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En el 115 aniversario de su muerte
Democracia, federalismo y cuestión social en Pi i Margall
29/11/2016 | Jaime Pastor

En tiempos como los que estamos viviendo en los que los debates sobre nacionalismos y federalismos están de plena actualidad, parece oportuno tomar como pretexto el 115 aniversario de la muerte de Pi i Margall este 29 de noviembre para recordar la relevancia de su trayectoria intelectual y política durante la segunda mitad del siglo XIX español, generalmente subestimada por la mayoría de las corrientes políticas contemporáneas, cuando no menospreciada, como es el caso del nacionalismo español dominante.

Más allá de las diferentes valoraciones de su legado, no es posible comprender en toda su complejidad esa parte de nuestra historia común sin reconocer el papel que este catalán y Presidente de la lamentablemente efímera Primera República, derrocada –no lo olvidemos- por un golpe militar, jugó en el esfuerzo por poner en pie un proyecto de construcción de un Estado democrático, federal y social español, alternativo al propugnado por los poderes económicos y sociales oligárquicos y centralistas. En ese sentido, constituye sin duda un antecedente y un referente fundamental para fuerzas políticas que, como Podemos, aspiran hoy a retomar ese camino en medio de la encrucijada histórica actual en que nos encontramos.

No es fácil describir el recorrido político e intelectual de alguien que, como se ha destacado en muchos estudios –entre ellos y ellas me permito destacar personalmente las obras pioneras de Antoni Jutglar, de quien empecé a aprender sobre su figura en una conferencia que dio en Madrid a finales de los años 60 del pasado siglo-, partió de un liberalismo que, a medida que fue avanzando el siglo, fue enriqueciéndolo con un contenido democrático radical, federalista y social que le fue distanciando de sus orígenes para acercarlo cada vez más a las aspiraciones populares asociadas al socialismo y al anarquismo.

Autonomía, republicanismo y federalismo

Su idea-fuerza de partida fue sin duda la democracia, concebida como autonomía frente a heteronomía (asociada, para él, a un catolicismo conservador frente al que era especialmente beligerante). Esa concepción ilustrada de la autonomía iba acompañada de la visión de un mundo que debería basarse en la defensa de los derechos individuales, el sufragio universal, la soberanía popular y el republicanismo. Desde esa idea de autonomía fue madurando una propuesta federalista que, frente a lo que algunos han sostenido, empezó a esbozar antes incluso de Proudhom (cuya obra El principio federativo (1862) tradujo), si bien en sus textos no hay muchas veces una distinción clara entre federación y confederación, al igual que ocurre con su uso de términos como nación, nacionalidades, regiones o patria.

Aun con estas precauciones, es posible resaltar algunas de sus principales tesis al respecto. En efecto, desde La Reacción y la Revolución (1854)/1 hasta Las nacionalidades (1876) y sus últimos artículos de fin de siglo en El Nuevo Régimen podemos encontrar una evolución que le va conduciendo desde unas reflexiones más teóricas sobre el federalismo a unas propuestas más desarrolladas y con mayor grado de concreción, incluso en el plano competencial. En sus ricas y detalladas elaboraciones se puede comprobar tanto el conocimiento exhaustivo de las experiencias de otros países (Estados Unidos y Suiza, principalmente) como las enseñanzas que iría extrayendo de los tiempos de la Primera República y de su fracaso. Precisamente, en un texto escrito en 1874 explicaba:

He sido partidario de la federación desde 1854. La defendí entonces calurosamente en La Reacción y la Revolución, libro destinado a la exposición de mis ideas en filosofía, en economía, en política. La defendí, como la defiendo ahora, bajo dos puntos de vista, el de la razón y el de la historia. La federación realizaba a mis ojos, por una parte, la autonomía de los diversos grupos en que ha ido descomponiendo y recomponiendo la humanidad al calor de las revoluciones y por estímulo de los intereses; de otra, el principio de la unidad en la variedad, forma constitutiva de los seres, ley del mundo. Yo consideraba, además, que era la organización más adecuada a la índole de nuestra patria, nación formada de provincias que fueron en otro tiempo reinos independientes”.

Además de esa voluntad de reconstituir una nación española plural, entendida como “nación de antiguas naciones” en clave federal, su modelo apuntaba, como resume Ramón Máiz, a “una matriz policéntrica, que incorpora diversos ámbitos: la nación, las provincias o regiones, los municipios, pero también, no lo olvidemos, el irrenunciable espacio de los ciudadanos singulares y sus derechos”. A todo esto habría que añadir la dimensión europea por la que también apostaría en sus últimos escritos.

Formulaba así una idea de federación que oponía a la mera descentralización, ya que debía ir “de abajo arriba” y tenía que basarse en el pacto, basado en la igualdad de trato y la equidad y entendido como “el espontáneo y solemne consentimiento de más o menos provincias o Estados en confederarse para todos los fines comunes bajo condiciones que estipulan y escriben en una Constitución”. Argumentó con mayor fuerza esa tesis después de que él mismo comprobara bajo la Primera República los límites de un proyecto federal “de arriba abajo” que acabaría chocando tanto con los federalistas “intransigentes” como con la resistencia centralista española. Por eso, con mayor razón ante la reacción conservadora, a partir de entonces insistió en que esa aspiración solo se podría llevar a cabo en conflicto abierto con lo que representaba el régimen de la Restauración borbónica, como explica en el capítulo XVII del Libro Tercero de Las nacionalidades.

Consciente de las críticas que recibía su proyecto porque, según las mismas, podría abrir paso al secesionismo, Pi i Margall respondía también con rotundidad frente al nacionalismo español dominante:

En medio de tantos y tan generales trastornos como nos han afligido, ¿en qué pueblo ni en qué provincia se ha visto jamás tendencia a separarse de España? No se la ha visto ni siquiera en esas provincias Vascongadas, autónomas como ninguna, que han sostenido contra nosotros dos largas guerras civiles y en las dos han debido humillar la cabeza. Ni en el movimiento cantonal de 1873 se observó el menor conato de independencia”.

Catalanismo vs. centralismo español

Con todo, la emergencia de un catalanismo político, con su antiguo discípulo Valentí Almirall a la cabeza, planteó nuevos problemas a Pi i Margall pese a que veía coincidencias con él desde el federalismo. Ese catalanismo/2 pronto encontró sospechas de separatismo desde Madrid. Frente a ellas, él insistía en un artículo publicado en 1898 en El Nuevo Régimen en que solo la involución de un régimen centralista podría conducir hacia un secesionismo a “las regiones de mayor fuerza y vida, deseosas de evitar que se apodere de ellas y las roa la general gangrena”. Para Pi, “los verdaderos separatistas no son los catalanes, sino los políticos del caciquismo y de la oligarquía de Madrid, con su falta de visión, con su encarnizado unitarismo centralizador y uniformizador”. ¡Qué actualidad tienen estas palabras ante el momento histórico que estamos viviendo hoy!

En realidad, como resumió muy bien González Casanova, Pi i Margall solo estaba proponiendo “reconstituir el Principat y reconstituir la Nación española”, pero el régimen de la Restauración borbónica se reafirmaba en su centralismo justamente cuando se confirmaba su decadencia imperial tras la pérdida de Cuba, Filipinas y Puerto Rico.

El federalismo de Pi i Margall aspiraba a la construcción, de abajo arriba, de una nueva Unión Federal frente al proyecto centralista dominante, confiando en frenar así posibles opciones independentistas que, aunque minoritarias, empezarían a emerger justamente en sus últimos años de vida, coincidiendo con la nueva etapa que se abre en el nuevo siglo. Momento, por cierto, en el que Pi se manifestó contrario a la continuación de la guerra en Cuba, a favor de su independencia y de la libre autodeterminación de los pueblos.

Con todo, la historia posterior confirmaría sus temores de que la solución federal que él propugnaba seguiría tropezando con el inmovilismo “madrileño”, mientras que el catalanismo se iría configurando como un nuevo nacionalismo que, sobre todo en su versión conservadora, se movía en una tensión interna permanente entre su autoafirmación frente al Estado español y su pretensión hegemónica dentro del mismo. Una tensión que, de forma somera y dirigiéndose a Francesc Cambó, describió Niceto Alcalá Zamora en estos términos: “No se puede ser el Bolívar de Cataluña y el Bismark de España”. Por eso, frente a esa versión conservadora irían emergiendo otras que tuvieron en figuras como Francesc Macià y en la creación de Esquerra Republicana en vísperas de las elecciones municipales de abril de 1931 sus mayores expresiones. Luego, llegarían nuevos conflictos en los que, sin embargo, nunca la propuesta federalista proveniente del nacionalismo catalán logró encontrar apoyos suficientes dentro del Estado español. Pero esto forma parte ya de otra historia…

La cuestión social

Junto a esas dimensiones democrática y federal del pensamiento de Pi, es obligado resaltar también su preocupación creciente por “la cuestión social” a medida que avanzaba el siglo XIX:

Nosotros no solamente no dudamos de que la cuestión social exista; estamos firmemente convencidos de que será el grito de guerra del siglo XX como lo ha sido del siglo XIX la cuestión política: admitiremos cuanto en nuestra opinión pueda decidirla sin sangre.”

Es esa vertiente la que le irá confrontando con el liberalismo para convencerse de, como reconocería Friedrich Engels, la necesidad de buscar el apoyo a su federalismo republicano en la clase trabajadora con medidas sociales, como las que trató de llevar a cabo durante su corta experiencia de gobierno bajo la Primera República. Empero, como subraya Juan Trías, su denuncia de la injusticia social y su apoyo al proceso de autoorganización del movimiento obrero, especialmente en Catalunya, no le conducen a propugnar un programa basado en la expropiación del capital sino otro que, sin afectar a la propiedad privada, aspirara a la adopción de medidas tendentes a la igualación social. Ésa es la línea que le separa del socialismo, al igual que le distanciará del anarquismo su visión del papel que el Estado podía jugar como actor fundamental en el camino hacia la conquista de la justicia social; eso sí, sin renunciar nunca al horizonte de “una sociedad sin poder”/3.

Ese interés por responder a “la cuestión social” se refleja, por ejemplo, en el Dictamen sobre bases económico-sociales para mejorar la condición de las clases jornaleras que redacta en 1872 y que finalmente es rechazado por el Partido Republicano Democrático Federal, del que formaba parte. El papel central que atribuye a un Estado social, sin por ello pronunciarse a favor de las nacionalizaciones (por “temor de que menoscabe la personalidad del individuo y dificulte el movimiento económico”), pero sí a favor de modelos cooperativos, se refuerza en otros trabajos posteriores, como el manifiesto que precedía al programa de su partido en 1894, con una argumentación que es, no obstante aparentemente contradictoria:

Es el Estado el que por sus imprevisoras e interesadas leyes ha abierto anchos fosos entre los capitalistas y los trabajadores; al Estado toca, en primer término, cegarlos por nuevas y más justas leyes”.

Ese programa incluía medidas como la entrega a comunidades y asociaciones obreras de tierras públicas y de obras y servicios públicos, con facilidades de crédito por la banca pública, la jornada laboral de ocho horas o determinadas prohibiciones para el trabajo de mujeres y niños, entre otras.

Sobre la base de ese programa Pi i Margall propugna en 1895 la necesidad de ir forjando un bloque social popular:

“Las clases jornaleras son las más numerosas y están sedientas de justicia; los pequeños industriales y los pequeños agricultores sufren no menos que los trabajadores los efectos de las inicuas leyes por que nos regimos; en esas clases debemos buscar los ejércitos que han de emancipar la nación del yugo que le han impuesto las clases altas”.

Con esta breve descripción de la trayectoria de quien fue un gran pensador y dirigente político hemos podido comprobar cómo, tras las experiencias del “sexenio revolucionario” y de la Restauración borbónica, fue madurando un proyecto común, basado en la articulación de demandas democráticas, federalistas y sociales en un sentido emancipatorio individual y colectivo. Un proyecto que, pese a su fracaso frente a las poderosas resistencias oligárquicas y centralistas, no por ello deja de ser rico de enseñanzas para poder hacer frente hoy a esas mismas resistencias, tanto a escala española como europea, con ilusión y esperanza de éxito. En un contexto, eso sí, distinto al que vivió Pi i Margall, ya que hoy no sólo la idea excluyente de una única Nación sino también la de “Nación de naciones” (según la cual solo la primera es “política” mientras que las demás serían solo y para siempre “culturales”) no se corresponden con el necesario reconocimiento de la plurinacionalidad en condiciones de igualdad entre todos los pueblos. Por tanto, no cabe obviar, desde un punto de vista democrático, la reivindicación del derecho a decidir su futuro –incluida la independencia- del demos catalán, como la de otros pueblos que la puedan reclamar en el futuro. Sólo desde esa condición previa podremos avanzar hacia la reinvención de un (con)federalismo libremente pactado y articulado en común.

28/11/2016

Jaime Pastor es profesor de Ciencia Política de la UNED y editor de VIENTO SUR

Este artículo es una versión ampliada del publicado en el número 5 de la revista La Circular.

Notas

1/ Publicada, por cierto, un año antes de otra obra también pionera del federalismo: La República democrática federal universal, de Fernando Garrido.

2/ A propósito de esto, a primeros de septiembre de este año el hoy teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona Jaume Asens (“Entrevista a Jaume Asens: Una posibilidad sería hacer el referéndum y las elecciones constituyentes el mismo día”, www.vientosur.info/spip.php?article11694 ) recordaba oportunamente el papel de referente que en la construcción de un catalanismo de base popular puede tener hoy la propuesta que Josep Narcís Roca i Ferreras hizo en ese sentido, ya en el último tercio del siglo XIX, mediante la articulación de la cuestión nacional y la cuestión social en el camino hacia la “liberación popular integral”.

3/ Buena muestra de la afinidad que mostraron muchos anarquistas a Pi se encuentra en la despedida que, con ocasión de su fallecimiento, le dedicó la publicación anarquista La Revista Blanca calificándolo como “el maestro de todos los anarquistas que pasan de los cuarenta”.



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