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John Berger (1926-2017)
Arte y Revolución
11/01/2017 | Mike González

John Berger examinó con inmensa perspicacia nuestras formas de ver el mundo. Pero a mí como para muchos de mi generación que vimos fascinados su extraordinaria serie de televisión sobre el arte llamado “Modos de ver”, lo primero que viene a la memoria es su voz.

Hablaba con suavidad, como si conversara, pero con una tendencia a crear metáforas poéticas sorprendentes que revelaban inesperadas conexiones entre el arte y las demás actividades humanas. Volvimos a encontrar ese tono y ese lenguaje en sus escritos posteriores, invitándonos a pensar y a ver juntos. Era el polo opuesto a lo que hasta entonces hubiéramos reconocido como la forma de hablar del crítico de arte: sonoro, autoritario, como correspondía a una persona que tenía acceso a los secretos compartidos sólo por una pequeña camarilla. Ese había sido precisamente el tono de una serie de Kenneth Clark llamada “La civilización”, que se trasmitió unos años antes de la de Berger. La actitud de Clark no dejaba lugar a dudas: la mirada del crítico era privilegiada y exclusiva.

Con su modestia característica, Berger desentrañaba aquel concepto de la civilización como un museo cuyas obras maestras sólo nos permitirían ver de vez en cuando, y siempre con guía. Berger, en cambio, nos decía que el arte no se encontraba en el marco sino más bien en el espacio entre el objeto y el observador, donde nuestros valores, prejuicios y esperanzas refractan y desvían nuestra mirada como fragmentos de vidrio. Su ejemplo más potente era la cuestión de las desnudas. Citando a Levi Strauss sobre “el deseo ávido y ambicioso de apoderarse del objeto para beneficio de su propietario”, Berger argumentaba que la mujer desnuda está vista como objeto y apropiada por el observador. Es una relación, decía él, de poder e impotencia, pues la mirada no se podía devolver.

En una sociedad capitalista la pintura (pues durante muchos años se dedicaba al análisis de la pintura exclusivamente) es una posesión, al igual que la desnuda, una mercancía comprada y vendida que por encima de todo representa la propiedad. “El Sr. y la Sra. Andrews”, del cuadro de Gainsborough, por ejemplo, están definidos por las tierras que los rodean. El cuadro representa una clase propietaria a sí misma, y es a la vez una propiedad.

La visión de Berger era explosiva, y no sólo para los estudiantes de los colegios de arte que ocuparon sus escuelas en 1968. Tenía una importancia clave para todos los que en ese momento buscábamos activamente una filosofía de la liberación, una política que al mismo tiempo fuera anticapitalista (aunque la frase no se usaba en aquel tiempo) y encarnara la promesa de un futuro más humano y más creativo.

Porque lo que teníamos hasta ese momento era una visión estalinista del arte, donde el arte era un simple “reflejo” o espejo de la realidad o representaba categorías ideológicas. Para Berger, en cambio, el arte era subversivo, contestatario: obligaba al espectador a cuestionar cómo encontraba el sentido de las cosas, por qué veía algunas cosas y otras no. Lo que implica que la realidad podía verse de muchas maneras, y que nuestra intervención la podía cambiar. Era una idea revolucionaria porque como decía él, “las relaciones entre lo que vemos y lo que sabemos no son fijas”.

El capitalismo transforma el objeto de arte en mercancía cuyo valor se expresa como precio. De la misma forma fetichiza al artista. Picasso, como exploró Berger en su libro Éxito y fracaso de Picasso, y en uno de sus más importantes ensayos, El momento del cubismo, era el ejemplo más conocido.

A principios del siglo veinte, Picasso fue un miembro clave de un movimiento artístico que representaba “una liberación dinámica de toda categoría estática”. “Los cubistas”, según Berger,”no pensaban en términos políticos. Y sin embargo aspiraban a la transformación revolucionaria del mundo”. Desafiaban y saboteaban aquel optimismo burgués que se reflejaba en los retratos familiares y las representaciones de una naturaleza inamovible, deshaciendo sus verdades eternas y sometiéndolas al movimiento del tiempo. En el cubismo, todo lo sólido podía convertirse en aire.

Ese fue el éxito de Picasso. Su fracaso, irónicamente, vino con la fama, la celebridad que domesticó aquel impulso revolucionario. Esa mirada crítica, valiente se convirtió en la absorción en sí misma. En la introducción a una exposición de sus últimos trabajos, Berger veía en esos dibujos tardíos “una triste petición” que expresaba la impotencia y la pérdida que le había significado el éxito de mercado.

Berger decía, en una entrevista, “soy marxista entre otras cosas”. La enorme diversidad de su trabajo es impactante – ensayos, películas, obras de teatro, cuentos, crítica, fotografía, novelas. Y su marxismo abarcaba todo – el es y el debe ser de una crítica sostenida al capitalismo y el régimen de la propiedad privada por un lado, y por otro la exploración de todas las posibilidades imaginativas que se pueden despertar en el curso de la lucha por la reconstrucción de la sociedad.

A principios de los años setenta, Berger abandonó Inglaterra para establecerse en una pequeña granja en el Haute-Savoie, en Francia. A lo mejor los constantes ataques del establishment del arte pusieron demasiadas trabas en su camino. O posiblemente se fue en busca de una vida más auténtica y menos enajenada.

Ya había empezado a trabajar con el fotógrafo Jean Mohr. Su trabajo conjunto, El séptimo hombre, dio voz y cara a los inmigrantes que veían, antes que otros, como los nuevos ciudadanos de un mundo cambiante. Más adelante su trilogía, Hacia sus labores, empezó con Tierra puerca, donde exploraba la relación entre el campesino y sus tierras, que iba mucho más allá de la propiedad. Aquí, como en toda su obra, Berger buscaba los universos de la imaginación, que por nada se limitaban a los que se designaban artistas, los soñadores oficiales de un mundo donde hasta los sueños se colonizan.

Muchos de los escritos eran cuentos orales recogidos en las múltiples conversaciones que siempre sostenía con una amplísima gama de gente. Según Walter Benjamin, el papel del cuentista consiste en captar y transmitir las sabidurías colectivas. Se siente que eso era precisamente lo que Berger pretendía hacer.

El impulso de adentrarse en el universo de la imaginación parecía haberse agotado en el capitalismo tardío, pensaba Berger. El posmodernismo es mera superficie, que niega el acceso a lo que pudiera haber más allá de ella. La mirada se devuelve, como de un espejo, negando toda posibilidad de transformación.

“Hoy día creo”, escribió en una nueva edición de Rojo permanente, sus primeros ensayos sobre el arte, “ que el arte y la propiedad privada o estatal son absolutamente incompatibles… Habrá que destruir la propiedad para que la imaginación vuelva a seguir su desarrollo… Así es que hoy, a mi parecer, la función de la crítica de arte es apoyar el mercado… y eso no lo puedo aceptar”.

Desde el anuncio de su muerte, algunos de las reacciones han sido casi resentidas, criticándole su ‘seriedad’ o su compromiso total con una crítica que es “más una conversación que una evaluación”. Otros han hablado de su estilo narrativo tan personal y de la profunda humanidad que vislumbraba, pero han señalado que no dio origen a una escuela de pensamiento como tal.

Era serio, es verdad, pero nunca triste. Seguía siempre apasionadamente convencido de que la solidaridad con los que no tenían voz era el deber del marxista, que el capitalismo era el enemigo acérrimo de todo trabajo creativo, y de que las semillas de un nuevo mundo vital y esperanzador se encontrarían solamente más allá de las academias de arte, dondequiera que los seres humanos, aunque fuera brevemente, lograran ser dueños de su propio destino.

Es cierto que no dejó escuela, pero ayudó a formar una generación para la que abrió la posibilidad de descubrir una mirada distinta y crítica.

Mike González es activista británico que reside ahora en Catalunya. Ha sido catedrático de estudios latinoamericanos en la Universidad de Glasgow.





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