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Brasil
De las protestas de 2013 al golpe de 2016
08/12/2016 | Breno Bringel

Introducción: los golpes del siglo XXI

La actual crisis política brasileña debe ser entendida como parte integrante de una ola más amplia de desestabilización que sacude América Latina en los últimos años. En algunos casos, las ofensivas golpistas resultaron en intentos fallidos, como en los procesos que buscaron destituir a Hugo Chávez en Venezuela (2002), a Evo Morales en Bolivia (2008) o a Rafael Correa en Ecuador (2010). Sin embargo, en otros casos el desenlace fue menos feliz y las fuerzas conservadoras lograron perpetrar golpes contra presidentes legítimamente elegidos, como ocurrió en Honduras contra Manuel Zelaya (2009), en Paraguay contra Fernando Lugo (2012) y, más recientemente, en Brasil contra Dilma Rousseff (2016).

En todos estos casos hubo una disputa semántica y política sobre cómo definir dichos procesos. En Brasil, mientras parte de la derecha más conservadora aludía a un “vacío de poder”, rápidamente un amplio sector de las izquierdas —principalmente aquel vinculado al gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) y su campo político, aunque no sólo— pasó a hablar de “golpe”. La utilización del término generó polémica. No podía ser diferente. A los golpistas nunca les gustó que se les reconociera por su verdadero nombre. Menos todavía en el mundo de hoy donde tratan de mantener, aún más que antes, la fachada democrática.

De todos modos, la definición de esos procesos recientes como “golpes”, independientemente de nuestras filiaciones políticas, exige cierta cautela analítica, ya que suele chocar con buena parte del imaginario colectivo de los golpes de Estado tal como los entendemos en la modernidad. Se podría decir, de manera sintética, que aquellos que se niegan a definir esos procesos como golpe suelen subrayar cuatro motivos principales para su objeción. En primer lugar, se recurre a una argumentación histórica según la cual el actual escenario nada tendría que ver con “experiencias previas” de golpe. Se buscan aquí casos pretéritos y específicos de golpe para proyectar de forma estática en el tiempo cómo serían los golpes del presente. En vez de pensar las dinámicas, las experiencias y los tipos de golpe de manera contextual e historiada, se apela a una imagen congelada. Como consecuencia, y de forma interrelacionada, un segundo razonamiento habitual es la restricción de los “agentes” del golpe a aquellos más habituales y visibles en casos recientes. El ejemplo más paradigmático es la asociación casi exclusiva de los golpes a los militares, como si no hubiesen otros actores dentro del aparato del Estado (como la burocracia, los jueces o los parlamentarios) que pudiesen ejecutar tal acción.

Otros dos argumentos también aparecen de manera recurrente. El tercero de ellos tiene que ver con la “forma” del golpe. Según estas posturas, no habríamos vivido un golpe porque la destitución de la presidenta Dilma siguió todos los cauces legales previstos. El problema principal de esta visión es que se enfatiza más el procedimiento en sí (el dispositivo jurídico del impeachment) que el proceso sociopolítico que derivó en la destitución de la presidenta. Finalmente, muchos insisten en el “alcance” del golpe. En esta línea de razonamiento, el golpe debería dar lugar a un régimen autoritario, a un estado de excepción o a una parálisis significativa de los procedimientos democráticos, lo cual, según los defensores de este argumento, no sería precisamente el caso. Habría que discutir más a fondo el propio sentido de la democracia y de la dictadura en el momento presente. En un provocativo texto, Miguel (2016) sugiere que estaríamos viviendo una “transición a la dictadura”, marcada por un gobierno ilegítimo que no tiene autorización popular y también por un régimen en el que el poder no es limitado por el derecho de los ciudadanos y la igualdad jurídica es totalmente ninguneada. La idea puede parecer excesiva, pero nos llama la atención sobre las bases autoritarias, concentradoras y discrecionales de muchas de nuestras “democracias” contemporáneas, que se expanden formalmente por el globo a la vez que se restringen, cada vez más, en su sentido sustantivo.

La batalla de los conceptos y de las ideas es, obviamente, siempre una pugna política y nunca puede ser leída de manera inmóvil. Si dejamos de lado todo el sentido original de la noción de coup d’état, es sólo con el golpe de Luis Bonaparte a mediados del siglo XIX cuando pasamos a asociar con mayor consistencia los golpes de Estado al aparato del Estado moderno, con sus diferentes agentes, dinámicas y lógicas. Marx (1852) analiza de manera brillante en su 18 Brumario de Luis Bonaparte la coyuntura política que desencadena tal golpe, delineando elementos centrales que aparecerían desde entonces de manera recurrente en buena parte de las descripciones y teorizaciones sobre los golpes de Estado: la sorpresa societaria, la descomposición del partido del orden y su coalición, la profusión de la lógica conspirativa, la utilización de medios excepcionales para conquistar el poder político, el carácter repentino de la ruptura del marco político precedente, la polarización de los sujetos involucrados en el conflicto y, finalmente, el discurso “salvacionista”, evocado siempre contra los problemas de los gobiernos previos.

Si tomamos esas dimensiones como elementos constitutivos de los golpes, podemos afirmar que los golpes de Estado del siglo XXI mantienen su esencia, aunque puedan cambiar, en algunos casos, su apariencia. El carácter eminentemente parlamentario del golpe brasileño, reforzado por el aparato jurídico-mediático brasileño, no puede obviar el carácter de ruptura ilegítima a través de la cual los golpistas apartaron a la presidenta Dilma sin pruebas por un supuesto crimen de responsabilidad fiscal que consiste, además, en una práctica habitual realizada por casi todos los gobernantes en el país. Tampoco podemos esperar que en el siglo XXI los golpes de Estado se repitan de la misma manera que en los siglos anteriores, sino que debemos entender las configuraciones específicas de cada lugar y de la coyuntura política, las dinámicas y tendencias geopolíticas y geoeconómicas más amplias, las transformaciones de la forma Estado en la actualidad, las nuevas paradojas de la democracia procedimental y cómo todo eso implica una resignificación de la discusión clásica sobre los agentes, los medios y los fines de los golpes, tal como lo hacen cuidadosamente, para el reciente caso brasileño, Bianchi (2016) y Perissinoto (2016).

Sin embargo, aunque podamos estar de acuerdo en que lo ocurrido en Brasil fue un golpe, faltaría discutir cómo y por qué eso ocurrió si, aparentemente, el país había vivido en la última década un período de crecimiento económico, sostenido por una amplia alianza de clases y reforzado por una mejoría relativa de las condiciones de vida en el plano interno y por una proyección más autónoma y proactiva en el plano externo. En otras palabras, ¿cómo llegamos a la situación actual?

Ciclos políticos y raíces de la crisis política brasileña actual

La actual crisis política en Brasil tiene raíces diversas. Cualquier explicación que se centre sólo en una dimensión específica (por ejemplo, el deterioro de la política económica, la crisis de gobernabilidad, la incapacidad de Dilma para manejar la amplia coalición política forjada desde el primer gobierno Lula, los escándalos de corrupción, la presión de las calles, etcétera) o en antecedentes temporales que remitan sólo al corto plazo (las protestas masivas iniciadas en junio de 2013 atraen todos los focos en este sentido) estará abocada al fracaso. De este modo, la crisis política contemporánea sólo puede ser comprendida dentro de un análisis procesual, dinámico y multidimensional, de la vida sociopolítica brasileña y del actual contexto global. Eso implica combinar elementos propiamente políticos con otros de naturaleza económica, cultural y social. Además, exige que seamos capaces de imbricar temporalidades diversas, abriendo el análisis para el cruzamiento y la superposición de ciclos políticos distintos.

Domingues (2016) es de los pocos autores que han logrado avanzar satisfactoriamente en esta dirección, articulando la lectura de la actual coyuntura con ciclos políticos previos en Brasil. En su perspectiva, centrada en la trayectoria de la izquierda, tres ciclos se completarían en el actual momento histórico en el país, abriendo un escenario de inestabilidad e incertidumbre: el primero, de largo plazo, sería el ciclo que en la redemocratización de las décadas 1970/1980 pasa página al periodo de “modernización conservadora” iniciado en la década de 1930; el segundo, de medio plazo, estaría marcado por la búsqueda del PT de la hegemonización de la izquierda brasileña, transformando progresivamente su proyecto inicial; finalmente, el tercer ciclo coincidiría con las presidencias de Lula y Dilma y se agotaría con la emergencia de las protestas de 2013, acabando definitivamente con el golpe parlamentario, por más que el PT no se haya muerto totalmente en el corto plazo y todavía aspire a disputar las elecciones presidenciales de 2018.

Aunque coincido con buena parte de esta propuesta, propongo aquí un análisis más centrado en la apertura societaria provocada por los nuevos ciclos políticos y sus consecuencias en términos de disputas y emergencias de nuevos actores. De este modo, entiendo la precipitación de las movilizaciones de 2013 como un ciclo de protestas de alta intensidad de movilización que desborda a buena parte de los grupos políticos y movimientos sociales organizados previamente y se abre a la sociedad como un todo, coincidiendo con la crisis de un ciclo político más amplio. De este modo, el inicio de un ciclo de corto plazo en 2013 coincide con el final de otro ciclo político: el período que empieza con la redemocratización a finales de los años 1970/inicio de los años 1980 y entra totalmente en crisis con los acontecimientos recientes.

Así como se relacionaron las movilizaciones de masas de los años 1970 y 1980 con un movimiento societario de redefinición de la democracia y de los derechos y de destitución de los códigos, actores y pautas previas, las movilizaciones actuales también disputan el sentido del pasado reciente de Brasil. El imaginario proyectado por los sucesivos gobiernos del PT de que el país nunca había estado tan bien choca profundamente con un visceral “antipetismo” instalado en la sociedad brasileña, tanto a la derecha como a la izquierda. Para desvelar esta aparente paradoja es importante discutir brevemente algunos desarrollos generales de la política reciente.

Tras la redemocratización y el reflujo de las movilizaciones masivas, el imaginario igualitario y democratizante pasó a convivir con conquistas concretas y la permanencia de problemas seculares, entre ellos las desigualdades, la exclusión social, las prácticas autoritarias, las fluctuaciones económicas e inflacionarias, etcétera. Mientras varios movimientos sociales más combativos pasaron a la resistencia contra las privatizaciones y a cultivar sus propias bases, otra parte se institucionalizó o nutrió una cartografía más amplia y diversa de una “sociedad civil” que se complejizaba con la emergencia de una serie de ONG, redes, campañas e iniciativas. Con las consecutivas pérdidas de las elecciones presidenciales, el PT apostó por la política local, ganando elecciones en pequeños municipios y en grandes ciudades, a la vez que moderaba progresivamente su discurso, desvinculándose en buena medida de los actores, las ideas y la energía que lo originaron.

Cuando Lula gana sus primeras elecciones presidenciales a finales de 2002 el PT ya no era el mismo de los años 1980. A pesar de que el color rojo y un imaginario más igualitario y progresista llevaron a la ilusión de muchos, el propio Lula dejó claro en su “Carta a los brasileños”, de junio de aquel año, que no habría cambios radicales y que el “proyecto nacional alternativo” estaría volcado hacia el crecimiento económico y una mayor preocupación por la justicia social y por la presencia soberana del país en el mundo. En esta línea, los ocho años de gestión de Lula (2003-2010) estuvieron marcados por una amplia alianza pluriclasista que se basó en un pacto win-win, donde todos ganarían. Los ricos se hicieron más ricos y los pobres menos pobres. Las políticas sociales focalizadas sacaron miles de personas del hambre y de la pobreza extrema, mientras los grandes beneficios a las grandes empresas, el agronegocio y los bancos permitieron un enriquecimiento sin precedentes de las elites nacionales y del capital transnacional. De esta manera, el camino hacia la democratización convergiría con la profundización del capitalismo, algo más regulado por el Estado, a partir de un modelo neodesarrollista que, recuperando una tradición previa de la izquierda estatocéntrica brasileña, vendía “crecimiento con inclusión”.

En la práctica, algunos ganaron mucho más que otros. La desigualdad aumentó, constatándose una mayor concentración de renta entre los más ricos (Medeiros, Souza y Castro, 2015). Los medios de comunicación hegemónicos se volvieron todavía más fuertes y el gobierno no logró crear ningún tipo de alternativa comunicativa de masas. La violencia selectiva del aparato coercitivo del Estado y el modelo altamente extractivo generaron tensiones con comunidades y movimientos sociales, además de expulsiones de tierras y conflictos en el campo y en la ciudad, por no hablar del brutal impacto social y ambiental de los diversos megaproyectos mineros y de represas hidroeléctricas. El fomento del consumo y las ayudas económicas a ciudadanos entendidos como “emprendedores”, unidos al creciente peso de determinados sectores evangélicos en las periferias urbanas, estimularon todavía más la autonomización del individuo en la sociedad brasileña, provocando diversos desplazamientos subjetivos en la población, relativos a su forma de verse en la sociedad y a los valores.

Se generó, de esta manera, la expectativa de un Estado suficientemente fuerte como para avanzar en algunas conquistas sociales, pero sin amenazar el orden establecido, por lo cual diversos sectores populares y perspectivas conservadoras son integradas en un delicado equilibrio (Singer, 2009). La popularidad de Lula llegó a ser tan alta que logró elegir como presidenta una figura poco conocida y de un perfil bajo, más asociado a la gestión, aunque con un pasado militante. A pesar de apostar por el continuismo, el inicio del mandato de Dilma Rousseff en 2011 se da en una década que se abre con nuevos escenarios. La crisis financiera llega a Brasil y avala el modelo previo de exportación de commodities. El pacto de clases y las alianzas con sectores diversos se ven avaladas por inhabilidad para garantizar la coalición, pero también por la apertura de nuevas oportunidades políticas de actuación para la oposición que pasa a romper con la base de gobernabilidad. El realineamiento del empresariado y de las elites económicas también es progresivo, dejando —como siempre— claro que su mayor fidelidad es con el beneficio propio. Súmase a eso los diversos escándalos de corrupción, iniciados ya en la era Lula, que se expanden y afectan a importantes miembros y aliados del PT. Desprestigiada y desestabilizada por la confluencia de todos estos elementos, aparece para el gobierno Dilma una nueva prueba de fuego: masivas protestas que se extienden por todo el territorio nacional.

Junio de 2013: apertura societaria y conflicto social en Brasil

Las movilizaciones iniciadas en junio de 2013 en Brasil, las mayores en la historia del país en las últimas tres décadas, abrieron un nuevo ciclo político en el país. Pese a tener visiones y proyectos distintos (y, en general, opuestos) de la sociedad brasileña, los individuos y colectivos a la izquierda y a la derecha del gobierno, movilizados desde 2013 hasta hoy, son fruto de esta misma apertura sociopolítica. Las formas de acción y de organización que adoptaron —propias de una transformación de las formas de activismo y del compromiso militante en el país (y en el mundo hoy)— favorecieron el surgimiento rápido, la mediatización y la capacidad de interpelación y expresividad, pero también provocan diversas tensiones y ambivalencias en su propia constitución y en los resultados generados.

Entre junio de 2013 y finales de 2016, Brasil transitó por diversos escenarios, marcados por una mayor radicalización y polarización política, pero también por un encadenamiento complejo de acontecimientos y personajes muy distantes de una lógica lineal. De esta manera, no se puede decir, a partir de una lógica de causalidad estrecha, que el golpe sea consecuencia directa de las protestas, como lo han hecho muchas análisis simplistas. No obstante, éstas cambiaron profundamente el escenario político nacional, convirtiéndose en un evento crítico que marcó una inflexión en la sociedad brasileña, aglutinando diversos significados, interpretaciones y posiciones.

Participaron en las movilizaciones de 2013 individuos y grupos sociales diversos, pertenecientes a un amplio espectro ideológico. Quedó reflejada la indignación difusa, la ambivalencia de los discursos, la heterogeneidad de las demandas y la ausencia de mediación de terceros y de actores tradicionales, algo también notorio en varias movilizaciones contemporáneas asociadas a la reciente “geopolítica de la indignación global” (Bringel, 2015).

Una de las características más emblemáticas de junio de 2013 fue su capilaridad en todo el territorio nacional. Sin embargo, las lógicas de movilización, la composición social de los manifestantes y la correlación de fuerzas variaron de forma sustantiva dependiendo de las ciudades en cuestión. Además, junio no empezó ni acabó en junio. Antes de 2013, eran varios los signos de transformación de la militancia en Brasil. Una nueva generación de activistas —ya nacida en democracia y que tuvo su socialización política y militante marcada por otras referencias— nunca había reconocido al PT y a parte de su campo político como una fuerza transformadora, sino como una fuerza burocratizada y como un partido de la situación. Encajan en este perfil diversos movimientos juveniles, estudiantiles, culturales, más descentrados, horizontalistas, con identidades múltiples y radicalizados en sus concepciones y formas de acción (Bringel, 2009).

A su vez, el momento posterior a junio de 2013 también fue desigual. En algunos lugares como en Río de Janeiro, las movilizaciones siguieron con alta intensidad, con una concatenación de movilización y huelgas (la mayor de ellas la de los profesores de escuelas públicas, seguida de otras bastante simbólicas como la de los barrenderos en febrero de 2014) que acabaron, en la víspera de la final del mundial de fútbol en 2014, con la prisión de 23 activistas. En varias otras ciudades siguieron teniendo lugar ocupaciones, movilizaciones por derechos y causas específicas, nuevas acciones y trabajos territoriales y una profundización del experimentalismo cultural. En determinados casos la represión y la criminalización de la protesta posjunio llevaron a la desmovilización. También se generaron varias experiencias más subterráneas entre individuos, comunidades, grupos y colectividades. Al mismo tiempo, teniendo en cuenta la dimensión continental del país, no se puede negar que junio fue también, en determinadas localidades, más una representación colectiva que un proceso permanente de articulación y organización política.

Sea como fuere, es crucial entender junio de 2013 como un momento de apertura societaria en el país. Una vez abierto el espacio de protesta por las movilizaciones iniciales y por los movimientos iniciadores (tales como el Movimiento Pase Libre, central en la ciudad de São Paulo, pero no en todas la capitales brasileñas), otros actores se unieron para hacer valer sus propias reivindicaciones, sin mantener necesariamente los lazos con los actores que las desencadenaron y/o repetir las formas, la cultura organizativa, las referencias ideológicas y los repertorios de acción de los iniciadores de dichas movilizaciones. De hecho, como ya proponía Charles Tilly (1978), el uso del mismo repertorio de acción no implica que estemos necesariamente ante un mismo movimiento, pero sí ante una gramática cultural e histórica disponible e interpretada por la sociedad y por los grupos sociales.

Alonso y Mische (2016) captaron con bastante precisión esas fuentes sociales y culturales, así como la ambivalencia de los repertorios presentes en junio, en lo que ellas definirían como repertorio “socialista” (familiar en la izquierda brasileña de las últimas décadas), “autonomista” (afín a varios grupos libertarios y a propuestas críticas del poder y del Estado) y “patriótico” (que usa un discurso nacionalista y los colores verde y amarillo con un significado histórico y situacional conservador bastante peculiar). Más que repertorios, podemos pensar en tres campos diferenciados de acción que se han ido combinando de maneras distintas en los últimos años. Los enfrentamientos y relaciones entre cada uno de ellos han estado marcados inicialmente por un “desbordamiento social” (Bringel, 2013), en el que la protesta se difunde desde los sectores más movilizados hacia otras partes de la sociedad, desbordando los movimientos sociales que la iniciaron y haciendo que cada uno de estos campos tratara de ampliar su influencia más allá de sus propias fronteras.

En el clímax de dicho proceso, un amplio espectro de la sociedad se encontraba movilizado alrededor de una indignación difusa, portando diferentes perspectivas y reivindicaciones, que coexistirán en el mismo espacio físico y a veces con el mismo eslogan (contra la corrupción o contra el gobierno), pese a tener construcciones y horizontes muy distanciados y en disputa. Hubo una confluencia ambigua marcada por movimientos contradictorios de fuerzas centrípetas (la externalización de la indignación y la simultaneidad presencial y simbólica en las mismas calles y plazas) y fuerzas centrífugas (que, a pesar de la co-presencia en los mismos espacios, indicaban distintas motivaciones, formas de organización y horizontes de expectativas).

En las manifestaciones, demandas democratizadoras —como la mejoría del transporte y de la educación pública— eran enarboladas principalmente por el “campo autonomista”, mientras la indignación contra la corrupción y los políticos, si bien era compartida, acabó atrayendo más a aquellos que luego fueron inclinándose al “campo patriótico”. En esta fase catártica, que comenzó en junio de 2013 y duró algunos meses, la polarización entre esos tres campos distintos era ya bastante visible (llevando, por ejemplo, a agresiones, por parte del “campo patriótico” a manifestantes del “campo socialista” que llevaban banderas, camisetas y otros símbolos vinculados a los partidos y la izquierda tradicional), pero estaba más diluida en la indignación en masa y en la experimentación en las calles. De este modo, mientras buena parte de las interpretaciones insistían —y siguen insistiendo— en que junio de 2013 representó, en un extremo, la emergencia de una nueva potencia revolucionaria o, en otro, la aparición del fascismo en las calles, mi visión es que las movilizaciones siempre fueron contradictorias y heterogéneas e implicaron la disputa de clase, de movimientos y de campos de acción diversos, siendo posible identificar fases y momentos distintos a lo largo de esos años.

El escenario político post-junio de 2013

Después de la heterogeneidad inicial, comienza en 2014 una nueva fase de decantación, con algunas reivindicaciones principales de los individuos y de esos campos ya diferenciadas en el espacio, y posicionadas más claramente a la derecha o a la izquierda, aunque estas nociones (izquierda y derecha) sean vistas de forma creciente, por algunos activistas y a los ojos de gran parte de la sociedad, como caducas, poco capaces de traducir y canalizar sus objetivos, expectativas e inquietudes.

En este momento, ya no hay manifestaciones tan masivas en las calles y en las plazas, pero siguen teniendo lugar varias movilizaciones puntuales, así como una reorganización menos visible de los individuos, de las redes y de los colectivos. La confluencia de militancias y demandas divergentes en el mismo espacio público es paulatinamente desplazada por convocatorias con objetivos y recortes más definidos. Pese a que gran parte de dichas acciones no se dirigieron al campo político-institucional y político-electoral, que posee lógicas y temporalidades diferentes a las del campo de la movilización social, el escenario preelectoral de mediados de 2014 orientado a la contienda presidencial acabó abriendo un nuevo momento de intensificación de las polarizaciones, que absorbió buena parte de los actores sociales y políticos a lo largo de 2015.

A pesar de las críticas formuladas al PT en particular, y a los partidos políticos en general, las elecciones presidenciales de octubre de 2014 movilizaron masivamente a los brasileños, incluso para defender, en algunos casos, el partido en el gobierno como un “mal menor”. En este contexto, el PT se ubica en el centro político y del debate público. Subraya hacia fuera, sin ningún tipo de autocrítica interna, las conquistas de sus gobiernos, a la vez que busca monopolizar el campo progresista, infantilizando y reprimiendo el campo autonomista y acusando a esta y otras disidencias a su izquierda de hacer el juego a la derecha.

La ajustada victoria de Dilma generó un clima de instabilidad alimentado constantemente por la oposición de derecha. Dándose cuenta del descontento generalizado de la población con el PT y con Dilma, partidos que componían la base aliada del primer gobierno Dilma pasan a disputar y a romper relaciones y pactos con el ejecutivo. Asimismo, aunque el PT logró ganar las elecciones presidenciales, el Congreso Nacional elegido directamente por las urnas fue el más conservador de la historia de Brasil, desde el golpe de 1964. Eso significa que la mayoría del poder legislativo pasó a estar controlada por parlamentarios de diferente signo conservador: militares, religiosos, ruralistas defensores del agronegocio, empresarios, entre otros.

Es en este escenario cuando surge el Movimiento Brasil Libre (MBL), un movimiento juvenil de derechas, creado tras las elecciones y financiado por empresarios y think tanks conservadores para imprimir una agenda neoliberal en el país, así como disputar los valores morales y restringir las políticas sociales y de derechos humanos. Algunos de sus principales apoyos internacionales dicen mucho sobre quiénes son. Entre ellos se encuentran grupos estudiantiles y empresariales vinculados a la oposición de Maduro en Venezuela y las Industrias Koch, un conglomerado de empresas norteamericanas con intereses petrolíferos y químicos, conocida por financiar grupos ultraconservadores. Un punto distintivo del MBL es que logró, junto a otros sectores conservadores, aprovechar la coyuntura abierta para convocar diversas manifestaciones y actos públicos de protesta, dando cierta cohesión al “campo patriótico” y disputando no sólo el congreso, sino también las calles y las redes sociales (algo especialmente importante en Brasil, que tiene en los últimos años el mayor crecimiento de usuarios de Facebook en todo el mundo).

En 2015 el discurso del miedo y del odio se expande y hay intentos continuos de apropiación de los significados de las protestas de 2013. El campo patriótico se hace más visible y el campo autónomo se repliega hacia un trabajo más invisible y subterráneo, local y fragmentado. La potencia de radicalización de la democracia que disputaba las protestas como posibilidad de emergencia de lo nuevo era vista por muchos como una tragedia y se ve ahogada por la repetición de la historia como farsa, entre junio de 2013 y el golpe de 2016, de manera similar a lo que Marx planteara para la secuencia de acontecimientos transcurridos entre junio de 1848 y el golpe de diciembre de 1851. Se construye, de este modo, una polarización social explícita entre el gobierno y sus aliados más cercanos y la derecha aglutinada en el campo patriótico, que pasa a reducir una amplia y compleja reconfiguración de la sociedad brasileña a “fascistas” (vistos como coxinhas) y “bolivarianos” (interpelados como petralhas). Empieza así a constituirse en diciembre de 2015 el impeachment como farsa, cuando el entonces presidente de la Cámara de los Diputados, Eduardo Cunha —acusado meses antes por corrupción y lavado de dinero— acoge formalmente el pedido contra Rousseff.

El golpe y las resistencias

El año de 2016 se abre, de esa manera, con el fantasma de la posibilidad de destitución de Dilma. El Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) de Cunha y del entonces vicepresidente Michel Temer, antes parte de la base del gobierno PT, pasa a articularse activamente con el oposicionista Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), del expresidente Fernando Henrique Cardoso y de Aecio Neves, derrotado en las urnas en 2014. Además de las maniobras con el poder judicial y el control del parlamento, el apoyo de importantes grupos empresariales, financieros y de los medios de comunicación burgueses (sobre todo Globo) es fundamental para la consecución del golpe.

Desde entonces, las investigaciones policiales de la Operación “Lava Jato” —según el Ministerio Público Federal, la mayor investigación de corrupción de la historia del país— y el juez responsable por su conducción, Sergio Moro, se volvieron omnipresentes alzando un discurso de moralización de la política, mientras Dilma y el PT se veían progresivamente aislados. Muchos esperaban que el proceso de impeachment fuera fuertemente contestado en las calles, sobre todo a partir de mayo de 2016, cuando Dilma es apartada del cargo para el juicio. Hubo protestas pero no sólo contra, sino también a favor de la destitución. Dos frentes populares, constituidos a finales de 2015, trataron de articular la movilización contra el golpe, por la democracia y la lucha por la defensa de derechos: el Frente Brasil Popular, constituido por casi setenta colectivos, sindicatos y movimientos populares (entre ellos el Movimiento de los Sin Tierra —MST—), afines o de apoyo crítico al PT; y el Frente Pueblo Sin Miedo, impulsado por el Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST) y una treintena de movimientos sociales y organizaciones que, si bien confluyen con el anterior en algunas convocatorias, hacen una crítica más radical al PT y al Estado, buscando la construcción de un nuevo espacio de referencia para los trabajadores y trabajadoras.

Eso no fue suficiente, sin embargo, para frenar el impeachment que se consumó finalmente el 31 de agosto de 2016. Buena parte del “campo autonomista” no salió a las calles, muchas veces para no confundirse con el propio PT y su campo. Reapareció, sin embargo, en una de las experiencias más interesantes de contestación y organización de este ciclo reciente: un activo y renovado movimiento de estudiantes de enseñanza secundaria que, en diversas ciudades brasileñas de todas las regiones del país, pasaron a ocupar sus colegios públicos no sólo como forma de resistencia a los gobiernos municipales y al gobierno federal, sino también como un experimentalismo político sin precedentes en el país. A partir de una organización interna horizontal y de intensas prácticas pedagógicas y formativas, las más de mil ocupaciones fueron y siguen siendo reprimidas. Cuando los padres, los directores de las escuelas o los periodistas preguntan a los estudiantes si no les importa perder el año escolar, la respuesta es unánime: “no estamos perdiendo un año, sino ganándolo”. Es pronto para decir cuáles serán las consecuencias de la experiencia de las escuelas ocupadas, pero ya han marcado a toda una generación de nuevos activistas, mucho más sensibles al feminismo, al ecologismo y al anticapitalismo que la militancia tradicional. Son el futuro ya presente, aunque la situación en el corto plazo, de manera más general, es dramática.

Las conquistas sociales previas, aunque tímidas, están fuertemente amenazadas. Derechos laborales y sociales conquistados a lo largo de varias décadas y generaciones de lucha se están resquebrajando. El discurso oficial de la crisis reaviva el there is no alternative alrededor de políticas privatizadoras, de recortes y de austeridad. La represión es creciente y la criminalización de los movimientos sociales y de cualquier forma de disidencia alarmante. Además de la coyuntura nacional, varios estados cierran el año 2016 inmersos en una de sus peores crisis y son los trabajadores y los más pobres los primeros a pagar las consecuencias.

El presente es muy duro, pero el futuro está abierto. Si lo que está en juego es una perspectiva emancipadora, sería un suicidio en este escenario pensar sólo en las elecciones presidenciales de 2018 y más todavía pensar que Lula será la salvación, como postulan algunos. Si entendemos las protestas de junio de 2013 no como un evento aislado, sino como un proceso amplio y complejo que no se ha agotado con el golpe, toca ahora reactivar el trabajo territorial —hegemonizado en los últimos años por sectores conservadores, principalmente evangélicos— y tratar de potenciar la articulación de las fuerzas sociopolíticas y los activismos emergentes.

Aquellos actores que nacieron en los años 1970 y 1980 como los “nuevos personajes” que entraban en escena (Sader, 1988) —el PT, el “nuevo” sindicalismo y varios movimientos populares— hoy son vistos como sinónimo de lo “viejo”. Pero el envejecimiento no lleva a una muerte abrupta, sino agonizante. Por eso, vivimos un escenario de transición donde lo “viejo” no terminó de morir y lo “nuevo” aún no ha florecido totalmente. El fin del ciclo político de la redemocratización abre un escenario incierto, pero el fin deun mundo no es el fin delmundo.

Breno Bringeles doctor por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, donde fue profesor. Actualmente es profesor adjunto del Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad Estatal de Río de Janeiro (IESP-UERJ), donde coordina el Núcleo de Estudios de Teoría Social y América Latina (NETSAL). Coordinador del Grupo de Investigación Militante de CLACSO y editor de openMovements, un proyecto de openDemocracy. La base de este artículo fue preparada inicialmente para una presentación en la ocupación de la Place de la Republique de París el día 2 de junio de 2016 por invitación de la comisión de Educación Popular de NuitDebout. Posteriormente, fue desarrollada y presentada en el Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad Estatal de Río de Janeiro (IESP-UERJ) el día 3 de octubre. Esta versión preparada para Viento Sur se nutre de esos debates y de la actualización de la reflexión aparecida originalmente en “2013-2016: polarization and protests in Brazil”, openDemocracy, Londres, 18/2/2016.

Referencias

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- Bringel, B. (2015) “Social movements, contemporary internationalism and patterns of global contestation”. En Breno Bringel y José Maurício Domingues (Eds.) Global Modernity and Social Contestation. Londres: Sage. Pp. 104-120.

- Bringel, B. (2013) “Miopias, sentidos e tendências do levante brasileiro de 2013”. InsightInteligência, julio/septiembre, n.º 43-51.

- Bringel (2009) “O futuro anterior: continuidades e rupturas nos movimentos estudantis do Brasil. Revista Eccos, n.º 11, pp. 97-121.

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- Sader, E. (1988) Quando novos personagens entraram em cena: experiências e lutas dos trabalhadores da Grande São Paulo (1970-1980). São Paulo: Paz e Terra.

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- Tilly, C. (1978) From mobilisation to revolution. Nueva York: McGraw-Hill.



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