Grabar en formato PDF
Siria
Bachar Al-Assad, el dueño del caos
14/10/2016 | Benjamin Barthe

Para la fiesta del Aïd-el-Kébir, el lunes 12 de septiembre, que correspondía al día siguiente de su 51 aniversario, Bachar Al-Assad se hizo un regalo muy personal: un desfile ante las cámaras por las calles desiertas de Daraya (fotografía de la cabecera de este artículo). Dos semanas antes, esta barriada de Damasco, punto clave del levantamiento contra el régimen sirio, había acabado por bajar las armas tras cuatro años de asedio y bombardeo. Su población había sido evacuada hacia zonas bajo control gubernamental, mientras que los combatientes eran transferidos en autobuses hacia Idlib, otra plaza fuerte de la rebelión, 300 kilómetros más al norte.

Acompañado de una veintena de fieles, el presidente sirio recorrió con un paso vivo las calles de esta ciudad fantasma, reducida al estado de esqueleto por los barriles de explosivos y las bombas incendiarias. Sobre un fondo de música dramática, pero con el tono falsamente cándido que le gusta utilizar en las entrevistas, Assad, en traje gris y cuello de la camisa abierto, reiteró su leitmotiv: “Estamos determinados a reconquistar cada palmo de terreno de Siria de las manos de los terroristas”.

Ni una palabra sobre el alto el fuego, que debía entrar en vigor algunas horas más tarde y que se hundió al cabo de una semana; ni la menor referencia a los esfuerzos del enviado especial de las Naciones Unidas, Staffan de Mistura, por reanimar las negociaciones de paz. Tras centenares de miles de muertos y más de diez millones de personas desplazadas o refugiadas, Assad sigue creyendo solo en Assad. Está persuadido de que la política de tierra quemada, que realiza sin pestañear desde hace cinco años y medio, va a acabar por dar frutos. Y los hechos no le desmienten totalmente.

Restablecimiento

En el verano de 2015, el poder central sirio vacilaba bajo los ataques de la rebelión armada por sus dos enemigos íntimos, Turquía y Arabia saudita. Con el apoyo de estos patrocinadores sunitas, Jaich Al- Fatah (“Ejército de la conquista”), una coalición de brigadas islamistas, había atacado las defensas del régimen sirio en el noroeste del país. Idlib había caído, así como Jisr Al-Choghour. La carretera de la llanura costera, el otro centro neurálgico del poder sirio después de Damasco, se abría a los insurrectos. En el centro-este, las tropas de la organización Estado Islámico (EI) se habían apoderado de Palmira y amenazaban atacar Deir ez-Zor, en el valle del Eufrates.

Pero, en doce meses, tras la intervención rusa, el régimen sirio ha realizado un restablecimiento espectacular, tanto en el campo de batalla como en la escena diplomática. Las ambiciones de Jaich Al-Fatah, dirigido por los salafistas de Ahrar Al-Cham y los yihadistas del Frente Al-Nusra, la rama siria de Al Qaeda (rebautizado luego como Frente Fatah Al-Cham), han sido frenadas por los caza-bombarderos rusos.

El aflujo de miles de milicianos chiítas, venidos de Irán, de Irak, del Líbano e incluso de Afganistán, ha paliado, en parte, el agotamiento del ejército regular. Muchas veces anunciado, pero siempre de forma prematura, el cerco del este de Alepo, capital de la rebelión en el norte del país, es ya una realidad. Incluso el feudo rebelde de la Guta, en los suburbios de Damasco, comienza a quebrarse bajo el acoso de las tropas lealistas y los Sukhoi rusos.

La brutal intrusión del Kremlin en el campo de batalla sirio no ha desencadenado la deflagración regional que predecían algunos comentaristas. Más allá de las protestas al uso, ninguno de los padrinos de la oposición se ha atrevido a desafiar el despliegue de las fuerzas rusas. Los Estados Unidos se han agotado en interminables conversaciones con Moscú, que no han desembocado más que en el envío de un puñado de convoyes humanitarios hacia las zonas asediadas y en dos treguas de corta duración. El lunes 3 de octubre, sacando la conclusión de su fracaso, el Departamento de Estado ha anunciado la suspensión de estas discusiones.

Arabia saudita repite machaconamente que Bachar Al-Assad deberá partir “por un proceso político o por la fuerza militar”, pero parece mucho más preocupada por la guerra en Yemen y por la bajada de los precios del petróleo que por ejecutar estas amenazas. En cuanto a Turquía, no contenta de haber saldado su contencioso con Moscú, producto de la destrucción de un avión ruso en el cielo turco en noviembre de 2015, ahora envía señales de apaciguamiento a Damasco. El seísmo político desencadenado por el golpe de Estado fracasado del 15 de julio ha ofrecido al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, que juraba durante mucho tiempo la caída de su homólogo sirio, una excusa para desentenderse de Alepo sin hacer ruido.

Un simple delegado

Para Bachar Al Assad, tras cinco años de guerra atroz, parece que el horizonte comienza a despejarse. Pero esta mejora tiene un coste: ha sacado a la luz su vergonzosa dependencia de sus aliados extranjeros.

Damasco, 18 de junio. El general Serguei Choigu, ministro de defensa ruso entra en el palacio presidencial sirio con paso firme. O, más bien, se invita. No ha anunciado su llegada, pero eso no le preocupa. El dueño de Damasco debe su recuperación a la aviación rusa, lo que bien vale una falta de respeto del protocolo. “Qué agradable sorpresa, no me esperaba verle en persona”, exclama el presidente, en las imágenes grabadas por la televisión rusa RT.

La secuencia siguiente le muestra sentado en una sencilla mesa de trabajo, con un bloc y un bolígrafo, un hombre que se ve que es el traductor a su lado, frente al ministro Choigu y otros dos emisarios rusos. La puesta en escena, que tiene el aire de un examen final, recuerda la visita bajo forma de “convocatoria” de Bachar Al-Assad a Moscú, en el mes de octubre de 2015. El presidente sirio había tenido que presentarse solo en el Kremlin, sin escolta ni consejeros, en violación, entonces también, de los usos diplomáticos.

Ahí está todo lo paradójico de Damasco. Nunca ha parecido tan optimista el régimen sirio desde el comienzo de la revuelta en 2011. Y nunca ha parecido el Estado sirio tan inexistente. Generales con el ego hinchado, milicias lealistas semimafiosas, militares rusos e iraníes omnipresentes: además de los rebeldes, el presidente debe arreglárselas con aliados invasores, que no dejan de invadir sus atribuciones. El rey Bachar ocupa el trono sin rival, pero es un rey cada vez menos vestido. “Bachar Al-Assad ejerce un poder que no tiene como propio, en la opinión del historiador Thomas Pierret, especialista en Siria. “Es un delegado más que un jefe de Estado”.

Abundan las anécdotas sobre este asunto. “La residencia de un hombre de negocios cercano al régimen, en una zona cara de Damasco, ha sido recientemente requisado por algunos soldados, cuenta un extranjero, habitual de la élite política siria que, para conservar la posibilidad de volver a Damasco se expresa bajo la protección del anonimato.“Para evitar que le robaran, ofreció dinero al oficial, a la vez que la hacía saber, con un tono a medias amenazante, que conocía muy bien a Bachar. ‘Ése me importa un comino. Solo rindo cuentas a los iraníes, ha sido la respuesta del militar”.

Por paradójico que sea, el desdén por el presidente y sus representantes, expresado en términos a veces muy crudos, es frecuente en la galaxia lealista. “Yo no peleo por ese imbécil. Lucho por mí y por mi supervivencia”, ha confiado un alto grado alauita, la minoría confesional de la que salió el clan Assad, a un opositor sirio a través de una charla en Skype con numerosos oficiales.

La fragmentación del territorio sirio y la necesidad de galvanizar el campo lealista han hecho emerger generales “estrella” que hacen sombra al jefe del Estado. Es el caso de Souhaïl Al-Hassan, alias “Tigre”, comandante de una unidad de élite, que ha logrado numerosas victorias en las provincias de Homs y de Alepo. En esas dos regiones, Souhaïl Al-Hassan, que es adulado por los pro-Assad, se comporta como un reyezuelo. Sus subordinados, reclutados en el seno tanto del ejército como del hampa, son culpables de numerosos actos de diferentes tipos de bandolerismo, sin que ninguno de ellos haya sido jamás detenido. Los hombres del “Tigre” son intocables. El propio Hassan es célebre por haber reñido por teléfono al gobernador de Homs, Talal Barazi, que sin embargo era alguien nombrado por el presidente.

Se tiene la misma situación en Deir ez-Zor, con el general druso Issam Zahreddine, explica el politologo sirio Salam Kawakibi. Las zonas de frente se convierten en islotes autogestionados. Assad está obligado a aceptar una forma de descentralización. Distribuye cacahuetes un poco aquí, un poco allá, a la vez que se esfuerza por quedarse con el más grande en sus manos. Es un artista en este tipo de asuntos”.

Se constata el mismo fenómeno con Hezbolá, el movimiento chiíta libanés enviado por Teherán en socorro del régimen. Su líder, Hassan Nasralá, ha hecho de la salvaguardia de Siria, asaltada, en su opinión, por lo que llama los “takfiristas” (yihadistas) y el “eje americano-sionista”, su gran obra. Pero, sobre el terreno, sus hombres manifiestan una profunda desconfianza hacia el ejército regular sirio. Su cuartel general en la región de Damasco, instalado en el Hotel Monte-Rosa, cerca de la frontera libanesa, tiene prohibido el acceso a los oficiales sirios. “Hezbolá estima haber perdido muchos hombres a causa de la incompetencia o de la corrupción del ejército, sospechoso a sus ojos de vender informaciones a la oposición”, expone un analista con fuentes en Damasco.

A veces, Bachar Al-Assad se rebela. Se ve en las sordas tensiones que le oponen a intervalos regulares a su salvador ruso. Según un diplomático que visita regularmente la capital siria, después de que Vladimir Putin anunciara en el mes de marzo la retirada de sus fuerzas de Siria -anuncio refutado en los hechos poco tiempo más tarde-, “los diplomáticos rusos han sido despreciados por sus homólogos sirios durante varias semanas. Todas las actividades que llevaban a cabo para facilitar la entrada de convoyes de ayuda en zonas asediadas eran ignoradas. Y cuando dejaron de insistir, como por azar, el régimen dio su acuerdo al paso de los camiones de la ONU”.

Rusia por su parte, cuando este jueguecito le enoja demasiado, reacciona. En junio, impuso soldados en algunos de los puntos de control que rodean las barriadas rebeldes de Damasco para asegurarse de que los convoyes de ayuda enviados por la ONU no fueran despojados de lo esencial de su carga por los soldados sirios. Moscú quería poner fin, al menos puntualmente, a los robos rituales, que dejan en ridículo sus esfuerzos por demostrar -o por mantener la ilusión, dirán los escépticos- de que el diálogo americano-ruso puede ser benéfico. Cuando el 10 de junio entraron alimentos en Daraya, al sur de Damasco, por primera vez desde noviembre de 2102, el paso del convoy estaba supervisado por rusos.

Otras divergencias han aparecido estos últimos meses. Las declaraciones de bachar Al-Assad, en febrero, en favor de la reconquista de todo el territorio sirio han irritado al ministerio de asuntos exteriores ruso, que lo ha hecho saber. En numerosas ocasiones, durante la primavera, el apoyo aéreo ruso ha faltado a las tropas lealistas, una forma para Moscú de castigar a su protegido. Ocurrió en el mes de mayo, en sur de Alepo, donde numerosos combatientes iraníes y libaneses fueron muertos por los rebeldes. Y en Tabqa, en junio, donde los yihadistas del EI rechazaron fácilmente una ofensiva del ejército.

Bachar Al-Assad transige con esas afrentas porque son menores. Aunque su mantenimiento en el poder no sea, para los rusos, una cuestión de seguridad nacional como lo es para los iraníes, el dictador sirio no teme ser abandonado por Moscú. “Rusia tiene tanta, incluso más, necesidad de Siria que a la inversa, argumenta un diplomático que hace a menudo el viaje Beirut-Damasco. Siria ha sido el trampolín de Putin, su billete de vuelta a la escena internacional. No puede retirarse de allí sin perder mucho de su nuevo prestigio. Assad lo sabe y juega con ello de maravilla para preservar su margen de maniobra”.

Moscú, que ha justificado su intervención militar con la lucha contra el terrorismo y la defensa del Estado sirio, tiene necesidad del dictador damasceno en el marco de su partida de póker con los occidentales. El proceso político pilotado por Staffan de Mistura conviene al presidente Putin, porque le erige como interlocutor obligado de las capitales europeas y americana. Pero son raros los observadores que piensen que está dispuesto a imponer una verdadera transición, que suponga apartar a Bachar Al-Assad.

Los rusos podrían abandonarle

Los rusos saben que es peligroso, plantea un diplomático occidental. Podrían abandonarle algún día. Un accidente de coche puede llegar en cualquier momento… Pero no ahora. Tienen necesidad de él para poder decir que han estado por encima de los americanos”. “Los rusos y los iraníes desprecian a este régimen y eso se nota, estima un experto en temas sirios. Pero no quieren cambiarle pues piensan que sin Bachar todo se hunde. Nadie le respeta, pero todo el mundo tiene necesidad de él”. Y el dictador sirio lo sabe. “Si los rusos le ponen una pistola en la sien, les dirá: “Venga, ¡disparad!”, prosigue la misma fuente.

Las dos ofensivas en curso, en Alepo y en la Guta, dan fe de los altos y bajos del pacto Rusia-Siria-Irán. Han estado precedidas por la reunión en Teherán, el 9 de junio pasado, de los ministros de defensa de los tres países. Durante esta cumbre, los aliados se pusieron de acuerdo en formar un grupo de contacto permanente, para armonizar sus planteamientos político y militar. La República Islámica se había sorprendido por la ausencia de cobertura aérea rusa, en el sur de Alepo, que le costó numerosas bajas en la primavera. Los combates del verano, que han resultado favorables a los lealistas, han estado mejor coordinados: aviones rusos, milicias chiítas y tropas regulares han trabajado juntas en la asfixia de los barrios orientales de Alepo.

No sin un nuevo tropiezo: a finales de agosto, contrariado porque Moscú presumiera sin reparos de haber obtenido el derecho a utilizar una base aérea en el oeste de Irán para realizar bombardeos en Siria, Teherán se ha enfadado. La República Islámica ha revocado brutalmente ese privilegio que ninguna otra potencia extranjera había obtenido desde la Segunda Guerra Mundial. Según Ibrahim Hamidi, especialista en Siria en el diario Al-Hayat, otra diferencia tensa la relación entre los dos protectores de Assad. Tiene que ver con Israel, la bestia negra de los ayatolás, en contacto regular con el Kremlin. Vladimir Putin se habría opuesto a la instalación, en los altos del Golán, justo frente a Israel, de una base logística de los pasdarán, los “guardianes de la revolución”.

La guerra civil siria está lejos de acabar. Teniendo en cuenta la multiplicidad de los grupos armados y la incapacidad estructural del régimen sirio para reformarse, la violencia podría durar aún años. el grado de solidez del eje Damasco-Teherán-Moscú decidirá en parte la evolución del conflicto. De todas formas, si el régimen Assad logra neutralizar la rebelión en Alepo-Este y en la Guta, podrá reivindicar dos avances muy importantes en las dos regiones más importantes del país. Tras la recuperación de Homs, en 2014, la columna vertebral del país, calificada como la “Siria útil”, se encontraría por entero bajo el control de Damasco. Para Assad, no sería la victoria total, pero sería un paso muy importante en esa dirección.

(Artículo publicado en Le Monde el 6/10/2016. Benjamin Barthe es corresponsal de Le Monde en Beirut).

http://alencontre.org/moyenorient/syrie/syrie-bachar-al-assad-le-maitre-du-chaos.html

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR



Facebook Twitter RSS

vientosur.info | Diseño y desarrollo en Spip por Freepress S. Coop. Mad.
 
Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual Los contenidos de texto, audio e imagen de esta web están bajo una licencia de Creative Commons