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Cuadernos de Relaciones Laborales | Francia
1995: el movimiento contra el neoliberalismo
20/06/2016 | Josep Maria Antentas

Las movilizaciones de noviembre-diciembre de 1995 en Francia contra el Plan Juppé fueron la primera gran revuelta en un país europeo contra el neoliberalismo. Con los trabajadores del sector público como eje de la protesta, el movimiento se desplegó en base a la articulación combinada de huelgas y manifestaciones. Las reivindicaciones sectoriales se articularon en un discurso más general de defensa del servicio público y el interés general. Noviembre-diciembre de 1995 marcó el inicio de un ciclo de movilizaciones contra el neoliberalismo en Francia que testimonió su creciente pérdida de legitimidad.

1. Introducción

La década de los años noventa empezó con la proclamación del “nuevo orden mundial” por parte del presidente norteamericano George Bush (padre) en el marco de la reorganización del mundo operada entre 1989-1991 con la caída del Muro de Berlín, la primera guerra del Golfo y la desintegración de la URSS. En 1992 Francis Fukuyama (1992) decretaba el “fin de la historia”, en un contexto de hegemonía aplastante del neoliberalismo tras su progresivo ascenso desde finales de los setenta y durante todos los ochenta (Antentas y Vivas, 2012). El neoliberalismo no sólo constituía un cuerpo de pensamiento económico sino una visión del mundo, el Estado y la sociedad y representaba un “proyecto de organización de la vida social a través de los imperativos del mercado” (Albo, 2007: 356) y al servicio de los intereses empresariales, con el objetivo de restaurar el poder de clase y el poder empresarial en el conjunto de la vida política, económica y social (Harvey, 2007). La consolidación del neoliberalismo conllevó un nuevo orden social (Duménil y Lévy, 2010) basado en una nueva configuración de las relaciones de poder entre las clases sociales y caracterizado por un refuerzo del dominio de los capitalistas, y en particular de su fracción financiera, sobre el conjunto de la sociedad. El neoliberalismo se convirtió a comienzos de los noventa en un pensamiento y una cosmovisión del mundo con una hegemonía incuestionable, en un verdadero “pensamiento único” utilizando la conocida expresión de Ramonet (1995).

La reestructuración neoliberal del modelo social encontró en Francia importantes resistencias durante toda la década de los ochenta y, aunque acabaría imponiéndose y remodelando en profundidad las relaciones laborales y sociales del país, lo hizo “por defecto, sin suscitar la adhesión de los sectores sociales mayoritarios” y “apoyándose en una base social reducida y frágil” (Kouvelakis, 2007: 15). El neoliberalismo tuvo en Francia un apoyo de masas débil. Desde 1983 en adelante, en el marco del complejo sistema político institucional semi- presidencialista de la V República, ninguna mayoría gubernamental (Fabius, Chirac, Bérégovoy, Balladur, Juppé, Jospin,...) fue reelegida tras su primer mandato. Al mismo tiempo, sin embargo, como analiza Anderson (2009), la debilidad de la legitimación de masas del neoliberalismo fue paralela a una involución conservadora de la vida político-intelectual francesa desde la segunda mitad de lo setenta, de la cual el ascenso mediático de los "nuevos filósofos" y su cruzada "antitotalitaria" fueron el exponente más claro.

Este es el telón de fondo en el que Francia se convertiría a mitad de la década de los noventa en el primer país europeo donde acontecía una primera gran revuelta social de masas contra el neoliberalismo, las huelgas de noviembre y diciembre de 1995, contra la reforma de la seguridad social. Éstas representaron un punto de inflexión en la trayectoria política y social de este país e inauguraron un largo ciclo en el que Francia se convertiría en el país europeo puntero en la confrontación con las políticas neoliberales.

2. Preludios a 1995: el renacimiento de la contestación en la Francia de los años noventa

Aunque el movimiento de noviembre-diciembre de 1995 marcó el inicio de una etapa de contestación, los años inmediatamente anteriores empezaron ya a registrar un cierto renacimiento, sin ser explosivo, de la conflictividad social, y una nueva relegitimación de los movimientos sociales, del sindicalismo y del militantismo en general, comenzando una inversión clara de la tendencia a la despolitización operada durante los ochenta. Los años 1993 y 1994 pueden ser considerados como el símbolo del inicio del cambio de ciclo. Aguiton (1999) señala tres características distintivas de este periodo: la irrupción de algunos conflictos sociales caracterizados por el radicalismo de sus formas de lucha y experiencias innovadoras; una evolución de la opinión pública más favorable hacia los conflictos sociales; la aparición o consolidación de una serie de nuevas asociaciones y organizaciones sociales que marcarán el tejido asociativo de toda la década. Durante este período empezarían también los primeros repuntes de la crítica intelectual al neoliberalismo con una audiencia social relevante, como lo muestra por ejemplo el éxito en Francia de la obra de Bourdieu La Misère du monde publicada en 1993.

Estos fueron unos años marcados por el estallido de conflictos sociales relevantes, portadores de nuevas experiencias organizativas y sintomáticos de la radicalización y disposición a la combatividad social de algunos sectores sociales ante el avance de las políticas neoliberales. Es el caso, por ejemplo, de la huelga en Air France y de la ocupación de las pistas del aeropuerto por parte de los trabajadores de la compañía, las movilizaciones contra el CIP (Contrat de Insertion Professionnelle), las marchas contra el paro que recorrieron el país durante 1994, o la ocupación masiva de un gran inmueble en la Rue Dragon, en el centro de París, por parte del movimiento de los sans logement (sin casa) a finales de 1994, pocos meses antes de la campaña presidencial de 1995 (Brochier y Delouche, 2000). Este repunte de movilizaciones concretas, intensas y contundentes pero aisladas, tuvo lugar, sin embargo, en un escenario de conflictividad laboral baja.

En este período se comenzó a manifestar una evolución en la opinión de la ciudadanía en relación a los conflictos sociales. Durante los años ochenta, muchos conflictos surgidos en varios sectores sociales, en especial en el sector público, eran percibidos como conflictos protagonizados por un sector de trabajadores "privilegiados", y el apoyo social a las huelgas y luchas sindicales a menudo era bajo (Rozès, 1999), con algunas excepciones particulares como las huelgas (que emergieron en la estela del potente movimiento estudiantil contra la Ley Devaquet en 1986) de maestros, ferroviarios, y enfermeras de los años 1987-1988 (éstas últimas en particular protagonizarían en 1988 una de las luchas más emblemáticas de la década y de la historia del sector (Kergoat et al., 1992)). La mayoría de huelgas y luchas sindicales eran etiquetadas de "corporativas" y vistas como movilizaciones en defensa de intereses particulares. El 1993-1994 comenzó un cambio en la opinión pública, que empieza a empieza a mostrar su opinión empática hacia los trabajadores que protagonizarán las diferentes luchas que irán apareciendo. Este clima social favorable, tuvo posteriormente su máximo exponente en el amplio apoyo popular a las huelgas del sector público de noviembre-diciembre de 1995, que disfrutó del apoyo del 70 % de la población (Aguiton, 1999).

Finalmente, los años 1993-1994 marcaron el momento de aparición o de consolidación de una serie de nuevas asociaciones y organizaciones que tendrían un papel clave en los años posteriores. Fueron los años de creación de AC! (Agir contre le Chômage), la asociación de parados más dinámica del país, de DAL (Droit au Logement) la entidad más significativa en apoyo a los sin techo creada en 1990, de DD! (Droits Devant), de la FSU (Fédération Syndicale Unitaire) la nueva federación sindical del mundo de la enseñanza, así como de la consolidación de organizaciones sindicales minoritarias como SUD-PTT (Solidaires, Unitaires, Démocratiques), en crecimiento desde 1989 (Brochier y Delouche, 2000). Fue un período de recomposición de los movimientos sociales y del tejido asociativo y de intensificación de los debates entre las diferentes asociaciones y redes. Aunque muchas de las nuevas siglas aparecidas fueron organizaciones de carácter temático (paro, derecho a la vivienda, sindicatos sectoriales, etc.), los debates cruzados entre las mismas y entre los protagonistas de las nuevas asociaciones fueron importantes. Así, por ejemplo la red de sindicalistas críticos agrupados en torno a la revista Collectif, fundada a finales de los años ochenta, jugó un papel clave en la creación de la FSU y en el lanzamiento de AC! (Aguiton, 1999).

Este periodo fue también de cambio y evolución en el terreno de las relaciones entre el movimiento sindical y el resto de movimientos sociales, debido sobretodo a dos factores (Aguiton, 2011). Primero, el impacto y la dinámica de las mencionadas movilizaciones contra el proyecto del CIP (Contrat de Insertion Professionnelle) impulsado por el gobierno que, con el pretexto de luchar contra el paro juvenil, servía para introducir una modalidad de contratos de inserción con una remuneración por debajo del salario mínimo. El movimiento, que consiguió paralizar el proyecto gubernamental, inicialmente fue impulsado por los estudiantes, pero tomó rápidamente una dimensión más amplia en el terreno organizativo y articuló una coordinación informal que agrupaba el conjunto de sindicatos, asociaciones y coordinadoras que animaban el movimiento estudiantil y varias organizaciones sindicales, en especial SUD-PTT y la FSU, CGT (Confédération Générale du Travail), y también algunas federaciones de la CFDT (Confédération Française Démocratique du Travail), además de las organizaciones juveniles de los partidos de izquierda. Esta estructura de coordinación flexible en red, que actuaba como espacio de dirección e impulso del movimiento representaba un elemento nuevo en la relación entre el movimiento sindical y otros movimientos sociales, ya que se basaba en el respeto mutuo y la voluntad de no imponer una relación de hegemonía aplastante por parte de las organizaciones más fuertes en el resto. Esta dinámica de trabajo había sido hasta entonces bastante ajena a la cultura de gran parte del movimiento sindical, poco habituado a trabajar con otras organizaciones y movimientos más "informales". Esta fue una experiencia importante, como recuerda Aguiton (2001: 139), “para los sindicatos en especial para la CGT, que vivieron, en el marco de una lucha de cierta relevancia, su primera experiencia de funcionamiento en ’red’”.

El segundo factor importante en términos de la relación entre los sindicatos y los movimientos en ascenso fue el lanzamiento real de AC! como asociación de lucha contra el desempleo en 1994 a partir de las marchas contra el paro que recorrieron todo el país. El inicio del movimiento de parados marcó una doble ruptura para el movimiento sindical, o al menos para gran parte del mismo. Por un lado, supuso la evidencia y la necesidad de aceptar que los parados se pudieran organizar en asociaciones al margen de las confederaciones sindicales, aunque en un primer momento algunos sindicatos estuvieron presentes en la creación de la asociación AC! Por otro lado, el movimiento de parados adoptó un funcionamiento caracterizado por estructuras bastante informales, en red, mucho menos formalizadas que las estructuras sindicales, forzadas a dialogar con actores distintos en cuanto a su estructuración y que actuaban en un ámbito, el de la lucha contra el desempleo, propio de la actividad sindical. AC! nació bajo el impulso de una combinación de sindicalistas, parados, activistas sociales e intelectuales y de forma consciente incluía a su seno a trabajadores ocupados y desempleados. La convivencia en su seno de parados y ocupados (sindicalistas) no siempre fue fácil y sería uno de los puntos determinantes de la vida interna de la asociación (Perrin, 2004).

3. Detonante y cronología del movimiento de noviembre-diciembre de 1995

Las huelgas de noviembre-diciembre de 1995 se produjeron cinco meses después de que Jacques Chirac fuera elegido presidente de la República, con una campaña basada en la denuncia de la “fractura social”. La decisión de Chirac de dotar su campaña presidencial de un contenido gaullista con dimensión social era un claro exponente del malestar social creciente y de la debilidad de la legitimación de masas del neoliberalismo, aún en medio de su hegemonía intelectual. El detonante del conflicto fue el proyecto de reforma de la Seguridad Social impulsado por el gobierno de Alain Juppé, de inspiración neoliberal. El Plan Juppé fue presentado en la Asamblea Nacional como un Plan de urgencia, destinado a salvar el sistema de la seguridad social, amenazada por un déficit de 240 000 millones de francos, sin abrir un debate público en profundidad sobre la cuestión. El plan contenía tres grandes elementos conflictivos: el aumento de la presión fiscal sobre los trabajadores, una modificación del régimen de pensiones y, de forma más general, la modificación del régimen de protección social (Aguiton y Bensaïd, 1997).

En primer lugar, suponía un aumento de la presión fiscal sobre los salarios de los trabajadores, aumentando su contribución a la financiación del déficit de la seguridad social muy por encima de las empresas. El Plan pretendía la instauración de una carga fiscal adicional llamada “Reembolso de la Deuda Social” (RDS) con una tasa uniforme, lineal y no progresiva, del 0’5 % (Sempere, 1996).

En segundo lugar, suponía una modificación del régimen de las pensiones. Dos años antes, los sindicatos habían pactado con el gobierno la necesidad de que los trabajadores del sector privado tuvieran que cotizar durante 40 años a la seguridad social para poder disponer de una pensión de jubilación completa, en lugar de los 37,5 años vigentes hasta entonces. El Plan Juppé pretendía generalizar el aumento de 37,5 a 40 años también para los trabajadores del sector público, y acabar también con los regímenes especiales vigentes, como por ejemplo el de los conductores de tren, que tenían derecho a jubilarse a los 50 años de edad (de Brie, 1996).

En tercer lugar, el Plan Juppé significaba, más allá de las modificaciones técnicas, cambiar la naturaleza del sistema de protección social vigente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La Seguridad Social había sido concebida históricamente como una especie de mutua general de los trabajadores, financiada por sus cotizaciones. El nuevo proyecto representaba una reducción de la autonomía presupuestaria de la Seguridad Social, y su subordinación a los objetivos y a las decisiones presupuestarias del Estado y el gobierno (Aguiton y Bensaïd, 1997). La reforma programada tendía a desvincular los recursos propios de la relación salarial, incluidas las prestaciones sociales, de las cotizaciones ligadas al trabajo (Friot, 1998 y 2000).

Frente a estos planes gubernamentales, durante los meses de noviembre y diciembre, Francia vivió el conflicto social más importante desde mayo de 1968. Siguiendo las interpretaciones de McAdam, Tarrow y Tilly (2001) según las cuales los movimientos sociales emergen como reacción a oportunidades y amenazas, el de noviembre-diciembre de 1995 es fruto de la reacción a lo que fue percibido como una agresión a derechos sociales adquiridos. En la protesta tuvo lugar una convergencia de diferentes movimientos, cuyo núcleo duro lo constituyó la movilización de los trabajadores del sector público, en especial de los transportes y el ferrocarril, contra el Plan Juppé. En su globalidad representó un proceso, utilizando el conocido concepto de Hirschman (1970), de toma de palabra (voice), de carácter masivo y disruptivo.

Durante los dos meses de conflicto, más que un solo movimiento se produjo una sucesión de conflictos y movimientos, una convergencia y un encabalgamiento de diferentes luchas, cuyo eje fue la protesta contra la reforma de la seguridad social (para una cronología detallada véase: Béroud, 1999; Béroud, Moriaux, Vakauloulis, 1998). El primero de los movimientos de protesta iniciado fue el de los estudiantes, que comenzó en el mes de octubre en la universidad de Rouen y se extendió rápidamente por todas las ciudades francesas. El catalizador de la protesta fue la creciente y prolongada degradación de las universidades francesas, en términos de instalaciones y de condiciones de estudio (falta de personal administrativo, insuficiencia de plazas de bibliotecas...), así como el rechazo a una política de financiación de la enseñanza superior claramente discriminatoria. Por ejemplo, las elitistas grandes écoles captaban el 30 % del presupuesto de la enseñanza superior, mientras que representaban sólo el 4 % de los alumnos. La falta de perspectivas de futuro y de trabajo, y el miedo al paro, fueron también motivos de fondo que explican el detonante de la protesta estudiantil (Trat, 1999).

El feminista fue un segundo movimiento importante que entró en escena, con la convocatoria de una manifestación en defensa del derecho al aborto el 25 de noviembre en París, que reunió a 40 000 personas. Fue la manifestación más importante en torno a esta cuestión realizada en Francia desde 1979, y estuvo convocada por un amplio espectro de organizaciones sociales, entre ellas el movimiento sindical. El éxito de esta convocatoria debe interpretarse como una respuesta a la creciente actividad por parte de las organizaciones contrarias al aborto realizadas en los últimos años, así como los temores que despertaban entre el movimiento feminista las intenciones a este respecto del gobierno Juppé (Trat, 1999).

Finalmente, el 25 de noviembre comenzó la larga huelga del mes de diciembre contra el Plan Juppé, que había ido precedida por dos jornadas de huelga general de funcionarios el 10 de octubre y el 24 de noviembre, en protesta contra el plan y contra la congelación salarial en la función pública. La protesta tuvo como eje central la huelga de los trabajadores de la SNCF (Service National des Chemins de Fer), movilizados también contra el "contrato plan Estado-SNCF " (contrat plan État-SNCF) anunciado por el gobierno, que enfatizaba la necesidad de aumentar la productividad de la empresa, a expensas de los salarios, el empleo y la organización del trabajo. El 25 de noviembre las federaciones sindicales de la SNCF decidieron lanzar la convocatoria de una huelga general indefinida, impulsada por todos los sindicatos presentes en la empresa y con un protagonismo especial de la federación sindical de la CGT. Los ferroviarios se convertirían en la figura emblemática, el punto nodal y el pivote, de la protesta de 1995. La llamada desbordó rápidamente las fronteras de la SNCF y alcanzó al conjunto del sector público, paralizando todo el sistema ferroviario a nivel nacional y el sistema de transporte público de París, a lo que habría que añadir la convocatoria de huelgas importantes en los diferentes ámbitos del sector público durante el mes de diciembre. La gran protesta contra las medidas gubernamentales supuso una combinación de huelgas indefinidas en algunos sectores y de varias jornadas de huelga y movilización interprofesional convocadas sucesivamente (24, 28 y 30 de noviembre, 5, 7, 12, 16 de diciembre) que se convertirían en los “tiempos fuertes” de la protesta y sus momentos culminantes (Béroud, 1999).

Tres días después del arranque de la huelga ferroviaria, el 28 de noviembre se produjo una jornada de acción nacional contra el Plan Juppé, en el transcurso de la cual los secretarios generales de la CGT y de FO (Force Ouvrière, el tercer sindicato del país y escisión de posguerra de la primera), Luis Viannet y Marc Blondel respectivamente, se dieron la mano en público, hecho inédito desde de la ruptura de 1947. Progresivamente, la protesta se fue extendiendo a otros sectores. Así, el 30 de noviembre se inicia la huelga en la EDF-GDF, la empresa estatal de electricidad y gas, a la que se añadieron los carteros de La Poste. El 4 de diciembre los trabajadores de France Télécom entraron a la huelga y el día 5 se convocó otra jornada de acción nacional e interprofesional contra el Plan Juppé, movilizando entre 500 000 y 800 000 personas en las manifestaciones por toda Francia, seguida de una nueva convocatoria el día 7, que sacó a la calle entre 700 000 y 1 300 000 personas.

El clímax de la movilización se produjo en la siguiente jornada de acción nacional e interprofesional del 12 de diciembre (con unos 2 000 000 de manifestantes y una repercusión de la convocatoria muy importante en provincias, en especial en Toulouse y Marsella), a la que le seguiría una nueva jornada el día 16, con un seguimiento inferior. A mediados de mes el movimiento empezó a debilitarse y las movilizaciones convocadas para el día 19 experimentaron una participación claramente a la baja en la mayoría de ciudades. El 21 de diciembre el gobierno organizó una cumbre social, con la participación de la patronal y de las cinco confederaciones nacionales consideradas representativas (CGT, CFDT, FO, CFE-CGC y CFTC ), con la ausencia notoria de los sindicatos SUD y la FSU, entre otros. La cumbre desembocó en una serie de declaraciones de buenas intenciones, pero sin ninguna medida concreta. A finales de mes, después de tres semanas de conflicto, y con la llegada de las vacaciones de Navidad, el movimiento se agotó y los sindicatos le pusieron fin, señalando que el movimiento quedaba "en suspenso" (Béroud, 1999).

4. Dinámica y expresiones de la protesta

La protesta 1995 se inscribe en la larga historia de conflictividad laboral y social de Francia, con elementos de continuidad con luchas precedentes y elementos nuevos (Béroud y Mouriaux, 1997). El conflicto se estructuró a través de la implicación de colectivos y sectores sociales en niveles diferentes, cuyo núcleo duro fueron los ferroviarios. El seguimiento de la huelga por parte de los ferroviarios durante diciembre fue del 75 % de media (91 % entre los conductores). A partir de ahí la huelga se amplificó afectando a otros ámbitos del sector público o semipúblico (EDF-GDF, France Telecom, La Poste, enseñanza...), que actuaron como una segunda capa a nivel de implicación. En este segundo ámbito el peso de la huelga fue menor y su movilización combinó una huelga desigual y variable con una fuerte implicación en las manifestaciones. Finalmente, el tercer círculo de implicación lo formarían los trabajadores del sector privado, con una participación en la huelga muy esporádica y una presencia en el conflicto esencialmente a través de la manifestación (Béroud, Mouriaux, Vakauloulis, 1998). Esta particular participación del sector privado en el conflicto, marcado por la ausencia de huelga y la implicación en las manifestaciones fue a la vez una ejemplo de la fortaleza del movimiento (una protesta iniciada en el sector público capaz de suscitar la adhesión y simpatías del sector privado) y de su debilidad (la dificultad del sector privado de entrar en una acción conflictiva huelguística) (Vakauloulis, 1999). La fragilidad de la presencia del sector privado debe explicarse por los efectos de los cambios en el mundo de la empresa acontecidos en las décadas anteriores a raíz de la profundización de los procesos de externalización y subcontratación, la atomización empresarial derivada del peso de la pequeña y mediana empresa, la debilidad sindical, así como el efecto disciplinario del paro y la precariedad.

Esta situación fue analizada y explicada con el término de “huelga ejercida por poderes”/ “huelga por delegación” (grève par procuration), utilizada por muchos medios de comunicación y sistematizada por Rozès (1999). El concepto buscaba explicar una dinámica en la que un sector de la sociedad francesa no participaba en la huelga pero se reconocía en la misma y, al mismo tiempo, una dinámica en la que los trabajadores del sector público consideraban no sólo estar defendiendo su situación, sino el interés general de la sociedad. Se trata de un término paradójico que “a través de una operación simbólica extremadamente cargada transforma la no-huelga en participación en ella, transmutando de este modo un movimiento limitado en un movimiento de conjunto” (Vakauloulis, 1999: 102). No hay que interpretarlo sólo en el sentido de un apoyo pasivo de una parte de la sociedad a los sectores en conflicto, y aún menos como exponente de un estado apático (Cours- Salies, 1998), sino también en términos de una implicación activa con niveles desiguales (participación en manifestaciones, apoyo financiero...), de parte de la sociedad que simpatizaba con la lucha pero no estaba en huelga. El concepto de “huelga ejercida por poderes / “huelga por delegación”, a falta de otros mejores (Vakauloulis, 1999), debe verse, sin embargo, como un concepto limitado y problemático, casi más como una metáfora antropomórfica que como una categoría analítica (Kouvelakis 2007). Resulta de utilidad de cara a ofrecer una lectura descriptiva de una situación, pero no como concepto fuerte.

El repertorio de acciones (Tilly, 1978) del movimiento estuvo sobretodo estructurado por la huelga y las manifestaciones. Éstas combinaron un registro reivindicativo y a la vez festivo, así como expresiones tradicionales con otras de nuevas (canciones de protesta tradicionales junto con el éxito del raï y las músicas étnicas...). Enraizaba así con viejas tradiciones de lucha y a la vez las renovaba y rompía con ellas. Como es habitual en los movimientos de protesta politizaba identidades, situaciones y significados sacados de contextos no políticos. Así, el eslogan emblemático más coreado de las manifestaciones, Tous Ensemble! (Todos juntos!) era un eslogan del mundo del fútbol, reinventado y reciclado en términos políticos.

Las manifestaciones inmensas fueron resultado de un movimiento de huelga y al mismo tiempo el movimiento de huelga fue amplificado por las manifestaciones: “la acción huelguística es el motor del movimiento social de 1995 mientras que la manifestación es su proceso de reproducción ampliada” (Béroud, Mouriaux, Vakauloulis, 1998: 116). La manifestación no fue sólo la expresión de la huelga, sino también, hasta cierto punto y bajo una relación de dependencia recíproca, “su principio estructurador” (Béroud, Mouriaux, Vakauloulis, 1998: 115). Ambas formas de protestas estaban inextricablemente ligadas y tenían un lazo constitutivo (Kouvelakis, 2007).

Conviene también señalar la geografía particular del movimiento, en particular de las manifestaciones, recordando que la espacialidad es una dimensión clave para entender el desarrollo de las luchas sociales (Lefebvre, 1971). Noviembre- diciembre de 1995 fue una protesta de envergadura nacional pero muy arraigada localmente, marcada por una preeminencia de las ciudades de provincias en detrimento de París (con Marsella y Toulouse jugando un rol clave) a diferencia de otros momentos históricos como 1968. La pérdida de peso de París ha sido, de hecho, una constante de los grandes episodios de movilización posteriores a 1995 (Tartakowski, 2004). Ello refleja la transformación de la capital en términos de composición social y de modelo urbanístico. En realidad, la historia del París contemporáneo es la de su lucha incesante por alejar los fantasmas del París de la Comuna, de junio de 1848, del Frente Popular y de mayo de 1968 (Bensaïd, 2008). De manera más general, el menor peso de París puede explicarse por el hecho de que “es en la gran ciudad donde el diferencial entre las formas organizativas establecidas del movimiento obrero y la nueva configuración espacial de las relaciones sociales es más significativa” (Kouvelakis, 2007: 184).

Finalmente, es necesario remarcar otra característica particular de la protesta: el papel relevante de los intelectuales en el mismo. El mundo intelectual francés se dividió entre aquellos que simpatizaban con los huelguistas y aquellos que se opusieron a los mismos. El debate entre intelectuales trascendió ampliamente la esfera académica para adquirir relevancia social, produciéndose una intervención directa del mundo intelectual en el propio conflicto. El mundo intelectual francés vivió, también, su diciembre particular y protagonizó una polémica enconada, ampliamente magnificada por la prensa y publicitada como otra de las recurrentes “guerras” entre intelectuales (Duval et al., 1998). La polémica tuvo claras resonancias con el “caso Dreyfus” un siglo antes, que dividió la intelligentsia entre detractores y partidarios del capitán Dreyfus, marcando la emergencia de un cierto modelo de intelectual, recurrente desde entonces en la esfera político-intelectual francesa, encarnado por Émile Zola que, en tanto que experto o autoridad moral, interviene como conciencia crítica en la vida pública del país (Mathy, 2011).

El grupo de intelectuales contrarios al movimiento se agruparon en torno a la revista Esprit, dirigida por Olivier Mongin, y el 30 de noviembre publicaron en Le Monde un manifiesto titulado "Por una reforma a fondo de la Seguridad Social" (Pour une Réforme du fond de la Sécurité Sociale) en apoyo al Plan Juppé y a la estrategia de la dirección sindical de la CFDT favorable al plan, considerada como valiente y audaz. La figura más visible de este grupo de intelectuales fue Alain Touraine, junto a su equipo de colaboradores. Los intelectuales favorables a los huelguistas se agruparon en torno a un manifiesto en apoyo de los mismos, encabezado por Bourdieu, titulado "Manifiesto de los intelectuales en apoyo a los huelguistas" (Appel des intellectuels en soutien des grevistes) y que sería conocido popularmente como el "manifiesto Bourdieu" (appel Bourdieu), publicado en Le Monde el 15 de noviembre.

En el manifiesto de apoyo a los huelguistas, se consideraba que éstos eran portadores del interés general y de la igualdad de derechos entre las personas. El manifiesto de apoyo llegó a recoger más de 2000 firmantes, entre los que figuraban los principales nombres del mundo intelectual francés vinculados al amplio cosmos de la izquierda crítica. El impacto de este manifiesto fue muy importante y trascendió ampliamente el mundo estrictamente intelectual. La máxima expresión visible de la capacidad de atracción de la iniciativa fue el meeting público organizado por sus promotores el 12 de diciembre en la Gare de Lyon con más de 2000 asistentes (Duval et al., 1998). Entre los oradores destacó Bourdieu, quien realizó una intervención de apoyo a los huelguistas que resume perfectamente las líneas maestras del discurso que mantendría en sus intervenciones de apoyo a los movimientos sociales durante la segunda mitad de los años noventa (Bourdieu, 1999 y 2001). El discurso de Bourdieu recusaba la acusación de irracionalidad hacia los huelguistas, consideraba que estos defendían el mantenimiento de los valores fundamentales de la civilización actual, y alertaba sobre la "tiranía de los expertos" que actuaban al servicio de los intereses de los mercados financieros. Es posible, como recuerda Mathy (2011), trazar paralelismos entre el papel de Zola y el de Bourdieu, en el sentido que ambos consideraron estar en medio de un punto de inflexión en la historia de Francia, de amenaza de regresión hacia un pasado monárquico, clerical y militarista, en el primer caso, y de riesgo de involución social a manos del neoliberalismo en el segundo. Sin embargo, como recuerda el autor, si el campo pro-Dreyfus estuvo en su día imbuido de un importante optimismo histórico, la intelectualidad favorable a los huelguistas en 1995 encarnaba un discurso de resistencia a contracorriente del curso de los acontecimientos históricos de las últimas décadas.

En sentido inverso, los firmantes del manifiesto en favor de la reforma de la Seguridad Social consideraban el Plan Juppé con un proyecto de modernización necesario para la sociedad francesa, y el movimiento huelguístico como una reacción corporativa de un sector privilegiado que salía en defensa de sus intereses profesionales y que se contraponían al interés general. La protesta era calificada igualmente como una reacción defensiva y de miedo frente a los desafíos y los retos que planteaba la apertura de la sociedad francesa al proceso de globalización. La revista Esprit, retomaba la acusación de "corporativismo" que la mayoría de medios de comunicación lanzaban sobre los huelguistas y hacía suya la tesis de un supuesto "arcaísmo" de la sociedad francesa, excesivamente pegada de forma conservadora a unas estructuras sociales surgidas con el Frente Popular de 1936 y con la Liberación, e incapaz de adaptarse a los cambios modernizadores que llevaba el proceso de globalización. Más adelante volveré sobre esta cuestión.

5. Democracia, autoorganización y papel de los sindicatos

El papel de los sindicatos en el movimiento de 1995 debe contextualizarse en el sistema de relaciones laborales francés. Éste, desde la posguerra ha estado tradicionalmente marcado por la intervención de un Estado fuerte impulsor de la modernización económica desde arriba, cuyo poder político ha estado concentrado en torno de la figura presidencial desde la instauración de la V República en 1958 (Gumbrell McCromick y Hyman, 2013). En sintonía con los modelos de relaciones laborales euro-mediterráneos, el sindicalismo francés se ha caracterizado por una fuerte división sindical motivada inicialmente por diferencias ideológicas, si bien estas últimas han ido remitiendo con el paso del tiempo, sin que ello fuera óbice para eliminar la cultura de división organizativa (Mouriaux, 1998; Cours-Salies y Mouriaux, 1996). Ello ha ido acompañado de una importante debilidad organizativa y una prolongada y agónica crisis histórica, ejemplificada por un muy bajo nivel de afiliación, un 8 % en 2010 frente a un 18 % veinte años antes (Visser, 2011), y una presencia muy escasa fuera del sector público. Dicha falta de robustez organizativa ha ido acompañada, al mismo tiempo, por una tradicionalmente fuerte capacidad de movilización y predisposición a la combatividad de la clase trabajadora. La debilidad organizativa de los sindicatos no es algo excepcional sino un reflejo específico de una cultura política marcada por la fragilidad general de las organizaciones políticas, sindicales y sociales, que coexiste, sin embargo, con una fuerte cultura de movilización social. Francia combina, nos recuerda Perry Anderson (2009: 178), una situación en la que "los muy bajos niveles de organización permanente coexisten con una excepcional propensión para la combustión espontánea" y en la que conviven la "atomización civil y inflamabilidad popular".

Los vínculos formales entre paridos y sindicatos, con la excepción de la CGT y el Partido Comunista (PCF) hasta los años noventa, han sido relativamente débiles en comparación con otros sistemas de relaciones laborales, fruto de una tradición histórica de afirmación de la independencia sindical respecto a los partidos, derivada de la Charte d’Amiensde 1906, pero reinterpretada de formas muy dispares a lo largo de la historia por las diferentes corrientes sindicales. El Partido Socialista (PS), principal fuerza de la izquierda desde los años setenta, nunca fue un partido con una base de masas y unos lazos con el movimiento sindical comparable a los grandes partidos socialdemócratas centro-europeos. Desde los años ochenta sus relaciones con su base social de origen trabajador su fueron debilitando, en paralelo a una crisis programática y de identidad. Por otra parte, el Partido Comunista Francés (PCF) experimentó un declive electoral continuado desde finales de los años setenta, una retroceso en su influencia en la política nacional y una pérdida de influencia sindical. Esto último se concretó con el distanciamiento entre la CGT y el PCF, en un intento de la primera de no verse arrastrada por el declive del segundo. El conflicto de 1995 tuvo lugar, por tanto, en un contexto de debilidad política de las fuerzas tradicionales de izquierda, lo que explica su bajo perfil durante el mismo.

El sistema de relaciones laborales francés se sustenta también en una cultura empresarial autoritaria. Ello, unido al fuerte peso del Estado contribuyó a desarrollar un sistema de relaciones laborales politizado, con una dinámica huelguística cuyas reivindicaciones estaban orientadas hacia el Estado (Shorter y Tilly, 1974). En el terreno de la negociación colectiva desde los años ochenta fue ganando peso la negociación en el nivel de la propia empresa, pero ello no tiene que interpretarse como una mayor predisposición a la negociación por parte empresarial, sino como una estrategia empresarial para cortocircuitar las regulaciones de ámbito superior (Goyer y Hancké, 2004), en un contexto histórico de retroceso sindical y en el que la iniciativa y las relaciones de fuerza en el centro de trabajo se fue decantando decisivamente hacia la dirección empresarial.

Los sindicatos fueron el componente central de una protesta que, sin embargo, les trascendió, para adquirir una dimensión societal (Béroud, Mouriaux, Vakauloulis, 1998) que iba mucho más allá del movimiento obrero y de su realidad organizativa. En muchos sentidos, los sindicatos fueron a remolque de una dinámica social que les sobrepasó. A diferencia de algunas luchas anteriores vividas durante los años ochenta el movimiento no desarrolló coordinadoras (coordinations) intersindicales de base, pero sí estuvo marcado por un fuerte carácter democrático y una fuerte preocupación por la democracia interna. Hacia dentro se basaba en la voluntad de control de la propia protesta por parte de sus protagonistas a través de las asambleas generales y los mecanismos de autoorganización por abajo. Esta dimensión democrática interna al movimiento, una constante en el ciclo de luchas posterior a 1995, traducía el malestar ante las formas de representación política tradicional larvado y agudizado por la aplicación de las políticas neoliberales desde la década anterior. Desde este punto de vista, 1995 significó la constatación de la consolidación de una cultura democrática de los movimientos sociales posterior a 1968 (Bensaïd, 2006).

El movimiento de 1995 tuvo un carácter unitario importante y sirvió para cristalizar un polo sindical formado por dos de las tres grandes confederaciones sindicales del país (CGT y FO), un sector minoritario de la otra gran confederación (la CFDT), la FSU (principal sindicato en la enseñanza) y el sindicato alternativo SUD-PTT (correos y telecomunicaciones). Sin embargo, la unidad de acción sindical no pudo concretarse en una estrategia común para pedir la retirada del Plan Juppé o para formular la propuesta de "huelga general", sostenida por SUD y un sector importante de la CGT. Esta incapacidad explica el final del movimiento y su agotamiento a finales de diciembre, así como la "suspensión" del mismo decretada por las grandes organizaciones sindicales, CGT y FO.

La actitud de la dirección de la CGT fue de apoyo al conflicto, adoptando la estrategia de buscar su extensión al sector privado, pero, no obstante, sin optar por la convocatoria de una huelga general. La demanda de la convocatoria de una huelga general, sin embargo, fue formulada por un 30 % de los delegados asistentes al 45º Congreso del sindicato, celebrado en pleno conflicto del 3 al 8 de diciembre (Sainsaulieu, 1999). El rol de la CGT ha sido definido por diversos autores como una actitud de surfear los acontecimientos. El sindicato manifestó una importante falta de iniciativa durante las primeras fases del movimiento y luego realizó una función de acompañamiento del mismo sin elaborar una propuesta estratégica clara (Aguiton y Bensaïd, 1997). A nivel confederal, la dirección realizó una función de apoyo y aliento del movimiento, buscando darle una coherencia general, pero sin impulsar ningún tipo de contra-propuesta que pudiera dar una estrategia política de fondo al movimiento, tampoco buscó ampliar la plataforma de reivindicaciones a otros sectores sociales situados al margen del conflicto como los parados. A nivel de las federaciones implicadas en el conflicto, entre los que destacó la de los empleados de ferrocarril en la SNCF dirigida por Bernard Thibault, el futuro secretario general del sindicato, la dinámica seguida por la CGT fue de un fuerte impulso al movimiento acompañada por un talante unitarista y democrático (Béroud, Moriaux y Vakauloulis, 1998).

La CFDT, por su parte, decidió apoyar explícitamente al Plan Juppé, cuando éste fue presentado a la Asamblea Nacional el 15 de noviembre. Su apoyo a las reformas gubernamentales fueron, en cierta forma, la culminación de un largo proceso de evolución ideológica iniciado con el recentrage de 1978 hacia un modelo de sindicalismo consensual y pro-empresarial, partidario de “acompañar” suavemente la implementación de las políticas neoliberales. En la línea de la revista Esprit y de los intelectuales alrededor de Touraine, la CFDT valoró al movimiento huelguístico como un movimiento corporativista, como un repliegue sobre sí mismo de un sector de la sociedad francesa frente a las incertidumbres de la globalización. El posicionamiento de la dirección de la CFDT generó una importante fractura en el sindicato. Los sectores críticos con la orientación oficial se organizaron bajo el nombre de CFDT-En Lutte o Tous ensemble y participaron activamente en las movilizaciones. La CFDT pagó inicialmente un cierto precio político por su actitud de apoyo al Plan Juppé: en aquellas federaciones de los sectores más afectados por la huelga, como la federación de la SNCF, la CFDT perdió un 7 % de votos en las siguientes elecciones. Como resultado de las tensiones vividas en la confederación sindical, una parte importante de su minoría crítica abandonó de forma escalonada el sindicato, en general para constituir sindicatos SUD. El resto de la minoría decidió organizarse como tendencia formal dentro del sindicato, y sostuvo sin éxito sus tesis en el congreso del sindicato de 1998 (Béroud, Moriaux y Vakauloulis, 1998).

En cuanto a FO, participó plenamente en las movilizaciones contra el Plan Juppé bajo el impulso de su dirección, la cual experimentó una creciente radicalización de su discurso, relativamente contraria a la historia y a la tradición de este sindicato, que incomodó a algunos sectores, partidarios de una línea más conciliadora y de una aproximación a la CFDT. La participación de la FO en el movimiento de 1995 permitió a la central sindical salir de forma transitoria de su tradicional aislamiento. Sin embargo, después del movimiento volvería a una actitud aislacionista respecto a otras organizaciones y a un sindicalismo muy centrado en la actividad sindical concreta en la empresa, combinando un cierto radicalismo verbal genérico con una práctica cotidiana en la empresa orientada a la concertación.

Finalmente, es necesario hacer referencia al papel de la FSU y de los sindicatos SUD, en particular de éstos últimos. SUD-PTT (el sindicato SUD en correos y telecomunicaciones) consiguió personificar en gran medida la imagen de un sindicalismo combativo y renovado, atento a las nuevas problemáticas y necesidades sociales. La participación de SUD-PTT en las huelgas de noviembre- diciembre fue de gran intensidad. Su estrategia durante el conflicto fue conseguir que éste se convirtiera en un conflicto general de toda la sociedad francesa, adoptando dicho sindicato la consigna de "huelga general"

Su vitalidad y dinamismo y sus portavoces más reconocidos, se convirtieron en habituales de los medios de comunicación (Coupé y Marchand, 1998). Tras 1995, SUD-PTT adquirió un cierto protagonismo en el panorama social francés y la marca “SUD” se extendió con éxito desigual a otras empresas y sectores, como química, educación, espectáculos o energía (Sainsaulieu, 1999).

6. ¿Tous ensemble o repliegue corporativista?

Noviembre-diciembre de 1995 estuvo sujeto a múltiples controversias interpretativas de las que destacan dos cuestiones en parte relacionadas: ¿la protesta podría ser considerada un “movimiento social”? y ¿se trataba de una defensa de los intereses generales de la sociedad o de un repliegue corporativista de sectores con miedo a perder su estatus?

El término “movimiento social” (mouvement social) se generalizó entre analistas y medios de comunicación para analizar los acontecimientos. Una primera cuestión planteada por los estudiosos fue las relaciones conceptuales entre el término de “movimiento social” y el de movimiento obrero, así como el carácter o no de clase de la protesta de noviembre y diciembre. En términos generales, dicho movimiento debe ser interpretado como un movimiento popular (Kouvelakis, 2007) cuya principal base social fueron los trabajadores del sector público, en un contexto de fragmentación de la clase trabajadora, desestructuración del movimiento obrero tradicional, debilitamiento de las identidades de clase, transformaciones de las expresiones del conflicto con mayor peso de su dimensión territorial y de crisis de los mecanismos de representación política tradicional (Aguiton y Bensaïd, 1997). En otras palabras: “La nueva estructura de la acción conflictual presupone la dinámica de clase y al mismo tiempo la sobrepasa, la complejiza y la recompone” (Vakauloulis, 1998: 18).

Aunque en noviembre-diciembre coexistieron protestas diversas, sectores en lucha distintos y una pluralidad de motivaciones, dicha confluencia tuvo lugar en el marco de un espacio temporal determinado y estando todos ellos atravesados por la oposición a los planes gubernamentales. De ahí que la fragmentación social y la diversidad de las protestas no sea incompatible con su inserción en un acontecimiento concreto y puntual de movilización con significado general, ni con un relato interno compartido que permite articular dicha diversidad en el seno de un mismo movimiento de protesta que puede definirse en singular, sin que ello suponga negar su heterogeneidad interna, pues “de un lado hay un fenómeno general de movilización limitada, desigual y combinada, en torno a desafíos sociales. Del otro lado, esta nueva movilización permanece fragmentada, diversificada, difícil de unificar, debido a razones profundas fruto de la propia naturaleza de la crisis” (Aguiton y Bensaïd, 1997: 12).

La negación del carácter de “movimiento social” a las protestas de noviembre-diciembre fue la principal línea interpretativa de los analistas opuestos al mismo, en particular por parte de Touraine y sus colaboradores, cuyo punto de vista queda sistematizado en su obra Le Grand Refus(1996). Para Touraine, los acontecimientos de 1995 fueron simplemente un gran rechazo en el que había un elemento de negación que no iba acompañado de ningún proyecto de sociedad en positivo. La protesta “ha mostrado, sobretodo en las reacciones de apoyo a la huelga, un gran rechazo que iba más allá de la defensa de los beneficios sociales adquiridos, pero la fuerza de la movilización ha mostrado una completa ausencia de perspectivas, de programa e incluso de análisis” (Touraine et al.: 13). La consecuencia de todo ello es que dichas protestas no podían ser consideradas un movimiento social. A lo sumo constituían para Khosrokhavar (1996), en una interpretación similar a la de Touraine pero un poco más flexible, un “cuasi-movimiento”, propio de una época que carece de actores sociales bien definidos.

La tesis de Touraine fue ampliamente contestada por varios autores, como por ejemplo Corcuff (1997), Aguiton y Bensaïd (1997), Vakauloulis (1999), Cours- Salies (1998) o Béroud, Mouriaux y Vakauloulis (1998). Todos ellos coinciden en señalar que Touraine y sus colaboradores trabajan con un modelo conceptual que ofrece una visión restrictiva de los movimientos sociales. La exigencia de que un movimiento social, para ser considerado como tal, debe conllevar un proyecto definido y alternativo de sociedad resulta excesiva a la luz de las dinámicas históricas de los movimientos sociales, donde se combina protesta, rechazo y propuesta de forma más interrelacionada. A nivel de movilización de masas, la conciencia política no suele preceder a la acción. Suele aparecer como fruto del propio aprendizaje de la lucha y la experiencia. Los trabajos clásicos de Thompson (2012[1963]) sobre la formación de la clase obrera y de las identidades de clase es útil al respecto. Del mismo modo, las propuestas y proyectos alternativos de sociedad no son fruto de un diseño previo, sino producto de una combinación dialéctica entre la propia lucha social y un trabajo de teorización ligada a la misma. El término movimiento social puede ser sistematizado de formas distintas pero, en realidad, las definiciones del mismo utilizadas por parte de los autores más relevantes en la materia no incluyen la exigencia de ser portador de un proyecto de sociedad alternativo para que un movimiento de protesta pueda ser considerado un movimiento social. Habitualmente las definiciones de “movimiento social” señalan que éstos son procesos conflictivos con una cierta estabilidad en el tiempo, impulsado por personas con creencias compartidas e intereses comunes, que mediante la utilización de formas de acción colectiva no institucional persiguen unos determinados objetivos y desafían a las autoridades (Tarrow, 1997; Tilly,2004).

Este tipo de características están presentes en el movimiento de 1995. Desde este punto de vista, más que negar a noviembre-diciembre su carácter de movimiento social parecería más adecuado por parte de Touraine y sus colaboradores reenfocar su propia definición del concepto.

La protesta de noviembre-diciembre, más allá de su rechazo a las políticas del gobierno, tenía también propuestas en positivo y expresaba globalmente un rechazo al neoliberalismo, pero su crítica al mismo era todavía relativamente poco sistemática (Béroud, Mouriaux, Vakauloulis, 1998) y sin una formulación de perspectivas alternativas generales. La oleada de protestas de noviembre-diciembre de 1995 todavía no logró articular una serie de ideas-fuerza generales que dieran coherencia a un discurso contra el neoliberalismo, como más tarde sí haría, aún con límites, el movimiento altermundialista (expresado en sus eslóganes “el mundo no es una mercancía” y “otro mundo es posible”). La movilización fue interpretada como la primera gran huelga contra la Europa de Maastricht (Trat, 1999; Cassen, 1996) y como la primera revuelta contra la globalización (Ramonet, 1996). Esta interpretación tiene un fuerte elemento de verdad, pues las reformas neoliberales contra las que se opuso el movimiento se enmarcaban en los criterios de austeridad de la convergencia europea y las necesidades de competitividad en el seno de la economía globalizada. Sin embargo, el movimiento definió su lucha en términos de oposición al “neoliberalismo”, término entonces más utilizado que el de “globalización”. La oposición a la “globalización neoliberal” se convertiría pocos años después en el marco dominante (master frame) (Snow y Benford, 1992) de las movimientos y luchas del momento.

El segundo gran debate acerca de las protestas de noviembre-diciembre de 1995 tiene que ver con su naturaleza corporativista. La acusación de corporativismo (Touraine et al., 1996) fue el argumento más destacado de los opositores al movimiento. En palabras de Wievorka (1996: 264): “la punta de lanza de la huelga estuvo constituida por la defensa en primera instancia por parte de los asalariados de sus intereses profesionales, conductores y maquinistas de empresas de transporte público sobretodo. No se interesaban tanto por la promoción de su oficio, como se decía, sino por la defensa de su sueldo y, en primer lugar, de su jubilación”. La protesta sería, según esta línea argumental, una expresión social arcaizante motivada por el miedo a perder privilegios adquiridos y a afrontar las consecuencias de la apertura de la sociedad francesa a la economía global. En realidad, la denuncia del “arcaísmo” de la sociedad francesa ha sido una constante entre los defensores de las reformas neoliberales en Francia desde los ochenta en adelante, en especial ante la constatación de las crecientes resistencias sociales que encontraban (Corcuff, 1997). Esta crítica al movimiento fue igualmente bien rebatida (Béroud y Capdeville, 1998; Aguiton y Bensaïd, 1997; Cours-Salies,1998) y el propio apoyo mayoritario de la opinión pública a la movilización mostraba que sus protagonistas no eran percibidos como privilegiados (Rozès,<1999).

La protesta de 1995 estuvo marcada por una fuerte referencia y visibilidad del oficio (conductor de ferrocarril, profesor...). Ello, sin embargo, lejos de representar un repliegue corporativista en sí mismo, puede significar, como señalan Béroud y Capdeville (1998), un primer paso en la reconstrucción de una solidaridad colectiva en un mundo fragmentado, que se amplía progresivamente para convertirse en una defensa del conjunto de los servicios públicos. La dimensión corporativa de la acción sindical expresada en la protesta puede interpretarse como “una primera superación de las singularidades individuales, un momento en una dialéctica de lo particular y lo universal que llama a su vez a su propia superación” (Béroud y Capdeville, 1998: 101). La unidad y la articulación del interés general no es un hecho espontáneo. Se construye políticamente a través de la propia experiencia de la lucha, no de forma mecánica, y siempre en tensión permanente con las tendencias hacia la fragmentación y la división (Aguiton y Bensaïd, 1997). La movilización crea identidades colectivas, memorias y narrativas comunes y permite la articulación de la unidad en la diversidad, aunque sea de forma transitoria y frágil. Como señala Cours-Saliers (1998), durante la protesta amplios sectores de trabajadores y usuarios de los servicios públicos tuvieron la percepción de compartir intereses y objetivos comunes, más allá de sus problemas particulares.

El movimiento de 1995 se caracterizó justamente por su capacidad de pasar de un conflicto particular a un conflicto general y por su lógica multisectorial: el famoso Tous ensemble!, convertido en el lema por excelencia del movimiento, reflejaría este carácter generalista del movimiento. El eslogan expresaba muy bien la dinámica de solidaridad colectiva intrínseca al movimiento y, como recuerda Sitel (1996), significa lo contrario del “cada uno por su cuenta” propio del individualismo competitivo neoliberal. El movimiento tuvo un triple registro reivindicativo: demandas comunes y concretas (retirada Plan Juppé, del contrato- plan Estado-SNCF, fin de la reforma de los regímenes especiales de jubilación...); demandas con significación global como la defensa del servicio público; y, finalmente, una demanda difusa de otro modelo social distinto al neoliberalismo (Béroud, Mouriaux, Vakauloulis, 1998).

7. Después de 1995: el inicio de un nuevo ciclo social

El movimiento de noviembre-diciembre de 1995 representó la protesta social más importante en Francia desde Mayo de 1968 y pasó a formar parte de los grandes hitos de la historia social francesa junto al mencionado 1968 o 1936. En su conocido libro sobre 1968, Mayo del 68 y sus vidas posteriores, Ross (2002) señala, de hecho, cómo 1995 se inscribe en el impacto histórico de la brecha abierta en 1968, cuyo espectro ha seguido planeando con regularidad en la política y la sociedad Francesa y nunca se cerró del todo. Prueba de ello es el encendido ataque contra Mayo del 68 y su legado que Sarkozy lanzó en la campaña de las elecciones presidenciales de 2007, afirmando que “en estas elecciones, se trata de saber si la herencia de Mayo del 68 debe ser perpetuada o si debe ser liquidada de una vez por todas” (Bensaïd y Krivine, 2008).

Los resultados concretos obtenidos y el impacto del movimiento presentan un balance ambiguo. En realidad, medir el impacto de un movimiento social es una cuestión compleja y debe evaluarse en el corto y el largo plazo y desde un punto de vista amplio, ya que las repercusiones de un movimiento suelen sobrepasar las demandas concretas en torno a las cuales se había constituido (Matthieu, 2004). Si partimos de la distinción de Giugni (1995) entre impactos internos y externos podemos señalar que el principal impacto del movimiento fue en el primer ámbito, es decir, hacia dentro. La propia existencia del movimiento fue su principal logro pues transmitió entre sus protagonistas y partidarios la idea-fuerza de que es posible confrontarse al curso fatal de los acontecimientos y a la inevitabilidad de las reformas neoliberales. La existencia del movimiento contribuyó a acabar con el fatalismo de la historia, rompiendo la idea de que las reformas neoliberales encarnaban el curso "normal" de la misma.

En términos de los impactos externos, el movimiento tuvo un balance intermedio pero bastante positivo en el terreno sustantivo (no en el procedimental, pues en ningún momento el gobierno aceptó una interlocución formal). La protesta no consiguió la retirada íntegra del Plan Juppé, pero sí la retirada del contrato plan Estado-SNCF, así como el mantenimiento de los regímenes especiales entre otras cuestiones. Consiguió un cierto freno parcial y temporal a las reformas neoliberales y debilitó políticamente al gobierno Juppé, que acabaría cayendo un año después, allanando así el camino, en cierta forma, a la victoria de las fuerzas de izquierda en 1997. Como conjunción de la situación social post 1995 y de la crisis política de la derecha en 1997 tuvo lugar una importante reorganización y refundación de la patronal francesa, con el lanzamiento en octubre de 1998 del Mouvement des enterprises de France (MEDEF), con una orientación marcadamente neoliberal, una fuerte oposición a la reforma de las 35 horas, y una estrategia agresiva y ofensiva en el terreno político e ideológico para reforzar su peso en la vida política del país (Plassard, 1999). Ello se concretó con el lanzamiento por su parte en 1999 de una ambiciosa propuesta de “refundación social” destinada a transformar las bases del sistema de protección social y la regulación del mercado de trabajo.

La protesta consiguió también lo que Giugni (1995) llama un impacto de sensibilización, es decir, la difusión de una determinada visión del mundo y de lo que en términos gramscianos llamaríamos un sentido común alternativo. El movimiento sirvió para relegitimar la actividad militante y dar moral y confianza a todas las fueras opuestas al neoliberalismo tras un largo periodo a contracorriente. Supuso una fractura en la "sintaxis de la resignación" (Lepage, 1996) hegemónica desde los años ochenta. El clima intelectual tras 1995 nunca volvería a ser igual, como lo demuestra el repunte de la audiencia de pensadores críticos, como es el caso de la notoriedad mediática adquirida por Pierre Bourdieu en la segunda mitad de los años noventa, el éxito comercial de la colección de libros de bolsillo impulsada por él, Raisons d’Agir, la creciente audiencia de las emisiones radiofónicas de Daniel Mermet y su programa Là-bas si j’y suis marcado por su contenido político y social, el boom de la música de compromiso de grupos como Zebda o las ventas de la revista cultural Inrockuptibles o el éxito de Le Monde Diplomatique, el retorno del cine social, o el impacto de obras como Le nouvel esprit du capitalisme (1999) de Boltanski y Chiapello (Bensaïd, 1999; Anderson,2009).

El tiempo político no es lineal, está marcado por aceleraciones y frenazos, es un tiempo roto lleno de discontinuidades y rupturas (Bensaïd, 2013). Noviembre- diciembre de 1995 marcó una brusca aceleración de la vida político-social francesa, un momento de condensación de las contradicciones sociales. Constituyó lo que Rancière (2011:10) denomina un “momento político”, es decir, un momento “en que la temporalidad del consenso es interrumpida”. Representó un “antes y un después” en la trayectoria política y social de Francia, convirtiéndose en la lucha fundacional (Aguiton y Bensaïd, 1997) de un nuevo ciclo marcado por un renacimiento de la contestación social al neoliberalismo con episodios recurrentes de importantes movilizaciones. La fase abierta tras 1995 es una expresión de la agudización de los antagonismos de clase y, al mismo tiempo, de la persistencia de la tradición histórica de revuelta y revolución en Francia (Kouvelakis, 2007).

El ciclo iniciado en 1995 ha estado marcado, de forma notoria, por la debilidad del movimiento sindical después de décadas de reorganización neoliberal del capitalismo, por sus dificultades para adaptarse a las transformaciones del mundo del trabajo y de la relación salarial, así como por la emergencia de nuevas expresiones organizativas (asociaciones de parados, etc...) y de nuevas formas de movilización (Moriaux, 1998) que interactúan en tensión permanente con los sindicatos. Al mismo tiempo, el renacimiento de la contestación social al neoliberalismo desde el campo progresista tendría lugar, sin embargo, en un contexto de fuerte polarización político-social del país, con el ascenso prolongado (con altibajos) de la extrema derecha del Front National (FN) del Jean Marie Le Pen, enarbolando también la bandera de la crítica social al neoliberalismo, cuyo máximo cénit fue su paso a la segunda vuelta de la elección presidencial en abril de 2002, marcando un terremoto político sin precedentes.

Noviembre-diciembre de 1995 inauguró un largo ciclo de más de una década en el que se sucedieron grandes episodios de movilización y seísmos electorales de forma espasmódica en el marco de una creciente inestabilidad político social. Esta situación convirtió a Francia, desde la segunda mitad de los años noventa en adelante en la referencia europea pionera en las movilizaciones frente al neoliberalismo. Kouvelakis (2007) señala que la prolongada crisis político-social abierta en 1995 puede definirse, siguiendo a Poulantzas (1978), como una “inestabilidad hegemónica” en donde la capacidad de consentimiento y dirección de las clases dominantes se ve mermada pero sin que emerja un bloque alternativo. Aún con una creciente pérdida de legitimidad las políticas neoliberales seguirían profundizándose. El conflicto de 1995 no comportó un freno de la reestructuración neoliberal pero si un debilitamiento de sus bases sociales y de la capacidad del poder político y económico para imponer su agenda sin dificultades. Una agenda que como señala Anderson (2009) debe ser entendida como un proyecto de “modernización” del país para adaptarlo al modelo neoliberal anglosajón hegemónico, percibido por las clases dominantes francesas como el patrón a seguir para, a la vez, reforzar la posición internacional del capitalismo francés y reorganizar la sociedad en un sentido más favorable a sus intereses.

El ciclo abierto en 1995 combinó episodios explosivos regulares de protesta con una creciente inestabilidad político-electoral caracterizada por la crisis simultánea de los partidos conservadores y de izquierdas tradicionales y una amplia desafección hacia el establishment político. En el campo de la izquierda, durante un largo decenio se abrió un espacio electoral para candidaturas anticapitalistas al margen de los grandes partidos históricos, con el 5’7 % de votos de Arlette Laguiller (Lutte Ouvrière) y el 4’25 % de Olivier Besancenot (Ligue Communiste Révolutionnaire) en las elecciones presidenciales de 2002. Ambos obtendrían en 2007, respectivamente, el 1’33% y el 4’08%, a los que habría que añadir el 1’32% del altermundialista José Bové. En el campo de la derecha, el ya mencionado ascenso del FN y su éxito en abril de 2002 testimoniarían un profundo e inestable proceso de reorganización político-electoral.

Los episodios de movilización más importantes de la fase posterior a 1995 fueron (sin ser exhaustivos) los siguientes:

· El movimiento de los “sin papeles” en 1996 contra la Ley Debré de extranjería, expresado en ocupaciones de iglesias y que tuvo apoyos relevantes del mundo de la cultura; así como el movimiento de parados de diciembre de 1997 y enero de 1998, como reacción a una reorganización regresiva del mecanismo de prestación de desempleo, y que implicó varias jornadas nacionales de manifestaciones y ocupaciones de las oficinas públicas de empleo, dando visibilidad a la figura del “parado”, tradicionalmente invisible y pasivo, como sujeto social activo y movilizado (Combesque, 1998; Villiers, 2000; Brochier i Delouche, 2000; Perrin, 2004).

· El despunte y desarrollo del movimiento altermundialista, con el lanzamiento y consolidación de la Asociación ATTAC en 1998, el impacto del desmontaje de un McDonald’s en junio de 1999 en Millau a cargo de la Confédération Paysanne en protesta por la comida basura y el agrobusiness, las movilizaciones en ocasión del Consejo Europeo en diciembre de 2000 en Niza o la celebración del segundo Foro Social Europeo en París en 2004 (Agrikoliansky y Sommier, 2005; Agrikoliansky, Fillieule y Mayer, 2005; Aguiton, 2001).

· La llamada “primavera anti-Fillon” en 2003, en oposición a la modificación del régimen de pensiones de la Ley Fillon y de la reforma del sistema educativo. De magnitudes comparables a la revuelta de 1995, a diferencia de ésta, la movilización popular no conseguiría esta vez frenar parcialmente la reforma en marcha y culminaría con una derrota evidente (Sitel, 2004).

· La victoria del Non, con un 55 % de votos, en el referéndum del 29 de mayo de 2005 sobre el “Tratado por el que se establece una Constitución para Europa”. Diez años después de las huelgas de 1995 la victoria del no en el referéndum, sobre la base de un voto de clase y con una campaña dominada por la crítica antineoliberal de la Unión Europea y no desde posiciones de repliegue nacional (Herrera, 2006), certificaba la crisis de legitimidad tanto del proyecto de integración europea como del neoliberalismo en Francia.

· Las revueltas de los jóvenes en las barriadas parisinas y de las grandes urbes francesas que empezaron en Clichy-sous-Bois el 27 de octubre de 2005 tras la muerte de dos adolescentes que huían de la policía. Lejos del sensacionalismo mediático con el que fueron analizadas, a menudo bajo parámetros de conflicto étnico o religioso, la explosión de rabia en las barriadas trasmitía un profundo malestar social de la juventud marginalizada, en un escenario de descomposición de los mecanismos de representación política y social (Hajjat, 2006; Kokoreff, Steinauer, Barron, (2007).

· La rebelión contra el Contrato Primer Empleo (CPE) en febrero-marzo y abril de 2006, con la juventud estudiantil y precaria en lugar central. La movilización en oposición al CPE, cuyo cénit fue la jornada del 28 de marzo, sería más amplia que las de 1995 y 2003 y acabaría con la retirada de la propuesta gubernamental en favor de un dispositivo de inserción profesional juvenil (Geay, 2009; Collectif 4 bis, 2007; Bensaïd, 2006).

Sin embargo, el ciclo antineoliberal abierto en 2005 se iría agotando en la segunda parte de la primera década del siglo XXI. Tras la victoria en las elecciones presidenciales de 2007 de Nicolas Sarkozy, hubo una fuerte respuesta social a sus reformas económicas en otoño del mismo año, aunque sin que dicho movimiento social tuviera capacidad para bloquear los planes presidenciales. A partir de ahí Francia entró en una situación de menor explosividad social, de una cierta parálisis de las luchas y movimientos sociales, al mismo tiempo que continuaba un prolongado ascenso de las fuerzas de extrema derecha. En estos años, tras el estallido de la crisis de la deuda soberana, han sido los países de la periferia euromediterránea como Grecia, Portugal o España los que han experimentado los mayores episodios de contestación social, mientras que en Francia no ha producido (¿todavía?) una explosión popular contra las medidas de austeridad comparable a la de 1995, 2003 y 2006. A pesar de ello, la combinación entre la tradición histórica de dicho país, su pasado reciente, y las contradicciones sociales larvadas durante la presente crisis, hace que siga siendo un campo de gran interés para los estudios sobre la conflictividad laboral y social.

27/04/2014

https://revistas.ucm.es/index.php/CRLA/article/view/52011

8. Bibliografía

Agrikoliansky, E., Fillieule, O, Mayer, N (dir). (2005). L’altermondialisme en France.

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