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Debate: A propósito de “Tiempo, trabajo y dominación social”, de Moishe Postone (2)
Tiempo, trabajo, dominación social… y destrucción ecológica
18/10/2016 | Daniel Tanuro

Moishe Postone es profesor de historia en la universiad de Chicago. Especialista en Marx y en marxismo, publicó en 1993 Tiempo, trabajo y dominación social, un grueso libro que no se publicó en francés hasta 16 años más tarde/1. Rechazado categóricamente por algunos, ensalzado hasta las nubes por otros, Tiempo, trabajo y dominación social es una obra discutible por una serie de aspectos, aunque importante y estimulante. En esta contribución, me concentraré en particular en el interés del libro para los ecosocialistas/ecomarxistas que quieren fundamentar teóricamente su especificidad. Postone da crédito a algunos de sus argumentos, al tiempo que abre nuevas pistas de reflexión (que apenas son exploradas en su libro).

Las 600 páginas de Tiempo, trabajo y dominación social se dividen en tres partes: una crítica de lo que Postone llama “el marxismo tradicional”, una crítica de la escuela de Frankfurt y,finalmente, un ambicioso intento de reconstrucción de las categorías de Marx (capital, mercancía, valor, trabajo abstracto, trabajo concreto…). Esta última parte da subtítulo a la obra: “Una reinterpretación de la teoría crítica de Marx”.

El trabajo de Postone es muy rico y no pretendo discutir sobre todas las dimensiones. Me contentaré con presentar la tesis esencial del autor y con discutir elementos que me parecen contestables, aún insistiendo en el interés de algunas reflexiones. Acabaré citando algunas cuestiones que merecerían más adelante un examen más profundo. Invito a los lectores interesados a consultar otras reseñas del libro: la de Antoine Artous, a la que me adhiero en gran medida/2 o, en sentido opuesto, la de Jacques Bidet, para quien “el contenido científico (del libro de Postone) es insignificante y su contenido político desastroso”/3. Jean-Marie Harribey por su también tiene una apreciación positiva, aún formulando acotaciones ecosocialistas/15.

Mercancía, trabajo abstracto, valor y capital

Según Postone, la contradicción del capitalismo está contenida del todo en la doble naturaleza de la mercancía, a la vez valor de uso y valor de cambio, es decir forma de valor. Esta doble naturaleza implica que el propio trabajo productor de mercancías existe también bajo una doble naturaleza, a la vez trabajo concreto (productor de valores de uso) y trabajo abstracto (sustancia del valor). Para Postone, no es casualidad que Marx comience su crítica de la economía política por un capítulo sobre la mercancía y sus misterios: todo el resto se deriva de ahí.

Marx, como es sabido, define al capitalismo como una sociedad de producción generalizada de mercancías. En el mercado, las relaciones de producción entre los humanos toman la apariencia de relaciones entre las cosas, mientras que las cosas aparecen dotadas de propiedades sociales. Es el fetichismo de la mercancía, desmenuzada desde las primeras páginas de El Capital. La mediatización social se efectúa por tanto a través del trabajo abstracto, que se mediatiza a sí mismo, dice Postone. El mecanismo de la socialización del trabajo está disfrazado: en el capitalismo, esta socialización no se realiza por medio de reglas cuyo carácter social resulta evidente (como el intercambio de servicios, fundamento de la sociedad feudal), sino mediante una categoría abstracta (“el trabajo”) que, aunque instituida por los humanos, escapa a su control y los domina.

Según Postone, si esta categoría puede jugar un papel tan despótico es precisamente porque se presenta disfrazado como ley natural: la “ley” según la cual el trabajo es un rasgo biológico de nuestra especie, la mediación insoslayable entre la humanidad y el entorno proveedor de recursos. “Hay que trabajar para vivir”, se dice familiarmente. Pero la apariencia es equívoca: lo que domina la sociedad actual no es tanto la necesidad transhistórica del “trabajo” en general, como actividad productiva característica del Homo sapiens, sino la forma histórica particular del trabajo en el capitalismo. Y esta forma está modelada por el hecho de que este modo de producción pretende crear (sobre)valor, no satisfacer las necesidades. No se trata por tanto de criticar al capitalismo “desde el punto de vista del trabajo”: el trabajo capitalista es por el contrario el objeto central de la crítica, no puede ser al mismo tiempo el principio de la alternativa, concluye Postone.

Retomando el análisis de Marx de las dos operaciones que consisten en vender para comprar (mercancía-dinero-mercancía, M-D-M) y en comprar para vender (D-M-D, que sólo tiene sentido como D-M-D’, siendo D’ mayor que D), Postone subraya las diferencias sujetas con alfileres desde el comienzo del libro 1 de El Capital: en M-D-M, el dinero no es más que un intermediario que facilita el intercambio (diferiendo la compra de la venta, facilita la satisfacción de la necesidad concreta, que es el objetivo final de la operación); en D-M-D’, por el contrario, la mercancía productora de valor (la fuerza de trabajo) no es más que una intermediaria, y el objetivo del intercambio no es la satisfacción de una necesidad concreta sino la acumulación de dinero, y además este dinero no tiene utilidad más que reinvertido en un nuevo ciclo D’-M-D’’. La producción de valor suplanta a la producción de riquezas, la cantidad suplanta a la calidad. El medio se convierte en objetivo, el objetivo se vuelve medio y el dinero se convierte en capital: una suma de dinero corriendo a la búsqueda de una plusvalía, un valor que se valoriza él mismo absorbiendo cada vez más trabajo abstracto, y tiende así a un crecimiento sin fin.

Dinámica direccional del capitalismo y sumisión del trabajo

Hay por tanto una lógica productivista del valor, y por consiguiente de la dominación del trabajo abstracto que forma su substancia. Para Postone, esta lógica no tiene precedentes, de forma que el capitalismo es la primera sociedad de la historia humana que presenta lo que él denomina una “dinámica direccional/4. Esta es sostenida por una “trayectoria de producción” que pone en evidencia y exacerba los rasgos únicos de la explotación del trabajo en este modo de producción: la fuerza de trabajo, por ser productora de (sobre)valor, es explotada y no es en definitiva más que la verdadera materia prima, el objeto real de la producción. De lo que resulta que el trabajo como actividad se vuelve cada vez más “vacío y fragmentado”.

La presión por esta degradación del trabajo sólo puede acentuarse en el curso de la “trayectoria de producción”. Por el hecho, según Postone, de la determinación temporal del valor (más adelante discutiré esta determinación), el capital tiene una “pulsión continua a aumentar la productividad”. Esta pulsión le lleva inevitablemente a aumentar su composición orgánica, por tanto a poner en movimiento una fuerza de trabajo que es cada vez más reducida relativamente y cada vez más crucial en la producción de sobrevalor, y por consiguiente subordinada cada vez más despóticamente a las categorías abstractas. Esta fuerza de trabajo, para continuar generando sobrevalor en cantidad suficiente, debe ser incorporada a cantidades crecientes de materias primas, lo que constituye una de las causas de la degradación conjunta del entorno.

Siguiendo el rastro del análisis marxista de la cooperación, Postone reconstruye la película de esta degradación del trabajo al hilo de las transformaciones que marcan el paso de la manufactura a la gran industria. En la cooperación simple, el proceso de trabajo mismo no resulta afectado: el capital se contenta con apropiarse del excedente de fuerza productiva que se desprende de la cooperación de un gran número de artesanos transformados en asalariados. En la manufactura, el proceso de trabajo es descompuesto en operaciones sucesivas de trabajadores diferentes que sólo pueden trabajar “como parte del todo”. La obligación que tienen de vender su fuerza de trabajo no se basa sólo en el hecho de que están desposeídos de los medios de producción, sino también en las características del propio proceso de producción. La organización de ésta se vuelve específicamente capitalista.

No obstante, en esta etapa de la “trayectoria de producción”, lo que Marx denomina “la sumisión real del trabajo por el capital” no está terminada. Es sólo organizativa, no técnica (Postone no es tan explícito sobre el aspecto técnico de la sumisión, luego lo trataré). La manufactura no es más que ”una forma transitoria”, en cuyo seno “los trabajadores se sirven siempre de herramientas, no a la inversa”, de manera que “el trabajo humano sigue siendo la fuerza productiva esencial de la riqueza material”. El cambio hacia una forma específicamente capitalista del proceso técnico de producción ocurre cuando los avances científicos y tecnológicos permiten el desarrollo de la gran industria, donde las herramientas son sustituidas por las máquinas, y después las máquinas producidas por máquinas. La herramienta era una prolongación del trabajador, el trabajador se convierte en una prolongación de la máquina.

La gran industria: salto cualitativo y dominación contradictoria del capital

Postone destaca la importancia de un hecho ya resaltado por Marx en los Grundrisse: en la gran industria, el trabajo humano inmediato y la naturaleza ya no son las dos únicas fuentes de riqueza material. Las máquinas materializan, por así decirlo, la aparición de una tercera fuente que juega un papel sin cesar creciente en el capitalismo: el saber humano acumulado. Objetivado y apropiado por el capital, incorporado a él, se alza frente a los trabajadores como una fuerza hostil. Pero este saber humano no es otra cosa que el resultado del trabajo de las generaciones anteriores. Lejos de ser el producto del capital, como éste afirma, representa lo que Marx llama la “fuerza productiva general” de la humanidad, derivada de “su comprensión y su dominación de la naturaleza”, de “su existencia como cuerpo social, en un palabra del desarrollo del individuo social”.

La gran industria supone en la “trayectoria de producción” un salto cualitativo, que destaca Postone. Citando El Capital: Mientras que “la división del trabajo en la manufactura debe ser adaptada al trabajador y, en este sentido, es ‘subjetiva’, la división del trabajo en la era de las máquinas es ‘objetiva’: el proceso de producción es analizado en sus elementos constituyentes con la ayuda de las ciencias de la naturaleza y sin consideración a los principios (anteriores) de la división del trabajo ‘centrados en el trabajador’” (p. 497). Desde este momento, dice Postone, “la dimensión temporal abstracta del valor se vuelve la determinación de una forma particular de organización y de disciplina del trabajo” (p. 480). El proceso de trabajo expresa plenamente “la función específica del trabajo humano inmediato bajo el capitalismo, que es ser la fuente del tiempo de trabajo objetivado.

Apoyándose en los Grundrisse, Postone concluye de este análisis que la contradicción principal del capitalismo, para Marx, no es la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones capitalistas de propiedad –que no es, dice, una contradicción entre las esferas de la producción y de la distribución. La contradicción principal, según él, atraviesa la esfera de la producción misma: opone el hecho de que, por una parte, al haberse convertido “la fuerza productiva general” de la sociedad (la ciencia y la tecnología) en la fuente principal de la riqueza material, es posible gracias a ella reducir radicalmente el tiempo de trabajo y dar al trabajo su sentido como actividad productora de la existencia social, mientras que, por otra parte, la acumulación de valor continúa dependiendo del “robo del tiempo de trabajo del prójimo”. Este robo constituye una “base miserable” (Marx), pero el capitalismo no puede pasar sin ella, porque es su esencia misma. En otras palabras, se agudiza la contradicción entre las dos dimensiones del proceso de producción –proceso de trabajo y proceso de valorización– sostenidas ambas por las dos dimensiones de la mercancía y del trabajo.

Postone insiste con razón en la diferencia esencial que establece Marx entre riqueza y valor, y sobre esto hay que decir un par de cosas. Esta diferencia se refiere en efecto al doble carácter del trabajo en el capitalismo. Para Marx, la riqueza está constituída de valores uso, o mejor dicho de objetos útiles/5. Producidos por la naturaleza y por la actividad productiva de los humanos, son caracterizados por sus cualidades, mientras que el valor es una abstracción puramente cuantitativa, una expresión formal del trabajo abstracto, del tiempo de trabajo coagulado (Postone introduce la noción de “tiempo abstracto”) – una abstracción que sólo se vuelve ley social en el modo de producción capitalista.

Para el autor, el paso de la manufactura a la gran industria supone una dominación completa de las categorías abstractas, pero esta dominación es contradictoria, de manera que se abre también una posibilidad anticapitalista inmanente que no existía en el estadio de la manufactura. En efecto, “mientras el trabajo humano sigue siendo la fuerza productiva esencial de la riqueza material, la producción de esta riqueza con un alto nivel de productividad supone necesariamente la misma forma de trabajo que cuando el objetivo de la producción es la acumulación del sobrevalor (…) (En el estadio de la manufactura) la naturaleza fragmentada, repetitiva, unilateral del trabajo no puede ser abolida más que por una disminución considerable de la productivad y, por tanto, de la riqueza material” (p. 491). La gran industria, según Postone, permite salir de este dilema entre ‘riqueza y mucho trabajo’ vs. ‘austeridad y menos trabajo’: desde el momento en que la mayor parte de la riqueza material no es ya producida por el trabajo sino por el saber humano acumulado emerge la posibilidad histórica de una superación del proceso de trabajo capitalista… Pero esta superación requiere la abolición del valor y de lo que ha sido modelado por él, en particular la gran industria.

El error del “marxismo tradicional” focalizado en la distribución

El error del “marxismo tradicional”, según Postone, es no haber comprendido esto, y no haber extraído todas las conclusiones. Pero estas tienen un gran alcance estratégico. El socialismo pretende ser negación del capitalismo. Falla en lo esencial si se lo define (¿sólo?) como abolición de la propiedad privada de los medios de producción: para el autor, no se trata (¿sólo?) de acabar con el mercado con el fin de adecuar la esfera de la distribución con la esfera de la producción, porque esta misma esfera es el lugar de la contradicción capitalista. No se trata (sólo?) de instaurar la propiedad colectiva del aparato productivo capitalista, ya que este aparato es el producto de la trayectoria capitalista dictada por la dominación del trabajo abstracto. Tampoco se trata (¿sólo?) de eliminar a la clase capitalista para permitir la realización del “trabajo proletario”, porque si “el trabajo proletario es la base del capital”, “ no es por tanto el fundamento de la posible negación de la formación social capitalista”. (Más adelante explicaré la razón de los “¿sólo?”).

Postone no salva a nadie. Según él, todos los marxistas (es irritante que no cite ni a uno solo que escape del “marxismo tradicional”) han cometido el mismo error fundamental de interpretación del Capital: han comprendido el valor como una “ley” de regulación económica inconsciente que determina la distribución del trabajo entre los ramos y de los productos del trabajo entre las clases, y no como una categoría que estructura la esfera de la producción tanto en sus aspectos organizativos como en sus aspectos técnicos. No han comprendido la importancia clave de la categoría marxista de trabajo abstracto, a partir de la cual el reto central de la crítica del capitalismo se desplaza de la esfera de la distribución a la de la producción, que es al mismo tiempo producción de las características de la sociedad en su conjunto (“fábrica de la modernidad”, en expresión de Postone).

Este error viene a su vez sostenido, según Postone, por la idea de que “la teoría del valor de Marx no es en lo esencial más que una versión más refinada y más coherente de la teoría del valor-trabajo de Ricardo”, que Marx fundamentalmente sólo divergería de aquel en el análisis de la plusvalía (cuando muestra que el beneficio es una forma de la plusvalía). Postone recuerda que la divergencia de Marx con Ricardo es más profunda: mientras Ricardo considera “el trabajo” en general como fuente del valor (y hace no sólo del trabajo sino también del valor un dato transhistórico de la producción social), Marx considera el valor como una forma histórica derivada de la forma específica del trabajo (de hecho: relaciones de producción) en el modo de producción capitalista. Al contrario que Ricardo, no se contenta con devolver el valor al trabajo en general, intenta comprender cómo y por qué (en qué contexto social e histórico) el trabajo bajo esta forma específica ha necesitado el valor en tanto que forma/6. Es aún más creíble por ser coherente con la actitud intelectual que Marx ha adoptado para criticar la religión, y que le ha llevado a separarse del materialismo de Feuerbach: se trata de “elevarse de lo abstracto a lo concreto”, es el único método “científicamente correcto” (introducción a los Grundrisse).

La crítica de Postone no está completamente desprovista de fundamento. Lo demuestran las citas de Dobb, Sweezy, Mandel y otros, recogidas en la primera parte del libro. Antoine Artous introduce elementos suplementarios en su introducción al libro de Isaak Roubine, y lo señala en su reseña: en su ensayo sobre “la formación del pensamiento económico de Karl Marx “/7, Ernest Mandel no cita la noción de “trabajo abstracto” que Marx consideraba como su principal aportación científica. Y así es, el trabajo abstracto puede ser considerado como el principal descubrimiento de El Capital: gracias a esta categoría distingue Marx el valor del valor de cambio, demuestra después que la plusvalía es la única fuente del beneficio y de la renta, de manera que el valor, a pesar de las apariencias, es el regulador subterráneo de los fenómenos que se manifiestan en la superficie del sistema capitalista. En otras palabras, el trabajo abstracto es el eslabón indispensable para “cerrar” la crítica de la economía política que progresa de lo abstracto a lo concreto entre el primero y el tercer libro de El Capital.

Según Postone, el “marxismo tradicional” tiende a rebajar la ambición del autor del Capital. De hecho, Marx no pretendía perfeccionar la ciencia económica sino hacer la crítica implacable de esa ciencia, y a través de ella, del capitalismo, del que quería mostrar al mismo tiempo que incluye la posibilidad inmanente de su propia superación. Desde ese punto de vista, Tiempo, trabajo y dominación social merece ser visto como una contribución a una interpretación revolucionaria de la obra de Marx. Pero es una interpretación entre otras, a las que Postone tiende a negar la existencia. En particular, Isaak Roubine ha defendido desde los años veinte del siglo pasado la importancia clave del trabajo abstracto y ha sostenido que el fetichismo de la mercancía es más que una metáfora: un elemento decisivo de la teoría del valor, que implica la centralidad de la esfera de la producción respecto a la de la distribución/8.

¿Un capitalismo administrativo, sin mercado ni competencia?

Postone, sin embargo, ha empujado el tapón demasiado dentro. Del hecho de que la contradicción principal del sistema no opone la esfera de la distribución a la de la producción, sino que atraviesa a ésta, deduce que el mercado y la propiedad privada de los medios de producción no son esenciales para el capitalismo. “Aunque el modo de circulación por medio del mercado pueda haber sido necesario en la génesis histórica de la mercancía en tanto que forma totalizante, escribe, éste (el mercado, DT) no es forzosamente esencial para esta forma. Se puede también concebir otro modo de coordinación y de generalización –administrativa por ejemplo– que cumpla la misma función (…). Desde el momento en que es establecida, la ley del valor puede también ser mediatizada políticamente” (p. 428).

Para que esta afirmación se mantenga en pie, el autor debe demostrar que la “pulsión continua al alza de la productividad”, que fundamenta típicamente la “trayectoria de producción” capitalista, no deriva de la competencia entre capitales rivales. Escribe por tanto esto: “Aunque se pueda recurrir a la competencia entre los capitales para explicar la existencia del crecimiento, (…) no se puede explicar adecuadamente esta trayectoria en términos de mercado y de propiedad privada. (…) La planificación, tanto si triunfa como si fracasa, representaría una respuesta consciente a las presiones ejercidas por las formas alienadas de relaciones sociales expresadas por el valor y el capital, pero no las superaría” (p. 461).

Se podría tener por tanto un ‘capitalismo administrativo’, sin mercado ni propiedad privada de los medios de producción, donde la ley del valor sería “mediatizada políticamente”, nos dice Postone. La debilidad de la argumentación salta a la vista. Por una parte, el capitalismo ha nacido históricamente bajo la forma de “capitales numerosos” (Marx) y su dinámica contradictoria de destrucción-reconstrucción, que Postone describe muy bien, hace que las tendencias a la concentración y a la centralización del capital sean constantemente mitigadas por la aparición de nuevos mercados que nuevos capitales intentan ocupar en un contexto muy concurrencial. Por otra parte, y sobre todo, suponiendo por un instante un capitalismo compuesto de un único capital, no habría diferencias entre el valor y el precio, entre los valores de cambio y los precios de producción, y entre la ganancia media y la plusvalía. Pero son estas diferencias las que incitan a los capitalistas a invertir en máquinas, para reducir precios de producción medios y embolsarse así una sobreganancia (o “renta tecnológica”). Además, si no hay diferencia entre valor y precio, no se puede comprender cómo cosas que no son productos del trabajo pueden tener un precio. Ahora bien, esta comprensión es decisiva para el análisis del precio de la fuerza de trabajo y la crítica de las estrategias neoliberales de“ internalización de las externalidades ambientales”.

Postone describe muy bien el funcionamiento de lo que él designa como el “molino disciplinario” capitalista –el ajuste periódico de la hora de trabajo social al alza continua de la productividad. Pero cualquiera puede constatar que ese “molino” se pone en movimiento por la competencia entre capitalistas que se enfrentan para ganar partes de mercado. Admitiendo que este efecto automático de la competencia pueda ser reemplazado por decisiones políticas (aunque haría falta un gigantesco aparato administrativo), el “molino disciplinario” ya no tendría “el carácter de una ley, un aspecto objetivo independiente de la voluntad humana” (p. 427). Dado que Postone afirma además que el funcionamiento automático del “molino” constituye “la determinación inicial” de la ley del valor y le confiere su carácter dinámico de “transformaciones/reconstrucciones sociales permanentes”, queda claro que el autor se hunde aquí en contradicciones inextricables. Plantarse como el único intérprete pertinente de Marx negando al mismo tiempo que la división del trabajo social en múltiples procesos de trabajo privado es característico de la forma valor, es por lo menos audaz. Ya que sobre este punto, Marx es categórico: “El capital existe y no puede existir más que como pluralidad de capitales, y por ello su determinación aparece como acción recíproca de los diferentes capitales/9.

Capitalismo de Estado, “marxismo tradicional y contrarrevolución burocrática

La insistencia teórica de Postone en afirmar que la contradicción principal del capitalismo no opone el carácter social de la producción con la propiedad privada de los medios de producción está relacionada evidentemente con su análisis político de la URSS y del “socialismo real” en general. “No hay que concebir el ‘socialismo realmente existente’ y los sistemas de Estado-providencia en el Oeste como sociedades radicalmente diferentes, escribe, sino como variaciones relativamente importantes de la misma forma intervencionista de Estado del capitalismo mundial en el siglo XX. Lejos de demostrar la victoria del capitalismo sobre el socialismo, el reciente hundimiento del ‘socialismo realmente existente’ puede ser visto como el hundimiento de la forma más rígida, más vulnerable y más opresiva del capitalismo intervencionista de Estado” (p. 30).

Muchos autores han mostrado que el hundimiento de la URSS ha sido causado en última instancia por la creciente diferencia de productividad del trabajo entre la URSS y las economías capitalistas. Para apuntalar su tesis, Postone debería lógicamente preguntarse por qué este autodenominado “capitalismo de Estado” no ha sido capaz de “mediatizar la ley del valor políticamente” de manera que asegurase resultados económicos por lo menos iguales a los de las economías basadas en la privada, la competencia y el mercado. Dicho de otra manera, para ser convincente debería identificar lo que ha cavado el foso entre la productividad del trabajo en el Este y en el Oeste, si no ha sido justamente el hecho de que el gigantesco aparato burocrático era estructuralmente incapaz de hacer girar de forma regular el “molino disciplinario”, esto es, de actuar de forma que las relaciones de producción reproduzcan espontáneamente la “forma específica” que el mercado y la competencia confieren al trabajo. Ahora bien, sin esta “forma específica” del trabajo, sobre la que insiste Postone con toda razón, todo el análisis de Marx de la forma mercancía y de las categorías que se derivan de ello, se hunde como un castillo de naipes. Ahí es donde aprieta el zapato: amalgamando el fenómeno burocrático con el capitalismo, Postone contradice su propia tesis.

Postone tiene toda la razón cuando considera que la relación del socialismo con la libertad no puede ser contingente: la “no libertad persistente” es incompatible con el socialismo, una sociedad auténticamente socialista debe significar más libertades y derechos democráticos que el capitalismo, no menos. Se equivoca en cambio al imputar la ausencia de libertades en los países del “socialismo real” a las concepciones “marxistas tradicionales” que no ven al socialismo, según él, más que “en términos de alternativas estatales al mercado y a la propiedad privada”. Por esto, el balance que Postone hace de la historia del siglo 20 absuelve al estalinismo de toda responsabilidad: “El resultado (de la revolución rusa) no fue, y no podía ser, una sociedad postcapitalista”, escribe (p. 69). No hay que preguntarse por tanto por los privilegios burocráticos, los procesos de Moscú, la colectivización forzosa de la agricultura, la calamitosa “teoría del socialismo en un solo país”, incluso los errores de los bolcheviques… Postone ahoga todo esto en el fracaso del “marxismo tradicional” : “La superación del capitalismo por el socialismo, tal como la vio el marxismo tradicional, arrastra una transformación inesencial de la sociedad, incluso un aumento de sus aspectos negativos” (p. 70).

Lucha de clases : las extrañas deducciones de Postone y la ambigüedad del “no sólo

Las afirmaciones de Postone sobre las clases y la lucha de clases son al menos tan problemáticas como las que hace sobre la propiedad privada y el mercado. El autor tiene razón al considerar que la superación del capitalismo implica la superación de la clase obrera, no su “realización”. Es muy evidente por lo demás que la clase obrera no es espontáneamente anticapitalista –las otras capas explotadas y oprimidas tampoco. De ahí a plantear que “la lucha de clases y el sistema estructurado por el intercambio mercantil no se basan en principios opuestos” y que “este tipo de lucha de clases representa no representa una perturbación en un sistema por lo demás armonioso” (p. 466), hay un paso peligroso que franquear. ¿Dónde quiere poner el acento Postone? ¿En el hecho de que el capitalismo no es “armonioso”? ¿O en el hecho de que la lucha de clases “no representa una perturbación” del sistema? La primera proposición es absurdamente evidente, la segunda es evidentemente absurda –los esfuerzos que hacen diariamente los capitalistas para ahogar la lucha de clases lo demuestran con suficiencia.

Este enfoque lleva a Postone a extrañas deducciones, que se pueden calificar razonablemente de “maximalistas” o “izquierdistas”. Un ejemplo sorprendente es la manera como el autor contradice a El Capital sobre el sentido del combate por la reducción del tiempo de trabajo. Para Marx, se trata de un eje estratégico, una “lucha secular”, “una guerra civil larga, pertinaz y más o menos disimulada” entre “el capitalista, es decir la clase capitalista, y el trabajador, es decir la clase obrera”, una lucha “contra el robo del tiempo que debería estar empleado en respirar el aire libre y gozar de la luz del sol”/10. Ahora bien, aunque se presenta como el campeón de la contestación del trabajo en la esfera de la producción, Postone rebaja el combate por la reducción del tiempo de trabajo al punto de hacer irrisorio (tan “inesencial”, en suma, como la victoria de la revolución rusa): “Según Marx, escribe, las manifestaciones de lucha de clases entre los representantes del capital y los trabajadores sobre las cuestione de tiempo de trabajo (…) son estructuralmente intrínsecas al capitalismo y, por consiguiente, son un elemento de la dinámica de este sistema” (p. 63). Es una enorme paradoja. Hasta el punto de que se puede responder a Postone con esta frase de El Capital, reformulándola en modo interrogativo: “Tiempo para la educación, para el desarrollo intelectual, para el cumplimiento de funciones sociales, para las relaciones con parientes y amigos, para el libre juego de las fuerzas del cuerpo y del espíritu, (…), pura necedad ‘intrinseca al capitalismo’? ”

Para no forzar el tiro, conviene precisar que algunas de las afirmaciones más discutibles de Postone pueden cambiar de sentido según se las atempere –o no– con las palabras “sólo”, o “no sólo”. El siguiente pasaje aclara muy bien de lo que se trata: “ No se puede comprender adecuadamente los rasgos de la producción capitalista cuando se los comprende sólo en función del hecho de que los medios de producción y los productos pertenecen a los capitalistas y no a los trabajadores. En otras palabras, la concepción que tiene Marx de las relaciones sociales constituídas en la esfera de la producción no debe ser comprendida sólo en términos de relaciones de explotación de clases” (p. 414) (subrayado mío). Con “sólo”, las dos afirmaciones son correctas, sin estas dos pequeñas palabras no lo son. Ahora bien, los dos tipos de formulaciones están presentes a lo largo de la obra (razón por la cual, algunas líneas antes, se ha añadido la pregunta “sólo?” a algunas conclusiones de Postone).

Y sin embargo, un enfoque radical y fecundo, implicaciones para el ecosocialismo

Esta discusión crítica no debería sin embargo escamotear el interés del trabajo de Moishe Postone y de las cuestiones que provoca – o que suscita. No diré nada de la parte de la obra consagrada a Lukacs, a la escuela de Frankfurt y a Habermas, sino que la discusión sobre el pesimismo de autores como Pollock y Horkheimer es apasionante y sutil. De una manera más general, a nada que no se saquen las conclusiones unilaterales y maximalistas-izquierdistas arriba discutidas (sobre el mercado, la propiedad privada, la lucha de clases, la reducción del tiempo de trabajo, etc.), la interpretación de la teoría crítica de Marx por Postone es más bien convincente y fecunda.

El principal mérito de esta interpretación es comprender el capitalismo como totalidad contradictoria y dinámica, como sociedad en perpetua transformación/reconstrucción bajo la férula del sobrevalor. Algunos no marxistas –e incluso algunos marxistas, “tradicionales” o no– tienden a hacer de Marx un economista crítico del capitalismo, incluso el fundador epónimo de un sistema económico alternativo. Una cierta lectura “economicista” del Capital ha contribuido a subestimar las cuestiones del feminismo, del antiproductivismo, del antirracismo, de la revuelta contra la alieación, y las “cuestiones societarias” en general. Al desarrollar la crítica del trabajo abstracto como categoría estructurante y despótica, a escala de la sociedad entera, al definir la alienación como la sumisión social a esta categoría (y no sólo en términos de desposesión de los medios de producción y de los productos del trabajo), Postone se inscribe –¡pero no es el único!– en la crítica radical de una civilización fetichista pilotada a ciegas por abstracciones absurdas disfrazadas de leyes naturales.

Dado que “el trabajo” en el corazón de estas abstracciones, Postone, al contrario de los autores de la escuela de Frankfurt y de Habermas, rompe con el “economicismo” sin romper con la centralidad de la cuestión de la producción. Su análisis refuerza por el contrario esta centralidad. Por esto, puede ayudar a comprender la crisis de sentido del trabajo en las sociedades capitalistas desarrolladas de hoy día y sus múltiples consecuencias en el trabajo y en la vida en general.

La manera como Tiempo, trabajo y dominación social se refiere a la cuestión ecológica ilustra la riqueza potencial de este enfoque general. Un mérito de Postone es llamar la atención sobre la importancia de la fórmula de Marx que caracteriza la gran industria como “forma específicamente capitalista”. Al hacerlo, el autor acarrea de facto agua al molino de los ecosocialistas/ecomarxistas que sostienen que las tecnologías no son neutras, que las manipulaciones genéticas, el uso de combustibles fósiles y de la energía nuclear, por ejemplo, están tallados a medida por y para el capitalismo, de manera que una sociedad auténticamente socialista debería rechazar su uso. El autor, sin embargo, parece insuficientemente consciente del hecho de que esta especificidad capitalista incluye no sólo las formas de organización del trabajo sino también las técnicas que las sostienen, en tanto están pervertidas por la subordinación de la ciencia a los objetivos capitalistas. Como señala Jean-Marie Harribey, hay en Postone una extraña “encrucijada” entre el productivismo y la neutralidad de las tecnologías/11.

A pesar de esta “encrucijada”, un aspecto interesante de Tiempo, trabajo y dominación social es que Postone ne se contenta con citar el antagonismo entre el carácter limitado de los recursos y la tendencia al crecimiento ilimitado del capital. Más allá de esta constatación, examina las consecuencias del hecho de que, en el capitalismo, el trabajo abstracto (por tanto el valor del que forma la sustancia) no solo mediatiza las relaciones de producción de los humanos entre ellos, sino también sus relaciones con la naturaleza. Ésta es productora de riqueza material, pero la naturaleza, al igual que el trabajo concreto, no entra en la determinación del valor, que depende sólo del tiempo de trabajo abstracto. Este enfoque sugiere la idea de que el capitalismo, “al amalgar las dos dimensiones de la sociedad –las relaciones de los hombres entre sí y las relaciones de los hombres con la naturaleza”, invisibiliza por así decirlo la dependencia de la humanidad respecto a los recursos naturales así como el atolladero productivista (p. 325).

Una segunda consecuencia de la mediatización propia del capitalismo es que este modo de producción, según Postone, determina también una concepción muy particular de la naturaleza: el hecho de que “las formas de las relaciones sociales que (le) caracterizan no aparezcan del todo como sociales sino como ‘naturales’ (…) no condiciona sólo las comprensiones del mundo social, sino también las del mundo natural” (p. 255). El autor lo demuestra comparando a grandes rasgos la sociedad capitalista con las sociedades no capitalistas. En la primera, las relaciones sociales y las relaciones sociedad-naturaleza están constituídas por el trabajo que las mediatiza; en las segundas es a la inversa: el trabajo está determinado por las relaciones sociales y por las relaciones con la naturaleza/12. Deduce que “la naturaleza, en una sociedad tradicional, está dotada de un carácter tan ‘esencialmente’ diversificado, personalizado y no racional (sagrado, DT) que las relaciones sociales caracterizan la citada sociedad” (p. 256).

En el capitalismo, por contra, “todo lo sagrado es profanado” (Marx), homogeneizado y “abstractificado” por el paso por el molinillo del valor, del trabajo abstracto y de la moneda. “La naturaleza particular de la mediación social engendra una antinomia –muy característica de las visiones del mundo occidentales modernas– entre una dimensión concreta ‘cosista’, ‘secularizada’, y una dimensión puramente abstracta, por la cual es ocultada la naturaleza socialmente constituída de dos dimensiones, así como su relación interna” (p. 390). Para Postone, “existen muchas similitudes entre las características de estas formas sociales y las características de la naturaleza tal como la conciben las ciencias de la naturaleza del siglo XVII” (p. 260), es decir, como un conjunto de objetos que presentan características comunes, abstractas y cuantificables matemáticamente. Esta concepción no deja de tener relación con “una de las características esenciales de las ciencias de la naturaleza moderna (que) es su carácter instrumental” (p. 266). Bajo la férula del capital, y con la bendición de las ciencias, el ser humano y la naturaleza del que forma parte son transformados en medios al servicio de la acumulación.

Continuando el examen de las implicaciones epistemológicas de la concepción capitalista de la naturaleza, Postone señala que “la teoría de la práctica social bajo el capitalismo de Marx es una teoría de la constitución por el trabajo de las formas sociales que mediatizan las relaciones de los hombres entre sí y con la naturaleza, y que son al mismo tiempo formas de ser y de conciencia” (p. 326). Hay que distinguir por tanto “dos momentos en la relación de los hombres con la natraleza: la transformación de la naturaleza, de la materia y del medio ambiente en tanto que resultado del trabajo social, y las concepciones que los hombres tienen de la realidad natural (p. 328). “(Estas) concepciones (…) no se adquieren de forma pragmática (simplemente a partir de las luchas con la naturaleza y de las transformaciones de esta última) sino (…) se enraizan en el carácter de las formas sociales determinadas que estructuran estas interacciones con la naturaleza. ” (p. 326). Esta reflexión es pertinente, sobre todo, como dice el autor, para tenerla en cuenta ante las presiones de los medios financieros sobre la evaluación científica de la crisis ecológica, por una parte, y las concepciones sesgadas que los propios científicos tienen de la “naturaleza” (concepciones sesgadas que se manifiestan claramente en los trabajos del GT3 del GIEC, por ejemplo)/13.

Otro punto interesante: su análisis de la productividad como “molino disciplinario” lleva a Postone a demostrar que el antagonismo entre crecimiento capitalista y finitud de los recursos sólo puede agudizarse con el paso del tiempo. En efecto, los recursos naturales deben funcionar como “soportes de valor, y no como simples elementos constitutivos de la riqueza material. (El capital) no consume sólo la naturaleza material como materia de la riqueza material sino también como medio (…) de extraer y de absorber el mayor tiempo de sobretrabajo posible”. Cuanto más aumenta la productividad del trabajo, más debe crecer la cantidad de recursos consumidos para que sea producida una misma cantidad de sobrevalor. “El valor constituye una base cada vez más estrecha para los inmensos aumentos de productividad que induce” (p. 525). La destrucción ecológica no es pues una función lineal del crecimiento, y no puede serlo de otra manera, según Postone. Señalemos que esta conclusión teórica está confirmada por el perfil casi exponencial de la mayor parte de las curvas que presentan la evolución en función del tiempo de los diferentes indicadores de la “crisis ecológica” (como las consecuencias de los gases de efecto invernadero, de los nitratos y fosfatos, la extinción de especies, etc.).

Algunas cuestiones en suspenso…

Además de las cuestiones ecológicas abordadas –algunas furtivamente– en la obra, Tiempo, trabajo y dominación social invita indirectamente a ahondar en otras, que el autor no cita. Sin entrar en el debate sobre la categoría de “tiempo abstracto” introducida por Postone, hay que señalar, por ejemplo, que su análisis de la aceleración capitalista del flujo de “tiempo histórico” es estimulante. En particular, permite captar en un solo movimiento diversas manifestaciones concretas del hecho de que la velocidad creciente de la rotación de capital afecta también a la explotación de los recursos naturales: entran en este cuadro, por ejemplo, el acortamiento de la vida de los animales de carnicería, el acortamiento del tiempo mínimo entre el parto y la fecundación de los animales de cría y la selección de árboles de crecimiento rápido (para captar la ventaja del carbono atmosférico). Todos estos fenómenos reflejan el hecho de que el capital incorpora por la fuerza a la naturaleza en su danza productivista de Saint-Guy, lo que tiene consecuencias no sólo en términos de cantidad de recursos usados, sino también en términos cualitativos.

El capitalismo amalgama las dos órdenes de relación que caracterizan a toda sociedad humana (entre los humanos por una parte, entre los humanos y la naturaleza por otra). En el momento de la conclusión, Postone no saca partido de este elemento, aunque antes lo ha puesto en evidencia en toda su obra. Escribe que “la trayectoria de desarrollo capitalista contiene una posible negación histórica determinada que permitiría la constitución de otra forma de mediación social, no ‘objetiva’, la constitución de otra forma de crecimiento y de un modo de producción tecnológicamente avanzado que ya no estaría modelado por los imperativos del valor. Los hombres, dice, en lugar de ser dominados por sus capacidades productivas socialmente generales y subsumidas por ellas, podrían utilizarlas en su propio provecho (…), la vida podría ser mediatizada de forma abiertamente social y política” (pp. 529-530). Esta conclusión me parece insuficiente. Frente a la enorme amplitud del desafío ecológico y a su impacto complejo sobre las conciencias, el proyecto socialista no puede contentarse con señalar la perspectiva otra forma de crecimiento y otro modo de relación entre los humanos: debe además elaborar y someter a discusión los principios de un nuevo modo de relación entre la humanidad y el resto de la naturaleza (por tanto, también otro modo de relación entre humanos y no humanos).

La interpretación postoniana de Marx considera que la alternativa al capitalismo existe como posibilidad “moderna” inmanente, que se deriva de la contradicción entre lo que es y lo que sería posible si la “fuerza productiva general de la humanidad” fuera movilizada al servicio de otra lógica. “La superación de la alienación, escribe, no supone la reapropiación de una esencia que hubiese existido anteriormente, sino la apropiación (colectiva) de lo que está constituído bajo una forma alienada” (p. 57). Se vuelve a encontrar aqui la ambivalencia de Postone sobre el productivismo, la tecnología y el crecimiento. La apropiación que cita es desde luego un reto decisivo de la alternativa, pero convendría añadir dos bemoles: uno sobre la aportación del pasado al futuro, el otro sobre lo hay que apropiar – o no.

Sobre el primer punto, se plantea la cuestión: ¿por qué la “apropiación de lo que está constituido bajo una forma alienada” se contrapone a la “reapropiación de una esencia que hubiera existido anteriormente”? ¿Los pueblos indígenas y los pequeños campesinos no tienen nada que enseñarnos en términos de relaciones entre los humanos y el resto de la naturaleza? ¿Los artesanos no tienen tampoco algo que enseñarnos en términos de realización de sí mismos en la “bella obra” concurrente con el trabajo social? ¿El Marx “de la madurez” no escribió a Vera Zassulitch que la comuna rural podría permitir a Rusia emprender directamente una transición de tipo socialista?

En cuanto al segundo punto, muchos marxistas tienen tendencia a considerar que cualquier aumento de la productividad del trabajo nos acerca objetivamente al socialismo (más o menos identificado con la casi eliminación del trabajo manual). Postone no se desmarca de esta interpretación. Por mi parte, me inclino a pensar que esto puede ser cuestionado, que el trabajo manual (habría que decir mejor: la actividad productiva manual) no puede ser considerada únicamente como carga a eliminar y que “lo que está constituido bajo una forma alienada” merece ser sometido a examen antes de la “apropiación colectiva”. A Postone le falta aquí espíritu crítico frente al “marxismo tradicional”.

Más allá de la discusión sobre la interpretación que hace Postone de la teoría crítica de Marx, Tiempo, trabajo y dominación social debería sobre todo incitar a los marxistas a pensar los problemas planteados por la “crisis ecológica” como principal desafío que amenaza a la humanidad en el siglo XXI. El propio Postone no da respuesta. Se contenta con señalar que “el análisis del carácter dinámico del capitalismo es también potencialmente un análisis de las transformaciones históricas de la subjetividad”. (p. 65). Pero para una gran transformación histórica de la subjetividad no basta con plantear la cuestión “¿qué sociedad queremos?”. Al ser el capitalismo, como dice Neil Smith, productor de naturaleza/14, hay que ligar imperativamente esta cuestión a otra: “¿qué naturaleza queremos?”

Anexo: a propósito del trabajo abstracto

Un reproche que hay que hacer a Postone es sin duda su pretensión de considerarse el intérpre auténtico del “Marx de madurez”. En lugar de considerar que la obra de Marx está abierta a diferentes hipótesis de trabajo, que no todas estas hipótesis están resueltas, y que varias interpretaciones de textos son por consiguiente legítimas, Postone tiende a veces a forzar el tiro. Un ejemplo flagrante, en mi opinión, es el debate sobre el fundamento fisiológico o no del trabajo abstracto.

En El Capital, Marx escribe que “todo trabajo es por un lado gasto, en el sentido fisiológico, de fuerza humana y, con este título de trabajo humano igual, forma el valor de las mercancías”. Esta frase incomoda a Postone. En efecto, si el trabajo abstracto creador de valor es sólo la manifestación del hecho fisiológico de que todo trabajo es un gasto de energía, entonces se deriva de ahí que el trabajo abstracto y el valor no son específicos al sistema capitalista, al contrario de lo que afirma Postone.

Confrontados a esta misma dificultad, otros autores (I. Roubine, sobre todo) lo han resuelto planteando que el hecho fisiológico del trabajo como gasto de energía no es más que el presupuesto de la categoría del trabajo abstracto, que ésta no puede aparecer más que en una sociedad mercantil-capitalista y que por tanto es social, no natural. En lugar de esto, Postone pretende, de forma poco convincente e mi entender, que la frase Marx arriba citada deriva del hecho de que el autor de El Capital se ve por así decirlo obligado a presentar la lógica del capitalismo desde el interior, lo que justificaría el recurso a una definición fisiológica, por tanto capitalista, del trabajo abstracto…

Notas

1/ Moishe Postone, Temps, travail et domination sociale. Une réinterprétation de la théorie critique de Marx, Ed. Mille et une Nuits, 2009.

2/ Antoine Artous, “ L’actualité de la théorie de la valeur de Marx. A propos de Moishe Postone, Temps, travail et domination sociale ”.

3/Jacques Bidet, “ Misère dans la philosophie marxiste : Moishe Postone lecteur du Capital ”. La crítica de J. Bidet se refiere sobre todo a la ´muy discutida cuestión de la existencia –o no– de un modo de producción mercantil precapitalista .

4/ La idea del capitalismo como única sociedad de la historia que presenta una “dinámica direccional” es interesante, ¿pero es exacta? Sin pronunciarse sobre otras formaciones sociales, ¿la sociedad esclavista de la antigüedad griega y romana podía reproducirse sin adquirir cada vez más esclavos, y por tanto territorios, y por tanto sin recurrir a la guerra? ¿No había una “dinámica direccional” (que además parece haber jugado un papel en el hundimiento del imperio romano)? Léase Maurice Godelier, L’idéel et le matériel, Flammarion, “ Champs Essais ”, 2010.

5/ Se suma aquí a la tesis de Tran Hai Hac, que considera que el valor de uso no es cosa útil en general sino cosa útil subsumida por el valor, y por tanto forma de cosa útil específica del capitalismo. Tran Hai Hac, Relire le capital. Marx critique de l’économie politique et objet de la critique de l’économie politique, Cahiers libres, Ed. Page 2, 2003. Esta distinción entre valores de uso y utilidades es importante desde un punto de vista ecosocialista, porque fundamenta la crítica del modo de consumo determinado por la producción capitalista –no sólo en términos cuantitativos sino también en términos cualitativos– y conecta con el concepto marxista de necesidades humanas reales. Es por lo demás coherente con la distinción entre riqueza y valor.

6/ Esta interpretación está explicitada sobre todo por Isaak Roubine[fn] Essais sur la théorie de la valeur de Marx, Syllepse, 2009, p. 102

7/ Ernest Mandel, La formation de la pensée économique de Karl Marx. De 1843 jusqu’à la rédaction du Capital, Maspéro, 1967.

8/ /” La principal adquisicion de la teoría del fetichismo no es que la economía política disimula detrás de las categorías materiales las relaciones de producción que se traban entre los hombres; sino que, en una sociedad mercantil-capitalista, estas relaciones de producción adquieren necesariamente una forma material y sólo pueden existir bajo esta forma. (…) En su formulación abreviada corriente, (la teoría del valor) dice que el valor de la mercancía depende de la cantidad de trabajo socialmente necesario para su producción (…). Es más apropiado expresar la teoría del valor de manera inversa: en la sociedad mercantil-capitalista, las relaciones que traban los hombres con ocasión de la actividad de producción adquieren la forma del valor de los objetos y sólo pueden aparecer bajo esta forma material. El punto de partida de la investigación ya no es entonces el valor, sino el trabajo: ya no son las transacciones del intercambio mercantil como tales, sino la estructura de producción de la sociedad mercantil, el conjunto de relaciones de producción entre los hombres. Las transacciones del intercambio mercantil son entonces las consecuencias necesarias de la estructura interna de la sociedad: son uno de los aspectos del proceso social de producción”.

9/ Karl Marx, Manuscrits de 1857-58, tomo 1, p. 353.

10/ Karl Marx, Le Capital, Libro 1, Capítulo X.

11/ Jean-Marie Harribey (op. cit.) ha llamado la atención sobre este punto. Postone señala la idea de que en una sociedad socialista “el mantenimiento de un alto nivel de productividad” permitiría “otra forma de crecimiento económico que no tendría por qué ser diametralmente opuesto a los intereses ecológicos duraderos de la humanidad”. No parece consciente de la necesidad ecológica de reducir las extracciones de recursos y los desastres que derivan de su utilización, y no cuestiona explícitamente las tecnologías altamente productivas. Este fallo en su obra subraya la necesidad de clarificar algunas nociones. El productivismo puede ser definido como la tendencia del capital a “producir por producir”, que implica también “consumir por consumir”. En las “Teorías sobre la plusvalía”, Marx explica que esta doble tendencia es una obligación que deriva de la acumulación del capital fijo. El alza de la productividad del trabajo tiene desde luego un potencial liberador pero, en el capitalismo, está al servicio de la producción de sobrevalor, por tanto del productivismo. La alternativa pasa evidentemente por la reducción masiva del tiempo de trabajo, pero este reparto (cuantitativo) de las mejoras de productividad debe ir acompañada de la crítica de por los que son adquiridos.

12/ De hecho, se podría decir que Postone extiende aquí el concepto de encastramiento de la economía –desarrollado por Polanyi– al encastramiento de la sociedad en su entor Para un bosquejo de crítica del sesgo ideológico en los trabajos del GT3 del GIEC, ver Daniel Tanuro, “ Le spectre de la géoingénierie hante l’accord de Paris sur le climat ”.no.

13/ Para un bosquejo de crítica del sesgo ideológico en los trabajos del GT3 del GIEC, ver Daniel Tanuro, “ Le spectre de la géoingénierie hante l’accord de Paris sur le climat ”.

14/ Neil Smith, Uneven Development: Nature, Capital and the Production of Space, Basil Blackwell, 2010.

15/ Jean-Marie Harribey, “ Ambivalence et dialectique du travail. Remarques sur le livre de Moishe Postone, “ Temps, travail et domination sociale ” ”, Contretemps, Nueva serie, n° 4, 2009, pp. 137-149.

28/09/2016

https://www.contretemps.eu/postone-capital-nature/

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