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Arabia Saudí en las arenas movedizas del Oriente Próximo
Entre guerra del Yemen y guerra de sucesión
10/01/2017 | Alain Gresh

Dos año después de su acceso al trono, el rey Salman está confrontado a numerosos desafíos. La intervención en Yemen se atasca y Arabia Saudí sufre reveses en Siria, Irak y Líbano. Y mientras las reformas económicas emprendidas suscitan numerosas críticas, las preguntas sobre su sucesión siguen sin respuesta.

Si hay un punto de consenso entre los diplomáticos con puesto en Riad, es que la dirección saudi analiza la situación regional a través del prisma de la “amenaza iraní.”. “Ven la mano de Teherán en todas partes y toman al pie de la letra las declaraciones que se pueden leer en la prensa iraní, fanfarroneando de que Irán controla ya cuatro capitales árabes: Bagdad, Saná, Beirut y Damasco” explica uno de ellos con la condición de anonimato. “Están obsesionados por Irán, añade otro. Acaban por olvidar que es su vecino, que cualquiera que sea la apreciación que se tenga de su política, ese país no va a desaparecer de repente”. Todos ven en esta obsesión la razón primera de la intervención saudi en Yemen.

No teníamos otra opción, era una obligación”. Esta afirmación de un diplomático saudi es compartida por la mayor parte de los responsables encontrados en Riad. “Yemen, prosigue, es para nosotros un problema interno: tenemos necesidad de un régimen amigo y estable en nuestras fronteras. Es una cuestión de seguridad nacional”. Y recuerda que Yemen está tan poblado como Arabia Saudí.

Una operación “Tempestad” que es cualquier cosa salvo “decisiva”

Sucediendo al rey Abdalá ben Abdelaziz Al-Saud, Salman acababa de subir al trono el 23 de enero de 2015 y, renunciando a una política exterior prudente, incluso conspirativa, quería mostrar que el reino estaba dispuesto a defender sus intereses vitales. Incluso con mayor determinación, debido a que Estados Unidos ya no parecía un aliado fiable, como mostraba su acercamiento a Teherán en el tema nuclear o su pasividad en Siria. Por tanto, en marzo de 2015, Riad, a la cabeza de una coalición de una decena de países, intervino militarmente [en Yemen] con el objetivo de restablecer en Saná al gobierno “legítimo” expulsado por los rebeldes huthi y sus aliados, acusados de estar manipulados por Teherán.

Sin embargo la operación “Tempestad decisiva” ha sido todo salvo decisiva. Ha puesto a la luz los límites del poder militar (y político) saudí. A pesar del despliegue de decenas de miles de soldados en su frontera, Arabia Saudí ha debido evacuar una banda de territorio de 200 km de largo por entre 20 a 30 km de ancho; 7 000 personas se han visto obligadas a abandonar sus pueblos por miedo a las incursiones de los huthi y éstos continúan disparando contra las ciudades del sur saudi como Jizan misiles, ciertamente poco eficaces, pero que crean una inseguridad permanente, provocando a veces el cierre de las escuelas o de las instituciones del Estado.

Si las autoridades no reconocen más que una cincuentena de soldados muertos, en realidad serían más de 800, la mayor parte de ellos “camuflados” bajo la rúbrica de “accidentes”. En fin, los muy graves “excesos” de la aviación saudí -como el bombardeo en pleno corazón de Saná de una ceremonia funeraria el 9 de octubre de 2016, con 140 muertos- provocaron una fuerte emoción internacional y llevado a los Estados Unidos a suspender la entrega de 16 000 municiones de precisión a Arabia Saudí por parte de la sociedad Raytheon. Tras haber negado su utilización, durante meses, el 19 de diciembre Riad anunció oficialmente su renuncia al uso de bombas de fragmentación británicas.

La euforia nacionalista que había unido a una parte importante de la población saudí se ha disipado a medida que se implicaba en una guerra sin fin, con numerosas víctimas civiles. “Estamos destruyendo un país muy pobre, lamenta un joven universitario, "y eso nos afecta, aunque no tengamos ninguna simpatía por Irán”. Y añade: “También comenzamos a establecer una relación entre las políticas de austeridad que nos son impuestas y el coste de esta guerra”. Éste está estimado según las fuentes en 2,3 o incluso 7 mil millones de dólares por mes, cuando el hundimiento de los precios del petróleo seca los recursos del Estado.

Intentado matizar este balance, un oficial saudí explica: “Nos hemos apoderado del 80 % de los misiles que controlaban los huthi, y hemos impedido que el sur de Yemen y el conjunto del país caigan en sus manos”. Es un triste consuelo, muy alejado de los objetivos fijados. En concreto, la reconquista de Saná. Por tanto Riad intenta librarse de este pantanal. Ahora bien, salir de la guerra es, como siempre, más fácil que entrar en ella. Arabia debe tener en cuenta no solo a sus enemigos -a fines de noviembre, la prensa Saudi subrayaba declaraciones del Jefe de Estado mayor iraní evocando la creación de bases navales en Siria y Yemen-, sino también a sus aliados, que desarrollan a menudo su propia estrategia.

Así, los Emiratos Árabes Unidos, muy activos en Yemen con centenares de soldados sobre el terreno, desconfían de Al-Islah, la rama yemenita de los Hermanos Musulmanes, sin embargo aliada al presidente “legítimo” Abd Rabbo Mansour Hadi apoyado por los saudís. Y este último se niega a ser sacrificado en el marco de un acuerdo que se negocia con la mediación del secretario de Estado americano John Kerry y en el que Riad parece poner todas sus esperanzas para salir de lo que sus adversarios llaman, de forma muy exagerada, un “Vietnam Saudí”.

Inestabilidad y divisiones regionales

Para el nuevo rey Salman la intervención en Yemen no era más que la primera etapa de vuelta de su país a la escena regional. Por primera vez desde 1973 y el embargo impuesto a las exportaciones de petróleo durante la guerra árabe-israelí de octubre de 1973, se desprendía de la tutela americana. Intentaba frenar la normalización entre Irán y el resto del mundo. La ejecución por Riad del líder saudí chiita Nimr Baqer Al-Nimr el 2 de enero de 2016, seguida del ataque como represalia contra la embajada saudí en Teherán han desembocado en la ruptura de las relaciones diplomáticas con Irán. Varios países del Golfo han seguido a Arabia. “En adelante, explica un diplomático occidental, la máquina está bien engrasada: cada incidente entre el reino e Irán desemboca en una condena de Teherán por el Consejo de Cooperación de los Estados del Golfo (CCG), después por la Liga Árabe y finalmente por la Organización de la Cooperación Islámica (OCI)”. Pero bastaría echar una mirada sobre la situación regional para medir los límites de esta ofensiva saudí.

En Siria, la conquista de Alepo en diciembre de 2016 por el ejército sirio con la ayuda de la aviación rusa, de los consejeros iranís y de las milicias chiitas libanesas e iraquíes refuerza el poder de Bachar Al-Assad que Riad intenta derrocar. En Irak, las tentativas de establecer lazos con el gobierno formado en agosto de 2014 por Haidar Al-Abadi han fracasado. El nuevo embajador saudí Thamer Al-Sabhan, nombrado en diciembre de 2015 tras una ruptura que remontaba a la guerra del Golfo (1990-1991), ha multiplicado las denuncias del papel de las milicias chiitas (hashd chaabi) en Irak, culpables de agravar las tensiones con los sunitas, lo que ha llevado a Bagdad a demandar el 28 de agosto de 2016 la salida del embajador. “Pero, se tranquiliza un diplomático Saudi, las relaciones con Irak permanecen, aunque queremos que el gobierno sea más inclusivo. El Estado Islámico ha nacido de la política de no inclusión, del ostracismo hacia los sunitas. La partida de Nouri Al-Maliki -el antiguo primer ministro que llevó a cabo una política confesional favorable a los chiitas- era necesaria, aunque su influencia permanezca”.

En Líbano, tras haber congelado la donación de 3 mil millones de dólares para la compra de armas (francesas) para castigar a Beirut por no haber firmado una declaración de la Liga Árabe denunciado a Hezbollah como organización “terrorista”, tras haber cortado los víveres a su aliado Saad Hariri, al que hay que considerar como una inversión no muy rentable para Riad, los saudís se han retirado de la escena. Cuando el general Michel Aoun, aliado a Hezbollah, fue elegido presidente el 31 de octubre de 2016, visitaron Beirut sucesivamente el ministro iraní de asuntos exteriores, Mohammad Javad Zarif y el enviado especial de Bachar Al-Assad, Mansur Azzam, para felicitarle, mientras el embajador Saudi llevaba ya dos meses fuera de Beirut. Hubo que esperar al 21 de noviembre para que el príncipe Khaled Al-Faisal Al-Saud, gobernador de La Meca, se reuniera por fin con el presidente Aoun.

Tensiones persistentes con Egipto

En el frontispicio del Ministerio saudí de Asuntos Exteriores se puede leer este versículo del Corán: “¡Humanos! Os hemos creado de un hombre y de una mujer y hemos hecho de vosotros pueblos y tribus para que aprendierais a conoceros”.

Una exhortación que los diplomáticos saudís tienen muchas dificultades para traducir a la realidad, incluso con los países sunitas. Hay que decir, en su descargo, que nunca la situación regional ha sido tan inestable, fruto de la retirada de los Estados Unidos, el poder de los grupos armados no estatales y las alianzas fluctuantes en las que el enemigo de ayer se vuelve el aliado de hoy. Al borde del enfrentamiento hace tres años, Qatar y Arabia Saudi se han acercado; paralelamente las relaciones entre Riad y El Cairo no han dejado de degradarse estos últimos meses. Los Emiratos Árabes Unidos han fracasado en sus intentos de mediación entre los dos países. La visita a Etiopía en el mes de diciembre de un consejero del rey Salman -seguida por la del ministerio de asuntos exteriores de Qatar-, su visita al pantano Renacimiento en el Alto Nilo, pueden ser considerados como un mensaje: en efecto, Egipto considera que esta construcción significa un ataque contra su aprovisionamiento de agua. Y para coronarlo todo, el CCG ha condenado las declaraciones egipcias que acusan a Qatar de complicidad en el atentado contra la iglesia copta de El Cairo del 11 de diciembre de 2016. Como lamenta el comentarista saudí Khalid Al-Dakhil, “esta crisis ocurre después de tres años de reuniones, de visitas, de ayuda. Por tanto, esto significa que no había un verdadero acuerdo sobre las cuestiones regionales. Sin embargo, una amenaza a uno de los dos países es una amenaza al otro. El hundimiento de Egipto sería una amenaza mayor para Arabia Saudí y recíprocamente”.

El intento de crear una gran coalición de los países musulmanes sunitas contra el terrorismo, anunciada el 15 de diciembre de 2015 a toda prisa -algunos países ni siquiera estaban prevenidos-, no ha ido más allá de los efectos mediáticos. Incluso el proyecto de transformar el CCG en una unión más sólida y eficaz se enfrenta no solo al rechazo cerrado de Omán, sino también a las reticencias de los demás miembros que temen la hegemonía saudí. Desde este punto de vista, la cumbre del CCG que se ha celebrado en el mes de diciembre en Bahrein en presencia del rey Salman no ha concluido en ningún resultado concreto. Y si es aún demasiado pronto para evaluar la significación de la adhesión de Omán a la coalición antiterrorista a finales del pasado mes de diciembre, no parece que esto marque un cambio radical de la política exterior del sultanato.

En su cara a cara con Teherán, el rey Salman no puede alardear más que de un éxito importante: su acercamiento con Ankara, emprendido en 2015 y del que ha testimoniado la visita del presidente Recep Tayyip Erdogan a Arabia Saudí a finales de diciembre de 2015. Turquía es un aliado poderoso, que dispone de capacidades económicas importantes y de un ejército que puede influir en las correlaciones de fuerzas frente a Irán. Sin embargo, estos últimos meses, se ha acercado a Rusia, ¡con la que había estado a punto de entrar en guerra en 2015!.

Divisiones en la familia real

Este balance, cuando menos con luces y sombras, ha reavivado el debate en el seno de la familia real como muestra un extraño incidente que dió mucho que hablar en Riad. El 2 de junio de 2016, el diario saudí Al-Watan publicaba en su página web unas declaraciones atribuidas al príncipe heredero y ministro del interior, Mohamed Ben Nayef (conocido por sus iniciales MBN) al margen de una reunión de los países del Golfo en Jeddah. Fueron retiradas unas horas más tarde, con el pretexto de que ¡la página había sido pirateada y que el periódico jamás había publicado tales declaraciones! Por supuesto, nadie creyó esos desmentidos.

¿Qué decía el príncipe MBN? Aunque hayamos respondido al llamamiento del poder legítimo en Yemen, explicaba en sustancia, la operación Tempestad decisiva “se ha prolongado y escapado a nuestros cálculos, en particular debido a la negativa de los países miembros de la coalición de llevar a cabo sus tareas”, apuntando indirectamente a Egipto por no haber enviado tropas sobre el terreno. “En Siria, proseguía, queríamos un derrocamiento del régimen con la ayuda de Turquía y de Estados Unidos”, lo que no se ha producido. Y concluía: “debemos revisar nuestras políticas y nuestros cálculos” y sobre estos dos asuntos hacer “concesiones verdaderas y dolorosas” si no queremos que el mundo árabe se hunda en conflictos sin fin.

En un país en el que las detenciones de “presuntos terroristas” son cotidianas -el 30 de octubre se anunció el desmantelamiento de células terroristas que preparaban atentados contra oficiales y estadios de fútbol-, donde se ofrecen recompensas por la denuncia de “terroristas”, el príncipe heredero y ministro del interior está ante todo preocupado por el combate contra los grupos transnacionales, del tipo de Al-Qaeda o la organización Estado Islámico (EI). Privilegia un arreglo político de los conflictos regionales, por miedo a que su extensión favorezca a tales grupos.

Pero el debate sobre la estrategia oculta también una lucha por el poder. La llegada del rey Salman al trono se tradujo en un ascenso fulgurante de su hijo, que entonces rondaba los 30 años, Mohamed Ben Salman (MBS), nombrado primero Ministro de Defensa y luego ascendido a vice príncipe heredero, es decir, número 3 en la línea de sucesión. “La ambición de Salman, señalaba irónicamente un responsable egipcio preguntado en El Cairo, es crear una Arabia salmaniana para reemplazar a la Arabia Saudí” y por tanto librarse del príncipe heredero. Éste ha sido marginado, siendo confiadas a MBS la guerra del Yemen y las importantes reformas económicas. MBS es el principal promotor de un ambicioso plan de desarrollo llamado “Visión 2030”, lanzado en abril de 2016 y al que se supone reformar la economía según preceptos de los que no habría renegado Margaret Thatcher.

Ahora bien, este plan adoptado para hacer frente a la caída de las rentas petroleras ha provocado importantes aumentos de precios -en particular del agua y la electricidad-, la disminución del poder de compra de las capas medias (por la reducción sin precedentes de los salarios y de las primas de los funcionarios, siendo los primeros afectados los universitarios y los militares, que han perdido hasta el 50 % de sus ingresos). La economía ha conocido en 2016 su primera recesión desde 2009 y el déficit presupuestario ha superado los 85 mil millones de dólares. Debería ser reducido a 53 mil millones en 2017 según el nuevo presupuesto. La centralización del poder en manos del rey y de su hijo hace también más opaco el proceso de decisión, más incierto, y afecta negativamente a los hombres de negocios, ya desestabilizados por los retrasos en los pagos del Estado. Por no hablar de la inestabilidad gubernamental marcada por la fusión de diversas administraciones y un cambio continuo de ministros (cuatro ministros de educación en dos años).

MBN, el príncipe heredero, explica un diplomático europeo, ha tenido la inteligencia de mantenerse aparte tanto de la guerra de Yemen como de las reformas económicas, cuyos resultados se hacen esperar. Comienza a recoger los frutos de su paciencia y ha vuelto a la escena política y mediática”. Tanto más dado que hizo públicas sus reticencias hacia esta política a través de las densas redes de información que irrigan la sociedad saudí, mezcla de relaciones familiares y tribales, pero también del uso intensivo de Twitter -el reino cuenta con una tasa de penetración del 35 % al 40 %, una de las más elevadas del mundo- y de WhatsApp (más seguro), con más del 90 % de la población que accede a Internet mediante el teléfono móvil/1. En Riad, quienes se interesen conocen estos juegos de poder, aunque, muy evidentemente, nada de ello transpira en los medios.

Por el momento, el rey, a pesar de su avanzada edad (más de 80 años), mantiene sólidamente las riendas del poder. Ahora bien, ¿dispone de los medios para imponer a su hijo como sucesor? Mucho dependerá de las consecuencias de la reforma económica, de la evolución regional, pero también de la nueva administración que se pondrá en pie en Estados Unidos el 21 de enero. Con una mezcla de temor y de esperanza, en Riad todo el mundo espera la toma de funciones de Donald Trump. Nadie, en los círculos del poder, echará en falta al presidente Barack Obama, acusado de haber abandonado a su suerte a Hosni Mubarak, de haber cedido demasiado a los iranís y de haber fracasado en Siria. Y olvidando sus declaraciones islamofobas y su inclinación por Israel, se quiere esperar que Trump -con los hombres que ha nombrado para dirigir la política de los Estados Unidos- se coloque resueltamente en el campo hostil a la República Islámica, el espectro que obsesiona a la monarquía saudí.

05/01/2017

http://orientxxi.info/magazine/entre-guerre-du-yemen-et-guerre-de-succession,1642

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR

Notas

1/ Se pueden encontrar indicaciones interesantes sobre el uso de los medios sociales en el mundo árabe en: Everette E. Dennis, Justin D. Martin, et Robb Wood, avec Marium Saeed, Media use in the Middle East 2016. A six-nation survey, Northwestern University in Qatar ; y Arab social media report, TNS, 2015.



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