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De los Comunes y los independentistas
10/09/2016 | Esther Vivas

Algunos independentistas se han sorprendido por la decisión de Barcelona en Comú y de Podem Catalunya de ir a la manifestación del 11 de septiembre. Y algunos incluso, parece, que la presencia de Ada Colau en la marcha les molesta. Curiosa la reacción de determinados sectores del independentismo catalán que todo lo que haga el mundo de los Comunes en relación al procés les parece mal: si van a la manifestación de la Diada, porqué van; y si no van, porqué no van. Entonces, ¿en qué quedamos?

Si se quiere la independencia de Catalunya es condición sine qua non ganar la mayoría social en Catalunya, y esto únicamente es posible no solo contando con aquellos que hoy se declaran fervientemente independentistas sino con aquellos que defienden sin matices el derecho a decidir, algunos de los cuales, por cierto, apuestan o apostarían por un estado independiente siempre y cuando éste significara otras políticas económicas y mayor inversión social.

El entorno de los Comunes, en este sentido, debería ser percibido por el movimiento independentista como un aliado estratégico potencial en la defensa del derecho democrático a la independencia y a la celebración de un referéndum. Sin embargo, a menudo, es identificado como el enemigo a batir, e incluso puede llegar a despertar más animadversión que los férreos partidarios de la unidad inquebrantable del Estado como el Partido Popular y Ciudadanos. ¿Por qué?

Soberanía e independencia

En primer lugar, los Comunes plantean un debate que va más allá de independencia sí o independencia no, señalando la cuestión de la soberanía desde el punto de vista nacional pero no exclusivamente. Con un añadido: su capacidad para llegar a un espectro social difícilmente asequible para el campo independentista. Abrir el zoom del debate y amplificarlo a nuevos sectores, parece ser percibido como una amenaza a las demandas independentistas. ¿Cuál es el peligro? Que más allá del eje nacional se sitúa en el debate el eje abajo-arriba, ciudadanía-poder financiero, que la derecha independentista, ahora reconvertida mayoritariamente en el Partit Demòcrata Català, quiere evitar, así como aquellos que consideran a esta derecha imprescindible para concluir de forma óptima el procés.

Sin embargo, el eje unidimensional sobre la independencia no permite al independentismo llegar a la mayoría social que necesita, pues su credibilidad se ve minada por el sesgo neoliberal de los exconvergentes Me explico. Junts pel Sí dice presentar “los presupuestos más sociales de la historia”, pero esta grandilocuente afirmación se queda en papel mojado cuando vemos que, por ejemplo, el presupuesto del año 2010, con el Tripartit, contenía mayor inversión social que el ahora presentado, por más que éste dejara también mucho que desear. Capítulo aparte merecen otros proyectos defendidos desde las filas demócratas -antes convergents- y republicanas como el Barcelona World, que por más reformulaciones que presente mantiene la esencia original, rebajando la fiscalidad de los casinos del 55 % al 10 % y dejando dichas salas de juego en manos de compañías como Melco, con vínculos directos con la mafia china y el crimen organizado.

Otro ejemplo es el aval de Junts pel Sí al uso de las pistolas eléctricas Taser por parte de los Mossos de Esquadra, incluso en supuestos vetados por el Comité contra la Tortura de las Naciones Unidas. Un aval, por cierto, conseguido de la mano del Partido Popular y Ciudadanos. Visto lo visto, ¿dónde quedarían los derechos humanos en la república catalana de Junts pel Sí? ¿Son estas medidas, aprobadas “curiosamente” después de las elecciones del 26J, la mejor manera de convencer a quienes tienen dudas acerca del modelo de país por el que apuesta Junts pel Sí? ¿Independencia -una vez más- para qué y en beneficio de quién? ¿Independencia formal sin soberanía real?

Con esto no quiero decir que una mayoría independentista en Catalunya sea posible sin el entorno de Junts pel Sí, pero un nuevo país hegemonizado por una confluencia donde la antigua Convergència y sus políticas copan el 60 % de la cuota de poder y la presidencia de la Generalitat difícilmente traerá mejoras económicas y sociales sustanciales. Y este es, precisamente, el debate que plantean con más o menos matices los Comunes. Para los escépticos añadiría una reflexión: en su momento había quien decía que sin Artur Mas el Procés descarrilaba, y sin embargo se ha visto que el procés sigue igual e incluso, parece, que el nuevo president genera mayores consensos que su antecesor. Entonces, ¿y si pasara lo mismo con el liderazgo artificialmente mantenido ahora por el Partit Demòcrata Català?

Hegemonía política

En segundo lugar, nos encontramos ante una clara pugna por la hegemonía política y electoral en el tablero catalán. De aquí que en las pasadas elecciones generales del 26J, el enemigo a batir por parte de ERC fuese En Comú Podem, la lista más votada en la contienda del 20D y a quien ERC aspiraba a arañar un buen puñado de votos. Solo hace falta volver a ver algunos de los debates electorales para darse cuenta del cambio discursivo respecto a la campaña del 20D, y la búsqueda del tête à tête con los Comunes. Una pugna que continuó semanas después con la polémica por la estatua del Franco ecuestre que el gobierno de Barcelona en Comú tiene previsto exhibir en el Born Centre Cultural.

ERC ve amenazado el liderazgo de la política catalana al cual aspira. Y el Partit Demòcrata Català teme que el ascenso de los Comunes plantee otros escenarios políticos que rompan con el discurso único de “primero la independencia”, que encadena a todos los actores bajo su rueda, y se ponga encima de la mesa un debate centrado en la cuestión económica y social. Un escenario que de darse y tomar fuerza podría alejar definitivamente a los republicanos de la alianza con los ex-convergentes, de la cual estos últimos necesitan como el agua si no quieren hundirse bajo el nivel de flotación.

Dilemas Comunes

Si para el independentismo la relación con los Comunes es controvertida, al revés tampoco resulta nada fácil. El proceso independentista no encaja del todo en el relato en común, que está obligado a escoger entre una política pasiva y reactiva hacia el procés o una intervención activa en él, en vistas a reformularlo y ampliar sus objetivos. La decisión de participar en la manifestación de la Diada apunta en esta dirección, pero el desarrollo de dicho relato y su consiguiente planteamiento estratégico aún está por hacer.

Apostar por ser activos en el procés requeriría de tener una hoja de ruta propia, con un elemento central: la defensa de un proceso constituyente desde abajo para construir una República catalana que pueda decidir libremente en referéndum su vínculo con el resto de los pueblos del Estado español, y cuya decisión final -ya sea la independencia o la confederación- no esté predeterminada de entrada. Una República catalana que podría ser el punto de acuerdo estratégico para articular una nueva mayoría política y social sin el liderazgo de la derecha.

Tras la tensión entre Comunes e independentistas late no sólo el fin sino también la forma de llegar a él, el debate entre unilateralidad y fraternidad. Lejos de oponerlas maniqueamente, la realidad es que son complementarias y se necesitan entre sí. La unilateralidad, si no quiere quedarse aislada, necesita de la fraternidad y del apoyo entre los pueblos, y dicha fraternidad pasa por respetar la soberanía de los otros y funciona como un apoyo a la decisión soberana del propio pueblo catalán. Así que a pesar del interesado ruido de fondo, una Catalunya al servicio de la mayoría pasa por el necesario entendimiento entre aquellos que apuestan por una independencia real y desde abajo y los que sin ambigüedades defienden el derecho a decidir de los pueblos y la constitución de una República catalana.

10/09/2016

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