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Entrevista a Jaume Asens
Una posibilidad sería hacer el referéndum y las elecciones constituyentes el mismo día
16/09/2016 | Roger Palà

Foto: Jordi Borràs (elcritic.cat)

Jaume Asens (Barcelona, 1972) está llamado a tener un rol relevante en la configuración del proyecto nacional de los Comunes. Licenciado en derecho y en filosofía y doctorando en ciencias políticas y sociales (con la tesis a medias), ha pasado de ser uno de los abogados más críticos con los abusos del poder a ejercer una tenencia de alcaldía del Ayuntamiento de Barcelona. Representa la sensibilidad más soberanista de Barcelona en comú. Asens ha aprovechado el mes de agosto para tomar distancia del día a día de la política. Lo ha hecho a base de formarse, leer, pensar y escribir. Se presenta a la entrevista armado con libretas y folios llenos de reflexiones. Este es el resumen de tres horas de conversación. Os presentamos la Vía Asens.

Formas parte del núcleo de militantes de los movimientos sociales que han dado el paso a la política institucional durante el último ciclo electoral. Sin embargo, durante muchos años recelaste de los partidos políticos.

Pertenezco a una generación que crece con desconfianza hacia las organizaciones burocráticas y de la vieja izquierda. Nos marca el levantamiento zapatista de los años noventa, las movilizaciones antiglobalización de Seattle y de Génova, las protestas contra la guerra de Irak… La década que va del 1994 al 2004 es como Mayo del 68. Nos señala el camino gente como Manuel Sacristán o Paco Fernández Buey, que fue mi director de tesis. Pensamos que esta trinchera de los movimientos, en aquel momento histórico, es más útil y eficaz que los partidos. En este marco coincidimos gente como Jesús Rodríguez, ahora periodista de la ‘Directa’ y durante muchos años portavoz del movimiento ‘okupa’, el sociólogo Ivan Miró, de La Ciutat Invisible… Y también Pablo Iglesias, Íñigo Errejón algo más tarde, Gemma Ubasart, Jordi Bonet, la misma Ada Colau…

Empezaste a ejercer de letrado a finales de los noventa, primero colaborando en el despacho del abogado Francesc Arnau y después impulsando el Colectivo Layret. El nombre de Layret ya lo dice todo: es la figura de “el abogado de los pobres”, una idea que también representaba Companys.

Layret y Companys eran abogados que defendían a los perseguidos, los oprimidos, los trabajadores… Una parte de la relación de la CNT con ERC surge de aquí. Companys es muy amigo de Salvador Seguí, porque la madre de Seguí limpiaba en casa de Companys. El triángulo Layret-Companys-Seguí explica muchas cosas. Después, esto continúa en la lucha antifranquista, desde los abogados de Atocha en Madrid que son asesinados en el 77 –de este colectivo formaba parte la actual alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena– hasta la gente que se agrupa en torno a la comisión de defensa del Colegio de Abogados en Cataluña, que nace a partir de un hecho brutal: la ejecución de Salvador Puig Antich. Esta generación de los años sesenta y setenta, con gente como August Gil Matamala, es la que nos abren camino.

Has pasado muchos años defendiendo a los movimientos sociales de abusos institucionales. Pero en mayo del 2014 fuiste elegido concejal dentro de la candidatura de Barcelona en comú y hoy eres teniente de alcaldía de la ciudad. Ahora formas parte de la institución. ¿Por qué ahora y no antes?

Mucha gente de la que participábamos en los movimientos sociales durante los noventa y la primera década del 2000 creíamos que no se daban las condiciones para intervenir en la arena institucional. Esto cambia con el 15-M. Se abre un ciclo de movilizaciones inédito, que desborda los marcos establecidos. Pero el 15-M también nos sirve para constatar los límites del ciclo de protesta. Más allá de los núcleos activistas, no se puede mantener una movilización permanente, porque esto nos lleva al agotamiento, a la depresión o a la impotencia. Así, veíamos cómo el 80% de la gente tenía simpatía hacia la PAH, pero después ganaba las elecciones el PP. Los tiempos posteriores al 15-M son una toma de conciencia de que no basta con resistir. Hacía décadas que resistíamos. En ese momento llegamos a la conclusión de que hace falta un movimiento excepcional. Que, si hacemos lo de siempre, sucederá lo de siempre. Y, que existe una ventana de oportunidad para hacer el salto y para plantearnos retos que hasta entonces nos habrían sonado absurdos, como la posibilidad de ganar unas elecciones.

Pero hay una diferencia entre ganar las elecciones y ganar el poder. Gerardo Pisarello hacía esta reflexión cuando lo entrevistamos en CRÍTIC. ¿El paso a las instituciones tiene límites?

Los políticos tienden a caer en la ilusión de mitificar la democracia formal y la capacidad de transformar desde la institución. La maquinaria institucional no es tan maleable ni neutral como muchos piensan. Hemos aprendido que no es suficiente con las victorias electorales. Cuando gana la derecha, puede ejecutar su programa sin muchas dificultades, porque en el fondo ya ostenta el poder: económico, eclesiástico, mediático… Cuando ganan las fuerzas progresistas, se encuentran con muchos obstáculos sistémicos. Nos sirve la metáfora de Allende, que gana las elecciones, pero constata que el poder está en otra parte.

Una cosa es el contexto de Allende y otra muy diferente el de Barcelona en comú, que no tiene a los militares en la puerta del Ayuntamiento. ¿Hasta qué punto este argumento de los obstáculos sistémicos con que se encuentra la izquierda cuando llega al poder, no es una excusa para no tener que aplicar políticas de cambio resistente?

Son contextos diferentes. Pero la metáfora de Allende nos sirve para ser conscientes de que no basta con ganar elecciones, y de que los grandes cambios no se pueden hacer de la noche a la mañana. Para conseguirlo, necesitas acompañamiento y contrapoderes en el ámbito social, cultural y político, que estén vigilando y no bajen la guardia. El gran riesgo es pensar que “los nuestros” ya han ganado las elecciones y ya podemos volver a casa. Esto es lo que pasó durante la Transición. Esta desactivación del tejido social se tiene que intentar revertir. La institución tiene que hacer crecer este empoderamiento social, apoyando la creación de cooperativas, de espacios de ayuda mutua… Contribuyendo a organizar la sociedad. Pero tampoco podemos obviar que el poder institucional puede servir para garantizar los derechos de los ciudadanos. Para proteger a los débiles, necesitas leyes. A veces, en algunas posiciones hipercríticas hay un cierto vanguardismo, fetichismo de la lucha social y pureza revolucionaria. La política es mucho más compleja.

¿No existe el riesgo de que Barcelona en comú se acabe institucionalizando?

La institución tiene límites y códigos propios. No era nuestro terreno: lo hemos ido conociendo. Para algunos, la política es un intercambio de cromos. Para otros, un barrizal permanente. Trias hace 35 años que está en política y me parece un político honesto que no hace trampas. Pero ves a otros que hace muchos años que están y la política los ha embrutecido. Al mismo tiempo, tomas conciencia de que cuando estás en una institución tienes unas responsabilidades diferentes a las que tienes cuando estás en los movimientos. Hemos aprendido que la idea que verbalizó David Fernàndez de tener un pie en la institución y mil pies en la calle sólo es viable si eres oposición. Si eres gobierno, no lo es. No puedes, porque la dinámica institucional te chupa. Podemos tener un pie en la calle, pero esta calle no es sólo la calle de los movimientos sociales. Es una calle mucho más amplia donde toman parte otros muchos actores.

En el Ayuntamiento de Barcelona has asumido el área de derechos humanos. Cuando llegasteis al poder, estaba muy presente el ‘caso 4-F’, que relata el documental ‘Ciutat Morta’/1 , en el que se acusaba a la Guardia Urbana de abusos de poder. ¿Barcelona en comú ha investigado a fondo a la Guardia Urbana para determinar si realmente se producen estos abusos?

Desde nuestra área trabajamos revisando protocolos, organizando talleres y formaciones, y miramos de incrementar la sensibilidad del cuerpo en materia de derechos humanos. Dentro del cuerpo hay muchos componentes. Hay un sindicato en concreto que algunas veces tiene posiciones reaccionarias, pero no representa a la mayoría del cuerpo. Y en algunas declaraciones de algún portavoz a veces lo que hacen es manchar el prestigio de todo el cuerpo en su conjunto. A veces se produce una cierta distorsión por algunas actuaciones concretas que son aisladas, como fue el ‘caso 4-F’, que puso en juego la imagen de la Guardia Urbana.

¿El Ayuntamiento de Barcelona en comú ha investigado a fondo el 4-F?

El 4-F se investigó en su día en el ámbito judicial, porque se tenían que depurar posibles responsabilidades penales, y se cerró. Desde el punto de vista administrativo, está todo prescrito. Hemos tomado iniciativas para que no se pueda repetir nunca un 4-F en Barcelona: desde revisar protocolos hasta colocar cámaras en los coches de la Guardia Urbana.

Un debate muy presente en los medios es la gestión del ‘top manta’. Por un lado, hay quien habla de tolerancia y que Barcelona se ha convertido en ‘Galerías Colau’. De la otra, hay quien acusa al Ayuntamiento y a la Guardia Urbana de persecución de los ‘manteros’.

Es un fenómeno muy complejo, que no es exclusivo de Barcelona ni de Cataluña, sino que existe en el ámbito global, y en ninguna parte se ha encontrado una fórmula mágica y definitiva. Tiene que ver con la exclusión que genera la Ley de extranjería y el Código penal, que pasa a considerar delito el ‘top manta’ el 2005. Nosotros no estamos de acuerdo ni con la Ley de extranjería ni que la venta ambulante tenga que figurar al Código penal. Pero tampoco con la saturación del espacio público para hacer una actividad lucrativa.

¿Los ‘manteros’ se lucran o miran por sobrevivir?

El término lucro puede incluir la idea de la ganancia económica y quizás no es el más adecuado. Pero el ‘top manta’ supone extraer un lucro económico en el espacio público a partir de una actividad ilegal que se hace con productos falsificados y genera problemas de convivencia con los vecinos. ¿Qué se puede hacer? Desde el área de derechos humanos hemos reforzado el empadronamiento –muy importante para que el colectivo de ‘manteros’ pueda salir de la precariedad y acceder a los servicios municipales en pie de igualdad–, hemos puesto en marcha planes de trabajo… Sí que es cierto, sin embargo, que tienes la sensación de impotencia porque nada de lo que haces es suficiente. Lo que sí nos hace daño es la instrumentalización del fenómeno que hacen algunos partidos. Por un lado, nos acusan de ser amigos de los ‘manteros’ y de haber convertido Barcelona en un gran bazar. Y, por otro, hay un relato minoritario que hacen otros partidos y algunos actores sociales acusándonos de racismo institucional por perseguir la venta ambulante. Nos preocupan quienes intentan introducir un mensaje patriótico, con la vena hinchada, muy similar al ‘primero los de casa’. Pero también nos preocupa la banalización del racismo. Se pueden producir episodios concretos de discriminación en la persecución de los ‘manteros’. Pero no permitir la venta ilegal en el espacio público no es racismo. No es por su color de la piel que se actúa. Y, cuando de las palabras se hace un mal uso, enferman y pierden su fuerza. Como decía Wittgenstein, si una categoría la atribuyes a todo, al final no puedes atribuirla a nada. Si todo es racismo, al final nada es racismo.

Este último relato que describes, ¿quién lo realiza? ¿La CUP de Barcelona?

En la actuación de la CUP de Barcelona en este tema hay una parte honesta, que quiere contrarrestar el discurso hegemónico, y vela para que no tengamos la tentación de aplicar lógicas de ley y orden duras. Pero también hay un componente instrumental, que a menudo no favorece al propio colectivo y lo pone en una situación de riesgo. Si alguna crítica se le puede hacer a la CUP, es que, en la lógica de lo que decía Max Weber, a veces se guía más por la ética de la convicción que por la ética de la responsabilidad. La ética de la convicción está pendiente del discurso de denuncia, pero no presta tanta atención a las consecuencias de los mismos actos. Es la ética de la responsabilidad la que calcula las consecuencias de los actos en el medio donde se interviene políticamente. La CUP de Barcelona prioriza hacer entrar en contradicción a sus adversarios y hacer exhibición de sus principios antes que conseguir resultados palpables, y la política se mide también por los resultados. Esta es una diferencia sustancial entre nosotros y la CUP. Barcelona en comú está buscando constantemente alianzas para conseguir objetivos.

En el caso de Barcelona en comú, esta alianza se ha concretado en un pacto con el PSC, un partido que hasta hace poco tiempo la misma alcaldesa había catalogado de “partido del régimen” y con el que habíais dicho que no pactaríais. A la izquierda había una alternativa: ERC y la CUP. ¿Cuál es la razón de fondo del pacto con los socialistas?

No es el pacto que deseábamos. Es fruto de la negativa por parte de ERC y de la CUP de entrar en el gobierno. Creo que es bastante público que tengo más simpatías hacia ERC y la CUP, a quien he votado en diferentes momentos históricos, que hacia el PSC. Pero necesitábamos ampliar el gobierno. Era una cuestión de supervivencia. Con 11 concejales no podíamos gobernar una ciudad. Con 15 es mucho más fácil. Hay una mayor estabilización del gobierno.

En la Generalitat gobiernan los independentistas. En el Ayuntamiento, los Comunes pactan con el PSC. ¿El futuro podría ser un ‘remake’ de la política catalana de los ochenta y noventa, cuando CiU y el PSC se repartían el país y la capital, pero ahora con ERC y los Comunes de protagonistas?

El área metropolitana y la ciudad de Barcelona han sido históricamente más de izquierdas y más mestizas. Cataluña es más diversa y el eje nacional ha prevalecido más, a pesar de que el país es más de izquierdas que el partido que lo ha representado durante 30 años. Y esto ha sido consecuencia de una cuestión nacional no resuelta. El gran acierto perverso del pujolismo es convertirse en un cierto peronismo: identificar el país con el partido o con una persona y me atrevería a decir con una familia. Cuando atacas Convergència, parece que ataques al país. Mas, el heredero político de Pujol, intenta continuar esta línea de identificación entre el partido y el país. Cuando ve que el sentido común de época y la centralidad se mueve hacia el independentismo, intenta dirigir el proceso y sumarse a la oleada soberanista, para hacer lo mismo que hizo Pujol en su momento con el catalanismo: intentar hegemonizarlo. En este sentido, sabe leer bien la realidad, pero le sale bien.

La relación entre el independentismo y los Comunes parece estar bajo mínimos. El politólogo Jordi Muñoz ha hablado este agosto en un artículo [traducido en Viento Sur] de un “repliegue” de los Comunes hacia posiciones muy antiindependentistas. ¿Lo ves así?

No. Una cosa es dónde nos quieren situar algunos, y otra es dónde estamos. Hay actores que nos quieren expulsar del campo soberanista. Pero nosotros seguimos manteniendo una coherencia en el discurso. Creo que se nos imputa este alejamiento del procés por nuestra estrategia de no renunciar al horizonte de transformación del Estado español ni a los avances que se puedan producir a partir de la alianza con otras fuerzas del Estado.

Este horizonte de transformación… ¿no ha quedado liquidado definitivamente con los resultados del 26-J?

No. La idea de que España es irreformable es una idea reaccionaria que la gente de izquierdas no podemos asumir. Y a veces algunas personas la formulan desde una cierta superioridad moral, como si hubiera una inferioridad congénita en los españoles que les impidiera avanzar. Es cierto que Cataluña ha ido siempre por delante. Pero ahora hay una correlación de fuerzas nueva, que no es para echar cohetes, pero que invita a un cierto optimismo. A aquella España vieja, uniforme y de pandereta se le ha confrontado a partir de la emergencia de Podemos una España más laica, más joven…

Y que sigue siendo claramente minoritaria. El PP y el PSOE siguen siendo los principales partidos políticos. ¿Qué tiene que hacer Cataluña? ¿Esperar?

El proceso soberanista en Cataluña es autónomo. Pero creemos que, para que pueda tener éxito, lo mejor es que se relacione con los otros procesos de cambio que se puedan producir en el Estado español. Aquí nos encontramos un doble error simétrico: quienes desde el Estado ven lo que pasa en Cataluña como algo hostil cuando en realidad es un vector de cambio en España, y quienes en Cataluña creen que el proceso constituyente tiene que ser una acumulación de fuerzas en clave doméstica y nacional, y no ven que la alianza con gallegos, vascos, y también con el Madrid del ‘no pasarán’ y del 15-M, es una alianza importante. Esto no quiere decir que tengamos que esperar dos generaciones. Esta es una caricatura que se hace de nosotros.

Entonces, ¿qué hay que hacer?

Nosotros seguimos apostando por incidir en esta idea, lo que no quiere decir que tengamos que supeditar el terreno de juego catalán al español. Aunque son terrenos que están interrelacionados, y quien no lo vea se equivoca. La ruptura con el régimen vendrá desde la periferia y desde abajo. En este sentido, me siento más cerca de Valentí Almirall que de Pi i Margall. Almirall dice que Cataluña y España son dos realidades económicas, culturales y políticas diferentes, y que no se puede exigir una estrategia única a los diferentes actores políticos del Estado. Él cree que hay que dar el golpe desde las periferias y que Cataluña tiene que ser una prioridad. Es el primero que defiende un sistema de partidos diferenciados.

Xavier Domènech ha planteado la figura de Pi i Margall y su pensamiento como una de las claves del relato de los Comunes.

Creo que estamos más en tiempo de Roca i Farreras y en cierta medida también de Macià, que de Pi i Margall y Companys. Roca y Farreras es un personaje muy desconocido, que formula lo que él denomina la lucha de liberación popular integral. Se inspira mucho en lo que pasa en Irlanda, sigue a menudo a James Connolly, y las revoluciones en América Latina, y defiende la integración de las dos luchas, social y nacional. Inspira al mismo a Companys, Macià, Layret, Seguí o Rafel Campalans, tradición muy ignorada por el PSC. Roca y Farreras dice que la burguesía no puede servir para liderar el proceso de ruptura, porque antepone siempre sus intereses de clase a los del país y sabe que, en la correlación de fuerzas que se acontecería en una Cataluña independiente, perdería el predominio. Es interesante porque, además de decir esto, confronta con Pi i Margall. En Pi i Margall, la federación aparece como la única solución del problema de las antiguas naciones. Propone estados federales en virtud de un pacto entre iguales, pero a través de un lazo federal indisoluble entre ellos. La doctrina nacionalista republicana de Roca y Farreras va más allá porque plantea más de una solución al problema nacional catalán. Por un lado, la de una Cataluña como Estado democrático aliado, como Hispanoamérica y Portugal, y por otro, sería la República catalana confederada libremente con el resto de las naciones, que siempre conservan la soberanía. Esto es lo que recogen Macià y Companys en sus proclamaciones de República o de Estado independiente, siempre en el marco de las repúblicas ibéricas. Roca y Farreras dice que Cataluña podría llegar a ser una república independiente que se avanzara al resto, y que, en todo caso, pudiera esperar a las demás. Es decir: primero república catalana, y después ya veremos. Conecta bastante con lo que José Téllez explicaba también en CRITIC sobre el consenso de Badalona. En Cataluña tiene que haber un cambio de hegemonía. Los federalistas y los catalanistas de los años treinta se unieron en un bloque cultural y político que fue el germen de ERC. Hoy quizás son los independentistas y los Comunes quienes están en condiciones de constituir un bloque hegemónico de ruptura. El país está virando hacia esto.

Es difícil pensar en articular este polo teniendo en cuenta que en el seno del independentismo no sólo están ERC o la CUP, sino también el espacio de Convergència. CDC y los Comunes parecen ser actores que se excluyen mutuamente.

Una gran parte del catalanismo de izquierdas que viene del PSUC tiene muchos anticuerpos hacia CDC, y muchas veces con expresiones enfermizas. Hay quien no ve que están pasando cosas en la Convergencia de ahora, que no es igual que la de antes. Hay un cierto miedo, muy instaurado en la conciencia de los catalanes de izquierdas, de que el catalanismo conservador acabe haciendo una apuesta de régimen, porque ha pactado durante muchos años con el PP. Pero la recomposición de CDC existe.

Gerardo Pisarello explicaba en un artículo en CRITIC[traducido en Viento Sur], en respuesta al texto de Muñoz, que la alternativa de los Comunes pasaría por unas elecciones constituyentes. Domènech también hablaba de unas elecciones constituyentes. ¿Para constituir qué?

La propuesta de Pisarello tiene que ver con un cambio de hegemonía. El crecimiento del soberanismo y su desplazamiento hacia la izquierda genera unas condiciones inéditas para la gestación de un nuevo bloque político, social y cultural que permitiría conectar mejor con las clases populares del área metropolitana, que en buena medida se sienten ajenas al proceso soberanista, porque piensan, acertadamente o no, que hay un liderazgo de la derecha, que antepone sus intereses de clase. Yo creo que el proceso está liderado por la sociedad civil y quienes ha llevado la batuta han sido la ANC y Òmnium, y CDC ha intentado cabalgarlo. Pero esta percepción del proceso liderado por la derecha existe.

Entonces, ¿la solución para que los Comunes se sumen al proceso es que no lo lidere Convergència?

CDC ha tenido un papel histórico, igual que la Liga en su momento. Pero los tiempos de la Liga pasaron, y los de CDC también. No podemos romper el régimen con figuras del régimen. ERC no es un partido del régimen, no participó en el pacto del 78. La CUP tampoco.

El PSUC sí. E ICV y EUiA, sus herederos, forman parte del mundo de los Comunes.

Sí, y han hecho una revisión histórica crítica y están en otro paraguas político que es nuevo. El giro soberanista de Mas, a la vez que es un giro para salvarse él, también sirvió para CDC en el proceso soberanista. Ahora habrá que ver si serán leales cuando el liderazgo del país cambie. El ciclo autonomista se acabará cuando se acabe el liderazgo de Convergència. Este es el cambio de pantalla real. Esto no quiere decir prescindir de CDC y de lo que representa. El proceso tiene que ampliar sus bases sin perder a quien le apoya. Convergència debe estar. Pero la propuesta de elecciones constituyentes es interesante porque plantea la necesidad de recomponer el mapa político en esta dirección y conseguir esta correlación de fuerzas favorable. La idea que plantean Pisarello y Domènech sobre las soberanías compartidas e interrelacionadas, y sobre la recuperación de la soberanía popular en materia de derechos, conecta con las clases populares. La pulsión independentista no tiene que servir para invisibilizar la lucha por las otras soberanías.

Pero eso parece instalarnos en algo así como una rueda de hámster. ¿De elección en elección hasta la victoria final?

A veces con el proceso tienes la sensación de que cada vez cuesta más saber dónde estamos, que nadamos en círculos dentro de una pecera. Y a veces parece que la finalidad sea el proceso en sí mismo, esto que denominamos ‘procesismo’. Pero la historia nos muestra que en Cataluña todos los adelantos destacables se han producido a partir de un puñetazo sobre la mesa. Ha sido esta política de hechos consumados la que permitió expulsar Isabel II, proclamar la República o el regreso de Tarradellas del exilio. Si no se da un golpe de fuerza audaz, no se avanza. Por lo tanto, el punto de partida común es que hace falta un acto de ruptura. Y este acto de ruptura, que para que sea posible tiene que ir acompañado de una presión y movilización ciudadanas, no se ha hecho.

Últimamente se ha hablado mucho del denominado referéndum unilateral de independencia (RUI) como una posible salida. Esto podría ser esta acción de ruptura. ¿Los Comunes tienen que apoyar?

Los Comunes ahora estamos empezando a considerar el debate. En primer lugar, creo que hay que hablar de referéndum, porque decir referéndum unilateral de independencia presupone el resultado final. Sobre esta cuestión, por ahora no tenemos una posición como partido. Hemos empezado a hacer debates internos, hay un sentido común dominante o hegemónico que ve la necesidad de hacer un referéndum, pero la cuestión es cómo hacerlo. El referéndum no se puede convertir en una mera consigna, en una demanda etérea, una propuesta vacía como el federalismo del PSC. En algún momento u otro se tendrá que hacer, como en algún momento u otro se tendrá que negociar con el Estado o con Europa. Lo importante del referéndum no es ganarlo: es celebrarlo. Si lo ganamos o lo perdemos es relativo, porque celebrarlo ya nos permite conquistar la soberanía.

Este referéndum… ¿no se hizo el 9-N? Si ahora el Gobierno impulsa un nuevo referéndum, ¿no acabará siendo una reedición de aquel proceso participativo?

El 9-N fue un elemento de expresión ciudadana folclórico y festivo, pero fue un gran error del proceso. Se perdió una oportunidad de ir en serio. López Tena explicaba que, mientras la bolsa de Londres bajaba por el referéndum escocés, durante el 9-N la bolsa de Madrid subía. Un referéndum es una cosa muy diferente. Tendría que haber una ley aprobada por el Parlamento catalán que rompiera con la legalidad española. Y aquí sí que hay un punto de suspensión de la legalidad para después ver si nos volvemos a conectar o no. El referéndum en sí mismo es el momento de ruptura. Para que participe la gente del ‘no’, debe haber una propuesta atractiva que la interpele. No puede ser un referéndum organizado por independentistas. Tiene que haber espacios electorales con los argumentos del ‘sí’ y del ‘no’. Y la gente tiene que percibir que la cosa va de verdad.

Pero los contrarios a la independencia lo boicotearán.

El código de buenas prácticas del Consejo de Europa en materia de referendos del 2006 prohíbe explícitamente la obligación de una determinada participación, porque puede convertirse en un mecanismo para facilitar una victoria ilegítima del ‘no’. En un contexto en que hubiera un 46% de votos favorables, un 5% de ‘no’ y un 49% de abstencionistas, el porcentaje opositor podría dejar de participar para imponer su punto de vista. Lo que dice el Consejo de Europa es que no puede haber baremos. Pero es obvio que, para conseguir una legitimidad, tendría que haber una participación superior al 50+1, que es impecable desde el punto de vista democrático, pero insuficiente para que el proceso sea reconocido en el ámbito internacional.

¿Cómo se puede garantizar una participación elevada en un referéndum de este tipo?

Dando la máxima visibilidad a las posiciones del ‘no’, haciendo que sea un referéndum tan neutral como sea posible… Estas son las dudas que plantea nuestra gente entorno a un hipotético referéndum impulsado desde Cataluña. Una cuestión muy importante es el momento en que se haría este hipotético referéndum. La CUP ahora plantea que se tendría que hacer antes de esas elecciones constituyentes. Una posibilidad sería hacerlo después, porque todos estamos de acuerdo en que tarde o temprano tendrá que haber referéndum y, cuando Pisarello habla de elecciones constituyentes ahora, piensa en un referéndum posterior. O también se podría plantear de otro modo: referéndum y elecciones el mismo día. Esta es una propuesta que yo no he escuchado y que no sé si está en el debate, pero que habría que tomar en consideración: que hubiera dos urnas, la urna donde la gente vote el partido que corresponde a su ideología, y otra urna sobre el referéndum.

¿Qué sentido tiene hacer un referéndum sobre la independencia y unas elecciones en el Parlamento de forma simultánea?

No es algo que tenga elaborado. El referéndum simultáneo a elecciones podría incentivar la participación del ‘no’. La gente del ‘no’ iría a votar a las elecciones y le sería mucho más fácil participar en el referéndum al celebrarse en el mismo colegio electoral. Al mismo tiempo, evitaríamos que nos hicieran votar en unas nuevas elecciones plebiscitarias, que son las que ha dado la hegemonía a Convergència. En las últimas elecciones mucha gente votó un conglomerado que se llama Junts pel Sí a pesar de formar parte un partido que estaba asediado por la corrupción, y que quizás no habrían votado si se hubiera presentado solo. Hay una cierta distorsión del voto. Habría sido más interesante la idea de la lista sin presidente: CRITIC publicó un reportaje interesante sobre esta cuestión. Uno de los inconvenientes que veo es que la Ley de consultas se tendría que reformar, porque ahora no permite hacer consultas en periodo electoral y tampoco sin permiso del Estado. Habría un choque fuerte con el Estado. También creo que la convocatoria la tendría que realizar el Parlamento, no sólo por legitimidad democrática y política, sino también por la inviolabilidad de los parlamentarios. Si se modificara la Ley de consultas en este sentido, habría una rápida respuesta del Tribunal Constitucional, que se afanaría en suspender la ley, y entraríamos en una dimensión desconocida de posible desobediencia.

En el telón de fondo del referéndum está la configuración del nuevo sujeto que están articulando los Comunes en el ámbito nacional. Las últimas semanas hemos visto discrepancias entre Barcelona en comú, ICV y Podemos en este ámbito, por ejemplo, en relación con las movilizaciones de la Diada.

Es un debate que está empezando. Barcelona en comú es una candidatura municipalista. En este sentido, tiene un germen similar a la CUP, que primero empieza en los municipios y después da el salto al Parlamento. Nosotros no nos sentimos bastante preparados ni animados para hacer el salto a las autonómicas del 27-S. Y después hicimos el salto estatal. Ahora hay una conciencia clara de que la confluencia que se consiguió en Barcelona se podría reproducir en el ámbito catalán. La experiencia de Barcelona en comú es muy satisfactoria, y ahora está en discusión qué grado de disolución de los diferentes actores debe haber en el seno de la nueva confluencia. Creo que es bueno partir del ejemplo de Barcelona en comú, que no es una coalición, sino que es un proceso que produce una identidad nueva que hace que el resultado final sea algo más que los ingredientes que lo componen. Si la CUP hubiera participado en Barcelona en comú, por ejemplo, el resultado habría sido diferente. Una parte de la distancia que se produce con la CUP ahora en el Ayuntamiento tiene su origen en el fracaso del proceso de confluencia. Esta distancia hace más difícil pero no imposible un frente común con la CUP en el Parlamento.

¿Este escenario de confluencia con la CUP está sobre la mesa?

No se descarta. Hay sectores de Barcelona en comú que han dicho públicamente que votaron la CUP en las autonómicas y que han mostrado simpatías evidentes. Ahora es más difícil que si hubiéramos confluido en Barcelona, porque se ha generado una distancia cada vez mayor, con estrategias diferentes porque no es lo mismo estar en la oposición que en el gobierno. Pero en el ámbito nacional desde Barcelona en comú no se descarta, a pesar de que no sé si esto se plantea desde ICV o desde Podemos.

¿Crees que la incorporación de la CUP a un proyecto así sería multiplicador?

A mí me parecería una opción deseable, pero no sé si la suma y el resultado sería positivo para los dos elementos. No sé si agregaría más votos o, por el contrario, generaría fugas. Porque no siempre un más uno son dos. Sí que es verdad que en Barcelona nos esforzamos mucho para hacer esta confluencia, y a muchos nos parecería un escenario deseable en el cambio de hegemonía que visualizamos. ERC tiene aquí un papel importante, porque ERC ahora está integrada en un espacio liderado por los restos del naufragio convergente, donde su tradición de catalanismo popular y de izquierdas está medio desdibujada. Pero sería interesante, no para hacer un frente electoral pero sí pensando en posibles alianzas futuras, ver si Junts pel Sí es circunstancial o no. Si la coalición se rompiera por algún motivo, nos encontraríamos en un escenario de posible gobernanza en Cataluña de un tripartito CUP-ERC-Comunes, que es una alternativa que podría dar un empujón al país.

1/09/2016

http://www.elcritic.cat/entrevistes/una-possibilitat-seria-fer-el-referendum-i-les-eleccions-constituents-el-mateix-dia-11080

Traducción: Àngels Varó

Notas

1/ Ciudad muerta



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