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Victoria de Trump en EE UU
La solución es política
10/11/2016 | Megan Erickson, Katherine Hill, Matt Karp, Connor Kilpatrick, Bhaskar Sunkara

No nos hacemos ninguna ilusión con respecto al impacto de la victoria de Donald Trump. Se trata, efectivamente, de un desastre. La perspectiva de un gobierno de derechas dirigido por un representante del autoritarismo populista es una catástrofe para la gente trabajadora.

Hay dos posibles respuestas a esta situación. La primera es culpar al pueblo estadounidense. La otra es culpar a las élites económicas y políticas del país.

En los próximos días y semanas, muchos expertos recurrirán a la primera explicación. Algunos liberales asustados ya han publicado explicaciones alentando la migración hacia Canadá. Justo después de conocer el resultado electoral, la página web canadiense de migraciones colapsó por la cantidad de visitas. Parece que quienes nos llevaron a este precipicio están ahora planeando su fuga.

Pero culpar a la opinión pública estadounidense por la victoria de Trump solo agudiza aún más el elitismo que impulsó a gran parte de sus votantes. Es incuestionable que el racismo y el sexismo jugaron un papel crucial en el ascenso de Trump. Del mismo modo, es preocupante pensar en qué medida su triunfo electoral servirá para fortalecer a las fuerzas más reaccionarias de Estados Unidos.

Aun así, una respuesta a Trump que comience y termine con el horror no es una respuesta política: es una forma de parálisis, la política de “esconderse debajo de la cama.” Y una respuesta al avance de las fuerzas de derecha que se agote en la denuncia moral es lo opuesto a la política. No es más que una derrota.

Sostener que el atractivo de Trump se basa exclusivamente en su componente xenófobo es asumir que prácticamente la mayoría de los estadounidenses están guiados por el odio y el deseo común de un programa político basado en la supremacía blanca. No creemos esto. Y los hechos tampoco lo demuestran.

Como indica Nate Cohn, analista del New York Times, en estas elecciones han sido decisivos los que eligieron a Barack Obama como presidente en el 2012. No todos ellos pueden ser considerados reaccionarios.

Clinton obtuvo sólo el 65 % del voto latino, comparado con el 71 % que obtuvo Obama hace 4 años. Un resultado muy pobre, teniendo en cuenta que competía con un candidato que proponía construir un muro a lo largo de la frontera sur del país y que empezó su campaña llamando “violadores” a los mexicanos.

Clinton sólo consiguió el 34 % de los votos de las mujeres blancas sin estudios universitarios. Alcanzó el 54 % de los votos totales de las mujeres, comparado con el 55 % de Obama en 2012. Clinton, por cierto, estaba compitiendo con un rival que se jactó ante una cámara de “agarrar a las mujeres por el coño”.

Clinton hizo una campaña para perder. Y perdió. Mucha de la responsabilidad de esta derrota recae sobre Hillary Clinton, pero ella sólo encarna los consensos de toda una generación de líderes del Partido Demócrata. Durante la presidencia de Obama, los demócratas perdieron casi mil asientos legislativos, una docena de gobernaciones, sesenta y nueve asientos en el Congreso y trece en el Senado. Esta derrota no ha ocurrido porque sí.

El problema de Clinton no ha sido su peculiaridad, sino su tipicidad. Lo habitual en el Partido Demócrata es que los poderosos burócratas de Washington decidan la nominación -con apoyos masivos- muchos meses antes de que un sola urna, organizándose de forma decisiva contra la política que podía ganar: una política para las clases trabajadoras. El 72 % de los estadounidenses que votaron anoche creen que “la economía está manipulada para beneficiar a los ricos y a los poderosos”; el 68 % está de acuerdo en que “los partidos tradicionales y los políticos no se preocupan por gente como yo.”

Prácticamente solo entre los políticos demócratas, Bernie Sanders le habló a este caldeado sentimiento de alienación y rabia de clase. Sanders sostuvo un mensaje fundamental para el pueblo de Estados Unidos: vosotros os merecéis más y tenéis razón en creer que esto es así. Sanidad pública, educación, un salario digno. Es un discurso que lo ha convertido, de lejos, en el político más popular en el país. El programa de Hillary Clinton asumió algunas de las ideas concretas de Sanders, pero rechazo su eje central. Para la dirección del Partido Demócrata, no tenía sentido cuestionar la situación de los Estados Unidos. Para ellos, EE UU nunca ha dejado de ser “grande”. Y las cosas sólo han ido cada vez a mejor. Los líderes del partido le pidieron a los votantes que les permitieran hacer política por ellos. Pensaron que lo tenían todo bajo control. Se equivocaron y ahora tenemos que lidiar con las consecuencias. Y lo haremos. Esta es una nueva era que requiere un nuevo tipo de política. Una que hable de las esperanzas y de las necesidades urgentes de la gente, más que a sus miedos. Porque resulta que el liberalismo elitista no puede vencer al populismo de derechas. No podemos mudarnos a Canadá ni escondernos debajo de la cama. Es un momento de abrazar las políticas democráticas, no de repudiarlas.

11/09/2016

Megan Erickson, Katherine Hill, Matt Karp, Connor Kilpatrick y Bhaskar Sunkarason editores enJacobin Magazine.

Nota: En EEUU “liberal” tiene un significado similar a la que en Europa tiene “progresista”.

https://www.jacobinmag.com/2016/11/trump-victory-clinton-sanders-democratic-party/

Traducción: VIENTO SUR





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