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Entrevista con José Tapia
Salud y crisis económicas
27/07/2016 | Paul Mattick

[Dado que la Gran Recesión de 2008, pese a considerarse oficialmente concluida en 2009, continúa a ojos vista su lúgubre andadura por todo el globo, solo puede ser alentador saber que los bajones económicos son buenos para la salud pública. Esta idea choca hasta tal punto con la intuición que cuesta tomársela en serio. (El asesor de la tesis doctoral de José Tapia, cuando vio los resultados de años de investigación que demostraban este efecto, le pidió que repitiera los cálculos porque le parecían imposibles.) Sin embargo, esto es lo que los estadísticos llaman un resultado robusto, aunque poco conocido, de la investigación estadística de los datos económicos y de salud de numerosos países. Puesto que incluso gurús económicos oficiales como Lawrence Summers y Stanley Fischer predicen ahora un largo periodo de “estancamiento secular” (como podrían haber deducido los lectores de The Brooklyn Rail de mis artículos sobre la recesión en 2008-2009), bueno es saber que cabe esperar algunas ventajas inmediatas de ello, además de las posibilidades que abre la creciente desilusión con el funcionamiento del “mercado libre”. P.M.]

Pregunta: José Tapia ha investigado los efectos de las crisis económicas en la salud. Usted es economista, ¿no?

José Tapia: Bueno, soy licenciado en económicas, pero también he estudiado salud pública y medicina.

Pregunta: ¿Está usted de acuerdo con la idea de que la Gran Recesión ha tenido importantes efectos nocivos para la salud?

Tapia: No, no lo estoy, pero déjeme que lo explique. Lo que han bautizado con el nombre de “Gran Recesión” es el bajón económico iniciado a finales de 2007, que se puso de manifiesto con la crisis financiera mundial de 2008 y afectó en mayor o menor medida a casi todas las economías nacionales del mundo. Esto, que ha sido la crisis económica más importante desde la década de 1930, ha tenido un efecto relativamente menor en las llamadas economías emergentes de América Latina y Asia, o en Australia y los países de la antigua Unión Soviética. Sin embargo, fue un importante bajón económico en EE UU, aunque donde tuvo un impacto más grande fue en Europa.

La cronología oficiosa de la Oficina Nacional de Investigación Económica de EE UU sitúa el final de la recesión en este país a mediados de 2009, cuando la tasa de desempleo alcanzó alrededor del 10 %. Desde entonces, dicha tasa ha ido disminuyendo poco a poco. No obstante, en muchos países europeos el crecimiento económico se mantuvo en el lado negativo en 2009 y 2010 y la tasa de desempleo ha permanecido por encima del 10 % e incluso por encima del 20 % en una serie de países. La recesión fue muy grave en Estonia, Grecia, Islandia, Irlanda, Letonia, Lituania, Eslovenia y España, donde la tasa de desempleo aumentó varios puntos porcentuales entre 2007 y 2010.

Probablemente su pregunta está motivada por el hecho de que en algunos artículos de prensa se ha afirmado que a raíz de la recesión y las políticas de austeridad ha aumentado el número de suicidios y se ha deteriorado la salud de la población, particularmente en países como Grecia y España, donde el efecto de la crisis se ha agravado por culpa de unas políticas económicas equivocadas. Algunos autores han afirmado que las consecuencias de las crisis en la salud dependen de las políticas aplicadas por los gobiernos, de modo que cuando un gobierno decide aumentar el gasto en sanidad y otros servicios sociales para combatir la crisis, la recesión, en primer lugar, se supera rápidamente y, en segundo lugar, no tiene consecuencias negativas en la salud.

En un reciente artículo publicado en la revista médica británica The Lancet, esta tesis se ha reiterado en relación con Grecia, donde supuestamente la salud se ha deteriorado rápidamente debido a la austeridad, mientras que en Islandia y Finlandia, que han evitado las políticas de austeridad, aparentemente se han evitado las consecuencias nocivas para la salud de la crisis económica. Los autores que sostienen este punto de vista alegan que la salud se ha deteriorado en los países golpeados primero por la Gran Recesión y después por las políticas de austeridad, del mismo modo que se deterioró en los países de la antigua Unión Soviética durante la crisis económica de comienzos de la década de 1990, con motivo de la transición a una economía de mercado.

Todas estas afirmaciones parecen plausibles, y algunas son ciertas, mientras que otras son francamente falsas. Pero para determinar cuáles son correctas y cuáles no, es preciso examinar los datos subyacentes. La primera cuestión es si la salud se ve afectada negativamente por las crisis económicas. Contestar a esta pregunta implica decidir cómo se define y se mide la “salud,” así como definir qué es una crisis económica.

Pregunta: Así pues, ¿qué es “salud” y cómo podemos medirla?

Tapia: La Organización Mundial de la Salud define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social y no la mera ausencia de enfermedad o dolencia”. Sin embargo, para medir un concepto definido de esta manera tan amplia, los investigadores se han centrado en algo mucho más concreto: el número de muertes. Puesto que es muy difícil determinar hasta qué punto existe “enfermedad o dolencia” en una sociedad en un momento dado, la mejor manera de medir la salud consiste en medir la frecuencia de las defunciones. La idea básica es que cuanto más sana esté una sociedad, tanto menos frecuentes serán las defunciones.

Por supuesto, el envejecimiento es una causa fundamental que incrementa el riesgo de muerte, por lo que al comparar la salud de dos poblaciones de las que una es más joven (pongamos por ejemplo Dakota del Norte y Florida, respectivamente), es preciso compensar, “ajustar”, el efecto de la edad. Así, los demógrafos y epidemiólogos determinan las tasas de mortalidad ajustadas a la edad para evaluar cómo evoluciona el estado de salud de una población en el tiempo (el ajuste a la edad compensa el hecho de que, en general, las poblaciones están envejeciendo en las últimas décadas), o para comparar diferentes poblaciones en un momento dado.

Pregunta: ¿Y qué me dice de la crisis económica?

Tapia: Una crisis es cualquier acontecimiento que ocasiona, o se supone que causará, una situación inestable o peligrosa para un individuo, una comunidad o una sociedad. En sentido amplio, el término significa un “periodo de prueba” o una “emergencia”. Así, una crisis económica sería una situación en que la economía pasa por un periodo inestable o una emergencia. Puesto que la “economía” se refiere a los aspectos funcionales del sistema social en relación con la producción y distribución de “riqueza” –bienes y servicios utilizados para satisfacer las necesidades y los deseos de la sociedad y en particular de quienes tienen el poder–, es justo calificar de crisis económica cualquier situación en que se ve trastornada la producción y distribución normal de bienes y servicios.

Pregunta: Por tanto, parece lógico que cuando las actividades económicas se ven trastornadas o se desorganizan en mayor o menor grado en una crisis, la salud de la gente se deteriore.

Tapia: Bueno, no necesariamente. En las sociedades precapitalistas, donde la mayor parte de la economía estaba asociada a la producción de alimentos y a la agricultura y la mayoría de la población estaba desnutrida, las crisis económicas se debían casi siempre a causas naturales que menoscababan las cosechas: fenómenos meteorológicos como sequías o inundaciones, temperaturas extremas, huracanes, plagas. En la Edad Media, e incluso en tiempos tan recientes como el siglo XIX en las economías agrarias, las malas cosechas debidas a temperaturas extremas o sequías causaban escasez de alimentos y epidemias que mataban a un número importante de personas.

En el mismo siglo XX hubo hambrunas –por motivos ambientales o políticos– en las que la tasa de mortalidad se disparó. La importancia de algunas de estas hambrunas, que mataron a millones –por ejemplo, la que se produjo en la parte occidental de la URSS a comienzos de la década de 1930, la de Bengala durante la segunda guerra mundial o la de China durante el llamado Gran Salto Adelante en 1959-1961– es objeto de acaloradas controversias entre historiadores y demógrafos. Sin embargo, con el paso del tiempo los métodos de conservación de alimentos y de mantenimiento de reservas para los años de malas cosechas permiten desconectar los fenómenos meteorológicos y el menoscabo de las cosechas de la economía y de la variación de la mortalidad.

Por supuesto, las causas de las crisis económicas en las economías de mercado modernas, es decir, en el capitalismo, también son objeto de controversia entre economistas y comentaristas económicos. Pero muy pocos se atreverían hoy a culpar de las crisis económicas al clima o las manchas solares, como hizo Stanley Jevons en la década de 1890. Es un hecho generalmente aceptado que el llamado ciclo económico –también llamado ciclo comercial o industrial o crisis cíclica– es una fluctuación observable de la economía de mercado entre periodos de varios años de expansión, ascenso o prosperidad y periodos más o menos repentinos de contracción, declive o bajón, a menudo llamados recesiones, depresiones o crisis.

Eugene Fama, recientemente galardonado con el premio Nobel de Economía, ha declarado sin avergonzarse que los economistas no saben y nunca han sabido qué es lo que causa las recesiones. Otros economistas discreparán: los keynesianos y los monetaristas creen que las crisis son consecuencia de políticas gubernamentales activas o pasivas equivocadas o de los llamados “impactos exógenos” (como el aumento del precio de las materias primas), mientras que los autores marxistas y algunos economistas de la escuela institucionalista consideran que las crisis son consustanciales al funcionamiento del sistema económico capitalista, y por tanto inevitables y no atribuibles a la política.

Pregunta: Me parece que estamos perdiendo el hilo. ¿Qué me dice de la relación entre crisis económicas y salud?

Tapia: ¡Es verdad, lo siento! Permítame decir antes que nada que durante el siglo XIX prevalecía la opinión de que la mortalidad, las crisis económicas y la escasez de alimentos eran fenómenos concomitantes. Thomas Malthus se hizo famoso por atribuir las crisis de mortalidad a los límites de la producción de alimentos frente al exceso de población, que él atribuía básicamente a la tendencia de los pobres a reproducirse como conejos. Claro que le criticaron y que sus tesis fueron rebatidas con desdén por muchos autores, como por ejemplo por Federico Engels. Malthus sostenía que la población siempre presiona sobre los medios de subsistencia; que cuando aumenta la producción, la población crece todavía más; y que la tendencia intrínseca de la población a multiplicarse más rápidamente que los medios de subsistencia disponibles es la causa de toda miseria y malvivir. Engels rechazó todas estas ideas y afirmó que era la miseria y la pobreza causadas por la explotación la que provocaba enfermedades y muertes.

En La condición de la clase obrera en Inglaterra, un libro notable escrito en 1843, cuando apenas contaba 23 años de edad, Engels observó que las crisis comerciales, en que mucha gente perdía el empleo y caía en la indigencia, se combinaban a menudo con epidemias. Señaló cómo la necesidad y el sufrimiento se abatían sobre los parados durante estas crisis y cómo la muerte por inanición solo se evitaba gracias a la ayuda mutua, de modo que la mayoría de los parados sobrevivían a las crisis después de soportar graves privaciones. Sin embargo, para Engels toda crisis causaba indirectamente, a través de la enfermedad, un gran número de víctimas. Citó informes médicos que atribuían el tifus a las desdichadas condiciones de los pobres y afirmó que la satisfacción insuficiente de necesidades vitales favorecía el contagio y la aparición de vastas epidemias, de modo que, por ejemplo, una crisis comercial o una mala cosecha siempre venían acompañadas de una epidemia de tifus.

Esta percepción de que las crisis comerciales, o recesiones en la jerga moderna, estaban asociadas a epidemias y brotes de mortalidad era común a lo largo del siglo XIX. En efecto, allí donde había estadísticas disponibles, como en Suecia en las primeras décadas del siglo XIX, estas mostraban cómo los años de buenas cosechas eran años de prosperidad general, elevados porcentajes de casamientos y altas tasas de natalidad, además de bajas tasas de mortalidad, mientras que las malas cosechas venían acompañadas de todo lo contrario. Un factor clave de esta relación era la ausencia de tecnologías efectivas de almacenamiento de alimentos, de modo que una mala cosecha comportaba directamente la escasez de alimentos, hambre y epidemias.

Pero los tiempos cambian, y si hubo un pensador que en el siglo XIX miraba más al futuro que al pasado, ese era Carlos Marx. Al igual que Engels, rechazó las ideas malthusianas que relacionaban la miseria con el exceso de población. En aquella época circulaban escritos de Louis-René Villermé, Johann Peter Frank, Rudolf Virchow, William Farr y otros autores que popularizaron la idea de que las condiciones de vida y de trabajo eran la causa de las dolencias y la muerte. Para Marx y muchos de sus coetáneos informados –salvo la mayoría de economistas–, era el sistema social y económico el que causaba miseria y enfermedades. El comercio –las epidemias se propagaban a menudo a través de los barcos mercantes– y las industrias generaban malestar, y las normas para defender la salud de los trabajadores y la salud pública tenían que imponerse, normalmente en contra de la voluntad de los comerciantes e industriales.

En El Capital, Marx insiste en que las condiciones de trabajo eran a menudo la causa de la mala salud. Es bien sabido, escribió, “hasta qué punto el ahorro de espacio, y por tanto de edificios, abarrota a los trabajadores en lugares angostos. Un factor adicional es el ahorro de medios de ventilación”. Estas situaciones, junto con las largas jornadas laborales, eran la causa del fuerte aumento de enfermedades respiratorias y de la mortalidad, como muestran las estadísticas de tasas de mortalidad y enfermedades pulmonares en distritos con grandes fábricas en edificios cerrados. Conviene recordar que eran los tiempos en que la jornada de trabajo en las fábricas eran de 12, 14 o incluso más horas.

Contradiciendo hasta cierto punto la opinión prevalente de que las crisis económicas afectaban necesariamente de modo negativo a la salud debido a la falta de ingresos y la escasez de alimentos, Marx citó dictámenes médicos que señalaban que la interrupción del trabajo en los distritos textiles de Lancashire durante la crisis de la industria algodonera provocada por la guerra civil de EE UU, había tenido efectos positivos desde el punto de vista de la salud. A pesar de la mala alimentación, el despido evitó que los trabajadores estuvieran expuestos a la nociva atmósfera que reinaba en las fábricas y al sobreesfuerzo de trabajo, de modo que en realidad su salud mejoró.

La mortalidad infantil disminuyó porque entonces se permitió a las madres dar de mamar de su propio pecho a los bebés y porque la falta de dinero no les permitía darles “Godfrey’s cordial” (un “jarabe pediátrico” hecho con opiáceos) para que estuvieran callados. Marx señaló así los efectos beneficiosos de la lactancia materna un siglo antes de que la Organización Mundial de la Salud lanzara campañas internacionales para desaconsejar el biberón y promover la leche materna, un hecho que no deja de ser notable. Pero también mencionó los efectos potencialmente saludables de los bajones económicos décadas antes de que los sociólogos empezaran a examinar las estadísticas, que sorprendentemente muestran descensos de la mortalidad general coincidiendo con depresiones económicas.

Pregunta: ¿Dice usted que las estadísticas muestran una disminución de la mortalidad general coincidiendo con depresiones económicas?

Tapia: Sí, en efecto. Que yo sepa, fueron William Ogburn y Dorothy Thomas quienes lo descubrieron cuando examinaron en 1922 la relación entre las variaciones de la tasa de mortalidad y los ciclos económicos en EE UU. Observaron que la mortalidad aumentaba en periodos de prosperidad y disminuía durante los periodos de recesión económica. Dado que esto les pareció ilógico, profundizaron en la cuestión. Thomas lo investigó en su tesis doctoral, publicada en 1925 con el título de Aspectos sociales del ciclo económico. Al revisar los datos de EE UU y analizar los de Gran Bretaña en materia de mortalidad, concluyó que, contrariamente a lo que cabía esperar, tanto en EE UU como en Inglaterra se observaba una fuerte tendencia ascendente en periodos de prosperidad y descendente en tiempos de depresión. Reconoció que era difícil encontrar una explicación satisfactoria de este fenómeno, pero insistió en que los datos mostraban claramente que las elevadas tasas de mortalidad coincidían con periodo de prosperidad y las bajas tasas de mortalidad con periodos de depresión.

Pregunta: ¿Qué ocurrió entonces con este descubrimiento, que se produjo hace ya casi un siglo?

Tapia: Thomas murió en 1977, tras una larga y productiva labor académica, pero sus descubrimientos no despertaron el interés de casi nadie durante medio siglo. Después de las conmociones de las décadas de 1930 y 1940 vino un cuarto de siglo de prosperidad en el que el rápido crecimiento económico parecía arrasar con todos los males sociales. En aquella época, cualquier sugerencia de que la prosperidad podía tener consecuencias negativas equivaldría a nadar contra la corriente. Esto explica probablemente por qué el descubrimiento de Ogburn y Thomas cayó en el olvido.

Pero los hechos son tozudos. En 1977, un biólogo de la Universidad de Pensilvania, Joseph Eyer, examinó las tasas de mortalidad de EE UU entre la década de 1870 y la de 1970. Lo que halló y publicó en un artículo titulado La prosperidad como causa de muerte fue el que denominó “efecto Thomas”: las mayores tasas de paro coinciden con caídas de la mortalidad, y las menores tasas de paro con altos niveles de mortalidad. Puesto que el desempleo se sitúa en los niveles más bajos cuando la economía está en plena expansión y en los niveles más altos cuando lleva deprimida durante un tiempo, el claro corolario era el mismo que había hallado Thomas cinco décadas antes: la mortalidad tiende a disminuir en la recesión y a aumentar en la expansión.

Sin embargo, cuando los hechos no concuerdan con la idea general que se tiene de la sociedad, pronto aparecerá alguien que “demuestre” que aquellos no son reales. Así, en las décadas de 1980 y 1990, un sociólogo llamado Harvey Brenner “demostró” que el aumento de la mortalidad observado durante un periodo de prosperidad es “en realidad” la consecuencia de los efectos negativos diferidos de la recesión anterior. Pese a que sus investigaciones fueron criticadas muy pronto debido a sus tortuosas estadísticas, a la falta de información sobre los datos y a la imposibilidad de reproducir sus resultados, la controversia tuvo por efecto que la asombrosa relación entre expansiones, recesiones y mortalidad volviera a caer en el olvido durante 20 años. Esto cambió cuando en 2001 y más tarde se publicaron varios artículos en los que apareció de nuevo el “efecto Thomas”.

Pregunta: Veo en el gráfico que en Rusia, Belarús y Estonia hubo un fuerte aumento de la mortalidad a comienzos de la década de 1990. ¿No fue ese un periodo de crisis provocada por el fin de la URSS?

Tapia: Sí, el hundimiento de la URSS y la rápida transición de la economía “comunista” planificada centralizadamente de la época soviética a una economía de mercado bajo la orientación de Jeffrey Sachs y otros asesores económicos occidentales durante el mandato de Boris Yeltsin, causó una de las mayores catástrofes sanitarias del siglo XX. Se han atribuido varios millones de muertes extraordinarias a dicha transición. Pero aquella fue una crisis especial que tenía poco que ver, por su naturaleza y desde el punto de vista de las consecuencias para la salud, con las recesiones cíclicas.

Por ejemplo, en Grecia hubo recesiones en 1987 y 1993, y en Irlanda en 1983, pero la mortalidad alcanzó niveles muy bajos en esos años, lo que significa que disminuye más rápidamente. También se observa un pico de la mortalidad en Irlanda a finales de la década de 1990, que coincide con el periodo de crecimiento económico acelerado en que se acuñó el término de “tigre celta” para referirse a una economía irlandesa que crecía a un ritmo cercano al 10 % anual. De modo que todo indica que son los periodos de expansión, y no las recesiones, los que incrementan las tasas de mortalidad. En efecto, si se observa el gráfico correspondiente a los países europeos desde que comenzó la Gran Recesión en 2007, se ve que la mortalidad ha disminuido con la misma rapidez o incluso más rápidamente que en años anteriores.

Pregunta: Dicen que los suicidios aumentan muy rápidamente en los países en que se aplican políticas de austeridad. ¿Está usted de acuerdo?

Tapia: Bueno, lo cierto es que los suicidios aumentan a menudo en periodos de recesión económica, cuando aumenta la tasa de desempleo. Sin embargo, la afirmación de que los suicidios pasan a constituir un importante problema de salud pública, por ejemplo en Grecia, y de que esto es consecuencia de las políticas de austeridad, parece bastante exagerada. Las estadísticas muestran que los suicidios han aumentado ligeramente en Grecia desde 2007 y que se sitúan en niveles muy bajos en comparación, digamos, con Finlandia o Islandia, donde, por cierto, los suicidios también aumentaron en 2007-2009. No obstante, en Islandia y Finlandia no se han aplicado políticas de austeridad, de manera que las pruebas a favor de la idea de que los suicidios son muy sensibles a las políticas de austeridad no parecen muy sólidas, por decirlo suavemente. En cualquier caso, todo indica que sería buena idea reforzar la prevención de suicidios durante las recesiones. Por desgracia, lo que ocurre realmente es que los gobiernos nacionales, regionales y locales recortan la asistencia social y los servicios de salud mental debido a la falta de financiación.

Si observamos la salud de la población en general, que supone examinar la mortalidad total y la mortalidad por causas específicas y por la edad, veremos que estos países están bastante bien situados desde el comienzo de la recesión en 2007, y Grecia un poco mejor que ninguno. Durante la recesión, la mortalidad por todas las causas disminuyó en Grecia tan rápidamente como en Finlandia; incluso en los casos de mortandad por enfermedad cardiovascular (la principal causa de muerte), o en los de mortandad a la edad de 75 años y más, las tasas griegas disminuyeron más rápidamente que las finlandesas, de manera que la diferencia entre estas tasas de mortalidad quedó casi reducida a cero en 2011, pese a que Finlandia tenía una clara ventaja sobre Grecia antes de 2007. Desde el punto de vista de la mortalidad infantil, Grecia va a la zaga de Finlandia, pero la diferencia es bastante pequeña.

Pregunta: ¿Cuál podría ser la razón de que haya más muertes cuando la economía se halla en fase de expansión y menos cuando se produce un bajón? ¿No es cierto que los parados tienen una mayor tasa de mortalidad?

Tapia: Sí, en comparación con los trabajadores ocupados, los parados tienen unas tasas de mortalidad más altas por enfermedad cardiovascular, suicidio y otras causas. Esto puede deberse a que existe una causalidad bidireccional, es decir, que la mala salud incrementa la probabilidad de quedarse sin empleo, pero también que el desempleo aumenta la probabilidad de caer enfermo y morir. Sobre la base de los datos de un estudio epidemiológico entre jóvenes adultos he observado que los individuos en paro sufren niveles extremadamente altos de depresión y realizan poco ejercicio físico, aunque curiosamente beben menos que los individuos ocupados. Todo esto puede explicar por qué durante las recesiones y las fases de expansión el aumento y la disminución del desempleo se correlacionan con aumentos y disminuciones del número de suicidios.

Sin embargo, incluso en una fuerte crisis económica, como la Gran Depresión de 1930, los desempleados son una minoría de la población. Por ejemplo, una tasa de paro del 25 % (un cuarto de la población económicamente activa) supondría que los parados representan entre el 10 y el 15 % de la población. Durante las recesiones, tanto los trabajadores ocupados como la población en general están expuestos a cambios que dependen del estado de la economía, y muchos de estos cambios son beneficiosos para la salud. Por ejemplo, en general, las horas extraordinarias y la jornada laboral suelen reducirse durante las recesiones, y esto permite dormir más y hacer más ejercicio. También disminuye el consumo de tabaco. La disminución de la contaminación atmosférica a causa de la menor actividad industrial y de transporte (se reducen tanto el transporte comercial como el recreativo) contribuye a reducir el número de muertes por enfermedad cardiovascular y respiratoria y el de heridos y muertos en accidentes laborales y de tráfico.

Pregunta: No ha dicho usted nada sobre EE UU. ¿Ha sido la Gran Recesión buena o mala para la salud en EE UU?

Tapia: La tasa de suicidios ha aumentado significativamente, es cierto. Mientras que antes de la recesión la tasa de suicidios ajustada a la edad se redujo un 0,9 % en 2005 y se mantuvo estable en 2006, aumentó un 3,7 % en 2007 y un 2,6 %, un 0,9 % y un 3,4 %, respectivamente, en los tres años siguientes (datos de C.D.C.). No obstante, los suicidios constituyen una parte menor de todas las muertes anuales, alrededor del 1 % en EE UU, e influyen muy poco en la variación de la mortalidad total, que ha disminuido rápidamente: en 2008 cayó un 0,1 %, en 2009 un 3,3 % y en 2010 un 0,4 %. Es interesante el hecho de que durante las últimas dos décadas (las de 1990 y 2000), la mortalidad disminuyó en promedio un 1,1 % anual, aumentando tan solo en dos años, 1993 (cuando subió un 2,3 %) y 2005 (un 0,2 % más). Ambos fueron años de fuerte crecimiento económico.

Christopher Ruhm, quien publicó en 2001 un artículo titulado ¿Son las recesiones buenas para la salud? –pregunta a la que responde básicamente con un “sí”– ha publicado recientemente otro artículo, ¿Han dejado de ser saludables las recesiones?, donde afirma que la mortalidad total ha pasado durante el periodo 1976-2009 de ser marcadamente procíclica –es decir, creciente en las fases de expansión y menguante en las recesiones– a dejar de guardar relación alguna con el estado de la economía. Sin embargo, también reconoce que la relación se muestra inestable a lo largo del tiempo y probablemente no pueda medirse bien en periodos de menos de 15 o 20 años. Ruhm afirma que las muertes por enfermedad cardiovascular y accidente de tráfico siguen siendo procíclicas –aunque tal vez menos que en el pasado–, mientras que aparecen algunos patrones anticíclicos, siendo el más interesante el número de muertes causadas por sobredosis de medicamentos sujetos a receta médica. Para Ruhm, esto se debe probablemente a que el deterioro de la salud mental durante las recesiones se asocia cada vez más al consumo de fármacos recetados u obtenidos ilícitamente que encierran el riesgo de muerte por sobredosis.

Yo añadiría que si la mortalidad procíclica está asociada en gran medida a los efectos relacionados con la industria –más contaminación atmosférica causada por las emisiones industriales y el transporte, más estrés laboral–, el declive de la producción industrial es una posible explicación de la menguante relación entre el ciclo económico y la salud. Este fenómeno –el debilitamiento de la relación entre los ciclos económicos y las fluctuaciones de la mortalidad– también se ha observado en Japón y el Reino Unido.

3/10/2014

José A. Tapia es profesor adjunto de Ciencias Políticas de la Universidad Drexel, de Filadelfia. Sus investigaciones se han publicado en Journal of Health Economics, American Journal of Epidemiology, Social Science & Medicine, PNAS y otras revistas.

http://www.brooklynrail.org/2014/10/field-notes/health-and-economic-crises-in-conversation-with-jos-tapia

Traducción: VIENTO SUR



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