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havanatimes.org | Cuba
El debate sobre Cuba
03/08/2016 | Samuel Farber

Los intelectuales estadounidenses o han defendido acríticamente y sin reservas el comunismo cubano o se han vuelto parte de la propaganda de Washington.

Para una gran parte de ellos, el asunto clave a principios de 1960 fue cómo responder a la Revolución Cubana. Liberales de la Guerra Fría como Arthur Schlesinger Jr. se avocaron a defender la política agresiva contra el gobierno cubano, adoptada por la recién inaugurada administración de John Kennedy.

Los intelectuales de izquierda se abalanzaron contra esa política, criticándola duramente y sin reparos. El más conocido de ellos, el sociólogo radical C. Wright Mills, proclamó que, a diferencia del capitalismo avanzado y del comunismo soviético, la Revolución Cubana era la que realmente hablaba a nombre del Tercer Mundo.

Rafael Rojas cubre el acalorado debate de esa época en su último libro Fighting Over Fidel: The New York Intellectuals and the Cuban Revolution (Los debates sobre Fidel: los intelectuales de Nueva York y la Revolucion Cubana.)

Rojas es un autor eminentemente calificado para esa tarea. Es un intelectual cubano que por muchos años ha vivido y trabajado en la Ciudad de México. Tiene raíces muy profundas en el establishment cultural de su país: su hermano es el viceministro de cultura en Cuba y su padre fue, por mucho tiempo, el rector de la Universidad de La Habana.

A diferencia de mucha gente que escribe sobre la Isla, Rojas guarda una franca distancia de la Guerra Fría. Así, por ejemplo, describe respetuosa, y hasta positivamente del análisis favorable que Paul Sweeney y Leo Huberman hicieron de la Revolución Cubana en un artículo que apareció en Monthly Review en 1960. Asimismo, defiende a C. Wright Mills y a Jean Paul Sartre de las acusaciones de Schlesinger de que ambos habían apoyado el autoritarismo naciente en Cuba.

Incluso defiende a algunos de los cubanos que apoyaron la invasión de Playa Giron en 1961: responde a la caracterización que C. Wright Mills hizo de ellos como “soldados de la CIA”, señalando que los miembros de las élites domésticas derrotadas por la Revolución tuvieron, junto con otras personas, sus propias razones, lógicas y coherentes para actuar contra el gobierno de Castro.

Cabe aclarar que las caracterizaciones de Mills y de Rojas no son mutuamente exclusivas: es posible argumentar que estos cubanos se basaron en su libre albedrío para servir como soldados de la CIA y que así apoyaron y participaron en una aventura imperialista claramente controlada por ese órgano de inteligencia.

Pero en su extenso estudio, Rojas sacrifica cierto grado de profundidad, y a pesar de la seriedad de su investigación comete una serie de errores importantes quizás atribuibles a su falta de familiaridad con la izquierda estadounidense.

Así, por ejemplo, vincula a Robert Williams, a H. Rap Brown y a Stokely Carmichael con las Panteras Negras, ya que ninguno de ellos estuvo asociado o quizás lo estuvo, pero muy brevemente, con dicha organización. Incluye a Irving Howe, Lionel Trilling y a los miembros del Partisan Review, y más tarde a los de Dissent, en lo que él llama la izquierda liberal “caracterizada por su firme adherencia al trotskismo y al socialismo democrático,” lo que viene a ser un verdadero revoltijo conceptual en el que confunde el origen político de algunas de estas personalidades con una corriente política que tuvo que ver poco o nada con el trotskismo.

Igualmente, malusa el término “New York intelectuals.” Aparte de que el autor incluye varios intelectuales que no vivieron en Nueva York, ese es un término que históricamente denota a un grupo específico de intelectuales de izquierda, muchos de ellos de ascendencia judía, que funcionó como una comunidad intelectual forjada en torno a una serie de debates. Ese no es el caso de los intelectuales sobre los que Rojas escribe. También comete errores leves, tales como rebautizar a Theodore Draper como Thomas Draper.

Muchas revoluciones

Uno de los argumentos centrales de Rojas es que esos debates, aunque claramente influenciados por la Guerra Fría, no pueden reducirse a una versión simplista en torno a la dicotomía Este-Oeste. Los miembros de la izquierda independiente estadounidense, afirma, tenían diferentes posiciones sobre la Revolución en Cuba.

Lo que para Waldo Frank había sido una revolución humanista, para C. Wright Mills fue una revolución marxista, y para Carleton Beals populista. Los debates de los socialismos pro-soviético, maoista y guevarista en el Village Voice y en el Monthly Review representaron diferentes interpretaciones del socialismo cubano que aducían diferentes razones por las cuales apoyar la Revolución.

Es más, escribe Rojas, la diversidad de puntos de vista entre estos intelectuales de izquierda que apoyaban la Revolución reflejó no solo la heterogeneidad del pensamiento que reinaba entre ellos, sino también la naturaleza cambiante y, a veces, experimental, del socialismo cubano en su primera década. Las interpretaciones de la Revolución Cubana que se ventilaron en Nueva York fueron múltiples, porque fueron múltiples las revoluciones cubanas que estaban sucediendo en la Isla.

Fue solo cuando el debate ideológico y la vida intelectual en la Isla empezaron a caer bajo el control y centralización del Estado—en un proceso que comenzó en 1961 y culminó a principios de los 70, cuando Cuba adoptó el modelo soviético en su totalidad—que, según Rojas, la mayoría de los izquierdistas neoyorquinos se sintieron renuentes a respaldar esa nueva ruta y “dejaron de estar dispuestos a apoyar la de-colonización de Cuba una vez que esta implicó la naturalización del dogma marxista-leninista.”

Anatomía de una revolución

El estudio de Rojas sobre la intelectualidad de la izquierda estadounidense y su apoyo a la Revolución Cubana invita a revisar un período seminal en el desarrollo de la izquierda de su país. Y al revisar ese período, uno se da cuenta que él no menciona el hecho de que la atracción que estos intelectuales sintieron por la Revolución empezó a disminuir con el escalamiento de la intervención militar del gobierno de los EE.UU. en Vietnam en 1965, y con la Revolución Cultural en China, encabezada por Mao Zedong en 1966.

Fue en este período que la atención de la izquierda estadounidense se desplazó de Cuba a Vietnam y a China. Fue por eso que algunos de los intelectuales sobre los que él escribe—particularmente Susan Sontag, Norman Mailer y Allen Ginsberg—se empezaron a concentrar, preocupados, en los horrores de la intervención estadounidense en Vietnam. Muchas otras figuras políticas de izquierda tomaron partido por el liderazgo chino, como Eldridge Cleaver y Robert Williams, quien se mudó de Cuba a China después de haber criticado el racismo que experimentó en la Isla.

Es muy revelador que Paul Sweezy, después de haber apoyado a los líderes cubanos en el libro que escribió con Leo Huberman en 1960, Anatomía de una Revolución, criticó—claramente influenciado por su interpretación favorable de los eventos en China—el curso que la Revolución Cubana había tomado en su Socialism in Cuba (El socialismo en Cuba) escrito en 1969. (Libro que a diferencia del que escribió en 1960, nunca fue traducido ni publicado en la Isla.)

Por ese entonces también ya habían muerto C. Wright Mills, en 1962, y Waldo Frank, in 1967, ambos figuras centrales al argumento de Rojas, quienes de hecho ya no presenciaron la evolución del gobierno cubano hacia el comunismo.

Rojas también ignora al importante segmento de la izquierda americana que continuó apoyando al gobierno cubano. Pasa por alto el cambio en la textura política que ocurrió en la izquierda estadounidense en los 60 como resultado del colapso del Partido Comunista USA. El colapso de esa parte de la “vieja izquierda” había sido acelerado por dos eventos que ocurrieron en 1956: el Vigésimo Congreso del Partido Comunista Soviético, en el que las revelaciones de Jruschov sobre los crímenes cometidos por Stalin sacudieron el movimiento internacional comunista, y la represión soviética de la Revolución Húngara que ocurrió poco después ese mismo año.

Aunque pequeño en comparación con el resto del mundo, el Partido Comunista Estadounidense llegó a ser el grupo político de izquierda más numeroso de los Estados Unidos. Para la mayoría de aquellos que, asqueados por las atrocidades del sistema soviético, abandonaron el PCUSA en masa, el fracaso de la USSR había sido el resultado de una burocracia rígida, autoritaria y pesada que había abusado y manchado los ideales del socialismo. Obsesionados con los síntomas, omitieron analizar las estructuras e instituciones que los habían causado.

Y a ellos y a sus “red diaper babies” (literalmente bebés de pañal rojo, un término que se usa para los hijos de los que fueron miembros o simpatizadores del Partido Comunista de los EE.UU.)–miles de los cuales participaron y encabezaron los movimientos estudiantiles, y las luchas por los derechos civiles y contra la guerra de los 60 y 70—los encandiló el diferente estilo político de los líderes revolucionarios cubanos. La Revolución Cubana no había sido encabezada por el Partido Comunista tradicional y estaba impregnada de un espíritu fresco y romántico totalmente diferente del que reinaba en las adustas capitales de la Europa del Este.

Para los desilusionados ex-comunistas, el carismático Fidel Castro y sus barbudos eran el antídoto ideal a la burocracia sombría y gris. Entusiasmados con las revoluciones de los 60 no se dieron cuenta que el régimen cubano había copiado las estructuras e instituciones del modelo soviético mucho antes de 1970.

Salvo por una relativa minoría de socialdemócratas, la mayoría de los anarquistas y algunos trotskistas, este fue el ambiente que predominó en la izquierda de los EE.UU. Pero en los 1970 esto cambió y la Revolución perdió mucho de su brillo. Tal y como Rojas lo relata, los intelectuales de izquierda, entre otros, se sintieron alienados por la creciente rigidez política y cultural del socialismo cubano en vías hacia el modelo soviético.

Y así fue que cuando el poeta Heberto Padilla—cuya colección de poemas Fuera de Juego había sido denunciada por las autoridades cubanas en 1968—fue encarcelado en La Habana en 1971, muchos de esos intelectuales, incluyendo a Susan Sontag, se unieron a figuras importantes como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, y a los latinoamericanos Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa para criticar al gobierno cubano.

Pero en contraste con lo que Rojas sugiere, eso no significa que la mayoría de los intelectuales de izquierda retractaron totalmente su apoyo a la Revolución. Adoptaron una posición menos pública, a veces crítica y a veces a favor, concediéndole al gobierno cubano el beneficio de la duda. Su apoyo fue limitado, pero real.

La izquierda estadounidense y su política sobre Cuba

El apoyo que los intelectuales y activistas de izquierda le brindaron al gobierno cubano fue propiciado por una ideología que combinaba ciertos hechos con una serie de presunciones, muchas de ellas erróneas, que luego fueron sistematizadas en un esquema indiferente, si no totalmente opuesto, a la democracia.

Salvo por la frecuente escasez de productos agrícolas, de bienes de consumo y de una crisis permanente en la vivienda, el liderazgo cubano logró garantizar hasta el colapso de la Unión Soviética a fines de los 80 y principios de los 90 un estándar de vida austero pero tolerable junto con logros importantes en las áreas de Educación y servicios médicos.

También es cierto que bajo el gobierno de Castro, la República de Cuba fue mucho más soberana de lo que había sido. Pero esos logros fueron posibles y, al mismo tiempo, limitados por la dependencia (que incluyó cuantiosos subsidios) de la economía cubana de la Unión Soviética y por su papel como socio minoritario en la política exterior de ese imperio.

Enfocados exclusivamente en esos logros, y no obstante el marcado descenso económico de los 1990, un gran número de los intelectuales de la izquierda estadounidense continúan apoyando al gobierno de Cuba. Esos logros les han permitido ignorar—o por lo menos minimizar—el carácter totalmente antidemocrático del Estado unipartidista de Cuba, su aparato represivo, y su control absoluto de los medios de comunicación, de los sindicatos y de las así llamadas organizaciones de masas.

También han ignorado otra serie de problemas candentes en la Isla. Los primeros años de la Revolución vieron una serie de avances significativos con respecto a los negros cubanos cuando el gobierno abolió la segregación y les abrió la puerta a la educación y a la movilidad social. Pero si bien se ganaron importantes batallas en el campo de la justicia racial, persistieron otras formas de racismo.

Ese problema lo agravó el gobierno cuando a principios de los 60 declaró que el racismo había dejado de ser un problema en la Isla. Luego procedió a imponer un largo silencio sobre el asunto—una política que recién retractó solo en parte—al mismo tiempo que le prohibió a los negros cubanos, como a todos los otros grupos oprimidos, formar sus propias organizaciones independientes para luchar por sus derechos.

Figuras africano-americanas de izquierda como Cornel West, Kathleen Cleaver, el Reverendo Jeremiah A. Wright, y la difunta Ruby Dee Davis han criticado esa situación en la Isla, empeorada por la creciente discriminación racial que el turismo ha generado y otros cambios económicos recientes. Pero otras figuras como Alice Walker, Danny Glover, y Harry Belafonte continúan brindando su apoyo incondicional y acrítico al gobierno cubano.

El silencio que la mayoría de la izquierda estadounidense ha guardado con respecto a esos problemas deriva, en gran parte, de un modo de pensar que amalgama la importancia de oponerse al imperialismo y a la intervención estadounidense, con la muy diferente noción que hay que apoyar a todos los líderes y regímenes políticos opuestos al imperialismo. Otra noción asociada a las dos previas, es que cualquier crítica de esos sistemas, por revolucionaria que sea, distrae la atención de los abusos del imperio y disminuye la oposición a este, como si fuera necesario ignorar la realidad para defender el principio de la autodeterminación nacional.

Algunos de los partidarios más sofisticados del gobierno cubano también han argumentado que el subdesarrollo económico que prevalece en Cuba obstaculiza, y hasta imposibilita, la sobrevivencia de una democracia política y económica: la pobreza y la escasez, afirman ellos, no propician la democracia.

Esto puede o no ser cierto, pero la cuestión es si un estado de partido único puede propiciar el desarrollo de los derechos democráticos de sus ciudadanos y un modo de vida que abra las puertas a una democracia socialista.

Y nada de lo que ha sucedido en Cuba ni en ninguna parte de lo que fue el mundo comunista, apoya la noción que el estado unipartidista jamás haya propiciado la democratización de esas sociedades.

Responsabilidad política

Al implicar que la izquierda intelectual estadounidense dejó de apoyar al estado Cubano en 1970, Rojas—un reconocido intelectual crítico del gobierno cubano—escapa la responsabilidad de dirigirse a los intelectuales en los EE.UU. que continúan respaldando al régimen cubano actual.

Aunque es posible que eso no haya sido parte de su agenda, su cuestionable sugerencia que la izquierda no comunista rechazó el giro del gobierno cubano hacia el modelo soviético le impidió enfrentarse al importante problema de cómo una izquierda independiente puede desarrollar su propia visión sobre Cuba sin reforzar la propaganda de Washington.

Tanto entonces como hoy es posible criticar y oponerse al sistema social y político que se estableció en Cuba y, al mismo tiempo, reiterar la oposición a la intervención estadounidense en cualesquiera de sus formas, ya sea invasión militar, terrorismo auspiciado o bloqueo económico.

Esa opción asume un método político que los intelectuales de izquierda en este país se han negado a adoptar. Mientras tanto, su método de sumar y restar lo que para ellos son los logros y pérdidas del gobierno cubano ha ofuscado una pérdida que no puede ser compensada por ningún logro: la pérdida, para los trabajadores y los miembros de otros grupos oprimidos, de su autonomía y de su habilidad de organizarse independientemente para defender sus intereses, y de las libertades individuales y políticas que permiten que esas organizaciones sean viables.

Samuel Farber nació y se crió en Cuba y ha escrito extensivamente sobre ese país. Su libro más reciente, The Politics of Che Guevara: Theory and Practice (La política de Che Guevara; su teoría y su práctica), acaba de ser publicado por Haymarket Books.

7/7/2016

Traducción: Selma Marks para Havana Times.

https://www.jacobinmag.com/2016/07/cuban-revolution-left-intellectuals-new-york-imperialism-fidel-castro/



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