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Galiza: Elecciones del 25S
Entre la hegemonía del PP y los retos de En Marea
27/09/2016 | Manuel Alonso

La mayoría absoluta del PP de Feijoo en Galiza es el epílogo de un proceso de lucha abierto en el Estado español en mayo de 2011, que llega después de la significativa derrota a la alternativa antiausteritaria en las elecciones de junio y confirma que el bloque continuista mantiene la posición de fuerza en el Estado. Las fuerzas acumuladas por las movilizaciones en los últimos años, salvo excepciones a nivel municipal, no han sido suficientes para desplazar a la derecha de las instituciones.

El PP no sólo revalida su mayoría absoluta, sino que obtiene 7 mil votos más que en las anteriores y aumenta dos puntos el porcentaje, hasta rozar el 48%. Una victoria sin paliativos, a la que poco o nada le pesó la corrupción, el desmantelamiento de lo público o el aumento de la precariedad: Feijoo dejó claro que votar al PP era votar a un partido de orden cuya nación tiene su capital en Madrid, no en Compostela.

El PP se autodenominó frente de derechas, para intentar liquidar la competencia de Ciudadanos. El partido de Rivera, sin implantación en Galiza hasta el punto de presentar a una candidata incapaz de expresarse correctamente en lengua gallega, fue incapaz en todo momento de articular un discurso propio. El momento culminante de la zozobra de C´s fue la declaración sin ambages del apoyo a Feijoo si este necesitase su apoyo en la investidura. Da la impresión de que el universo naranja, después de la explosión inicial desde Catalunya, se está contrayendo poco a poco, y que puede acabar siendo de nuevo un partido de ámbito “regional”.

A pocos pudo sorprender el nuevo descalabro del PSOE. Leiceaga, un candidato procedente del BNG y proclive a pactar con En Marea, tuvo que enfrentarse a una difícil situación interna, réplica de la que vive el PSOE en el resto del Estado. Su ala derecha, encabezada por el alcalde de Vigo, un Abel Caballero que ha adoptado como eslogan propio “yo derroté a las mareas”, llegó a presionar a su dirección federal con llamar a la abstención si no se favorecían sus candidatos en las listas del partido. Nada de esto pudo beneficiar electoralmente a un PSOE que sufrió su tan temido “sorpasso”. Y, si bien no es la primera vez que el PSOE se ve relegado a tercera fuerza en el parlamento gallego, sus resultados en el resto del Estado confirman que el PSOE tiene muy difícil recuperar el terreno perdido. Probablemente, la posición de bloqueo que en Galiza pretendía buscar el sector de Abel Caballero con su oposición a “las mareas”, análoga en gran parte del PSOE estatal, sea su última ofrenda, a modo de sacrificio, en el altar de la Transición.

El BNG fue, junto al PP, el otro partido que puede sacar pecho del 25S. Con unas encuestas que les daban dos, o incluso un único diputado, el Bloque sacó seis (uno menos que hace cuatro años) gracias a una gran campaña y con una candidata muy sólida. El BNG no arrastró tras de sí al voto nacionalista, que se dividió entre ellos y En Marea, sino que fue capaz de arrebatar votos a los de Villares por la izquierda. En las grandes ciudades, donde En Marea perdió 30 mil votos respecto a junio, el Bloque se hizo con 22 mil de ellos. Si algo pone de relieve el resurgir del BNG, es que las campañas y las propuestas sí que importan.

En cuanto a En Marea, si bien el “sorpasso” al PSOE en votos (que no en escaños, y a falta de que el voto por correo pueda darle un diputado más por Ourense) avanza en la descomposición de uno de los partidos pilares del régimen del 1978, lo cierto es que la resistencia de la derecha en el poder parece haber cerrado la posibilidad a cualquier salida rupturista de la crisis, y nos aboca a un lavado de cara que puede dejar todo tal y como está. El final de los procesos de lucha, con esporádicos repuntes como las movilizaciones por la sanidad en torno al nuevo hospital de Vigo, nos emplazan a una situación de reflujo que permitirá profundizar en la acumulación por desposesión que las clases populares gallegas llevan sufriendo en los últimos años. La derrota de este domingo marca una línea divisoria entre la alternativa que pudo ser y la realidad ya conocida de lo que será, una realidad de recortes y privatizaciones.

Moderación es la palabra que mejor puede definir la campaña de En Marea. Con el deseo expreso de captar el asustadizo voto del PSOE, de ofrecer una imagen de aplicados administradores en lugar de una fuerza política dispuesta a cambiar nuestra realidad, En Marea se vistió de gris para ofrecer una campaña deslucida, centrada en el discurso anticorrupción del PP y, hasta la última semana, ajena a cualquier propuesta que pudiese ilusionar al electorado. Además, sus continuas interpelaciones a un pacto de gobierno con el PSOE, dando por hecho que este se iba a producir a cualquier precio y en cualquier situación, dificultaron que apareciera con un perfil nítidamente diferente a los socialistas. Si durante la campaña se infiltró el debate podemita entre el miedo o la seducción, hay que reconocer que En Marea se esforzó por no asustar ni seducir. Esta fue una de las claves de la recuperación del BNG que se apoyó sin duda en una En Marea aburrida, alejada de posiciones de ruptura con el marco actual: la insistencia de Villares en desarrollar el estatuto de autonomía, después de un ciclo de lucha que precisamente reclama la superación del actual modelo de Estado, es el mejor síntoma de la falta de audacia y autocomplacencia de En Marea, sobre todo en comparación con la campaña electoral del 20D, en la que el derecho a decidir figuraba con un papel importante en los discursos.

¿Qué nos toca ahora? Lo primero es ser conscientes de que En Marea, el partido instrumental que aspira a aglutinar las fuerzas acumuladas durante el último ciclo de movilizaciones, no es irreversible. Las tensiones entre las cúpulas de las organizaciones que la lideran podría llegar a dislocar En Marea y situarnos de nuevo en la casilla de salida, pero esta vez con el lastre del fracaso en la construcción de una alternativa fiable y consistente. Por eso, nuestro objetivo tiene que ser el fortalecimiento del espacio En Marea, ampliando su base a través de las asambleas municipales y poniendo en marcha los mecanismos de control democráticos necesarios para evitar la autonomización del grupo parlamentario o de la coordinadora de En Marea, que fue ratificada, pero no elegida, de forma excepcional para llevar adelante el proceso electoral.

Sin duda, queda mucho trabajo por hacer. La constitución de En Marea a partir de una serie de documentos aprobados con un debate apresurado tiene que dar lugar a un nuevo proceso constituyente, en el que la militancia de En Marea, como tal, de forma orgánica a lo que debería de convertirse en ese partido-movimiento que prepare, de forma paciente, una alternativa a la derecha en lo electoral y en lo social. Tenemos muy reciente el ejemplo de AGE, revulsivo electoral en 2011 y ejemplo de la precocidad gallega en la camino hacia el frente popular como medio para romper el bloqueo institucional de la Transición, pero que también nos mostró que sin ampliar la base por abajo, un grupo parlamentario sirve como altavoz en youtube, pero no para construir un movimiento sólido por la base, capaz de alzarse en alternativa de gobierno de cambio.

Dotar a En Marea de profundidad por abajo es necesario en una coyuntura de desmovilización. Las asambleas locales que hemos ido creando desde hace más de un año son el punto de partida idóneo para conseguirlo, y desde luego, las mareas municipales son una palanca necesaria, pero hay que incluir también a nuevos actores que se han ido incorporando al proceso.Tenemos que aprovechar todo ese caudal, sostenerlo en un momento de reflujo y, desde ahí, construir con paciencia el partido-movimiento que debe de ser En Marea para cambiarlo todo, para que nada siga igual.

26/09/2016

Manuel Alonso es militante de Anticapitalistas y participa en En Marea

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