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Reino Unido
¿Se rompe el Reino Unido?
13/07/2016 | Sean Bell

Como sabe cualquier masoquista que sigue la actualidad política, el Reino Unido ha votado a favor de abandonar la Unión Europea, pese a la rotunda oposición de dos de las naciones que lo componen. Escocia, que sigue siendo nominalmente miembro del Estado insular cada vez más ruritano, votó en contra del brexit por una mayoría del 62 %. Irlanda del Norte, la única parte del Reino Unido que comparte frontera con otro país de la UE, votó a favor de permanecer en esta por una mayoría del 56 %. El déficit democrático, un concepto que los unionistas británicos han intentado infructuosamente borrar de la conciencia popular durante decenios, vuelve a estar sobre el tapete. Y las posibilidades de la unificación irlandesa y la independencia escocesa han ganado bastantes puntos.

Nicola Sturgeon, primera ministra de Escocia y dirigente del Partido Nacional Escocés (SNP), declaró, a la vista del resultado del referéndum del mes pasado, que su gobierno defendería el deseo del pueblo escocés de permanecer en la UE por todos los medios, incluida la convocatoria de un segundo referéndum de independencia. Casi al mismo tiempo, el Sinn Féin recordó su promesa de reclamar una votación sobre la unificación de Irlanda si Irlanda del Norte tuviera que abandonar la UE por culpa de unos votos mayoritariamente ingleses.

Sturgeon se ha reunido con todos los altos cargos de la UE que han querido escucharla, con la esperanza de asegurar que Escocia siga siendo miembro, sea como componente del Reino Unido o no. Se dice que la han recibido con simpatía, pero poca cosa más. Tal como ha señalado recientemente Andrew Tickell, la UE está formada por Estados miembros, “y hasta que sea independiente, Escocia seguirá siendo una nación sin Estado”. Es probable que esto le suene a Sturgeon como música celestial: si no hay manera de que Escocia permanezca en la UE siendo parte del Reino Unido (contrariamente a las garantías de los unionistas en 2014), esto no solo constituiría “un cambio de circunstancias sustancial” –la expresión que emplea el SNP para definir las condiciones en que convocaría otro referéndum–, sino que incrementará notablemente sus posibilidades de ganar en una segunda votación.

Ahora bien, más de un millón de escoceses votaron a favor del brexit. Si uno considera que forman parte de una mayoría británica más amplia o una minoría dentro de una entidad electoral separada, es ahora tanto una cuestión de perspectiva ideológica como un detalle técnico. Tratar de pasar por alto el hecho diferencial de Escocia como ente político, al margen de las circunstancias, no ha sido una estrategia acertada en ningún momento en este siglo, y si los hoy por hoy triunfantes partidarios del brexit no tienen mejor idea que presentar a Escocia como la “Gran Bretaña del Norte” –que hasta los unionistas más ilusos sabían que esa era una noción detestada en 2014–, entonces está claro que tanto ellos como el Reino Unido se han quedado realmente sin ideas. En pocas palabras, aunque la independencia escocesa no esté ni mucho menos garantizada, ahora tiene posibilidades que ni siquiera sus más fervientes partidarios pudieron soñar hace apenas unas semanas.

Los escoceses se sentirán desempoderados y creo que esto tendrá un efecto de radicalización en las partes más conservadoras de la sociedad escocesa”, predice Jamie Maxwell, periodista político y ex portavoz de prensa de la coalición socialista escocesa RISE. “Siempre he pensado que Escocia solo cambiará de idea con respecto a un cambio político radical cuando se sienta arrinconada. Escocia podría llegar con toda naturalidad a la conclusión de que el autogobierno es preferible que un nacionalismo profundamente reaccionario y de tipo nativista.” Si se convoca otro referéndum, el SNP cortejará sin duda a los empresarios y la clase media escocesa, componentes de la sociedad de este país a los que en gran parte no convenció la independencia en 2014. Esto podría comportar, en el mejor de los casos, una clara victoria de la independencia, en la que el SNP lideraría a la burguesía escocesa del mismo modo que la izquierda dirige a las comunidades de clase trabajadora y activistas que la última vez votaron “sí” por una mayoría tan abrumadora. Sin embargo, el SNP deberá cuidarse de no enajenarse a la izquierda, no sea que la lucha por un objetivo común resulte imposible.

En el caso de Irlanda del Norte, los observadores que tratan confiadamente la unificación como si fuera casi una certeza solo conocen superficialmente, por decirlo suavemente, las dificultades que implica. La Irlanda del Norte actual no es la Irlanda del Norte de los disturbios, pero tampoco ha logrado superar las divisiones y los frágiles acuerdos heredados de aquellos años. No obstante, puede que ni siquiera la histórica desconfianza del Estado británico en la democracia participativa sea suficiente para descartar una votación. De conformidad con el Acuerdo de Viernes Santo, Irlanda del Norte podrá convocar un referéndum si hay señales claras de que la opinión pública apoya una Irlanda unida. Aunque estas señales todavía no se han presentado, pese al voto mayoritario de Irlanda del Norte a favor de permanecer en la UE, es improbable que el Sinn Féin haya formulado su demanda si no creyera que puede obtener un apoyo mayoritario en un próximo futuro.

Sin embargo, si este apoyo dependiera de la permanencia en la UE, la izquierda irlandesa –sin lo cual desaparecerían las tan cacareadas credenciales antiausteritarias del Sinn Féin– tendría que conciliar una campaña en este sentido con algunos de sus compromisos contraídos, incluida su inveterada oposición a la facturación del agua ordenada por la UE en la República. Los seguidores autodeclarados de James Connolly tendrían que convencerse de que, pese al doloroso recuerdo de la experiencia griega, es posible resistir a los dictados de la UE desde dentro.

En su estilo personal inimitable, Boris Johnson –el político conservador que se colocó en la primera línea de la campaña por la salida de la UE y cuyo sueño de cabalgar el brexit hasta la jefatura del gobierno se estrelló contra la cruda realidad pocos días después de la votación– ha prometido que el Reino Unido seguirá siendo una “gran potencia extranjera” fuera de la UE. En efecto, tal como ha señalado Peter Geoghegan, periodista irlandés residente en Escocia, “el referéndum sobre la UE ha alimentado en muchos la idea de que antes que buscar un nuevo papel en los asuntos mundiales, Gran Bretaña necesita recuperar su función imperial”.

A pesar de que los argumentos de izquierda a favor del nacionalismo irlandés y escocés se diferencian en función de sus respectivas circunstancias, en ambos casos se han apoyado en la idea de que es mejor ser un buen país que una gran potencia. Para los nacionalistas de izquierda, la disolución del Estado británico no solo es una necesidad pragmática de cara a la independencia irlandesa y escocesa, sino un componente fundamental de la praxis de la liberación nacional y un deber moral de todo internacionalista que se precie. Visto el informe Chilcot, con sangrantes recuerdos de la guerra de Irak refrescados una vez más, esto no es ni mucho menos un enfoque académico.

La extraña mentalidad geopolítica de los unionistas británicos se manifestó de la forma más reveladora durante la campaña del referéndum escocés en 2014, cuando el antiguo primer ministro Gordon Brown preguntó si una Escocia independiente iba a encabezar una nueva oleada de movimientos secesionistas que golpean el corazón del mundo industrializado. “¿Sería la pionera de rupturas nacionalistas en España, Bélgica y Europa Oriental y de un millar de movimientos de liberación del mundo en desarrollo?” Casi al unísono, la izquierda escocesa replicó: “¿Y esto sería malo?” Pero incluso si el desmantelamiento de lo que el teórico marxista del nacionalismo Tom Nairn ha llamado “Ukania”/1 fuera un logro positivo –y la liberación nacional sería un logro duradero–, los numerosos problemas de la UE se enconarían todavía más.

Tal como están las cosas, ningún país individual, soberano o no, tiene la capacidad para reformar la UE y convertirla en algo que se parezca a una institución progresista, o volverla irrelevante con una alternativa de izquierdas viable. Únicamente el tipo de solidaridad internacional entre naciones insurgentes que tanto aterroriza a Gordon Brown podría acometer semejante proeza. Como dijo una vez Hugo Chávez, será difícil “silenciar los múltiples cantos entonados por múltiples naciones que, enfrentadas a la globalización hegemónica impuesta por el capitalismo, han empezado a construir globalizaciones contrahegemónicas”. Estas tareas encierran historias todavía no escritas. En estos momentos, muchos defensores socialistas del derecho de autodeterminación, en Europa y más allá, están deseosos e impacientes por inspirarse en sus respectivas luchas nacionales. La pregunta del momento es: ¿Qué pueden ofrecerse unos a otros más allá de esto?

10/07/2016

Sean Bell es periodista escocés-irlandés-armenio residente en Edimburgo.

https://www.jacobinmag.com/2016/07/brexit-scotland-ireland-independence-referendum-sinn-fein-snp-sturgeon-uk/

Nota:

1/ “Ukania” alude a la situación de Ucrania trasladada al Reino Unido (UK en la sigla en inglés).

Traducción: VIENTO SUR



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