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rubencaravaca.blogspot.com.es | Violencias machistas
No con mi silencio. Si tocan a una, nos tocan a todos
25/01/2017 | Miguel Hernaiz

Con frecuencia, los hombres nos encontramos en situaciones en las que presenciamos como otro hombre tiene una actitud machista y, acto seguido, nos busca con la mirada como si esperara encontrar en nosotros un silencio aprobatorio, cuando no directamente un guiño. Escribo estas líneas desde el rechazo a ese guiño.

La violencia de género es una de las realidades más graves del machismo que impera en nuestra sociedad. Cada año llegan a los juzgados 130.000 denuncias, pero se estima que sólo denuncia una víctima de cada cinco. Es decir, más de 600.000 mujeres sufren cada año violencia de género.

Creo que es imposible que este número no te sacuda, pero por si acaso quiero que te detengas en él un segundo. 600.000 mujeres. Eso significa una mujer de cada cuarenta. Todos conocemos a cuarenta mujeres. Todos conocemos a una víctima de violencia de género. Esa violencia golpea a todo su entorno. Nos golpea a todos.

Mientras año tras año sucede algo tan sumamente grave, es frecuente encontrarse a hombres que dedican tiempo a propagar mentiras repugnantes que no tienen otro fin que apuntalar su propio machismo y el de quienes les rodean. La diana preferida de sus mentiras es la Ley de Violencia de Género (LIVG) y la más famosa de éstas es la de “las denuncias falsas”.

El último en repetir esta mentira es ya un habitual. Joaquín Leguina escribía hace unos días en El Economista que “Juezas y fiscalas sostienen en privado que las denuncias falsas abundan, pero las radicales lo niegan con estadísticas amañadas”. Mientras que, como veremos, la mentira se desmonta haciendo números, es significativo que su frase vaya destinada a enfrentar a mujeres. Como sucede con otros tantos comentarios machistas que presenciamos a diario, el de Leguina se presenta como un guiño a los demás hombres, como presuponiendo que en nuestro interior asentimos, que en el fondo somos solidarios de lo que dice. Muy al contrario, es preciso que sepa que está solo en su machismo y cuánto nos ofende que nos crea de su lado. Si en vez de dar la cara por lo que sentimos nos ponemos de perfil y dejamos pasar estas violencias, seremos cómplices de aquellas más graves que vengan después.

El año pasado, la Fiscalía General del Estado recogió en su memoria anual los datos de los que disponen acerca de las denuncias por violencia de género presentadas entre 2009 y 2015. A lo largo de estos siete años, el número total de denuncias fue de más de 900.000. Hasta 2016, tan sólo 63 denunciantes habían sido condenadas por presentar una denuncia falsa. Aún sumando a estas 63 todas las que están en tramitación, sólo llegarían a 90; es decir, al 0,0099%: una denuncia entre 10.000. En la misma línea que la Fiscalía, el Consejo General del Poder Judicial, en un informe de marzo de 2016, afirmaba que “cabe concluir, de forma contundente, que el número de denuncias falsas en delitos de esta naturaleza es ciertamente insignificante” y “puramente anecdótico”; en total, el 0,5% de las condenas por denuncia falsa y simulación de delito, mientras que las denuncias por violencia de género representan cerca del 6% de todas las que se presentan. En otras palabras, un juicio por violencia de género que lleva a una condena por denuncia falsa es 12 veces menos probable que en los demás delitos. A modo de comparativa, las denuncias falsas por robo de móvil llevaron a 87 detenciones en 2011 y a 113 en 2012.

Ante estos datos, el argumento se suele deslizar hacia la afirmación de que si sólo hay esas 63 condenas por denuncia falsa es porque son difíciles de probar y que el argumento real es el número de condenas a los agresores denunciados: 212.000, tan sólo el 23% de las denuncias.

Lo primero que hay que señalar es que ese 23%, en realidad, representa una tasa más alta que la media del total de delitos. Entre 2009 y 2015, se registraron más de 15 millones de denuncias que llegaron a “sólo” unos 3 millones de detenciones o imputaciones (ni siquiera condenas): menos del 19% del total. Es decir: las denuncias por violencia de género son, en todo caso, más reales que la media. De hecho, representan el 60% de las sentencias, y podrían ser muchísimas más a la vista del 40% de las denuncias que no llegan a juicio.

Respecto de la naturaleza de esas denuncias que no llegan a juicio, una macroencuesta del CIS de 2015 reveló que un 21% de las mujeres que presentan una denuncia la retiran (es decir, más de la mitad de los casos que no llegan a juzgarse) por razones de empatía por su agresor (“le prometió que no lo volvería a hacer”, “creyó que podía cambiar”, “era el padre de sus hijos”, “sentía pena”) o contra su voluntad (“por miedo”, “por amenazas”, “carecía de recursos económicos propios”). Además, en la inmensa mayoría de esos casos y a pesar de que la violencia de género es un delito perseguible de oficio, la fiscalía decidió no proseguir con el caso.

La realidad, por tanto, es más bien que las mujeres que sufren violencia de género denuncian poco: se estima que el 80% de las víctimas no llega nunca a denunciar y que las que lo hacen –casi siempre con un atestado policial o un parte de lesiones de por medio– esperan de media entre 5 y 8 años por la normalización de la violencia que sufren y por la culpabilización a la que las suele someter su propio entorno. Toda esta información, accesible para cualquiera que quiera buscarla, debería llevar a concluir que denunciar por violencia de género es en realidad algo enormemente difícil para las víctimas. Sin embargo, el machismo se empeña en clamar que esa fragilísima vía de escape a una violencia atroz es más bien un canal de discriminación hacia los hombres.

Así pues, una nueva mentira es que los hombres denunciados van automáticamente a prisión preventiva. Los informes generales de instituciones penitenciarias demuestran más bien lo contrario: alrededor de un 10% de los hombres en prisión por un delito de violencia de género lo están de forma preventiva, cuando la media es de un 13%. Es decir, es menos probable acabar en prisión preventiva por violencia de género que por otro delito.

Otra mentira más es que la policía detiene automáticamente al varón denunciado, pero de nuevo la realidad es distinta: la actuación policial deja a los agentes proponer al juez el carácter de “extrema gravedad” si la situación denunciada así lo presenta. Entonces, y sólo si el juez tiene indicios suficientes y racionales de maltrato, éste ordenará la protección. Como una muestra dolorosa de que no hay tal “barra libre” de medidas de protección, la policía apreció riesgo “bajo” o “nulo” en el caso de 14 de las 18 mujeres asesinadas en 2014 que ya habían denunciado a su agresor —no fuera a ser que la LIVG destruyera la presunción de inocencia de aquellos hombres, lo que nos lleva a una tercera mentira que se desmonta por sí sola con un breve vistazo a la ley—.

Cualquiera que tenga ojos y un mínimo de buena fe se convencerá que todo lo que hace la ley es introducir una serie de medidas cautelares cuya concesión, por cierto, está en caída libre desde que empezó a aplicarse la ley y que además han revelado ser muy insuficientes. En este sentido, un ejemplo que debería hacer reflexionar es que de las 428 mujeres asesinadas entre el 2009 y el 2015, 107 de ellas, exactamente una de cada cuatro, habían denunciado previamente a su agresor. Además, si el testimonio de la mujer bastara para condenar a su agresor, las condenas no representarían tan sólo el 23% de las denuncias.

Toda esta estadística, en resumen, además de demontar algunas mentiras, dibuja un marco en el que denunciar resulta ser un paso extraordinariamente arduo; todavía más, como hemos visto, que perseverar en el proceso. Además de la complicación afectiva evidente que conlleva, la víctima de violencia de género se encuentra sobre todo frente a una normalización social muy difícil de confrontar. La medida de la culpabilización a la que tiene que hacer frente para poder denunciar encuentra un reflejo en la acogida que encuentra un maltratador al terminar de cumplir su condena –en este sentido, un entrevistado por El País en 2011 decía: “cuando salí de la cárcel y volví a casa, la gente me trataba como si la víctima fuera yo"–. Nada extraño en una sociedad en la que la respuesta más habitual a los casos más sonados de violaciones –un puñado de ellos, si tenemos en cuenta que un hombre viola a una mujer cada 7 horas– sea cuestionar a la víctima.

La LIVG, en definitiva, no es ningún coladero de falsedades; si de algo peca es más bien de no ser capaz de proteger eficazmente a las víctimas de violencia de género. Lo que sí hace, en cambio, es desenmascarar a todos aquellos que tratan de ocultar la realidad. Con estos datos en la mano, accesibles para cualquiera, ir pregonando, por ejemplo, que las más de 100.000 denuncias que no terminan en condena son tentativas de destruir la vida de un hombre es un ejercicio militante de misoginia, envuelto además en un victimismo patético que hace de la violencia de género uno de los pocos delitos que aglutina a su alrededor asociaciones de agresores condenados –imaginemos una asociación de víctimas de denuncias falsas de accidentes de tráfico, o de condenados “injustamente” por robo—. Las mentiras quedan así como lo que son, repugnantes piezas de un enorme entramado social destinado a perpetuar una desigualdad que se expresa en que la vida de las mujeres tiene menos valor que la de los hombres.

En el contexto de solidaridad de machos que algunos intentan crear, los hombres tenemos el deber de posicionarnos contra la violencia de género, contra la desigualdad que la genera y contra las mentiras que la amparan y que escuchamos a diario. De lo contrario dejaremos el campo libre a los Leguina que nos rodean para que sigan ninguneando el problema como si fuera una pataleta de “las radicales”. El machismo mata y agrede a mujeres alrededor de nosotros, y cada vez que callamos, otorgamos.

24/1/2017

http://rubencaravaca.blogspot.com.es/2017/01/no-con-mi-silencio-si-tocan-una-nos.html



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