el 93 % del voto negro. En 2016, Clinton solo alcanzó el 88 % del voto negro, mientras que Trump obtuvo el 8 %, el libertario Gary Johnson un 2 % y otros candidatos un 2 %. Clinton ganó la mayoría de los votos de las mujeres, un 54 % frente al 42 %, pero perdió entre las mujeres blancas, de las que el 53 % votaron por Trump y tan solo un 43 % por Clinton.

En EE UU los Demócratas suelen gobernar las ciudades multiétnicas, mientras que los Republicanos gobiernan los suburbios blancos y las zonas rurales. Ahora, los alcaldes de las principales ciudades del país se han unido a la resistencia contra Trump; prometen que sus ciudades seguirán siendo santuarios para los inmigrantes, negándose a cooperar con la Agencia de Inmigración y Aduanas. El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, ha declarado que Nueva York seguirá defendiendo a los inmigrantes indocumentados. “No vamos a sacrificar a medio millón de personas que viven entre nosotros, que forman parte de nuestra comunidad”, ha dicho De Blasio. “No vamos a separar familias.”

Además de Nueva York y Chicago, las ciudades de Boston, Denver, Los Ángeles, Oakland, Providence, San Francisco, Santa Fe, Seattle y Washington D.C. han prometido todas mantener sus políticas de refugio. Estudiantes y profesores también presionan a las facultades y universidades a que se declares ciudades refugio. Durante su campaña, Trump advirtió de que, si llegara a ser presidente, “las ciudades que se nieguen a cooperar con las autoridades federales no recibirán dinero público”, anunciando un conflicto político. Varios dirigentes importantes del Partido Demócrata han jurado que se resistirán a Trump, entre ellos Harry Reid, el dirigente del grupo parlamentario Demócrata en el Senado, la senadora de izquierda Elizabeth Warren y, por supuesto, Bernie Sanders, quien se presentó a las primarias del Partido Demócrata como un “socialista democrático” y llamó a una “revolución política”. Warren declaró a los medios que “puedes acostarte, puedes lloriquear, puedes hacerte un ovillo, puedes optar por irte a Canadá, o bien puedes plantarte y contraatacar, y de eso se trata”.

¿Dirigirán realmente los Demócratas una lucha activa contra Trump? Después de todo, no tienen un gran historial de resistencia a los Republicanos, con los que se han desplazado gradualmente a la derecha a lo largo de los últimos 40 años. Los Demócratas han llegado a compartir la misma ideología neoliberal y el compromiso con la austeridad. El presidente Bill Clinton y su esposa Hillary fueron responsables de algunas de las peores leyes en materia de bienestar social y de delincuencia y justicia, políticas que recayeron duramente sobre las comunidades negra y latina. Aun así, la promesa de los alcaldes del Partido Demócrata de mantener sus programas de “ciudades refugio”, es decir, de no cooperar con la Agencia de Inmigración y Aduanas, es esperanzadora.

Bernie Sanders y amigos

Bernie Sanders ha prometido luchar contra Trump, principalmente construyendo un aparato político que permita elegir a Demócratas más progresistas al Congreso. Sanders y su equipo han fundado Our Revolution (Nuestra Revolución), una organización dedicada a proporcionar a los y las votantes una educación progresista en torno a los asuntos en cuestión. Otro grupo de este tipo es Brand New Congress (Congreso Totalmente Renovado), que se propone juntar una lista de 400 candidatas progresistas de cara a una campaña coordinada para las elecciones al Congreso en 2018. Un tercer grupo, MoveOn.org, se formó en respuesta al proceso de destitución de Bill Clinton en 1998 y defiende asimismo causas progresistas.

La cuestión es si estas organizaciones apoyarán o no propuestas y candidatos capaces de cambiar realmente el Partido Demócrata, o si simplemente introducirán a seguidores de Sanders en las filas Demócratas y en la actividad política rutinaria de candidatos que no sean sustancialmente diferentes de los Demócratas de siempre. Mientras que la izquierda en sentido amplio tiende a plantearse la reforma del Partido Demócrata, en particular mediante los procesos electorales a escala local y estatal, la pequeña extrema izquierda advierte de que el Partido Demócrata no se puede reformar u ocupar por elementos más radicales. Los Demócratas, en sus niveles superiores, están controlados por políticos profesionales, recaudadores de fondos y donantes, anunciantes y abogados, y el conjunto de la organización está endeudada con bancos y empresas.

Los movimientos sociales y la izquierda

¿Qué decir de los movimientos sociales y la izquierda? ¿En qué situación se encuentran ahora que han pasado las elecciones? En el último decenio, EE UU ha sido escenario de varios movimientos de masas que han reunido a centenares de miles y en algunos casos incluso a millones de personas. Tal vez el más amplio fue el que impulsó las manifestaciones por los derechos de los inmigrantes en 2006, que sacó a un millón de personas a las calles de Los Ángeles y también en Chicago, y cientos de miles en otras ciudades para apoyar las reformas en materia de inmigración impulsadas por el presidente Republicano George W. Bush, que otorgaba derechos de residencia y prometía la adquisición de la nacionalidad a unos 12 millones de inmigrantes indocumentados. Sin embargo, el Congreso no aprobó las reformas y el movimiento fue derrotado.

El movimiento Occupy Wall Street, que comenzó en septiembre de 2011, un movimiento radical y populista contra la desigualdad económica y el papel del dinero en la política, se extendió por todo EE UU como un reguero de pólvora. Decenas y tal vez centenas de miles de personas ocuparon espacios públicos, organizaron asambleas y debates sobre todo tipo de cuestiones, salieron en manifestación y defendieron el ideal de un mundo más democrático e igualitario. Los alcaldes del Partido Demócrata de ciudades de todo el país aplastaron el movimiento de forma violenta, a base de sprays de pimienta, apaleamientos, detenciones y en algunos casos acusaciones de terrorismo. Apenas cabe duda de que un enfoque tan sistemático y uniforme de la respuesta al movimiento fue coordinado desde la Casa Blanca y le Oficina Federal de Investigación (FBI) o algún otro cuerpo policial.

Si bien este movimiento también fracasó, dio lugar a Fight for $15 (Lucha por los 15 dólares), una movilización sindical y obrera que reclamaba el aumento del salario mínimo fijado por las empresas privadas, los Estados o los ayuntamientos a 15 dólares la hora. Este movimiento tuvo éxito en varios Estados y ciudades, aunque, organizado por sindicatos y ONG, no se convirtió en un movimiento masivo de la clase trabajadora. Hubo algunas huelgas, pero no muchas.

Black Lives Matter (La vida de los negros importa, BLM), creado en 2013 para combatir el racismo y la violencia policiales, se convirtió en un movimiento masivo de decenas e incluso centenas de miles de personas en 2014. BLM organizó enormes movilizaciones combativas en grandes ciudades y otras más pequeñas en campus universitarios de todo el país. Aunque BLM denunció públicamente muchos casos de abuso policial, apenas ha logrado que se procesara a los agentes que cometieron abusos o incluso mataron a personas de color. BLM, que es un movimiento y no una organización, reúne a varios grupos que llevan a cabo diversas actividades, pero de momento no tiene una presencia visible en las calles como movimiento de protesta masivo.

La marcha de los pueblos por el clima reunió en Nueva York, en 2014, a unos 300 000 manifestantes de todo el país, con la participación de muchos sindicatos obreros y grupos comunitarios. En todo el país existen numerosos grupos ecologistas, y la actividad más importante en estos momentos es la protesta dirigida por los sioux de Standing Rock, un grupo indígena de Dakota del Norte.

Sin duda el movimiento social más exitoso de la última década es el de la población LGBT, que ha conseguido acabar con la política de “no preguntes, no declares” en el ejército y el derecho al matrimonio en condiciones de igualdad. La victoria que supone la obtención de estos derechos democráticos refleja un cambio enorme de la cultura estadounidense, donde la gente LGBT se encuentra ahora con una mayor tolerancia.

El movimiento sindical estadounidense ha estado callado durante décadas y sigue perdiendo afiliados, poder económico e influencia política. Hay pocas huelgas: en los últimos años solo ha habido dos huelgas significativas. El sindicato de maestros de Chicago convocó una huelga de una semana de duración en septiembre de 2012, consiguió algunas mejoras y se convirtió en modelo para otros sindicatos de la enseñanza de todo el país. Más recientemente, 40 000 miembros de Communications Workers of America (Trabajadores de comunicaciones, CWA) llevaron a cabo una huelga exitosa contra Verizon en la primavera de 2016 para defender el empleo, los salarios y las condiciones de trabajo. Estas huelgas, sin embargo, son la excepción. La clase obrera estadounidense no organiza campañas o huelgas significativas desde hace más de 40 años.

En todo caso, a pesar de estas diversas movilizaciones sociales, no existe un clima de rebelión social como el que pudimos ver en EE UU en el periodo de 1954 a 1975, cuando hubo protestas políticas masivas casi continuas de enormes proporciones. Cada uno de estos movimientos ha venido y se ha ido, dejando atrás a grupos de activistas convencidos, pero siendo incapaz de generar una movilización social más amplia y continua. Ante la situación económica y política y la llegada al poder de Trump y los Republicanos, es de esperar que haya una mayor conflictividad social y más movilizaciones sociales.

La izquierda

En el contexto de la elección de Trump, la débil izquierda estadounidense también ha ido creciendo. En EE UU hay tal vez 20 000 socialistas organizados, divididos en media docena de grupos relativamente grandes y en numerosas organizaciones de izquierda más pequeñas. La organización de izquierda más grande en EE UU es Democratic Socialists of America (DSA), que contaba con unos 7 000 miembros antes de la elección de noviembre. Aunque en su origen era un grupo socialdemócrata, DSA se ha convertido en los últimos años en una organizació socialista más radical. Muy activa en la campaña de Sanders, ha doblado con creces su tamaño desde la victoria de Trump. Será para esta organización todo un desafío integrar a tantos militantes nuevos.

Socialist Alternative (SA), un grupo trotskista, es conocido sobre todo por la militante Kshama Sawant, quien ha sido elegido ya por segunda vez concejal del ayuntamiento de Seattle. SA también ha crecido gracias a su papel en la campaña de Sanders, atrayendo a algunos centenares de nuevos activistas. La International Socialist Organization (ISO), un grupo procedente de la tradición trotskista, y uno de los más activos en la extrema izquierda, cuenta con unos 1 000 miembros. También existen grupos comunistas, maoístas y otros trotskistas que tienen entre 1 000 y 100 miembros. Solidarity, un grupo de unos 300 afiliados y situado en la tradición trotskista, ha intentado desarrollar una perspectiva política independiente para la izquierda a través de su proyecto Left Elect, destinado a unir a activistas de muchos partidos electorales grandes y pequeños.

Dividida por sus diversas historias y tradiciones y a menudo también por sus prácticas sectarias, la izquierda ha sido incapaz de influir en los principales movimientos sociales o de proporcionarles una orientación política. Está por ver si la izquierda es capaz de desempeñar un papel significativo en la organización y construcción de un movimiento de resistencia a Trump. La reciente colaboración entre ISO, DSA y Solidarity, y en ocasiones entre DSA y Socialist Alternative, es un signo esperanzador.

Las organizaciones de izquierda coinciden en la necesidad de la resistencia, pero está por ver si la izquierda puede convertirse en una fuerza dirigente en la resistencia a Trump. La cuestión crucial radica en la construcción de una fuerza política independiente, idealmente un partido político independiente, a partir de los movimientos de resistencia que se están formando. Pero ahora las mujeres, los inmigrantes, los negros, los latinos, la gente trabajadora, estamos en las calles, nos plantamos y nos preparamos para una lucha dura y prolongada.

20/01/2017

Traducción: VIENTO SUR



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