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A propósito de…
Periodistas. La dignidad.
22/09/2016 | Ángel García Pintado

Reporteros de calle, los de la alcachofa en ristre y el magnetofón, los de las cámaras peripatéticas, apaleados como perros, no solo con la indiferencia, el desprecio, el silencio burlón…, también, literalmente, apaleados. Vuelven a sus platós, a sus redacciones, algunos con el rostro enrojecido (de vergüenza ajena). Los estamos viendo cada día por la tele. Todo se incluye en una “normalidad”. Así es la cosa y no hay que darle más vueltas. Si el político no quiere hablar ¿por qué forzarle a ello? Los “perros” callejeros de la prensa corriendo con la lengua afuera, y los políticos con su arrogancia habitual, mirada al frente, prietas las filas. Como paradigma, ese Míster Plasma que nos gobierna (ahora “en funciones”, se dice); supone dicho sujeto que despreciando todo lo que ignora incrementa su dignidad (la de él) mientras decrece la de los “acosadores”. Y entonces nos viene a la memoria una comedia del humorista Llopis en la que nada más alzarse el telón aparece un mayordomo que anuncia: “Señora marquesa, han llegado los periodistas”. “¡Ay, pobrecillos, páselos a la cocina y que coman!”, replica con desparpajo ella.

El otro día, el desprecio habitual de Mr. Plasma fue tan evidente que algunos espectadores saltamos, con el resorte de la indignación, de nuestras butacas. “Esto no se puede consentir”…”Esto es ya demasiado”. La dignidad. La dignidad es la que está en entredicho y se ha vuelto vocablo malsonante. La dignidad de esos profesionales urbanitas que hacen lo que pueden, la de todos aquellos de nosotros que nos sentimos representados por ellos, la indignidad de los que dicen representarnos en nombre del pueblo español, o para ser más exactos y fieles a su jerga, “de la Patria”. (Patria, con mayúscula, por supuesto).

Y a todo esto, ¿se reacciona con protestas, plantes informativos, mutis por el foro…? No. Y a todo esto, esas Asociaciones de la Prensa que en los últimos años del franquismo fueron campos de batalla dialéctica, territorios donde la resistencia profesional clamó su dolor y su rabia, y en las que se libraron batallas en pro de la democracia, vocablo éste que ahora atiborra la boca de muchos contertulios que ayer mismo, en el seno de esas mismas asociaciones franquistas, ejercieron la delación y persecución de compañeros “rojos”, casi como en los peores tiempos del toque de corneta, aunque sin depuraciones acompañadas de fusilamientos reales (sólo en funciones).

Ni un mero comunicado parido por esas asociaciones de la prensa. Tan sólo el silencio. La aquiescencia, el otorgamiento. No se conocen casos en dichas agrupaciones profesionales de haber salido en defensa de compañeros defenestrados por eres y cosas parecidas en los últimos años. Se sigue castigando al demócrata.

No caeremos en la defensa a ultranza de una profesión que tiene, también, mucho de qué avergonzarse; lejos de nosotros la funesta manía de incurrir en corporativismos; pero habrá que reconocer, sí, el mérito de un periodismo-denuncia, de un periodismo de investigación verdadero que nos ha hecho conocer hoy lo que algunos sospechábamos y casi todos ignoraban o querían ignorar ayer: que aquí se estaba robando, al menos desde los Reyes Católicos acá.

Durante el franquismo se robó a espuertas, de forma hegemónica en la costa mediterránea; y también en intramuros. Pero la censura previa, primero, y la ley de prensa de Fraga después prestaron su servicio a la patria para que ningún perro famélico tuviera acceso a información privilegiada en la charcutería nacional. Se está sabiendo ahora sólo una parte de ese expolio. Eso que metafóricamente se llama la punta del iceberg.

Y también habrá que revelar por el bien y el conocimiento general de la sufrida comunidad que una gran parte de ese denominado ‘periodismo de investigación’ no es tal, sino dosieres volanderos ‘de regalo’ que llegan a las redacciones, casi siempre por vía de la dirección del medio, y provenientes de tortuosos y torticeros orígenes oficiosos.

Cuando el hambre aguza, la dignidad se torna casi utopía; pero cuando el hartazgo digestivo revienta los botones de las braguetas, la dignidad se antoja excentricidad. Palabrota; otra inquilina más del polvoriento Diccionario de Arcaísmos.

Angel García-Pintado es escritor y, entre sus actividades como periodista, fue director de la revista satírica El Hermano Lobo.



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