aA+
aA-
Grabar en formato PDF

Debate con Varoufakis y DIEM25
Sobre la naturaleza de la Unión Europea
20/10/2016 | Catarina Príncipe

La izquierda europea se halla ante un dilema. El cambio de Syriza de un partido contrario a la austeridad a uno que obedece a los dictados europeos, los resultados electorales inesperados en España y el brexit nos obligan a reconsiderar nuestra relación con la Unión Europea. Yanis Varoufakis y DiEM25 tienen una solución: sacudir la jaula desde dentro de la Unión Europea para unificar a los movimientos de izquierda/1. El problema es que su análisis pasa por alto el papel central que todavía desempeñan los Estados nacionales. Estos Estados se mantienen como centros de acumulación de capital y espacios de democracia, de modo que la estrategia política y los agentes necesarios para asegurar el abandono de la austeridad solamente pueden organizarse a escala local y nacional.

Por qué son importantes los Estados

El papel del Estado-nación en la Unión Europea es objeto de contestación desde hace tiempo. Muchos han señalado que la creación de un bloque económico transnacional implica que ahora los Estados-nación desempeñan un papel insignificante en la organización de la economía. Sin embargo, este análisis pasa por alto el verdadero fundamento de la Unión Europea, que es tanto nacional como supranacional. En efecto, la UE se concibió para establecer un bloque capitalista transnacional capaz de competir en el mercado mundial. La adopción del euro fue un paso más en esta dirección. No obstante, fueron los Estados-nación –en competencia económica entre ellos– los que crearon este bloque. Por consiguiente, no basta con fijarse únicamente en la transnacionalización del capital, sino que hemos de comprender también el papel que desempeñan los capitales nacionales.

La integración europea generó una dinámica centro-periferia en que los países centrales devalúan la mano de obra para producir y exportar mercancías baratas a los mercados periféricos, cuyas economías están basadas en la importación y en productos no comercializables. El llamado “milagro alemán” redujo los salarios y precarizó las relaciones laborales, permitiendo por un lado que más personas trabajen por menos y, por otro, que produzcan bienes más baratos para dominar el mercado. Los países periféricos, en cambio, han desmantelado los sectores productivos de su economía a cambio de un acceso fácil al crédito.

La moneda común no ha hecho más que acentuar estas desigualdades. Cuando Alemania devaluó el marco alemán con la introducción del euro, infravaloró efectivamente la nueva moneda en Alemania, mientras que la sobrevaloró en países como Italia o Grecia. El complejo proceso monetario consolidó la posición central de Alemania. Además, la creación del Banco Central Europeo –que impide que las economías nacionales más débiles devalúen su moneda en respuesta a las crisis económicas– no ha hecho más que reforzar la dependencia de las economías periféricas con respecto a los países centrales.

Este análisis no niega que la Unión Europea haya permitido a todas las burguesías nacionales sacar provecho del proceso de integración de diversas maneras. Ahora bien, asumir que la Unión Europea es exclusivamente un fenómeno transnacional olvida el papel central que desempeñaron los propios Estados en su estructuración. Los procesos de globalización no se produjeron al margen de los Estados; al contrario, fueron obra de estos y son ellos los principales responsables de su reorganización. Leo Panitch califica esto de “internacionalización del Estado”. Los Estados siguen funcionando como las formas de organización del capital y del mercado, ya que facilitan la producción, distribución, comunicación e intercambio entre bancos y empresas.

Esto es especialmente cierto tras la crisis de 2008. Las políticas centrales de austeridad han dado pie a programas nacionales masivamente intervencionistas, no en el sentido de desmercantilizar el capital, como ocurrió durante varias décadas a través de las estructuras del Estado social y la regulación del mercado de trabajo, sino justamente porque los Estados han desregulado por la fuerza el mercado de trabajo, destruido los programas sociales y, sobre todo, absorbido la deuda privada convirtiéndola en pública, como en el caso de los rescates bancarios. En este sentido, los Estados implementan los intereses del capital imperialista en el plano nacional. Por supuesto, el proceso nunca es unidireccional: los Estados están sujetos a las políticas internacionales que ellos mismos crean.

Es más, diferentes formas de Estado-nación comparten una característica común: cada uno ajusta sus políticas económicas en función de la dinámica de la economía mundial. El desarrollo desigual –una característica ancestral del capitalismo– permite mantener la competencia internacional, contrariamente a algunas teorías de la globalización. James Meadway propone otra razón de la importancia del Estado en la organización de la economía global. Aduce que es posible que la globalización haya llegado a su cénit y que pronto el capital volverá a casa. Los Estados-nación ya intervienen en esta reorganización. En cualquier caso, está claro que no existe ninguna contradicción evidente entre el proceso de reorganización del capital global y el del Estado-nación.

¿Y la democracia?

No solo sigue el mundo estando formado por Estados, no solo estos configuran la economía global, sino que en lo que respecta a toda democracia –incluso en sus formas insuficientes– que persiste en relación con el poder capitalista, esta reside en estructuras políticas nacionales y subnacionales. La autonomía relativa del Estado frente al capital crea un espacio en que puede tener lugar la confrontación política con resultados progresistas. Este espacio no existe en el nivel supranacional: las estructuras de la Unión Europea están, desde el comienzo, vacías de democracia.

El Parlamento Europeo, a pesar de ser elegido en circunscripciones nacionales, solo responde a las estructuras superiores. Del Parlamento Europeo no emana más que la necesidad de llegar a un consenso en el nivel de la Comisión o del Consejo. En este sentido, cualquier forma de responsabilidad en el nivel europeo solo funciona hacia arriba. Del mismo modo, el euro se concibió deliberadamente para ser inmune a las presiones electorales. Por ejemplo, la prohibición de devaluar la moneda en función de las necesidades de los países miembros en momentos determinados aísla la política monetaria del público votante.

En este sentido, los únicos restos de responsabilidad estructuralmente democrática existen exclusivamente en el plano del Estado-nación. No solo sigue estando el mundo compuesto por Estados y estos desempeñan un papel central en la configuración de la economía global, sino que en la medida en que existe alguna democracia (aunque insuficiente) frente al poder de los capitalistas, esta reside en las estructuras políticas que solo se dan en el nivel nacional y subnacional.

La manera en que Varoufakis formula la democracia –como un concepto separado de las políticas y programas realmente existentes– la convierte en una expresión vacía. Si hablamos de democracia al margen de los cambios sociales concretos y materiales, es fácil que pueda ser cooptada por la extrema derecha. A modo de ejemplo concreto, no podemos decir que el referéndum del brexit fuera “no democrático” porque estuviera manchado de tintes xenófobos y de derechas. Lo que sí podemos decir –lo cual es una manera más correcta y útil para encuadrar el problema de la democracia– es que la democracia no se refiere únicamente a cómo organizamos la participación política.

La democracia crea las condiciones materiales para la igualdad y la participación y tiene que ver con la educación, la salud, la vivienda, el control de la economía, la igualdad y la capacidad de decidir las condiciones que determinan nuestras vidas: las necesidades reales en que se basan la participación y la toma de decisiones. Y en este sentido, para rescatar los restos de democracia allí donde las estructuras todavía la reflejan, necesitamos las luchas en el plano subnacional y nacional. Incluso el programa de DiEM tiene en cuenta este hecho básico. Los gobiernos elegidos y progresistas que llama a oponerse y finalmente desobedecer los dictados europeos han de conseguir primero el poder en el plano nacional, donde todavía existe espacio para la política.

Ahí es donde reside la cuestión de la prioridad. Cuando Varoufakis señala que hay que abordar simultáneamente todos los niveles –subnacional, nacional y supranacional–, niega el hecho material de que el cambio y la transformación social no se producen igualmente en todos los sitios al mismo tiempo. Esto no se debe a que no sea deseable, sino al posicionamiento concreto de cada país dentro del orden mundial. La Unión Europea no promueve la unidad entre los oprimidos, sino únicamente entre quienes organizan esta opresión.

Diferentes Estados ocupan distintas posiciones dentro de la Unión Europea y tienen tradiciones culturales y políticas diversas. Estos hechos concretos determinan cómo sus ciudadanos pueden aplicar políticas transformadoras. A resultas de ello, la izquierda conocerá desarrollos desiguales y a veces contradictorios en cualquier movimiento progresista. Las posiciones articuladas dentro de cada correlación de fuerzas particular –y los diferentes límites y condicionamientos que experimenta cada una– determinarán cómo podemos maniobrar y coordinar la estrategia más ampliamente.

Esto no quiere decir que el nivel supranacional deba permanecer intacto u olvidado. El internacionalismo fundamenta las tradiciones de izquierda más sólidas y yo no sostengo que pueda haber soluciones exclusivamente nacionales a la crisis. De lo que se trata es de saber qué espacios puede recuperar una política progresista a fin de acumular fuerzas y construir mayorías sociales y permitir una acción política dentro de los condicionamientos que impone cada emplazamiento particular. Esto comienza en el plano nacional.

Desobediencia

La desobediencia es un concepto central en el discurso de Varoufakis. En general estoy de acuerdo con su propuesta, pero discrepo de cómo la formula. Al igual que la cuestión de la democracia, es preciso politizar la desobediencia. Para volver al mismo ejemplo, podríamos decir que las fuerzas nacionalistas británicas desobedecieron las órdenes de la mayoría de élites económicas y políticas cuando hicieron campaña por el brexit, pero ¿qué nos ha deparado esto desde el punto de vista del avance de una política de izquierda?

La desobediencia debe estar vinculada a una comprensión concreta de sus consecuencias, sus resultados, sus dificultades y sus objetivos últimos. No puede ser un espectáculo individual realizado por representantes electos que “dicen no” ni tampoco un instrumento puramente retórico. Una estrategia de desobediencia debe basarse en principios e ideas políticas y requiere el apoyo de una mayoría dispuesta a afrontar cualquier resultado que comporte.

Sabemos que la Unión Europea es todo menos una estructura democrática: impone políticas y medidas antidemocráticas (con la función fundamental que desempeñan los Estados en este proceso, como hemos visto antes) a gobiernos elegidos democráticamente. Para acabar con la austeridad a largo plazo –mediante la reestructuración de la deuda pública, el impago de sus partes ilegítimas, la instauración del control público del sistema bancario, la nacionalización de sectores estratégicos de la economía, el cobro de impuestos a los ricos, etc.–, lo más probable es que tengan que desobedecer las leyes de la UE. Tales medidas son actualmente ilegales en el marco de la Unión Europea, de sus acuerdos presupuestarios y del euro.

Esta estrategia, en contraste con la deVaroufakis, dota a la desobediencia de un contenido político claro, que a su vez debe obtener el apoyo de la mayoría. Cuando propongamos programas políticos definidos, no encontraremos aliados en los grupos políticos que han conformado la Unión Europeani en los que despliegan una retórica xenófoba para apuntalar su poder. La desobediencia requiere una política específica si debe servir al avance de la posición de las clases populares.

Unidad sin fronteras

Varoufakis nos recuerda el internacionalismo de Marx y Engels en su Manifiesto Comunista cuando escriben “proletarios del mundo, uníos”. Yo entiendo que su internacionalismo no niega el posicionamiento concreto a que se enfrenta cada clase obrera. Marx y Engels eran conscientes, en realidad, de la importancia de los Estados-nación y de que la estructura del Estado-nación no se puede soslayar en el proceso de lucha de clases, porque los Estados a su vez son indispensables en la organización de los procesos de acumulación de capital.

Esto guarda relación con lo que dice Varoufakis sobre los defensores del lexit. Aún más significativamente, nuestra estrategia depende en gran medida de si partimos de una Europa sin fronteras, en la que los trabajadores ejercen la libre circulación o de la Europa de comienzos de la década de 1950, donde los Estados-nación controlaban las fronteras y las utilizaban para crear una nueva categoría de proletarios llamada gastarbeiter. Este último aspecto ilustra el peligro del lexit. Dado que la Unión Europea ha establecido la libre circulación, el lexit implica la aceptación, por no decir el apoyo efectivo, del restablecimiento de los controles fronterizos, con sus alambradas de espino y sus guardias armados.

Pero los trabajadores no ejercen la libre circulación, como si la realidad de la migración dentro de la Unión Europea no viniera determinada por la búsqueda de mejores salarios y condiciones de vida. En un bloque transnacional compuesto de Estados-nación que compiten con salarios diferenciados, distintos sistemas fiscales y estructuras sociales dispares, los trabajadores de distintos países no se desplazan porque sí, sino, al igual que la mayoría de migrantes de todo el mundo, porque buscan mejores condiciones de vida.

Más concretamente, como muestran las cifras de la migración intracomunitaria, los trabajadores de los países periféricos suelen migrar para trabajar en sectores mal pagados y precarios de los países centrales. Esta tendencia se ha intensificado desde la crisis de 2008. Aparte de esto, es la Unión Europea como tal la que ha tendido las alambradas de espino y desplegado los guardias armados, para defender la “fortaleza” frente a cualquier persona que no sea ciudadana europea. Europa ha construido esta fortaleza dejando a la humanidad en la estacada y convirtiendo sus fronteras en fosas comunes.

Pero esto tampoco es un fenómeno nuevo. En realidad, es una expresión de una de las contradicciones del capitalismo: el proceso de acumulación de capital necesita la movilidad de la mano de obra. Cuando estas barreras se mantienen, la fuerza de la expansión del capital trata de superarlas. Sin embargo, hay obstáculos que persisten y esto refleja las posiciones contradictorias dentro de la clase capitalista, basadas en el conflicto entre la exigencia económica de la plena movilidad a largo plazo y la necesidad de mantener la estratificación entre los trabajadores, así como la necesidad de mantener la hegemonía política e ideológica sobre una clase obrera dividida a corto plazo. Y estos procesos de competencia en el seno de una clase obrera dividida ocurren de un modo similar dentro de la Unión Europea.

Teniendo en cuenta esto, ¿cómo podemos concretar en la práctica la consigna de Marx y Engels? No puede significar que la clase obrera vaya a unirse por mor de su mero discurso, negando las condiciones sociales y económicas concretas en que se halla inmersa. Tampoco implica que los trabajadores vayan a participar en campañas o movimientos que no tengan objetivos claros. Lo que supone que espolear la lucha de clases allí donde sea posible impulsa la lucha de clases globalmente. También significa que una transformación profunda solo será posible si cambia el mundo entero. Finalmente, significa que, si bien la solidaridad es un factor crucial de la lucha de clases, no podemos pasar por alto los avances y retrocesos que comportará un proceso tan complejo.

Por ejemplo, las expectativas de un gobierno antiausteritario de Syriza propagó el temor en la clase dominante y esperanza en las clases populares. El crecimiento de otros partidos de izquierda en la estela de Syriza refleja precisamente el efecto dominó que inspira a trabajadores de otros lugares. Del mismo modo, si los trabajadores de Alemania acaban efectivamente con la contención salarial, esto acabaría reestructurando a fondo la dinámica de la Unión Europea.

El brexity la extrema derecha

El brexit también pone de manifiesto la contradicción entre movilidad y nacionalismo. La incapacidad de la izquierda para ocupar un espacio político en los prolegómenos del referéndum y su negativa a emprender un análisis complejo de los resultados ilustra las posibilidades y peligros que comporta la oposición a la pertenencia a la Unión Europea. El resultado del brexit –y la apropiación del mismo por la derecha nacionalista– se deriva de dos hechos fundamentales.

En primer lugar, los votantes reaccionaron contra el desempoderamiento causado por la Unión Europea. Oponiéndose a la idea de que una entidad supranacional no democrática decida sobre la vida de la gente, muchos votaron por la salida con el planteamiento correcto de que la recuperación del poder de decisión por el nivel nacional permitirá un mayor control por parte de la ciudadanía. En segundo lugar, la izquierda no supo dar respuestas creíbles al desempleo, la pobreza y al desmantelamiento del Estado social, mientras que la derecha cooptó efectivamente estos agravios y propuso un análisis simplista y falso: son los migrantes quienes producen las dificultades a que se enfrenta la clase obrera nacional.

Hemos de subrayar este hecho: el crecimiento de la extrema derecha no es fruto de la nada, sino que se debe al hiperneoliberalismo impuesto por el gobierno nacional al amparo de la Unión Europea. La extrema derecha utiliza un esquema falso para responder a la crisis real y grave de la clase obrera actual. Además, hemos de recordar que el racismo y la xenofobia no pertenecen exclusivamente a la política de derechas: son partes estructurales del capitalismo. Basta con que observemos cómo ha abordado la Unión Europea la cuestión de los refugiados para saber qué significa esto.

En este sentido, la idea de que el desmantelamiento de la UE acelerará el crecimiento imparable de la extrema derecha –o incluso del fascismo– olvida que la lucha y el cambio siempre vienen determinados por las ideas que en un momento dado conquistan la opinión de la mayoría. No está garantizado que en un contexto de desaparición de la Unión Europea la extrema derecha vaya a llevarse la palma. Al mismo tiempo, esta respuesta alarmista contribuye aún más a suplantar las soluciones de izquierda a los problemas reales que ha causado la pertenencia a la UE a todas las personas del continente.

La estrategia de la izquierda

El resultado del brexit ha dado pie a la idea ahora hegemónica de que abandonar la Unión Europea solo interesa a la extrema derecha. Debido a esto, la izquierda necesita abordar con cuidado cualquier referéndum, especialmente aquellos que plantean la salida de la Unión Europea como estrategia central y un fin en sí mismo. Esta idea no solo ha acabado asociándose a la derecha –tal vez con la excepción de los países del sur de Europa–, sino que la salida también genera temor e incertidumbre en una parte amplia del electorado. Sin embargo, estas preocupaciones no pueden llevar a la izquierda a dejar de lado su crítica a la Unión Europea ni a pretender que el cambio, o siquiera el desmantelamiento, del proyecto de la UE no es un proceso que ya está realmente en marcha.

Las medidas que revierten la austeridad a largo plazo –como he dicho antes: restructurando y rechazando deuda, nacionalizando los sectores financiero y estratégicos, aplicando impuestos a los ricos– no pueden aplicarse dentro de las estructuras existentes de la Unión Europea y del euro. La defensa de estas medidas, incluso desobedeciendo a las clases dominantes de la UE, es la única vía posible. Esto politiza términos por lo demás vacíos como democracia y desobediencia. Además, puesto que estas políticas no solo son posibles, sino también populares en muchos sitios, esta estrategia arrebata terreno de crecimiento a la extrema derecha. Dando las únicas respuestas capaces de cambiar a mejor la vida de la gente, la izquierda podrá construir el amplio apoyo que necesita para oponerse a las formas supranacionales de explotación y opresión.

En este sentido, la soberanía puede ser un instrumento para rescatar lo que queda de democracia y crear el espacio necesario para aplicar políticas que mejoren las condiciones de los trabajadores. Esto no niega la necesidad de una coordinación política internacional ni la dificultad de la tarea que afrontamos. No obstante, la historia reciente ha demostrado que esta labor ya se está llevando a cabo. Esfuerzos como Blockup y, Pueblos Unidos contra la Troika, la huelga general multinacional de noviembre de 2012, los movimientos de solidaridad con el pueblo griego, las campañas internacionales contra el TTIP y el CETA y la lucha contra Monsanto han sido ejemplos importantes de trabajo y coordinación internacionales que han generado experiencias supranacionales de democracia desde abajo y fomentado la solidaridad internacional.

Necesitamos organizaciones que permitan crear experiencias de autogestión en el nivel subnacional, partidos y movimientos políticos que luchen contra la austeridad y el capitalismo en el nivel nacional, y movimientos en el nivel supranacional que surjan de los encuentros entre todos estos sujetos políticos.

Las cuestiones a que se enfrenta la izquierda hoy en día no son fáciles de resolver, pero para ganar mayorías sociales necesitamos abordar los problemas concretos que plantean distintos contextos. La necesaria solución a la crisis europea no vendrá de instrumentos puramente retóricos como “democracia” o “desobediencia”, ni del olvido de la importancia todavía central del Estado-nación como la estructura que organiza el capital, pero también lo que queda de participación democrática.

16/10/2016

Catarina Príncipe es activista de movimientos sociales en Portugal. Milita en el Bloco de Esquerda (Portugal) y Die Linke (Alemania).

https://www.jacobinmag.com/2016/10/eu-brexit-varoufakis-europe-lexit-troika/

Nota:

1/ Véase el artículo de YanisVaroufakis publicado recientemente en VIENTO SUR: http://vientosur.info/spip.php?article11736 (red.)





Boletín semanal
Recibe en tu correo electrónico los últimos artículos de nuestra revista digital, así como las novedades y eventos
Agenda
Actos
MADRID. 14 de diciembre de 2017, 19:30h
Madrid. 14 de diciembre 2017. 19.30 h. Poesía en el Bulevar Leerán sus poemas AUILES GARCIA BRITO, ANA PÉREZ CAÑAMARES y ALFREDO PIQUER. Presenta ANTONIO CRESPO MASSIEU Lugar: Casa de Cultura y Participación Ciudadana -C/BRAVO MURILO 37-39- Plaza del Parque Móvil







Facebook Twitter RSS

vientosur.info | Diseño y desarrollo en Spip por Freepress S. Coop. Mad.
 
Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual Los contenidos de texto, audio e imagen de esta web están bajo una licencia de Creative Commons