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ctxt.es | Entrevista a Miguel Urban/ Eurodiputado y miembro de Podemos en Movimiento
Podemos no corre ningún riesgo de ruptura
27/01/2017 | Gorka Castillo

En un despacho decorado con cinco máscaras que transmiten un inquietante silencio, Miguel Urbán (Madrid, 1980) prepara el documento final que Izquierda Anticapitalista, el sector minoritario que él encabeza, presentará en el segundo congreso que la fuerza morada celebrará en Vistalegre el próximo mes de febrero. Urbán, que como historiador tiene más dudas sobre el futuro de la civilización que sobre el origen del universo, insiste en que ha llegado el momento de dejarse de medias tintas para percutir contra los restos que quedan en pie de un PSOE naufragado. “Tenemos que salir ahora con una propuesta concreta hacia el exterior”, afirma. Reconoce que no le gusta el circo mediático en el que a veces se han visto atrapados algunos de sus compañeros pero Urbán, “el rebelde”, se niega a marcar distancias con los dos rostros destacados de su formación. “Ni Pablo ni Íñigo son socialdemócratas. Eso es un cuento”, añade mientras deja caer algunas perlas que resuenan en la sala con la fuerza de un martillo pilón. Ecos contundentes que él, un joven forjado en los movimientos alterglobalizadores y coautor de libros como No pasarán… aunque lleven trajes, entona con cierta comprensión.

Duro como una roca cuando se le cita la gran coalición, se transforma en arena fina al hablar de sus recuerdos en la zapatista Selva Lacandona, de la decepción que le provocó Vistalegre 1 o de la cordial relación que mantiene con los representantes de los otros sectores que conforman su partido. Hábil como una comadreja, entra a todas las preguntas directo, sin matices, “al choque” como haría un jugador de rugby. Quizá, por ello, el instinto político que ha desarrollado en el Parlamento Europeo le dice que la formación morada “no corre ningún riesgo de ruptura”.

¿Qué queda de aquel Vistalegre de 2014 unitario e ilusionante?

Uff, no sé si aquello fue muy unitario e ilusionante. Depende en qué parte se viviera. Para mí no lo fue porque terminamos convirtiendo un movimiento popular en un partido político. Pienso que hubiera sido más útil mantener la estructura abierta y participativa de los movimientos populares. Creo que el congreso de 2014 demostró que teníamos miedo a la gente. Lo que más me sorprendió de la propuesta que salió elegida fue el temor que mostraba al desborde de la gente. Hubo gente con una larga trayectoria en los movimientos sociales, muy crítica con la organización vertical, que compró aquella fórmula sólo por la idea de ganar unas elecciones.

Y para el sector que usted representa aquella ilusión no era suficiente.

Es que la idea que se instaló en Podemos es que sólo podíamos ganar a través de una especie de “comando de élite” y nosotros entendíamos que sólo podíamos ganar si ganaba la gente. Recuerdo una frase de Teresa Rodríguez, que fue una obra colectiva, sobre que unas elecciones no las gana ni uno, ni dos ni tres secretarios generales sino la gente. Es muy certera porque la magia de Podemos nace de la mezcla entre un equipo que sabe manejarse en el terreno mediático para ganar espacio, algo tremendamente novedoso en la izquierda europea, y el impulso popular, es decir, ese matiz participativo y de confrontación que aportaba su imagen de apertura. Y aquel Vistalegre cerró esta puerta porque apostó por la maquinaria de guerra electoral en contraposición a la participación popular y a la aportación de los círculos.

¿No comparten el peso determinante que tiene la estrategia electoral en Podemos?

Nosotros no estábamos en contra de la maquinaria electoral porque éramos, y somos, conscientes de que todos los partidos la tienen pero defendemos que debe ser complementada con la participación de la gente. Y creo que se ha demostrado que estamos en lo cierto. Hemos obtenido muy buenos resultados en las elecciones, históricos no sólo en España sino en Europa, pero no ha sido suficiente para tomar el cielo por asalto. Y algunos seguimos pensando que el cielo por asalto no se toma sólo ganando unos comicios sino transformando un país y eso va más allá de una maquinaria de guerra electoral. Es necesario construir comunidad, tejido social y un sentido común que ya pusieron sobre la mesa el 15M, las mareas y los movimientos sociales. A nosotros nos parece insuficiente no perder más derechos, queremos conquistar nuevos.

¿Y los cambios no se hacen desde las instituciones?

Normalmente, los cambios suelen llegar en último lugar a las instituciones. No debemos olvidar que no surgimos con el objetivo de meter gente en los centros de decisión sino que también nacimos para cambiarlas. Ese fue el gran lema del 15M. No nos representan ni los partidos ni las instituciones. Entendemos que la corrupción no se debe a que existan manzanas podridas sino a que todo el cesto, es decir, el entramado institucional, está podrido. Por eso criticamos al régimen del 78, el que hablaba de que teníamos derecho a una casa y a una vida digna que nunca han cumplido, y miramos hacia el horizonte constituyente

¿Rechaza la reforma?

La idea de una reforma de la Constitución se está instalando en todos los partidos, incluido en Podemos. A nosotros no nos convence. Cuando hablamos de un proceso constituyente no es para decidir si Catalunya sigue o no en España sino para hablar de todo y decidir sobre todo. Y por eso creo que Vistalegre, que sublimó los intereses y las ilusiones de tanta gente, hizo un cierre en falso sobre esta cuestión.

¿Y cree que es factible esta propuesta?

Desde Vistalegre sólo hemos bajado en intención de voto. Del 28 y 31% al 22 y 24% actual con Izquierda Unida. Mi impresión es que ha primado un Podemos realista en aspectos como la ineficacia de esta democracia, la impopularidad de no pagar la deuda o la reacción negativa que provocaría intervenir las eléctricas. Las causas que originaron Podemos no han desaparecido: sigue habiendo desahucios, la luz es cada día más cara, continúan privatizando servicios, la desigualdad ha crecido. Todo esto no se ha moderado, entonces ¿por qué vamos a moderar nuestras propuestas?

Hay quien les critica que su nacimiento ha servido para desmovilizar la calle.

Hay mucho que criticar a Podemos porque es un proceso vivo no exento de contradicciones. Creo que cuando haces, no sólo aciertas sino que también yerras pero no creo que Podemos haya desmovilizado a la ciudadanía. Más bien observo un reflujo que ha coincidido con unas elecciones. Una vez que ya ha pasado, lo que toca es conseguir que esa maquinaria electoral se transforme en una organización que genere comunidad y que pueda ayudar a la dinamización de un nuevo ciclo de lucha social. El gran debate es cómo ocuparemos el espacio político-electoral que está dejando huérfano el PSOE.

¿Cómo?

No es un debate únicamente español sino también europeo. Y es muy profundo. Es evidente que la socialdemocracia ha decidido suicidarse por la estabilidad del régimen y de la gran coalición pero está dejando huérfanas a las clases populares. En varios países europeos ese espacio vacío lo está ocupando la extrema derecha. Aquí no, pero no sólo ha sido gracias a Podemos porque lo que convirtió el PSOE en un partido zombi fue el 15M, que fue quien le señaló por tener idénticos objetivos que el PP tras tantos años de alternancia en el gobierno. Aquello sacudió toda la maquinaria socialista y dejó al emperador desnudo. Ahí entró Podemos y ocupamos el espacio. Pero ahora necesitamos volver a percutir contra el PSOE por lo que la forma de hacerlo será uno de los debates centrales que tendremos el próximo mes de febrero en Vistalegre.

¿Hay muchas diferencias entre ustedes?

Hay compañeros que creen que cierta moderación del lenguaje puede ser positiva.

¿Se refiere al sector que lidera Íñigo Errejón?

No debe personalizarse sólo en Íñigo.

Pero todo el mundo le identifica como el líder del sector “moderado”.

Quien moderó el programa económico de Podemos fue Nacho Álvarez, no Íñigo Errejón. Y quien aceptó la moderación fue Pablo Iglesias. No hagamos caricaturas de todo esto, por favor. Yo no creo que Íñigo quiera hacer de Podemos el PSOE de 1982 pero sí que quiere girar hacia el centro para ocupar el espacio que los socialistas han dejado huérfano, proyectando una solvencia exclusivamente desde lo institucional.

Entonces, las diferencias internas son sólo estratégicas. ¿No hay discrepancias ideológicas?

Hay un espacio de disputa que es el de la regeneración del partido. Y hay sectores de Podemos que entienden que ese espacio es el centro político. Para nosotros es una estrategia fallida porque ese lugar ya está ocupado por la gran coalición, el establishment. Lo estamos viendo con las revueltas electorales que se están produciendo en el mundo occidental. La gente que se está quedando fuera del sistema culpa a ese establishment, a ese centro, a la élite que ostenta el poder, de haberles expulsado a los márgenes de un sistema social cada vez más menguante. Por eso es importante que en el próximo congreso tejamos un plan para ganar a la gran coalición a partir de este mismo año, no en las elecciones de 2020. Tenemos que terminar ya con esas disputas de patio de colegio que hemos vivido en los últimos meses y salir de Vistalegre con una propuesta concreta hacia el exterior.

¿Cree que planteando el impago de la deuda, el control social de sectores estratégicos como el energético o la garantía de una renta básica universal es posible ganar unas elecciones?

Tenemos que construir una mayoría social que luego se convierta en una mayoría electoral. No nos podemos conformar con ese millón de votantes que se quedó en casa en las últimas elecciones. Necesitamos llegar a los 11 millones de votos. Por eso nuestro plan es para aplicarlo de forma inmediata, no dentro de cuatro años. No podemos decir a la gente que fijaremos el precio de la luz cuando gobernemos en 2020. Hay que dar soluciones ya. Y eso no se consigue únicamente con el trabajo institucional sino también abriendo un nuevo ciclo de movilizaciones que nos permita poner sobre la mesa un nuevo “sentido común” que atraiga a 11 millones de ciudadanos.

¿Y no pueden provocar un cierto miedo?

No hay más miedo que el que produce Rajoy gobernando, o que Susana Díaz o Patxi López puedan ser secretarios generales del PSOE. O que Albert Rivera dirija un ministerio. Esa gran coalición que conforman el PP, su marca blanca Ciudadanos y la gestora del PSOE es lo que produce miedo a miles de personas que trabajan y no llegan a fin de mes, o que están amenazadas con sufrir un desahucio en cualquier momento.

Pero las movilizaciones sociales pueden interpretarse como algo muy épico. Como un llamamiento a las barricadas, a la huelga general.

Movilización social es construir tejido social. Es crear cooperativas de consumidores y productores que son quienes están plantando cara al oligopolio energético en este país. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Cádiz, donde el alcalde es Kichi, que está con nosotros en Podemos en movimiento, ha demostrado que se puede tener una generadora de energía limpia que no deja a ningún vecino de la ciudad en la pobreza energética. Pero no sólo es Cádiz. También está la cooperativa de consumo de energía verde Som Energia y todo ese trabajo de economía social y solidaria que empieza a articularse en los barrios. En Madrid está el mercado de San Fernando que iba a ser propiedad de una multinacional y que los vecinos de Lavapiés han recuperado como un sector productivo. Nosotros estamos planteando que debemos desarrollar un plan para que esos proyectos no se queden en iniciativas dispersas sino que sirvan de preparación transformadora del país antes de ganar las elecciones.

El auge de los partidos de extrema derecha deja a Podemos como la única opción de izquierda transformadora y organizada del continente. ¿Debería exportar su fórmula al exterior?

Y también está Donald Trump, que da más miedo que nosotros porque logró ilusionar a muchos trabajadores. Eso es un motivo de preocupación. Llevamos tiempo observando la lepenización del espíritu europeo y aunque eso da mucho miedo, también está aportando ilusión a mucha gente. Nosotros tenemos que prepararnos para combatir eso. Es cierto que Podemos tiene una responsabilidad que trasciende nuestras fronteras y debe asumir un papel más relevante en la política europea. El problema es que la gran coalición le está comprando parte de su programa a Le Pen. Están haciendo de aprendices de brujo. El cierre de fronteras, la Europa fortaleza que están construyendo es el caldo de cultivo para la xenofobia institucional. Hablamos de la estigmatización del diferente. Las instituciones europeas han pasado de combatir la pobreza a combatir al pobre. Todo esto, unido al suicidio de la socialdemocracia, ha creado un espacio que está ocupando la extrema derecha. Un 15M europeo sería un magnífico comienzo porque abriría un nuevo ciclo de movilizaciones como paso previo a una nueva forma de hacer política con un nuevo repertorio de acción colectiva dentro de lo social que sirva para romper con lo que está sucediendo. Eso que pasó en España, en Europa aún está pendiente.

¿Por qué no?

Porque los partidos de izquierda aún tienen que realizar una enmienda a la totalidad a sí mismos y al régimen de partidos vigente en Europa. Creo que sólo a través de un proceso de impugnación radical del sistema, la izquierda europea podrá recomponer un proyecto creíble para el continente. El ejemplo es Italia, el país con mayor tradición de izquierdas de todos pero donde un partido como Movimiento Cinco Estrellas tiene una intención de voto entre el 28 y el 30%. Ahí no hay posibilidades de que brote nada de izquierda hasta que no caiga ese partido o alguien percuta contra el Movimiento Cinco Estrellas.

¿Y a qué se debe el fracaso de la izquierda italiana?

A que decidió subordinarse a la socialdemocracia decadente de Romano Prodi. En España no podemos cometer el mismo error. No podemos entrar como subalternos de una socialdemocracia que aquí no es que esté en caída libre sino que directamente vive un suicidio colectivo.

¿Qué proponen entonces?

Primero, no subordinarnos a esa socialdemocracia decadente. Segundo, impugnar de forma radical el sistema de austeridad, autoritario y xenófobo que representa la gran coalición. Y tercero, reinventar nuevas formas de participación. Hemos propuesto salir de Vistalegre con una propuesta para organizar un gran encuentro europeo antes de las elecciones presidenciales francesas de abril. Un encuentro al que pueda venir gente como Jeremy Corbyn y Bernie Sanders, y también movimientos sociales alternativos del ámbito continental.

No parece muy socialdemócrata.

Es que no soy socialdemócrata.

¿Cómo se las arregla para convivir entre los dos proyectos socialdemócratas que lideran Podemos?

Ni Pablo ni Iñigo son socialdemócratas. Es un cuento. A veces han pecado de teatralizar demasiado la vida y el discurso político. Otra cosa es que defiendan propuestas que la socialdemocracia tuvo como bandera años atrás. Creo que Errejón se referencia más en movimientos de carácter populista latinoamericanos e Iglesias rescata más una mezcla de la cultura del eurocomunismo europeo, esa responsabilidad de Estado de Palmiro Togliatti de duros en la oposición pero cuando haya que gobernar…. Y que yo es lo que más le echo en cara porque creo que hay que ser coherentes. Pero no, Podemos no es socialdemócrata.

Y ustedes, ¿qué son?

Nosotros procedemos de una tradición más diversa y múltiple. Algunos dicen que somos trotskistas pero no lo creo, de verdad. Estamos más vinculados a los nuevos movimientos internacionalistas como el zapatismo que sirvió como catapulta para la removilización social que se levantó contra el fin de la Historia.

En la dinámica bicéfala que se disputa el liderazgo en Podemos, el sector en el que usted está encuadrado, los anticapis, casi ni cuenta en los medios.

Es que los medios han intentado crear un bipartidismo dentro de Podemos. No me preocupa mucho pero es paradójico que nos rebelemos contra el bipartidismo nacional y nos construyan uno interno (ríe a carcajadas). Es cierto que esta situación genera una especie de círculo vicioso del que es difícil salir y al final no sólo se provoca una sensación de choque de trenes sino un ensimismamiento de telenovela del que hay que huir. De si Pablo e Íñigo no se hablan, de si se quieren. Yo me proclamo un outsider de toda esa vaina, de verdad, porque Podemos no es la disputa entre pablistas y errejonistas, como ocurre en los partidos que queremos combatir. Somos otra cosa. Somos un método, una herramienta para cambiar las cosas.

Pero esas diferencias internas son un riesgo para Podemos.

Uno de nuestros mayores peligros es que nos uniformemos, que nos normalicemos. Y creo que hay dos cosas que empujan hacia ello: las instituciones, que terminan produciendo un proceso de normalización brutal, y las disputas internas por el poder pero sin contenido político.

En estos momentos, ¿hay riesgo de que se produzca una ruptura en Podemos?

No. Todos compartimos una idea general más allá de nuestras diferencias. Diferencias, dicho sea de paso, que las tuvimos en el primer Vistalegre y que las tuvimos cuando nacimos. Sin embargo, nos une un proyecto común que es mucho más fuerte incluso que la cizaña que intentan meternos dentro y que va mucho más allá de la amistad.

Por último, ¿quién es Miguel Urbán?

(Risas) Es muy complicado responder (durante unos segundos mira al techo, luego al suelo). Soy un partisano de la vida porque entiendo que sólo se vive la vida tomando partido por las cosas en las que creo aunque muchas veces me haya equivocado pero nunca de barricada ni de enemigo. También soy apasionado, con poca paciencia y me gustaría tener más. Me encanta emprender retos, soy muy inconformista, pero me cuesta tener la constancia suficiente para terminar las cosas. Empiezo las cosas con mucha energía pero de repente, no sé, como que me aburro (ríe a carcajadas).

25/01/2017

http://ctxt.es/es/20170125/Politica/10782/podemos-vistalegre-urban-Iglesias-Errejon—socialdemocracia.htm



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