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EE UU
La intoxicación por plomo: el escándalo ocultado
23/09/2016 | Helen Epstein

1.

En diciembre de 1993, un casero de un barrio bajo de Baltimore, Lawrence Polakoff, arrendó un piso a una madre soltera de 21 años de edad y su hijo de tres años, Max/1. Pocos días después de instalarse, invitaron a la madre de Max a participar en un estudio comparativo destinado a discernir cómo los diferentes métodos de renovación de las viviendas protegían a los niños frente a la intoxicación por plomo, que sigue siendo un importante problema que amenaza la salud de millones de niños estadounidenses, muchos de ellos de familia pobre.

El Congreso había prohibido la venta de pinturas al plomo para interiores en 1978, pero estas permanecieron en las paredes de millones de viviendas de todo el país y no había ningún plan federal adecuado para afrontar este problema. En Baltimore, la mayoría de viviendas de los barrios pobres contenían al menos alguna pintura al plomo, y cerca de la mitad de los niños que vivían en esos hogares tenían unos niveles de plomo en sangre bastante superiores a los considerados seguros por los Centros de Control de Enfermedades. El nivel de plomo en sangre de Max era bajo cuando se mudó al piso de Polakoff, pero el casero había sido citado al menos diez veces en el pasado por incumplir las ordenanzas de Baltimore en materia de pinturas al plomo, y varios de sus inquilinos lo denunciarían más tarde por envenenar a sus hijos, de modo que el pequeño Max corría un grave peligro.

El estudio en que participaban Max y su madre corría a cargo de dos científicos adscritos a la Universidad Johns Hopkins de Baltimore y contaba con el apoyo de la Agencia de Protección Medioambiental de EE UU. Los científicos habían creado una asociación con un contratista local que localizaba a propietarios de viviendas en alquiler en los barrios pobres como Polakoff y les urgía a arrendarlos preferentemente a familias con niños de seis meses a cuatro años de edad, que es cuando empiezan a gatear y caminar por el hogar y cuando la exposición al plomo es más peligrosa para el cerebro en formación. Si los progenitores aceptaban, su vivienda se sometería a uno de tres distintos tipos de eliminación del plomo y sus hijos –todos los cuales estaban sanos, eran normales y tenían bajos niveles de plomo en sangre cuando se integraron en el estudio– serían objeto de analíticas regulares para comprobar si sus niveles de plomo ascendían o descendían/2.

Los tres métodos de eliminación del plomo se diferenciaban por el coste y el nivel de contundencia. En 25 viviendas se rascaron las paredes que tenían la pintura desconchada y se repintaron, y se colocó un felpudo delante de la entrada principal. Este era el llamado“saneamiento de nivel I”, cuyo coste no debía exceder de 1 650 dólares. En otro grupo de 25 viviendas se aplicó el “saneamiento de nivel II”, que era más amplio y en el que se rascó toda la pintura desconchada, se colocaron felpudos en todas las entradas, se instaló un revestimiento de suelo fácil de limpiar y las paredes deterioradas se cubrieron con placas de yeso. El coste de estas medidas no debía superar los 3 500 dólares. En un tercer grupo de 25 viviendas se llevaron a cabo todas estas medidas y además se sustituyeron todas las ventanas. El coste de este “saneamiento de nivel III” no debía ser superior a 7 000 dólares. También se incluyeron en el estudio dos grupos de control de 25 familias cada uno. La mitad de ellas vivían en pisos construidos después de la prohibición de la pintura interior al plomo en 1978, y la otra mitad en casas más antiguas que se suponía habían sido totalmente renovadas en el pasado.

En el apartamento de Max se aplicó el nivel de saneamiento II. Durante la ejecución de los trabajos, el contratista detectó algunos “puntos calientes”, es decir, superficies con pintura al plomo que podían desprender un polvo peligroso. Se los señaló a Polakoff y registró su ubicación en unos formularios que se remitieron a los investigadores, pero nadie informó a la madre de Max. Debido a la limitación del coste del nivel de saneamiento II, no se procedió a sanear los puntos calientes. Cuando hicieron la analítica de Max seis meses más tarde, su nivel de plomo en sangre casi se había cuadruplicado, alcanzado un grado que se sabe causa un daño cerebral permanente.

En 1990, Leslie Hanes, otra joven soltera negra se mudó a un apartamento en el que se suponía que había sido eliminada totalmente la pintura al plomo unos años antes. En 1992 dio a luz a una niña, Denisa, y en la primavera del año siguiente ella también se apuntó al estudio sobre el plomo en bebés/3. En la víspera del día en que Hanes firmó el formulario de consentimiento, el contratista descubrió que su apartamento de hecho no estaba libre de plomo. Se procedió a eliminar la pintura al plomo que quedaba, pero en el mes de septiembre siguiente el nivel de plomo en sangre de Denisa se había más que triplicado y había alcanzado un nivel seis veces más alto que el que en aquel entonces consideraban seguro los Centros de Control de Enfermedades.

Nadie informó a la madre de Denisa del resultado de la analítica durante tres meses, hasta casi llegada la Navidad. El asistente del estudio que se lo contó le deseó felices fiestas y le aconsejó que fregara más a fondo la escalera de entrada y no dejara que Denisa, que por entonces tenía 18 meses de edad, se llevara las manos a la boca. Cuando Denisa ingresó finalmente en el colegio, tuvo problemas para mantener el ritmo y hubo de repetir el segundo curso. Esto sorprendió a su madre, que había estudiado en la universidad con notas excelentes. Según contó Hanesa Manuel Roig-Franzia, del The Washington Post,en 2001, a veces Denisa volvía a casa llorando porque pensaba que era tonta. “No, mi amor, no eres tonta”,le decía Leslie. “Simplemente hemos de trabajar más.”

La relación entre la intoxicación por plomo y el bajo nivel del Coeficiente de Inteligencia (CI) se basa en los hallazgos de estudios epidemiológicos de grandes grupos de niños, de manera que no hay manera de saber si los problemas de Denisa –o de cualquier niño o niña en particular– se debían a la intoxicación por plomo. Algunos niños tienen un CI bajo porque han nacido así o por algún otro motivo, pero dado que el nivel de plomo en sangre de Denisa era tan elevado, es muy probable que en su caso la causa fuera la intoxicación por plomo.

¿Por qué se permitió la realización de un experimento tan antiético? El libro Lead Wars* (Guerras de plomo), de Gerald Markowitz, de la Universidad de Columbia en Nueva York, y David Rosner, de la Universidad de Columbia, demuestra de modo convincente que el estudio con los bebés de Baltimore fue posible gracias a una tradición política secular en que la administración de EE UU, confrontada repetidamente con la necesidad de optar entre la protección de los niños frente a la intoxicación por plomo y la defensa de las empresas que fabricaban y comercializaban la pintura al plomo, casi siempre elegía esta última. Así se corrompieron algunas de las investigaciones científicas sobre la intoxicación por plomo.

Mucho antes de que se concibiera el estudio de Baltimore con los bebés, millones de niños sufrieron atrofia del crecimiento y de la inteligencia debido a productos de consumo contaminados por plomo, y hoy en día aún hay cerca de cinco millones de niños en edad preescolar expuestos al mismo peligro. Un experto incluso ha calculado que el hecho de no haber resuelto tempranamente el problema de las pinturas al plomo puede haber costado a la población estadounidense, en promedio, cinco puntos del CI, suficientes para duplicar el número de niños retrasados y reducir a la mitad del número de niños dotados en el país. No solo nuestra nación habría sido más inteligente si sus dirigentes hubieran prohibido en su momento las pinturas al plomo, sino que también habría sido más segura, pues se sabe que el plomo genera impulsividad y agresividad. Los niveles de plomo en sangre de criminales adolescentes suelen ser varias veces superiores a los de adolescentes no criminales, y existe una clara correlación geográfica entre niveles de criminalidad y exposición al plomo en ciudades de EE UU/4.

En el año 2000, las dos madres demandaron al Kennedy KriegerInstitute, afiliado a la Universidad Johns Hopkins, que había contratado a los científicos. Las demandas fueron desestimadas por un tribunal de primera instancia, pero después de que un tribunal de apelación decidiera reabrir el caso, las madres llegaron a un arreglo con el instituto cuyos términos se desconocen. La sentencia del tribunal de apelación, de 96 páginas de extensión, equiparó el estudio de Baltimore sobre el plomo con el notorio experimento Tuskegee, en el que se denegó el tratamiento con penicilina a cientos de hombres negros que habían contraído sífilis, de manera que los investigadores del Servicio de Salud Pública de EE UU pudieron estudiar la evolución de la enfermedad.

En septiembre de 2011, otros 25 progenitores que participaron en el estudio con los bebés incoaron una demanda colectiva contra el Kennedy KriegerInstitute, acusándole de negligencia, fraude, lesiones y violación de la ley de protección de los consumidores de Maryland. Puesto que los historiales médicos de los niños son confidenciales, únicamente los progenitores y los investigadores saben a ciencia cierta cuáles de ellos, si es que hubo alguno, resultaron envenenados, pero todos los demandantes afirman que sus hijos habían corrido peligro. La sentencia todavía está pendiente.

Sorprendentemente, muchos expertos en salud pública y profesores de ética defendieron el estudio de Baltimore sobre el plomo en bebés. Al igual que toda la investigación médica que se realiza en EE UU, este estudio había sido revisado de antemano por un comité de ética, en este caso uno existente en la Johns Hopkins. Según Markowitzy Rosner, el informe del comité solo se preguntó si los niños del grupo de control, que vivían en pisos supuestamente libres de plomo, sacarían algún beneficio del estudio, pero no dijo nada sobre el posible daño causado a los niños de los grupos experimentales. En una serie de comentarios de revistas médicas a raíz de la sentencia del tribunal de apelación, muchos expertos en salud pública y bioéticos profesionales se quejaron de que la resolución judicial era un desastre para su profesión. El presidentede la Johns Hopkins incluso predijo (sin razón) que perderían millones de dólares de financiación de la investigación del Estado. Otros alegaron que investigaciones como el estudio de los bebés eran necesarias si se quería hallar soluciones a los problemas de los pobres/5.

Está claro que los investigadores científicos deberían tratar de encontrar soluciones de menor coste para problemas graves de salud pública como la intoxicación por plomo. Sin embargo, tres aspectos del experimento descrito parecen especialmente ultrajantes. En primer lugar, se animó a los caseros reclutados para el estudio a arrendar sus pisos preferentemente a familias con niños pequeños, pero no se informó de antemano a los progenitores de que se les iba a proponer la participación en un experimento o de que harían mejor en buscar una vivienda libre de plomo. En segundo lugar, no se informó a los progenitores cuando se detectaron “puntos calientes” con altas concentraciones de plomo en sus apartamentos, ni cuando aumentaron los niveles de plomo en sangre de sus hijos. Si les hubieran informado, tal vez habrían decidido sanear sus viviendas por su propia cuenta, o incluso mudarse a otro sitio, lo que tal vez sería negativo para los investigadores, pero supondría un potencial beneficio para la vida de los niños.

El tercer aspecto, y el más sangrante, es que los científicos sabían de antemano, casi con certeza, que las medidas de saneamiento de los niveles I y II –los más baratos de los tres métodos empleados– no impedirían que los niños se envenenaran con plomo. Markowitzy Rosnerno aclaran esto en Lead Wars, de modo que muchos lectores tal vez no se percaten de lo problemático que fue realmente el estudio con los bebés/6.En la década anterior al comienzo del estudio, los científicos habían realizado otros dos estudios en que las viviendas de niños con unos niveles de plomo relativamente altos fueron objeto de medidas similares a las de los niveles I y II de saneamiento. Algunas de estas viviendas fueron visitadas además cada medio mes por un “equipo profesional de control de polvo”, cosa que no ocurrió en el caso de los hogares del estudio con bebés. Al cabo de un año, los niveles de plomo en sangre de algunos de los niños de estos estudios anteriores habían ascendido tanto que hubo que hospitalizarlos/7.La causa más probable es que dichos métodos de saneamiento más baratos no implicaron la sustitución de las ventanas recubiertas con pintura al plomo, que pueden generar ráfagas de polvo de plomo cada vez que se abren o se cierran/8.

Tal como escribió uno de los científicos en una carta de 1984 a la New EnglandJournal of Medicine, estos métodos parciales no deberían utilizarse para proteger a la población en general: “más cambios permanentes… como la sustitución de la caja de una ventana deteriorada, puede ser una solución más eficaz a largo plazo”/9.En estudios posteriores, los científicos demostraron que la sustitución de ventanas era, en efecto, crucial para la reducción de la presencia de polvo de plomo en hogares contaminados/10y que la cantidad de polvo de plomo que quedaba en las viviendas de los bebés del estudio después de los saneamientos de nivel I y II era similar, y en algunos casos incluso mayor, a la hallada en numerosos apartamentos en los que hubo intoxicaciones de niños en la década de 1980/11.¿Por qué procedieron entonces los científicos a ensayar dos métodos ineficaces de eliminación del plomo en niños sanos?

Los propios investigadores fueron al parecer personas honestas. El jefe de grupo, J. Julian Chisolm, realizó en la década de 1950 una encuesta puerta a puerta entre los niños de los barrios pobres de Baltimore y descubrió que en promedio sus niveles de plomo eran seis veces mayores que entre los trabajadores de la propia industria del plomo. Entonces contribuyó a desarrollar un tratamiento denominado quelación, en el que administraban a los niños intoxicados por plomo inyecciones de productos químicos que se enlazan con el plomo y lo extraen de los tejidos, de manera que pueda ser excretado. Las inyecciones son dolorosas, tienen que administrarse durante varias semanas y no previenen el daño cerebral, pero sí evitan la muerte.

Mark Farfel, un colega más joven de Chisolm, declaró a The Baltimore Sunque siempre le había molestado que los niños que ya estaban enfermos recibieran un tratamiento hospitalario avanzado, pero que se hiciera tan poco po revitar de entrada que niños sanos se envenenaran con el plomo. Farfelse negó a hablar con Markowitzy Rosner, y Chisolm ya no estaba vivo cuando estos empezaron a escribir su libro. Sin embargo, por lo que relatan en Lead Wars, cabe imaginar hasta qué punto estos hombres no pudieron resistir efectivamente el clima de indiferencia gubernamental hacia los pobres, de prejuicios raciales omnipresentes y de irresponsabilidad a la hora de tomar decisiones que influyó en las políticas gubernamentales a lo largo de toda la crisis del envenenamiento por plomo.

2.

El problema surgió a comienzos del siglo XX, cuando en todo EE UU hubo una avalancha de casos de intoxicación por plomo en niños. Los síntomas –vómitos, convulsiones, encías sangrantes, extremidades paralizadas y dolores musculares tan fuertes que “no soportaban el peso de la ropa de cama”, como los describió un médico– pudieron reconocerse al instante porque eran parecidos a los síntomas de los trabajadores intoxicados al pintar bañeras o preparar aditivos para pinturas y gasolina. Una fábrica de Dupont incluso tenía el mote de “la casa de las mariposas”, porque había numerosos trabajadores que tenían alucinaciones viendo insectos volando alrededor. Muchas víctimas tuvieron que ser retiradas en camisas de fuerza, y algunas murieron.

En la década de 1920 ya se sabía que una causa común de la intoxicación por plomo en la infancia radicaba en la ingesta de trocitos de pintura al plomo. La pintura al plomo era muy popular en EE UU porque su brillo encajaba bien con la pasión nacional por la higiene y la modernidad, pero los trocitos de pintura que se desconchaban tenían un sabor dulce, y no sería fácil impedir que los niños se los llevaran a la boca. Debido a los riesgos que encerraban, muchos países prohibieron las pinturas al plomo para interiores en las décadas de 1920 y 1930, entre ellos Bélgica, Francia, Austria, Túnez, Grecia, Checoslovaquia, Polonia, Suecia, España y Yugoslavia.

En 1922, la Sociedad de las Naciones propuso la prohibición a escala mundial de las pinturas al plomo, pero por aquel entonces EE UU era el país productor de plomo más grande del mundo y consumía 170 000 toneladas de pintura blanca al plomo todos los años. La Asociación de Industrias del Plomo se había convertido en una poderosa fuerza política y el gobierno de Harding, favorable a la empresas y fiel seguidor del lema “EE UU primero”, vetó la prohibición. Los productos que contenían plomo seguían comercializándose en los mercados estadounidenses hasta bien entrada la década de 1970, y a mediados de siglo el plomo estaba en todas partes: en cañerías y lámparas, juguetes pintados y cunas, en el papel de plata que envolvía los caramelos e incluso en adornos para pasteles. Dado que la mayoría de automóviles utilizaban gasolina con plomo, la concentración de este en la atmósfera también fue creciendo, especialmente en las ciudades.

Las pinturas al plomo suponían el peligro más insidioso, pues pueden causar daños cerebrales aunque no se desconchen. De las paredes emana polvo que contiene plomo, año tras año, incluso si se pinta encima. También es casi imposible deshacerse de él por completo. La eliminación de la pintura con lijadoras eléctricas y sopletes genera nubes de polvo que pueden depositarse en el suelo durante los meses siguientes, y muchos niños se han intoxicado durante el propio proceso de eliminación de la pintura al plomo. Incluso al limpiar las paredes con un paño puede generarse suficiente polvo para envenenar a un niño. Una buena renovación de la casa entera resuelve el problema, pero también puede contaminar la atmósfera alrededor del edificio durante meses. Hasta comienzos de la década de 1950, las empresas no empezaron a eliminar el plomo de la mayoría de productos para el hogar, pero la pintura al plomo para interiores siguió utilizándose hasta que el Congreso la prohibió a finales de la década de 1970, y actualmente sigue en las paredes de alrededor de 30 millones de hogares estadounidenses.

Cantidades minúsculas de plomo ya pueden envenenar a un niño. Los síntomas de una grave intoxicación por plomo –convulsiones, dolor, coma, etc.– suelen observarse cuando la concentración de plomo en la sangre supera los 60 microgramos por decilitro de sangre. Esto equivale a la ingestión de una cantidad total de plomo que pesa más o menos lo mismo que seis granos de sal de mesa. De acuerdo con los Centros de Control de Enfermedades, los progenitores deben preocuparse si la concentración de plomo en la sangre de sus hijos supera los cinco microgramos por decilitro, pero algunos estudios han revelado que incluso unos niveles infinitesimales –de hasta uno o dos microgramos por decilitro– pueden reducir el CI de un niño y menoscabar su capacidad de autocontrol y de organizar las ideas.

No hay manera de saber cuántos niños se vieron gravemente afectados durante el siglo pasado por la decisión de EE UU de no prohibir tempranamente el plomo en los productos de consumo, pero la cifra se mueve en el orden de los millones. El estudio nacional más preciso sobre la intoxicación por plomo fue probablemente el National Health and Nutrition Examination Surveyde 1976-1980, que reveló que el 4 % de todos los niños de menos de seis años –unos 780 000– mostraban unas concentraciones de plomo en sangre superiores a 30 microgramos por decilitro, que en aquel entonces se consideraba el umbral de seguridad.

Según el estudio, los niños negros tenían seis veces más probabilidades que los blancos de tener altos niveles de plomo. El número de infantes con niveles de plomo superiores a cinco microgramos por decilitro –o lo que viene a ser lo mismo, superiores a uno o dos– era naturalmente mucho más elevado, pero no hay manera de saberlo con precisión. La prohibición de la gasolina con plomo en 1985 y la renovación gradual de las viviendas de los barrios bajos han permitido reducir el número de niños intoxicados, de manera que hoy en día el Centro de Control de Enfermedades calcula que unos 500 000 niños de uno a cinco años de edad tienen unos niveles de plomo en sangre de más de cinco microgramos por decilitro.

Cuando salió a la luz la magnitud y el horror del problema de la pintura al plomo, las empresas fabricantes de plomo quitaron hierro a las malas noticias. Cuando revistas populares como Ladies’ Home Journalcomenzaron a divulgar los peligros de la intoxicación por plomo en las décadas de 1930 y 1940, los fabricantes de plomo y de pinturas publicaron anuncios en National Geographicy The Saturday Evening Postque celebraban la alegría que aportaba la pintura al plomo a la vida de los niños. La publicidad de la pintura Dutch Boy –que contenía suficiente plomo en una capa aplicada a una superficie cuadrada de 25 cm2para matar a un niño– mostraba su mascota con cabeza de estopa pintando juguetes con el Papá Noel sonriendo a sus espaldas.

En vez de prohibir el plomo en los productos de consumo, el gobierno patrocinó campañas de salud pública que achacaban la intoxicación por plomo a un problema de comportamiento que llamaron “pica” –un trastorno en que las personas consumen sustancias no comestibles– y aconsejaban a los padres vigilar a sus niños. Las empresas fabricantes de plomo también pagaron a científicos que publicaron falsos estudios que ponían en duda el vínculo entre la exposición al plomo y los problemas de salud de los niños. Cuando el profesor Herbert Needleman, de la Universidad de Pittsburgh, demostró por primera vez que incluso los niños que tenían unos niveles de plomo relativamente bajos solían ser menos inteligentes y tener más problemas de comportamiento que sus compañeros libres de plomo, algunos de esos investigadores apoyados por la industria afirmaron que sus métodos eran descuidados y le acusaron de falta de ética profesional (después fue rehabilitado).

Las compañías contrataron asimismo a una empresa de relaciones públicas que colaron artículos en The Wall Street Journaly otros periódicos conservadores que tachaban a Needleman de miembro de un grupo de presión izquierdista que pretendía conseguir que el gobierno incrementara el gasto en viviendas y otros programas sociales. Así, al igual que la industria tabaquera ocultó deliberadamente los peligros del cigarrillo hasta que el aumento vertiginoso de los costes de la seguridad social relacionados con el tabaquismo llevó finalmente a los gobiernos de los Estados a demandar a las empresas/12, y del mismo modo que científicos pagados por empresas petroleras minimizan actualmente los peligros de los gases de efecto invernadero, la industria del plomo también mintió a los estadounidenses durante décadas, y el gobierno no hizo nada por impedirlo.

En la década de 1980, funcionarios del gobierno admitieron por fin que la crisis de las pinturas al plomo era real, pero no estaban de acuerdo en cómo abordar el problema. En 1990, el Departamento de Salud y Servicios Humanos elaboró un plan para eliminar el plomo de las viviendas del país a lo largo de 15 años y a un coste de 33 000 millones de dólares, una cantidad enorme, pero equivalente a la mitad del coste estimado de no hacer nada, que habría supuesto un aumento de la necesidad de programas de educación especial, de pagos de la seguridad social y subvenciones a las víctimas de la intoxicación por plomo que tenían daños cerebrales y estaban discapacitadas, y otros desembolsos. Sin embargo, el plan chocó con la oposición de la industria del plomo, los agentes inmobiliarios, los propietarios de pisos de alquiler, las compañías de seguros e incluso algunos pediatras privados que se quejaban del trabajo extra que supondría el chequeo de los niños. El plan acabó pronto en un cajón, y en su lugar la Agencia de Protección Medioambiental, que buscaba una manera más barata de abordar el problema, encargó el estudio de los bebés de Baltimore.

Desde entonces, el gobierno de EE UU ha gastado menos de 2 000 millones de dólares en la eliminación del plomo. Con este dinero ha financiado una serie de programas estatales ejemplares y sin ánimo de lucro que operan en los centros de las ciudades, pero se trata de una parte minúscula de lo que sería necesario y alrededor de veinte veces menos que el gasto de EE UU en torno a la crisis global del sida desde 2004. Cabe preguntarse por qué tanto los gobiernos Republicanos como los Demócratas han prestado tan escasa atención a esta amenaza para la infancia de EE UU.

3.

Mucha gente cree que la administración de los programas de salud pública es una tarea burocrática, como la gestión de un ferrocarril o de una gran empresa. Se supone que los investigadores han de idear programas que permitan reducir los peligros y que los gobiernos han de financiarlos. No obstante, tal como nos recuerdan Markowitzy Rosner, la salud pública es inseparable de la política, y la historia demuestra que los gobiernos se muestran a menudo remisos a proteger a sus poblaciones sin la presión de activistas o la amenaza de agitación social.

Es difícil imaginar la miseria que reinaba en las ciudades europeas del siglo XVIII. Un simple paseo por ciertos barrios parisinos en la década de 1780 podía causar una úlcera de garganta. En aquel entonces, según el historiador de la sanidad pública George Rosen, los avances de la ciencia, la medicina y la estadística habían producido los conocimientos y métodos básicos de la sanidad pública, pero solo se aplicaban sobre una base privada, poco sistemática. Los programas nacionales administrados por los Estados tuvieron que esperar los impulsos de la revolución francesa y el comienzo del siglo XIX. Después de la revolución, Napoleón dio prioridad a la salud pública. Hizo construir alcantarillas, trató de depurar los abastecimientos de agua, creó más mataderos y mercados salubres y lanzó la primera campaña universal de vacunación contra la viruela financiada por el Estado.

Al otro lado del Canal de la Mancha, esta lección cundió en Inglaterra. Las reformas sanitarias iniciadas en Londres en las décadas de 1830 y 184 0también estuvieron motivadas por el temor a que las epidemias de cólera y otras enfermedades no solo redujeran la productividad de los trabajadores, sino que también fomentaran ideas revolucionarias. En EE UU, tanto la presión de los activistas como el temor a un descontento incipiente aceleraron algunos de nuestros programas gubernamentales de salud pública más importantes, desde la era progresista (1890-1920) –cuando los reformadores presionaron al gobierno para que aboliera el trabajo infantil, mejorara las condiciones de trabajo en las fábricas, redujera la mortalidad infantil y promulgara normas legales de seguridad de los alimentos, el alcantarillado y las viviendas– hasta la década de 1960, cuando el Sierra Club y otros grupos ecologistas presionaron al gobierno para que regulara el uso de pesticidas y redujera la contaminación atmosférica, y redes clandestinas de médicos y abogados se unieron al movimiento feminista para reclamar la legalización del aborto. En la década de 1980, grupos homosexuales como Act Up presionaron al gobierno de Reagan, que se mostraba indiferente, para que financiara programas de tratamiento del sida.

La prevención de la intoxicación por plomo también tuvo sus partidarios, pero eran marginales y fueron rápidamente acallados. En la década de 1960, los Panteras Negras y el grupo de activistas puertorriqueño Young Lords establecieron clínicas de salud de barrio y llevaron a cabo programas de chequeo para la detección de tuberculosis y anemia drepanocítica, así como de intoxicación por plomo. El excelente libro Body and Soul: The Black Panther Party and the Fight Against Medical Discrimination (2011), de la historiadora Alondra Nelson, describe cómo estos grupos sostuvieron que las nuevas leyes de derechos civiles y los programas gubernamentales de la Great Society por si solos nunca colmarían las necesidades de los pobres, a menos que los pobres mismos tuvieran voz en su definición/13.Los Panteras se decantaron por la violencia y reclamaron un país separado para los negros. Sin duda no tuvieron razón en todo, pero en lo que respecta a la intoxicación por plomo, es probable que sí la tuvieran.

A comienzos de la década de 1980, los movimientos a favor de la justicia social, encabezados por Martin Luther King, Malcolm X y los Panteras Negras, habían amainado en gran parte, y con ellos la defensa desde las bases de la salud de los niños negros pobres. Algunos científicos siguieron haciendo sonar las alarmas sobre la intoxicación por plomo, entre ellos Herbert Needleman, Jane Lin-Fu de la Oficina de la Infancia de EE UU, Philip Landrigan del Hospital Mount Sinai de Nueva York y Ellen Silbergeld, editora de la revista Environmental Research, pero no contaban con un movimiento social fuerte que recogiera sus hallazgos y luchara por los niños en riesgo. Pese a que hubo algunas campañas desganadas contra la intoxicación por plomo, ni el poderoso movimiento por la salud de las mujeres ni los grupos ecologistas se hicieron cargo de la cuestión de una manera sostenida. El gobierno de Obama no ha invertido más en esta problemática que el de George W. Bush. La intoxicación por plomo ni siquiera aparece en la lista de prioridades de los Centros de Control de Enfermedades con respecto a las “batallas de salud pública que pueden ganarse”.

Frente a un gobierno que pretende gastar lo menos posible en una catástrofe de salud pública, Chisolmy Farfel bien pudieron pensar que no tenían más remedio que tratar de averiguar si había algún posible vericueto. Sin embargo, también cabe imaginar que estos científicos podrían haber trabajado con comunidades pobres para utilizar los hallazgos de sus investigaciones de manera más creativa. Podrían haber intentado movilizar a la opinión pública en apoyo del plan original de eliminación del plomo, cuyo coste ascendía a 33 000 millones de dólares. Podrían haber colaborado con políticos negros, líderes religiosos, grupos de derechos civiles y organizaciones de madres y padres. Si la intoxicación por plomo hubiera aparecido como un problema que afecta a los niños de clase media, todo esto podría haber sucedido efectivamente. En cambio, tal como señalan Markowitzy Rosner en su libro, la respuesta de Chisolmy Farfel fue “hacer otro estudio”.

21/03/2013

*Gerald Markowitzy David Rosner,Lead Wars: ThePolitics of Science and theFate of America’sChildren, University of California Press/ Milbank Memorial Fund

http://www.nybooks.com/articles/2013/03/21/lead-poisoning-ignored-scandal/

Traducción: VIENTO SUR

Notas:

1/ El nombre del niño está cambiado.

2/Algunas familias fueron captadas sobre el terreno; en estos casos, los pisos en que ya vivían fueron objeto de medidas de saneamiento de nivel I o II.

3/ Los nombres de la madre y la hija se han cambiado.

4/Véase ShankarVedantam, “Research Links Lead Exposure, Criminal Activity”,The Washington Post, 08/07/2007.

5/Véase, por ejemplo, Robert M. Nelson, “NontherapeuticResearch, MinimalRisk, and the Kennedy Krieger Lead AbatementStudy”,IRB: Ethics and Human Research, vol. 23, n.º 6 (noviembre-diciembre de 2001); Anna C. Mastroianniy Jeffrey P. Kahn, “Risk and Responsibility: Ethics, Grimes v Kennedy Krieger, and PublicHealthResearchInvolvingChildren”,American Journal of PublicHealth, vol. 92, n.º 7 (julio de 2002); B.P. Lanphear, “Editorial: TheConquest of Lead Poisoning: A PyrrhicVictory”,EnvironmentalHealthPerspectives, vol. 115, n.º 10 (octubre de 2007).

6/En su solicitud de subvención para el estudio de los bebés de Baltimore, los científicos afirmaban que pretendían probar “un nuevo enfoque” de la eliminación del plomo, una afirmación que se cita sin criticar en Lead Wars. De hecho, muchos de los niños participantes en el estudio fueron asignados a viviendas tratadas con métodos que habían demostrado ser ineficaces.

7/J.J. Chisolm Jr., E.D. Mellits y S.A. Quaskey, “TheRelationshipBetweentheLevel of Lead Absorption in Children and theAge, Type, and Condition of Housing”,EnvironmentalResearch, vol. 38, n.º 1 (octubre de 1985), pp. 31-45; E.Charney, B. Kessler, M. Farfel y D. Jackson, “Childhood Lead Poisoning: A Controlled Trial of theEffect of Dust-Control MeasuresonBlood Lead Levels”,The New EnglandJournal of Medicine, vol. 309, n.º 18 (3/11/1983), pp. 1 089-1 093.

8/M.R. Farfel, J.J. Chisolm Jr. y C.A. Rohde, “TheLonger-TermEffectiveness of Residential Lead Paint Abatement”,EnvironmentalResearch, vol. 66, n.º 2 (agosto de 1994), pp. 217-221; M.R. Farfely J.J. Chisolm Jr., “Health and EnvironmentalOutcomes of Traditional and ModifiedPracticesforAbatement of Residential Lead-Based Paint”,American Journal of PublicHealth, vol. 80, n.º 10 (octubre de 1990), pp. 1 240-1 245.

9/EvanCharneyy cols., “Effect of Dust Control onBlood Lead”,The New EnglandJournal of Medicine, vol. 310, n.º 14 (05/04/1984), pp. 924-925.

10/Farfely cols., “TheLonger-TermEffectiveness of Residential Lead Paint Abatement”.

11/Véase la tabla ES-2 en “Lead-Based Paint Abatement and Repair and MaintenanceStudy in Baltimore: FindingsBasedonTwoYears of Follow-Up” (EnvironmentalProtection Agency, 747-R-97-005, diciembre de 1997), en comparación con la tabla 4 en Mark R. Farfely J. JulianChisolm Jr., “AnEvaluation of Experimental PracticesforAbatement of Residential Lead-Based Paint: Reporton a Pilot Project”,EnvironmentalResearch, vol. 55, n.º 2 (1991), pp. 199-212. Hay que convertir los microgramos por pie cuadrado en miligramos por metro cuadrado.

12/ Véase Helen Epstein, “GettingAwaywithMurder”,The New York Review, 19/07/2007.

13/University of Minnesota Press, 2011.



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