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Cultura
Europa y sus fantasmas (Crónica e invitación)
17/10/2016 | Antonio Crespo

I/ Crónica

En el mismo edificio en el que desde hace casi un año se exhibe una pancarta con el lema “Refugees Welcome” tiene lugar un ciclo en el que música y palabra llevan a cabo una lúcida y estremecedora reflexión sobre el pasado y el presente de Europa. Sobre sus deudas, impagadas, aplazadas, pospuestas- como la pancarta que luce en la fachada del Ayuntamiento de Madrid. Porque el crédito se acaba, regresan los fantasmas- ¿o siempre habían estado con nosotros?- y la ignominia y el horror del siglo XX parece un espejo cóncavo en el que mirarnos y reconocernos; nosotros habitantes de este siglo XXI en el que todo regresa.

“Europa y sus fantasmas” es el título del ciclo que, organizado por el compositor Jorge Fernández Guerra y con la coordinación musical de Gala Pérez Iñiesta, tiene lugar en el Auditorio Caja de Música de CentroCentro en el nº 1 de la Plaza de Cibeles. “Refugiados”, “Fronteras” “Compromiso político”, “Diversión y melancolía” “Drama y tragedia en España” son los nombres de cada una de las sesiones… títulos que señalan ya algunos de los fantasmas, las deudas, el drama pero también la frágil esperanza, la dignidad alzada en medio del desastre. Los textos de Jorge Fernández Guerra hablan de ello, expresan lo que la música nos dice de otra manera. Reflexión, emoción, memoria, contrapunto de la historia, necesidad de otra historia o como quería Walter Benjamin una manera de cepillar la historia a contrapelo. Un piano, un violín, un clarinete o un piano y una mezzosoprano y, al otro lado del escenario, una mesa, un flexo y un hombre o una mujer hablando (la narración corre a cargo del propio Fernández Guerra y de Nayra Darias Arenas) ante un micrófono… como si de un viejo programa de radio se tratara y hay aquí -en la música, las citas literarias, los datos de los historiadores- una crónica de esta Europa de entreguerras, que aún es como un pecado original o una deuda no pagada, la nuestra. Una crónica necesaria y exacta. Que nos alcanza y llega hasta nuestro presente. Como los naufragios diarios, como los cientos de miles de hombres, mujeres y niños que esperan a las puertas de este “continente balneario” que les niega la entrada.

La primera sesión (21/9) fue “Refugiados”: la Europa irreconocible del frio invierno tras la primera guerra mundial, millones de seres humanos desplazados y hambrientos, el ascenso de Hitler al poder 14 años más tarde. Y la música punteando el desastre, de algún modo rescatándonos y devolviendo la esperanza. Silencio inicial y llega el estremecimiento de “Theme et variations” de Olivier Messiaen, la música de Bela Bartók, palabras que dicen su desvalimiento, un refugiado más, un viejo músico en la miseria que solloza, perdido durante tres horas, en el metro de Nueva York, y Stravinsky y su “Historia del soldado”, ese soldado engañado por el diablo, sin su violín, convertido ya en enloquecido y errante refugiado. Y terminar de nuevo con Messiaen y ver, en la música que penetra en la carne y se hace imagen, memoria viva, lo que vuelve a acontecer; ver, como si sucediera ahora, a 5 000 presos del Stalag VIII en Silesia escuchando ese “Cuarteto para el fin de los tiempos” que allí escribiera y estrenara en un gélido invierno de 1941. Sentir el canto de los pájaros y el silencio que le precede.

Esto fue “Refugiados”. Hablar de lo impagado. Jorge Fernández Guerra cita a David Torres: “lo que define a un fantasma es una deuda”. La barbarie es una deuda, un fantasma que recorre Europa, no como esperanza de los oprimidos, sino como herida abierta en el presente. Y la cultura. ¿Qué dijo entonces, qué puede decir ahora? ¿Da cuenta del desastre, lo oculta acaso? Desde su micrófono, poco antes de que irrumpiera el abismo y la esperanza de los pájaros, nos recordaba el narrador de esta historia: “Hemos hecho del olvido una forma de caminar hacia ninguna parte” y citaba a Slavoj Zyzek: “Cultura es el nombre de las cosas que practicamos sin creer realmente en ellas, sin tomárnoslas en serio”. En esas estamos y la cultura parece hoy una gran dama caída en desgracia que nada tiene que decir sobre el presente o el espectáculo banal, la infinita repetición de un vacío hecho de imágenes gastadas, ruido telemático, palabras que nada significan multiplicadas como insulto u obscena exhibición de la intimidad o algo decorativo que todavía, en ámbitos muy restringidos, mantiene y otorga un cierto prestigio social. Pero: dónde las preguntas, dónde el silencio, quién escucha a los pájaros, los niños, las niñas desaparecidas, los hambrientos, los naufragados en la indiferencia o el desprecio. Quién se toma en serio esta historia en la que estamos atrapados. El “Abîme des oiseaux” de Messiaen había sonado y su luz y su silencio había gravitado -como un peso, una responsabilidad y una esperanza- sobre los que allí estábamos. Jorge Fernández Guerra terminaba con estas palabras: “Tomémonos en serio, al menos, a los pájaros. Ellos nos muestran que la cultura es algo vital, algo que nos comunica y nos transforma”. Eso se dijo en palabras y se hizo música por el trío Pérez Iñesta: Miguel, Claudia y Gala Pérez Iñesta al clarinete, piano y violín.

El 11 de octubre Claudia Pérez Iñesta al piano y Marina Pardo mezzosoprano y, en esta ocasión, Nayra Darias Arenas como narradora, trazaron “Fronteras”. El texto de Jorge Fernádez Guerra iba señalando el constante dibujo, tachado y vuelto a fijar de esas líneas que cuentan, en su absurda geometría, la locura de esta Europa de delineantes del desastre. El piano y la voz eran Alban Berg, Hanns Eisler, Francis Poulenc, Paul Dessau y Viktor Ullmann. Una canción abría y cerraba el programa. Y al escucharla por segunda vez sabíamos que su autora, Ilse Weber, poeta, enfermera jefe en Terezin, cuidaba las heridas de los niños y niñas también con una guitarra y canciones, que no les abandonó, fue con ellos a Auschwitz y entró cantando esa misma canción para acompañar su desamparo y cruzar con ellas y ellos la última frontera. Y al escuchar estas palabras recordaba a Friedl Diker Brandeisy, artista de vanguardia formada en la Bauhaus, maestra en Terezin de niñas y niños deportados a Auschwitz (15 000, de los que sólo regresaron 100); antes de partir dejó al tutor de la casa de las niñas dos maletas con 4 500 dibujos de los que eran autores 260 niños. Acompañó a su alumna Doris Weiserová y murió junto a ella en el otoño del 44. También, como Ilse, cruzó la última frontera dando la mano a una niña que no quiso abandonar. Y salvó la memoria de 260 niños y niñas, rescatados sus nombres, sus mínimas biografías, sus luminosos dibujos. Fueron ceniza pero su memoria permanece. Hoy los vemos, como escuchamos la canción de Ilse o la ópera y algunas de las veinte composiciones que escribiera en Terezin Viktor Ullman; él, junto con varios de los intérpretes que no llegaron a estrenar “El emperador de la Atlántida”, y su esposa fueron gaseados en Auschwitz un 18 de octubre de 1944. Pero ahora oímos una de sus “Tres canciones judías”. Como antes hemos escuchado la “Canción de una madre alemana” de Hans Eisler o a Paul Dessau que trabajaron con Brecht y pudieron cruzar fronteras a tiempo y huir a Estados Unidos, o las canciones de Francis Poulenc y Alban Berg. Y entre ellas las palabras, retazos de la historia, fronteras trazadas y borradas; Boris Pahor escritor esloveno de Trieste, italiano a la fuerza que con siete años contempla como los fascistas queman la Casa de la Cultura Eslovena en Trieste, resistente, antifascista, quince meses en e1 horror de un campo de concentración. Pienso entonces en Umberto Saba y en su huida de Trieste, en el campo de concentración de la antigua arrocera de San Saba y en los 30 000 partisanos, antifascistas o trabajadores detenidos en las huelgas masivas de 1944 enviados a campos de concentración de los que muy pocos regresaron y en el nombre de los cerca de 9 000 judíos deportados de Italia o asesinados en Italia o en los países ocupados por ella entre 1943 y 1945 que figuran en 1a novela Trieste de la escritora croata Dasa Drndic y la historia y las historias que allí se cuentan en las difusas y cambiantes fronteras de una Europa enloquecida.

Fronteras. “Sépase que frontera es algo muy importante, que no existe y que, sin embargo, los hombres defienden a pluma y pico como si fuese real” así cuenta su historia Jacobo en el Manuscrito cuervo de Max Aub, así nos ve, desde las alturas, por eso dice de nosotros: “no hay cuervo que los entienda, ni ellos se entienden”. Escuchamos a Jacobo, el cuervo, el 11 de octubre y, al día siguiente, Nicolas Sarkozy dice en una entrevista, “Europa debe entenderlo: la nación sosiega, la frontera apacigua”. Propone acabar con la reagrupación familiar de los inmigrantes; y el internamiento administrativo, sin tutela judicial previa, de los fichados como sospechosos de terrorismo quien habla de sosiego, identidad, nación y fronteras que apaciguan. Vallas, alambradas, campos de internamiento, censos de inmigrantes. Fronteras. Y los que intentan borrarlas. Los mínimos y hermosos gestos que recordaba mientras la música desdibujaba líneas y, ella sí, traía sosiego y apaciguaba el dolor sin ocultarlo. Recordaba. Günther Stern, que luego firmara Anders, 15 años, movilizado en una asociación escolar paramilitar, en un país extranjero, Francia, cerca de Charleville. Allí descubre que además de alemán es, sobre todo, judío y sufre todas las formas inimaginables del maltrato por parte de sus compañeros arios. Enferma, es trasladado a un hospital militar y allí encuentra a otro joven que ha visto como los alemanes ejecutan a su padre; nace una amistad, nocturna, clandestina, dicha en la única lengua que comparten, la aprendida en la rutina escolar, el latín de Virgilio, Horacio, Catulo. Llega el momento de la separación y esa noche los dos amigos, el judío alemán y el huérfano francés, despliegan en el jardín un mapa de Europa, en el suelo un pequeño bote de pintura blanca, y con un pincel, turnándose, van borrando fronteras hasta hacer de Europa una mezcla de colores unida por el blanco. No volvieron a verse. Terminó la Gran Guerra. Luego Weimar, el nazismo. Pero al menos el joven judío que odiaba guerras y fronteras, Günther Anders, que hablaba en latín con su camarada francés, permaneció siempre fiel a esa conjura adolescente.

Pensaba en él cuando de nuevo una voz canta “Wiegala, wiegala, weier” y vemos a una mujer Ilse Weber con sus niños cruzando la última frontera: “Duérmete, niño, también,/ Wiegala, wiegala, weir,/ ¡el mundo todo es silencio!” Un hilo de piedad atraviesa la sala. Memoria herida frente al olvido. Todo es silencio. Canción de cuna para cruzar la última frontera, para abolir todas las fronteras.

II/ Invitación.

Esto es lo ya sucedido. La invitación es compartir este drama y este sueño de otra Europa posible. Venir. Escuchar. Sentir. Pensar. Y hacer juntos esa cultura que es vida, aliento, indispensable creación para alumbrar un mundo más justo. Sin ella, alimentando nuestra esperanza y nuestra rebelión, todo proyecto emancipatorio está condenado al fracaso. Vamos a tomarnos en serio la cultura. Al menos tanto como el canto de los pájaros. Las próximas citas son:

25 de Octubre. Compromiso político. Nazismo, fascismo, comunismo, revolución. Obras de Bela Bartók, S. Prokópiev, M. Weinberg. José Luis Gallego (violín) y Gala Pérez Iñiesta (violín).

8 de noviembre. Diversión y melancolía. Crisis, evasión, lúcido desconsuelo. Obras de F. Poulenc, M. Monnot, K. Weill, D. Milahud, I. Stravinsky y el estreno absoluto de dos composiciones de Jorge Fernández Guerra. Mónica Campillo (clarinete), Juan Luis Gallego (violín), Andreu Riera (piano).

22 de noviembre. Drama y tragedia de España. Obras de E. Fernández Blanco, J. Bautista. Trio Arbós. Juan Carlos Garvayo (piano), Cecilia Berkovich (violín), José Miguel Gómez (violoncello).

A las 19, 30. En Centrocentro. 5 Euros.

Antonio Crespo Massieu



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