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80 aniversario de su muerte
Durruti, una leyenda libertaria
21/11/2016 | Pepe Gutiérrez-Álvarez

El 20-N se ha convertido en una de las fechas más simbólicas de toda la historia del Reino, sobre todo fue el día (20/N/1936) en que mataron a Buenaventura Durruti (León, 1896-Madrid, 1936), que representaba como pocos la revolución social. Tanto es así que no han faltado autores que han señalado este día como el final del proceso revolucionario iniciado tras las jornadas de julio del mismo año aunque resulta más riguroso situar dicho final tras las jornadas de mayo de 1937.

Ya en 1931, una pluma nada sospechosa de simpatía hacia el anarquismo, Ilya Ehremburg, escribía sobre él: “Era un obrero metalúrgico que había luchado en las barricadas. Luego, ha asaltado bancos, arrojado bombas y ha secuestrado jueces. Antes había sido condenado a muerte tres veces: en España, en Chile, en Argentina. Ha pasado por innumerables cárceles y ha sido expulsado de ocho países. Ningún escritor se propondría narrar la historia de su vida: ésta se parece demasiado a una novela de aventuras”.

Su padre, un obrero socialista que tuvo ocho hijos de los cuales Buenaventura fue el segundo, le llevó siendo todavía muy joven a trabajar de aprendiz de mecánico con Melchor Martínez, un socialista destacado de su ciudad natal que aseguró a su padre que haría de él un buen mecánico, “pero también un buen socialista”. En 1912, Durruti ingresó en la UGT, pero no tardaría en sentirse incómodo ante la moderación de la socialdemocracia. Después de abandonar el taller, trabajó como montador de lavaderos de carbón y pronto se vio envuelto en la lucha de unos mineros que pugnaban por expulsar a un ingeniero antiobrero. Entre todos lograron echarlo. Durante la huelga general de 1917 Durruti desplegó una intensa actividad, contribuyendo a la quema de locomotoras y al levantamiento del tendido de las vías de los trenes, lo que conllevó el despido de la empresa, así como ser buscado por la guardia civil que lo tenía fichado. También fue expulsado por su radicalismo, de la UGT.

Después de ingresar de la CNT, Durruti huyó a Francia, para volver a efectuar diferentes cometidos de agitación hasta que fue detenido por la guardia civil y trasladado a San Sebastián, sometido a un Consejo de Guerra y encarcelado; pero logró evadirse. En 1920 se encuentra en Barcelona. Por aquella época organiza el grupo llamado “los Justicieros”, cuyo terreno de acción se repartía entre Aragón y Guipúzcoa. Una de las misiones que se plantearon fue la ejecución de Alfonso XIII que debía de asistir a la inauguración del Gran Kursaal de San Sebastián, pero el intento fracasó por una denuncia. En 1921 se halla en Andalucía trabajando en una campaña de afiliación anarquista. El 9 de marzo, un día después del asesinato de Eduardo Dato, fue detenido en Madrid, pero logró engañar a la policía y escapar a Barcelona; se ignora su grado de participación en el atentado.

Con el mismo grupo ¾que se llamará también Crisol¾ organiza una respuesta a la violencia gangsteril de la patronal catalana. En esta pequeña guerra civil de clases, el grupo se cohesiona con militantes que serán futuros cuadros cenetistas: Francisco Ascaso, Juan García Oliver, Miguel García Vivancos, Ricardo Sanz, etc. El acto más célebre perpetrado por el grupo será el atentado contra el archirreaccionario Cardenal-arzobispo de Zaragoza, Juan Soldevila, que según Pío Baroja “conferenciaba en Reus con los jefes de la patronal de Barcelona y les daba consejos para atacar a la organización sindicalista obrera”. Otro acto espectacular fue el atraco a mano armada del Banco de España de Gijón, Durruti logró huir y días más tarde liberaba a Ascaso que se encontraba en prisión. Con éste se marcha a Francia, donde ambos organizaron con otros anarquistas “La Editorial Anarquista Internacional”. Poco antes de concluir 1924, los dos embarcaron hacia Latinoamérica.

Sus actividades revolucionarias llenas de audacia les llevaron a Cuba, donde ejecutaron a un patrón particularmente odiado, luego a México, Uruguay, Chile, Perú y Argentina. En una ocasión, necesitados de seis millones de pesetas para conseguir la libertad de 126 anarquistas, inician una serie de asaltos a casas bancarias que comienza en España, con el Banco de Cataluña, siguen en México y luego por los países del Pacifico, asientan sus bases en Chile, donde obtuvieron un buen botín, llegan a la Argentina, donde asaltan el Banco de San Martin, cruzan el Río de la Plata, llegan a Montevideo donde realizan otros asaltos con éxito En sus actuaciones siempre había un trasfondo idealista y antiburgués, su violencia nunca fue gratuita. De regreso a Europa, al poco tiempo se encontraban en París donde conoció a Mackno, que le causó una honda impresión. De nuevo tratan inútilmente de asesinar a Alfonso XIII. Fueron detenidos por la policía francesa y una multitud de gobiernos, empezando naturalmente por el de Primo de Rivera, exigieron su extradición. No obstante, una importante campaña de solidaridad lo impidió, y en 1927 consiguió un indulto. Durruti ya tiene una compañera fija, Emilienne Morin, que no le abandonará nunca y con la que tendrá una hija. Llamativos son algunos detalles en las declaraciones de la primera para la revista Interviú en 1977, en las que, recuerda entre otros detalles que el compañero llegaba a casa a debatir con sus compañeros y le pedía a ella que “les preparara algo”.

Durruti se afilió a la FAI y se convirtió en su militante de base —siempre rechazó los cargos sindicales— más conocido. En los primeros años de la II República, fue uno de los inspiradores de la línea llamada de la "gimnasia revolucionaria" que lo llevaron a actuar en diversas insurrecciones locales en Cataluña hasta que fue detenido por los acontecimientos revolucionarios del Alto Llobregat y deportado a Guinea llamada española; pero no fueron aceptados por el gobernador y se quedaron en Fuerteventura (Canarias). Fue liberado inmediatamente, y se dedicó a preparar una insurrección para principios de 1933, cuyo acto más conocido sería el de Casas Viejas. El fracaso hizo mella en su ánimo, consideró que "las condiciones no estaban maduras", aunque “también es cierto que estamos atravesando un período revolucionario y no podemos permitir a la burguesía que domine la situación haciéndose fuerte desde el Estado". Su finalidad no era una revolución encabezada "por una minoría que después impondrá su dictadura al pueblo", y ve "el sistema capitalista y estatal, herido de muerte tras el levantamiento de los mineros del Alto Llobregat”. Continua sus actividades hasta que es detenido nuevamente cuando formaba parte del Comité Nacional Revolucionario que preparaba un alzamiento ¾ajeno a la Huelga General que preparó la Alianza Obrera¾ contra el gobierno radical-cedista. Liberado en víspera de las jornadas de julio de 1936 aboga por la unidad revolucionaria contra el fascismo.

Durante estas jornadas, Durruti fue uno de los que animan la ocupación del cuartel de Atarazanas y es también uno de los del petit comité que se niega a asumir la responsabilidad de un poder revolucionario alternativo (de los que habían combatido en las mismas barricadas) y apoya la entrega de las riendas al gobierno catalán de Companys, contra el que había luchado en tantas ocasiones. Forma parte del Comité Central de las Milicias Antifascistas y crea la legendaria “Columna Durruti” de la que será líder indiscutible en una misma línea que se puede resumir en la divisa que se hizo popular en catalán: “Nosastres sols” (Nosotros solos)/1. Asume el mando militar marchando hacia el Frente de Aragón, y más tarde, al más trascendental de Madrid. Allí se distingue por su arrojo hasta que muere en condiciones dudosas.

Su muerte es uno de los grandes enigmas de la guerra civil, y la fecha en que sucedió se ha convertido en emblemática por dos episodios añadidos/2. Las hipótesis van desde el torpe accidente hasta un atentado estalinista, pasando por una traición dentro de sus propias filas. En este cuadro se inserta una polémica sobre la naturaleza de sus posiciones políticas. Para unos, Durruti se había plegado a las posiciones de la dirección de la CNT-FAI y había proclamado que había que renunciar a todo —la revolución¾ menos a la victoria militar; mientras que para otros, que se apoyan en sus célebres declaraciones al periodista Van Passen del Star de Toronto, Durruti sigue fiel a sus posiciones habituales, se pronuncia radicalmente desconfiado de la ayuda exterior —potencias democráticas, URSS— y del propio gobierno republicano “que podría necesitar estas fuerzas rebeldes para aplastar el movimiento de los trabajadores”. Preconiza la revolución y afirma: “…somos nosotros los que hemos construido estos palacios y estas ciudades aquí en España y en América y en todas partes. Nosotros, los trabajadores, podemos construir otras en su lugar y mejores. No nos asustan las ruinas. Vamos a heredar la tierra, no nos cabe la menor duda. Que la burguesía haga trizas y arruine su propio mundo antes de abandonar la escena de la Historia. Nosotros llevamos un mundo en nuestros corazones. Ese mundo está creciendo en estos instantes”. Su entierro, celebrado en Barcelona, reunió a una impresionante multitud militante y sirvió para adoptarlo como héroe de la República. Su leyenda de gigante ha ido creciendo como una bola de nieve. La Vía Layetana fue rebautizada Vía Durruti, mientras que en los años ochenta la alianza socio-convergente contribuyó a la instauración de un monolito dedicado a Francesc Cambó, que acabó siendo uno de los soportes financieros de Franco.

Su vida ha dado lugar a una multitud de biografías, la más conocida (entusiasta, reverente pero igualmente la auténtica y minuciosa) es la de Abel Paz, quien también será coautor del guión del vibrante documental Durruti en la revolución española (Paco Ríos, 1998). También sobresale el collage escrito por el poeta y ensayista germano Hans Magnus Enzensberger, El corto verano de la anarquía (Anagrama, Barcelona, 1998), sobre la que Pasolini (Tempo, 25-XI-1973) escribiría que éste “ha dado una extraordinaria lección a los historiadores profesionales: ha inaugurado, nada menos, un método nuevo, ¡Vaya con el collage! La Historia sólo puede ser entendida si es interrogada desinteresadamente”.

El escritor libertario Joan Llarch publicó La muerte de Durruti (Plaza&Janés, 1979) donde silenciaba las fuentes de primera mano (si las tuvo), trataba el conjunto con una ligereza y superficialidad muchas veces irritante y los testimonios no eran la parte esencial del libro, sino contrapunto de un texto novelesco. Los resultados eran, por supuesto, completamente distintos: el libro del poeta alemán sitúa a una figura legendaria en su exacto contexto histórico, destruyendo una mitología más reticente que apologética; el de Llarch agotaba los lugares comunes con una contumacia digna de mejor causa. El libro de Enzensberger se abre con un prólogo que reproduce las impresiones de un testigo presencial del entierro de Buenaventura Durruti, en la Barcelona de los últimos días de noviembre de 1936. A partir de ahí, el libro se estructura en ocho comentarlos del autor, seguido cada uno de ellos de ese “clamor popular” en el que “hasta la mentira irradia su parte de verdad”, como ha dicho Francisco Carrasquer sobre la edición holandesa del libro.

Admirado como un líder fuera de cualquier objeción en los medios libertarios, Durruti, como no podía ser menos, también ha sido objeto de diversas tentativas denigratorias; así, por ejemplo, el hispanista neoliberal Hugh Thomas, lo cataloga dentro de la categoría de un “terrorista” para compararlo con el antiguo agente del Imperio, Bin Laden…

20/11/2016

Pepe Gutiérrez-Álvarez, escritor y miembro del Consejo Asesor de VIENTO SUR

Notas:

1/ Sobre la naturaleza de este exclusivismo y sus consecuencias en los hechos de Octubre de 1934, considero del mayor interés el trabajo de Chris Ealham, “Nosaltres sols’: La CNT, la unidad antifascista y los sucesos de Octubre de 1934 en Catalunya,” incluido en la obra colectiva De Octubre a Octubre (AAVV, El Viejo Topo, Mataró, 2010)

2/ El mismo día, la República ejecutó al principal admirador de Hitler y Mussolini en el citado Reino… El mismo 20-N, treinta y nueve años más tarde, fallecía en su cama Francisco Franco, uno de los mayores “monstruos” que haya conocido la historia humana.





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