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In memoriam
Carrie Fisher (1956-2016)
30/12/2016 | Eileen Jones

Lo que más me gustaba de Carrie Fisher era su voluntad por contar la verdad. Casi nadie hace eso y menos aún las estrellas de Hollywood

Para mucha gente, la muerte de Carrie Fisher es la muerte de la Princesa Leia. Ella sabía que ocurriría eso: "Les digo a mis amigos más jóvenes que un día, mientras juegan al billar en un bar, verán en la televisión una imagen de la Princesa Leia con dos fechas debajo y dirán: ‘Guau, dijo que esto pasaría’. Y volverán de nuevo a la partida del billar".

Tendrá que ser otra persona la que escriba ese tributo a la Princesa Leia, alguien que lo haga con la pasión que se requiere, porque ésa no es la Carrie Fisher que me interesa.

Lo que más me gustaba de Carrie Fisher era su voluntad por contar la verdad. Casi nadie hace eso y menos aún las estrellas de Hollywood, especialmente aquellas que forman parte de lo que Fisher llamaba “el producto de la endogamia de Hollywood”, refiriéndose a sí misma, por su condición de hija de las celebridades Debbie Reynolds y Eddie Fisher. La niña estrella de los padres estrella. La popularidad suele mantenerse a costa de guardar muchos secretos y cabe deducir que en los casos de “estrellato dinástico” esa tendencia se intensifica a través de generaciones.

Sin embargo, Fisher parecía alérgica al secretismo. “Estás tan enfermo como tus secretos”, escribió en ese proceso que siguió de contar todo, o al menos de aparentar hacerlo de manera inteligente.

La gente que es rica y famosa en América, la que, por tanto, tiene capacidad de elegir cómo vivir su vida, es propensa a maquillar su experiencia real de cara al público. Es como si una de las reglas de adhesión al gremio fuera no contar lo que realmente ocurre detrás de los muros de la mansión. Definitivamente, nadie cuenta nada sobre el consumo de drogas, excepto Carrie Fisher, que nunca dejó de relatar los detalles de tomarlas: “Eran mis amigas”, decía, aunque esta amistad se volviera en su contra finalmente.

La obsesión por normalizar lo anormal, ilustrada por esas crónicas de la revista Us Weekly que, bajo el titular “Son como nosotros”, muestran a las celebridades en chándal pidiendo un café para llevar o paseando a sus perros, no era el estilo de Carrie Fisher. Ella era directa. Decía abiertamente que todo lo hollywoodiense era enloquecedor y contaba anécdotas que lo demostraban. Por eso la bendecimos y lloramos su pérdida.

Era capaz de reconocer abiertamente, en libros, entrevistas y otros shows, la relación de su propia experiencia con la supuesta normalidad -o lo que ella entendía por normalidad-. El siguiente párrafo es del excelente Wishful Drinking: "Es decir, si entro en una habitación y pregunto: ¿Sabes cómo es ver a tu padre más en televisión que en la vida real?, no creo que mucha gente diga: Dios, ¿tú también? Del mismo modo tengo que preguntar: ¿Con qué frecuencia dices ’en la vida real?"

Cuando Debbie Reynolds quería que alguien asesorara a su hija adolescente, Carrie, sobre las drogas, llamaba al defensor del LSD Cary Grant para que hiciera de consejero. Cuando Fisher casi se ahogaba comiendo coles de Bruselas, fue Dan Ackroyd quien le practicó la maniobra de Heimlich. Meryl Streep interpretó a su alter ego, Suzanne, en la adaptación cinematográfica del primer libro de Fisher, Postales desde el filo. La gente a menudo le preguntaba por qué no interpretó ella misma ese personaje, a lo que respondía: “Yo ya he interpretado a Suzanne”, refiriéndose a su propia vida como una actuación.

El hecho de que Fisher conociera todo este mundo era extraño y, al parecer, compartir todas esas rarezas con nosotros, el público, la hacía parecer como una más, una persona normal. Tenía el firme deseo de pertenecer al panteón de los personajes hollywoodienses auténticos que ella admiraba, míticos “verborreicos” como Judy Garland y Ava Gardner, que, al final de sus vidas optaron por lavar los trapos sucios de Hollywood, además de manera jocosa. Fisher hizo listas de famosos desdichados -alcohólicos, drogadictos, supervivientes de enfermedades psiquiátricas que pensaban mucho en el suicidio- y añadió orgullosamente su nombre a ellos. Presumía, por ejemplo, de su amistad con quienes recibían terapia electroconvulsiva, como fue el caso de Judy Garland, Cole Porter, Lou Reed, Yves St. Laurent, Ernest Hemingway y Vivien Leigh. “Mira lo que todos esos desgraciados consiguieron”,decía divertida.

Quizás fueron los excesos de lo que ella misma llamaba “una vida demasiado agitada” los que la envejecieron. Fisher pasó rápidamente de ser una actriz principiante que interpretaba papeles picantes en bikini de metal a hacer de veterana de mediana edad hastiada de las guerras de la farándula, mostrando sus cicatrices y murmurando comentarios ingeniosos que mostraban estar de vuelta de todo, como si hubiese estado predestinada a ello desde la cuna.

La impresión de este envejecimiento precoz fue en parte consecuencia del batiburrillo de carrera de la actriz, que resultó en una filmografía sorprendentemente corta para alguien tan reconocido. En lugar de aprovechar su fama temprana para interpretar papeles protagonistas, Fisher se embarcó en la escritura de libros y guiones detrás de escena. Nunca persiguió el estrellato imitando la dura disciplina que poseía su madre.

En los últimos tiempos, la fama de Fisher estuvo ligada a la escritura autobiográfica, donde describía lo que era madurar y arruinarse en Hollywood. Así, se convirtió en la encarnación divertida, burlona y orgullosa del precio de la fama.

Llegué a apreciar tanto esta faceta de Fisher porque la conocí de cerca. Sé que entre los expertos no es común hablar sobre la vida en Hollywood, sobre las estrellas que se conocen en las fiestas de la industria fílmica. Parece que no hubiera interés real en estas vidas. En lugar de eso, adoptamos cierto aire de noble indiferencia hacia el famoseo, porque en el sistema capitalista estos personajes son mera mercancía vendida a un público crédulo, o algo así.

Sin embargo, creo que el académico de cine Richard Dyer acierta cuando defiende la importancia de estas estrellas. Su imagen nos permite identificar los valores de la sociedad que los produce, representan y personifican para nosotros las contradicciones imposibles de esta sociedad. Nos venden individualidad, ese espejismo enloquecedor del sueño americano realizado y singularidad, no sólo porque su imagen sea diseñada para ser única, como parte del “producto diferenciado”, también porque nos fascina hallar ocasionalmente la evidencia de que son seres humanos de carne y hueso, que luchan duramente para mantener esa pretendida distinción.

A menudo, esta evidencia surge en forma de escándalos, de apariciones públicas bochornosas, de tragedias humanas, de un desliz accidental de cualquier tipo. Este es el incómodo terreno donde se movía Carrie Fisher en su último papel, donde nos mostró el caos personal que hay detrás de la imagen. Paradójicamente, hacerlo le permitió tomar control sobre su vida.

No era sólo por su personaje de Princesa Leia, era su afán por ser la Princesa Diarista lo que definía la persona amable y auténtica que era. Quién si no en el reparto o el equipo de Star Wars habría compartido con nosotros la imposición de George Lucas de no llevar ropa interior en el espacio, o quien hubiera bromeado con el merchandising de la Princesa Leia, o contado la anécdota del joven fan de Star Wars que le aseguró que pensaba en ella todos los días durante años -en realidad, cuatro veces al día.

Así que aquí van mis historias reales sobre Carrie Fisher, en su honor.

Hubo una vez una Carrie Fisher que me acercó a la ruina de Hollywood. Fui allí buscando la vitalidad de la farándula con la desesperación de un recién graduado en humanidades que no aguantaba la monotonía de la academia ni un segundo más. Para mi horror, Fisher fue la pieza clave que me mostró que debajo de su atractivo erótico, la élite de Hollywood también vivía un mundo alternativo de aburrimiento y mediocridad. Las drogas se convirtieron en las amigas de Fisher, y por eso le costaba tanto deshacerse de ellas.

Me invitaron a dos fiestas en las que estuvo Fisher, de hecho, en una de ellas era la co-anfitriona. Eran unas fiestas tan putrefactas que acabaron con mi idealismo juvenil. Si no hallas la perversión en una fiesta de Carrie Fisher, ¿dónde más esperas encontrarla? Debió organizar muchas de esas a lo largo de los años. Si Carrie Fisher asistía, las desmelenadas orgías con cocaína no se hacían esperar.

Fiesta 1. Era la fiesta de cumpleaños de Fisher y Penny Marshall. Cada año, una de ellas se encargaba de organizarla y en esta ocasión era en casa de Marshall. Había preparado todo lo necesario para un fiestón hollywoodiense a la altura, con una terraza espaciosa y estrellada que albergaba en su centro una piscina iluminada, con vistas impresionantes a la ciudad de Los Ángeles y famosos por todos lados. Sin embargo, el evento transcurrió en una atmósfera incómoda, con una decena de arribistas y la tertulia de un grupo de reconocidos parados junto a la piscina. Era deprimente. Fisher, con aspecto de niña encantadora, se dio cuenta de esto y emitió su juicio al público abiertamente: “Creo que estas cosas funcionan mejor en mi casa”.

Fiesta 2. Era una barbacoa pequeña de media tarde en la que Fisher irradió miseria. Entró dando un portazo por la puerta del jardín. Lucía demacrada, con el pelo corto y trasquilado, como si ella misma lo hubiera “destrozado” con sus propias manos en un arrebato de autodesprecio. No había precisamente divertimento en su cara, estaba irreconocible. Emanaba depresión y disgusto a raudales ese día y resultaba duro incluso mirarla, por lo que la fiesta era realmente atroz. La manada de perros diminutos de los anfitriones merodeaba por allí libremente, entre los invitados, defecando por todas partes. El evento fue un desastre, con un montón de gente esquivando los excrementos de un Shih Tzu por el patio y soportando un calor horrible y maloliente.

Si le hubiera apetecido, Fisher podría haber transformado esa fiesta en una buena historia, otra excéntrica calamidad de Hollywood. Lo único salvable de aquella experiencia fue pensar en la imagen graciosa que había conseguido crear a base de presenciar los fracasos de la gente rica y famosa para vivir bien.

La idea clave de las historias más memorables en la vida de Fisher es que eran la cagada inapropiada que hacía añicos la imagen de la alta sociedad de Hollywood. La vez que su hermano Todd se disparó por accidente en un muslo y salpicó de sangre la inmaculada habitación de su madre, la estrella de cine Debbie Reynolds. La vez que la amiga de Fisher vino al pueblo para acompañarla a todas las fiestas nocturnas de los Oscar. La vez que su padre, Eddie Fisher, se vio obligado a afirmar en público: “Mi madre no es lesbiana. Es sólo una heterosexual muy muy mala”.

Presentando la fama como un desastre cómico y raro, Fisher siempre se mantuvo conectada con el público general, ése que también carga con una vida de miserias, aunque fuera del interés general. Lo ingenioso de esa aparición pública, en apariencia tan real, la colocan en el panteón de sus amados desgraciados con todos los honores.

DEP Carrie Fisher.

Eileen Jones es crítica de cine y enseña en la Universidad de California, Berkeley.

https://www.jacobinmag.com/2016/12/carrie-fisher-star-wars-princess-leia-hol
lywood/

Traducción: VIENTO SUR





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