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Debate: A propósito de “Tiempo, trabajo y dominación social”, de Moishe Postone (1)
La actualidad de la teoría del valor de Marx
18/10/2016 | Antoine Artous

Aunque participó en el último congreso Marx Internacional en París en setiembre de 2007, Moishe Postone, profesor de historia de la Universidad de Chicago, es poco conocido en Francia. Sólo había sido publicado, en 2003, una colección de tres artículos con el título ¿Ha enmudecido Marx? Frente a la mundialización. Editado en lengua inglesa en 1993 -con una reedición en 2003-, Tiempo, trabajo y dominación social no ha sido objeto de discusión en Francia, aunque ha ocsionado muchos debates en el mundo anglosajón [1].

Es un libro importante. En primer lugar, por el carácter particularmente ambicioso de su proyecto, formulado desde su subtítulo: “Una reinterpretación de la teoría crítica de Marx”; también por la fuerza que tiene su crítica a lo que denomina “marxismo tradicional” y por su propia lectura de Marx, desarrollada a partir de la cuestión decisiva en la tradición marxista de la crítica del trabajo, en relación con la problemática de la crítica de la economía política.

Aunque se trata de un libro teórico que se sitúa a un alto nivel de abstracción, Postone no esconde sus presupuestos políticos. Se trata de releer a Marx y de criticar al “marxismo tradicional” a la luz de la historia del pasado siglo de las experiencias del “socialismo realmente existente” y más en general de lo que llama la evolución neo-liberal del capitalismo. La concepción marxista de la superación del capitalismo no puede ser comprendida ni “como simple superación del mercado”, ni como “extensión a toda la sociedad del orden planificado que reina en el taller, puesto que Marx describe este orden como la servidumbre total de los trabajadores al capital” (p. 489).

Este libro de 600 páginas se divide en tres grandes bloques: una crítica del “marxismo tradicional”, una discusión rigurosa con autores de la escuela de Frankfurt y una “reconstrucción de la critica marxista” partiendo de los textos de madurez (Grundrisse, El Capital…). Sería un empeño vano pretender resumir aquí semejante libro, o tratar el conjunto de discusiones que emprende, sobre todo cuando la mayor parte de los temas abordados han sido objeto de largos debates en los años 1960-1980[2]. Por otra parte, uno de los defectos del libro es cuasi ignorar (al menos en las referencias) estos debates; por esto, se tiene a veces la impresión de que Postone es el único en llevar a cabo una crítica radical del marxismo tradicional...

Además de esta crítica, mi intención es retomar de forma polémica los temas que giran en torno a la crítica de la economía política, de la teoría marxista del valor y del trabajo. Ante todo, porque me parecen interesantes para aclarar algunos debates actuales; y también porque permiten conectar con aquellos autores franceses que también han desarrollado la temática de la crítica de la economía política y cuestionado una lectura “ricardiana” de la teoría marxista del valor, desarrollando al mismo tiempo (en particular Jean-Marie Vincent) una crítica del trabajo[3].

Por lo demás, esta conexión no es fortuita. Estos autores franceses han concedido un lugar importante al libro de Isaak Roubine Ensayos sobre la teoría del valor de Marx que acaba de ser reeditado[4]. Este economista ruso de los años 1920, desaparecido en los campos de concentración estalinistas, ha sido el primero en poner claramente en evidencia las rupturas de Marx con la teoría del valor-trabajo de la economía política clásica, sobre todo a través de la categoría de trabajo abstracto. Desde este punto de vista, remito a mi introducción a esta nueva edición (que se encuentra en la web) para una historia más detallada de la reactivación de los debates sobre la teoría del valor, donde se puede encontrar a esos autores[5].

El “marxismo tradicional” según Postone

Con la categoría de “marxismo tradicional”, Postone no se refiere a una corriente concreta del marxismo, ni a un conjunto de autores, sino a una matriz de lectura de Marx. Esta lectura consiste en oponer la dinámica de socialización de las fuerzas productivas desarrollada por el capitalismo a la propiedad privada y a la anarquía del mercado. La producción industrial es considerada entonces como la futura base del socialismo, a través de la apropiación colectiva de los medios de producción. La crítica del capitalismo, continúa Postone, se centra en la forma de circulación de los productos del trabajo (el mercado) y no en la forma de producción. Se trata de hecho de una “crítica del capitalismo hecha desde el punto de vista del trabajo”, mientras que se trata de desarrollar, con Marx, “una crítica del trabajo bajo el capitalismo”(p. 19).

Volveremos a encontrar estos temas que se van a aclarar, sobre todo en lo que se refiere al trabajo. Se podría discutir la categoría de “marxismo tradicional”. Por mi parte, pienso que habría que hablar de contradicciones y de tensiones en el seno mismo del marxismo (incluyendo a Marx), muchas de las cuales han sido además discutidas durante el período de reactivación de un trabajo sobre Marx, en los años 1960-70. Como ya he señalado, es una lástima que Postone no se refiera a ello. Escribe por ejemplo que no existe lógica “neutra” de desarrollo de las fuerzas productivas y que la producción industrial está moldeada por el capital, que es “la materialización de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción” (p. 520). La fórmula parece salida de este período en que se han desarrollado críticas del “economicismo” de cierto marxismo que escamotea el hecho de que fuerzas productivas y relaciones de producción están totalmente imbricadas.

Esta matriz queda bien ilustrada por Engels en el Anti-Dühring. Para él, el desarrollo de la gran industria traduce una socialización de las fuerzas productivas cuyo desarrollo está bloqueado sólo por la propiedad privada y la anarquía del mercado. Esta socialización es realizada por la clase obrera. Cuando la clase obrera tome el poder político, basta con estatizar la producción (suprimir la propiedad privada) para que esta socialización se exprese. El Estado comienza a desaparecer y se puede pasar a la administración de la producción, a través del plan que sustituye al mercado como forma de regulación.

Esto se convirtió en una visión dominante en las primeras décadas del siglo XX, aunque, como se sabe, operaron rupturas sobre la cuestión del Estado. Karl Kautsky, teórico de la social-democracia alemana, presenta al socialismo como la extensión de la administración de los ferrocarriles al conjunto de la sociedad. En El Estado y la revolución, Lenin explica que, una vez estatizada, la gran industria capitalista es una base económica completamente lista para la dictadura del proletariado. Más tarde, presentará al taylorismo como una organización científica de la producción que el proletariado debe aprovechar. La mayor parte de los autores marxistas críticos de la época piensan que, una vez estatizada, la gestión de la economía compete a un nivel tecnológico, organizado a través del plan[6].

Aunque sería un tanto simplista imputar el devenir de la revolución rusa a una cierta lectura de Marx, está claro que este devenir (el Estado-plan burocrático que domina y explota a los trabajadores a través de la organización industrial) da cierta luz a esta temática. Y es necesario subrayar que el advenimiento del capitalismo supone una doble desposesión de los productores; éste es también un tema de los años 1960-70. La primera, clásicamente recalcada, es de orden jurídico, con el desarrollo de la propiedad privada de los medios de producción. La segunda se refiere al dominio técnico-administrativo del proceso de producción. En las formas de producción precapitalista, la producción se rige en esencia por un “proceso de trabajo individual” (Marx), cuyo dominio lo tiene el productor directo; mientras que el capitalismo desarrolla un “trabajador colectivo” (Marx). Pero este proceso de producción colectivo se organiza directamente bajo la férula del capital, a través de una desposesión, renovada sin cesar, del dominio de los productores directos. En El Capital, Marx tiene notables análisis (olvidados por Engels) sobre el desarrollo de una nueva forma de dominación, que designa con el término de “despotismo de fábrica” y que trata con la categoría de “subsunción (sumisión) real” del trabajo por el capital.

Volveremos a esta cuestión en el análisis del trabajo capitalista. Pero hay que subrayar que esta construcción de un “trabajador colectivo” (en el sentido de proceso de trabajo colectivo) estructurado por el capital, permite comprender que la cuestión no es sólo la dominación del capital sobre el trabajo, sino también la dominación del trabajo capitalista, como forma social, sobre los productores.

¿Y el mercado?

Al igual que el análisis del capitalismo no depende sólo de la esfera de la circulación, continúa Postone, el valor no debe “ser comprendido como expresión sólo de la forma de riqueza mediatizada por el mercado” (p. 185), remite también a una forma social específica, la mercancía, producida no por el trabajo en general sino por una forma específica de producción. Esta es, como se verá, una cuestión decisiva. Aunque aparece un problema con la fórmula “sólo”. Postone multiplica este tipo de fórmulas en su libro (no se puede recurrir sólo al mercado), sin que se sepa muy bien el lugar que hay que conceder a las relaciones mercantiles. De hecho, Postone no trata del lugar estructurante de estas relaciones en el proceso de valorización.

O lo hace distinguiendo una fase histórica del capitalismo liberal, en la que el lugar del mercado es importante, de una fase histórica post-liberal en la que el lugar de la circulación se vuelve marginal. Es un análisis desarrollado en los años 1930-1940 por autores de la escuela de Frankfurt y otros frente a los desarrollos de las formas estatales (New Deal, nazismo, estalinismo) cristalizando, según ellos, diversas formas de capitalismo de Estado y/o una convergencia de nuevos sistemas estatales de dominación. No voy a repetir aquí los debates sobre estas caracterizaciones. Me parece sin embargo que los posteriores desarrollos históricos han mostrado el lugar siempre central del mercado en el desarrollo del capitalismo; sobre todo (como hacía Marx) si se razona a nivel mundial.

Lo importante no es tanto esta discusión como constatar la ausencia de rigor crítico de Postone (en comparación con el que desarrolla en otras categorías) en el enfoque de la categoría de mercado. No parece conocer más que la versión liberal del “mercado autoregulado”. El mercado siempre ha sido una realidad construida socialmente. También aquí, hay que continuar con la crítica a cierta tradición marxista (apoyada en algunas debilidades de El Capital) que considera al mercado y al Estado como dos entidades exteriores la una respecto a la otra, mientras que son constitutivas la una de la otra; así, los análisis de la relación monetaria y de la relación salarial hacen aparecer el lugar constitutivo del Estado en estas relaciones. Y como han señalado Pierre Salama y Tran Hai Hac, la oposición de la tradición marxista entre un mercado, calificado de anarquista, opuesto a un plan, que se supone racional, es un factor que ha empujado a creer que bastaba con sustituir al mercado por el plan (el Estado de hecho) para orientarse hacia una gestión «consciente» de la economía[7].

No es desde luego el caso de Postone. Pero sorprende ver cómo el lugar del Estado no existe en sus análisis del capital. De forma más general, Marx analiza el capitalismo como una relación mercantil de explotación. Es una fuente de dificultad (hay que articular dos niveles de análisis[8]), pero es también lo que hace la especificidad del enfoque de Marx en el análisis de la relación de explotación capitalista y en la figura del asalariado como “trabajador libre”. Veremos cómo Postone difumina esta dimensión. Una cosa es recusar la visión de la clase obrera como clase social portadora de una verdadera socialización por el trabajo, y otra es borrar las contradicciones producidas por la figura del “trabajador libre”.

La crítica de la economía política

Todas estas notas no quitan interés al enfoque de Postone, que quiere fundar el marxismo como teoría crítica partiendo de la temática de la “crítica de la economía política” marxista, y, más en particular, de los llamados textos de “madurez”; esto es, el período de El Capital cuyo subtítulo es “crítica de la economía política”. La referencia a la “crítica de la economía política” es una constante en la obra de Marx, sobre todo a partir de los Manuscritos de 1844.

Esta fórmula traduce sin duda alguna no sólo una postura crítica frente al mundo “tal como es”, sino también un constante enfoque científico (epistemológico) que consiste en especificar la objetividad particular de la relación económica, y en general de la relación social, de lo “socio-histórico”. Esta objetividad es real, pero especificada siempre históricamente. Así hay que comprender la fórmula de Marx en el libro 1 de El Capital donde trata del fetichismo de la mercancía: “Las categorías de la economía burguesa son formas del intelecto que tienen una verdad objetiva, en tanto reflejan relaciones sociales reales”, pero históricamente situadas[9]. No hay que entender de forma mecánica esta fórmula de “reflejo” que también emplea Roubine. Estas categorías son un elemento estructurante de lo social que tiene siempre una dimensión ideal, como subraya Maurice Godelier[10].

Dicho esto, el sustrato de esta crítica evoluciona. En los Manuscritos de 1844, es abordada por medio de un discurso antropológico sobre el trabajo, considerado como esencia del hombre; es decir, como cuadro transhistórico de autoproducción del hombre en tanto ser humano. El joven Marx alaba además a la economía política por haber puesto al día esta dimensión del trabajo, pero esta esencia aparece de manera alienada en el capitalismo. La crítica es, en cierta medida, exterior a la economía política cuyos autores se supone que expresan “científicamente” la realidad de la sociedad burguesa.

En el período de El Capital, el enfoque es muy diferente: Marx quiere cuestionar la economía política clásica en el terreno mismo del conocimiento de las relaciones económicas. Por eso –y Marx tiene fórmulas que van en este sentido– , El Capital ha sido presentado muchas veces como una obra continuadora del esfuerzo de cientifismo de la economía política, en particular de Ricardo, para quien el trabajo es la sustancia del valor; incluyendo a marxistas críticos[11].

Ahora bien –y en todo caso es mi lectura-, Marx no pretende fundar una ciencia de la economía, para él se trata de cuestionar los presupuestos de la economía política clásica (Smith, Ricardo) que aborda las categorías económicas como datos transhistóricos naturales. La teoría ricardiana del valor trabajo es una “categoría fetichizada[12], según la fórmula de Pierre Salama y Tran Hai Hac, en el sentido de que naturaliza lo que es el producto de determinadas relaciones sociales, haciendo así del trabajo una categoría transhistórica. Como escribe Postone: “Ricardo no ha reconocido la determinación histórica de la forma de trabajo ligada a la forma mercancía, la ha transhistorizado” (p. 91).

La categoría de forma social

Rechazando esta problemática transhistórica, Marx reactiva su problemática de la especificidad de la objetividad de lo socio-histórico. Muchas veces, escribe Postone, “las categorías de la crítica de Marx han sido tomadas como categorías puramente económicas” cuando deberían ser comprendidas “en tanto determinación del ser social bajo el capitalismo” (p. 37). La fórmula es muy parecida a la de Roubine sobre fetichismo: “no es sólo un fenómeno de la conciencia, es también un fenómeno del ser social [13]”.

Además de dar cuenta de la teoría del fetichismo de la mercancía en su relación con la teoría marxista del valor, Roubine se toma en serio la categoría marxista de trabajo abstracto, hasta entonces poco tratada en los comentarios. Pero es importante porque una de las aportaciones de Marx es explicar que el trabajo abstracto crea el valor. El propio Marx tiene fórmulas que sugieren que el contenido de este trabajo abstracto tiene una realidad puramente fisiológica (gasto de energía). Si es así, señala Roubine, no se comprende cómo el valor puede ser una forma social objetiva, aunque esté ligada a relaciones sociales específicas. Postone cita a Roubine en este sentido y explica cómo el trabajo concreto, que produce el valor de uso, y el trabajo abstracto, que produce el valor, “no se relacionan como dos tipos de trabajo diferentes, sino como dos aspectos del mismo trabajo en la sociedad determinada por la mercancía” (p. 215).

Volveré a tratar la articulación del conjunto de categorías de la teoría marxista del valor, pero antes hay que destacar que una de las particularidades de Roubine es haber insistido en la importancia de la categoría de “forma social” en Marx, para dar cuenta de una objetividad no material, sino social, es decir, referida a relaciones sociales históricamente situadas. Así, una mesa considerada como mercancía tiene una materialidad física (madera, por ejemplo) cuando es considerada como valor de uso; por el contrario, como valor, no contiene ni una onza de materia, aún teniendo una objetividad social.

También Postone insiste, desde el punto de vista epistemológico, en la noción de forma social o de forma sociohistórica. Desde ese punto de vista, como ya he subrayado, la referencia al método marxista de crítica de la economía política supone un determinado enfoque de la especificación histórica de lo social. Tal como escribe Postone, la crítica de Marx no implica una teoría del conocimiento en sentido propio, sino más bien “una teoría de la constitución de formas sociales históricamente específicas que son formas de objetividad y de subjetividad sociales” (p. 323).

O incluso, retomando una fórmula de Étienne Balibar, la sociedad (como conjunto de relaciones sociales) “produce representaciones sociales de objetos al mismo tiempo que produce objetos representables” y formas de individualización sociohistórica de los individuos[14]. Así, por tomar este ejemplo, las relaciones sociales capitalistas generan una forma de objetividad particular de los productos del trabajo (la mercancía), pero también una determinada figura social del individuo librecambista (el sujeto del derecho moderno). Y esta forma de individuación es contradictoria con la generada en el proceso inmediato de producción (el proceso de trabajo) que Marx designa con la figura del “trabajador parcelario”, simple apéndice de la máquina.

El valor como forma social

Marx no se contenta con cuestionar los presupuestos de la economía política, también quiere producir un mejor conocimiento de las relaciones de producción capitalistas en términos de análisis económicos y de conceptualización. Ya se ve que esta manera de “hacer ciencia” supone dificultades y contradicciones (por tanto, diferentes lecturas posibles de textos de Marx). Tanto más porque los modelos científicos de la época están muy marcados por el positivismo.

Desde el punto de vista conceptual, Marx toma como punto de partida la economía política clásica, en particular la teoría del valor de Ricardo para quien el trabajo es la sustancia del valor de cambio. A menudo, incluso en el marxismo crítico y/o radical[15], se suele contentar con subrayar la ruptura de Marx respecto a Ricardo en lo que se refiere al análisis del sobrevalor (plusvalía): producida por una mercancía un tanto particular, la fuerza de trabajo, cuyo valor de uso es producir valor. Para el resto, se tiene la impresión de que Marx se ha limitado más o menos a ”historizar” las categorías de Ricardo, aunque produce su propio sistema conceptual en el análisis mismo de la mercancía[16]. Veámoslo más en detalle.

Bajo el capitalismo, prácticamente todo se compra y se vende, esto es, toma la forma de mercancías. Como forma social, “cosa social” (Marx), la mercancía se presenta, según Marx, bajo dos aspectos: valor de uso y valor. Como valor de uso [17] (bien material y/o servicio) las mercancías pretenden satisfacer tal o cual necesidad particular (utilidad del producto) y se distinguen así las unas de las otras. Como valor, la mercancía tiene la propiedad de intercambiarse en proporciones determinadas –valor de cambio– con otras mercancías; es lo que hace la unidad de las mercancías.

El trabajo concreto es el que produce la mercancía desde el punto de vista del valor de uso; se trata por tanto del trabajo como actividad técnica de producción de un objeto (bien y/o servicio). Por definición, los trabajos concretos son diferentes unos de otros. El trabajo abstracto produce la mercancía considerada desde el punto de vista del valor; designa una cualidad común, homogénea de todo trabajo, independientemente de su forma concreta, haciendo abstracción de las formas técnicas de producción.

El sistema conceptual de Ricardo es diferente porque sólo habla de la pareja valor de uso/valor de cambio y de trabajo en general. Marx dice de forma explícita que, además de su teoría de la plusvalía, su aportación conceptual respecto a la economía política clásica es el análisis del doble carácter del trabajo. Marx no se contenta por tanto con “historizar” el enfoque de Ricardo, introduce dos conceptos particulares que expresan que no se refiere al trabajo en general, sino a un trabajo especificado históricamente: el trabajo abstracto que es la sustancia del valor.

La categoría de trabajo abstracto cristaliza la especificidad (y la dificultad) de la teoría marxista del valor. Su homogeneidad no proviene de la naturaleza, sino de una relación social específica. Designa el carácter social (validado socialmente) del trabajo bajo el capitalismo. A través del intercambio mercantil se comparan (se igualan) los diferentes trabajos y se cristalizan en el trabajo abstracto como forma social. El trabajo abstracto se denomina así porque hace abstracción de las formas concretas. Éste es, me parece, el enfoque dominante en el período del Capital. Me remito al Anexo 1 sobre el trabajo abstracto para un repaso más detallado a estas discusiones y notas sobre Postone que tienen dificultades de argumentación por su falta de referencia al mercado.

En fin, Smith y Ricardo (y Aristóteles) se refieren sólo al valor de cambio, el más “visible” socialmente. La introducción de la categoría de valor expresa la crítica de Marx a la economía política clásica. La única preocupación de esta última era el análisis de la conmensurabilidad de las mercancías (la medida de la proporción con que se intercambian; esto es lógico ya que la creación del valor por el trabajo era un dato natural. Para Marx, por el contrario, el problema es comprender en qué condición histórico-social el trabajo produce valor. ¿Por qué los productos del trabajo se presentan como mercancías que tienen un valor? La teoría marxista no es una teoría del valor-trabajo, sino del valor como forma social de los productos del trabajo y, más en general, “una teoría de la forma valor de los actores y de las relaciones sociales”, como escribe Jean-Marie Vincent[18].

Trabajo y dominación

La producción capitalista no produce las mercancías por su valor de uso, sino como simple porta-valor, como simple soporte del proceso de valorización. El dinero sólo se convierte en capital si este último se auto-valoriza, si crea valor. Ya se conoce el enfoque de Marx. Pone en evidencia la existencia de una mercancía particular – la fuerza de trabajo– cuyo valor de uso es producir valor. El sobrevalor (la auto-valorización del capital) es la diferencia entre el salario (que supuestamente representa el valor de cambio de la fuerza de trabajo mercancía) y el valor cristalizado en la mercancía producida por el trabajo asalariado.

Marx analiza la especificidad de la explotación capitalista en su diferencia con, por ejemplo, la explotación feudal, donde la explotación toma una forma directa, visible: los campesinos van a trabajar al dominio del señor o le entregan directamente excedente. En este caso, y el ejemplo vale para todas las formas precapitalistas, Marx explica que la sociedad se estructura a través de las relaciones personales de dependencia. Como escribe Postone, el trabajo está “encajado” (“encastrado” decía Karl Polanyi[19]) en relaciones sociales «no disfrazadas», que afirman explícitamente las jerarquías sociales.

El advenimiento del capitalismo se traduce en una profunda reorganización de las relaciones sociales y de la objetividad de lo social, sobre todo en lo que se refiere al trabajo. Este último se “desencastra” de las relaciones sociopolíticas y la sociedad pone en el centro las actividades de producción. Para caracterizar este vaivén, Postone explica que el trabajo se convierte en la nueva forma de mediación social que inerva al conjunto de relaciones sociales. Hay que señalar que Postone, aún cuando destaca que la característica del nuevo sistema es que «los individuos son forzados a producir y a intercambiar mercancías para sobrevivir» (p. 237), no indica la otra cara de esta nueva mediación: la generalización de las relaciones mercantiles, cuyo punto de llegada es precisamente la mercantilización de la fuerza de trabajo. Se puede desde luego discutir sobre ello, pero es innegable que en El Capital Marx quiere dar cuenta de un proceso social de producción (y más en general de socialización) en el que procesos de producción privada se transforman en producción social, a través del mercado.[20]

Dicho esto, el advenimiento del capitalismo no es efectivamente reductible al desarrollo de la propiedad privada de los medios de producción. Los productores pierden también el dominio de un proceso de producción que se organiza como un proceso colectivo, a través del “trabajador colectivo” (Marx). Pero este último se estructura a través de una forma particular de dominación que Marx caracteriza como “despotismo de fábrica”, este “trabajador colectivo” cristaliza bajo la forma de la organización capitalista del trabajo. Esta nueva forma histórica de dominación se desarrolla también fuera de la empresa, con el fin de fabricar la mercancía fuerza de trabajo (para constituir la fuerza de trabajo como mercancía). Sobre todo, con lo que Marx llama la “subsunción (sumisión) real” del trabajo por el capital.

La sumisión real no quiere decir que el capital se contente con desarrollar una dominación sobre un proceso de trabajo que, por su parte, mantendría un aspecto más o menos artesanal. Produce, sobre todo con el maquinismo, un sistema específico de producción y de dominación. Y se puede decir con Postone que, bajo el capitalismo, el trabajo no es sólo el objeto de la dominación: es la fuente constitutiva de la dominación (p. 415). Por lo demás, desde 1977, en un artículo titulado “La dominación del trabajo abstracto”, Jean-Marie Vincent había subrayado cómo el proceso de valorización transformaba el trabajo en una serie de formas sociales abstractas que modelan la actividad de los individuos[21].

Si sacamos la teoría marxista del valor del lado de Ricardo y de un discurso transhistórico sobre el trabajo, la luz es diferente. El eje dominante se vuelve la emancipación del trabajo. Como destaca Jean-Marie Vincent[22], Engels lleva la voz cantante “haciendo del trabajo un referente natural del valor” y considerando al trabajo como un elemento clave de toda sociedad. Es un elemento antropológico fundamental que ha conocido muchas transformaciones en la historia, pero siempre ha quedado dominado, incluso bajo el capitalismo que permite vislumbrar a una sociedad entera centrada en el trabajo al fin emancipado. “El principio ontológico de la sociedad aparece abiertamente, mientras que bajo el capitalismo está escondido”, escribe Postone (p. 98).

La figura del “trabajador libre

Postone no se contenta con criticar las problemáticas que hacen de la clase obrera una clase portadora de la emancipación del trabajo. Añade: “la clase obrera forma parte integrante del capitalismo en lugar de encarnar su negación” (p.35). No hay que equivocarse de discusión. Postone no ignora que la relación de explotación capitalista genera conflictos renovados sin cesar, subraya que estos conflictos no se integran en una contradicción antagónica, por emplear una vieja categoría, sino que forman parte de los mecanismos contradictorios de reproducción del capital. Y es cierto que su tendencia a revolucionar las fuerzas productivas no es el efecto de una simple lógica “económica”, sino la expresión siempre renovada de la lucha de clases. En efecto, por decirlo en pocas palabras, se trata de desarrollar la plusvalía relativa por medio de mejoras de productividad y/o de remodelar sin cesar el proceso de trabajo para romper las resistencias de los trabajadores.

Hay que entrar sin embargo en más detalle en el análisis de la relación de explotación capitalista[23]. Se traduce en la generalización del trabajo asalariado, que no se reduce sólo a la mercantilización de la fuerza de trabajo, sino a la figura del “trabajador libre” que se opone a la del productor dependiente como el esclavo y el siervo. Ya he señalado cómo la relación salarial se apoderaba del individuo a través de un proceso de individuación contradictoria: por una parte como individuo libre e igual; por otra como trabajador “parcelario” sometido al despotismo de fábrica. Hay que entender bien lo que está en juego en esta contradicción.

En primer lugar, el secuestro del asalariado como sujeto de derecho (igualdad y libertad) es desde luego una forma que disimula un contenido (la explotación), pero no es pura forma y/o simple superestructura jurídica, genera formas de socialización contradictoria en la lógica de sumisión real del trabajo al capital. Más en general, mientras la situación del esclavo o del siervo está enteramente estructurada por la relación de explotación como relación de dominación, la dominación (fuera del proceso de trabajo) del capital sobre la reproducción de trabajo no está dada; en especial porque esta reproducción no se hace a través de una dominación directa del capital. Y esto, naturalmente, tiene consecuencias en el seno del proceso de trabajo inmediato.

No voy a entrar aquí en detalle en estos análisis[24]. Quería simplemente subrayar que las relaciones de explotación capitalista (por tanto, las luchas de clases) producen una serie de contracciones que tienen su raíz, justamente, en la especificidad de este sistema de explotación. La figura del trabajador libre, que define la especificidad de la explotación capitalista, produce dinámicas irreductibles a la dominación capitalista.

Los individuos son dominados por abstracciones

La temática de la abstracción como forma moderna de dominación desarrollada por Postone tiene importancia. Está presente en Marx, sobre todo en los Grundrisse. Al contrario de las relaciones personales, las relaciones de dependencia se manifiestan “de manera tal que los individuos están en adelante dominados por abstracciones, mientras que antes eran dependientes los unos de los otros[25] “. Pero Marx no echa ninguna mirada romántica hacia las sociedades donde reinaban relaciones personales (de dependencia), ni tampoco Postone. Ni Jean-Marie Vincent que, en Francia, se ha referido a la dialéctica de las “abstracciones reales[26] como forma específica de dominación producida por el proceso de valorización. Las relaciones sociales se coagulan fuera de los hombres, se colocan «en exterioridad» respecto a las relaciones sociales más inmediatas, porque acaban por depender de abstracciones sociales.

El encuentro de Postone y Jean-Marie Vincent sobre esta temática y sobre la categoría de abstracción real debe mucho a la permanente confrontación de los dos autores con la escuela de Frankfurt. Ello en referencia a la crítica de la economía política, mal conocida por esta corriente que tiene tendencia a desarrollar una lectura “economista” de El Capital. Por el contrario, para Postone y Jean-Marie Vincent, el movimiento de dominación de las abstracciones sociales y la dialéctica de las “abstracciones reales” muestra ante todo la dialéctica de la forma valor y no la de diferentes figuras de la razón (razón instrumental). Como escribe Postone: “El trabajo social en cuanto tal no es una actividad instrumental; pero el trabajo bajo el capitalismo es una actividad instrumental” (p. 268).

Postone, por otra parte, tiene un handicap en el análisis por su rechazo a considerar la dimensión estructurante de las relaciones mercantiles y por tanto a tratar frontalmente la teoría del fetichismo de la mercancía que es sin embargo la otra cara de la teoría marxista del valor. El fetichismo es el movimiento a través del cual el producto del trabajo se transforma en una “cosa social”. Isaak Roubine muestra que es un elemento clave del proceso de abstracción de las relaciones sociales. Las mercancías son «cosas sociales» (Marx) que ya no se contentan con esconder las relaciones sociales entre los hombres, sino que las organizan, funcionan entonces, a través del mercado, como lazo mediador entre los hombres.[27]

Las experiencias del “socialismo real” han mostrado que la dominación de los individuos por abstracciones sociales no ha sido suprimida sino, bajo un cierto ángulo, reforzada. Para Postone, esto no plantea problemas teóricos particulares puesto que esos países, que habían marginalizado el mercado, eran una simple variante de capitalismo. Se trataba de “formas controladas por el Estado en el Este (y) de formas centradas en el Estado en el Oeste” (p. 572). Si no se piensa así –como es mi caso– hay que mostrar cómo han cristalizado esos mecanismos de abstracción social a través del fetichismo del “Estado-plan” (ver Anexo 2).

Queda, justamente, la cuestión del Estado, sobre la que Postone no dice una sola palabra. La cosa es bastante sorprendente. Se podrá decir que se ciñe al análisis de las categorías centrales de la “crítica de la economía política”. Justamente, los debates de los años 1960-1980 han mostrado que no bastaba con hacer del Estado una simple superestructura, sino que había que dar cuenta de su presencia desde la forma de exposición general de estas categorías. Resulta en particular difícil de analizar la mercantilización de la fuerza de trabajo sin tener en cuenta la presencia constitutiva del Estado. Pero ya se ha visto que Postone no trata de la relación salarial.

De hecho, este olvido del Estado remite a un problema más profundo. Postone habla del “carácter impersonal, abstracto y generalizado de una (nueva) forma de poder desprovista de lugar institucional concreto o personal real”( p. 564). Ciertamente, el Estado moderno rompe con el de las sociedades precapitalistas, donde la dominación se da a través de las relaciones personales de dependencia y el poder político es siempre concreto. Pero aunque se convierte en un poder político impersonal y abstracto, no por ello juega un papel menos estructurante en la producción y la reproducción de las relaciones sociales.

Un desarrollo contradictorio

Aunque no le gusta demasiado la categoría de clase, Postone se refiere a la explotación capitalista para tratar la “trayectoria” de la producción. “Puesto que el objetivo de la producción capitalista es el sobrevalor, engendra una pulsión incesante hacia el aumento de la productividad, lo que acaba por conducir a la superación del trabajo humano inmediato por las fuerzas productivas del saber social general como primera fuente de riqueza material. No obstante –y es esencial–, la producción capitalista sigue estando basada en el gasto de tiempo de trabajo humano, precisamente porque su objetivo es el sobrevalor” (p. 501).

La cita es un poco larga, pero necesaria[28]. Postone comenta pasajes de los Grundrisse – y más en general una temática de Marx. Por decirlo en pocas palabras, Marx insiste en las posibilidades abiertas por el desarrollo capitalista de las fuerzas productivas y, en particular, por el desarrollo de la ciencia en la producción. Se trata de una producción “en la que el hombre se comporta como vigilante y regulador del proceso de producción” y donde el tiempo de trabajo inmediato necesario para la producción de riqueza tiende a desaparecer en favor de esta productividad e inteligencia cristalizadas socialmente.[29] Estos pasajes son destacables por la intuición teórica del futuro que demuestra Marx, pero están abiertos también a muchas interpretaciones y discusiones.

Así, han sido usado por teóricos del “final del trabajo” o del “capitalismo cognoscitivo” para anunciar la apertura de una nueva fase del capitalismo en que el valor habría (más o menos tendencialmente) desaparecido o convertido en una cáscara vacía, en relación con una producción que se ha vuelto inmaterial; habría que matizar el planteamiento porque se encuentran autores muy diferentes (André Gorz, Tony Negri, Carlo Vercellone…) y problemáticas en evolución [30]. Lo importante aquí es subrayar que, además de demostrar que el proceso de valorización no está vinculado a la materialidad física de un producto[31], Postone afirma claramente que se trata de una tendencia contradictoria manifestada por el desarrollo del capitalismo, ya que este último se basa en el sobrevalor producido por el gasto del tiempo de trabajo. Añade con razón que esto se traduce en fenómenos de reforzamiento de la parcelización del trabajo inmediato. En este sentido, pero sólo en éste, se puede utilizar una fórmula de André Gorz: «El capitalismo cognoscitivo es la crisis del capitalismo»[32].

Es una contradicción interna al desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas, precisa Postone. No sólo. También aquí hay que distinguir dos niveles de discusión. Con este tipo de fórmula Postone quiere rechazar –con toda razón– cualquier enfoque que deje creer que este desarrollo conlleva una sociabilidad genérica, como lo creía cierto marxismo. Pero conlleva desde luego una dinámica de socialización de la producción, aunque exista bajo la forma de una socialización capitalista que cristaliza en las abstracciones sociales de las que hemos hablado. Postone lo dice a su manera: el capital es “la forma real de existencia de las capacidades de la especie (y ya no sólo de los trabajadores) que se constituyen históricamente bajo una forma alienada en tanto que fuerzas socialmente generales” (p. 512). Esta contradicción abre por tanto un posible efecto, contradictoriamente con el desarrollo del capitalismo.

Teoría crítica y estrategia

Lo que plantea problemas no es la referencia a las capacidades de la especie, y no sólo de los trabajadores, sino la referencia a la problemática de la alienación. En su libro, critica en varias ocasiones la temática de la alienación de los textos de juventud –en particular los Manuscritos de 1844– porque desarrollarían una problemática esencialista a-histórica, pretendiendo reencontrar una esencia humana ya constituida, pero que estaba perdida. Por el contrario, en los textos de madurez, se trata de superar la alienación no por 2la reapropiación de una esencia que ya existía antes, sino la reapropiación de lo que se ha constituido bajo una forma alienada” (p. 57). Es necesario criticar la problemática esencialista que se traduce en la teoría de la alienación de los textos del joven Marx[33]. Pero es importante comprender que, al contrario de lo que dice Postone, para el joven Marx la esencia humana no está ya constituida: se construye a través de la historia.

Así, en los Manuscritos de 1844, cuando el joven Marx explica que el trabajo es la esencia del hombre, no se refiere a una esencia que ya existía en el pasado. Conocía a Hegel: es una esencia que es construida históricamente y que se presenta bajo una forma alienada en el capitalismo. La superación de esta alienación permite por tanto a esta esencia realizarse; el trabajo no alienado se convierte de hecho en la expresión de la libre auto-actividad del hombre. Por esa razón en esa época la perspectiva de Marx es la abolición del trabajo, que se encuentra además en La Ideología Alemana. En los Grundrisse, Marx explica que el trabajo no se transforma nunca en un “juego”, como avanzaban algunos socialistas utópicos (como Fourier). Pero la perspectiva de transformación del trabajo en modelo de auto-actividad libre reaparece también en un texto tardío como la Critica del programa de Gotha.

Existe por tanto en Marx una utopía recurrente de transformación del trabajo en actividad libre. Eso permite comprender cómo al lado de la evolución del movimiento obrero que, bajo formas diversas, va a revalorar la figura del homo faber productor y dar un estatus cuasi ontológico a la producción, se haya mantenido un marxismo que critica las formas de trabajo capitalista, manteniendo al mismo tiempo una problemática de emancipación centrada en el trabajo. Postone no se sitúa por completo en esta lógica, habla simplemente de abolición del “trabajo proletario”, sin que se sepa bien lo que eso quiere decir. Postone toma como punto de partida la crítica de la economía política de los textos de madurez, pero hace de alguna manera una regresión hacia los textos de juventud y la temática de la alienación para resolver los problemas encontrados.

Al contrario de lo que afirma pretender, estos análisis de la alienación y de su superación confirman en definitiva, con creces, una postura clásica en la tradición marxista; permiten sobre todo el despliegue de un discurso radical sobre la abolición del “trabajo proletario” –sin detenerse demasiado en el contenido de esta superación. Cuando no refiriéndose, brevemente, a la posibilidad de una reorganización radical de la producción social sobre la base de una casi completa automatización de las actividades que hoy día son realizadas a través del tiempo de trabajo inmediato (el trabajo inmediato restante sería organizado en forma de rotación de tareas) y una renta universal. Es una problemática utópica, en el mal sentido del término: no compromete al presente. De hecho se encuentra aquí una cuestión esencial para la teoría crítica en sus relaciones con una problemática de emancipación: la dimensión estratégica.

Postone rechaza, con razón, cualquier inscripción de futuro como una necesidad histórica, donde el marxismo sería el manual de lectura científica y el proletariado su portador. Hay que añadir también que la problemática de la alienación de los textos de juventud está inserta en una visión teleológica del devenir histórico. ¿Cómo situar entonces una teoría crítica, si no es pensada como expresión de una racionalidad ya en marcha en la historia, y si no se quiere contentar con apelar a simples normas éticas? No se trata de rebatir toda la elaboración de una teoría crítica sobre la dimensión estratégica, ni aún menos de tener una visión estrecha e instrumental de la categoría de estrategia, que debe ser comprendida como un enfoque en perspectiva de un posible histórico a partir del presente y de sus contradicciones[34]. Hay que constatar que la referencia que hace Postone a la alienación borra cualquier posble recurso a un discurso estratégico.

Trabajo y emancipación

En los Grundrisse, sobre los que insiste mucho Postone, se encuentra sin embargo otra forma de problematizar la emancipación del trabajo, señalada por Ernest Mandel desde los años 1960: una dialéctica entre tiempo de trabajo y desarrollo del tiempo libre[35]. Se la encuentra también en la conclusión del libro III de El Capital. Postone se refiere a esta última, aunque desde otro ángulo. Es verdad que esta problemática cuadra mal con la de la abolición del trabajo. Según Marx, “el reino de la libertad no puede comenzar más que a partir del momento en que cesa el trabajo guiado por la necesidad”. No puede situarse por tanto en la esfera de la producción, que siempre será necesaria. Marx matiza sin embargo precisando que puede existir cierta libertad si “los productores asociados – el hombre socializado– regulan de manera racional sus intercambios orgánicos con la naturaleza y los someten a su control común, en lugar de ser dominados por la potencia ciega de estos intercambios”. Pero la verdadera expansión de la potencia humana comienza más allá: “la reducción del tiempo de trabajo es la condición fundamental de esta liberación[36].

La distinción entre el reino de la libertad y el de la necesidad procede de la filosofía clásica. Marx la retuerce en parte para hacer de la libertad y de la necesidad valores relativos que se condicionan una y otra. ¿Puede existir una cierta libertad en la producción? Además –y esto es importante en relación a una determinada tradición marxista–, la emancipación no es pensada como un movimiento histórico que desemboca en el “reino de la libertad”, sino como un proceso histórico –sin fin, podría decirse– producido por esta dialéctica del tiempo de trabajo y del tiempo libre. Y no expresa una voluntad de apropiación productivista de la naturaleza: se trata (por el contrario) de organizar racionalmente las relaciones que mantenemos con ella, y no de ontologizar el homo faber. Además, en los Grundrisse, Marx subraya cómo el desarrollo del tiempo libre puede transformar las actividades de los individuos en el seno de la producción.

Se trata por tanto de emancipar (transformar) el trabajo, emancipándose del trabajo. Hay que partir de esta problemática para poner en perspectiva histórica algunos ejes contemporáneos de discusión. A no ser que demos por buena la utopía de la transformación del trabajo en actividad libre, el horizonte que ilumina el presente no es la desaparición del trabajo, sino su transformación a través de esta dialéctica del tiempo de trabajo y del desarrollo del tiempo libre. En este marco, es posible preguntarse cómo tratar la perspectiva clásica de abolición del trabajo asalariado. Aunque se entiende bien lo que quiere decir abolición de la explotación capitalista, la figura de la abolición del trabajo asalariado resulta más vaga; a menos que se sueñe con una vuelta a la producción artesanal.

Podemos discutir si, a largo plazo, será posible desarrollar una prestación universal para todos que sustituya al salario. Yo no soy muy favorable a ello, y se puede leer aquí mi nota sobre la abolición del trabajo asalariado. Pero, en el momento histórico actual, me parece que esta dialéctica debe articularse con reivindicaciones bastante clásicas (derecho al empleo, reducción del tiempo de trabajo, desarrollo de prestaciones sociales mínimas..), y una problemática general de desmercantilización de la fuerza de trabajo; sobre todo por medio del desarrollo de la parte socializada del salario y/o extensión de las zonas de gratuidad.

Esta dialéctica de tiempo de trabajo y del tiempo libre desemboca en el cuestionamiento de la centralidad del trabajo. Aunque es difícil darle una perspectiva inmediata (no voy a recordar los debates y las experiencias pasadas), debe ser claramente afirmada como horizonte ligado al cuestionamiento del proceso de valorización capitalista. Postone habla en este sentido de aparición “de nuevas formas de mediaciones sociales, muchas de ellas de naturaleza política” (p. 546). La fórmula es buena, pero abre dos grandes debates.

El primero, ya señalado, tiene que ver con el análisis del lugar estructurante del Estado en las relaciones sociales; no se puede eludir la cuestión. No se entiende cómo se pueden levantar nuevas formas de mediaciones sociales, y en particular políticas, sin una perspectiva de democratización política radical de este Estado.

Pero esto quiere decir también –y es el segundo debate, que tampoco aborda Postone– que dicho enfoque supone cuestionar la utopía de la desaparición del Estado, entendida como desaparición de todo poder político. Hay que manejar con prudencia la categoría de los «productores asociados» que, en la tradición marxista, ha equivalido muchas veces a una problemática de disolución de la política en lo social; y más precisamente, de disolución de la política en la auto-administración de la producción industrial.

Como conclusión

El libro de Postone abre debates con múltiples facetas. Habría que discutir más en detalle su visión de las experiencias del “socialismo real” del pasado siglo que, de forma manifiesta, sobredetermina su enfoque de la dinámica de las formas de evolución hacia un “despotismo ‘planificado’, organizado, burocrático, engendrado en la esfera de la producción” (p.489) que habría tomado el control del conjunto de la sociedad.

Es necesario criticar esta visión y el olvido de las relaciones mercantiles por parte de Postone. Pero es también importante volver a abordar de manera crítica toda una tradición marxista radical y anti-estalinista que se ha contentado muchas veces con defender una versión democrática del Estado-plan contra su versión burocrática. No se trata de rehacer la historia, pero hay que explicar claramente que la sola referencia a esta versión democrática (plan + consejos obreros) se ha vuelto obsoleta.

Sin embargo, en este artículo he elegido otro ángulo de ataque que me parece de mayor actualidad y que gira sobre todo en torno a la crítica de la economía política, de la teoría marxista de la forma valor y de la crítica del trabajo Uno de los intereses del libro de Postone es tomar como marco general un tema recurrente del actual momento histórico (análisis y crítica del trabajo), articulándolo directamente con una reactualización de los debates sobre las lecturas de Marx[37].

Notas

[1] Moishe Postone, Marx est-il devenu muet ? Face à la mondialisation, traducido por Olivier Galtier y Luc Mercier, La Tour d’Aigues, L’Aube, 2003 ; Temps, travail et domination sociale, Mille et une nuits, 2009. Postone es profesor en el departamento de Historia y de Estudios judíos de la Universidad de Chicago.

[2] Para volver a abordar estas discusiones –y situarlas en perspectiva–, ver Tran Hai Hac, Relire Le Capital. Marx, critique de l’économie politique et objet de la critique de l’économie politique, dos tomos, Lausanne, Page deux, 2003. Es un libro excelente, en el que me apoyo mucho.

[3] A falta de espacio, no abordo directamente las discusiones de Postone con la escuela de Frankfurt (sus desarrollos críticos sobre Habermas son particularmente interesantes), aunque la relación con estos autores está presente. Sobre todo porque Jean-Marie Vincent, a quien me refiero en muchas ocasiones, ha mantenido un diálogo permanente con ellos y ha escrito, en los años 1970, La théorie critique de l’école de Francfort, Galilée, 1976.

[4] Isaak Roubine, Essais sur la théorie de la valeur de Marx, introducción de Antoine Artous, Syllepse, 2009.

[5] No voy a multiplicar las referencias a mi propio trabajo, pero señalo dos libros que afectan directamente al tema: Travail et émancipation sociale. Marx et le travail, Syllepse, 2003 ; Le fétichisme chez Marx. Le marxisme comme théorie critique, Syllepse, 2006.

[6] Ver, por ejemplo, E-B Pasukanis, La théorie générale du droit et le marxisme (EDI, 1970) y Eugène Preobrajensky, La nouvelle économique (EDI, 1965).

[7] Pierre Salama, Tran Hai Hac, Introduction à l’économie de Marx, col. « Répères », La Découverte, 1992 p. 3 et 4.

[8] En las formas precapitalistas, la relación de explotación y la relación de dominación están imbricadas a lo largo de la producción/reproducción de la relación social de producción. El siervo sigue siendo un siervo en el conjunto de esferas sociales. Por el contrario, en la relación de producción capitalista, existe una disociación entre la situación de los individuos en la circulación y en el proceso inmediato de producción.

[9] Karl Marx, Le Capital, I.1. Editions sociales, 1962, p. 88. Recordemos que Marx distingue la economía política clásica (Smith, Ricardo), que produce conocimientos, de la economía vulgar, simplemente apologética.

[10] Maurice Godelier, L’idéel et le matériel, Fayard, 1984.

[11] En los años 1960, es el caso, por ejemplo, de autores tan diferentes como Henri Lefebvre o Ernest Mandel que derivan la teoría marxista del valor de Ricardo, inyectando la dimensión crítica del exterior, en nombre de una sociología marxista de la alienación que podría construirse a partir de los Manuscritos de 1844.

[12] Pierre Salama Tran Hai Hac, Introduction à l’économie de Marx, op. cit. p.20.

[13] Isaak Roubine, Essais sur la théorie de la valeur de Marx, op. cit. p. 40.

[14] Étienne Balibar, La Philosophie Marx, La Découverte, col. « Repères », 1993, p. 66. Siguiendo la tradición althusseriana, el autor oculta en este libro la cuestión del fetichismo y de la forma valor, y da cuenta de forma muy pertinente (y sintética) de los retos epistemológicos y filosóficos de este enfoque.

[15] Por ejemplo, Ernest Mandel no trata de la categoría de trabajo abstracto en La formation de la pensée économique de Karl Marx, François Maspéro, 1967.

[16] Ver dos pequeños libros de fácil acceso: el capítulo 1 de Introduction à l’économie de Marx (op. cit.) de Pierre Salama y Tran Hai Hac y Brève histoire de la pensée économique d’Aristote à nos jours (Champs Flammarion, 2005) que sitúa muy bien el lugar de Marx.

[17] Para Marx, aunque no voy a volver sobre este aspecto, la determinación del valor de uso no es “natural”, sino socio-histórica.

[18] Jean-Marie Vincent, Critique du travail. Le faire et l’agir, Paris, Puf, 1987, p. 103.

[19] Karl Polanyi, La Grande Transformation, Paris, Gallimard, 1983.

[20] Con el advenimiento del capitalismo, el trabajo se convierte efectivamente en el centro y el fundamento de la actividad, y esta situación perdura en el «socialismo real». Si en el primer caso la mediación social dominante es el mercado, en el segundo caso se puede decir que el trabajo es una mediación social central, realizándose la socialización a través del Estado-plan y el lugar concedido por el sistema a la situación del trabajador. Dicho esto, la característica de estas sociedades es el hecho de que, a través de la estatización de los medios de producción, la política domina.

[21] Jean-Marie Vincent, “ La domination du travail abstrait “, en Critiques de l’économie politique, oct.-dic. 1977.

[22] Jean-Marie Vincent, Un autre Marx. Après les marxismes, Editions Page dos, 2001, p.214. Es interesante señalar que el autor escribe estas notas en páginas de discusiones críticas de los textos de Ernest Mandel.

[23] Aunque, en la línea de Marx, analiza la relación de producción como relación de explotación, Postone rechaza la referencia a clases sociales, categorías que arroja a la papelera del “marxismo tradicional”. Argumenta muy poco sobre este asunto, cuando no caricaturiza de forma extrema la referencia a las clases; así, la burguesía sería una clase que manipularía la producción industrial para sus propios intereses… No voy a entrar a discutir este aspecto. Por lo que se refiere a mi enfoque, no creo que las clases sociales sean entidades sociológicas preexistentes, son efectos de la relación de explotación y de su particularidad (la categoría de clase no me parece adecuada en las sociedades procapitalistas). Naturalmente las clases, en su existencia concreta, existen como formas sociológicas (evolutivas), pero, una vez más, el punto de partida es la relación de explotación y las relaciones conflictivas que estructura. Postone da vueltas en torno a esta cuestión. Así, explica que «la lucha de las clases no es un elemento motor del desarrollo histórico del capitalismo más que por el hecho del carácter intrínsecamente dinámico de las relaciones sociales que constituyen esta sociedad» (p.475). Pero, justamente, estas relaciones sociales son relaciones de explotación que generan un tipo particular de conflicto social (lucha de clases)…

[24] Ver Tran Hai Hac, Relire « Le Capital », op. cit. t. 1, sección 62, « Le double caractère des forces productives développées par le capital » p. 289 à 305.

[25] Karl Marx, Grundrisse, en Œuvres, t. II, Paris, Gallimard, « Pléiade », 1968, p. 217.

[26] En Un autre Marx (op cit., p. 266), Jean-Marie Vincent define las abstracciones reales como “formas de pensamiento social osificadas que organizan las prácticas y las instituciones sobre la cabeza de los hombres”.

[27] En el fetichismo de la mercancía, ésta no es captada como una relación social, sino percibida como una “cosa social” cuyos atributos son naturales. Como los individuos entran en contacto entre ellos a través del intercambio de estas “cosas sociales” que tienen su propio movimiento, son ellas quienes estructuran las relaciones sociales.

[28] Señalemos de paso que la crisis y el hundimiento de los países del socialismo real está ligado, entre otros, al hecho de que han sido incapaces de tener esta dinámica.

[29] Karl Marx, Grundrisse, op. cit. p 305 à 307.

[30] Para una discusión crítica del capitalismo cognoscitivo, ver Michel Husson, “Sommes nous entrée dans le capitalisme cognitif? “, Critique communiste, n° 169/170, Fin du travail et revenu universel “, Critique communiste nº 176, 2003 y Jean-Marie Harribey, “Le cognitivisme, nouvelle société ou impasse théorique et politique ?” , Actuel Marx, n° 36, 2004.

[31] “ El tamaño del valor depende de una medida abstracta y no de una cantidad material concreta. En tanto forma social, la mercancía es completamente independiente de su contenido material” (p. 261).

[32] André Gorz, L’immatériel, Galilée, 2003, p. 47.

[33] En Marx, la alienación no es una categoría psico-sociológica, que describe las mutilaciones sufridas por los individuos. Tiene una dimensión ontológica, en el sentido de que es una manera de “plantear” lo social. El hombre crea su esencia confrontándose a la objetividad y transformándola (dialéctica sujeto-objeto). Pero esta objetivación es también una alienación, es decir, una pérdida de sí. Se trata entonces de recuperar esta esencia alienada (permitirle tener un futuro), reconciliar así al hombre genérico y la sociedad; de ahí la desaparición de las mediaciones sociales y la marcha hacia una sociedad que se vuelve transparente a sí misma.

[34] Henri Maler, Convoiter l’impossible. L’utopie avec Marx. Malgré Marx, Albin Michel, 1995.

[35] Ernest Mandel, La formation de la pensée économique de Karl Marx, op. cit.

[36] Karl Marx, Le Capital, libro III, Œuvres op. c. p 1487.

[37] Desde este punto de vista, le contraportada de la edición francesa del libro, presentando a Postone como un caballero blanco que será denunciado por los marxistas de todo pelaje, es totalmente ridícula.

Anexo 1

Sobre el trabajo abstracto

La primera dificultad que se encuentra en relación a la categoría marxista de trabajo abstracto es no sólo su olvido por el marxismo tradicional, sino también las dificultades de conceptualización de Marx en El Capital. No voy a repetir la lectura desarrollada en el texto adjunto, en línea con la de Roubine. Quiero abordar aquí algunas variantes en las determinaciones de esta categoría y los problemas que esto plantea.

1) La evolución de las problemáticas de Marx

En El Capital, cualesquiera que sean las dificultades de interpretación, está claro que el trabajo abstracto pretende, por una parte, definir el trabajo creador de valor y, por otra, está ligado a la relación mercantil, porque sólo a través del intercambio de mercancías se igualan los diferentes trabajos. En realidad, el concepto aparece sólo en El Capital. Dicho esto, las aclaraciones sobre la categoría dependen también de la evolución de las problemáticas de Marx.

Así, si se lee la categoría a través de la problemática de los Manuscritos de 1844, el trabajo abstracto y en general la abstracción aparecen como una forma suprema de alienación, refiriéndose entonces el trabajo concreto al “buen” trabajo, el de tipo artesanal. En Miseria de la filosofía, Marx rompe con Proudhon que, justamente, vehiculiza una visión artesanal del proceso de trabajo; y esta ruptura es una importante evolución.

Para Marx, en este libro, la determinación del valor por el tiempo de trabajo está generada por la producción capitalista en la cual los trabajos “son igualados por la subordinación del hombre a la máquina o por la extrema división (…). El balancín se ha vuelto la medida de dos obreros (…). El tiempo es todo, el hombre no es nada; todo lo más es la carcasa del tiempo[1].

La modernidad de los análisis no debe hacer olvidar que, con ello, Marx no resuelve el problema de la igualación social de los trabajadores puesto que se mantiene al nivel del proceso inmediato de trabajo, teniendo como únicas referencias trabajos concretos (en El Capital) que por naturaleza son diferentes los unos de los otros. A fin de cuentas, Marx se reclama entonces de Ricardo y todavía no ha producido el concepto de mercantilización de la fuerza de trabajo (para Ricardo el trabajo es una mercancía) que es indispensable para abordar el lugar del intercambio en la igualación de los diferentes trabajos concretos. Y no hay que confundir la puesta en práctica de standards de tiempo en el trabajo abstracto que permiten cuantificar la actividad productiva según un tiempo medio con el trabajo abstracto del que habla El Capital y que se refiere a la producción social.

3) El trabajo abstracto via Lukacs

En Historia y Conciencia de clase (1923), donde intenta reactivar la temática marxista del fetichismo a través de su propia teoría de la reificación, Lukacs se refiere a este pasaje de Miseria de la filosofía. Y va a buscar las raíces del trabajo abstracto en la evolución del proceso inmediato de producción que pasa por la manufactura y después por el maquinismo, y lleva a “una racionalización creciente sin cesar, una eliminación cada más grande de las propiedades cualitativas e individuales del trabajo humano[2]. Es una categoría que reproduce la descomposición del trabajo en unidades abstractas e individuales, bajo el efecto del desarrollo del proceso capitalista caracterizado por el principio de racionalización basado en el cálculo, la posibilidad del cálculo.

De hecho aquí (y en su teoría de la reificación), Lukacs se orienta más hacia Max Weber y su relación entre el advenimiento del capitalismo y el principio de racionalidad. Pero se interesa poco por los análisis del Capital sobre la mercancía y la propia conceptualización de Marx en este sentido. Esta referencia a la sola lógica interna del proceso de trabajo es tan fuerte que no da casi importancia al concepto de mercantilización de la fuerza de trabajo. De hecho Lukacs tiene un enfoque más bien ricardiano de la teoría del valor y se interesa por las cuestiones de la cuantificación, desde el punto de vista de sus efectos negativos.

Dicho esto, Historia y conciencia de clase (declarado no ortodoxo por la III Internacional) es un libro excelente. Y su recuperación crítica de la temática weberiana de la racionalidad va a tener una gran influencia subterránea, sobre todo en la escuela de Frankfurt y en una determinada tradición marxista crítica. Al margen del interés de los análisis que ha permitido producir, el enfoque tiene equívocos y callejones sin salida, bien mostrados en Francia por André Gorz. Además de la temática de la racionalidad instrumental (desmenuzada por Postone), la aplicación de la ciencia a la producción se convierte en el factor de explicación del desarrollo del capitalismo y la ley del valor pierde cada vez más su pertinencia ya que estaría ligada sólo a la gran producción industrial en declive.

4) Trabajo abstracto y proceso de abstracción social

Entre los autores franceses citados en el artículo que hacen referencia a Roubine, existen matices, aunque todos hacen del momento del intercambio de los productos un momento estructurante. En los análisis de Jean-Marie Vincent sobre la dialéctica social de la forma valor, que funciona como sustancia sujeto (un poco a la manera hegeliana), el trabajo abstracto aparece como un momento de esta dialéctica. Y, poco a poco, el trabajo abstracto ha sido identificado en el conjunto de formas sociales abstractas que domina a los individuos a través del proceso de sumisión real del trabajo al capital.

La problemática de las metamorfosis de la forma valor ha permitido a Jean-Marie Vincent escribir páginas destacables sobre la dialéctica de las formas sociales capitalistas, pero a veces tiene tendencia a confundir los distintos niveles de análisis. Tran Hai Nac, por su parte, se centra en el nivel del intercambio (bien tratado por Marx sobre este tema) para explicar que la forma de existencia del trabajo abstracto es la moneda; ella expresa y mide el valor de las mercancías.

Tomando como punto de partida los análisis de Jean-Marie Vincent, me he ido progresivamente convenciendo por el enfoque de Tran Hai Hac. Y creo que, desde el punto de vista conceptual, hay que distinguir el momento de la categoría de trabajo abstracto (forma de existencia del trabajo social bajo el capitalismo) de la dialéctica más general de dominación llevada a cabo por formas sociales abstractas y abstracciones sociales. Tanto más cuando estos fenómenos han existido también en el “socialismo real”.

5) El trabajo abstracto en Postone

La cuestión del trabajo abstracto como forma objetiva capitalista está en el centro de los análisis de Postone. Eso permite muchos análisis interesantes, sobre todo cuando retoma la teoría marxista de la forma valor; aunque su rechazo a cualquier referencia al intercambio mercantil lo desequilibra a veces.

La determinación del trabajo abstracto por Postone no entra en ninguna de las grandes problemáticas que acabo de enunciar; por ello tal vez resulta difícil de captar (en todo caso para mí). De hecho Postone planea la existencia del trabajo abstracto al mismo tiempo que enuncia su tesis fundamental: bajo el capitalismo, el trabajo no está mediatizado por relaciones sociales, se constituye él mismo como mediación. Se auto-objetiva, de alguna manera, como marco de estructuracion de relaciones sociales. Y esto se traduce en un proceso social que, en un extremo, afecta al trabajo concreto, y en el otro, al trabajo abstracto.

Volvemos a encontrar el problema subrayado en este artículo. El capitalismo pone al trabajo en el centro de la vida social. Pero esto no quiere decir que el trabajo se convierta en la única mediación social que auto-produciría, en su movimiento de objetivación, el conjunto de relaciones sociales.

[1] Karl Marx, Misère de la philosophie, Œuvres, t 1, op. cit. p 29

[2] Georg Lukacs, Histoire et conscience de classe, Les Editions de Minuit, 1960, p. 115.

Anexo 2

El fetichismo del Estado-plan y el «valor-índice»

No creo que se pueda calificar a los Estados burocráticos del “socialismo real” como una variante de capitalismo de Estado aunque, por otro lado, haya hecho un balance crítico de las tradiciones de análisis trotskistas o trotskizante de la URSS[1]. Dicho lo anterior, no quiero reproducir aqui estas discusiones, sino tratar algunos problemas de conceptualización general ligados al análisis de estos Estados. No se trata de ocultar las historias particulares (el totalitarismo estaliniano es el producto de una contra-revolución), sino subrayar algunos rasgos generales. Esta es una forma de continuar la discusión con Postone en este terreno.

1) Una cierta ceguera

Una tradición de marxismo crítico anti-estaliniano de tradición trotskista, que por otra parte defendía una perspectiva “auténticamente marxista” (desaparición de la ley del valor y del Estado, etc.), ha vehiculado cierta ceguera teórica (ligada a aspectos del “marxismo tradicional”) sobre la cuestión de la estatización de los medios de producción a través del plan. Éste no es entendido como una relación social específica; más exactamente, se percibe como portador por naturaleza de una forma de producción transparente en sí misma. Así, para Ernest Mandel, en la economía soviética el trabajo asalariado es una simple categoría contable; no tiene ninguna densidad social y no se entiende cómo podría ser una forma social que cristaliza una relación de dominación y de explotación sobre productores directos que siguen separados del dominio de los medios de producción. Más en general, Ernest Mandel habla de un modo de producción socializado donde los productos del trabajo funcionan también en la transparencia, es decir como simple valor de uso, estando organizada la planificación soviética sobre la base de objetivos en especie (cuantificación directa de la producción).

2) El plan como relación social

Existirían por tanto más mediaciones sociales (en la producción) en el sentido que da Postone a esta palabra. Eso parece difícil. Pero en general, los autores que rechazan esta simplificación se contentan con repetir las categorías forjadas por Marx (valor de uso y valor) para la mercancía. Una vez más, no comprendo cómo puedan existir mercancías sin mercado.

Gérard Roland es uno de los pocos en intentar especificar en función de los países del “socialismo real”. En la URSS, la cantidad jugaba un papel central en la producción, pero si los objetos eran diferentes bajo el ángulo del valor de uso desde el punto de vista del consumidor, funcionaban como equivalente desde el punto de vista del plan “La relación entre los productores y el objeto está por tanto determinada no por el valor de uso, sino por el índice estadístico del plan que denominaremos el valor-índice y que representa la forma de mediación fundamental en el modo de producción soviético[2].

El índice estadístico se da como simple índice de cantidad, pero cuando se transforma en plan se convierte en una relación social que manda y evalúa la actividad. El “valor índice” expresa entonces una relación de subordinación del organismo inferior respecto al organismo superior.

3) Estado-plan y abstracciones sociales

Se pueden discutir los análisis de Gérard Roland sobre la URSS de la época. El enfoque es destacable por la manera como muestra cómo un índice estadístico, que aparecía como un simple dato técnico, funciona de hecho como una forma social estructurando las relaciones de los productores con el objeto producido y, más en general, las condiciones de producción de esta relación social específica que es el plan. Más exactamente, es lo que se puede llamar el Estado-plan, puesto que el plan en cuestión no es pensable sin estatización de la producción (pueden existir otras formas de planificación).

Las características políticas concretas del Estado-plan pueden ser diferentes, pero todas surgen de la misma matriz. Se presentan como una institución que cristaliza las funciones administrativas ligadas a la gestión de los medios de producción convertidos en propiedad colectiva y que funcionan como una misma fuerza social de trabajo. Todo ello sin que los productores tengan el dominio directo de un proceso de trabajo que se ha vuelto colectivo y que, por ello (y al contrario del proceso de trabajo artesanal) genera funciones administrativas específicas. El fetichismo del Estado-plan, que se refiere a una objetividad social muy real, hace creer que cristaliza estas funciones administrativas (y políticas, ambas están imbricadas) de la cooperación de los trabajadores asociados, mientras que se les confisca y transforma en una mecánica de dominación impersonal sobre los productores.

A través de esta mecánica cristalizan las abstracciones reales y las formas sociales abstractas, según modalidades diferentes (por partida) de las formas capitalistas. En efecto, en estas sociedades las relaciones sociales se presentan como relaciones entre personas, en el sentido de que son directamente políticas. Pero esta dimensión política se estructura a través de formas sociales abstractas que flotan sobre las cabezas de los trabajadores, aunque también, desde cierto punto de vista, de los burócratas: el partido representa el proletariado, el plan es la expresión de la cooperación de los trabajadores, etc.

4) Los efectos del trabajador colectivo

Estas cuestiones nos llevan a un problema poco tratado (Postone no habla de ello) que se refiere a la categoría de trabajador colectivo aparecida con el capitalismo. Desde luego, las formas de organización de este trabajador colecivo deben ser radicalmente transformadas, pero no se entiende que puedan desaparecer, a menor que se sueñe con una vuelta al artesanado o una abolición del trabajo. En el proceso de trabajo individual, el productor tiene un acceso directo al dominio del proceso de trabajo y a la «posesión» (que no implica necesariamente la propiedad privada), mientras que no es el caso en el trabajador colectivo que, lo recuerdo, no afecta sólo al taller sino a la sociedad entera.

Esto quiere decir que, por una parte, la inserción del productor en el trabajador colectivo está siempre mediatizada (debe «entrar» en un proceso de trabajo que le supera ampliamente) y por otra, que la existencia del producto del trabajo pasa por mediaciones, nosólo en la esfera de la circulación, sino en la de la producción. Bajo este ángulo, se mantiene siempre una cierta separación. Pierre Naville ha sido uno de los primeros en subrayar que este aspecto de la separación (el productor ya no está soldado a los medios de producción) supone una dinámica emancipadora[3].

Al contrario de las sociedades pre-capitalistas –aunque de forma análoga a la producción capitalista-, las sociedades post-capitalistas se organizan en base a una objetivación del trabajo como trabajo social que toma una forma abstracta, en el sentido de que se objetiva en una forma social diferente de los diversos trabajos concretos. Por dos razones: por una parte, la existencia de un trabajador colectivo, y por otra, la necesidad de una igualación de los productos del trabajo[4].

Para dar cuenta de sus análisis, Gérard Roland explica que emplea la categoría de valor en el marco de una «antropología económica». Se habrá entendido que no soy partidario de un discurso transhistórico. Por el contrario, el desarrollo del capitalismo introduce muchas rupturas históricas con las formas precapitalistas, algunas de las cuales son «adquisiciones» (Marx) para pensar el porvenir. Por esta razón existen los problemas de conceptualización que acabo de tratar; existen también en otros terrenos (abolición del trabajo asalariado, desaparición del Estado, etc.).

5) Sobre el despotismo

Postone (no es el único) presenta a veces al «socialismo real» como un sistema social en el que las formas de dominación analizadas por Marx a propósito del despotismo de fábrica se habrían extendido a toda la sociedad. Esta era la raíz de dicha afirmación, pero sólo podía tener un valor analógico. Con todo rigor es falsa, porque el despotismo de fábrica capitalista se articula con el mercado; y esta articulación es la que permite comprender la dinámica de conjunto. Existen también diferencias en el seno de la organización del proceso de trabajo inmediato. Así, según Pierre Rolle[5], la planificación soviética dejaba una autonomía relativamente importante a los colectivos de producción en la organización del trabajo, a causa precisamente de la organización del plan en términos sólo cuantitativos.

[1] Antoine Artous, «Trotski et l’analyse de l’URSS», «Ernest Mandel et la problématique des Etats ouvriers», Critique communiste n°157, invierno 1999. Estos dos textos están disponibles en libre acceso en la web de Europe solidaire sans frontières (ESSF), à l’adresse : http://www.europe-solidaire.org/

[2] Gérard Roland, Economie politique du système soviétique, L’Harmattan, 1989, p. 58.

[3] Pierre Naville, De l’aliénation à la jouissance, Anthropos, 1974 (1ª edición 1957).

[4] Ver sobre este tema mis intercambios con Tran Hai Hac en la revista Variations, primavera 2005.

[5] Pierre Rolle, Le travail dans les révolutions russes, Page deux, 1998.

15/10/2009

https://www.contretemps.eu/lactualite-theorie-valeur-marx-propos-moishe-postone-temps-travail-domination-sociale/



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