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Tribuna VIENTO SUR
El laberinto Trump
14/11/2016 | Manuel Garí

Estamos ante una aparente doble paradoja. Por un lado Donald Trump, un candidato populista de derechas millonario a golpe de bajos salarios y peores condiciones laborales, de vender objetos fabricados en los cuatro puntos cardinales del planeta, de “deslocalizar” en medio mundo y de levantar rascacielos en Manhattan con acero chino, se ha erigido en el paladín del proteccionismo y “defensor” del empleo norteamericano. Por otro, el autoproclamado enemigo del “sistema” ha recibido ya el aplauso de Wall Street, una parte del establishement republicano (su poderosa alma neocon) le ha apoyado sin disimulo y sus oponentes Clinton y Obama le han dado su bendición. Y se dice que está pensando en nombrar como secretario del Tesoro a personajes tan vinculados al sistema como Jamie Dimon de Goldman Sachs o a Steven Mnuchin de JP Morgan.

El marco geopolítico en el que Trump va a desarrollar su mandato es sumamente volátil, plagado de conflictos bélicos, con riesgo de que se reaviven tensiones con Cuba, Irán, China y Rusia, en plena y confusa transición energética y a las puertas de una nueva crisis bancaria que podría generar una nueva recesión. Y EE UU ya no es lo que era, elemento que tanto ha influido en un sector amplio y retrógrado del electorado norteamericano. EE UU no son ya el imperio sin competidores, pues la globalización capitalista impulsada desde Washington y las grandes trasnacionales, tiene como una de sus características la multipolaridad.

Estamos obligados a pasar de las imágenes sobre un personaje que no es un conservador al uso, pero lo es, y de estereotipos políticos superficiales que parecen explicar todo pero no resuelven nada. Por ejemplo, cuando la caracterización política de Trump empieza y acaba en el calificativo “populista” (por más que se añada la muletilla “de derechas”). Esta mirada se fija en el envoltorio y la puesta en escena y desconsidera el fondo: qué intereses económicos representa Trump en el marco del conflicto por la disputa del ingreso.

Si en los análisis sobre la disputa política se elimina el vector ‘conflicto social’, el razonamiento puede acabar siendo similar al de Susana Díaz y al de la mayor parte de los medios de comunicación, que hace una identificación del populismo de derechas con un supuesto populismo de izquierdas porque ambos “atacan” a la “casta/establishement” y son “anti-sistema” (sic). Pobre Andalucía con una burócrata populista (ella sí) de extremo centro al frente de la Junta. Y pobre sociedad cuyos creadores de opinión muestran tal grado de banalidad.

Pero ese olvido del ‘conflicto social’ que atraviesa la vida política tiene también un correlato en discursos políticos honestos pero, en mi opinión, estériles y que dificultan el camino hacia el empoderamiento popular. En el marco de la crisis de legitimidad del sistema político y económico y ante el auge de las posiciones derechistas con base popular como es el caso de Trump, la solución no es el anti-Trump populista de izquierdas.

Bernie Sanders ganó apoyos entre las gentes indignadas por la corrupción y el aumento de la desigualdad por presentarse como alternativa socialista, no porque situara la disputa por la hegemonía en el bloque antihegemónico en un supuesto eje populista derecha/izquierda, cuya diferencia esencial girara estrictamente en torno a la “resignificación” de los términos en liza.

Sanders fracasó, no porque perdiera la convención de las primarias de su partido, sino porque se plegó a los estrechos límites del Partido Demócrata y no impulsó una alternativa autónoma que recogiera la impugnación y los elementos incipientes de autorganización popular existentes y les diera una perspectiva efectivamente socialista tal como se autodefinía. No supo ni quiso ponerse a la cabeza de la mayoría trabajadora que podía comprobar que si bien con Obama el volumen de empleo había alcanzado el nivel anterior a la crisis de 2008, no fue así con el nivel de los salarios y aún menos el de las condiciones laborales. No supo dar una perspectiva de recuperación y extensión de los derechos laborales perdidos tras la derrota sindical de las décadas precedentes. No tuvo en cuenta la correlación existente entre el voto potencial de Trump y los 27 estados en los que la desregulación neoliberal de las condiciones laborales “individualizaba” la contratación y el salario en ausencia de acción sindical y, por tanto, la disputa era dar una perspectiva política colectiva a la solución de los problemas en las empresas, en las calles y en las instituciones.

La contienda política, en los momentos críticos de deslegitimización de la élite gobernante, es más compleja que la mera confrontación de discursos entre populismos de signo contrapuesto, entendiendo el término populismo como un conjunto de meras vías y formas a modo de metodologías asépticas para ganar la mayoría electoral. Por ello también resulta un reduccionismo de las tareas políticas del momento, una simplificación del conflicto, una mistificación de los antagonismos y una pérdida de tiempo buscar con el candil de Diógenes la “resignificación” en términos populistas de izquierda. Estimo que lo más adecuado es poner en el mismo rincón del cuadrilátero tanto a los defensores convencionales del sistema como a sus reformadores populistas y desde la otra punta de la diagonal combatirlos e impugnarlos a ambos a la vez.

Habrá que analizar los proyectos. Es ahí donde radica la línea divisoria. Para ello conviene dar más importancia a las propuestas programáticas y seguir su implementación.

El lío del programa económico

En consonancia con lo arriba expuesto, hoy me centro en un aspecto de los que considero más importantes por sus efectos sociales en EE UU e internacionales: el programa económico. Y hacerlo teniendo en cuenta tres elementos: Trump fue ambiguo y desarrolló muy escasamente las políticas económicas, objetivos y medios en los que realmente está pensando; su orientación, dada la inconsistencia del personaje y de sus propuestas, puede ser sumamente voluble; y la puesta en práctica estará sometida a las presiones que reciba de los lobbies, los mercados y las multinacionales con intereses mundiales muy diversos y por supuesto dependerá quienes son los encargados de poner en pie las medidas económicas y del apoyo que le acabe prestando el Partido Republicano en el Congreso y en el Senado. Todo ello supone introducir elementos de incertidumbre agregados a una situación mundial de por si incierta y plagada de turbulencias económicas. Los efectos de la presidencia de Trump como los del Brexit podemos intuirlos pero están por ver.

El conflicto en el que se mueve Trump, conviene recalcar por segunda vez, se da en la lucha por el ingreso. Lucha entre las clases sociales mediante la confiscación y saqueo por parte de la clase dominante de las rentas de las clases trabajadoras vía disminución salarial, deterioro de las condiciones de trabajo y modelo fiscal que tiene como objetivo una redistribución inversa del flujo de abajo hacia arriba en la pirámide social. Pero ese conflicto también ha surgido entre los diferentes sectores del capital que compiten en un periodo cuya tendencia es la bajada de la tasas de ganancia.

La primera cuestión que salta a la vista es que su propuesta, cuanto menos, se puede calificar de contradictoria y se plasma en una suma de medidas de corte keynesiano con otras de inspiración ultra neoliberal. En la primera parte de la ecuación podemos enumerar: inversión pública por un importe de 500 000 millones de dólares en infraestructuras (carreteras, puentes, aeropuertos, redes eléctricas…) y, además, el impulso de la industria militar así como el estímulo de la demanda interna; en la segunda: desregulación financiera, desregulación de las biotecnologías y del sector farmacéutico, drástica bajada de impuestos y privatización total de la sanidad. Combina medidas de demanda y de oferta como quien baraja cartas. La incoherencia es manifiesta y será difícil que su equipo económico racionalice el “popurrí”. Pero en cualquier caso podemos afirmar que el modelo productivo que estimula es letal: basado en el armamentismo, el relanzamiento del fracking, el carbón y el petróleo y el retroceso de las renovables.

La reforma fiscal que impulsa Trump está a medida de los intereses más oligárquicos por más que anuncie que las personas con bajos ingresos no pagarán el tributo sobre la renta. Los tramos impositivos, que actualmente son siete, se reducirán a tres: 12 %, 25 % y 33 % para gravar la renta de las personas físicas. Se elimina el Impuesto de Sucesiones y se reduce al 15 % sobre beneficios el tributo equivalente al Impuesto sobre Sociedades español; actualmente está situado en el 35 % aunque el tipo efectivo es del 27 %.

Uno de los principales problemas es ¿cómo piensa financiar su plan de obra pública con una reforma fiscal como la que propone? Muy probablemente se disparará el déficit y la deuda pública se situará en niveles muy altos. Lo que unido a otras medidas como las de subida de los tipos de interés o el encarecimiento de las importaciones que seguirá a sus medidas defensivas, puede significar un aumento del riesgo de inflación.

Aunque se ofrezca como “salvador” frente a la inoperancia del establishement de Washington presentándose como el impulsor de otro modelo de globalización, Trump es un demagogo de ultra derecha al servicio del sistema capitalista. Probablemente impulse acuerdos con países de un área política y culturalmente que le sea más cercana frente a los actuales acuerdos internacionales que rechace el tratado con Europa, TTIP, el del Pacífico, TPP, y revise el NAFTA que ampara las transacciones con México y Canadá. Pero no es tan fácil deshacerse de esos tratados, máxime cuando sectores poderosos del capital norteamericano son beneficiarios principale de los mismos y cuando puede suponer un encarecimiento de las importaciones que redundaría negativamente. Por otro lado, EE UU está condenado a entenderse con China, por lo que le debe y por las inversiones que ambos países tienen en sus respectivos territorios.

En conclusión al desorden mundial existente en la economía financiarizada global, vino a añadirse la turbulencia Trump. Y lo que es seguro es que los ricos norteamericanos saldrán enriquecidos y los pobres empobrecidos tras la próxima presidencia.

14/11/2015

Manuel Gari forma parte del Consejo Asesor de VIENTO SUR



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