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Efemérides en puerta
Kandinsky o la revolución
19/12/2016 | Ángel García Pintado

Una gran exposición de Vasili Kandinsky, abierta hasta la primavera en la ciudad francesa de Grenoble, dedicada a sus postreros años parisinos (1933-1944), y un nuevo intento de escaquear, opacar o escamotear en las referencias periodísticas -catálogo incluido- su etapa revolucionaria en su Rusia oriunda, precisamente ahora que nos encontramos a las puertas de un nuevo año que habrá de conmemorar aquel Octubre rojo de 1917. O lo que es lo mismo: los cien años de la Revolución Rusa, con esos “diez días que estremecieron el mundo”, del cronista americano John Reed, y sus alrededores heroicos, entusiastas, más sus secuelas dramáticas, trágicas, polémicas y contradictorias.

Una vez más, aquel arte de vanguardia que asombró al orbe por su dimensión, calidad y audacia, es capaz de congregar colas infinitas de espectadores ávidos por palpar con sus propios ojos los originales legendarios de aquellos pioneros. Pero los organizadores de esas muestras, comisarios y hermeneutas de turno continúan empecinados en negar -o disimular- que aquello se hubiese producido en una Rusia atrasada y mayoritariamente analfabeta donde la Revolución no estaba prevista. Y, una vez más, se pasa de puntillas, o directamente se ignora, la etapa bolchevique de tales creadores.

Kandinsky, ya con su título de “fundador del arte abstracto” y los demás compañeros (aquí, todos los referentes míticos de las vanguardias rusas de entreguerras), se subió a la locomotora de la Revolución cuando el lúcido comisario del Pueblo para la Educación, Lunacharsky, les invitó a ello.

Fueron los abstractos, los surrealistas, los expresionistas, los futuristas-constructivistas y miembros de otros ismos progresivos los que no dudaron en efectuar ese viaje. Quedaron en el andén dubitativos, escépticos, o escondidos en sus madrigueras, los artistas figurativos de la Academia, los llamados realistas, como si aguardaran su turno para más adelante, cuando el impulso vital de la Revolución se desgastara y el estalinismo recurriese a ellos como una necesidad histórica. En ese caso ya sin Lunacharsky; con un tal Zdanov al frente de los destinos del arte y la cultura, armado con su patético decreto de “Realismo socialista”, que se llevó por delante a todos los mejores.

Cuando estalló la Revolución en su país, Kandinsky era ya un hombre mayor para la época (51 años); venía de fundar en Munich con Franz Marc y otros el influyente movimiento expresionista Der Blaue Reiter (El Jinete Azul). Con una vocación por la pedagogía indesmayable, asumió con entusiasmo tareas organizativas y de enseñanza como miembro del Comisariado de Educación Popular, tales como el proyecto de reforma del sistema educativo de las escuelas de arte estatales, donde ejerció como profesor, o la reestructuración de los museos.

En 1919 funda el Museo de Cultura Pictórica, un año más tarde reanuda sus tareas como enseñante, ahora en la Universidad de Moscú, y participa en la creación del Instituto para la Cultura Artística, junto a otros colegas revolucionarios: Malevich, Pevsner, Tatlin…

Entre sus escritos teóricos -los artistas plásticos de las vanguardias fueron muy prolíficos en sus teorizaciones—, Kandinsky había publicado en 1912 Sobre lo espiritual en el arte, lo que sembró entre sus compañeros del constructivismo — en su tendencia productivista— reticencias y sospechas de idealismo burgués y espiritualismo sobre él.

Los conflictos y las discusiones en torno a los rumbos estéticos de la Revolución entre V.K. y otros como Chagall, o los hermanos escultores Gabo-Pevsner, con Malevich, líder del Suprematismo, con Tatlin, Rodchenko, El Lissistky, la Stepanova…y los demás compañeros del constructivismo-productivista, partidarios del Plan de Propaganda Monumental que chocaba con la manera de entender la creación de Kandinsky, quien defendía la autonomía absoluta del arte, contribuyeron a que se marchase a la Bauhaus, de la República de Weimar, atendiendo a la invitación de su director-fundador, el arquitecto Walter Gropius (1920).

Tras su brillante labor en esta excepcional escuela de arte-total y el cierre de la misma por Hitler, se refugia en París (1933) donde produce y muere un día de diciembre de 1944, cuando la ciudad liberada celebraba aún el final de la pesadilla nazi, por lo que su defunción pasa poco menos que inadvertida.

Anteriormente, en 1937, catorce de sus telas figuran en la inefable exposición perpetrada por Goebbels-Hitler en Munich, titulada, con una desfachatez impune, “Arte degenerado”.

Kandinsky prefería el término de "concreto" en vez de "abstracto" a la hora de definir lo suyo. En su postrera etapa se zambulle en ese espacio interestelar característico de su arte, al que arroja residuos flotantes de la imaginación. Formas no reconocibles, inéditas, cósmicas, científicas, celulares obsequio del microscopio de su mente, motivos biomórficos en suspensión… Ballets aéreos de criaturas y objetos desconocidos. Informalismo de lo real. Y un mundo propio donde su inveterada obsesión por la forma, la línea y el color no le abandona. Como tampoco el dinamismo que el demiurgo ruso imprime a cuantos universos organiza.

¿No es acaso dinamismo lo que, al final, se echó en falta en aquella ‘revolución traicionada’, según el cabal enunciado de Trotsky? Y, en definitiva, ¿no resultó ser Vasili Kandinsky, con su arte, su compromiso y su organizada cabeza, un imprescindible en la arquitectura de interiores de aquel Estado nuevo, utopía-realidad esperanzada?

18/12/2016

Ángel García Pintado es escritor y periodista





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