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La hipótesis socialista
14/12/2016 | Manuel Garí

La respuesta a la cuestión de los retos del socialismo debe comenzar por reconocer que las realidades y preocupaciones expresadas en el debate en curso en ’Espacio Público’-’CTXT’, incluyendo esta aportación, están condicionadas por la experiencia política, los parámetros culturales y la producción teórica del socialismo, permítaseme la expresión, del mundo occidental y cristiano industrializado.

Si bien, dadas las características del capitalismo mundial actual, algunas de las cuestiones que se plantean suponen incursiones en terrenos globales y comunes por lo que podrían tener utilidad para las reflexiones que se produzcan en otras latitudes. Lo ideal sería poder identificar los rasgos comunes pero también las diferencias y especificidades que constituyen las distintas expresiones coexistentes del capitalismo en el momento global y las manifestaciones de la crisis del capitalismo en los diferentes espacios segregados por la división internacional del trabajo, pero es una tarea que excede al debate en curso.

Venimos de una gran derrota de los movimientos emancipatorios con objetivos pos capitalistas, pero no es el fin de la historia. Baste recordar los años que transcurrieron entre las primeras impugnaciones del Antiguo Régimen y la caída del mismo y sustitución por el orden capitalista. No es el objeto de este artículo analizar las causas de las victorias del capital ni las de la postración de sus antagonistas.

Desde una perspectiva de medio y largo plazo, un hilo conductor del diálogo entre muy diversos y geográficamente lejanos sujetos políticos y sujetos emancipatorios puede ser establecido en torno a qué producir (mejor deberíamos decir extraer y manipular, pues la producción primaria no la realiza el homo sapiens), para satisfacer qué necesidades humanas (debate de alcance civilizatorio: cuales son las básicas y qué es bienestar), cómo hacerlo (técnicas, materiales, procesos, residuos) y quienes deciden sobre cada una de las cuestiones anteriores (la democracia como pilar y herramienta de la emancipación social).

Viejos y nuevos retos

La disputa en torno al ingreso y la riqueza, característica del capitalismo industrial, sigue siendo central. La lucha entre las clases por el excedente y el tiempo y condiciones de trabajo sigue siendo un “caso no cerrado” aunque se exprese con sordina. El programa máximo y mínimo del capitalismo es lograr el máximo beneficio que le permita la demanda social efectiva. De ahí que el capitalismo y el socialismo atribuyen un papel diferente a fines y medios, para el primero la eficacia se sustancia en el beneficio privado (la ganancia), para el socialismo los beneficios públicos (bienestar de la mayoría, calidad ambiental y derechos humanos).

Por tanto es pertinente la pregunta ¿puede existir una alternativa socialista que no sea explícitamente anticapitalista? Anticipo una respuesta: intentar “domesticar” o “humanizar” el capitalismo es una batalla perdida de antemano; combatirlo y abatirlo es precisamente el objetivo primero del proyecto socialista condición sine qua non para desplegar su alternativa; cómo hacerlo no tiene respuesta ni fácil ni unívoca, en eso consiste precisamente el quid del debate y el quehacer político central de quienes pretendan una sociedad humana de guales y libres en armonía con la naturaleza

La necesidad de construir sociedades auto gobernadas en las que la democracia no se detenga ni a la puerta de las empresas ni tope con límites en su pleno ejercicio, es batalla esencial en el lento avanzar de la humanidad hacia la igualdad. El estado moderno si bien aseguró en un corto plazo de tiempo la extensión del bienestar social en los países industrializados y basó en ello su legitimación, actualmente vuelve a tener como función principal la primigenia: la contención y domesticación de la mayoría social en los límites que impone el capital. Pero ello nos refiere a tres debates de calado: a) cómo articular la combinación de las formas de ejercicio de la soberanía a partir de la delegación y representación con las formas directas de autodeterminación social; b) cómo lograr el control efectivo de la sociedad sobre su gobierno mediante la creación de contrapoderes populares efectivos; y c) cómo articular lo local con lo global, cómo sustituir el Leviatán por la libre confederalización de las instituciones locales, nacionales, regionales e internacionales . Ello supone desacralizar la arquitectura constitucional y atreverse a imaginar otro orden político, abrir una fase destituyente y luchar por la apertura de los diversos procesos constituyentes necesarios.

Pero han venido a añadirse nuevas contradicciones sociales preexistentes si bien agudizadas por la financiarización del capitalismo. Un sector creciente de mujeres han puesto en valor ante la sociedad lo que el enfoque de la economía hegemónica olvida porque no tiene “valor monetario” dado que se produce fuera del mercado: la reproducción, mantenimiento y cuidado de la especie humana.

El capitalismo necesita para realizar la ganancia el crecimiento económico sin límites. El propio Joseph Schumpeter en su Capitalism in the Postwar World estableció que un capitalismo estacionario es una contradicción en los términos. La naturaleza del sistema es productivista porque su lógica es la puesta en el mercado de nuevas mercancías, nuevos artefactos que exigen ingentes recursos materiales para su producción. Sin embargo existen límites biofísicos que entran en colisión con ese crecimiento económico. Por ello un proyecto socialista no puede basarse en la premisa del aumento continuo de la actividad productiva para solventar los problemas (sea el del empleo, sea el de asegurar unos mínimos de bienestar masivo). Las características productivistas y extractivistas del capitalismo presentes desde sus orígenes se han agudizado. El modelo de producción está indexado a la emisión de gases de efecto invernadero, la crisis energética es desde los años setenta el talón de Aquiles del crecimiento ilimitado al que está abocado el capitalismo y, a su vez, la financiarización de la economía ha impulsado la financiarización del territorio y de la ciudad, lo que supone en un incremento incesante de la depredación del espacio físico y la pérdida acelerada de biodiversidad.

En 2016 es más evidente, ante el grave conflicto entre el crecimiento capitalista y el equilibrio de la biosfera, la afirmación realizada en 1667 por William Petty “el trabajo es el padre y el principio activo de la riqueza como la tierra es la madre” en su A Treatise Of Taxes and Contributions, idea que posteriormente desarrolló Karl Marx en El Capital al afirmar que la fuente de los valores de uso son el trabajo y la tierra y que el capitalismo realiza su crecimiento sobre la base de la explotación de ambas fuentes. Para Pierre Calame hemos entrado en la era del Antropoceno, una era geológica
caracterizada por el impacto cada vez más masivo de las actividades humanas sobre la biosfera. A la vista de lo expuesto podríamos decir que Lenin se quedó corto cuando definió, cierto es que hace un siglo, que el socialismo era el poder de los soviets más la electrificación. De ser así todo lo anterior determina los retos del socialismo.

Crisis de la perspectiva socialista

La expansión de la financiarización de la economía a escala mundial incentivada por Reagan y Thatcher fue la respuesta neoliberal al fracaso del modelo de acumulación capitalista de los años precedentes y al fin de la energía fósil barata. Y fue posible por la deriva y derrota a finales de los años setenta y primeros ochenta del movimiento obrero tal como se había configurado tras la Segunda Guerra Mundial en los países industrializados.

En esta segunda parte de la ecuación, la de la mayoría social, conocimos una descomposición de las formas de agrupación, socialización y formación de comunidades elementales de las clases trabajadoras y su progresiva abducción por la ideología y cultura de la individualización, la pérdida de identidad como colectivo o conjunto de colectivos, la desaparición de lazos y un retroceso de la fuerza de las organizaciones políticas y sindicales en las que se reconocía. En nuestro entorno más inmediato, en la Unión Europea, tal como plantea Stanislav Holubec, si algo caracteriza el cambio experimentado por las sociedades es que ha disminuido la confianza mutua y la solidaridad. Determinando todo ello lo que afloró fue la crisis del proyecto que se reclamaba del socialismo.

El vendaval de la globalización capitalista -preñado de competencia, productivismo e insolidaridad- encontró enfrente una caricatura de sociedades “socialistas” provenientes de la evolución burocrática de los estados que las regían tras las revolución rusa de 1917. Los estados totalitarios auspiciados por el estalinismo carecían de dos elementos básicos para significar no ya un avance sustantivo para la humanidad, sino simplemente un parapeto ante el neoliberalismo: ni lograron satisfacer el conjunto de necesidades sociales de forma igualitaria y sostenible, ni crearon mecanismos democráticos que legitimaran el ejercicio del poder. Uno de los mayores errores cometidos en los países del glacis soviético fue identificar propiedad colectiva y social con estatismo. El “socialismo real” simplemente hizo implosión en su loca carrera por emular al capitalismo y lo malo es que dejó tras de sí el desprestigio de las ideas en las que decía inspirarse.

Si la pregunta ¿Cuáles son los restos del socialismo de este siglo? se formulara en cualquiera de las agrupaciones, direcciones o gestoras del PSOE, probablemente los allí presentes se enzarzarían en un debate sobre el futuro del propio partido. Buena muestra del lo afirmado lo constituye el artículo de Jonás Fernández titulado Un futuro para el socialismo y publicado en El País el 29/11/2016. Cosa que posiblemente también ocurriría en el Partido Socialista francés de Hollande y en buena parte de los partidos europeos entroncados con la socialdemocracia devenida en social liberalismo. Cada vez este asunto, así planteado y por relevante que sea para la gobernabilidad del sistema, importa poco o menos a la mayoría de la sociedad. El problema de esta corriente política no radica tanto en sus formas de organización, en el tipo de liderazgos o en las maneras de relacionarse con la sociedad, aunque también constituyan asignaturas pendientes. El problema de la socialdemocracia del siglo XXI es que no tiene un proyecto social, económico y político autónomo y no subordinado al del neoliberalismo. El problema de los partidos socialistas es que se han convertido, como diría Gramsci, en tutores de los intereses populares y lejos de ser “agentes conscientes de la liberación” de las clases subalternas en su proceso de emancipación, han devenido en un tipo de institución funcional al mantenimiento del propio capitalismo.

La misma palabra socialismo perdió su significado en el camino y está por ver si podrá recuperarlo en el marco de los futuros procesos de cambio. Si bien de forma coyuntural el vocablo “socialismo” volvió al debate político con la aparición de políticos como Jeremy Corbyn o Bernie Sanders. Pero ni uno ni otro definen muy bien a que se refieren cuando lo refieren. De momento a falta de otra palabra mejor y consciente de que le atribuyo contenidos que no forman parte del “sentido común” vigente en la sociedad e incluso son todavía minoritarios en una izquierda empeñada en “resistir” pero cuyo problema real es “existir” y volver a pesar en un contexto en el que la contradicción capital versus trabajo ya no se expresa únicamente en el marco del proceso productivo, sino en múltiples espacios y temas.


Hipótesis socialista: la lucha por una sociedad segura

Si hoy hiciéramos en cualquier ciudad de nuestro país la pregunta ¿cómo quiere vivir? a gente común, ajena al debate teórico y no encuadrada en organización política alguna, probablemente buena parte nos diría: vivir sin miedo. La característica de la sociedad actual es que cunde el temor y la inseguridad y los poderes públicos no garantizan la solución. Tras el huracán de la crisis, el creciente calentamiento atmosférico, la proliferación de las guerras y atentados, y el desorden mundial la seguridad se ha convertido en un objetivo revolucionario para vivir sin miedo al paro, a perder la casa o la salud, a la guerra, el terror y la violencia –sea de género o institucional-, a no llegar a fin de mes, a gobernantes que deciden sobre nuestra existencia sin pedirnos opinión, a leyes mordaza y derechos menguantes de un Estado crecientemente autoritario, a unos tribunales que impiden la libre autodeterminación de los pueblos, a una Unión Europea cortada a la medida de los bancos, a unos tratados comerciales internacionales que dan todo el poder a las multinacionales y se lo quita a los pueblos, a un cambio climático que de no detenerse traerá hambrunas, sufrimiento y conflictos. Son cosas sencillas las que configuran ese vivir sin el miedo que hoy atenaza a millones de personas en nuestra sociedad. Cosas sencillas que afectan a la gente y la gente entiende, cosas alejadas de los juegos de palabras vacías que rellenan tantas páginas y presiden tantos debates propios de las élites ilustradas y politizadas pero alejadas de la gente.

Es a partir de cuestiones tan elementales que podemos establecer la nueva hipótesis socialista, el embrión de proyecto de sociedad alternativa, la estrategia que permita -a partir de las necesidades, aspiraciones y conciencia de las gentes- avanzar en el proceso de auto afirmación, auto organización, movilización y empoderamiento de la mayoría social en pos de una alternativa no capitalista, y con ello dar sentido a la lucha electoral y política para formar gobiernos del cambio. Gobiernos capaces de resistir las presiones inimaginables del sistema: acreedores de la deuda pública, poderes oligárquicos financieros e industriales, maniobras de las cloacas y de los poderes visibles del aparato de estado, y chantajes internacionales. Gobiernos valientes que generen las condiciones para lograr la seguridad que demanda la mayoría social.

Alain Badiou planteó como axiomas -que no programa- de la hipótesis comunista: 1) el objetivo de una sociedad igualitaria; 2) el estado no es imprescindible (por cierto, ni estalinistas ni socialdemócratas tomaron nota del pensamiento de Marx al respecto); y 3) la organización del trabajo no implica su división, el trabajo puede ser poliforme y no puede tomarse como base material de las divisiones entre clases sociales como en el capitalismo (ni, añado, entre sexos como en el patriarcado).

Podríamos reformular la hipótesis socialista partiendo de lo anterior sumando algunas proposiciones y siendo conscientes de que como toda hipótesis debe ser verificada. En este caso, en el marco de un proceso histórico no determinado, abierto y por tanto plurilineal que comportará ensayos prácticos, pruebas, errores, reorientaciones y aproximaciones sucesivas. Hipótesis que se sustanciará en un conjunto de transiciones entrelazadas y contradictorias. Hipótesis que presupone que el cambio necesario es social (del conjunto de las relaciones humanas de clase y género) pero que también implica una profunda modificación de las relaciones de la sociedad con la naturaleza, comenzando por un cambio modal energético.

En sintonía con las aportaciones de Michel Husson y Daniel Tanuro y sin pretender (ni poder) ser exhaustivo y refiriéndome exclusivamente al campo de una alternativa productiva no productivista de un proyecto socialista antagonista del capitalismo, propongo algunos hitos para la transición socialista: a) control social sobre las prioridades económicas frente al dictado de los mercados; b) control social sobre las condiciones laborales y la organización del trabajo frente al dictado patronal; c) asunción colectiva de las tareas del trabajo reproductivo y de los cuidados frente a su invisibilización y asignación “automática” a las mujeres; d) reducción del tiempo de trabajo frente al recorte salarial y la precarización; e) extensión y gratuidad de los servicios públicos básicos frente a las privatizaciones y los recortes presupuestarios en gasto social; f) inversión pública democráticamente decidida y controlada con el desarrollo de diversas formas de propiedad social frente al oligopolio privado; g) autosuficiencia alimentaria basada en la agricultura ecológica frente al modelo agroindustrial; h) relocalización productiva, “pacificación” del tráfico y transporte de materiales y mercancías por todo el mundo y cooperación internacional frente al dictado de las transnacionales; i) restructuración de la deuda y anulación de la ilegitima frente a las exigencias de organismos como el FMI y el BCE; j) energías renovables y ahorro energético frente a la explotación de los recursos fósiles; k) limitación de las actividades extractivistas y opción por bienes duraderos frente al usar y tirar que preside el consumo mundial.

Nadie dijo que fuera fácil y tendremos que hacerlo en compañía, volviendo a tejer nuevas complicidades, identificando nuevos sujetos políticos y recordando siempre con Daniel Bensaïd que la emancipación no es un placer solitario.

Manuel Garí. Economista. Miembro del Consejo Asesor de Viento Sur.

14/12/2016

http://www.espacio-publico.com/el-socialismo-de-este-siglo#comment-5590





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