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Elecciones Autonómicas en otoño
Paisajes antes de la batalla en Galiza
15/07/2016 | Paula Quinteiro y Nicolás Legido

Las elecciones del 26 de junio parecen dejar un escenario lleno de dudas e incertidumbres. Hace falta analizar este escenario complejo atendiendo a múltiples variables, teniendo en cuenta que las elecciones son un espejo distorsionado. Constituye uno de los terrenos en el que se expresan los conflictos entre clases que atraviesan las sociedades, pero no el único. El espejo electoral devuelve una imagen, a veces desenfocada, que refleja parcialmente la correlación de fuerzas entre clases. A veces funciona como elemento catalizador de la movilización y supone un avance en el proceso de construcción de una clase consciente. Otras, en cambio, actúa como freno y ralentiza los procesos.

El ciclo electoral que se abre con la irrupción de Podemos en las elecciones al parlamento de la UE en mayo de 2014 y las Candidaturas de Unidad Popular un año después, cierra el de las intensas movilizaciones que arrancaron en el 15M, se expresaron con mucha fuerza en las luchas por la defensa de los servicios públicos (las mareas blanca o verde), en la lucha de la PAH contra los desahucios, en el asedio al Congreso y que tuvieron su momento álgido en el mes de marzo de 2014, con las multitudinarias Marchas de la Dignidad de Madrid. La constatación del bloqueo institucional con el que se encuentran todas las movilizaciones y la aparición de un referente electoral de ruptura abren la posibilidad de superar ese bloqueo institucional, vaciando las calles para llenar las urnas, generando ilusión ante una ventana que se abría.

En Galiza, la aparición de AGE (Alternativa Galega de Esquerda) en 2012 resultó precursora de este ciclo, planteando nuevas formas de hacer política y la suma de actores diversos, con un modelo de unidad popular, trasladando el conflicto al terreno institucional. Cuando las tensiones por arriba y el fracaso a la hora de constituirse en sujeto político común parecían mostrar el agotamiento de lo que no pasó de ser una coalición de partidos, las elecciones Municipales del 25 de mayo de 2015 señalaron un nuevo camino, la confluencia por encima de siglas e identidades, que demostró su capacidad para derrotar al bipartidismo. Sin embargo, el modelo político creado por las Mareas, con su diversidad, mostró muchas dificultades a la hora de trasladarse de la realidad local al marco nacional.

Los ritmos acelerados impuestos por el calendario electoral condicionaron la firma de un acuerdo entre partidos, los dos constituyentes de AGE, IU y Anova, con la incorporación de Podemos, gestionado de forma poco transparente. Sin embargo, esta alianza por arriba representaba una promesa, contenía una esperanza de apertura y construcción por abajo que podría superar las limitaciones del acuerdo inicial. La condición necesaria para impulsar un espacio común pasaba por la ampliación y por la apertura a la participación democrática de actores sociales y políticos heterogéneos.

Las elecciones del 20D transformaron esta promesa en una posibilidad material, con la movilización en una campaña que ilusionó y llegó a desbordar, aunque con limitaciones, las estructuras partidarias. Tras unos resultados históricos, que removían el tablero político gallego con un sorpasso al PSOE y la casi desaparición electoral del BNG, los meses transcurridos hasta junio pueden calificarse de oportunidad perdida. En Marea parecía repetir el rumbo de AGE, sin un proceso constituyente, sin mecanismos de participación democrática más allá de una consulta telemática y una Asamblea tardía y carente de capacidad decisoria. La promesa de una política por abajo quedó reducida a un grupo parlamentario con muchas tensiones y poca capacidad de intervención en la política estatal y una mesa coordinadora bloqueada por los desacuerdos, externos e internos, de los partidos que la conformaban.

En estas condiciones, e incluso con la continuidad de la coalición en el aire, la campaña de las nuevas elecciones generales de junio no partía de las mejores bases posibles. La estrategia de campaña se fió a un pacto de no agresión entre las fuerzas de la coalición con una visión estrecha del reparto de cuotas y protagonistas que recordaba más a una vieja política de notables que a las nuevas formas de representación impulsadas por el 15M. Una campaña sometida a una férrea centralización para asegurar que en ninguna parte pudieran saltarse el reparto de cuotas entre los partidos, aunque de esa manera asfixiaran la iniciativa desde abajo y desalentasen la participación. Así mismo, se produjo un vaciamiento de contenidos en los mensajes, con una moderación del discurso que dejó de lado cuestiones programáticas importantes en la anterior campaña, como la plurinacionalidad. Se pecó de un concepto comunicativo-discursivo de la política, de un marketing que huía de las aristas en aras de una superficialidad autorreferencial. Sin unos puntos programáticos firmes, que incidan en la raíz de los problemas (auditoría de la deuda, socialización de la banca, feminismo, control democrático de la economía), las sonrisas por sí solas no consiguen movilizar al electorado. La campaña no sirvió para reforzar la identidad de En Marea, sino para poner sobre la mesa, salvo las contadas excepciones de algunos comités de campaña, las diferencias entre partes, el choque entre identidades vistas como rivales y no como complementarias. La campaña electoral no supuso ningún desbordamiento, sino que resultó rutinaria, de baja intensidad y poco movilizadora, como se vio en la bajada en las ciudades del Eje Atlántico donde En Marea tenía sus bastiones electorales.

Sin embargo, el ciclo electoral no terminó en nuestro país, a diferencia del resto del Estado excepto Euskadi. Las elecciones autonómicas que se celebrarán el próximo otoño plantean incertidumbres, pero también potencialidades. La posibilidad de ejercer la autocrítica, de analizar y debatir colectivamente los errores del pasado ponen las bases para corregirlos y estar en disposición de disputar, con más fuerza, la Xunta al PP. Para impulsar el debate sería bueno convocar una Asamblea de En Marea que analice los resultados de las elecciones y proponga soluciones a los defectos del proceso, poniendo en claro en común los nuevos pasos a dar. En ese sentido, resulta un paso adelante importante el manifiesto que publicaron los alcaldes de A Coruña, Ferrol y Compostela, apostando por una conjunción más amplia que la suma de partidos, por una ampliación y democratización de En Marea, con nuevas metodologías y estructuras.

Pero hace falta ir un paso más allá e incidir en las que, a nuestro juicio, deberían ser las pautas a seguir para impulsar el proceso de convergencia de abajo a arriba. Hace falta una implantación territorial de En Marea para llegar a más ámbitos, como ponen de manifiesto los flojos resultados conseguidos en el rural. Es necesario generar espacios asamblearios, horizontales, que recojan propuestas y tengan capacidad decisoria. En ese sentido, las Mareas Municipales, grandes y pequeñas, deben jugar un papel mayor, como estructuras de convergencia en el ámbito local. Hace falta una mayor vertebración y coordinación entre niveles locales y comarcales y el nivel nacional. Resulta fundamental dar canales de participación a las mayorías sociales, establecer mecanismos de control democrático por la base, para que estas estén realmente representadas. Precisamente, tenemos que ser quienes debemos poner sobre la mesa dos puntos cruciales que quedaron sacrificados en el altar del pragmatismo: unas auténticas primarias abiertas y proporcionales que respeten las minorías y un programa colaborativo en el que participen los actores sociales del país. Los acuerdos y las negociaciones tienen que ser públicos y transparentes, salir de la oscuridad de los despachos a la luz de la calle. Si queremos construir nuevas formas de hacer política deberemos tratar a las clases populares como sujetos agentes y no como menores de edad de los que sólo se busca el aplauso fácil.

Se precisa, en suma, la generosidad de todos los actores, altura de miras, un mestizaje que anteponga el proyecto común sobre los intereses de parte. Es decir, construir una auténtica confluencia, y no simplemente una candidatura de coalición que sólo exista en el espacio electoral-institucional. Hay que crear conflicto también desde las instituciones para devolverlo a su terreno natural, retroalimentar lo electoral y lo social, como espacios convergentes y no paralelos, desde el respeto a la autonomía de los movimientos sociales. Disputar el espacio de la representación pero no como un fin en sí mismo, sino como un medio para disputar el espacio de la movilización, tejer organización e incidir en la conciencia de las desposeídas. En definitiva, comenzar a ganar significa generar tejido social, sembrar por abajo y alimentar procesos y experiencias de autoorganización.

Si bien es cierto que los tiempos de vértigo que estamos viviendo dificultan la construcción paciente y auténticamente horizontal, eso no es óbice para trabajar a largo plazo, más allá de las coyunturas, a favor de espacios amplios de poder popular. Cuando cierre la urna continuará habiendo desahucios, despidos y violencias machistas; por eso es tarea colectiva impulsar herramientas de resistencia, comunidades vivas más allá de lo electoral.

El debate, la inteligencia colectiva, la toma de decisiones democráticas son la sangre que alimenta la confluencia. El espacio común aún está por construir, hace falta voluntad, superar inercias del pasado, repensar juntas. Porque contra los augurios, el futuro aún no está escrito, lo haremos nosotros y tenemos mucho por ganar.

* Paula Quinteiro y Nicolás Legido forman parte del Consejo Autonómico de Podemos en Galiza, participan en Marea de Vigo y son militantes de Anticapitalistas-Galiza.



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