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Geología y ecosocialismo
Un paso de gigante hacia el antropoceno
17/10/2016 | Alan Thornett

Desde el punto de vista del impacto de nuestra especie en el planeta estamos en una encrucijada. Las acciones de los seres humanos modernos, los homo sapiens –o sea, nosotros y nosotras–, determinarán, en el transcurso del siglo XXI, si el planeta en que vivimos junto con millones de otras especies seguirá siendo habitable o no.

El calentamiento global, causado principalmente por las emisiones de CO2 generadas por el uso de combustibles fósiles, se acelera. Cada año sucesivo es ahora el más caluroso de los que se tiene registro. Quince de los 16 años más calurosos registrados son de este siglo. El año pasado fue el más caluroso con diferencia. Hubo temperaturas excepcionales en España, Austria, partes de Asia, Australia y Sudamérica. En mayo, una ola de calor en India causó más de 2 000 muertes y fue la quinta más letal de la que se tiene noticia/1. Una ola de calor en el sur de Pakistán mató a más de 1 200 personas. La letanía continúa, expresada en acontecimientos cada vez más extremos.

Un estudio reciente demuestra que la actividad humana ha destruido una décima parte de la vida salvaje que queda en la Tierra en los últimos 25 años y que ya no quedará nada de ella dentro de un siglo si se mantiene la tendencia/2. Sobre este catastrófico telón de fondo, un organismo poco conocido (pero sumamente significativo) acaba de adoptar una decisión científica de importancia capital. Se trata del Anthropocene Working Group (Grupo de Trabajo del Antropoceno, AWG)/3, formado por 38 científicos de sistemas terrestres y convocado por el geólogo Jan Zalasiewicz, de la Universidad de Leicester. Este grupo ha adoptado el “antropoceno” como nueva unidad de tiempo geológica.

Es una decisión que, en mi opinión, refleja (y es una respuesta a) la gran profundidad de la crisis ecológica y climática a que nos enfrentamos y sus implicaciones. Los primeros en avanzar la idea fueron, en 2000, el químico atmosférico neerlandés Paul J. Crutzen –galardonado con el premio Nobel en 1995 por su investigación pionera sobre el agotamiento del ozono estratosférico– y Eugene F. Stoermer, un biólogo de la Universidad de Michigan. Su argumento era (y sigue siendo) que el impacto del ser humano en el planeta ha alcanzado ya un grado tal que la época geológica actual, el holoceno (el periodo interglacial), que abarca los últimos 11 700 años, debería darse por concluido y sustituido por el “antropoceno”, la “edad de los humanos”.

La división de los 4 500 millones de años de historia de la Tierra (en eones, eras, periodos y épocas) viene determinada por la Tabla Cronoestratigráfica Internacional (escala de tiempo geológico), administrada por la Comisión Internacional de Estratigrafía. Actualmente nos hallamos en el eón fanerozoico, la era cenozoica y el periodo cuaternario, que a su vez se divide en dos épocas: el pleistoceno y el holoceno. El pleistoceno se caracterizó por fluctuaciones climáticas y edades de hielo periódicas en el hemisferio norte, la última de las cuales se produjo hace 11 700 años y dio lugar a la época actual del holoceno, una época mucho más estable que ha facilitado el crecimiento planetario de la especie humana.

El proceso de adopción

Los primeros pasos prácticos para la adopción del antropoceno comenzaron en 2009, cuando se solicitó al AWG (del que Crutzen es miembro) que estudiara la propuesta e hiciera una recomendación. El AWG ha tomado una decisión este año (2016) –por una mayoría de 35 a 1– y propone aprobar el cambio al antropoceno. Sus miembros están de acuerdo en que el concepto está justificado científica y “estratigráficamente” y que procede añadir formalmente el antropoceno a la Tabla Cronoestratigráfica Internacional, declarando una nueva época.

Esta importante novedad se presentó en el 35º plenario del Congreso Geológico Internacional, que tuvo lugar en Ciudad del Cabo del 27 de agosto al 3 de septiembre. Posteriormente, Chris Rapley, climatólogo de la Universidad de Londres, destacó la importancia de la decisión con estas palabras en una entrevista a The Guardian: “Puesto que el planeta es nuestro sistema de sustento –en el fondo somos la tripulación de una nave espacial más bien grandecita–, la interferencia en su funcionamiento a este nivel y a esta escala es altamente significativa. Si usted o yo fuera tripulante de una nave espacial más pequeña, sería impensable interferir en los sistemas que nos suministran aire, agua, alimentos y control del clima. El cambio al antropoceno nos dice que estamos jugando con fuego, un comportamiento potencialmente insensato que probablemente lamentemos a menos que dominemos la situación.” (The Guardian, 29/08/2016)

El tono que emplea es el idóneo. Una decisión tan trascendental, si finalmente es aceptada, supondría que por primera vez una época geológica vendría determinada por el impacto de una única especie en vez de la composición principal de la flora y fauna del planeta o de acontecimientos geofísicos. Implicaría (con razón) que la propia humanidad se ha convertido ahora en una fuerza geofísica equivalente a las grandes fuerzas de la naturaleza, como los impactos de meteoritos, las erupciones volcánicas y los movimientos tectónicos que antes habían provocado tales cambios.

El paso dado por el AWG es crucial para todos aquellos que valoran el medio ambiente y quieren defenderlo. Hace sonar la alarma, de una manera clara e insoslayable, sobre la gravedad y el carácter de la crisis ecológica y de la fuerza motriz antropológica que hay detrás. Es preciso rechazar firmemente toda actitud que desvirtúe el antropoceno como un oscuro debate geológico en el seno de la comunidad científica. Esta ha contribuido, y no por primera vez, de modo muy importante a la defensa del planeta.

Durante las deliberaciones del AWG se han publicado una serie de libros que respaldan el enfoque que ha estado desarrollando. Entre ellos cabe citar The Anthropocene: the Human Era and How it Shapes the Planet (El antropoceno: la era humana y cómo conforma el planeta), de Christian Schwägerl (publicado en 2014 por Synergetic Press). El prólogo de Paul Crutzen califica el libro de “sistema de navegación para el nuevo mundo del antropoceno que nos espera”. El AWG publicó su propio libro en 2014: A Stratigraphical Basis for the Anthropocene (Una base estratigráfica para el antropoceno), que expone la base empírica de su pensamiento. En 2015, Routledge publicó The Anthropocene and the Global Environmental Crisis (El antropoceno y la crisis ambiental planetaria), editado por Clive Hamilton, Cristophe Bonneuil y François Gemenne, que es una excelente introducción a un tema complejo/4.

Recomendación

La recomendación del AWG no es el final del proceso, por supuesto. Todavía queda cumplimentar un procedimiento riguroso antes de que pueda declararse finalmente una nueva época por parte de la comunidad científica. La propuesta del AWG constituye ahora la base de una recomendación a su órgano matriz, la Subcomisión de Estratigrafía Cuaternaria (SQS). Si esta la apoya, se remitirá al órgano matriz de la SQS, la Comisión Internacional de Estratigrafía. Y todavía habrá de ser ratificada por el Comité Ejecutivo de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas con una mayoría del 60 %. Si todos estos trámites de cumplen con éxito, el antropoceno se añadirá oficialmente a la escala de tiempo geológico. Pese a la complejidad de este procedimiento, es probable que la recomendación del AWG (de acuerdo con quienes están autorizados para juzgarla) resulte decisiva, de modo que dentro de dos o tres años podría producirse la adopción oficial del antropoceno.

La fecha de comienzo del antropoceno

Tal vez la cuestión más controvertida que dirimió el AWG fue la fecha precisa en que debe considerarse que comenzó la época del antropoceno. Los miembros del grupo barajaron una serie de propuestas, desde los tiempos en que entraron en escena los humanos modernos, hace 160 000 años, hasta el comienzo de la agricultura, el arranque de la industrialización, la fecha de la invención de la máquina de vapor o varias fechas de mediados del siglo XX. Detrás de esto estaba la necesidad de los geólogos de identificar, a la luz de sus reglas y convenciones, cambios en el registro fósil –por ejemplo, en sedimentos rocosos o en los glaciares– que marquen el periodo en que tuvo lugar la transición. Algunos miembros del AWG defendieron que se utilizaran los sedimentos de plutonio procedentes de los ensayos de bombas nucleares de comienzos de la década de 1950. Había muchas otras posibilidades: la contaminación por plásticos, el hollín de centrales eléctricas, las partículas de hormigón e incluso los huesos resultantes de la proliferación mundial del pollo doméstico.

La fecha que acordaron finalmente fue mediados del siglo XX (es decir, alrededor de 1950), que coincide con lo que califican de “gran aceleración” del impacto humano en el planeta. Aunque es necesario fijar una fecha concreta para el comienzo del antropoceno, no se trata de un acontecimiento singular, sino de un proceso prolongado de deterioro medioambiental que se torna cada vez más irreversible. El comunicado de prensa publicado por el AWG, en que anuncia su conclusión, dice: “Los cambios del sistema Tierra que caracterizan la época potencial del antropoceno incluyen una notable aceleración de los grados de erosión y sedimentación, perturbaciones químicas a gran escala de los ciclos del carbono, nitrógeno, fósforo y otros elementos, el comienzo de un cambio significativo del clima mundial y del nivel del mar y cambios bióticos como los niveles insólitos de invasión de especies en todo el mundo. Muchos de estos cambios son geológicamente duraderos, y algunos son efectivamente irreversibles.”

La izquierda y el antropoceno

En mi opinión, el concepto del antropoceno no solo es generalmente correcto, sino que entra en el meollo del debate sobre la crisis ecológica actual y tiene implicaciones en el tipo de ecosocialismo que es crucial para el triunfo de lucha ecológica en el siglo XXI. Esto no significa, sin embargo, que el concepto sea aceptado universalmente por los ecologistas marxistas. De hecho, asistimos a un largo y vivo debate, en la izquierda, a favor y en contra del mismo. Naomi Klein, por ejemplo, se opone al concepto. Esto, a mi modo de ver, no solo es un error, sino que también carece de lógica, pues contradice la noción ahora ampliamente aceptada de que el cambio climático, y la crisis ecológica en general, es un proceso antropogénico.

Uno de los principales defensores del antropoceno es el ecologista marxista John Bellamy Foster, editor de Monthly Review y autor del prestigioso libro Marx’s Ecology – materialism and nature (La ecología de Marx: materialismo y naturaleza). Habló sobre el tema en el encuentro Marxismo-2016 del Socialist Workers Party (Partido Socialista de los Trabajadores, SWP) en julio. Su conclusión fue que la lógica del antropoceno implica que el término “crisis ecológica” ya no representa una descripción adecuada de la situación actual. A lo que nos enfrentamos hoy, dijo, es a un “momento decisivo del sistema terrestre…, una crisis del sistema terrestre en su conjunto, causada por el ser humano”. Esto significa que los humanos se han convertido en una fuerza geológica por derecho propio que cambia la naturaleza del propio planeta y provoca una “ruptura antropogénica” en su biosfera.

Una de las razones de su gran interés por hablar allí, dijo, era que quería urgir al conjunto de la izquierda a que se tomara la cuestión mucho más en serio. Sin embargo, representantes de la dirección del SWP, aunque dijeron que esta idea les parecía “interesante”, no se avinieron a aprobarla. Camilla Royal, subeditora de International Socialism, al escribir sobre el antropoceno, también encuentra que el “capitaloceno” es una propuesta “útil”, pero tampoco se aviene a apoyarla plenamente. Otro firme defensor de la idea del antropoceno es Ian Angus, el ecologista marxista canadiense y editor de la página web ecosocialista Climate & Capitalism. Ha escrito varios artículos al respecto y un libro titulado Facing the Anthropocene: Fossil Capitalism and the Crisis of the Earth System (Ante el antropoceno: capitalismo fósil y la crisis del sistema Tierra), que está previsto publicar en octubre de 2016, y que yo todavía no he visto.

El capitaloceno

La crítica más sólida y coherente (pero totalmente equivocada, en mi opinión) a la noción del antropoceno es la formulada por el ecologista marxista (y compañero de la Cuarta Internacional) Andreas Malm, de la Universidad de Lund en Suecia. La oposición al antropoceno, que él tacha de “mito”, es efectivamente la conclusión a que llega en su (por lo demás excelente) libro titulado Fossil Capital – the rise of steam power and the roots of global warming (Capital fósil: el desarrollo de la energía de vapor y las raíces del calentamiento global), donde lo califica de “pensamiento de especie”/5.

La propuesta alternativa de Malm al antropoceno es el “capitaloceno”. Esta designación, señala, se basa en “la geología, no de la humanidad, sino de la acumulación de capital” (página 391). Dice que las máquinas de vapor “no fueron adoptadas por algunos representantes naturales de la especie humana. Debido a la naturaleza del orden social de las cosas, solo pudieron ser instaladas por los propietarios de los medios de producción.¿Existe alguna razón para considerarlos representantes más genuinos ‘de la empresa humana’ que los luditas o los predicadores de la demonología del vapor?” No deberíamos “confundir capitalistas con seres humanos”, aconseja (página 267).

Según Malm, el antropoceno “podría ser un concepto y una narrativa útiles para los osos polares, anfibios y aves que quieran saber qué especie está causando semejante deterioro de sus hábitats, pero por desgracia carecen de la capacidad de fiscalizar y resistir a las acciones humanas; entre quienes sí pueden hacerlo –otros seres humanos–, el pensamiento de especie en materia de cambio climático lleva a la parálisis” (página 272). Camilla Royal dice que le convence la argumentación de Malm, pero que, dado que la palabra “antropoceno” ya ha pasado a ser de uso común, tal vez sea demasiado tarde para ponerse a proponer términos alternativos; un argumento extraño cuando estamos hablando de la definición de una época histórica.

Marxismo o “pensamiento de especie”

Parece que Andreas Malm sugiere que el antropoceno o cualquier noción que suponga evaluar el impacto de los humanos modernos como especie en el planeta está en contradicción con el análisis de clase (o marxista) de la sociedad. ¿Por qué? El antropoceno no implica que los humanos son todos igualmente responsables de su impacto en el planeta. Los científicos que lo proponen no lo piensan. Malm parece entender que la gente no tiene ninguna responsabilidad sobre nuestra propia especie mientras exista el capitalismo y que solo la asumirá una vez haya desaparecido este.

De hecho, el concepto del antropoceno es absolutamente coherente con el enfoque del marxismo clásico (Marx, Engels y Morris) del ser humano como parte viva de la naturaleza y no enfrentado a ella. Los marxistas clásicos no dudaron en hablar sobre el impacto de los seres humanos. En Dialéctica de la naturaleza, Engels escribió el siguiente párrafo memorable: “A cada paso se nos recuerda que en modo alguno mandamos sobre la naturaleza como un conquistador sobre un pueblo foráneo, como alguien que se halla fuera de la naturaleza, sino que nosotros, con nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, formamos parte de la naturaleza y existimos en su seno, y que todo nuestro dominio sobre ella consiste en el hecho de que tenemos la ventaja, frente a todas las demás criaturas, de ser capaces de conocer sus leyes y aplicarlas correctamente.”

En otras palabras, el capitalismo también es una actividad humana, como señala Jason Moore: “La actividad humana no solo genera cambios en la biosfera, sino que las propias relaciones entre los humanos son fruto de la naturaleza.” Por consiguiente, nuestro deber es abordar el impacto de nuestra propia especie en la biosfera del planeta, teniendo en cuenta las profundas divisiones de clase que existen y el hecho de que los ricos y poderosos, y los intereses empresariales, son la principal fuerza motriz y los principales responsables de todo esto. Sin embargo, esto no significa que podamos hacer caso omiso del impacto global de nuestra especie en la viabilidad del planeta. Lo haríamos por nuestra propia cuenta y riesgo. La idea del capitaloceno, en mi opinión, no solo es un concepto científicamente equivocado, sino que además podría dar lugar a la subestimación de la profundidad y amplitud de la crisis ecológica.

La izquierda y el capitaloceno

Malm no es el único que, dentro de la izquierda, propone el concepto de capitaloceno. Sus puntos de vista están muy presentes en dos libros publicados recientemente: Anthropocene or Capitalocene, editado por Jason W. Moore (Kairos, 2016), y The shock of the Anthropocene, de Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz (Verso, 2016). No obstante, ninguno de estos libros, a mi juicio, añaden nuevos aspectos sustanciales a la posición expresada originalmente por Malm, es decir, que el responsable de lo que le ocurre al planeta es el sistema capitalista, y no el ser humano moderno como especie. Ambos exponen correctamente, con pelos y señales, la naturaleza ecológicamente destructiva del capitalismo. El capitalismo es, en efecto, el sistema social más destructivo para el medio ambiente que han generado los seres humanos modernos, con la posible excepción del estalinismo. Esto está fuera de discusión.

Pero no es este el problema. La cuestión no es si el capitalismo es ecológicamente destructivo, sino si la crisis ecológica puede reducirse al capitalismo. En mi opinión, hacer esa reducción es una perspectiva demasiado estrecha desde la que evaluar tanto el carácter de la época como el impacto del ser humano moderno en el planeta. A fin de cuentas, el capitalismo es una actividad humana. Mientras que la destrucción ecológica aumentó fuertemente con la revolución industrial, el impacto destructivo de los humanos modernos en el planeta precedió de lejos a la llegada tanto de la industrialización como del capitalismo.

En esto coincido con Camilla Royal cuando dice que “parece prematuro asociar el antropoceno tan estrechamente con la revolución industrial”. Ella señala que Crutzen y Stoermer dejaron claro que su propuesta de fecha de arranque de la revolución industrial no era más que una sugerencia y que esperaban que hubiera más debate sobre la cuestión. Y continúa diciendo que de algún modo está justificado fechar el comienzo del antropoceno en la época “en que los humanos causaron la extinción de muchos mamíferos grandes o incluso en la de la primera prueba que se conserva de cualquier actividad humana” [subrayado en el original]. También coincido con esto.

Impacto desproporcionado

Llevo tiempo diciendo que los seres humanos han tenido un impacto desproporcionado en el planeta a lo largo de toda su historia de 160 000 años. Cuando emigraron (emigramos) de África, acabaron con la mayor parte de la megafauna, de los grandes animales terrestres y aves no voladoras con que se encontraron, que no podían defenderse contra sus enormes cerebros, su notable habilidad para la caza y su organización colectiva, yendo a menudo mucho más allá de sus necesidades inmediatas. De esta manera eliminaron una quinta parte de todas las especies. Así ocurrió en Australia, Nueva Zelanda, Madagascar, Indonesia, las Américas y Europa. En Europa, la tala de bosques y la aplicación de métodos agrícolas transformaron el paisaje medieval hasta dejarlo irreconocible.

Aunque esta destrucción no ponía en entredicho la época (es decir, el holoceno) como tal, en aquel entonces ya estaba claro que el ser humano moderno tenía una enorme capacidad como agente del cambio. Éramos un caso especial desde el punto de vista de nuestra habilidad, no solo para cambiar el entorno natural, sino para destruirlo. Manteníamos asimismo una relación destructiva única con otras especies, en la medida en que todas ellas eran vulnerables a nuestras actividades. Hoy en día afrontamos la mayor extinción de especies –la “sexta extinción”– desde la desaparición de los dinosaurios hace 65 millones de años. Actualmente, el 40 % de todas las especies mamíferas se enfrentan a la amenaza de extinción a corto o medio plazo, cuando la tasa de extinción de fondo es de una cada 700 años. Los anfibios están desapareciendo a un ritmo 45 000 veces más rápido que la extinción de fondo. Es un ritmo de extinción que en última instancia pone en riesgo a todas las especies del planeta, incluida, a fin de cuentas, la nuestra. La extinción de especies a esta escala no solo es hoy un elemento clave de la crisis ecológica, sino que es el factor singular más convincente a favor del antropoceno.

Industrialización

El principal error que cometen los defensores del capitaloceno es el de equiparar la industrialización al ascenso del capitalismo. El desafío ecológico representado por la propia industrialización –es decir, la invención de la máquina de vapor y del motor de combustión interna y la expansión masiva de la producción y la población que comportaron– fue gigantesco independientemente del modo de producción que tomó el control. Aunque una sociedad socialista (o más exactamente una sociedad ecosocialista) crearía unas condiciones mucho mejores para defender el planeta, la ausencia del capitalismo no basta. Durante la mayor parte del siglo XX, el capitalismo dejó de existir en un tercio del globo, en la Unión Soviética, Europa Oriental y China, pero la destrucción medioambiental fue por lo menos igual de dañina que lo que había sido bajo el capitalismo.

La destrucción del medio ambiente no solo comenzó mucho tiempo antes que el capitalismo, sino que continuará durante mucho tiempo después, a menos que se defienda y construya conscientemente una alternativa sostenible viable. De esto trata el ecosocialismo. No solo de la lucha por una sociedad socialista, sino por una sociedad socialista ecológicamente sostenible. Una sociedad que ponga fin y revierta el afán de crecimiento y que viva en armonía con la naturaleza y no a expensas de ella; un cambio fundamental de nuestra relación, como seres humanos, con el planeta que habitamos.

Gran paso adelante

La decisión del AWG de recomendar el antropoceno ha sido un logro notable de Crutzen y Stoermer, que han batallado durante mucho tiempo a favor de la misma, teniendo que superar un sinfín de frustraciones. En 2011, por ejemplo, Crutzen puso de manifiesto, junto con el periodista ecologista alemán Christian Schwägerl, su decepción por la lentitud del proceso: “Es una lástima que oficialmente todavía estemos viviendo en una edad llamada holoceno. El antropoceno –el dominio humano de los procesos biológicos, químicos y geológicos en la Tierra– ya es una realidad innegable…

Durante milenios, los humanos se han comportado como rebeldes frente a una superpotencia que llamamos ‘naturaleza’. Ahora bien, en el siglo XX, las nuevas tecnologías, los combustibles fósiles y una población en rápido crecimiento dieron lugar a una ‘gran aceleración’ de nuestros propios poderes. Aunque torpemente, estamos tomando el control sobre el reino de la naturaleza, desde el clima hasta el ADN. Los humanos pasamos a ser la fuerza dominante del cambio en la Tierra. Una idea religiosa y filosófica inveterada –los humanos como dueños del planeta Tierra– se ha convertido en cruda realidad. Lo que hacemos ahora ya afecta al planeta del año 3000 o incluso 50 000.” (Climate Energy Policy and Politics Pollution and Health Science and Technology Asia, enero de 2011)

Al final, la persistencia de Crutzen y Stoermer ha dado fruto. Y el resultado, si la recomendación del AWG es aprobada efectivamente, comportará un rearme crucial para aquellos que luchan por salvar el planeta de su destrucción ecológica. Será una señal de advertencia a quienes ponen en duda la profundidad y amplitud de la crisis ecológica y lo cerca que estamos del punto de no retorno. Camilla Royal cita a Ian Angus con un párrafo con el que estoy plenamente de acuerdo: “Los ecosocialistas necesitan abordar el proyecto del antropoceno como una oportunidad para unificar un análisis ecológico marxista con los hallazgos más recientes de la investigación científica en una nueva síntesis: una descripción socioecológica de los orígenes, la naturaleza y el rumbo de la crisis actual del sistema Tierra”. Yo añadiría a esto: como base para lo que hacemos al respecto.

07/10/2016

* http://socialistresistance.org/a-major-step-towards-the-anthropocene/9049

Notas:

1/ https://www.theguardian.com/world/2015/may/29/no-relief-from-india-heatwave-as-death-toll-reaches-20-year-high

2/ https://www.theguardian.com/environment/2016/sep/08/humans-have-destroyed-a-tenth-of-earths-wilderness-in-25-years-study

3/ El título completo es Grupo de Trabajo del Antropoceno de la Subcomisión de Estratigrafía Cuaternaria.

4/ Mi reseña está publicada en ESSF (article 37004), Review for ecosocialists: The Age of Anthropocene?

5/ Mi reseña de Capital Fósil está publicada en ESSF (article 39187), Geology & Marxism: The Anthropocene debate and Andreas Malm’s “Fossil Capital” – a review.



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