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Arabia Saudí
Los mil rostros de la protesta
24/09/2016 | Pascal Menoret

Pocas informaciones circulan sobre la protesta en Arabia saudita. Sin embargo, ésta es antigua, multiforme, a menudo realizada por islamistas que reclaman reformas, el fin de la represión, una lucha real contra la corrupción e incluso el establecimiento de una monarquía constitucional. A todas esas demandas, el poder responde con la represión.

Unos meses después de la destrucción de las torres gemelas de Manhattan, el 11 de septiembre de 2001, un príncipe saudita, con responsabilidades políticas, declaró en una entrevista: “Quienes hemos hecho nuestros estudios en Occidente estamos a favor de la democracia, pero ¿qué digo? Somos verdaderos demócratas. Pero si damos al pueblo el derecho a voto, ¡por quién piensa Vd. que votará, si no es por los islamistas? ¿Cómo quiere Vd. que introduzcamos la democracia en Arabia? Aunque no nos falten ganas” /1. Este punto de vista da por sentado que los islamistas son los enemigos de la democracia incluso si para llegar al poder toman la vía democrática. Sin embargo, quizá sin darse cuenta, en sus declaraciones el príncipe reconocía tanto la legitimidad de los islamistas como la impopularidad de la familia real.

El temor de que los islamistas vengan a turbar la vida política saudita ha provocado medidas de represión sin precedentes desde la revolución iraní de 1979 y la ocupación de la gran mezquita de La Meca por salafistas armados el mismo año. En el curso de los últimos decenios, decenas de miles de personas han sido encarceladas y miles asesinadas en nombre de la estabilidad del régimen. Y sin embargo, existe en Arabia saudita un buen número de movimientos sociales que se inspiran en parte en el islamismo en sus formas diversas y que intentan crear movimientos de masas y organizar protestas contra este entorno tan represivo. Estos movimientos apenas tienen representación institucional puesto que los partidos políticos fueron prohibidos en 1932, las manifestaciones y las huelgas en 1956. Y desde 2014 toda acción colectiva es asimilada al terrorismo y reprimida en consecuencia. A pesar de todo, estos movimientos, a menudo salidos del islam político, logran sacar a la gente a la calle y enviarla a las urnas para protestar contra tal o cual orientación del Estado. Luchan por imponer reformas, denunciar los abusos de poder, reivindicar una monarquía constitucional y el respeto de los derechos humanos. Este artículo tiene por objeto explicar el éxito de algunos de estos movimientos y el fracaso de los otros, y evaluar su eventual aporte al futuro de la política saudita.

Sahwa, el “despertar islámico”

Al-sahwa al-islamiyya, “el despertar islámico” (corrientemente llamado “Sahwa”), es uno de los movimientos sociales más antiguos de Arabia Saudita. Es la expresión saudita de redes transnacionales compuestas de activistas egipcios, sirios, iraquíes, indios, yemenitas y sauditas, venidos de diferentes horizontes políticos, algunos de ellos de inmigrantes que llegaron al país a partir de 1952. En el pasado, la familia real Al-Saud acogió favorablemente a losHermanos Musulmanes de Egipto y de Siria en el exilio, a la vez que las prohibía la creación de una hermandad saudita.

Los Hermanos Musulmanes sauditas están repartidos entre cuatro grupos informales: dos de ellos en el centro del país, uno en la provincia oriental (Al-Charquiya), y otro en el Hedjaz. A partir de los años 1970, los Hermanos Musulmanes han estado activos en el sistema educativo y en los medios. Se presentaban como defensores de una cultura islámica más inclusiva y más moderna que la de la enseñanza religiosa oficial. Criticaban también la influencia de expertos extranjeros en el seno de las instituciones del Estado.

En los años 1960 y 1970, al mismo tiempo que los Hermanos Musulmanes, surgieron grupos salafistas en el marco de la Sahwa. Nacidos de una voluntad de reinterpretar los textos religiosos de los que el Estado saca su legitimidad, se dividieron también en varios grupos, y su interpretación del dogma va del quietismo a las doctrinas revolucionarias. Algunos salafistas sostienen al Estado y su política religiosa, otros critican las instituciones religiosas oficiales. Unos demandan reformas políticas mientras que otros llaman a combatir con las armas al Estado y sus apoyos occidentales. Están unidos por una tendencia a rechazar el imperativo de acción política organizada, exigiendo al individuo modificarse él mismo primero para convertirse en un musulmán regenerado. Los Hermanos Musulmanes, en cambio, creen en la necesidad de la organización política y en la posibilidad de reforma la sociedad de abajo a arriba. La Sawha se compone tanto de salafistas como de Hermanos Musulmanes.

¿Cómo pueden unos islamistas oponerse a un Estado que debe su legitimidad a su adhesión estridente a la ortodoxia sunita más estricta? Los salafistas así como los Hermanos Musulmanes sostienen que la familia Al Saud ha abusado de la religión transformándola en una herramienta de poder. Contra esta servidumbre de la religión a la política, esperan utilizar la capacidad de las redes religiosas como murallas potenciales contra el autoritarismo. Los islamistas creen que movilizar así las redes religiosas permitirá oponer la ley de Dios a los métodos de la familia real, incluyendo su cooperación con los Estados Unidos y Europa, percibida como una tentativa de recolonizar el Próximo Oriente.

Militantes de la Sahwa tomaron parte en las protestas masivas contra la primera guerra del Golfo (1990-91), cuando Arabia saudita servía de base de retaguardia a los ejércitos occidentales desplegados contra Saddam Hussein. Los islamistas sauditas reclamaban la ruptura de los acuerdos militares con los Estados Unidos y Europa, así como la independencia de la magistratura, el respeto de los derechos huamnos, la libertad de expresión, la prohibición de la tortura, una extensión del Estado de bienestar y el fin de la corrupción. Los Al Saud respondieron reforzando sus poderes, con la adopción en 1992 de la Ley Fundamental y reprimiendo al movimiento islamista a partir del año siguiente. Cuando se produjo su salida de la cárcel a finales de los años 1990, algunos militantes fueron autorizados a participar en la puesta en marcha de reformas muy limitadas. En el curso de la breve “Primavera saudita” de 2003, reclamaron de nuevo cambios políticos, aportaron su apoyo a una monarquía constitucional y exigieron una vez más que los derechos humanos fueran respetados. Los atentados de 2000-2005 contra los occidentales suscitaron detenciones masivas y este proyecto de reforma fue rápidamente ahogado.

Sin embargo, candidatos islamistas ganaron las elecciones municipales de 2005 en Riad, Djeddah, Dammam, La Meca, Taef y Tabuk. Lograron burlar las reglas draconianas del sistema electoral que prohibía a la vez las coaliciones de candidatos y los programas fundados explícitamente en la religión. La respuesta de los islamistas -incluyendo salafistas, que lograron algunos escaños en Dammam y Djeddah- consistió en llegar a alianzas clandestinas, con la ayuda de redes militantes ya en pie. Pero estas elecciones no presagiaban ninguna apertura política. Los electores no designaban más que la mitad de los consejeros municipales, siendo la otra mitad nombrada por el gobierno; y estos consejos no tienen ningún poder, su papel es únicamente consultivo. La débil participación (alrededor del 11% en Riad) muestra hasta qué punto la población se había desinteresado por un escrutinio en gran medida percibido como desprovisto de toda significación. Sin embargo estas victorias de los islamistas sorprendieron y no han sido jamás reconocidas por el Estado. Para las siguientes elecciones, la administración modificó el código electoral para impedir otra victoria islamista, a la vez que reprimía toda acción política organizada con un rigor mayor aún.

En 2011, en víspera de los levantamientos árabes, activistas de la Sahwa publicaron numerosas peticiones dirigidas al rey Abdalá Ben Abdelaziz Al-Saud, entre ellas una titulada “Hacia un Estado de derecho e instituciones”, que abogaba a favor de elecciones libres y otra, de tinte más salafista, se titulaba “Llamamiento a la reforma”. En 2013, aportaron también su apoyo al depuesto presidente egipcio, Mohamed Morsi. En febrero de 2011, militantes salafistas fundaron el Partido de la Umma (Hizb al-umma) a pesar de la prohibición de los partidos políticos, reclamando elecciones libres y la separación de poderes. Los miembros fundadores fueron todos detenidos y los reformadores reducidos de nuevo al silencio.

La Asociación por los Derechos Políticos y Civiles

El movimiento político más importante salido del islamismo sunita es la Asociación por los Derechos Políticos y Cívicos (jam‘iyya al-huquq al-siyasiyya wa-l-madaniyya) o HASM, un acrónimo que significa “determinación”.

Creada en 2009 por destacados militantes de la Sahwa, defensores de los derechos humanos y miembros de la sociedad civil, HASM ha “reinventado el islamismo como activismo” y esbozado “una visión de reforma política”. El movimiento reclamaba el fin de la represión, estando a favor de los derechos de los presos políticos y exigiendo una monarquía constitucional.

La acción directa no violenta está en el corazón de la estrategia de los militantes de HASM. Como afirma el militante islamista Abdallah Al-Hamid, la “lucha por la palabra” (jihad al-kalima) o la “lucha pacífica” (jihad selmi) deberían ser los principales medios de oponerse a las injusticias del Estado. Los miembros de HASM tienen en su punto de mira tanto el no aconsejar al rey más que en privado (nasiha), que defiende el establecimiento religioso, como la represión del activismo político, tolerada por el clero. Para ellos, la represión estatal y la prohibición de las manifestaciones pacíficas son las principales causas de la escalada de la violencia política en 2003-2004, cuando Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) lanzó una serie de ataques contra consejeros occidentales militares y policías en el interior del reino.

Los procesos públicos a los militantes de HASM en 2011-2012 ofrecieron una ocasión para acciones colectivas y de lobbying, sirviéndose los activistas de ellas como tribuna para criticar la represión y expresar sus puntos de vista sobre la reforma política. Todos los fundadores del movimiento fueron condenados a duras penas por el tribunal especial creado en 2008 para juzgar los asuntos de terrorismo. En 2013, este tribunal pronunció la disolución de HASM /2.

El lugar de los chiítas

La mayoría de los chiítas saudíes vive en Al-Charquiya, la provincia oriental, rica en hidrocarburos. Aunque las élites reinantes califiquen directamente al islamismo chiíta saudí de submarino iraní, este movimiento en realidad nació en las ciudades iraquíes de Nadjaf y Kerbala en los años 1950 y 1960, y en Kuwait en los años 1970. Los islamistas chiíes sauditas están afiliados al movimiento transnacional Shirazi, por el nombre del ayatolá iraquí Mohamed Al-Shirazi que pasó los treinta últimos años de su vida en Líbano, Kuwait e Irán. En 1979, los “shirazis” sauditas se levantaron contra la represión y la marginación de que eran víctimas, creando la Organización de la revolución Islámica en la Península Arábiga (munazhzhama al-thawra al-islamiyya fi-l-jazira al-arabiyya) rebautizada en 1991 como “Movimiento reformista saudí” (al-haraka al-islahiyya fi-l-sa’udiyya) y luego se acercaron a Sahwa y la familia real. El único agrupamiento chiíta islamista que mantiene relaciones con Teherán es el Saudi Hezbolá, que es mucho más pequeño y que realizó operaciones armadas en el interior del país hacia el final de los años 1980 y mediados de los años 1990.

Militantes del Movimiento Reformista Saudita firmaron los llamamientos nacionales en favor de reformas políticas en el curso de la Primavera saudí, y publicaron su propia petición, “Socios en la nación”, que reclamaba el reconocimiento oficial de la jurisprudencia del islam chiíta, la igualdad entre todos los ciudadanos y una mejor representación de los chiítas en el seno de las administraciones y los tribunales. En las elecciones municipales de 2005, los islamistas chiítas lograron la mayoría de los escaños elegidos en la ciudad de Qatif y la mitad en Hfuf. Las manifestaciones en la provincia oriental, Al-Charqiya, comenzaron en 2006 en reacción a la guerra israelí en Líbano y en apoyo a Hezbolá; varios manifestantes fueron detenidos. En 2009, enfrentamientos entre peregrinos chiítas y sunitas de camino a La Meca desencadenaron manifestaciones de masas. Durante el levantamiento en Bahrein en 2011, chiítas saudíes salieron a la calle por solidaridad con las protestas del país vecino. Un disidente shirazi, Nimr Al-Nimr organizó varias manifestaciones en la ciudad de Awamiya, que se extendieron a Qatif, Satwa y Hofuf. Las manifestaciones en la calle y su represión por la policía prosiguieron durante todo el año 2014, con decenas de militantes abatidos en plena calle o ejecutados, entre ellos Nimr Al-Nimr, ejecutado en 2016. Entre 2011 y 2014, este levantamiento en la provincia oriental fue la encarnación más tangible de una versión saudí de los levantamientos árabes de 2011.

Acabar con la corrupción

El movimiento anticorrupción se formó durante las violentas inundaciones que golpearon la ciudad portuaria de Djeddah en 2009, 2011 y 2015. El 25 de noviembre (llamado “miércoles negro”), un verdadero diluvio provocó inundaciones sin precedentes que barrieron la ciudad, matando a entre cien y cuatrocientos habitantes, destruyendo casas e infraestructuras, sobre todo en los barrios pobres. Militantes y habitantes de los alrededores se organizaron para aportar socorro a las zonas siniestradas, puesto que los miembros de la defensa civil y los bomberos estaban movilizados de cara al inminente peregrinaje a La Meca. En Djeddah, las redes de militantes propalestinos, militantes de la conservación de los monumentos así como islamistas sunitas apoyaron la movilización en favor de las víctimas de las inundaciones.

La extensión del desastre condujo a los habitantes de Djeddah a una búsqueda colectiva de las causas. Los militantes señalaban con el dedo al ayuntamiento, acusado de haber concedido permisos de construir en cualquier lugar y de haber descuidado la modernización de la red de evacuación de las aguas pluviales. Para ellos, las inundaciones son una catástrofe natural causada por el hombre. Debido a la corrupción municipal, afirmaban, las zonas inundables fueron parceladas, los canales de evacuación no fueron mantenidos y el sistema de desagües no servía más que al 8% de la ciudad. El 28 de noviembre de 2009, el abogado y militante de los derechos humanos Walid Abou Al-Khair, representando a las familias de las víctimas, presentó una denuncia ante los tribunales contra la ciudad de Djeddah. La indignación general obligó al rey Abdalá a nombrar una comisión de investigación, y varias decenas de funcionarios municipales fueron condenados a penas de cárcel.

Represión sin límites

Tras los atentados de Nueva York en 2001, Riad colaboró en la guerra contra el terror conducida por los Estados Unidos, en particular invitando a agentes del Federal Bureau of Investigation (FBI) a asistir a los interrogatorios de personas sospechosas de terrorismo /3. Después de que AQPA lanzara una campaña de atentados con bomba contra occidentales en 2000-2005, miles de personas “desaparecieron” entre las manos de los servicios de seguridad. En 2010, el país contaba con entre doce y treinta mil presos políticos. Torturas, malos tratos, violaciones, confesiones arrancadas eran moneda corriente, y lo siguen siendo. La represión y la violencia del Estado han tenido por efecto sensibilizar al público sobre la situación política y desencadenar la movilización de las familias de presos en un movimiento que era alimentado por la represión en lugar de ser frenado por ella. Cuantos más detenidos había, más posibilidades de que surgieran militantes entre sus familias.

Este movimiento comenzó en octubre de 2003 cuando una gran manifestación rodeó el lugar en el que se celebraba el primer congreso de derechos humanos en Riad /4. Los padres de los presos políticos organizaron repetidas manifestaciones y sentadas en las mezquitas de Riad, ante el Ministerio del Interior y en varias ciudades de provincias, sobre todo en el centro del país, donde el movimiento de los “partisanos” (al-munisarun) organizó decenas de manifestaciones y tuvieron a menudo enfrentamientos con la policía. Estas manifestaciones prosiguieron durante los levantamientos árabes de 2011. Al comienzo de ese año, por ejemplo, decenas de mujeres acudieron al Ministerio del Interior para exigir procesos justos a sus allegados. Entre otras consignas, gritaban: “¡Liberad a nuestros inocentes!” y “¿Dónde están nuestros hijos?”.

Como consecuencia de los levantamientos árabes, los Al Saud dieron una vuelta de tuerca más a la represión. En 2014, un decreto real definió el terrorismo como “toda acción… que tenga por objetivo dañar el orden público o perturbar la seguridad de la sociedad o la continuidad del Estado… o insultar a la reputación y el honor del Estado/5. Ese mismo año, una ordenanza del Ministro del Interior definía como actos terroristas los siguientes:

El hecho de propagar el ateísmo y la puesta en cuestión de los principios del islam sobre los que se basa la nación” (art. 1);

El hecho de prestar lealtad a algún partido político, organización, movimiento, grupo o individuo” (art. 2);

El hecho de apoyar, sumarse o simpatizar con cualquier organización, grupo, movimiento, agrupación o partido político”, incluso en las redes sociales (art. 3);

El hecho de convocar sentadas, manifestaciones, mitines, firmar comunicados o incitar a participar o hacer publicidad de lo anterior” (art. 8)

El hecho de asistir a conferencias, reuniones o mitines […] que sembrarían […] la discordia en la sociedad” (art. 9)

Según estas vagas definiciones, cualquier acción organizada, aunque sea no violenta, es designada como terrorista y reprimida. Los Hermanos Musulmanes mismos son etiquetados como terroristas.

Relanzamiento de las huelgas

Los sindicatos obreros están prohibidos en Arabia Saudita desde 1947 y las huelgas también desde 1956, después de que la compañía americana Aramco estuviera paralizada por movimientos sociales en 1945, 1953 y 1956. A pesar de esta represión tan vieja, han reaparecido conflictos laborales recientemente debido a la caída del precio del petróleo y la degradación de las condiciones de vida, sobre todo entre los obreros no calificados y los diplomados de la enseñanza superior. Desde finales de los años 2000, diplomados en paro, personal hospitalario, de la educación nacional y de los demás servicios públicos e incluso los empleados de la gran mezquita de La Meca han organizado acciones colectivas y huelgas para protestar contra el paro, los bajos salarios, los salarios impagados o la privatización de las empresas públicas. El ejemplo de estos trabajadores del sector público -saudíes en su mayor parte, pero a veces también extranjeros- ha sido seguido en el sector privado. Las reestructuraciones económicas y las privatizaciones hacen paradójicamente a los movimiento sociales más eficaces: en el contexto saudí, las sociedades privadas sufren más por la pérdida de horas de trabajo y de beneficios que las empresas del Estado. Los empleados de un operador telefónico privado, Etihad Etisalat, hicieron huelga en 2011 para obtener aumentos salariales. El movimiento se extendió en varias regiones y la compañía tuvo que revisar sus escalas salariales.

Los obreros de la construcción, sector en el que se contrata sobre todo a extranjeros, han comenzado igualmente a rebelarse. Los trabajadores del Saudi Binladin Group, una de las joyas de la construcción, hacen desde 2010 repetidas huelgas contra los bajos salarios, los salarios impagados y los despidos masivos. Todavía en 2016, miles de ellos han participado en manifestaciones y huelgas.

Éxitos reales pero limitados

Cuatro movimientos sociales -movimientos de reforma chiíta y sunita, movimiento contra la corrupción y movimiento obrero- han logrado en el curso de los diez últimos años introducir en Arabia saudita cambios, por limitados que sean. Ganaron en varias ciudades las elecciones municipales de 2005, han hecho comparecer ante los tribunales a funcionarios corruptos y han obligado a los empleadores públicos y privados a tomar en cuenta las reivindicaciones de sus trabajadores.

- Los islamistas se lanzaron a fondo a la batalla electoral de 2005 a pesar de la represión que se había desencadenado sobre sus movimientos y no obstante el poder limitado de los consejos municipales. Su victoria fue un índice de su capacidad de movilización potencial, y de la desafección relativa de la población hacia la familia real y las élites del régimen. Mostró también que en lugar de boicotear elecciones imperfectas, los islamistas podían sumarse a los procedimientos electorales esquivando las reglas complejas del escrutinio. El príncipe citado al comienzo de este artículo tenía a la vez razón y se equivocaba: elecciones fueron organizadas y los islamistas las ganaron, pero se mostró sobre todo que los Al Saud y las élites apoyadas por el Estado no son los únicos que quieren jugar el juego de la política electoral. La participación de los islamistas en esas elecciones y el apoyo que desde hace mucho dan a la idea de una monarquía constitucional son la prueba de que tienen las elecciones por una herramienta de reforma legítima.

El Estado no ha admitido jamás que los vencedores fueran islamistas; según los medios oficiales, estas elecciones no tenían más que un carácter técnico, en absoluto político, los electos para los consejos no eran más que tecnócratas sin partidarios organizados. Los funcionarios del Estado retrasaron la primera reunión de esos consejos municipales durante más de un año, queriendo con ello subrayar su insignificancia. En consecuencia, en las elecciones de 2011 y 2015, la participación, ya débil en 2005, todavía bajó más. Durante ese tiempo, el Estado prosiguió su represión de toda acción política, identificada al terrorismo desde 2014.

- El movimiento anticorrupción ha llevado a una investigación pública sobre las causas de las inundaciones de Djeddah y a la condena de varios funcionarios. El éxito era incompleto, sin embargo, pues los principales responsables -y entre ellos príncipes sauditas- no han sido inculpados. El escándalo causado por el número de muertos no explica él solo los resultados de la movilización. Las infraestructuras municipales y el desarrollo del sector inmobiliario son dos de las principales vías por las que la renta petrolera se inyecta en la economía. El sector inmobiliario y las infraestructuras están en el corazón del sistema de gobierno saudí. Los príncipes hacen donaciones de tierras a cambio de la lealtad de los beneficiarios, y para sectores importantes del mundo de los negocios, esas tierras son fuente de enriquecimiento. Los promotores, inversores inmobiliarios y propietarios de tierras gozan de préstamos públicos gratuitos y están así ligados al Estado a la vez por este endeudamiento y por sus esperanzas financieras (los préstamos inmobiliarios privados solo fueron introducidos a partir de 2012). Además, desarrollando las ciudades y transformándolas en inmensas barriadas, el Estado no solo ha creado ocasiones de inversión, sino que ha hecho la movilización y las manifestaciones más difíciles debido a la dispersión de la población. Antaño reunidos en aglomeraciones densas, los sauditas están hoy atomizados en casas individuales repartidas a través de un amplio paisaje de autopistas y de barriadas lúgubres. La tierra es por esencia política, está en el corazón del sistema de poder de la familia Al Saud, que la intervención del rey Abdalá en Djeddah intentaba preservar.

- Los éxitos del movimiento obrero han sido reales, pero muy limitados. Las huelgas que han obligado a las empresas a negociar son raras y ponen en peligro a los obreros. La prohibición de sindicatos y la represión que se abate sobre todas las acciones colectivas, incluyendo las huelgas y las manifestaciones, hacen particularmente vulnerables a los obreros peor pagados, en su inmensa mayoría inmigrantes asiáticos y árabes.

El mayor fracaso de los movimientos contestatarios sauditas es su incapacidad para superar las barreras geográficas y políticas para reunir sus fuerzas. Los grupos islamistas sunitas están tan fragmentados como los grupos chiítas. Los movimientos contra la represión y la corrupción no tienen a menudo más que una base local. En general, los movimientos de protesta sauditas están mal preparados para oponerse a la represión estatal. La ausencia de un movimiento nacional en el momento de los levantamientos que pusieron un final al reino de Ben Ali en Túnez, Hosni Mubarak en Egipto, Muammar Gadafi en Libia y de Ali Abdalá Saleh en Yemen es un síntoma de esta fragmentación. Ciertamente hubo manifestaciones en enero de 2011: centenares de sauditas salieron a la calle contra la corrupción y a favor de la transparencia. Durante varios días, hubo manifestaciones ante edificios municipales y ministerios clave; se dieron algunas inmolaciones por fuego entre 2011 y 2013 en respuesta al suicidio por fuego del vendedor ambulante Mohamed Bouazizi que había marcado el inicio de la revolución tunecina. Las mayores manifestaciones se desarrollaron en las zonas chiítas de la provincia oriental. Sin embargo estas protestas no se fundieron en un levantamiento nacional. Toda posibilidad de movilización general fue aplastada en el huevo mediante un masivo despliegue de policías en la capital, la detención de numerosos militantes (incluyendo miembros del HASM y decenas de activistas chiítas) y por una escalada de la violencia entre chiítas y fuerzas de seguridad en la provincia oriental.

Represión en todas partes, reforma en ninguna

El autoritarismo saudita es poco sutil. Consiste en una prohibición de toda acción política, un recurso frecuente a la violencia policial, la opacidad y la desinformación. Hay razones históricas para esta situación. La familia Al Saud ha consolidado su control sobre el país contra las protestas y la insatisfacción populares con la ayuda de la compañía petrolera americana Aramco y la cooperación de expertos en seguridad occidentales y árabes. En el curso de los últimos decenios, el Estado saudita ha gozado de la ayuda jordana, egipcia, francesa, británica y americana para poner en pie un aparato de represión particularmente brutal. Esta represión sin límites no significa sin embargo que miembros de las élites islamistas no han sido, de vez en cuando, integrados en los ministerios de educación, de los medios y de los asuntos islámicos. Pero cada vez que hay islamistas que protestan contra el autoritarismo y critican la alianza americano-saudita, los Al Saud recurren a tácticas más violentas.

La represión de los años 1990 contribuyó sin duda a la radicalización de ciertos sectores marginales del islamismo, a la creación de Al Qaeda así como a una escalada de la violencia en la región y en el mundo. La guerra contra el terror en su versión saudita estuvo acompañada en los años 2000 por ciertas reformas limitadas, entre ellas la introducción de las elecciones municipales. Ahora bien, estas aperturas muy controladas no han modificado sustancialmente la fórmula del poder. Y las leyes de 2014 sobre el terrorismo han extendido la definición de éste para incluir toda protesta pacífica, toda palabra política y toda acción organizada. El Estado saudita conserva entre sus manos los plenos poderes, que le permiten aplastar cualquier protesta y cualquier crítica, por pacífica y constructivas que sean.

La llegada al poder en 2015 del rey Salman no augura nada bueno en cuanto al porvenir político, que parece más sombrío que nunca. Su predecesor, el rey Abdalá estaba en el origen de las reformas -muy limitadas- de los años 2000 (fue igualmente el arquitecto principal de la guerra contra el terror en versión saudita). A diferencia de éste, el rey Salman no ha dicho nada sobre reformas políticas. Su “Visión saudita 2030” presentada en 2016 preconiza la austeridad, las diversificación económica y la privatización de los servicios públicos. Promete también más empleos y diversión. En ausencia de toda reforma política y a medida que disminuyen los gastos públicos, la represión policial seguirá siendo el alfa y omega del sistema político saudí. Menos que nunca, los Al Saud podrán pretender ser “verdaderos demócratas” en ese país.

http://orientxxi.info/magazine/les-mille-visages-de-la-contestation-en-arabie-saoudite,1455

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR

Pascal Menoret. Profesor en la universidad de Brandeis (Massachuset). Antropólogo e historiador, arabista, es autor de L’Énigme saoudienne. Les Saoudiens et le monde, 1744-2003 (La Découverte, 2003), de L’Arabie, des routes de l’encens à l’ère du pétrole (Gallimard, 2010) et de Royaume d’asphalte. Jeunesse en révolte à Riyadh (La Découverte/Wildproject, 2016).

Artículo original, “Repression and Protest in Saudi Arabia”, Brandeis University, Crown Center for Middle East Studies n° 101, agosto 2016

Notas

1/ Nota de terreno, Riad, junio 2002

2/ Madawi Al-Rasheed, Muted Modernists : The Struggle over Divine Politics in Saudi Arabia, Hurst Publishing, Londres, 2015), pp. 33–34.

3/ Testimonio de Thomas J. Harrington, subdirector adjunto de la sección contraterrorista del FBI ante la comisión de asuntos exteriores de la cámara de representantes, Washington DC, 24/03/2004.

4/ NDLR. Se había deslizado un error en la traducción (al francés).

5/ Decreto real sobre los crímenes de terrorismo y su financiación, publicado el 31/01/2014



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