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Holocausto, sionismo y neoconservadurismo
“Tierra negra”, el travestismo de la historia
24/11/2016 | Enzo Traverso

[En este texto, el historiador Enzo Traverso no sólo señala los límites historiográficos del libro de Timothy Snyder Tierra negra, sino que muestra también cómo éste utiliza los horrores del Holocausto para predicar banalidades sionistas y neoconservadoras.]

Hace cinco años, Timothy Snyder publicó Tierras de sangre, una obra que insertaba el Holocausto en el contexto de las masacres masivas que barrieron la Europa Central y la Europa del Este entre el comienzo de los años 1930 y el final de la Segunda Guerra mundial /1. Esta violencia se desarrolló en lo que Snyder llama las “tierras de sangre”, un inmenso espacio que va de Odessa a Leningrado y engloba a Ucrania, Bielorrusia, los países bálticos, la Prusia oriental y las zonas occidentales de Rusia. Según sus estimaciones, al menos 14 millones de civiles fueron muertos en estos territorios entre 1930 y 1945, casi la mitad de los cuales a causa de la hambruna provocada por las políticas de Stalin, primero, y después por las de Hitler. Estas tierras fueron el teatro de innumerables horrores, desde el canibalismo a las cámaras de gas.

Esta violencia se efectuó en tres oleadas sucesivas: la primera partió de Ucrania, donde la colectivización de la agricultura engendró 3,3 millones de víctimas, y se remató con el Gran Terror, en el curso del cual la NKVD soviética ejecutó a cerca de 400 000 personas. La segunda, tras el pacto Ribbentrop-Molotov, tuvo su epicentro en Polonia, que fue sistemáticamente destruida por las potencias ocupantes, alemanes y soviéticos. La tercera, que fue de lejos la más mortífera, comenzó en el verano de 1941, con la invasión alemana de la Unión Soviética. Las políticas de exterminio de esta oleada –del Holocausto a la hambruna impuesta a la población eslava– son casi exclusivamente producto del nazismo.

Según Snyder, la operación Barbarossa –que desembocó en la ocupación de Ucrania por los alemanes y en una guerra de desgaste que devastó a los dos campos– reveló fatales errores de cálculo por parte de Hitler y de Stalin. Este último sabía que su alianza con el dictador alemán sólo era temporal, pero no esperaba ser agredido tan pronto. Despreció las numerosas advertencias que recibió durante la primavera, tomándolas por propaganda británica. Por su parte Hitler fue engañado por su propia ideología: considerando a los eslavos una “raza inferior”, creía posible destruir a este gigantesco enemigo en sólo tres meses.

Según el análisis de Snyder, el fracaso de la primera ofensiva alemana decidió el resultado de todo el conflicto. Al lanzar el Blitzkrieg, los nazis pretendían cuatro objetivos fundamentales: la rápida aniquilación de la Unión Soviética; la planificación de una hambruna que afectaría a 30 millones de personas durante el invierno de 1941; un enorme programa de colonización por Alemania de los territorios occidentales de la URSS ya vencida, en particular las fértiles regiones de Ucrania; y la “Solución final de la cuestión judía”, o dicho de otra forma la transferencia masiva de los judíos de Europa hacia las zonas más alejadas de los territorios ocupados, donde serían progresivamente eliminados.

Pero el fracaso del Blitzkrieg obligó a Hitler a revisar sus prioridades: la “Solución final”, inicialmente prevista para el final de la guerra, se volvió de pronto un objetivo inmediato, en la medida en que era el único que podía ser realizado a corto plazo. Ya que los judíos no podían ser evacuados, fueron masacrados, y los países ocupados sistemáticamente destruidos. Según Snyder, “la masacre fue menos un signo de triunfo que un sustituto de victoria”.

Auschwitz, un nudo de la red ferroviaria polaca, debía ser el corazón de la colonización alemana del Lebensraum, el “espacio vital”: se convirtió en el terminus para los judíos deportados y el principal lugar de su exterminio. Pero la gran mayoría de las víctimas del Holocausto fueron asesinadas al este de Auschwitz, que Snyder sitúa en el contexto más amplio de las “tierras de sangre” –el territorio donde los campos de exterminio se fundieron con la guerra contra los partisanos, la hambruna impuesta a los eslavos y la lenta aniquilación de 2,6 millones de prisioneros de guerra soviéticos.

Aunque Tierras de sangre no sea una historia del Holocausto, nos permite comprenderlo mejor al insertarlo en un marco más amplio: el conflicto mortal entre el nacional-socialismo y el estalinismo. Su visión del Holocausto como producto de la derrota alemana no es completamente nueva –Arno J. Mayer ya había propuesto una convincente demostración veinte años antes– pero tiene el mérito de introducir nuevos elementos que apuntalan esta hipótesis. El nuevo libro de Snyder, Tierra negra, es a la vez más ambicioso y mucho más problemático.

Las dos escuelas

Mientras que Tierras de sangre aclaraba una dimensión capital de la Segunda Guerra mundial –las masacres masivas en Europa central–, Tierra negra hace del Holocausto un asunto puramente este-europeo, ignorando por ello aspectos esenciales de su historia.

Así sus análisis de las políticas nazis en Europa del Oeste y del Sur son de una gran superficialidad: apenas menciona a los Países Bajos, Francia, Italia y Grecia –su modelo está construído exclusivamente para aplicarse a Polonia y a Ucrania. La estrechez de su enfoque le lleva además a importantes distorsiones. Por ejemplo, cuando se refiere al catolicismo no habla nunca del Vaticano –tema sin embargo muy estudiado–, sino casi únicamente a los sacerdotes y fieles polacos. E ignora pura y simplemente a los individuos que salvaron vidas o a los movimientos de resistencia en otros países.

Desde hace varias décadas, la historiografía del Holocausto se divide en dos grandes corrientes, que Saul Friedländer ha calificado de intencionalismo y de funcionalismo: la primera se concentra sobre todo en la dimensión ideológica del Holocausto, la segunda en las circunstancias de su realización, producto de una serie de decisiones tomadas en circunstancias particulares. Para los historiadores intencionalistas, la Segunda Guerra mundial sólo creó la ocasión para un proyecto genocida largo tiempo aplazado y tan viejo como el propio antisemitismo. En cambio, para los historiadores funcionalistas, el odio a los judíos no basta para explicar un proyecto de exterminio inventado por razones pragmáticas en medio de la guerra.

La obra de Snyder responde a esta segunda tendencia, aunque intenta salir de esta superada querella sacando al Holocausto del estrecho marco de los Holocaust Studies. Pero en muchos aspectos, Tierra negra da un paso en la mala dirección, olvidándose de las adquisiciones de la historiografía del Holocausto.

Los sin-Estado

La perspectiva de Snyder no es ni alemana ni judía, sino polaca. No explica el Holocausto desde el punto de vista de sus responsables y no describe las etapas de este proceso adoptando el punto de vista de las víctimas –dos enfoques complementarios y adoptados con éxito por Raul Hilberg y Saul Friedländer-. Adopta por su parte una perspectiva territorial en la que Polonia le sirve tanto de ejemplo privilegiado como de objeto de estudio. Escoge por tanto observar el exterminio de los judíos a partir de uno de los espacios en que se ha desarrollado, un espacio que no fue ni el lugar donde fue organizado ni el país de donde venía la totalidad de las víctimas. En su reconstrucción, el Holocausto se vuelve un acontecimiento histórico global en la medida en que, partiendo de Polonia, irradia sobre el conjunto de Europa. Pero en Tierra negra, este enfoque se convierte en un espejo roto que deforma la perspectiva histórica.

Snyder cita a Hannah Arendt, que, en Los Orígenes del Totalitarismo, analizó extensamente la emergencia de una masa de personas sin Estado –primero, al final de la Gran Guerra, con la caída de los imperios multinacionales; después con la llegada del nacional-socialismo y la promulgación de las leyes antisemitas, que transformaron a los judíos en parias en muchos países de Europa. Según Arendt, la existencia de esta masa de sin-Estado, privados de ciudadanía y rechazados por todas las potencias occidentales, fue una precondición fundamental del Holocausto. Pero para Snyder, la noción de sin-Estado no se refiere ante todo a personas, en particular a los judíos, sino por el contrario a territorios. Según su óptica, los nazis podían exterminar a los judíos porque actuaban en territorios en los que había sido destruída toda estructura estatal. Los países que habían sido ocupados por la URSS entre 1939 y 1941 no podían resistir a la violencia nazi: ya no tenían aparato de Estado, todas las estructuras estatales se habían hundido, no existía ninguna barrera entre los agresores y sus víctimas. Lo que lleva a Snyder a concluir que sólo “la ciudadanía, la burocracia y la política exterior obstaculizaban el deseo de los nazis de asesinar a la totalidad de los judíos de Europa”. Los ejemplos de los judíos de Estonia y de Dinamarca –que vivían, respectivamente, en un Estado destruido y en un Estado preservado– “confirman la relación entre soberanía y supervivencia”.

Aunque los nazis destruyeron a los judíos por múltiples medios burocráticos –de la Wehrmacht a los batallones de policía y de los Einsatzgruppen en los campos de exterminio–, su acción era aún más eficaz allí donde ya no existía burocracia nacional. Pero allí donde la administración alemana coexistía con, o se superponía con un sistema estatal nacional aún funcional, la ola aniquiladora fue retardada, contenida, limitada, disminuída y a veces impedida. La mayor parte de los judíos fueron matados en Polonia, en Ucrania, en Bielorrusia y en los países bálticos, donde los Estados nacionales se habían hundido antes de 1941. Allí, los nazis pudieron reorganizar los territorios a su gusto y masacrar sin límites.

Los Países Bajos y Grecia estaban muy próximos a este modelo europeo-oriental de ausencia de Estado. En Hungría, en Rumanía, en Bulgaria, y aún más en Europa occidental, en Dinamarca, en Francia o en Italia –e incluso, según Snyder, en Alemania–, la permanencia de las instituciones estatales, de las administraciones y de los sistemas jurídicos obstaculizaron objetivamente el Holocausto. Esta explicación resulta válida en una cierta medida. El problema es que tiende a justificar la visión apologética del colaboracionismo, haciendo de ella una forma de autodefensa o de autopreservación y no de complicidad con la dominación nazi. En muchos casos, la supervivencia de las burocracias y de las estructuras estatales representó un apoyo suplementario para el ocupante. Es cierto que Vichy distinguía a los judíos franceses de los judíos extranjeros e intentó proteger a los primeros, pero la totalidad de los judíos fue catalogada por las autoridades nacionales, detenida por policías locales e internada en campos de tránsito creados por la administración francesa. En Italia, las fuerzas de policía de la República de Salo ayudaron activamente al ocupante nazi a detener y a deportar a los judíos. La ineficacia de las estructuras estatales fue a veces un obstáculo, pero en el conjunto del Estado italiano facilitó el proceso de exterminio.

Los argumentos de Snyder no hacen más que confirmar un hecho reconocido por todos los especialistas del Holocausto: la dominación nazi fue mucho más brutal, violenta y destructiva en los países anexionados por el III Reich que en los países dirigidos por regímenes autónomos, autoritarios e implicados en la colaboración. Esta diferencia no se deriva del pacto Ribbentrop-Molotov –que creó territorios sin Estado– sino de una decisión política, ligada al proyecto colonial de conquista del “espacio vital” alemán y de destrucción de la Unión Soviética, Estado que los nazis identificaban con los judíos. La extensión de la noción de “sin-Estado” a territorios no aporta gran cosa a nuestra comprensión del Holocausto o del proyecto colonial hitleriano.

Errores de interpretación

Tierra negra es tal vez una interesante interpretación del Holocausto desde un punto de vista polaco, pero el autor alimenta una ambición mucho más grande: pretende mostrar el significado universal de este acontecimiento histórico. Desgraciadamente, la obra no está a la altura de esta ambición.

Así, cuando Snyder se aventura fuera de la Europa central, sus análisis se vuelven superficiales, imprecisos y a veces francamente ridículos. Sus incursiones en la historia ideológica son casi todas problemáticas –por ejemplo, define en muchas ocasiones a Hitler como un “anarquista biológico”, lo que no nos ayuda en nada a comprender la visión del mundo del dictador alemán, pero en cambio nos dice bastante sobre su propia comprensión aproximativa del anarquismo. De creerlo, el “anarquista biológico” que fue Hitler tenía como principal fuente de inspiración el pensamiento de Carl Schmitt, teórico del Estado constitucional y filósofo político que probablemente nunca ha leído, cuyo pensamiento conservador se basaba, a excepción de algunos textos escritos entre 1933 y 1936, en la idea de Estado, no de raza, y cuyo antisemitismo era de orden religioso, no racial. Realmente Schmitt no influyó sobre los nazis; más bien intentó legitimar su política a posteriori. De igual manera, Snyder afirma equivocadamente que el nacional-socialismo inventó el concepto de “espacio vital”, cuando éste había sido ampliamente utilizado por el nacionalismo y la geografía alemana y su primer teórico fue Friedrich Ratzel, en 1901 (el nombre de Ratzel no aparece en el índice de Tierra negra). Se confunde también respecto a la Escuela de Francfort: según él, Horkheimer y Adorno –autores de una célebre obra, La Dialéctica de la razón– eran oscurantistas inveterados, opuestos al progreso e incapaces de comprender que Hitler no era un defensor sino un enemigo del pensamiento de las Luces.

Esta inconsistencia política es característica del libro en su conjunto, que explica también que los militantes altermundialistas y los tiburones de Wall Street son por esencia intercambiables: “En el siglo XXI, movimientos contestatarios anárquicos se unen a la oligarquía global en un alegre desorden, en el que ninguna parte sufre porque tanto los primeros como la segunda consideran que el Estado es el verdadero enemigo.”

El choque de las civilizaciones

En la conclusión de su alucinante obra, Snyder deja la historia para entrar en el terreno de la profecía: “Comprender el Holocausto, explica, es nuestra oportunidad, tal vez la última, para salvar a la humanidad.”

Hitler, nos dice, era más que un “anarquista biológico”; era también un estratega de la ecología, cuyo proyecto de construir un imperio “ario” se basaba en el cálculo implacable de los recursos naturales disponibles en la Europa continental. Los alemanes no podían asentar un reino milenario sin apropiarse del maíz, el petróleo y los otros recursos de Europa del Este. Esta afirmación es exacta: la conquista del “espacio vital” presentaba también aspectos “ecológicos”, en la medida en que la dominación racial suponía un control total de la demografía, de la economía, de los territorios y de sus recursos naturales.

Estas cuestiones, explica Snyder, quedaron borradas después de la guerra por la “Revolución verde” que permitió a Alemania convertirse en una nación próspera sin tener que conquistar la URSS (y a pesar de la pérdida de una gran parte de sus antiguos territorios). Pero las lecciones de la “primer mundialización” (de la que Hitler fue, siempre según Snyder, “el retoño”) recuperan su pertinencia a comienzos del siglo XXI, donde el control de los recursos naturales decidirá el futuro de nuestro planeta. Esta lucha podría tomar un giro tan violento como la batalla zoológica por la selección racial concebida por Hitler hace casi un siglo, concluye, y no debemos descartar la posibilidad de que se convierta en el motivo de nuevas guerras y de nuevos genocidios. He ahí por qué las enseñanzas del Holocausto conservan toda su importancia: “La lucha contra los judíos era de orden ecológico” en la medida en que “trataba no de un enemigo racial o de un territorio particular, sino de las condiciones de vida en la tierra”.

Aceptando estas premisas, podrían verse los primeros signos de esta escenario de catástrofe en las guerras occidentales contra Irak y Libia, en la cuales las grandes potencias han intentado tomar el control de lugares esenciales de producción petrolera. Pero la advertencia lanzada por Snyder el Cassandra no hace más que reiterar los lugares comunes del neo-conservadurismo: el futuro es el choque de las civilizaciones y Occidente debe prepararse para una nueva cruzada. Así, “Africa demuestra el riesgo de penurias locales, China señalan los problemas planteados por la potencia mundial y la inquietud nacional, y Rusia muestra que prácticas de los años 1930 pueden aparecer como ejemplos positivos. En gran parte a causa de Moscú, la destrucción de Estados y la construcción de enemigos planetarios están de nuevo de actualidad en Europa. En Oriente Medio, los Estados tienen tendencia a ser débiles, y los fundamentalistas musulmanes han presentado desde hace mucho tiempo a los judíos, los americanos y los europeos, como enemigos planetarios.”

Rusia, cuyo líder se ha puesto “a la cabeza de las fuerzas populistas, fascistas y neo-nazis en Europa”, ha inventado un nuevo chivo expiatorio con los homosexuales, pero, según Snyder, los judíos podrían todavía ser las víctimas de un segundo Holocausto. En fin, vuelve a cerrar su argumentario erróneo transformando su historia territorial de los sin-Estado en una vigorosa defensa de Israel. “Los sionistas de cualquier obediencia tenían razón al pensar que un Estado era esencial para su futura existencia en tanto que nación” –pero Snyder olvida decir que esta observación parece justificar la exigencia de un Estado palestino. En su opinión, demuestra por el contrario que los israelíes tiene razón en controlar las reservas de agua de la Cisjordania, mientras que los palestinos, por sus quejas, no dejan de recordarle a los nazis: “Los musulmanes podrían hacer a los judíos responsables de los problemas locales y de la crisis ecológica general; éste era, después de todo, el enfoque de Hitler.”

Siempre en la conclusión de Tierra negra, Snyder expresa su admiración –medio ingenua, medio dogmática– hacia Menachem Begin, Yitzhak Shamir y Benjamin Netanyahu, líderes israelíes en los que ve a los nobles descendientes de sus ancestros, los heroicos nacionalistas polacos de los siglos XIX y XX.

El autor de Tierras de sangre ha hecho sin duda una contribución importante a la historiografía del Holocausto; cinco años más tarde, el profeta de Tierra negra predica banalidades sionistas y neo-conservadoras, y oscurece la historia en lugar de aclararla.

17/11/2016

http://www.contretemps.eu/author/enzo-traverso/

Notas

1/ Este texto apareció inicialmente en inglés en la web de la revista Jacobin. Traducido al castellano de la versión francesa aparecida en la revista ContreTemps. El libro está publicado en español en Galaxia Gutenberg con el título Tierra Negra, el holocausto como historia y advertencia.



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