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Tras el 26J
Lo que hemos hecho mal desde Podemos
23/07/2016 | Andreu Tobarra

La noche del 26J supone una inmensa decepción tanto por el fracaso de las expectativas como por lo inesperado del sentido de los resultados electorales. Varias preguntas parecen obligadas a contestarse en función del fracaso de la mayor parte de pronósticos:

√ Frente a una previsión en torno al mantenimiento de los votos que ya tenía el PP en el 20D, que podía implicar tanto un pequeño crecimiento, como decrecimiento, el PP tiene una subida importante, tanto porcentualmente como en valores absolutos.

√ Al PSOE se le preveía una nueva caída relativamente significativa, como le ha venido sucediendo en cada una de las últimas convocatorias electorales, pero sus resultados le suponen un pequeño crecimiento en porcentaje de votantes, aunque en términos absolutos de electores implique un ligero descenso. Junto a ello, todo parecía apostar por un descenso al tercer lugar del mapa de la representación parlamentaria, que no se produce, manteniendo su segundo puesto, aunque a distancia clara del PP.

√ Mientras que para Unidos Podemos, supone una triple desilusión a pesar de mantener el número de escaños. No se sitúa en segundo lugar, superando al PSOE, no consigue rozar mínimamente al PP en número de votantes y se deja más de un millón de votos, aunque en términos de porcentajes implique poco más de un 3 % de perdida.

√ La falaz unanimidad de los sondeos. Sin duda, la gran aliada de las previsiones finalmente desacertadas han sido las encuestas preelectorales más difundidas y vinculadas no solo a los media, que han cometido todas ellas, con ligeros matices y grados de error, los mismos equivocados vaticinios.

En primer lugar, es obligado aclarar que no participamos de las explicaciones conspirativas en torno a la maquinación secreta de un inmenso fraude, como intento de explicación. Ello no quiere decir que confiemos en los mecanismos de transparencia y participación, claramente insuficientes y deformadores, que nos ofrece este sistema. Pero es preferible trabajar generalmente lo más cerca posible del método científico de elaboración y toma de decisiones basado en las evidencias, cosa que no necesitan hacer en absoluto las teorías conspirativas.

Relativamente cerca de esas explicaciones aparecen hechos como las diferencias entre algunos datos del 20D y el 26J en términos de participación y abstención. Esta discrepancia debería ser suficiente de explicarse por el censo electoral de los españoles residentes ausentes que viven en el extranjero, el voto CERA, que todavía no había sido contabilizado pendiente de ser validado por la comisión electoral y supone un censo de cerca de dos millones de electores.

Las papeletas de los que han votado por correo y ello incluye a los y las residentes temporales en el extranjero se contabilizan el mismo día de las elecciones. En el momento que se incorpore el voto de los y las residentes en el extranjero, el porcentaje de abstención aumentará ya que su participación es mucho más baja, entre otros motivos también gracias a las dificultades que el PP ha introducido para dificultar su voto.

La derecha ha demostrado tener problemas de techo pero no de suelo, mientras que al partido socialista se le presentan en ambos frentes, sigue en una pérdida de votantes continua que no presenta ninguna tendencia a su freno. El PP ha incrementado respecto al 20D tanto en términos absolutos como de porcentajes sus votantes, pero en lo fundamental se puede explicar como un trasvase de los votos previamente “cedidos” a Ciudadanos y que ahora han vuelto, sin duda, alimentados por el voto útil y el temor a que la división de votos entre las derechas con el deformado sistema electoral pudiese abrirse a un gobierno de la izquierda.

Aun así, el trasvase no es suficiente para explicar el crecimiento que ha tenido el PP de cerca de 700 000 votos, la hipótesis es que una parte de los cerca de 400 000 que pierde Ciudadanos, aun habiéndose ido al completo al PP, debe ser completada con algún trasvase más de otras organizaciones (como el PSOE) y sin duda por la mayor participación entre los sectores de mayor edad, entre los que a diferencia de los más jóvenes supone una mayor implantación de las opciones de derechas.

Sobre las explicaciones de los resultados electorales, tradicionalmente se introducen dos esplendidas formas de manipular y falsear lo ocurrido. La primera consiste en situarse en una de las causas y solo en ella. Esa explicación que se ofrece es cierta, pero lo es dentro de

un conjunto y no aisladamente, esa es la trampa, extraída la causa del conjunto en el que toma razón y sentido, ofrece un nuevo panorama que es el que interesadamente se desea construir socialmente bajo la apariencia de una verdad obvia o incontestable.

La segunda, simplemente ofrece pistas de lo ocurrido basándose en el limitado periodo electoral(y a veces ni siquiera eso, solo unos pocos días), incluso se centra en algún acontecimiento localizado, como alguna frase, alguna actitud… durante la aparición en los media del candidato, despreciando las trayectorias más largas y profundas, es decir convirtiéndolas en inexistentes y sustituyéndolas por lo anecdótico y circunstancial.

Parece desgraciadamente, que estos suponen procederes habituales de los medios de comunicación y de buena parte de las direcciones de las organizaciones políticas. Sin embargo, la búsqueda de explicaciones hay que reconocerla dentro de un marco de complejidad, en el sentido cotidiano de huir como práctica epistemológica de las soluciones excesivamente simples. Situarnos en un esquema multicausal complejo es una práctica necesaria a la hora de construir descripciones, análisis y explicaciones de la realidad.

Este camino que proponemos también ha sido “hackeado” más de una vez. El mecanismo de trampear este buen procedimiento consiste en ofrecer análisis particularmente saturados de cientifismo y dificultad de acercamiento directo. Es decir, podría resumirse en este eslogan con que los definimos algunos compañeros y compañeras en la universidad: “si no puedes ser brillante se oscuro”. La finalidad básica de un balance electoral debería ser contribuir al debate, conseguir que esa aportación sea discutida y confrontada por el mayor número de personas posible, compartiendo las ideas como si se tratase de herramientas, de tal forma que colectivos amplios salgan más enriquecidos y con mayor experiencia que si no hubiesen intentado discutir críticamente. En esta forma se nos impone tratar la complejidad no desde la reproducción de esa misma complejidad inabarcable, si no desde la modelización, lo cual significa que, sin renunciar a la multicausalidad, intentamos en primera instancia acercarnos a ella seleccionando y jerarquizando.

Hemos asistido dentro del mundo de Podemos a leer alguna primera explicación de lo ocurrido, que claramente supone un ligero enfrentamiento contra la razón (¿sentido común?). La pretensión es que la carga de la responsabilidad de los malos resultados, de acuerdo a lo esperado, caiga sobre la confluencia y concretamente sobre IU, dejando libre a Podemos de toda culpa.También aquí, en el País Valencià, algunos miembros de Compromís, fuerza con la que se iba nuevamente en confluencia el 26J, han retomado un argumento similar dirigido hacia Podemos.

Detengámonos un momento en ese enunciado que parece tener más recorrido e influencia: la confluencia con IU no ha aportado, ha restado. Con algunas variantes, como extender la causa a más confluencias que IU, han adquirido un patrón argumental que se limitaba a ofrecer la siguiente evidencia para definir a Izquierda Unida como el principal problema: allá donde el voto y la presencia de IU es mayor, más grande ha sido la pérdida de votos de Unidos Podemos.

Posiblemente una de las versiones más citadas estos días es la que publica Electomanía/1, una explicación simplista y equivocada que hace un muy mal uso de la estadística, torturando los datos hasta conseguir que parezcan expresar lo que el autor obviamente ya tiene decidido que expresen. Intentaré aclararlo, recurriendo a algo que muchos lectores no tienen por qué conocer, pero algunos de los teóricos del argumento, por su formación es altamente improbable que ignoren. Me refiero a la diferencia entre correlación y causalidad y lo mejor es explicarlo con un ejemplo clásico.

Las variables en juego en el ejemplo son dos, vamos a relacionar el hecho de fumar marihuana con las notas que obtiene un estudiante. De tal forma que la aparente evidencia que ofrecen unos supuestos datos es que los estudiantes que más fuman obtienen al mismo tiempo promedios de calificaciones más bajas en los estudios. A partir de esas cifras se construye la explicación de que la causa para que los estudiantes saquen peores notas es el hecho de fumar droga.

Donde solo deberíamos encontrar una correlación entre dos variables, se ha dado un salto en el vacío más absoluto para acabar especificando una relación causal. En la correlación no se pretende (ni se puede) encontrar explicaciones, con causas y efectos, simplemente señalamos que los datos confirman la actuación simultanea (en un determinado sentido y grado de influencia más o menos acusada) de las dos variables, aclarando que es una tentativa a nivel de hipótesis, pendiente de más aportaciones apoyadas en las herramientas del conocimiento y en la ética.

En definitiva, los datos solo confirman la existencia de una relación inversa entre lo que se fuma y la nota media, se tienen notas más bajas y se fuma más o se tienen notas más altas y se fuma menos.

El hecho es que podríamos encontrar para esos mismos datos otra explicación que vincula a las mismas variables de forma completamente diferente. ¿Por qué razón no pueden ser las notas la causa y fumar marihuana el efecto? Esto supone dar completamente la vuelta a la falaz explicación anterior. O sea, es el hecho de obtener notas bajas lo que lleva a los estudiantes a fumar droga, y es una explicación causal igualmente concordante con los mismos datos que había permitido hacer la anterior. Donde la droga era la causa, ahora es el efecto.

Pero al margen de nuestras opiniones personales sobre el tema, la situación sigue siendo la misma, los datos permiten hablar en estricto sensu exclusivamente de una descripción del fenómeno en términos correlacionales (directa o inversa, con más o menos intensidad). Para llegar a construir una formulación de causa-efecto, necesitamos mucho más, como es un gran conocimiento de como funciona y por qué lo hace así el fenómeno que estamos estudiando, mientras tanto estamos añadiendo hipótesis que hasta que se refuercen con más hechos deben ser tomas con las prudencias más extremas y administrarlas diferenciando claramente la clara solidez de una correlación sin resquicios, de la debilidad de una hipótesis causal sin apoyos.

En nuestro ejemplo podríamos considerar una tercera posibilidad también causal. Supongamos que a pesar de la fuerte correlación que ofrecen las notas y fumar marihuana, renunciamos a vincularlas, de tal forma que ahora formulamos otra posible explicación: los estudiantes que sacan notas más bajas y al mismo tiempo fuman droga lo hacen porque tiene algún tipo de problema relevante. En definitiva, ahora hemos situado el peso de la causa en una tercera variable que no estaba enunciada en el simplista modelo bidimensional y parece adaptarse igual de bien que las anteriores a los mismos datos, pero con la crucial diferencia que, si introducimos nuevos datos en juego, podríamos comprobar que el tratamiento reduccionista de situaciones complejas nos lleva a explicaciones espúreas, es decir, falsas, por simples e ingeniosas que a alguna le puedan parecer. Nuestro mayor anclaje para evitar este tipo de cosas es la ética, que no nos debería permitir, escribir primero la conclusión para luego añadir el aparente dato o hecho que justifica lo que deseamos que se justifique. Creo que, a estas alturas, ya sabemos cuan malintencionadamente trabajan algunos y algunas.

Puestos a buscar correlaciones y convertirlas en explicaciones causales, les recomiendo una bastante evidente que sorprendentemente pasan por alto: la fuga de votos de Podemos es mayor allá donde fue más fuerte en el 20D. Esta relación simultánea en presencia, por el mismo inapropiado procedimiento podría convertirse en un argumento que hace recaer en Podemos en exclusiva la perdida de votantes. Ahora nos parece tan inaceptable como la primera, esta segunda formulación que inventa causas y efectos a partir de datos que no lo permiten. Por más que estemos de acuerdo en que una importante parte de la explicación hay que buscarla fuera, nos parece inaceptable cualquier simplificación que no pretenda al mismo tiempo que nos miremos hacia dentro.

Los medios difusión han participado, claramente de forma interesada, en defender el error que ha supuesto la confluencia. No hay que ser un lince para notar que algún interés pueden tener en evitar que la muy larga y deseada convergencia de la izquierda llegue a articularse, rompiendo tras tantos años, divisiones y diferencias que en buena medida podrían haber convivido en la misma organización si esta se hubiese dotado de nuevas formas para permitirlo.

Espero también, se me libre de suponerme excesivas simpatías hacia lo que representa el aparato de IU y a una parte de su trayectoria en la última década. De la misma forma que considero que en las negociaciones con Podemos para llegar al acuerdo electoral, la dirección de IU actuó con formas e intereses propios de un aparato profundamente burocratizado, la dirección de Podemos no estuvo nada “fina”, ni ofreció la imagen de generosidad necesaria en la fuerza mayoritaria, sobre todo si lo que se pretendía era hacer valer socialmente que la coalición tenía muchos más mimbres y futuro de encuentro real en un nuevo espacio articulado a partir de un primer paso en el terreno más electoral.

Con ocasión de las consultas electorales que tienen lugar en el estado español, el CIS lleva a cabo estudios post electorales con el fin de investigar las características del comportamiento electoral de los ciudadanos, a partir de los cuales tendremos algo más que simples hipótesis e intuiciones de los trasvases que se han producido entre las diferentes candidaturas, incluyendo también a la abstención. La encuesta postelectoral del CIS es una herramienta valiosa para aproximarnos al conocimiento del voto y de por qué se produjeron los resultados que ocurrieron, dando pistas muy importantes, por cruces de categorías sociales relevantes, como sexo, edad, motivaciones en el ejercicio del voto (o no voto), nivel de estudios, situación socioeconómica, ideología, clase social… Hasta su publicación dentro de unas cuantas semanas, nos movemos en un terreno relativamente hipotético a la hora de cuantificar y jerarquizar causas.

Dentro de la multicausalidad compleja a la que me he referido como plataforma obligada desde la que desarrollar nuestros debates, echo de menos que no se trate con claridad de aquellas cosas que si estaban sobre todo en nuestras manos, aquellos elementos que han sido resultado de decisiones tomadas por nosotras en Podemos y podrían haberse hecho en otras formas, al mismo tiempo que no está de más adquirir una mirada un poco más lejana que no se limite a los hitos de la campaña electoral, lo cual obliga a circunscribirse excesivamente a estéticas y discursos del periodo inmediato al 26J.

En definitiva, no pretendo añadir nada a los hechos externos a Podemos que ya están encima de la mesa, como la campaña del miedo, el Brexit, el efecto voto útil que ha concentrado el PP, la movilización entre la población más envejecida, unidas a las magnificaciones y deformaciones desde los media. La importante influencia de todo ello en los resultados del 26J es indiscutible, sin embargo, el espacio que sigue lo quiero dedicar a aquellos elementos que sin duda estaban sobre todo en el ámbito de decisión de Podemos y que han podido suponer una contribución al retroceso electoral.

En relación a ello quiero poner algunos elementos encima de la mesa del análisis post electoral, con una cierta perspectiva temporal. En estos mismos días, el 5 de julio, se cumple el primer aniversario del referéndum en el que el pueblo griego dijo NO a la estrategia de guerra financiera y austericido de la deuda que imponía la Troika. Desde que Syriza gana las elecciones en enero del 2015, hasta que Tsipras como jefe de gobierno griego abandona, a los pocos días del referéndum, ignorándolo absolutamente, las posiciones políticas de izquierdas que le permitieron ganarlas, apenas ha pasado medio año. El abrazo al neoliberalismo más dañino y antisocial por parte de Tsipras supone dinamitar una oportunidad histórica no solo para la izquierda griega, sino también para toda la izquierda europea, de poder cambiar las cosas. Echó a la basura esta inmensa posibilidad de conquistar los cielos.

En septiembre del 2015, poco más de dos meses tras la capitulación, en las nuevas elecciones que tuvieron lugar en Grecia, Tsipras contó con la presencia de Pablo Iglesias (que desgraciadamente no fue el único líder de las nuevas izquierdas europeas que se paseó por Grecia en esa convocatoria electoral junto a Tsipras) para apoyarlo sin ninguna discrepancia, entre la sorpresa y la decepción de una buena parte de los y las activistas del estado español. De su participación en el mitin final de campaña en la plaza Syntagma de la capital griega, todavía nos resuenan algunas de las rutilantes e increíbles palabras con las que glosó al nuevo converso al neoliberalismo, Alexis Tsipras: “un león defendiendo a la patria de los buitres".

Esto supuso un punto de inflexión importante en la imagen social de Podemos, sobre todo entre el activismo y la multitud de organizaciones que participaban desde hace semanas en la solidaridad y el apoyo al pueblo griego frente a la Troika. No tengo ninguna duda que ahí se rompió algo entre nosotras y otras compañeras en la lucha por el cambio social, algunas cosas ya no volvieron a ser lo mismo.

La aireada durante varios días, en los primeros titulares de tv, prensa y radio, dimisión forzosa del hasta el momento secretario de organización estatal, Sergio Pascual, en marzo de este año, atribuyéndole una gestión deficiente cuyas consecuencias han dañado gravemente a Podemos. Este hecho saca a la luz pública el soterrado conflicto interno con los errejonistas, quizás con tanto alcance social como tuvo la escenificada pero fulminante salida meses antes del mismo Monedero. Pero añade un factor que en el caso de Podemos supone una importante descalificación para la dirección y la organización como son los procedimientos utilizados para resolver diferencias políticas, que recuerdan a la vieja política y más aún, dentro de ella, a los más rancios estilos de los aparatos burocráticos de partido, ausentes de elementales derechos de transparencia y participación.

Esto no es en absoluto un hecho aislado, supone una mayor exhibición de lo que previamente en el año anterior, una y otra vez, ha sido expuesto por los media con mayores o menores titulares, las continuas dimisiones y problemas organizativos de Podemos que acentuaban demasiadas veces las evidencias de conflictos apoyados en la falta de horizontalidad de la organización. Sería bastante ingenuo pretender que esta negativa exposición continuada podría no tener algún tipo de efectos y, es más, en alguna dosis acumulativa.

Los indisimulados cambios de opinión sobre grandes temas como el referéndum catalán, argumentados en el mejor estilo Orwell-1984, que supone negar lo evidente y reconstruir el pasado en función de los intereses presentes. Los videos y grabaciones que evidenciaban que el referéndum sí suponía hasta hacia muy poco algo no negociable, fueron nuevamente expuestos a la opinión pública para deteriorar a Podemos, que lo había puesto en palabras de Pablo Iglesias muy fácil, por más que negara que nunca había sido una línea roja. Era palpable el acercamiento a los comportamientos de la vieja política desdiciendo y “moderando” compromisos programáticos centrales como la auditoría ciudadana de la deuda, la defensa de la Renta Básica, el no a la OTAN o la nacionalización de sectores prioritarios como el energético.

En definitiva, en el campo del discurso, la moderación por un lado y por otro los cambios tacticistas, a veces de un día para otro, pueden haber conseguido anular las ventajas de esos movimientos rápidos y bruscos de “cintura” discursiva y programática, para ser superadas por el desconcierto y unas razonables dudas en torno a lo que realmente se va a defender en las instituciones.

Postularse como la nueva socialdemocracia, sustituyéndola, ocupando su sitio, supone abandonar el cuestionamiento destituyente del PP y del PSOE que se extiende y amplifica enormemente a partir del 15M. En este terreno de la construcción de relato es un hecho destacado que esta pretensión de sustituir a la socialdemocracia, es una estrategia que como mínimo ofrece dudas muy importantes, puesto que además implica ocupar un espacio político que no va a poder realizarse sin abandonar otro. Una de las señas que conforman al 15M y de la que participan todas sus herencias, como Podemos, es la de considerar al PSOE en el mismo lugar que el PP a efectos de las grandes decisiones (monarquía, rechazo de una república y de un proceso constituyente real, defensa a ultranza de la Transición, privatizaciones de los sectores fundamentales…) que con tozuda intensidad la realidad confirma una y otra vez desde los años 70. Es sumamente difícil suponer que esa ruptura iba a ser “entendida” y aceptada por sectores relevantes de votantes, cuando la idea que acompaña a la nueva izquierda que ha crecido en el estado español, lleva en su ADN el cambiar los actores y el guión de nuestras decisiones políticas y no sustituirlos en una idéntica representación.

Discursos contradictorios que se vuelven en nuestra contra, como la impugnación del bipartidismo mientras se emiten referencias admirativas hacia Zapatero, como el proponer al PSOE un gobierno compartido al mismo tiempo que se le critica y se grita a los cuatro vientos que somos socialdemócratas. La apariencia de un oportunismo electoral se abre paso por encima de otras consideraciones, y entre los sectores con más conciencia se muestran las dudas y cierto desencanto, cuando anteriormente parecía que solo había sitio para las ilusiones y la confianza.

La construcción tremendamente dirigista de las listas electorales, con la colocación a dedo de personas que muy poco parecían tener ver con Podemos, como para encabezarlas, entre los que parece destacar Julio Rodríguez ex jefe del Estado Mayor de la Defensa y numero uno de la lista de Unidos Podemos por Almería, estas decisiones pueden habernos hecho un flaco favor. ¿Alguien se atrevería a cuantificar las ganancias que ha aportado esta persona como cabeza de lista?, frente a las que se han podido perder y lo que a la postre es más importante, ¿qué efectos ha tenido sobre las confianzas e ilusiones que están depositadas en Podemos y que van más allá de lo ocurrido el 26J?

En los meses anteriores al 20D, el rechazo a cualquier acercamiento respeto a IU, así como el vaticinio de su desaparición, ilustraban un desprecio y una prepotencia innecesarias para sumar y convencer. Tras el giro inmediatamente antes del 20D en el que fracasa la negociación con Garzón, la nueva búsqueda del acuerdo con IU se produce tras obtener estos más de novecientos mil votos en diciembre (sin contar lo que incorporaba en las confluencias, como en Galicia y en Catalunya, donde estaba presente).

La doble ronda de negociaciones con IU, no es como para estar muy orgullosos, la primera acaba en ruptura antes del 20D y es acompañada por un discurso poco creíble, de que exclusivamente se negociaba la incorporación de Garzón y no con la organización que dirige. La segunda, de mala manera a muy pocas horas de finalizar el plazo legal se firma el acuerdo que es presentado como algo que no es ni lo que decíamos ni es lo que pretendíamos. Nos hemos desgañitado, prácticamente desde la fundación de Podemos, afirmando que no íbamos a ser como la vieja política, nuestros acuerdos no aceptaban la sopa de letras ni el pacto de cúpulas y eso es precisamente lo que hemos hecho. No solo estoy pensando en lo ocurrido con IU, con otras confluencias ha ocurrido algo parecido, por ejemplo, a nivel del País Valencià con nuestros socios de Compromís, con los que hablar de campaña conjunta a veces ha sido una broma, la separación durante la campaña de las dos organizaciones solo ha sido superada por la absoluta falta de espacios para la más mínima confluencia entre las bases de Compromís y las de Podemos, al mismo tiempo que se peleaba por las formas y lugares en las que tenía lugar la presencia de cargos orgánicos y candidatos en la campaña.

Por ello, hablar de que ha habido un espacio de encuentro, donde compartir un discurso y unos objetivos más amplios que los electoralistas es falaz. Es un sinsentido criticar la confluencia como responsable del retroceso electoral, cuando esta ha sido inexistente. Toca por tanto explorar que el hecho real ha sido la ausencia de confluencia(esta es la mejor hipótesis que tenemos para acompañar lo ocurrido el 26J), que no solamente ha marcado los resultados del 26J, supone una nueva y enorme ocasión perdida para construir lazos.

Desde principios del 2015, a partir de febrero, una buena parte de indicadores como los barómetros del CIS que reflejamos en la gráfica2, dan por concluido el hasta entonces crecimiento continuado de Podemos. Durante todo el año y hasta pocas semanas antes de la campaña del 20D, el descenso de Podemos es casi continuado. ¿Qué ocurre en diciembre que rompe esa tendencia y vuelve a levantar las cifras de Podemos? La respuesta hay que buscarla en las confluencias que, a pocos meses de haber asaltado los ayuntamientos, incorporan todas las energías e ilusiones de las que son portadoras a la candidatura de Pablo Iglesias. Sin las confluencias, en las que se implica decididamente la figura enorme de Ada Colau, la remontada electoral del 20D hubiese sido imposible.

Podemos-Confluencias remonta desde cifras que habían llegado a situarse muy ligeramente por encima del 10%, hasta duplicarlas y quedarse en tercer lugar, pero a muy escasa distancia del PSOE y superándolo en votos (que no es escaños) si sumamos la candidatura presentada a solas por IU.

El efecto conseguido en diciembre, se pierde en una buena parte seis meses después en junio del 2016. Una de las hipótesis que sostenemos es que el hecho de no haber avanzado en la confluencia y la búsqueda de espacios de encuentro ha supuesto una pérdida importante del electorado, pérdida que no ha engrosado otras opciones ya que la única oferta posible era la que se gestaba entre las Confluencias y Podemos. La abstención hay que interpretarla en buena medida como una decepción ante las insuficiencias y retrocesos en varios terrenos por parte de Podemos: en el terreno más interno, con su señalada falta de horizontalidad y dirigismo; en el terreno discursivo con su excesiva moderación y contradicciones; y, en el terreno de la confluencia, por su ausencia, transmutada en un electoralismo cortoplacista.

Frente a las tentaciones de construir explicaciones basadas en el enemigo exterior, debemos ser igualmente críticos con lo que ocurre en el ámbito de las decisiones que tomamos en Podemos y lo que ocurre en su interior. Seguir pensando colectivamente, volver a lo mejor de los orígenes de Podemos, rehacer un marco orgánico que sea amable y democrático, abandonar los pactos cupulares y trabajar por espacios de encuentro y unidad de base reales, parece la forma más segura de recuperar confianzas y organizar fuerzas que más allá de los discursos permitan llegar a esa masa crítica con la que se cambian las cosas que nos rodean y se invierten las inmensas desigualdades sociales.

7/07/2016

Andreu Tobarra, del Departament de Sociologia i Antropologia Social de la Facultat Ciències Socials. Universitat de València

Notas:

1/ http://electomania.es/fidelidadup26j/



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