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China
Una transición compleja con desenlace imprevisible
06/12/2016 | Aldo Bronzo

En la China de Xi Jinping, el marco político habitual no ha experimentado cambios sustanciales. El partido mantiene su habitual centralidad como estructura portadora del poder efectivo. El intento reciente de otorgar a los organismos estatales y provinciales un mayor papel en la gestión de las funciones no ha alterado el marco de referencia tradicional. Todo esto a pesar de que el desgaste de la credibilidad que necesariamente registra la dirección a los ojos de un cuerpo social cada vez más agitado da lugar a crecientes dinámicas divergentes y pulsiones dispares.

Un crecimiento cargado de contradicciones

El caso es que en la China actual está madurando una situación sumamente contradictoria y compleja que se deriva de la misma experiencia reformadora emprendida por Deng Xiaoping en 1978. En aquel entonces, pese al desarrollo general y nada despreciable de las fuerzas productivas de que podía jactarse efectivamente la China posrevolucionaria, se produjo un bloqueo atribuible tanto a la gestión del poder y a la centralización radical, que descartaba toda implicación de la sociedad civil, como a las feroces luchas intestinas que habían protagonizado los dirigentes más destacados. En esta situación, justo cuando acababa de desaparecer el “gran timonel”, Deng y su entorno decidieron que había que dar un giro que impulsara y estimulara el proceso productivo y lo sacara del callejón sin salida en que lo había metido el vacío ideologismo del “maoísmo” más ortodoxo, en el que, dicho sea de paso, la exaltación obsesiva de las virtudes cerebrales del líder carismático –con las continuas loas a la perfección del “pensamiento Mao Zedong”– se combinaba con medidas represivas contra toda disidencia.

Concretamente se pensó en introducir algunos elementos de la economía de mercado en la economía planificada, cuyo marco fundamental debía permanecer inalterado, al menos por el momento. No por casualidad, el propio Deng se encargó, en el momento de la botadura del conjunto del proyecto reformista, de señalar que la experiencia “reformadora” no debía rebasar límites muy precisos, en el sentido de que la naturaleza “socialista” de China no debía sufrir cambios sustanciales. No faltó la elaboración de una fórmula garantista, la de los “cuatro puntos cardinales”, que se estableció también para replicar a las críticas vehementes de los “conservadores” vinculados a Chen Yun. Estos últimos atacaban ferozmente la puesta en práctica de la “reforma”, temerosos de sus consecuencias y sobre todo de que su aplicación pudiera poner en tela de juicio, a la larga, las conquistas revolucionarias, para después provocar una verdadera alteración de los rasgos fundamentales que había adquirido el Estado chino desde 1949.

En todo caso, Deng se salió con la suya y logró imponer su proyecto, basado en la experimentación práctica y en una actitud pragmática. Después de algunas vacilaciones y relanzamientos problemáticos, dicho proyecto puso en marcha ante todo una apertura bastante despreocupada a los capitales extranjeros, que comenzaron a afluir masivamente al país, donde encontraban una mano de obra muy abundante que acudía a los centros urbanos después de que, con la disolución de las “comunas”, se produjo un excedente que superaba los 200 millones de personas. Por otro lado, mediante una astuta manipulación, se mantuvo jurídicamente en vigor la cláusula maoísta del hukou, que obligaba a los campesinos a permanecer en su aldea so pena de verse privados de cualquier derecho social. De este modo, la colosal migración de campesinos a los centros urbanos en que se basó la “reforma” denguista fue simplemente ignorada en el plano oficial, asegurando así un aprovechamiento sin límites de la fuerza de trabajo gracias a la ausencia de gastos sociales por parte de la clase empresarial que empezaba a formarse. En pocas palabras, el bajo coste de la mano de obra permitió cada vez más aplicar un precio reducido a los productos, que con ello podían resultar competitivos en el mercado internacional, mientras el Estado chino, gracias a una política fiscal bastante eficaz, conseguía acumular ingentes reservas de divisas extranjeras, ante todo de dólares.

No se puede negar que aquel proyecto fue, en términos generales, un éxito económico por todo lo alto. Es indudable que China ha conocido un desarrollo sostenido de las fuerzas productivas hasta convertirse en la segunda potencia económica mundial, por detrás tan solo de EE UU; el consumo ha aumentado visiblemente en todas las capas sociales y las reservas de dólares han alcanzado niveles nunca vistos. Sin embargo, el tipo de desarrollo adoptado –y sus adaptaciones sobre la marcha, practicadas por quienes se han ido sucediendo en el liderazgo de China tras la desaparición de Deng Xiaoping, a saber,

Jiang Zemin y Hu Jintao–, ha tenido también los inevitables efectos negativos. En primer lugar, debido a la paradójica corrupción que ha implicado a todas las estructuras del Estado y del partido, combatida con dudosa eficacia mediante continuas campañas lanzadas por todos los líderes que han accedido al puesto de mando; un fenómeno que se ha propagado a todos los niveles del mundo político y económico de China y que ha involucrado plenamente a los sectores empresariales que se han formado progresivamente.

También es cierto que, a despecho de todas las iniciativas adoptadas y repetidas para combatir el fenómeno en su conjunto, este estrato empresarial de verdaderos acaparadores ilegítimos de bienes públicos ha operado hasta ahora en condiciones de gran impunidad, razón por la que parece completamente creíble el dato que cifra en unos 700 000 millones de dólares el valor de los capitales que se evadieron ilegalmente de China entre 2002 y 2011; ni que decir tiene que todo esto se da con la clara cobertura no precisamente desinteresada de amplios sectores del funcionariado del régimen. Estos comportamientos ya endémicos en el panorama político chino solo han sido combatidos recientemente con cierta resolución por parte de la dirección que se ha formado alrededor de Xi Jinping.

Así, parece que la comisión ad hoc creada por el nuevo presidente ha decidido incluso investigar el comportamiento de más de 200 000 cuadros, de los que han sido detenidos algunos centenares; una especie de limpieza que ha tocado incluso a sectores de la alta burocracia del régimen, como Zhou Yongkang, que de máximo representante de la “seguridad” se ha convertido en un abrir y cerrar de ojos en asiduo no precisamente entusiasta de una de las cárceles del país. De todos modos, no debemos olvidar cómo algunos años atrás se informó, de fuentes periodísticas occidentales fidedignas, que podían demostrar que numerosas empresas habían sido confiadas a familiares y personas directamente relacionadas con el presidente Xi Jinping para crear una especie de “imperio millonario”. Un dato que no ha sido convincentemente desmentido y que arroja una luz de duda sobre el alcance de esta enésima iniciativa de la cúpula del régimen para controlar un fenómeno que ha alcanzado dimensiones estructurales e irreversibles.

Una consecuencia adicional del proceso de “reforma” ha sido la anulación casi sistemática de todas las prestaciones sociales que en la época “maoísta” estaban de alguna manera aseguradas, y que desde la aplicación de la “reforma” de Deng han sido objeto de sucesivas privatizaciones, con el resultado de que su disfrute ha pasado de depender de la posibilidad que tenga cada individuo para pagarlas. Mención aparte merecen las increíbles desigualdades sociales y diferencias de renta que se han producido a medida que avanzaba la “reforma” y las categorías de mercado adquirían un carácter prevalente, rebasando los mismos límites que había marcado Deng prudentemente en el momento de la botadura de la “reforma”. Sirva de ejemplo la evaluación de algunos expertos occidentales, que afirman que los 500 hombres más ricos de China ingresan tanto como 900 millones de personas durante dos años; o el dato atribuido al Banco Mundial, que ha informado que en 2010 el 1 % se había apropiado del 41 % dela renta nacional, mientras que fuentes de Pekín han confirmado recientemente que las diferenciaciones entre los diversos estratos sociales están consolidándose o incluso acentuándose. Todo esto en nombre de un “socialismo con características chinas” –que no se precisan–, del que se comenta en Pekín, en voz baja, que las “características chinas” son evidentes, mientras que del “socialismo” no queda ya ni rastro.

Sin embargo, más allá de las consideraciones obvias sobre un modelo de desarrollo que ha beneficiado a capas sociales muy concretas, es evidente que todo giraba en torno a un enganche con el mercado mundial, bien por la penetración de los capitales que debían nutrir las inversiones, bien por el destino de las mercancías producidas gracias a la explotación más salvaje de una fuerza de trabajo a la que se negaba sistemáticamente cualquier forma de defensa o de representación sindical. Bastaba la orden pertinente emitida por las eminencias grises del régimen o por la facción que prevaleciera al término de furibundas luchas para asegurarse el control de los centros de poder que importan.

El “cambio de rumbo” de 2008 y los diversos modos de abordarlo

Este marco de referencia, que de hecho ha dado pie a un desarrollo general de las fuerzas productivas, experimentó un cambio brusco con el estallido de la crisis en el mundo occidental en 2008; en la práctica, los capitales comenzaron a afluir en menor cantidad hacia China, mientras que los productos chinos no encontraban compradores suficientes fuera del mercado nacional. Debido a ello se registró la quiebra de 67 000 pequeñas y medianas empresas, con el consiguiente despido de alrededor de 20 millones de trabajadores, que de la noche a la mañana fueron a engrosar las filas de los parados.

El grupo dirigente, que en aquel momento se agrupaba alrededor de Hu Jintao, se vio obligado a reaccionar, aunque solo fuera para evitar recaídas en el plano social con consecuencias imprevisibles; así que se concibió un plan de inversiones públicas por importe de 586 000 millones de dólares con vistas a relanzar un desarrollo que, de no tomarse medidas, parecía abocado a sufrir un declive tendencial. De este modo, la mera dinámica de las fuerzas de la economía de mercado pasó a considerarse insuficiente para relanzar el desarrollo económico, razón por la cual se confiaba en los “estímulos garantizados por el Estado”, que puso en práctica una especie de gigantesca “socialización de las pérdidas” para mantener en pie un edificio económico que mostraba en ese momento síntomas inequívocos de agotamiento de los factores impulsores que habían caracterizado toda la experiencia reformista desde el momento de su inicio en el ya lejano 1978.

En suma, aparecían cada vez más indicaciones altamente significativas: por un lado, la demanda de productos chinos registraba una caída espectacular en los mercados internacionales, y por otro las multinacionales se mostraban cada vez más reacias a transferir producción e intereses a China. Era como si las leyes de la economía de mercado, más allá de los “éxitos” de la primera fase de la “reforma”, reclamaran ahora sus cuentas. Para evitar un colapso ruinoso (hard landing), no quedaba más remedio que dar un impulso al conjunto del proceso productivo mediante un potente programa de obras públicas, es decir, de “estímulos” que supusieron una carga inevitable para la hacienda pública.

El resultado de este plan de salvamento lanzado por Hu Jintao y su entorno fue, no obstante, sumamente contradictorio; por un lado, de hecho el declive económico se ha visto de alguna manera frenado, pero al mismo tiempo esta fuerte emisión de dinero por parte de las autoridades centrales ha contribuido a aumentar la deuda pública que, según estimaciones oficiales, llegó a alcanzar la astronómica cifra de 3 400 billones de dólares, aunque en este dato ha influido de modo considerable la acción emprendida por los organismos periféricos que, para hacer frente a las exigencias más dispares, no dudaron en recurrir al capital especulativo (hot money) por iniciativa no precisamente ortodoxa de los “bancos en la sombra” (shadow banks), con el resultado no exactamente estimulante de contribuir a una auténtica crisis del crédito (credit crunch) y el consiguiente riesgo de provocar una catastrófica crisis financiera generalizada.

A esto se añadieron impulsos que provocaron una producción excedentaria (overcapacity) en algunos sectores primarios y presiones más o menos impropias para hacer converger importantes recursos en una especie de financiarización de la economía, en el sentido de que demasiados recursos acababan siendo desviados al sector bancario en vez de la economía real y los sectores productivos.

En suma, un conjunto de factores que indujeron a la nueva dirección surgida del XVIII Congreso del PCC a operar un cambio de rumbo y relanzar el proceso productivo que presentaba peligrosos síntomas de deterioro. En concreto, el nuevo proyecto diseñado por Xi Jinping y Li Keqiang tendía a potenciar la proyección hacia los mercados internacionales, en la que, en lugar de la mera exportación de productos de bajo coste que venía siendo la norma, se privilegiaba un fuerte crecimiento de las inversiones chinas en el extranjero, la creación de una vasta red de estructuras financieras regionales y globales para el desarrollo, el proyecto de una nueva “ruta de la seda” para hegemonizar el comercio internacional en zonas muy concretas, una internacionalización del sector bancario y de seguros, el desmantelamiento de las barreras que obstaculizan la circulación de capitales y el aumento del papel del yuan como moneda de intercambio en los mercados internacionales.

Las repercusiones en el interior del país eran inevitables, con una reforma del sistema financiero basada en la adopción de medidas encaminadas a liberalizar los tipos de interés bancarios y a crear instrumentos financieros de mercado –acciones, obligaciones, productos derivados–, de manera que pudiera establecerse, de modo endógeno y sin la intervención de la administración del Estado, una estructura completa del tipo de interés en función de la duración del plazo de vencimiento y de la categoría de los títulos.

En resumen, el recurso a las categorías de la economía de mercado se generalizó y completó. Así, la dirección surgida del XVIII Congreso pensaba haber descubierto la clave de bóveda del necesario “relanzamiento”. Por consiguiente, se acabaron los “estímulos” estatales para sostener la economía –como habían preconizado hasta entonces Hu Jintao y los suyos–, sino apostar con un aumento del consumo interno para compensar la contracción registrada en los mercados internacionales, revirtiendo la inveterada costumbre de los chinos de “ahorrar”, debida entre otras cosas a la necesidad de pagar de su bolsillo los servicios sociales y sanitarios desde que se anularon las prestaciones vigentes en la época de Mao.

Además, se subrayó la importancia de agilizar los trámites y anular los controles preventivos de los organismos centrales para encomendarse así a las fuerzas salvadoras e impulsoras del mercado. Con ello centenares de medidas que antes requerían el visto bueno de la autoridad gubernativa, ahora podían ponerse en práctica libremente por parte de las empresas privadas. Al mismo tiempo, muchas funciones fueron delegadas en las autoridades periféricas, las mismas que previamente habían sido objeto de escarnio público por ser las principales responsables de que la deuda pública hubiera adquirido proporciones astronómicas, sin poner en tela de juicio la capacidad misma del conjunto del sistema para sostenerse a medio o largo plazo.

La debilidad del proyecto de Xi Jinping

Sin embargo, el marco global que se deriva de la adopción no precisamente ordenada de estas medidas sigue caracterizándose por una gran incertidumbre. Está claro que China todavía puede alcanzar tasas de crecimiento bastante sostenidas, en virtud del refuerzo del yuan y del dinamismo en los mercados internacionales, donde la amplia reserva de divisas, que asciende a unos 3,3 billones de dólares, permite a la Empresa China de Inversiones financiar operaciones sumamente eficaces. Además, el yuan ha obtenido el deseado reconocimiento como divisa incluida en la cesta de monedas sustitutivas del dólar en los intercambios internacionales.

Finalmente, con un acto que ha sonado como un desafío abierto a la consabida hegemonía estadounidense en los mercados internacionales, se ha procedido a la fundación del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras (Asian Infrastructure Investment Bank,AIIB), con el que se pretende reagrupar sectores enteros de las finanzas internacionales para llevar a cabo operaciones que reconozcan el papel dirigente y piloto de Pekín en sectores nada irrelevantes del comercio mundial. Y esto, ni que decir tiene, no es poca cosa, configurándose como un nuevo colofón de los éxitos que han logrado los chinos a lo largo de los últimos treinta años.

Ahora bien, está claro que en el interior del país aparecen connotaciones específicas que marcan un declive sustancial y el debilitamiento de los impulsos más dinámicos de la “reforma” iniciada por Deng Xiaoping en 1978, que hasta ahora había asegurado tasas de crecimiento sostenidas. Los datos estadísticos al respecto no dejan lugar a dudas. Así, si antes de la crisis de 2008 China podía jactarse de un aumento anual del PIB de alrededor del 10 %, en 2013 pasó al 7,3 %, mientras que en 2015 ha descendido al 6,8 % y para el quinquenio 2020-2025 los analistas prevén un crecimiento que oscilará en torno al 3,9 %. Por lo demás, no han dejado de expresarse dudas desde varios lados sobre la veracidad de los datos publicados por las autoridades chinas, y algunos organismos de prestigio consolidado entienden que el ritmo de crecimiento real puede cifrarse ahora en torno al 3 %.

No cabe duda de que estas evaluaciones y previsiones han de tomarse con cautela y están pendientes de su confirmación empírica por el desarrollo de los acontecimientos. De todos modos, lo que sí está claro es que ya ahora el proyecto de Xi Jinping, concebido para relanzar la economía, muestra lagunas y carencias de varios tipos; en primer lugar, porque el consumo interno no aumenta suficientemente, pese a las iniciativas que desde hace poco han recuperado ciertas prestaciones sociales mínimas gracias a la aplicación de medidas que han creado un embrión de asistencia sanitaria generalizada y una ligera mejora del régimen de pensiones. Las máximas jerarquías del régimen se han apresurado a anunciar reiteradamente que en los próximos años se incrementarán aún más las prestaciones sociales y se mejorarán las pensiones.

Sin embargo, no hay nada que hacer: el chino medio sigue sin fiarse de las “garantías” que le ofrecen ahora los detentores intocables del poder y sigue mostrándose reacio a “consumir”, mientras que el intento de constituir una clase media urbana más propensa al consumo mediante la afluencia de campesinos a las grandes ciudades parece haberse frustrado recientemente a causa de una poderosa tendencia contraria a “volver al campo”, sobre todo tras los despidos masivos que siguieron a la crisis de 2008. El caso es que el mercado mundial ya no absorbe los productos chinos, mientras que el mercado interior tarda en despegar y languidece por debajo de las expectativas.

Por otro lado, los éxitos que se vislumbran a escala internacional gracias al fuerte dinamismo en los mercados mundiales, a la larga no podrán compensarlas tendencias al declive y a la contracción del desarrollo que se observan cada vez más en el plano nacional. Con el tiempo, esas tendencias, si se consolidan, acabarán inevitablemente poniendo en tela de juicio las vigorosas proyecciones con las que se intenta combatir la consabida hegemonía estadounidense a escala mundial.

De todos modos, no es tan solo la insuficiencia del consumo interno la que caracteriza la evolución negativa de la economía china en esta fase. Tal vez un factor todavía más importante sea el fenómeno bastante extendido de la sobreproducción, que se ha manifestado en sectores muy relevantes como el siderúrgico y el metalúrgico, y que se traduce en una fuerte paralización de estos sectores, hasta ahora controlados por el Estado. En efecto, el desarrollo de estos sectores en los decenios precedentes se basó en que el mercado mundial, en cierto modo, “tiraba” de ellos e inducia la inversión de cuantiosos capitales en el sector de los bienes de equipo. Los “estímulos” lanzados por Hu Jintao y su entorno acentuaron esta dinámica e impulsaron la inversión en estos sectores “de base”.

Ahora la música, por decirlo así, ha cambiado, en la medida en que el mercado mundial ya no demanda la producción de bienes de equipo y esas empresas zombis –como se han calificado expresamente– han de desmantelarse o, al menos, redimensionarse drásticamente, según planes que se han explicitado. En todo caso, la operación no será indolora si es cierto que estos procesos de “racionalización”, que ahora se consideran indispensables, comportan la expulsión de más de 10 millones de trabajadores del proceso productivo. De ahí que para los malaventurados de turno la previsión anunciada de medidas gubernamentales por importe de más de 15 000 millones de dólares no parezca suficiente para resolver con garantías los problemas que surgirán inevitablemente, entre otras cosas porque las autoridades centrales no ocultan la necesidad de asegurar algo así como 10 millones de nuevos puestos de trabajo al año para ofrecer una perspectiva ocupacional a las nuevas generaciones. Visto el marco de referencia que toma cuerpo en el plano económico, en que el conjunto del aparato productivo parece hallarse en una fase de contracción, es como si lloviera sobre mojado.

Vuelven los “estímulos”

Está visto que el grupo dirigente del que se ha rodeado Xi Jinping se ha percatado a su modo de la complejidad de la situación y de las crecientes dificultades que se interponen en el camino trazado. La reacción ha consistido en una serie de medidas que no destacan precisamente por su coherencia. En primer lugar, se ha intentado mantener al máximo posible el nivel de financiación de las pequeñas y medianas empresas, las que pueden verse más fácilmente afectadas por este clima de crecientes dificultades. Así, aparte de facilidades fiscales de diverso tipo, se ha impuesto a los bancos un tipo muy bajo, es decir, un grado de cobertura financiera nada costoso.

A primeros de febrero de 2015, el Banco Central redujo medio punto el porcentaje de reservas bancarias obligatorias, situándolo en el 19,5 % y liberando de este modo el equivalente a 100 000 millones de dólares para inyectarlos en el mercado. Sin embargo, lo que parece más significativo es el recurso a los “estímulos” gubernamentales, con referencia explícita y reiterada a medidas que estaban muy bien vistas cuando era Hu Jintao quien llevaba la batuta y que hacía poco habían sido retiradas por Xi y su entorno por considerarlas inadecuadas, acompañando la decisión de sermones moralizantes sobre los peligros derivados de la adopción de ese tipo de medidas.

Pero no hay nada que hacer; la situación es la que es y no parece admitir soluciones alternativas válidas.Así, tan solo en 2015 los “estímulos” públicos alcanzaron en conjunto un importe de 115 000 millones de dólares, destinados a la construcción de aeropuertos, vías de ferrocarril de alta velocidad, túneles y puentes. No obstante, no se trataba de una solución provisional, destinada tal vez a cubrir necesidades coyunturales. Las líneas programáticas aprobadas por la Asamblea Nacional del Pueblo el 3 de marzo de 2016 fijaron unas orientaciones meramente indicativas con respecto a los problemas que se plantean a la dirección que se consolidó en la cúspide del poder al término del XVIII Congreso del PCC.

En el informe de Li Keqiang se evidenció de nuevo la necesidad de apostar por el desarrollo de una economía de servicios que responda a las exigencias de una sociedad que ha experimentado una metamorfosis incontestable y por tanto de dejar de lado los modelos de desarrollo precedentes. Sin embargo, este preámbulo no impidió al primer ministro referirse a los fundamentos del desarrollo para el ejercicio en curso; ni que decir tiene, se trata de los “estímulos” llamados a desempeñar un papel de gran importancia, según un esquema muy concreto:1) 800 000 millones de yuanes –equivalentes a 123 000 millones de dólares– destinados a nuevas infraestructuras ferroviarias; 2) 1,65 billones de yuanes –equivalentes a 254 000 millones de dólares– destinados a la construcción de una red de carreteras más eficiente. En total 377 000 millones de dólares. Sin esto, el desarrollo indispensable para mantener la situación bajo control acabará en nada. Las necesarias correcciones presupuestarias se aplican con la debida puntualidad, razón por la cual el propio Li se ha encargado de precisar que la relación entre el déficit y el PIB, previamente fijada en el 2,3 % anual, debe incrementarse al 3 %. Esto significa, como ya se había previsto expresamente, que la deuda pública está abocada a aumentar.

Por lo demás, las estadísticas al respecto son incontrovertibles y confirman la subsistencia de un problema que concierne tanto a la esfera privada como pública. En el primer caso, ha habido que registrar un aumento de la morosidad bancaria, relacionada sobre todo con el sector inmobiliario, después de que el auge de la construcción de la década anterior hubiera registrado un exceso de oferta, más o menos relacionado con fenómenos especulativos y con una política no precisamente ortodoxa de expropiaciones de tierras de campesinos, que de este modo se vieron privados de sus tierras para destinarlas a la construcción inmobiliaria. Ahora, con la contracción del crecimiento y la disminución del poder adquisitivo, no se ha podido evitar una caída de las compras, con la consecuencia inevitable de que la oferta de inmuebles no encuentra compradores y la consiguiente morosidad bancaria y numerosas quiebras, que generan crecientes dificultades para el sistema crediticio.

Sin embargo, la parte preponderante corresponde al sector público, en el que la expansión de los préstamos de las administraciones locales se convierte a menudo en créditos incobrables (non performing loans), mientras que la deuda acumulada debido al papel censurable de los “bancos en la sombra” amenaza con disuadir a los inversores y ahorradores. A estas causas estructurales de la formación de la “deuda” se ha añadido recientemente el recurso prácticamente sin freno a los “estímulos” encaminados a mantener en pie el edificio económico entero y asegurar el “desarrollo”, sin el cual los equilibrios sociales y políticos corren el riesgo de alterarse con consecuencias difíciles de predecir. Y las previsiones al respecto parecen todo menos tranquilizadoras si el propio crecimiento de la deuda ha adquirido ya un ritmo frenético y una dinámica acelerada: en los primeros tres meses de 2016, la deuda ha ascendido al 237 % del PIB, mientras que, a finales de 2007, es decir, antes de que la crisis se extendiera por todo el planeta, no superaba el 148 %.

Estos datos han alarmado a los centros financieros y económicos occidentales, vista la conexión financiera y económica que vincula a China con el resto del mundo, dado que el aumento desproporcionado de la deuda de la segunda potencia del planeta podría tener consecuencias globales nada irrelevantes. No es casualidad que el Financial Times haya afirmado recientemente que cabe prever, en la situación actual de China, la aproximación de un “momento Lehman”, con indudable referencia al colapso del sistema bancario estadounidense que en 2007 abrió la puerta a la crisis generalizada.

En suma, para algunos observadores el advenimiento del punto de ruptura no es más que una cuestión de tiempo, aunque no faltan analistas de diversas tendencias que han propuesto evaluaciones más tranquilizadoras, previendo que bajo las órdenes del Partido-Estado, el Banco Central conservará de todos modos la capacidad para conjurar una crisis que asestaría un golpe fatal a la estabilidad social.

Una estabilización compleja y precaria

Es difícil predecir las repercusiones sociales y políticas en relación con las perspectivas que parecen concretarse en la China posdenguista, por mucho que el régimen, pese a su desenvoltura digna de mejor causa, persista en presentar el conjunto como algo perfectamente acorde con su proyecto, que pone el acento prioritariamente en el desarrollo

“intensivo”, la renovación tecnológica autóctona –y ya no dependiente de las importaciones de productos extranjeros– y el aumento del consumo interior con el fin de basarse cada vez menos en las exportaciones. Sin embargo, más allá de estas evaluaciones inspiradas en una lógica más que nada autojustificativa, está claro que la reducción tendencial del ritmo de crecimiento planteará serios problemas a la cúpula del régimen, es decir, el aparato dominante que ha anulado progresivamente todas las características que había asumido la sociedad china al término de la experiencia revolucionaria y que, a pesar de la búsqueda más reciente de un marco de referencia inspirado en una mayor ortodoxia legalista, sigue gestionando el poder de modo casi esotérico y en todo caso al abrigo de cualquier eventual impulso que provenga autónomamente del cuerpo social.

Concretamente, un cruce de factores que podría delinear la decadencia del “pacto no escrito” –del que ha hablado más de un observador occidental–, según el cual la sociedad civil seguiría aceptando que le priven del ejercicio de sus derechos políticos a cambio de un desarrollo que garantice una mejora de las condiciones de vida. Un proyecto que, visto el marco de referencia que asoma en el horizonte, parece destinado a vacilar temerosamente, liberando fuerzas centrífugas e impulsos heterogéneos que obligarán a reconsiderar los problemas que hay sobre el tapete, más allá de los cánones un tanto estrechos que proponen los detentores intocables del poder. Procesos de este tipo ya empiezan a producirse implícitamente si los “incidentes sociales” superaron en 2011 la cifra de 200 000, mientras que esta clase de episodios se multiplicaron en 2013 y 2014 hasta tal punto que las eminencias grises del régimen acordaron la suspensión de la difusión de los datos.

De ello se deriva que la documentación disponible al respecto es bastante fragmentaria, pese a que todas las fuentes confirman un contexto caracterizado por dinámicas bastante extendidas que tienden a poner en tela de juicio la lógica imprescindible del beneficio y de las “exigencias del desarrollo”, como sostienen los medios oficiales del régimen, con el aval nada gratificante de los sindicatos oficiales, siempre inclinados a dar por buenas las decisiones impuestas por la cúpula del poder constituido. La tipología de “incidentes sociales” es muy variada y bastante fragmentaria, y va de las huelgas para obtener mejoras salariales a las luchas por cobrar los “atrasos” adeudados. No faltan manifestaciones de protesta para oponerse a proyectos impulsados por el poder constituido por considerarlos contrarios al equilibrio ecológico o movilizaciones para reclamar la liberación de quienes, tal vez por exceso de combatividad, han sido condenados por algún aplicado funcionario de la periferia a nutrir las filas de los asiduos a las galeras patrias. Es cierto que prevalece un clima de diversificación territorial que conduce casi siempre a la constitución de un sindicalismo “molecular”, válido únicamente para la experiencia asociada al puesto de trabajo o a la realidad local que, por fuerza, no contribuye a la configuración de una tendencial alternativa de conjunto al poder constituido.

Sin embargo, las jóvenes generaciones de trabajadores, formadas principalmente por las levas procedentes del mundo rural para buscar en el ambiente urbano una salida profesional alternativa a la garantizada hasta ahora en el campo, muestran una propensión a la lucha reivindicativa y, en gran medida, a desobedecer las disposiciones que provienen del poder constituido. Este tipo de comportamiento no encaja muy bien en el proyecto normalizador y eficientista promovido por Xi Jinping y su entorno para sortear las crecientes dificultades que tiene que afrontar China, una vez que parece que la fase expansiva de la “reforma” ha superado ya la fase propulsiva.

No obstante, este clima reivindicativo bastante extendido todavía no ha engendrado los embriones de una alternativa de tipo general capaz de reunir, en el plano político, a las amplias masas del mundo del trabajo en torno a proyectos que se configuren como contrapuestos a los propiciados por los centros de poder. Concretamente, lo que acaece a nivel molecular en el mundo del trabajo no encuentra después una expresión suficiente a nivel político global. En particular, los intelectuales de la “nueva izquierda”, que en los últimos años habían mostrado un amplio respaldo a proyectos entendidos como contrapuestos a la creciente tendencia de la cúpula del régimen a aplicar categorías de la economía de “mercado”, han conocido un compás de espera, sobre todo desde que el miembro del régimen más receptivo a temáticas del género –es decir, Bo Xilai– ha quedado apartado de los centros de decisión a raíz de un proceso judicial cuyos contornos no resultan nada transparentes. Sea como fuere, al menos por ahora parece que la “nueva izquierda” ha quedado amordazada, razón por la que no aparecen en el horizonte alternativas políticas al poder constituido.

En suma, un contexto de elementos de juicio que ha inducido a la cúpula del régimen a lanzar algunas iniciativas para reunificar un cuerpo social donde pululan las tendencias más dispares y las pulsiones más divergentes. En primer lugar, se ha procedido a un refuerzo notable de los órganos policiales y demás agencias encargadas de la “seguridad interior”. Según algunas fuentes, las dotaciones presupuestarias destinadas a financiar estos órganos y agencias llegan hasta 769 000 millones de yuanes, superando incluso las destinadas al gasto militar, que al parecer ascienden a 720 000 millones de yuanes. Lo que significa que, si las cosas van a peor, el régimen está preparado para responder con una represión letal que inevitablemente diezmaría las vanguardias más conscientes y, más en general, las franjas más combativas de los sectores no dispuestos a aceptar la “normalización” propuesta por quienes detentan el poder.

Mientras tanto, se experimentan otras vías, como la reciente recuperación, tan paradójica como anacrónica, de la figura de Confucio y con él la de sus elaboraciones en torno a la “armonía social”, en la que, para evitar cualquier metáfora puramente alusiva, todo se reduce a la aceptación pasiva, por parte de las clases subalternas, de las decisiones y opciones tomadas por el poder constituido. En suma, que el poder mande y los súbditos obedezcan. Como es costumbre. A esta salida inicial no demasiado convincente le ha sucedido la exhumación de la concepción “maoísta” de la “línea de masas” que, más allá de las sucesivas interpretaciones apologéticas, se ha traducido siempre en la implicación de los sectores populares en proyectos elaborados por el núcleo dirigente del partido, sobre los cuales, ni que decir tiene, las masas nunca han sido invitadas a decir la suya en la fase de elaboración, ni a proponer modificaciones en el momento de la ejecución.

En fin, se trata de disciplinar a los intelectuales –bajo amenaza de enviarlos al campo a “aprender de los campesinos”– porque es muy probable que la gente de cultura manifieste reflexiones significativas sobre las opciones fundamentales tomadas por el poder constituido para dar lugar después a proyectos que delineen soluciones alternativas. En la práctica asistimos a una exhumación bastante paradójica de métodos muy queridos por Mao Zedong, no en vano en su tiempo el “gran timonel” había recurrido a ellos para despejar de antemano el campo de cualquier adversario interior sin recurrir a la confrontación política ni al examen de las posiciones de sus interlocutores. Hoy, dentro del contexto dado, se recuperan procedimientos de este tipo para que todo buen entendedor se percate de que no se concederá espacio a las propuestas surgidas autónomamente del cuerpo social que pudieran hallar entre los intelectuales el terreno fértil para proyectos antitéticos con los propiciados por el aparato dominante.

En definitiva, ante las hipotéticas tensiones sociales que pudiera conocer China en breve, se abre la siguiente alternativa: o bien se acepta la reunificación social bajo la batuta paternalista-correctiva de la nueva dirección surgida del XVIII Congreso del PCC, o bien se aplicarán las medidas represivas de la burocracia dominante, con la posibilidad de acabar en algún rincón perdido de la campiña china. Un proyecto que, en cualquier caso, tendrá que adecuarse al desarrollo efectivo de los acontecimientos y con numerosas variables de naturaleza económica, social y política difíciles de evaluar en estos momentos. Y no está escrito que en la China de XiJinping todo haya de evolucionar según las previsiones de la cúpula del poder. En la China de después de Deng, la incertidumbre y las previsiones dudosas prevalecen claramente sobre la consistencia de los datos ciertos.

Aldo Bronzo es historiador y autor de I comunisti in Cina. Le origini. La presa del potere. Mao Zedong e la rivoluzine culturale. Il dopo Deng, Red Star Press, Roma, 2016.

17/10/2016

https://anticapitalista.org/2016/10/17/la-cina-di-xi-jinping/

Traducción: VIENTO SUR



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