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In memoriam Marcos Ana
Un minuto de silencio. 23 años de cárcel.
27/11/2016 | Antonio Crespo Massieu

Digo “Bosque” y he perdido

la geometría del árbol.

Hablo por hablar de asuntos

que los años me borraron.

… … … … …

(No puedo seguir: escucho

los pasos del funcionario).

Este hombre, Marcos Ana, habla de lo que no conoce o ha olvidado, habla de lo que le ha sido arrebatado. Y pregunta: “¿Cómo es la vida? Decidme cómo es un árbol, el beso de una mujer, el canto del río”. Este hombre habla por hablar. Escribe a tientas. Nos confiesa: “Ya olvido/ la dimensión de las cosas, / su color, su aroma…” Encarcelado a los 19 años, torturado, con dos condenas a muerte que fueron conmutadas, ha despedido a muchos compañeros camino de la muerte, ha tenido 23 años para que casi todo se fuera borrando. Y se ha agarrado a la palabra como a un clavo ardiendo para no olvidar la vida, preguntar por ella, imaginarla, soñarla. Escribe versos clandestinos, ocultados, mensajes que salen al exterior como un grito de esperanza y libertad. Fue mucho lo que borraron los años.

Ha muerto a los 90, salió de la cárcel a los 42. Pudo saber la geometría arrebatada del árbol, recuperar o conocer por vez primera, con ojos heridos por 23 años de cerrojos y muros grises, el mar, el amor, un horizonte abierto. Y seguir fiel a sus ideas. Encontrarse con viejos y nuevos compañeros y compañeras. Los que ahora le recuerdan, quienes le conocieron y pudieron estrechar su mano con emoción en alguna manifestación del 15 M, de las mareas, en una marcha por la dignidad... Como si él fuera no ya esa “estatua terrible y roja en el centro de un patio gris y desierto” sino un árbol erguido, joven a pesar de los años; la memoria de un tiempo que fue y es el nuestro, una herencia de dignidad nunca sepultada por el olvido.

Y de esto sabemos tanto. 40 años de una feroz dictadura. Las detenciones, las torturas, las muertes por disparos siempre al aire, los arrojados por la ventana, los ejecutados al alba, los muertos sin sepultura. Todas y todos los que aún y todavía- ¡por cuánto tiempo!- esperan la resurrección de la memoria y la reparación de la justicia. Y la absolución de los verdugos. La vida sosegada de los funcionarios de la tortura, libres, recompensados, honrados y condecorados por la joven democracia. Ver, leer, a Marcos Ana era, es, recordar. Una exigencia de reparación que nada, ni el pacto de silencio sellado en la Transición, ni una necrológica en los diarios de gran tirada, puede detener. Ni el tenaz trabajo para el olvido en 30 años de democracia: libros de texto, nombres de calles, monumentos conmemorativos, homenajes, cárceles voladas para que nada quede de lo allí sucedido… Porque la memoria habita en los márgenes (en las cunetas), en lo no dicho, en el espacio en blanco que reclama un nombre, una sepultura, un pequeño gesto, una palabra. Y de pronto se yergue. Se abrieron fosas y sabemos la vergüenza de los más de cien mil que aún esperan ser honrados (y lo serán: llegará la hora de la reparación). Y se interpuso una querella en Argentina, se toman declaraciones, se emiten peticiones, órdenes, citaciones y los verdugos ya no pueden viajar tranquilos (y serán condenados: llegará la hora de la justicia). Marcos Ana ya no podrá verlo. Pero sus 23 años de cárcel, sus 90 años de lucha, su dignidad nunca vencida, lo que escribió, lo que pudo vivir, lo que le fue arrebatado, nos lo recuerdan.

Tres días antes de la noticia de su muerte un músico amigo, Jorge Fernández Guerra, recordaba, en la clausura de un ciclo de conciertos, estos versos de Juan Gil-Albert: “Nada es más triste/ que lo que no se cumple./ Todo cuanto se cumple extasía,/ fuerza o bondad./ Mas lo que pudo ser y roto/ pende sobre el abismo,/ triste es como lo eterno,/ sin forma ni color.” Y nos hablaba de la vida no cumplida de quienes, derrotados en la guerra, marcharon al exilio, fueron condenados al silencio o encarcelados. Y el triste y atroz olvido, de un país que les borró de su historia. Su ejemplo, su palabra, su música sobraban en ese país alegre y casi perfecto que nació en 1978 aboliendo su pasado y a quienes lo hicieron. Pero regresan, a pesar de todo. Como la música de Julián Bautista, exiliado en la Argentina, apenas interpretado en España, que escribió su Seconda Sonata concertata a quattro en 1938. Hoy, que Marcos Ana ha muerto, me parece que su segundo movimiento, ese Andante sostenido, acoge la memoria de todas y todos los ausentes, los olvidados, las excluidas, las que sufrieron la cárcel, la tortura o el exilio, los tiernos habitantes de los márgenes. Están aquí, en esta música que hiere con la tristeza de lo no cumplido, que habla de lo que pudo ser, fue roto y, sin forma ni color, se precipitó al abismo.

Y esta música, estos versos, la vida y la muerte de Marcos Ana hacen añicos el olvido impuesto de la Transición y este esperpéntico presente, esta Corte de los Milagros de muertos insepultos que esperan piedad y justicia, torturadores condecorados, beatificaciones post morten de políticos y políticas corruptas, indecente hipocresía y desmemoria elevada a razón de estado. Tal vez no sería demasiado pedir, a quienes dicen representar la soberanía nacional, un minuto de silencio por 23 años de cárcel, por 23 años queriendo silenciar una voz que aún nos habla:

Si llegáis ya tarde un día

y encontráis frío mi cuerpo,

buscad en las soledades

del muro mi testamento:

al mundo le dejo todo

lo que tengo y lo que siento,

lo que he sido entre los míos,

lo que soy, lo que sostengo;

una bandera sin llanto,

un amor, algunos versos…

26/11/2011

Antonio Crespo Massieu es poeta, forma parte de la Redacción de Viento Sur.



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