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Francia
Israel como inspiración de la “lucha antiterrorista”
20/09/2016 | Alain Brossat

Un cambio decisivo se está produciendo subrepticiamente en la política dirigida por nuestros gobiernos. Esta bifurcación se produce en el punto en que se cruzan la política interior y la exterior. Presenta igualmente la característica de no llevar la marca de ningún partido de gobierno en particular; es obra de los socialistas y de sus aliados por la sencilla razón de que son éstos quienes están actualmente en el gobierno, como podría serlo también de sus contrincantes. Se pudieron ver sus premisas ya bajo Sarkozy y este movimiento proseguirá más allá de las peripecias de las próximas elecciones presidenciales, cualquiera que sea su resultado.

Este cambio de dirección consiste en lo siguiente: para quienes nos gobiernan (noción a entender en su sentido amplio, incluyendo, entre otros, los medios de comunicación) el Estado de Israel deja de ser una “democracia” fraudulenta y, ya, no se le discute el apoyo aunque sea en más de una ocasión tapándose la nariz. Israel, de socio estratégico necesario tiende a convertirse, en el contexto de la guerra a ultranza librada al islamismo, en un modelo estratégico como Estado de Seguridad avanzado. Esta inflexión -de la que se imaginan con facilidad todas las promesas que esconde para nosotros en general y en particular, para las poblaciones de origen colonial en nuestro país- se ha vuelto completamente explícita tras el atentado del 14 de julio en Niza: sólo dos días después se podía oír a un militar de alto grado israelí explicar en las ondas de France Inter, en una hora de máxima audiencia, cómo este atentado habría podido ser evitado si se hubiera sabido inspirarse en las técnicas de seguridad experimentadas desde hace mucho en la lucha contra el terrorismo … palestino y proponer, con un tono protector, la asistencia del Estado hebreo a Francia, siendo el terrorismo islamista uno e indivisible y los palestinos en lucha contra la ocupación de sus territorios de la misma especie que el Daech /1… Algunos días más tarde, otro “experto”, político, esta vez, en las columnas de Le Monde, ponía en perspectiva histórica, para a fin de cuentas justificarlos por la necesaria construcción de un Estado de Seguridad, los masivos ataques a los derechos humanos perpetrados por el estado sionista en detrimento de los palestinos: “Mientras, en general, Israel es juzgado y condenado por la dominación que ejerce sobre los palestinos de los territorios ocupados, resulta que, debido a la ola terrorista que sumerge al mundo, se estudia hoy la lucha antiterrorista realizada por Israel y la vigilancia pública que contribuye, también, a responder al desafío/2.

Estos pequeños empujoncitos mediáticos destinados a alabar el saber hacer israelí en materia de lucha contra el terrorismo arabo-musulmán no son más que la música de acompañamiento de decisiones políticas de alto alcance tomadas por los gobiernos de este país. A partir de ahí, cuando Manuel Valls proclama en la cena del Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia (CRIF) -desde hace mucho reducido al estatus de oficina propagandista del Estado de Israel en Francia)- que el antisionismo es una variedad del antisemitismo, no se trata de una sencilla y tradicional acción de lobbying ideológico en favor de un Estado cuya doctrina fundamental es que la fuerza crea la ley /3. Se trata claramente de abrir la vía a la noción de la ejemplaridad para nosotros, en Francia (y en todos los países amenazados por el terrorismo islamista) de las doctrinas y dispositivos de seguridad y represivos experimentados por las autoridades políticas y militares israelíes en detrimento de los palestinos desde los orígenes del Estado sionista y en particular desde la primera Intifada /4. Se trata claramente de dar a entender a la opinión pública francesa (e internacional) que “nosotros” tenemos un problema con el activismo arabo-musulmán igual que lo tiene Israel. Y que en consecuencia, tanto en el espíritu como en la práctica, los métodos israelíes están bien fundados a partir de ahora, para inspirarnos.

El primer artículo de fe de esta nueva doctrina es el enunciado que, desde los atentados de 2015, se ha transmitido de boca en boca entre nuestros dirigentes y sus brazos mediáticos e intelectuales: “estamos en guerra”. Este enunciado está en la base de lo que, desde la fundación del Estado de Israel, está destinado a justificar la coexistencia de una especie de Estado de derecho (del que goza la población de origen judío) y de dispositivos de excepción y de segregación que se aplican a los palestinos. Estos dispositivos han evolucionado a lo largo del tiempo y la conquista de nuevos territorios a lo largo de guerras ganadas contra los Estados árabes; la existencia de los territorios ocupados y el desarrollo sin descanso de la colonización judía de esos territorios los ha establecido ya en el corazón del Estado de Seguridad israelí.

Este “estamos en guerra” aclimatado a las condiciones francesas (una guerra que no está cerca de acabar y que quizás no acabe nunca) está basado en la idea de que “nosotros” (comunidad nacional, comunidad de destino fundada en compartir la cultura, tradiciones y amor al país, pero sobre todo, en este caso, comunidad fusionada con el Estado) tenemos en adelante que tomar en consideración esto: en razón de condiciones desgraciadas e imprevisibles, tenemos que contar con la existencia en nuestro propio cuerpo, en nuestro espacio vital, de un virus mortal -el islamismo.

Este virus tiene el rostro inhumano de un hiper-enemigo con el que nos encontramos de ahora en adelante en una lucha a muerte. Este enemigo es de un tipo nuevo, no se parece a ninguno de los enemigos, incluyendo los más encarnecidos, que hemos conocido en el pasado. Es no solo enemigo del Estado, sino igualmente de la población, tiene indiferentemente el rostro del enemigo interno o externo, del cercano (el chaval de entre nosotros) o del lejano (el importador extranjero de la ideología bárbara de los daechianos). Puede hacerse indetectable, siendo algunos de sus representantes más temibles convertidos, “radicalizados” de la víspera, chicos sin rasgos distintivos, cuyos vecinos testimonian en la tele que tenían una apariencia completamente normal.

Por esta brecha va a colarse la inspiración israelí que, desde los atentados de 2015, arrebata a nuestros dirigentes: encontrar los dispositivos de seguridad aptos para hacer frente a esta realidad perenne que encuentra su expresión en la fórmula robada al discurso revolucionario de tiempos de la Primera Guerra Mundial, el enemigo está en nuestro propio país, lo que conduce de forma natural a acercarse a la “experiencia” de una potencia que, a la vez que se comporta de forma que cultiva su aura “democrática” de cara al mundo exterior, ha sabido asumir, sin contemplaciones, su destino de Estado de Seguridad experto en organizar la coexistencia de las instituciones democráticas y de dispositivos de excepción destinados a vigilar, castigar y segregar a la fracción de la población considerada no solo como un vivero de terroristas sino, fundamentalmente, extranjera y hostil al destino de un Estado-nación fundado sobre una etnicidad afirmada con tanta más intransigencia cuanto que es nebulosa: un “Estado judío”.

Lo que prevalece en el planteamiento del hiper-enemigo, es su carácter esencialista: nos odia y quiere nuestra muerte no por lo que (le) hacemos sino por los que somos, esto es, porque es lo que es: un bárbaro, un extraño al género humano. Este planteamiento del enemigo es lo que los promotores sionistas del relato de estigmatización de los palestinos como terroristas intrínsecos y los activistas del anti-islamismo en Francia tienen en común: para los primeros, los palestinos odian a los judíos y a Israel, no a causa de la colonización y del apartheid que sufren, sino, en primer y último lugar, porque son antisemitas incorregibles; para los segundos, los islamistas y los autores de los atentados quieren nuestra muerte no porque Francia desarrolle una política neocolonial en Próximo Oriente y en África, sino porque somos el país de los derechos humanos y del buen vivir /5. Este planteamiento compacto del enemigo presenta la inmensa ventaja de dispensarnos de escuchar lo que éste dice y de pensar que “sus razones” podrían ser, en realidad, argucias y cortinas de humo. Una sola solución, por tanto, la fuerza y, para una parte, la erradicación.

Lo que, entre otros elementos más prácticos, va a alimentar la fuerza de atracción del topos israelí y tender para nuestros dirigentes a erigirlo en modelo, es por tanto la feliz (es una forma de hablar) coexistencia entre el prestigio de la “democracia” y el infinito de las posibilidades del Estado de Excepción que incluye prácticas de apartheid características. Lo que para nuestros dirigentes deseosos de sacar el mejor partido posible de la “amenaza islámica” resulta particularmente fascinante en el “modelo” israelí, es la forma de un Estado de urgencia modulable, en situación de perfeccionamiento constante, selectivo y discriminatorio y cuya característica es poder aplicarse sobre la fracción de la población etiquetada como peligrosa, de riesgo (s) en relación con el síndrome terrorista, sin que a pesar de todo sea masivamente afectada la existencia de los demás -los que, reunidos bajo el penacho tricolor identitario, cantan la Marsellesa a coro al comienzo de los partidos de futbol, respetan los minutos de silencio y comulgan con las víctimas cuando toca el momento del duelo nacional /6.

Ahora bien, Israel es el Estado que representa la maestría en el arte de hacer coexistir esta doble red de vida “normal”, enmarcada por la ley (y protegida por el escudo militar-policial) de vida democrática cool para unos (la Tel-Aviv hedonista) o rigorista para otros (la Jerusalén religiosa) y de vida estrecha/encerrada/reprimida/discriminada/humillada para los demás, en definitiva de asegurar la perennidad de una democracia de apartheid, hermoso oxímoron que, aparentemente, no impide a los mercachifles de la “democracia”, en Occidente, dar apoyos inquebrantables a este centauro. Es la aparente ejemplaridad de esta doble red lo que interesa vivamente a nuestros dirigentes que se preguntan cómo poner en pie, de forma duradera, formas de gobierno “recortadas”, de urgencia, que sin embargo no hagan abiertamente que la “democracia” se hunda en lo autoritario, que concilien el reglamento formal de la institución democrática con la eficacia de las disposiciones administrativas y policiales, que permitan gobernar sin debilidad y reprimir según se necesite sin preocuparse por las formas, a quienes encarnan el riesgo ligado al terrorismo -sin que los demás (a quienes conviene unir frente a la “amenaza islamista”) se sientan afectados por una transformación cualitativa que se ha producido en la relación entre gobernantes y gobernados.

El estado de urgencia, en este sentido, es cortado a medida y a pesar de las posibilidades infinitas que abre en términos de represión y de restricción de las libertades por vía administrativa y policial /7, no tiene por objetivo, mediante un golpe masivamente suspensivo de las libertades de todos y todas, hacer pasar a toda la sociedad bajo las Horcas Caudinas de un poder autoritario; intenta sobre todo dar un giro irrevocable a la fractura entre, digamos, el partido de la manifestación unanimista de los días posteriores a los atentados de enero de 2015 y los demás, enemigos potenciales del Estado y vivero eventual del terrorismo (los musulmanes considerados como no “moderados”, esto es, como no partidarios declarados de la asimilación y apóstoles del laicismo republicano, en definitiva, los musulmanes Canada Dry…).

A diferencia del estado de sitio, dispositivo pesado que supone una suspensión del funcionamiento de la institución política y una transferencia de todos los poderes al ejército /8, el estado de urgencia tal como ha sido puesto en pie tras los atentados de noviembre de 2015 se destina a asegurar la continuidad de las formas gubernamentales y la estabilidad de las relaciones entre gobernantes y gobernados para la gran mayoría de la población -a la vez que instala una constelación de dispositivos que permiten combatir la hidra del terrorismo por los métodos expeditivos requeridos.

A propósito de esto, un planteamiento del estado de urgencia clásicamente preocupado por la defensa de las libertades y de la salvaguarda del Estado de derecho elude en gran medida el problema. Cuando Agamben, en este misma óptica escribe que “En un país que vive en un estado de urgencia prolongado y en el que las operaciones de policía sustituyen progresivamente al poder judicial, hay que esperarse una degradación rápida e irreversible de las instituciones públicas/9, elude también una dimensión del problema. En efecto, el objetivo de este dispositivo y su efecto efectivo sobre el terreno no son tanto producir una degradación homogénea de los derechos de todos y todas y de las libertades del ciudadano, sujeto eminentemente abstracto y ficticio en este caso, sino claramente acentuar la fractura y el contraste entre dos “partes” o dos regímenes de la población. Es que, aun suponiendo, sobre el papel, que se aplicaran a todos y todas, las medidas forjadas en el crisol de la urgencia se abaten sobre ciertas categorías completamente determinadas: los registros en forma de razias, las asignaciones de residencia, el refuerzo de los controles según los rasgos raciales, la serpiente de mar de la desposesión de la nacionalidad, el reagrupamiento familiar complicado o incluso hecho imposible, las naturalizaciones al ralentí, las mezquitas cerradas, el reforzamiento de los controles según la vestimenta, los maltratos policiales sin castigo, etc.

No es por tanto en absoluto la población, de forma homogénea y en su conjunto, la que estaría llamada a sufrir la nueva vuelta de tuerca autoritaria efectuada bajo la cobertura del estado de urgencia. En primer lugar, es lo que Agamben, precisamente, llamaría la “fractura biopolítica” entre una parte de la población y la otra la que se encuentra reforzada y la que, bajo el efecto de estos dispositivos, toma un giro de alguna forma “de destino” -encontrándose esta fractura así inscrita en un horizonte de “lucha a muerte”, de cuestiones de vida y de muerte. La mayor parte de aquellas personas en nombre de cuya protección son adoptadas estas disposiciones colocadas bajo el signo de la urgencia no las aprueban como ataques a sus libertades sino como medidas de protección que resultan necesarias por el ascenso de las amenazas contra su integridad -amenazas percibidas como “mortales” por una opinión cuya masa es eficazmente moldeada por los medios y los mercaderes de miedo.

Bien raros serán los que, en este contexto, se ofusquen porque policías o gendarmes, o incluso auxiliares de un estatus tan indefinido como nebuloso les demanden abrir el capó de su coche -quien “no tiene nada que reprocharse” se convierte de buena gana en socio de la compresión de las libertades públicas. El Estado de seguridad, muy lejos de funcionar solo a vuelta de tuerca, supone la movilización de una parte de la población (la que se coagula con el Estado y ve el mundo a través de los ojos de la policía) al servicio de la “securización” (bastante ilusoria) de la vida social, como muestra el atentado de Niza perpetrado en una de las ciudades de Francia en las que la puesta en condición securitaria de la población es de las más avanzadas.

Pero, igual que el atentado del Paseo de los Ingleses solo es un enigma si se olvida que la prosperidad de esta ciudad está construida sobre un apartheid inscrito en su geografía urbana y humana, la movilización de la parte de la población rendida a las condiciones de la policía y sometida al discurso securitario tiene por condición expresa y rigurosa la cristalización de su animosidad hacia “los otros” -los y las que el discurso del Estado designa como el vivero del riesgo, el mundo del enemigo -hoy, por tanto, todo lo que se asocia al nombre del islam.

Ahora bien, si hay un país en el que esta fractura biopolítica ha sido sistemáticamente construida como el fundamento mismo de la gobernabilidad, edificada sobre la oposición “en el destino” entre judíos y árabes, una oposición etnicizada y culturalizada a ultranza -es claramente Israel. Se puede decir a este respecto que el estado de urgencia no es sino la manifestación puntual de un proyecto estratégico consistente en inscribir en las ruedas propias del gobierno de los vivos la oposición (y no solo la separación) entre pueblo legítimo (pueblo renacionalizado y leal al Estado) y población peligrosa pues es fermento de disolución o de destrucción violenta de la comunidad nacional vigorosamente reterritorializada en términos étnicos, culturalistas y falaciosamente religiosos. Ya sea en Israel hoy o en en la Francia del Estado de Urgencia, las poblaciones peligrosas están hoy designadas con un modo neoorientalista como las que reactivan en el presente de forma tan absurda como intempestiva diferendos o viejas quejas coloniales de otro tiempo, reproches históricos de otra época. Lo que hace a estos post/neo coloniales particularmente furiosos y peligrosos, es el hecho mismo de que se obstinan en no comprender que la “historia ha zanjado” y que los daños sufridos, los crímenes supuestos cuya reparación se empeñan en reclamar están prescritos desde hace mucho. “El musulmán” o el árabe de este nuevo orientalismo no es ya el lánguido, tirado, lascivo, sucio , que era en los relatos de viajes del siglo XIX sino que está “radicalizado”, fanatizado, arrastrado por su instinto de muerte y su fascinación por el sacrificio /10. Pero siempre, como antes, bribón y tendente al disimulo -a falta de más luces sobre el islam, los franceses han aprendido recientemente en la radio y en los periódicos una palabra de árabe: la taqia, el disimulo estratégico de sus disposiciones e intenciones, destinado a engañar al “infiel”…

Es interesante que nuestros gobernantes y nuestros expertos de la lucha antiterrorista se vuelvan espontáneamente hoy, frente a la “amenaza islamista”, hacia el “modelo” israelí /11, más que hacia los recuerdos y tradiciones de la colonización francesa y las viejas recetas de la contrainsurgencia, elaboradas y puestas a prueba con el éxito que se sabe en el crisol de las guerras de descolonización (Indochina, Argelia). Evidentemente, el 11/09 hace aquí época dibujando el nuevo horizonte de la lucha contra el terrorismo islámico de una forma tan enfática, obsesiva y exclusiva que las raíces coloniales del gobierno con urgencia (del estado de urgencia como figura desdramatizada del estado de excepción) pierden su visibilidad. Lo que permite a todos los que practican la negación de la dimensión colonial de nuestra historia nacional afirmar que nuestro presente enfrentado con el terrorismo islamista no tiene “relación” ninguna con el pasado colonial (herméticamente encerrado sobre si mismo).

Esta operación de cortar relaciones o de división es necesaria para que el “modelo” israelí pueda imponerse como insoslayable: ¿no ha tomado el Estado israelí, por la fuerza de las cosas, varios largos de adelanto en la lucha contra la “violencia ciega” puesta en práctica por los extremistas palestinos -los atentados contra los civiles inocentes, los kamikazes, los ataques con cuchillo, el coche- ariete, la necesaria vigilia securitaria perpetua -en definitiva, la guerra al terrorismo no forma parte, desde siempre, de la cotidianidad de la población (de los “verdaderos habitantes”) en Israel?

La israelización de la política francesa pasa por el hecho de que el Estado de Seguridad tiende a convertirse en el deseo propio de una parte sustancial de la población francesa (que vive en Francia), y esto en mayor medida que la percepción de las “formas de urgencia” por la gente ordinaria como restricciones y coerciones imputables a la violencia del poder. Lo menos que se puede decir es que a la marcha a la que van las cosas, suponiendo que la actualidad francesa continúe duraderamente estando marcada por episodios como los de Niza o Saint Etienne du Rouvray, nada permite excluir que este cálculo de los gobernantes se demuestre rentable. Una vez más, el hecho de que este alineamiento de lo securitario a la francesa con el paradigma israelí no sea ni de derechas ni de izquierdas (condicionado a la política de los partidos) asegura la continuación de la aplicación por traducirla en la práctica -sin preocupación de continuidad, desde este punto de vista, en la perspectiva de la próximas elecciones presidenciales.

En definitiva, los dispositivos que se derivan de esta perspectiva se despliegan a dos niveles: la población y el territorio. Sobre el primero de ellos, la gran mayoría de la población sabe bien que el estado de urgencia y la vuelta de tuerca securitaria, la “guerra” declarada a los islamistas -todo eso, apenas tendrá tendrá incidencia sobre su vida cotidiana. No se moviliza en masa, en un clima de astenia colectiva y de gran repugnancia por la política, en defensa de unos derechos y libertades que cada vez se usan menos (dicho sea lo anterior con una infinita tristeza más que con cinismo). No hay movilización sobre cuestiones de principios cuando se llega a considerar que, en el terreno de la vida pública (polis, politeia, civitas, res publica y todo ese tipo de antigüedades…), todo da lo mismo y que ese todo no vale nada, o no mucho. En el contexto de la actual histeria antiislamista incansablemente mantenida por los medios, de un episodio sangriento a otro, la formación de jaurías humanas y de represalias tiende a superar las esperanzas y los cálculos del poder -hasta el punto de correr el riesgo de volverse, algún día, incontrolables- como ocurre regularmente en Israel cuando se producen atentados.

En este nivel, Agamben tiene razón al subrayar que “en el Estado de seguridad, se produce una tendencia irreprimible hacia lo que hay que llamar claramente una despolitización progresiva de los ciudadanos cuya participación en la vida política se reduce a los sondeos electorales” /12. Pero a esto convendría añadir que la movilización securitaria perpetua de la población tiende ineluctablemente a producir efectos de rebote que provocan una radicalización autoritaria, racista y fascistizante -cuando no fascista sin más- del personal político y demás gobernantes. Sobre este punto también, Israel es, si se puede decir así, un perfecto “ejemplo”, desembocando inevitablemente la puja securitaria entendida como joker del gobierno de los vivos en la llegada al poder de los partidarios de las soluciones extremas en el “tratamiento” de la llamada cuestión palestina /13.

Desde los atentados de enero de 2015, asistimos al mismo proceso de radicalización de los cuerpos del aparato de Estado y de los aparatos ideológicos que dependen de él, bajo el efecto del ascenso de las obsesiones y de la puja securitarias. Por ello, es todo el gobierno de las poblaciones el que se encuentra desviado hacia el autoritarismo, el neonacionalismo, la ideología del rechazo, poseído por una especie de deseo represivo sin límites -un deseo de campos, de Guantanamo, de stalag y de goulag para el enemigo designado y que, entre los más apresurados, ya ni siquiera se disimula.

En el Paseo de los Ingleses de Niza, al día siguiente del atentado, se libera el discurso de odio y el deseo de “venganza” toma cuerpo siguiendo el modelo israelí (“¡Muerte a los árabes!” es en este país el grito de convocatoria normal de las bandas fascistas y supremacistas ultrasionistas que aparecen tras todo acontecimiento sangriento que implique a palestinos). Igualmente, del lado de las gentes del Estado en proceso de radicalización acelerada, del antiguo ministro al policía de base, sube la fiebre de la venganza y el afecto por el “restablecimiento del orden”. El hecho de que en pocos meses el término “radicalización” se haya convertido en una palabra clave, mágica y poderosa, de que sirva método de análisis politico-mediatico-sabiondo del fenómeno yihadista oculta el proceso, de una importancia mayor, de la radicalización de cuerpos variados del aparato del Estado tanto con ocasión de la actualidad yihadista como de los llamados movimientos sociales recientes: policía, justicia, ejército, incluso, algunos de cuyos altos cuadros reclaman, en el contexto agitado del momento, el derecho a salir de su papel de “gran mudo” /14.

Con ocasión de las manifestaciones contra la ley El Khomry, se ha visto emplearse a fondo, además de a los policías, que se sentían cubiertos, a numerosos jueces que se unían a la manada, sin miramientos, condenando al sacrificio a los manifestantes detenidos por la policía /15. “¡Es preciso que el orden reine en París!” pontificaba un alto magistrado, con un tono reglamentariamente versallesco.

La ola securitaria arrastra todo a su paso. En el contexto del atentado de Niza y del asesinato del párroco de Saint Etienne de Rouvray (julio de 2016), no hay otra actualidad violenta que la de los crímenes de inspiración islamista que pueda parasitar el mensaje que circula en bucle -“¡atacan a nuestra civilización cristiana, profanan lo más sagrado que tenemos: nuestras iglesias!”. Por consiguiente, cuando Adama Traoré muere por asfixia durante su detención por los gendarmes el 19 de julio en Beaumont-sur-Oise, en el contexto de una de esos “sustos” de “barrio sensible” que forman parte ya del paisaje post/neocolonial francés, el fiscal de la República de Pontoise, como celoso prefecto judicial, censura por dos veces los informes de la autopsia e intenta acreditar la fábula según la cual el joven sufría, antes de su detención, una patología tan grave que su fallecimiento parece que no tiene ninguna relación con las condiciones de la detención.

Los gendarmes admiten en su informe sobre las condiciones de la detención que han “utilizado” todo su peso (le detuvieron entre tres) sobre Traoré para inmovilizarle y los dos informes de autopsia mencionan explícitamente “manifestaciones de asfixia”. Mientras que el asesinato del párroco de Saint-Etienne de Rouvray se convertía en un acontecimiento mundial y el Papa en persona rendía homenaje al mártir (un muerto), la mentira de Estado se aplicaba para que colase este otro muerto, la víctima de otro tipo de violencia, no menos recurrente y obsesionante que la violencia islamista (la de los policías), en resumidas cuentas -¡circulen, no hay nada que ver!- conminación ante la cual, muy felizmente, la familia y los amigos de Adama Traoré no se han plegado /16.

Con toda evidencia y menos que nunca en el contexto securitario construido por los síndicos de quiebras que nos gobiernan, los muertos de muerte violenta no son iguales. Si el fiscal (de la República) de Pontoise requeriría a los Indígenas de la República más que al Ministerio de Justicia, no actuaría de forma diferente para hacer valer que en la mencionada República, solo cuenta la vida “blanca”, y que cuando, además, ésta es católica y con sotana, al muerto negro e indígena solo le queda hacerse perdonar por haber existido un día e ir a que le entierren en Malí.

Es así como, por tanto, la radicalización del Estado que no se encuentra limitada a los aparatos de partidos y los cuerpos represivos (se ha visto, en particular tras los atentados de enero de 2015, como había cogido influencia en el cuerpo de enseñantes embarcado en la defensa del laicismo) toma la forma de un levantamiento general de las inhibiciones. No podría decirse y sentirse, de forma duradera, “en guerra” sin entrar en nuevas disposiciones ni ver dibujarse un nuevo campo de acción: el simple condicionamiento de la opinión no basta, la movilización está en marcha; con la creación de esta especie de guardia nacional estilo Junio 1848 que se nos anuncia, cada ciudadano decidido a tomar parte en la lucha contra la amenaza vital que hacen pesar sobre nosotros los combatientes de la yihad se convierte en un soldado del orden. Es el tiempo de las milicias, de la vigilancia patriótica, del deber cívico de denuncia. Otros tantos gestos requeridos por la autoridad y que la población judía, desde hace mucho, ha interiorizado en Israel.

Los dispositivos de control enlazan con esta nueva subjetividad del ciudadano movilizado. Ciertos puntos de paso como las estaciones, salidas de metro, entradas en determinados lugares públicos que para algunos eran trampas destinadas a la captura de sin papeles pueden convertirse en verdaderos checkpoints dedicados a la detección de los terroristas /17. Los cacheos, efectuados por agentes de seguridad se vuelven banales y rutinarios. Las mallas de la red militar-policial y parapolicial se cierran, en particular en los espacios urbanos, más para fines de producción entre la población de efectos de acostumbramiento a la omnipresencia de las llamadas fuerzas del orden, en el paisaje cotidiano, que con el objetivo de “asegurar” el territorio, tarea inalcanzable. Se trata de producir un “pueblo” del Estado de policía que interiorice y haga suyas las disposiciones del gobierno para la urgencia y la seguridad. Un pueblo suficientemente despolitizado y condicionado por el discurso ansiogénico y belicoso del poder como para dar una buena acogida a las medidas securitarias que ponen en dificultades a las libertades públicas y para perder enteramente de vista la noción de un Estado de derecho del que sería, contra los abusos y los golpes de fuerza del poder, el guardián no menos que el beneficiario.

Para los gobiernos se trata, en definitiva, de crear entre la población las condiciones propicias para la maduración de la idea (si se puede decir así…) según la cual hay una guerra que ganar, una guerra contra el terrorismo, ´que no se desarrolla solo en teatros de operaciones lejanas en los que son “los otros los que mueren”, sino aquí, y también entre nosotros, una guerra en la que caen a veces víctimas que se nos parecen y podrían ser nuestros allegados, nuestros amigos, nuestros vecinos. Decir esto, es decir también que hay un enemigo al que odiar, por ser a la vez tan temible y abyecto, e intentar actuar de forma que cristalice este odio de una forma tal que todo lo demás se borra en beneficio del reagrupamiento contra lo que amenaza nuestra integridad colectiva -la amplitud de las resistencias suscitadas por la ley que modifica el derecho del trabajo muestra que el asunto no puede darse por zanjado/18. Pero la contaminación de la población por el espíritu de la excepción no deja de progresar a pesar de todo: nadie se conmueve por el carácter de guerra sin prisioneros que reviste el combate que el Estado francés realiza contra los terroristas y asimilados no solo en los teatros alejados del enfrentamiento, en Siria o en el Norte de Malí, sino en la propia Francia; cuando las llamadas unidades de élite de la policía entran en acción contra autores de atentados, es para eliminarlos y no para detenerles para ponerles a disposición de la Justicia. Hace algún tiempo ya que la opinión pública se ha acostumbrado a que el término “neutralizar” signifique, en boca de los periodistas y otros fabricantes de enunciados correctos, matar, liquidar. Esto aunque el “terrorista” sea un desequilibrado que parte al asalto de una comisaría de policía gritando “¡Alá Akbar!” armado con un machete de cortar carne y se hace “neutralizar” por un policía armado con un fusil ametrallador y protegido por un chaleco antibalas. En el asalto de Saint-Denis en el que los disparos de la policía se cuentan por millares y los de los “terroristas” (entre ellos una mujer que no ha participado en los atentados) por unidades. En Saint Etienne de Rouvray, se acribilla a balazos en el atrio de la iglesia a dos tipos armados de cuchillos. Es una batida, el hiperenemigo es una bestia malhechora y el restablecimiento del orden no sería completo si el asunto no acabara con este rito de exterminio ensamblado en los ritos de abominación. En esto también, esas ejecuciones sumarias del outlaw tienen no solo un perfume de western sino también de conducción a la israelí de la guerra contra el enemigo íntimo. Por el momento todavía se permite en Francia a las familias enterrar los cadáveres de los autores de atentados de forma apresurada y discreta, algo que no consiente siempre el Estado de Israel /19.

Insistamos sobre este punto capital: sobre la inmensa mayoría de la gente, el estado de excepción resbala como el agua sobre las plumas de un pato. Por otra parte, esa es la razón por la cual la perspectiva misma de su renovación indefinida no conmueve a mucha gente, a poco que las prohibiciones de mercadillos y otras festividades no se vuelvan demasiado fastidiosas. El fiel de la balanza se sitúa en otra parte: el estado de urgencia cuya puesta en marcha no tiene que ver con un golpe de fuerza que afecte a la vida cotidiana de todos y cada uno, sino que se efectúa sin ruptura marcada con el orden constitucional, expone a la parte de la población señalada como objetivo (el supuesto vivero del “terrorismo”) a una represión en primer lugar administrativa que viene a añadirse a la represión policial allí donde, antes, la justicia era llamada a resolver y actuar: son los expeditivos allanamientos de morada y las asignaciones a residencia, colocados bajo el signo de las medidas cuya ejecución no debe entorpecerse con procedimientos pesados y lentos -la urgencia, una vez más. Lo administrativo es aquí lo que permite al ejecutivo asegurarse, sin pasar por la Justicia, del cuerpo de sospechosos señalados según su pertenencia a una categoría cuyos contornos define el Estado (la policía, los servicios de información) -los “islamistas” /20. Lo propio de este tipo de prácticas (los registros, allanamientos, asignaciones de residencia) es no verse obstaculizadas por complicaciones formales, lo que va a permitir por ejemplo colocar a un individuo en situación de arresto domiciliario sin fijar el término de esta pena que no se reconoce como tal -“decisión” es el eufemismo que designa aquí la pena, muy real, infligida sin pasar por la Justicia.

En Israel el encarcelamiento sin plazo y por simple decisión administrativa de palestinos sospechosos de actividades hostiles al Estado es una práctica corriente, heredada de la época del mandato británico. Estamos ante una matriz que “trabaja” en condiciones en las que se impone la noción de una población establecida en las fronteras del Estado y para la cual lo propio sería ser, in totto, un vivero para el terrorismo -los palestinos, en Israel, los musulmanes activistas en Francia. Cuando esta noción tiende a enraizarse en el cuerpo social, los dispositivos de detección, de clasificación selectiva, de vigilancia, de denuncia y de discriminación fundados en el origen o la creencia (todo lo que es en potencia hiperenemigo) pueden instalarse sin suscitar protestas masivas: ficheros “S”, reforzamiento de los controles por el aspecto físico -“perfiles raciales”, criminalización de las afirmaciones intempestivas de pertenencia al islam, caza de menores, etc.

Lo que todavía constituye una diferencia son las cuestiones de territorio: los palestinos ocupados están cogidos en la trampa de “sus” territorios en los que están asignados a un régimen de ocupación militar acompañado por todo tipo de restricciones de geometría variable y del que solo pueden salir en determinadas condiciones -o no /21. No hemos llegado completamente a ello, pero hay que subrayar que la territorialización del conflicto del Estado con los post-coloniales va a buena marcha: cuando el 30 de julio pasado, la presentación de los amigos de Adama Traoré de un aviso de “manifestación” en París (Estación del Norte-Bastilla), debidamente registrada por la Prefectura no impidió que fueran bloqueados por la policía: ni hablar de que los indígenas de Beaumont-sur-Oise vengan a importar a las calles de la capital sus agravios -y aquí, como a menudo, las estaciones del Norte y del Este parisinas hacen la función de checkpoints /22.

Si se traza una línea que ligue todos estos rasgos dispersos del gobierno de los vivos que viene, se ve dibujarse una figura oculta de la política. Una figura dinámica cuya propiedad es que la dirección que imprime a la vida política escape totalmente a sus actores. En Israel, la puja securitaria sobre la que surfean los equipos o más bien las combinaciones dirigentes sucesivas es esta huida hacia adelante que constituye el único expediente que permite a un pueblo del Estado (reagrupado como ilusorio pueblo étnico pero hecho en realidad de una multitud de piezas relacionadas y atravesada por desigualdades sociales violentas y todo tipo de otros factores de división y ruptura) aguantar unido contra viento y marea. Israel es todo salvo una nación y no es “un pueblo” más que a condición de una guerra perpetua contra otro pueblo desposeído de su tierra. Un pueblo en permanente vigilia guerrera, rehén del militarismo del Estado. En estas condiciones, la única válvula de escape securitaria y su reverso, la conquista vía la ocupación y las colonias de las tierras palestinas son ese resorte efectivo de una política que, por ello, está condenada a prosperar sobre precisamente aquello que pretende combatir: el control de los territorios ocupados por las colonias y las carreteras estratégicas, la omnipresencia del ejército, los controles, los cacheos y las destrucciones de casas, los internamientos administrativos -en definitiva todo lo que se efectúa en nombre de la seguridad es lo mismo que va a alimentar, del lado de los jóvenes palestinos, las vocaciones activistas y la puesta en marcha de acciones espectaculares más o menos sangrientas y siempre destinadas a golpear la imaginación de la opinión pública israelí.

Este ciclo infinito es lo que alimenta la “radicalización” constante de la política israelí y, actualmente, el ascenso de formas fascistas en el marco mismo de una democracia parlamentaria. Es así como la política israelí se ha transformado en una máquina infernal en manos de activistas que proclaman cada vez más abiertamente sus convicciones racistas y expansionistas, haciéndose de forma cada vez más apremiante los promotores de una política de apartheid en detrimento de los palestinos, pero también de aventuras guerreras destinadas a asegurar de forma “definitiva” al Estado de Israel la posición de gendarme de Occidente en Medio Oriente -desde Benjamin Netanyahu a Avigdor Liberman, de Liberman a Naftali Bennet, etc.

En la práctica, lo eficaz de esta dinámica incontrolada que hace parecerse la política israelí a un camión loco se manifiesta cada día en una nueva deriva autoritaria: ataques estilo Putin contra las ONG que denuncian la colonización ilegal de los territorios palestinos, tentativas de controlar la cultura y multiplicación de los actos de censura, ideologización a ultranza de la enseñanza de la historia, presiones ejercidas sobre los ciudadanos israelíes de origen árabe para que proclamen su lealtad al Estado como Estado judío, etc. /23.

Se siente hoy la política gubernamental francesa, en el contexto de la lucha contra el “terrorismo islámico”, arrastrada, mutatis mutandis, por un tipo comparable de oscura espiral: todo paso dado en esta dirección está destinado a producir un efecto de agravación del fenómeno que se trata de combatir. La lucha contra el yihadismo es ella misma la primera de las fábricas de yihadistas, esto tanto en el frente interior como en el exterior: cada vuelta de tuerca a quienes se sospecha de simpatías islamistas mantiene, no sin motivo, el gran relato de una persecución dirigida contra quienes son las víctimas de la política de Occidente. Cuando un “atropello” de la coalición occidental en Siria hace un número de muertos poco más o menos equivalente a los del atentado de Niza, se establece una siniestra contabilidad en la cabeza de quienes, desesperando de la justicia y del derecho, sueñan ya con devolver golpe por golpe, importando poco los medios /24; cuando con ocasión de otra “pasada”, esta vez policial, la mentira de un representante del estado (de la institución judicial) aparece en la portada de los diarios,, igualmente se pone en marcha la cadena sobre la que se montan los vengadores en serie… Esa espiral, aún cuando arrastrara a quienes son sus agentes más que ser propiamente hablando un instrumento en sus manos o el elemento de una estrategia, no deja de confirmar por ello la tesis planteada por Agamben: el Estado de seguridad no es algo que tiene por objetivo hacer frente a riesgos y peligros, sino algo que vive del mantenimiento y de la reproducción sin fin de éstos, en un contexto duradero en el que los déficits de legitimidad de los gobernantes son alarmantes. ¿Qué otra cosa que una ilusoria protección al precio de la omnipresencia de la policía y de la subasta de las libertades públicas podría vender a la opinión pública alguien como Valls? /25.

Achille Mbembe insiste en sus recientes obras en las afinidades entre el capitalismo y el pensamiento animista. El capitalismo, dice “se instituye según el modo de una religión animista”. Nos veríamos llevados a preguntarnos hoy si este tipo de contaminación no afecta igual a las formas políticas en este tiempo en el que el ciudadano y el súbdito temeroso del Estado de Seguridad tienden a ser solo uno. Cada vez más, en estas condiciones, la relación tanto del dirigente como el del hombre ordinario con lo real viene a distendirse, las huidas en el imaginario se multiplican, mientras se imponen las conductas mágicas: la representación de la imagen del terrorista, el enunciado de su nombre se convierten en objeto de debates apasionados con ocasión de los cuales las estrellas mediáticas se lavan en las aguas espectrales del tótem y del tabú, del maná y del aura (maléfica)… En las columnas de Le Monde, un sociólogo y filósofo en estado de gravitación avanzada enuncia seriamente: “A corto plazo, contra este tipo de actos [terroristas], sería necesaria una verdadera política de información. Ultra selectiva pero ultra secreta (sic). Pero sobre todo, porque Internet cambia radicalmente los fundamentos del terrorismo, sería necesario un observatorio europeo de las identidades (re-sic), con especialistas de Internet, sociólogos, sicólogos, etc., para comprender cómo se construyen esas identidades, en particular las frustraciones, los odios/26.

En definitiva, asistimos a delirios graves -y en todos los sentidos. Lo que raramente, en lo referido a los tiempos que vienen, nos impulsa al optimismo /27.

9/08/2016

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article38722

https://entreleslignesentrelesmots.wordpress.com/2016/08/11/ce-pire-qui-nous-inspire/

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR

Notas

1/ France Inter, el 16 de julio en los informativos de las 8h. No he retenido el nombre del militar israelí experto en cuestiones de seguridad.

2/ Denis Charbit: “Como demuestra el caso israelí, la seguridad no es algo dado, se construye”, Le Monde, 23/07/2016. Mientras tanto, el corresponsal de Le Monde en Jerusalén escribía en el mismo sentido recordando que “en Israel, los grandes acontecimientos populares están cerrados a toda circulación” (20/07/2016) -siendo el mensaje, ni siquiera subliminal, de este artículo: ¿cuántos muertos nos habríamos evitado si hubiéramos sabido inspirarnos a tiempo en el modelo israelí?

3/Si haces algo durante suficientemente mucho tiempo, el mundo acabará por aceptarlo (…) el derecho internacional progresa por las violaciones. Hemos inventado la tesis del asesinato selectivo y hemos tenido que imponerla” (Daniel Reisner, antiguo director del departamento jurídico del ejército israelí, citado por Grégoire Chamayou en Théorie du Drone, La fabrique, 2013. Citado en Contre l´Etat d´urgence, penser l´état du monde, spécial séminaires Rennes, 12-13-14 febrero 2016.

4/ Consiguientemente, de forma natural, la determinación del gobierno francés, único en Europa en este caso, de criminalizar las campañas en favor del boicot a los productos israelíes toma un nuevo sentido: se trata claramente de manifestar, como ha hecho Valls, un acuerdo político e ideológico con el Estado de Israel en el fondo -esto precisamente cuando Human Rights Watch llamaba a las empresas extranjeras a no hacer negocios con las colonias israelíes en Cisjordania (Le Monde 20/01/2016).

5/ Ver sobre este punto las intervenciones de Jean-Pierre Filiu que ha hecho de la promoción de esta versión su causa personal y que la adorna con sus bazas universitarias.

6/ Que este partido identitario y patriótico sea ciertamente un agrupamiento convocado por el miedo es lo que expone claramente Agamben: “En el modelo del británico Thomas Hobbes, que ha influenciado tan profundamente nuestra filosofía política, el contrato que transfiere los poderes al soberano presupone el miedo recíproco y la guerra de todos contra todos: el Estado es lo que viene precisamente a poner fin al miedo. En el Estado de Seguridad, este esquema se da la vuelta. El Estado se funda de forma duradera en el miedo y debe, a cualquier precio, mantenerlo, pues saca de él su función esencial y su legitimidad” (Giorgio Agamben “De l’Etat de droit à l’Etat de sécurité , en Spécial séminaire Rennes, op. cit.). Se podría hurgar en la lectura convencional que Agamben hace aquí de Hobbes sugiriendo, en una óptica más libertaria, que en la práctica Hobbes sustituye, para el súbdito individual, el miedo al Estado al miedo a cualquier cosa. Pero no es aquí ese el objeto de la discusión. G. Agamben “De l’Etat de droit à l’Etat de sécurité “, en Spécial séminaire Rennes..., op. cit. Este artículo fue publicado previamente en Le Monde.

7/ Así, puede ser asignada a residencia “cualquier persona de la que hay serias razones de pensar que su comportamiento constituye una amenaza para el orden público y la seguridad”

8/ Ver sobre este punto: Sylvie Thénault : “L’état d’urgence (1955-2005) : de l’Algérie coloniale à la France contemporaine. Destin d’une loi “ en Le Mouvement social, 1/2007 (retomado en Spécial séminaire Rennes, op. cit.).

9/ Artículo citado anteriormente.

10/ Ver sobre este punto la “teoría” neoorientalista con salsa analítica del “supermusulmán” forjada por Fethi Benslama.

11/ Que él mismo debe mucho al “modelo” surafricano del apartheid, con los dos dispositivos clave que son el confinamiento de las poblaciones coloniales a zonas reservadas y militarmente definidas y la existencia de SAS entre los espacios habitados por los dueños y aquellos a los que son confinados los subalternos, estando etnizada a ultranza la distinción entre unos y otros, como tiene a serlo de forma creciente aquí.

12/ Ver artículo citado.

13/ Expresión desgraciada y ciega -la única “cuestión” es la de la existencia en el territorio de la antigua Palestina de un Estado fundado en el privilegio étnico.

14/ Ver la tribuna firmada por un oficial superior en Le Monde del 5/05/2016.

15/ Hay que recordar aquí que, como dice Foucault, siendo la tendencia natural de toda especie de poder el ir creciendo, esta propensión toma, en el caso del poder policial (de la policía como poder específico), un aspecto completamente singular: la línea de fuerza y el horizonte del aumento del poder policial, no es “la seguridad” mejor asegurada, sino el Estado policial. En un contexto en el que, en 2015, el 51,5% de los policías y militares han votado al Frente Nacional en la primera vuelta de las regionales (encuesta Cevipof), esta verdad merece ser meditada por todas las personas a las que la expresión “policía republicana” hace aún el efecto de un tranquilizante. Y, la policía francesa cuenta en sus filas con una proporción variable pero determinante de partidarios de un Estado fuerte que les pone en situación de “hacer la limpieza”, y que espera su momento y lo siente cada vez más cerca, en particular desde que los Valls y Cazeneuve les dan a entender que son las vacas sagradas del Estado de seguridad. Mensaje inmediatamente recibido y cuyo efecto ha sido la orgía de violencias policiales que ha acompañado a las manifestaciones contra la ley El Khomry. Ver sobre esto “ Le risque d’impunité des forces de l’ordre dénoncé”, Le Monde 15/03/2016.

16/ Ver Le Monde 3/08/2016 : “Mort d’Adama Traoré : des mystères et des omissions”. Igualmente: “Deux plaintes visant les forces de l’ordre déposées par les proches d’Adama Traoré”, Le Monde, 06/08/2016.

17/ El acceso al TGV, en particular a los internacionales, está ya sometido a este dispositivo de checkpoints. Se mide con facilidad la importancia de este dispositivo cuando se sabe lo cerrada que está la malla del territorio por la red TGV en Francia y la importancia vital de los temas securitarios ligados a la red TGV (ver sobre este tema el llamado asunto Tarnac).

18/ El reagrupamiento bajo el signo del odio del archi-enemigo es también una figura central de la vida pública en Israel. En la última Jornada de recuerdo de la Shoah, el jefe del estado mayor adjunto del ejército israelí suscitó una cierta conmoción al declarar, entre otras cosas: “No hay nada más sencillo que odiar al extranjero, nada más simple que suscitar miedos e intimidar. No hay nada más simple que portarse como un animal, olvidar los principios y actuar con suficiencia” (Le Monde 7/05/2016). Estas declaraciones fueron proferidas en el contexto de la ejecución sumaria de un palestino en Hebrón por un soldado franco-israelí al que todavía esperamos que la justicia francesa le pida cuentas por esa “hazaña”.

19/ Ver el artículo: “En Israel, los cadáveres enemigos cogidos como rehenes -para evitar que los palestinos que han atacado a judíos con cuchillos sean honrados como mártires. El Estado hebreo no entrega los cadáveres a las familias más que bajo determinadas condiciones” Libération, 20/01/2016.

20/ Señalemos de paso que la sustitución de los procedimientos administrativos a los procedimientos judiciales se aplica constantemente de forma preferente a las poblaciones de origen colonial. Es ya el caso con los centros de retención destinados a extranjeros en situación llamada irregular -personas postcoloniales en su gran mayoría-, no de detención -nadie puede ser detenido fuera de un procedimiento judicial.

21/ En junio de 2016, tras el asesinato de cuatro israelíes por palestinos en Tel Aviv, el acceso al territorio israelí fue prohibido a los palestinos durante varios días. El ministro israelí de defensa ordenó que los cuerpos de los atacantes no fueran entregados a sus familias. La destrucción con explosivos de las casas de las familias de los “terroristas” en los territorios es, desde hace mucho, algo rutinario. Todas estas prácticas con fuerte valor simbólico están destinadas a producir el señalamiento del hiper-enemigo como tal.

22/ Libération, 1/08/2016.

23/ Ver entre otros : “En Israël, des ONG de défense des droits humains marquées au fer”, Libération, 13/01/2016 ; “Israël veut censurer Ernest Pignon-Ernest”, Libération, 15/01/2016 ; “Offensive idéologique de la droite religieuse en Israël”, Le Monde, 5/08/2016 …

24/ Ver “La pire bavure de la coalition anti-EI en Syrie”, Le Monde 21/07/2016.

25/ Como señala acertadamente Rada Ivekovic, “la opinión” hoy, de forma creciente, “no tiene ninguna opinión y se contenta con repetir”. (Réfugié-e-s – Les jetables, Al Dante, 2016.

26/ Raphaël Liogier, “L’organisation Etat islamique est devenue une franchise de la terreur”, Le Monde 21/07/2016.

27/ PS. Me equivocaba completamente cuando escribía más arriba que no hemos llegado en Francia a prohibir el entierro de los terroristas abatidos por la policía: el alcalde de Montluçon de donde es originario Nabil Petitjean, uno de los dos asesinos del cura degollado en Saint-Etienne-du-Rouvray acaba de anunciar que se opondrá a su entierro en su localidad.



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