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Violencia de género
Mujeres sin refugio
27/11/2016 | Cristina Garcia de Andoin Martín

Este 25 de Noviembre, en el caleidoscopio de las violencias que enfrentan las mujeres en el plano internacional, es inevitable detener la mirada en aquella que están viviendo las mujeres refugiadas, o más bien las mujeres sin refugio, exiliadas de su casa, de su modo de vida, de su tierra.

Más allá de las fronteras geopolíticas, el patriarcado delimita sus propias fronteras, reservando el espacio público para los hombres, y asignando a las mujeres el espacio privado. ¿Qué ocurre cuando ese espacio, tu hogar, es bombardeado y es preciso salir huyendo por este u otros motivos?, ¿qué ocurre cuando el mismo sistema que delega en las mujeres la crianza pone a éstas en la tesitura de criar a la intemperie?, ¿qué ocurre cuando el sistema que impide transitar libremente por la calle y el espacio público a las mujeres, las aboca a vivir las veinticuatro horas de cada día en el barro? Si en nuestras sociedades seguras las mujeres seguimos reivindicando el derecho al cuerpo y a transitar por la calle sin ser objeto de violencia, ¿qué realidad enfrentan las mujeres que viven en tránsito, entre fronteras, vallas y tierras prohibidas?, ¿qué estrategias utilizan para afrontarla?

Algunos apuntes de su existencia nos llegan a través de activistas y periodistas. Sabemos que en los campos de refugiados continúan haciéndose cargo de la crianza aun cuando no quede nada de los muros que demarcaban su espacio privado. También conocemos que tratan de eludir ataques sexuales disfrazándose a sí mismas y a sus hijas de hombres, evitando las zonas de aseo y de descanso, buscando espacios propios y gestionando la autoprotección en grupo... Más cerca, durante su estancia en CIEs (Centros de Internamiento de Extranjeros), nos han llegado noticias de violaciones cometidas por funcionarios, hijos arrebatados, asignación de la limpieza de sus instalaciones mientras que del módulo de hombres se hacía cargo una empresa, mujeres de rasgos africanos que al denunciar una violación en comisaría han terminado encerradas en un CIE, etc..

Según el informe de tendencias globales de ACNUR la proporción de mujeres entre las personas refugiadas se mantiene muy próximo al 50 % en los últimos quince años. Por otra parte, entre el 2012 y el 2014, el estado español ha reconocido la condición de persona refugiada y el derecho de asilo a 820 personas en total, de las que el 42 % son mujeres. Las mujeres tienen mayores dificultades para acceder a la condición de refugiada, y para que sus derechos humanos sean reconocidos como tales en lugar de quedar atrapados en la telaraña de las tradiciones culturales y religiosas, que no son otra cosa que mandatos patriarcales.

Si se trata de poner imagen a la cuestión del refugio, el imaginario simbólico nos devuelve una primera imagen de refugiado hombre, y cuando hacemos el esfuerzo de sustituirla por una imagen de refugiada en femenino, se nos representa como una mujer con menores a su cargo, dependiente y vulnerable casi en la misma medida que los propios menores. Es un enfoque paternalista que, lejos de proteger a las mujeres, las desempodera, no reconociendo muchas de las violaciones de sus derechos humanos por producirse en la esfera privada y por agentes no estatales.

Igualmente, este enfoque heteropatriarcal explica la reticencia de los Estados para reconocer la persecución por motivos de género, como la sufrida por mujeres que se enfrentan a maltrato por transgredir costumbres sociales en sus sociedades, o por su activismo feminista, o su orientación o identidad sexual.

Si bien la Convención de Ginebra de 1951 se redactó en un contexto en el que no se contemplaban los motivos de género para poder optar a la condición de refugiada y al derecho de asilo, es fundamental que el ACNUR vele para que dicha convención se interprete desde una perspectiva de género por los estados, y garantizar que los procedimientos de solicitud también incorporen dicha perspectiva.

Por ejemplo, aunque la CG no establece que la persecución necesariamente sea llevada a cabo por un agente estatal, muchos estados lo interpretan de modo restrictivo, lo que perjudica a las mujeres ya que, con frecuencia, la persecución la lleva a cabo su pareja, familiares o la propia comunidad.

Asimismo, en el caso de los procedimientos de solicitud, no hay que dar por hecho que el motivo para solicitar asilo de las mujeres sea coincidente con el de sus parejas, es preciso entrevistarlas de forma diferenciada, más aun cuando es posible que omitan mencionar determinados tipos de persecución, como la violación o los malos tratos delante de sus familiares, o que incluso, desconozcan que determinados tipos de violencia específica como la explotación sexual, la mutilación genital, el matrimonio obligatorio, la esterilización forzosa, etc.., puedan ser tenidos en consideración para obtener el derecho de asilo.

Sin embargo, existe una tendencia a limitar la interpretación de la CG para reconocer cada vez a un número menor de personas refugiadas (Carmen Miguel Juan, 2016).

Sin obviar la diversidad de experiencias de las mujeres y de las causas de sus desplazamientos forzados, esas mujeres sin refugio, somos nosotras. Su tierra, o bombardeada, o víctima del desastre medioambiental, o expoliada por las transnacionales, está en el mismo planeta que habitamos. Las sociedades del bienestar se han construido sobre la base del trabajo de mujeres migrantes, lo que ha permitido que, en condiciones de desigualdad, las mujeres accediéramos al empleo, mientras se hacían cargo de nuestras hijas e hijos y de nuestros mayores. En la frontera pretendidamente excluyente del patriarcado compartimos espacio y habitamos la misma piel. En lugar de mirar con recelo su atuendo, mirémoslas a los ojos y encontraremos que sus derechos y su dignidad son nuestros derechos y nuestra dignidad.

Y ahora que hemos mirado, y girado un rato el caleidoscopio, quizá podamos plantearnos pasar a la acción y exigir a nuestros gobiernos voluntad política para cumplir con los tratados y compromisos internacionales, que las violaciones de los derechos de las mujeres se interpreten como violaciones de los derechos humanos, y, que de modo urgente, garanticen vías seguras de tránsito y acogida para ellas. Por ellas, por nosotras, por todas y todos. “Hui de mi tierra para no terminar bajo ella” (Chócolo).

20/11/2016

Publicado en elcorreo.com

Cristina García de Andoin Martín, es pscóloga y miembro de Ongi Etorri Errfuxiatuak



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