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In memoriam
Reencuentro con Dario Fo
15/10/2016 | Pedro Granero

Tal vez un poco aparcado en nuestras memorias, con esa simpatía y honesto agradecimiento que tenemos a los mayores que abrieron camino, a los que la gente de mi generación recordamos con la admiración y con una sonrisa cuando vuelven a abrir su boca, a levantar el gesto o, tristemente, a llenar un pequeño recuadro de un periódico con motivo de su muerte, me llegó la noticia de su fallecimiento. Ese es el momento en el que uno recuerda lo que le hubiese dicho de haberlo conocido y el espacio que aquel construyó en uno mismo. Ese espacio poblado de sus textos, de sus charlas, de sus dramaturgias, de sus actuaciones siempre en diálogo con los interrogantes pequeños y grandes con los que uno entretiene su vida. Tras eso, llega el momento en el que su recuerdo corre el riesgo de ser arena que se escurra por las manos, dejando una pequeña fisura en la memoria, una máscara, y es entonces cuando uno se acuerda que la manera más común de convocarlo, es compartirlo. Curiosamente, esta mezcla de ritual popular, de una trascendentalidad laica, o de una desarticulación de la solemnidad más elitista, es la mejor convocatoria para recordar al maestro lombardo.

Darío Fo nos deja con 90 años. Nos deja una carrera que vale la pena revisitar, en cada paso, y en la que hasta el menor recoveco revela el sólido compromiso que trazó con su tiempo desde sus primeros trabajos. En ese sentido cabe fijarse primero en su extensa y potente formación actoral, que empieza en la tradición italiana de la Comedia del arte, madura en las técnicas del maestro del mimo Jacques Lecoq, y cobra un nuevo sentido para impregnar toda su obra de un lenguaje propio, atravesado por la tradición y por la convención, al servicio de la sencillez y la creación de un teatro realmente popular. Este elemento cobra mucho más valor si ubicamos al maestro en los contextos teatrales que le ha tocado vivir, respondiendo con voz propia a algunos de los interrogantes que se han abierto a lo largo del Siglo XX: la tradición teatral italiana, el Humor en mayúsculas de Pirandello, el nacimiento de Teatros Físicos como huida del realismo soviético, la llegada de la televisión o la entrada de lo real en escena. Y si en este viaje por su formación miramos, como decía Benjamin, la historia a contrapelo, descubriremos que Fo se apoya en las técnicas teatrales que más profundizan en el código y la máscara para lograr el objetivo que atraviesa toda su vida en los escenarios: descodificar las relaciones de opresión, y desenmascarar al poderoso.

En este póstumo y breve reencuentro, descubrimos ineludiblemente la herramienta fundamental del trabajo de Dario Fo: la sátira y el humor. Viendo en él un verdadero maestro, artesano en su uso. De hecho, es difícil encontrar en la historia del teatro alguien que haya utilizado el humor de manera tan metódica para atunelar desde mil sitios diferentes los núcleos del poder. Un poder que a lo largo de su obra tiene también mil máscaras, mil nombres: el capitalismo en obras como “Aquí no paga nadie”, el fascismo en la famosa "Muerte accidental de un anarquista", el Estado en “Pum, pum, ¿quién es? ¡La policía!”, la Iglesia en “Misterio bufo” o el machismo en "Pareja abierta”. Sin embargo, releyendo sus obras, viendo sus espectáculos en esta pequeña capilla ardiente de broma (el maestro no nos dejaría más) montada entre palabras, uno descubre que el humor de Dario no sólo destruye la solemnidad del poder sino que construye el lenguaje de los y las humildes. Es precioso, tras los famosos espectáculos anteriormente citados, encontrar piezas de un homenaje tan honesto a lo cotidiano y a los comunes que en muchos casos tiene rostro femenino como en “El despertar” o en “Un día cualquiera”.

Pero como el arte no se entiende sin la vida ya que uno no logra desprenderse del otro (y menos mal que así es), este genio decidió atravesar ambos por sus jugosas convicciones libertarias. De esta manera, tras los primeros pasos en una compañía que retomaba las lecciones fundamentales de la tradición italiana, decidió saltar hacia un modelo autogestionado, con el que tuvo que enfrentarse numerosas veces a la censura, con el que logró asaltar el espacio mediático en su incursión en la televisión, y que siempre le permitió que nadie se interpusiera entre su público -ese publico popular cuyas risas formaban parte de sus dramaturgias- y él. En este sentido Dario Fo se ha constituido como un referente moral, no sólo en el mundo del teatro sino en esa Italia que le dio a luz en el fascismo y que lo despide en esta crisis civilizatoria general, en esta Italia en la que aún se puede percibir el fétido aliento de Berlusconi. Buena muestra de ello es la respuesta de la derecha, que lejos de seguir la protocolaria loa post mortem, no ha dudado en seguir criticando su figura. Pareciera como si sus adversarios, atrapados por las obras de Dario, decidieran seguir haciendo de los personajes satíricos que aparecen en sus dramaturgias.

Sigo mirándole, observando ese espacio compartido entre él y nosotros. Mis dedos comienzan a despegarse del teclado, echo un ojo a mi biblioteca, recuerdo aquel enlace a ese vídeo que me pasó mi profesora y decido que comienza el tiempo de sumergirme de nuevo en él, quiero bañarme -en este tiempo raro que nos toca vivir- en ese espacio que consiguió crear en el que la risa de los de abajo era la ira de los de arriba. Quiero callar de una vez y sentarme en la primera fila, con ustedes, a disfrutar, una vez más, del hombre que escondía debajo de millones de máscaras una sonrisa revolucionaria.

15/10/2016

Pedro Granero, actor y militante de Anticapitalistas



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