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Presentación del libro "Los árabes y el Holocausto" de Gilbert Achcar
"El lector se interna por caminos oscuros y envenenados en los cuales el autor se encargará generosamente de ir señalando brechas de esperanza"
30/11/2016 | Silvana Rabinovitch

Una fecha: 2 de noviembre de 1917:

Estimado Lord Rotschild:

Tengo el placer de dirigirle, en nombre del Gobierno de Su Majestad, la siguiente declaración de simpatía hacia las aspiraciones de los judíos sionistas que ha sido sometida al Gabinete y aprobada por él.

El Gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento de un hogar nacional en Palestina para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar el logro de este objetivo, quedando bien entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, ni los derechos y estatus político de que gocen los judíos en cualquier otro país’.

Le quedaré agradecido si pudiera poner esta declaración en conocimiento de la Federación Sionista.

Sinceramente suyo,

Arthur James Balfour

Un trozo de papel de poco menos de un siglo, signa el inicio de un desvío que no cesará de cobrar vidas. Un Libro entero (sagrado), leído ininterrumpidamente durante generaciones, no es capaz de evitar la idolatría que este papelito desató, firmado por el entonces ministro de relaciones exteriores británico y dirigido a un Barón judío, que vivía de la Banca y en sus ratos libres disecaba pájaros. El movimiento sionista judío recibió ese papel como el maná del desierto y, al igual que en el desierto, le sigue construyendo un becerro de oro al cual sacrifica sus alas, mientras engendra bandadas de pájaros disecados. De niña escuché esa historia “milagrosa”, producto de los buenos oficios de nuestros lobistas. Más tarde entendí que, para quienes habitaban esa tierra, el papel “milagroso” era leído de otra forma/1.

“¿Qué valor tiene la Declaración de Balfour? Se trata de un compromiso que asumen quienes no son dueños de nada para entregar lo que no es suyo. Pretende engañar a los judíos y hacerlos albergar esperanzas con miras a un choque con Oriente y una capitulación ante Occidente. El resultado sólo puede ser un estado de eterna hostilidad entre ellos y los pueblos árabes y las naciones del islam […] la Declaración de Balfour juega en detrimento de los judíos tanto como de los árabes…

Occidente hará un trato justo con los judíos mientras sea ese Occidente que nosotros conocemos y que los judíos conocen. ¿Acaso quieren los sionistas heredar Palestina y, junto con ella, la infinita hostilidad del Este? Pienso que los judíos evitarían esto. Pero ¿quién sabe? Quizá un día podamos celebrar el entierro de la Declaración de Balfour junto con ellos, después de que todos nosotros logremos ver que esta Declaración es un presagio del mal tanto para árabes como para judíos

Esta cita, del discurso que el egipcio ‘Abdul-Rahman ‘Azzam pronunciara en Nablus, en noviembre de 1935, da cuenta del movimiento que acompañará al lector a lo largo de las 473 páginas del libro de Gilbert Achcar Los árabes y el Holocausto. La guerra de narrativas árabe-israelí. Como un ejercicio implacable de crítica y autocrítica (que recuerda al “método crítico-paranoico”, hiperestésico, propuesto por Salvador Dalí), el ritmo que marca su autor es la exigencia de empeñarse en leer desde el punto de vista del otro. Y aquí nadie se salva (quedan descalificados los descalificadores prejuiciosos de cualquier color), el lector debe saltar sin descanso de un punto de vista al otro. Claro que el ejercicio aeróbico de lectura se hace adictivo porque el cuidado del lenguaje es notable. Se trata de un libro de historia inquietante, que busca justicia en el pasado para invocarla en el presente, en tiempos urgentes. Pero es una búsqueda de justicia que no va por la vía fácil de la denuncia (que siempre encuentra al otro culpable), o de la distancia ecuánime que -hipócrita- pretende objetividad, sino que se despliega en una escritura responsable en todos los sentidos del término (moral y político, autónomo y heterónomo). El historiador Gilbert Achcar pone el cuerpo en cada letra de este libro, su honestidad es poco frecuente porque busca una verdad compleja: objetiva y subjetiva a la vez, comprobable en documentos pero también en testimonios de humanidad. Las originalidades del libro son muchas, una de ellas es que no opone burdamente narrativas sordas, sino que señala en todo momento el lugar en el cual se pueden –se deben- abrir a la escucha.

El autor aborda el tema por el bies más escabroso y manoseado: “la batalla por los nombres” que se da entre “palabras cargadas de dolor” (p. 44):

Las simetrías entre los diversos términos –Shoá/Nakba, desplazado/refugiado, Ley del Retorno/derecho de retorno, UNRRA/UNRWA [1943-7/1949] (y la lista podría extenderse) nos debería dar en qué pensar, aun cuando las dos situaciones no sean perfectamente simétricas”.

El cuidado empieza por el título (y por la aclaración de qué entiende el autor en cada caso): ¿cómo y por qué hablar de "árabes"? (Son muchos y diversos… los hay musulmanes, cristianos y también judíos, estos últimos aquí en México se llaman así, no se disfrazan de “sefaradíes” ni de “orientales” como suelen hacerlo en otros lados) [¿y qué decir de la gama inmensa de judíos? ¿puede acaso considerarse un pueblo?)] ¿Cómo y por qué hablar de "Holocausto" o "Shoá"/2? Los nombres sacralizantes enredan más de lo necesario… y las mayúsculas inexistentes en ambas lenguas complican, exhibiendo una majestad inexplicable ante el dolor. (Las víctimas lo llamaron en ídish –júrbn- como a la destrucción del Templo en manos de los babilonios, y luego de Tito: destrucción es una palabra traducible a todas las lenguas, como dice Meschonnic, ninguna tiene por qué cargar con todo el peso de lo abominable).

La escritura de Achcar se va grabando en el libro a medida que con el cincel de la crítica abre brechas en cada una de las perspectivas y de los temas que aborda. El libro se presenta en dos tiempos: “el tiempo de la Shoá” y “el tiempo de la Nakba”. En la primera parte, titulada “El tiempo de la Shoá”, analiza las “reacciones árabes ante el nazismo y el antisemitismo” entre el ascenso de Hitler al poder y la partición de Palestina. Lo ve desde cuatro perspectivas diferentes, a veces convergentes y otras divergentes: la de “los liberales occidentalizadores”, la de “los marxistas”, la de “los nacionalistas” y la de “los panislamistas reaccionarios y/o fundamentalistas”. Cada postura y cada personaje son revisados del derecho y del revés y esta última forma de lectura permite entender razones aun cuando es difícil coincidir en las decisiones. La figura emblemática del Mufti de Jerusalén es tratada desde todos los ángulos posibles...

La segunda parte es “el tiempo de la Nakba” y remite a “las actitudes árabes frente a los judíos y el Holocausto de 1948 al presente” (el libro es de 2009, año de plomo fundido…). Allí están el satanizado Nasser, y la OLP, Hezbollah, Hamas, Garaudy y el infaltable Ahmadinejad… También se ocupa de las lecturas judías de la Nakba palestina (muestra cómo muchas de ellas se hicieron a ojos cerrados). Entre negacionismos y negasionismos, la tan denunciada banalización de la Shoá (perseguida por la Liga Antidifamación) fue perpetrada ni más ni menos que por el entonces vice-ministro de defensa de Israel (Matan Vilnaí) en febrero de 2008 (y señalada por el líder de Hamas Ismail Haniyeh, p. 398). Hace tiempo que me pregunto cuándo los judíos nos convertimos en “blancos” (tengo presente la foto del rabino Heschel marchando con Luther King en 1963, su telegrama al presidente Kennedy a favor de la causa negra). Ayer (21/11) el periodista Gideon Levy en Haaretz publicó un artículo titulado “De repente está bien ser pro-Israel y anti-semita” que subtitula así: “Cuando la amistad con Israel se juzga sólo con base en el apoyo a la ocupación, los únicos amigos de Israel son racistas y nacionalistas"/3. Dice allí que sea “excusable”, en tanto uno odie a musulmanes y árabes… y “ame a Israel” (ecuación amor a Israel=odio a Ismael). Así, el sionismo se vuelve vocero de la “supremacía blanca”, adversa al judaísmo (“Negra soy, y hermosa…” decía el Cantar 1:5 en el original; más tarde las traducciones pusieron la adversativa).

El autor de este libro tiene tanto conocimiento de las fuentes “del otro lado”, que distingue entre sionismo estatista (racista en distintos sentidos, racismo que trata de comprender sin satanizar p. 427) y sionismo no estatista. El personaje de Martin Buber –filósofo del diálogo en el sentido genuino del término- es destacado (junto a Yehuda Magnes, entre algunos) como un amante de Sión que –a diferencia de Herzl o Ben Gurión- no venía en calidad de importador de la forma Estado nacional a Palestina. (Buber –agrego- en 1939, en busca de una posición “palestino-israelí” pensaba más adecuado volverse parte de una “asociación federal de países”, como comunidad autónoma, tal como había aprendido de su amigo anarco-socialista Gustav Landauer, en una crítica feroz a los caminos del egoísmo colectivo sionista que se internaba en la injusticia de la mano del “trabajo hebreo”)/4. La capacidad para el perdón (con toda la seriedad que merece el término, y pienso en el sentido aporético que le da un judío árabe llamado Jacques Derrida) es tan grande en estas páginas, que hay lugar hasta para prestarle atención al sincero arrepentimiento de un ex líder sionista como Abraham Burg…

El lector se interna por caminos oscuros y envenenados en los cuales el autor se encargará generosamente de ir señalando brechas de esperanza. Los muros se construyen y los pueblos los brincan. (La locura israelí recientemente llegó al delirio de cavar un muro subterráneo en Gaza, pero los testimonios muestran la cordura de la gente pasando por la superficie…).

La conclusión (que a mí se me aparece como un conjuro lleno de promesas para salir del atolladero) lleva por título “Estigmas y estigmatización”. Cito una parte para terminar, con un sincero agradecimiento al autor y a Gilberto Conde (y también a nuestro querido amigo Enzo Traverso) por la oportunidad de leer y comentar esta magnífica obra:

El sionismo estatista es un Jano, una cara volteada hacia el Holocausto, la otra hacia la Nakba, una hacia la persecución padecida, la otra hacia la opresión infligida. La obstinada insistencia con la que ambos lados fijan su mirada en una sola cara es la fuente de su incapacidad para comunicarse. Por poner el asunto en los términos cartesianos con los que abrí este capítulo final, "la diversidad de nuestra opiniones" surge porque "no consideramos las mismas cosas". Y sin embargo, sólo el reconocimiento de ambos rostros de Jano –del Holocausto y de la Nakba- puede llevar a los israelíes, los palestinos y otros árabes a un diálogo genuino” (p. 428)

Sólo me queda hacerme eco con una palabra que heredamos de la bella lengua árabe: ¡ojalá! (Inshalla!)

22/11/2016

Silvana Rabinovitch, investigadora de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, México (Dra. en filosofía por esa universidad).Último libro publicado: La Biblia y el drone. Sobre usos y abusos de figuras bíblicas en el discurso político de Israel, editado por IEPALA, Madrid, 2013.

Notas:

1/ Discurso del egipcio Abdul-Rahman ‘Azzam en Nablus, noviembre de 1935 (citado por Achcar, p. 69)

2/ Del término “shoá”, que aparece sólo 13 veces en la Biblia hebrea, en Ezequiel 38:9 encuentro que, a propósito de la guerra de Gog de Magog, según la explicación del Mikrá meforash -que trajo mi abuelo de Vilna, editado en 1913- describe a la shoá como ‘un gran viento de tormenta’ y no alude directamente a la idea de destrucción (tal como lo hará la Nueva Concordancia de la Biblia hebrea)]

3/ http://www.haaretz.com/opinion/.premium-1.754073

4/ Cf. Buber, “Sobre nuestra política” en Una tierra para dos pueblos, p. 141

Los árabes y el Holocausto. La guerra de narrativas árabe-israelí de Gilbert Achcar (Trad. Marianela Santoveña), Universidad Veracruzana, Colección Biblioteca, Xalapa, 2016, 473 p.





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