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Un imprescindible debate para nuestro futuro
Grecia: la amarga derrota. ¿Es posible desafiar a la UE?
29/09/2016 | Jesús Jaén

“No hay derrota estéril. En ella se educan los revolucionarios, y la revolución toma conciencia de sí misma”. (Daniel Guerín, La lucha de clases en el apogeo de la Revolución francesa)

¿Cómo es posible que entre las organizaciones de la izquierda no haya existido un debate más a fondo sobre la derrota de Syriza en julio de 2015 a manos de la Troika y Bundesbank? ¿Cómo es posible que, salvo unas cuantas excepciones (los trabajos de Toussaint, Lapavitsas, Varoufakis, dirigentes de la Unidad Popular o Anticapitalistas, etc), no se produjera una mayor conmoción internacional?

En julio de 2015 el gobierno de Tsipras firmaba un nuevo rescate después de seis meses de intensas negociaciones. Sin duda un mal acuerdo. Un pésimo acuerdo. Tras ganar las elecciones en enero de ese año con el 35,7 por ciento de los votos y enviar a negociar a Varoufakis con el Bundesbank, el BCE y la Comisión europea; fracasan las negociaciones porque los comisionados solo aceptan la rendición incondicional de Syriza y Grecia.

Incompresiblemente, Alexis Tsipras, tras vencer en un referéndum el 5 de julio de 2015 por el 61,31 por ciento contra el 38,69 por ciento, acaba aceptando el memorando propuesto por la Troika y Alemania. Se trataba de una humillación política que agregaba más hiel a la herida griega ya que los términos del acuerdo eran, si cabe, aún más duros.

Ha pasado más de un año de todos estos acontecimientos. Este artículo solo intenta contribuir a un debate que considero que no se ha llevado, al menos aquí en el Estado español, de una manera seria y rigurosa.

Un debate que tiene un alcance internacional y estratégico

La importancia de la experiencia griega trasciende a las fronteras del país y a sus tiempos. Se trataba del primer partido de izquierdas no socialdemócrata que alcanzaba un porcentaje tan alto de votos en una sociedad europea avanzada desde hacía 40 años. Tenemos que remontarnos a la Italia de 1975, al Partido Comunista Italiano de Enrico Berlinguer que obtuvo (menos aún que Syriza), el 33,5 por ciento de los votos e incluso quedó por detrás de la Democracia Cristiana (lo que no ocurrió en Grecia en donde Syriza superó a Nueva Democracia).

La experiencia de Syriza solo podía compararse, salvando las distancias, a los acontecimientos que protagonizó Portugal en 1974 con la revolución de los claveles. Volviendo a las frías analogías, el gobierno de Tsipras era el primer gobierno de izquierdas no socialdemócrata en la Europa del oeste después de 40 años de dura sequía. El último había sido en la Portugal revolucionaria de 1975 donde el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), junto a una coalición de partidos de izquierda, PSP, PCP, PDP y MES accedieron al poder poniendo en marcha un profundo plan de transformaciones sociales y económicas.

El filósofo y militante revolucionario griego Panagiotis Sotiris que militó en Syriza y ahora en la UP, lo sintetizaba de esta manera tan clara:

El problema es que en el país en el que el más agresivo de los experimentos sociales neoliberales se había topado con la más masiva, casi insurreccional, secuencia de luchas, en el que la crisis política era lo más cercano a una crisis de hegemonía que haya conocido Europa occidental desde la caída de las dictaduras, en el que un partido de izquierdas relativamente pequeño fue catapultado al poder, en el que un pueblo desafiante se opuso al chantaje de la UE…” (“El realismo de la audacia”, VIENTO SUR, 24/11/2015, http://vientosur.info/spip.php?article10717 ).

Cómo entonces se ha subestimado y minimizado la experiencia griega hasta el punto de que apenas (como antes decíamos) no haya habido un debate serio, salvo una minoría de intelectuales y organizaciones. Si comparamos la reacción de la izquierda y el marxismo internacional en los años 70 con la experiencia de Allende en Chile y la que ha existido ahora, la diferencia es abismal (una vez más insisto que no pretendo hacer comparaciones de los procesos sino de las experiencias).

Cuando el gobierno de la Unidad Popular en Chile es aplastado por el golpe militar, además de una tremenda reacción internacional de solidaridad, hubo un intenso debate en los partidos y organizaciones políticas o sindicales. Ya pocos recuerdan que la política votada por el Partido Comunista Italiano que auspició Berlinguer “el compromiso histórico” era una reacción, a mí entender profundamente equivocada, de la derrota de Allende. El PCI trataba con ella de “no asustar” a la burguesía nacional (representada en la Democracia Cristiana), y, “no provocar” a la CIA y a los ejércitos norteamericanos desplazados en la OTAN. El compromiso histórico dio lugar en 1978 al nacimiento del eurocomunismo y por consiguiente a la mayor crisis del estalinismo europeo. Sin embargo otro sector, minoritario, de la izquierda revolucionaria pensamos que la derrota chilena no era consecuencia solo de la violencia de las clases dominantes latinoamericanas, los militares y del gobierno Nixon-Kissinger; sino también de los errores cometidos por el gobierno de Allende y su insistencia en la vía conciliadora con estos sectores golpistas que, en última instancia, había propiciado un cambio en la relación de fuerzas posteriormente a la victoria de Allende.

Este debate, hoy, se ha soterrado por ejemplo en Podemos. En particular cuando los dos dirigentes más representativos como son Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, no tardaron ni un día en salir en defensa de la decisión de Tsipras de aceptar finalmente el plan de Bruselas. Solamente algunas voces de la corriente anticapitalista marcaron distancias con esta decisión. ¿Acaso no tendría repercusiones esa estrategia política en un hipotético gobierno de izquierdas donde participe o encabezara Podemos?

Estoy convencido que la capitulación de Syriza ha tenido consecuencias políticas muy graves y las tendrá en el futuro. No solo para Grecia sino para Europa y el Estado español en particular, sobre todo porque la derrota se ha visto como un anticipo de lo que podría suceder aquí.La gente nos ha preguntado que si en Grecia no les han permitido avanzar en su propio autogobierno por qué nos lo van a permitir en el Estado español. ¿Acaso no somos parte de unas instituciones y acuerdos que nos obligan a llevar a cabo unas mismas políticas? Esta pregunta no tiene nada de retórica y por el contrario, se ha respondido –desde las instancias de Podemos- con una auténtica insensatez: “nosotros somos la cuarta potencia europea y no se atreverían a hacernos lo que a Grecia” (sic).

De la misma forma que la experiencia de Chile tuvo graves consecuencias, también lo tiene y tendrá lo sucedido en Grecia. Toda revolución o contrarrevolución (violenta o no violenta), tienen efectos a corto, medio y largo plazo (en muchos casos efectos retardados). Como auguró Perry Anderson en Campos de batalla, las derrotas de la revolución portuguesa y de los procesos de emancipación en el Estado español y en Grecia con la caída de las dictaduras, marcó el final de un ciclo revolucionario en Europa del oeste y la crisis del marxismo occidental.

Y pese a todo, a pesar de la victoria del liberalismo y de la cultura de la posmodernidad en las últimas cuatro décadas, nos hemos vuelto a encontrar de cara con las revoluciones muy cercanas a Europa y con situaciones de alta conflictividad como en el sur. La historia no se cierra. Nos vuelve a plantear retos. La crisis sistémica es independiente de la crisis de la izquierda y del marxismo que, a pesar de su enorme debilidad, ha confirmado dos grandes hipótesis: su crítica implacable a la economía política desarrollada por Karl Marx en las décadas de 1850 y 1860 y, la existencia de una brutal desigualdad social que estabiliza el conflicto de las clases como parte de la agenda del siglo XXI.

¿Se puede desafiar a la UE?

El debate que pretendo hacer en este artículo no es con la ideología liberal; ni siquiera con un tipo de neo-reformismo que existe entre las organizaciones de izquierda. Creo que hay un debate más interesante en el espacio del anticapitalismo, eco-socialismo, autonomismo, feminismo o sindicalismo; entre los que opinan que no se puede desafiar a la UE porque no hay condiciones para la victoria y que la salida de la zona euro conduciría o bien a un desastre social o bien a otro experimento estatista como muchos de los que conocemos o hemos conocido históricamente.

En mi opinión, no solo es factible desafiar a la UE sino que es absolutamente necesario hacerlo. Creo que no existe la menor posibilidad de cambiar las políticas económicas y sociales actuales sin ese desafío que, con toda probabilidad, nos lleve a la expulsión o desenganche de la zona euro. Desde dentro, terminaremos presos de la lógica de la austeridad como hemos visto le sucedió a Zapatero, Hollande, Renzi y, finalmente, a Tsipras.

El compañero Panagiotis lo sintetizaba de forma brillante: “¿Había otro camino posible para Grecia, o debemos aceptar la premisa de que un pequeño país del sur de Europa no estaba en condiciones de responder al chantaje de la UE? Estoy totalmente en desacuerdo. El momento del referéndum era óptimo para una estrategia de ruptura: fin de las negociaciones, suspensión del pago de la deuda, nacionalización del sistema bancario, inicio de un proceso de retorno a la moneda nacional, como puntos de partida de un proceso de transformación más amplio. Las obvias dificultades iniciales, en realidad no mucho mayores que las que estamos sufriendo ahora en Grecia y seguramente menores que las que nos vamos a encontrar en los próximos años, podrían abordarse con el tremendo potencial del resultado del referéndum y del grado de movilización popular y de solidaridad internacional. Sin embargo, la dirección de Syriza no estaba dispuesta ni siquiera a pensar la posibilidad de una estrategia de ruptura, lo que llevó a una serie de concesiones y compromisos desastrosos, incluso antes de las elecciones de enero del 2015. Esta falta de disposición para afrontar cualquier eventualidad que no fuera el compromiso dentro de la zona euro no se debió a la falta de tiempo. Más bien, fue el resultado de una opción consciente de que la ruptura era imposible, derivada de la combinación de un europeísmo compulsivo junto con el intento de construir alianzas con sectores de la burguesía griega. (VIENTO SUR, artículo citado).

En este párrafo están los nudos de muchos de los debates entre nosotros, la combinación entre coyuntura y estrategia, la combinación entre voluntad y estrategia y la combinación entre economía y política. El referéndum –como coyuntura- fue una oportunidad histórica para llevar adelante un proceso de transformación económica y social. Ese es para mí el punto de partida en el que coinciden los tiempos de la coyuntura con la voluntad política, y de ambas con la estrategia. Los tiempos –como oportunidad- no se suceden indefinidamente; el “arte” de la política transformadora consiste en distinguir el momento en el que una táctica o decisión tiene garantías (nunca al cien por cien) de salir con mayor o menor éxito. Como decía Bensaid, “tanto en la revolución como en la guerra, siempre se está en la incertidumbre recíproca de los dos bandos” (La política como arte estratégico, VIENTO SUR 23/08/2016, http://vientosur.info/spip.php?article10717 ).

En Grecia, tras un proceso que se había iniciado tres años antes, se encontraba en julio de 2015 en su punto decisivo. La victoria holgada en el referéndum marcaba un momento de la correlación de fuerzas muy favorable. Syriza había logrado arrastrar a una mayoría social que, con el referéndum, se había transformado en mayoría política. Esto es lo que Gramsci entendía (entre sus numerosas definiciones e interpretaciones) como “hegemonía”.

La antropóloga Kate Crehan lo explica así en su libro:“Para Gramsci, la hegemonía significa también que una clase, o una alianza de clases, ha conseguido transcender sus propios intereses corporativosy ha incorporado al menos parte de los intereses de las clases subordinadas para representar aparentemente los intereses de la sociedad en su conjunto”(Gramsci, cultura y antropología, Edicions bellaterra).

En el caso de Grecia, aparentemente, la inmensa mayoría de la clase trabajadora y amplísimos sectores de las clases medias y campesinas pauperizadas se habían unido. Era el momento de lanzar una apuesta económica y político-social alternativa. Es decir, emprender el complejo y arriesgado camino de la transformación radical de la sociedad griega, propiciando la transición hacia un nuevo régimen social y político donde las clases subalternas (históricamente oprimidas y explotadas) pasaran a ocupar un papel en las estructuras políticas. Esa transición, que es ante todo social antes incluso que económica, es la apuesta fuerte de la izquierda para contraprogramar las tendencias a la burocratización, la estatización o la dimensión exclusivamente nacionalista.

En la Grecia del verano del 2015, había que hacer frente a una situación de embargo económico, fuga de capitales y sabotaje patronal. Por eso era preciso poner en marcha un conjunto de medidas económicas que, algunos economistas, como Eric Toussaint o Costas Lapavitsas, han sistematizado perfectamente tanto en sus trabajos sobre la deuda soberana griega o el capitalismo financiarizado: la nacionalización del sector bancario y financiero bajo un control democrático y social; el desconocimiento de la deuda injusta y la propuesta de restructuración a los acreedores; la implementación de un conjunto de medidas dirigidas a paliar la emergencia social de las clases más machacadas desde la crisis de 2007 (salarios, paro, vivienda, servicios públicos, etc).

Además había que evitar que éste y otro conjunto de medidas, pudieran caer en la retórica nacionalista que, demagógicamente, vienen agitando las fuerzas ultraconservadoras en Europa (Brexit) o en los populismos de extrema derecha que no son sino un anticipo del fascismo. Había que vincular el plan de salvamento griego con la construcción de un nuevo proyecto europeo. La propuesta era la apertura de un o unos procesos constituyentes en toda la UE, empezando por el sur de Europa en lo que yo entiendo podría ser una primera confederación de Estados del sur que pudiera incluir una moneda común y un espacio económico que podría aglutinar (Portugal, Estado español, Grecia e Italia), alrededor del 25 por ciento del PIB de la UE (Ver “El despertar de los PIIGS”, AA VV, Ediciones Maia).

Dentro de estas propuestas u otras similares, cobraba y cobra importancia el desarrollo de un movimiento real a la austeridad. En ese sentido el movimiento que se está creando en torno al Plan B es una iniciativa muy positiva.

Una estrategia de transformación político-social para la UE

A lo largo de la historia pasada y reciente, hemos visto como muchas experiencias anticapitalistas derivaban en formaciones sociales burocráticas en lo político, y, en experimentos nacional-estatistas en lo económico. Ese es el caso del llamado “socialismo real”; pero también de los supuestos gobiernos anti-liberales como el chavismo, Evo Morales o Correa; y ya no digamos de los gobiernos peronistas de los Kichner o del PT en Brasil que podríamos definir como neoliberalismo de guante blanco.

No es esa, por lo tanto la propuesta transformadora ni para la UE ni para Grecia ni para el Estado español que queremos hacer aquí. Reemplazar una economía de mercado ultra-liberal desregularizada por otra economía –también capitalista- pero tutelada por un gobierno que maneja el Estado, es sustituir una forma de explotación por otra y una forma de opresión política por otra.

El fallo de alguna gente de izquierdas que ha planteado la salida de un país de la zona euro reside, muchas veces, en abrir –exclusivamente- una perspectiva economicista dejando de lado las necesarias transformaciones socio-políticas. Ninguna transformación se puede llevar a largo plazo solamente desde la economía o solamente desde un gobierno y su aparato estatal. Es necesario que entren en el juego los actores principales que no son otros que las clases sociales subalternas (y especialmente los trabajadores), conformándose como los nuevos sujetos del cambio y transformación.

En Grecia, tras años de huelgas generales y movilizaciones ininterrumpidas existía una experiencia de lucha, democrática y participativa para que los movimientos sociales y sindicales tomaran en sus propias manos la gestión de la deuda soberana, el control del sistema financiero y el desarrollo de las políticas sociales. Todo ello para empujar al gobierno de Syriza a perder el miedo: “Para que un gobierno de transición emprenda una dinámica de ruptura y no de salvamento del orden establecido, debería apoyarse en el ascenso de las movilizaciones sociales, atreverse desde sus primeras medidas a penetrar sin miedo en el coto vedado del poder estatal y de la propiedad privada” (Daniel Bensaid, artículo citado).

Ningún gobierno, y mucho menos un gobierno que estaba, como decía Panaiotis, atado a las instituciones de la UE podía llevar a cabo en solitario una descomunal transformación como la que significaba enfrentarse a los mercados financieros, la Troika y Alemania. Se necesitaba la fuerza de unas clases populares unificadas y organizadas en torno a un proyecto común y apelando continuamente a la más amplia solidaridad internacional. No había otra salida.

La experiencia histórica nos indica, que los gobiernos de transición chocan con dificultades colosales por parte de las clases dominantes que no están dispuestas a ser desalojadas del poder pacientemente. Por eso surgen organismos y plataformas de poder popular que se levantan como una alternativa. De esa manera se crea una situación de doble poder que no puede coexistir por mucho tiempo (lo que algunos han definido como“equilibrio catastrófico”).

Esta es una situación crítica donde el péndulo y la balanza pueden inclinarse de un lado a otro por breves detalles. Una vez llegados a ese punto, no hay vuelta atrás, o la revolución avanza o la reacción se impone. La batalla se puede desarrollar por la vía democrática no violenta o por una revolución cruenta como sucedió con las experiencias de las revoluciones inglesa, francesa, rusa o española. Si pensamos que estamos liberados de esa violencia contrarrevolucionaria por el hecho de que seamos ciudadan@s del siglo XXI estamos profundamente equivocados. La terrible involución de la primavera árabe con las guerras civiles en Siria o Libia o los golpes de estado como Egipto pone, una vez más de manifiesto, que las élites en el poder no están dispuestas a ceder terreno fácilmente, y que una vez vencidas, no dejarán de intrigar.

Durante el año 2015 en Grecia se había dibujado una mayoría social que era además política. Como decíamos anteriormente, no era sencillo llegar a ese punto. Había hecho falta una gran dosis de sufrimiento, una situación de la economía prácticamente de guerra (la caída del PIB había llegado al 27 por ciento y la caída de la actividad productiva rondaba el 70 por ciento) y una respuesta social continuada. En ese escenario se produjo una de las variadas interpretaciones del concepto gramsciano de hegemonía como “mayoría” social de una alianza de clases; pero también como conquista política de las ideas fuerza que, en esos momentos, eran capaces de movilizar y cohesionar a un sector mayoritario de la sociedad. ¿A qué se esperaba entonces? Lamentablemente se perdió una gran oportunidad. Tsipras jugó sus bazas como un farol, a diferencia de la burocracia de la UE que apostó fuerte sabiendo en que el caso griego le iba algo más que una deuda soberana. Lo que para ellos estaba en juego era el futuro de su proyecto político y la hipótesis de que tras Syriza, Podemos ganase las elecciones en el Estado español.

El “mal griego” ya está aquí

Podemos era el hermano de Syriza, aunque los caminos fuesen muy distintos y las diferencias entre una formación política y otra diferentes. Ya hemos comentado las reacciones públicas de Pablo Iglesias e Iñigo Errejón cuando Tsipras decidió firmar el acuerdo del tercer rescate que tan terribles consecuencias está teniendo para las clases populares griegas.

Si al principio el hilo de argumentos consistía en decir “esto no pasará aquí porque somos la cuarta potencia económica de la UE” o “nuestra deuda pública no es tan vital en el conjunto de la economía”, más tarde se cambió el discurso a “estamos de acuerdo con Tsipras” y “estamos dispuestos a una restructuración de la deuda negociada previamente con los acreedores y para ello impulsaremos una profunda reforma económica basada en ingresar más para poder pagar”. Estas son actualmente las líneas centrales que maneja el programa económico de Podemos de un perfil típicamente keynesiano.

El problema, o uno de los problemas centrales, es que la UE no deja margen a políticas keynesianas o reformistas para mitigar la austeridad. Por el contrario, exige esfuerzos y más esfuerzos sociales a las clases trabajadoras, con el único objetivo de que el capital se valorice lo necesario. Bajo el objetivo de la rentabilidad capitalista se aprueban programas de reducción del déficit o de la deuda que exigen sacrificios sociales de forma constante a las clases trabajadoras y clases medias.

Ese es el gran problema con el que se encontró Tsipras y la socialdemocracia en sus distintas variantes gubernamentales, y ese sería el problema que se encontraría Podemos si llegara a gobernar en compañía o solos. No hay más vuelta de hoja. Por lo tanto y sin ánimo de simplificar, o se aborda el problema de frente o no sirve ponerse de perfil. Eso exige un debate a fondo en Podemos sobre la estrategia a seguir en caso de gobernar o participar en un gobierno.

El peligro actual consiste en ocupar espacios públicos institucionales en donde nos limitamos a mejorar la gestión del PP o PSOE (lo cual no es muy difícil), siendo honestos administradores y saneando las cuentas del reino, pero sin auténticos proyectos de transformación económica, social y democrática.

No conozco concretamente la mayoría de las experiencias municipales donde las fuerzas emergentes por el cambio han ganado y gobiernan; sin embargo vivo muy de cerca la de Ahora Madrid con Manuela Carmena al frente y me parece –rotundamente- decepcionante. Ninguno de los ingredientes de una auténtica política transformadora se está dando con el gobierno municipal de Ahora Madrid. Ni existe la búsqueda de complicidad con las organizaciones o movimientos sociales, sindicales o de izquierdas ni están favoreciendo el desarrollo de la organización vecinal, ni la remunicipalización de los servicios de limpieza y públicos, ni medidas que favorezcan la situación de los barrios de base obrera o popular (que no son guetos ni suburbios, sino grandes poblaciones donde gracias a ellos, Ahora Madrid, fue aupada a la mayoría).

No deberíamos esperar ni especular con el futuro. El debate actual de Podemos es poco menos que decepcionante y la actitud de los dirigentes incompresiblemente pasiva. Ninguno de los dos ingredientes necesarios para evitar lo de Grecia se está haciendo. En primer lugar construirnos pegados a las clases trabajadoras y populares, tanto en los momentos de ascenso social como de grave retroceso como está ocurriendo ahora mismo. Hacer un partido inserto en el tejido social, laboral y vecinal que, sin desmerecer el papel de los medios o las redes, no nos exponga a ellos y a su volatilidad. La estrategia no es “el movimiento de posiciones” tomando como única herramienta la representación institucional, sino la implantación social del partido. En segundo lugar, es necesario abordar el debate estratégico pero no bajo cuatro palabras en las redes sociales, sino construyendo un discurso coherente ante la opinión pública.

Europa camina lentamente hacia un abismo político entre el ultraliberalismo económico y el ultranacionalismo político con claras connotaciones racistas. Todavía hay tiempo para la izquierda social y política. Mucho tiempo. No hemos llegado a una situación irreversible, ni estamos en las disyuntivas del período de entreguerras. Pero hay que ponerse a trabajar sin pausa.

29/07/2016

Jesús Jaén es militante de Anticapitalistas



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