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Arquitectura
Diseño para el uno por ciento
15/06/2016 | Alex Cocotas

Zaha Hadid, arquitecta pionera y primera mujer en obtener el premio Pritzker, murió en marzo a la edad de 65 años. Su visión y su ambición han sido
merecidamente ensalzadas en las semanas posteriores, pero su fallecimiento también nos brinda la ocasión para reflexionar críticamente sobre la
arquitectura contemporánea. No hace tanto tiempo, los arquitectos más destacados del planeta debatieron sobre la manera en que la arquitectura podría
servir para transformar la sociedad creando viviendas para los trabajadores, mejorando la salud pública y favoreciendo la solidaridad social. Hoy en día,
la arquitectura mundial está poblada de “arquitectos estrella” que, como Hadid, están especializados en megaproyectos para la élite mundial.

Algunas de las obras de estos arquitectos son hermosas, desde luego, pero en muchos casos también comportan el derroche de dinero público, facilitan
prácticas corruptas y explotadoras y refuerzan un modelo de planificación que excluye a la población de la toma de decisiones. Muchas creaciones
arquitectónicas están mal construidas, generan costes de mantenimiento desorbitados (después de sobrepasar con creces el presupuesto estipulado) y dejan
completamente de lado a la gente que vive en el entorno. Sirva de ejemplo uno de los primeros edificios de Hadid, una estación de bomberos /1: estéticamente atractiva, resultó poco práctica para los bomberos y más tarde se convirtió en un museo.

Y el escultural edificio Maxxi en Roma que diseñó Hadid/2: en algunos aspectos es un diseño maravilloso, aunque también se asemeja a una
fortaleza que no se integra en el vecindario circundante ni interactúa con él. El New York Times informa de que el coste de mantenimiento del
edificio es de 6,6 a 7,9 millones de dólares al año (que hay que sumar a los 150 millones que costó la construcción), más que el presupuesto anual del
museo, subvencionado por el Estado italiano, de modo que en varias ocasiones ha habido que inyectar dinero adicional para rescatarlo.

La arquitectura es una disciplina única por su inherente valor social y utilitario. Nadie perdió su hogar cuando Dylan se pasó a la guitarra eléctrica.
Nadie contrajo una deuda enorme por imprimir la última novela de Franzen. Pero la gente común, le guste o no, tiene que apechugar con las consecuencias de
las creaciones arquitectónicas. Un edificio puede destruir tu vecindario, destruir la base de tu sustento, destruir tu vida. Sin embargo, muchos
arquitectos famosos, y la mayoría de críticos arquitectónicos, no son capaces de reconocer la realidad fundamental de que la arquitectura no es un
compartimiento estanco de virtudes estéticas y adjetivos vagos, sino un producto del contexto político, económico y social. Un contexto definido en gran
medida por las prerrogativas de la élite. Por ejemplo, el complejo Dongdaemun Design Plaza de Seúl, concebido por Hadid y que costó 450 millones de
dólares, era el proyecto estrella del ex alcalde Oh Se-hoon, quien dimitió después de oponerse a un programa de comedores escolares gratuitos. La
construcción del complejo multifuncional desplazó a 900 comerciantes locales y causó la destrucción de un histórico estadio de béisbol que seguía
utilizando la comunidad.

El Centro Heydar Alíyev en Azerbaiyán es un ejemplo aún más ilustrativo del carácter insidioso de la arquitectura contemporánea. Hadid elaboró este
proyecto junto con el presidente azerí Ilham Alíyev –cuyos abusos de los derechos humanos, corruptelas y nepotismo recuerdan a una época feudal– para
contribuir a transformar la capital azerí en el nuevo “centro cultural global” (en palabras de Baku, una revista trimestral editada por la hija
del presidente y publicada por Condé Nast). El diseño de Hadid para el centro, que lleva el nombre del padre del presidente Alíyev, entusiasmó a la crítica
arquitectónica y ganó el premio al diseño del año 2014 del Museo del Diseño de Londres, lo que no sirvió de consuelo para las 250 familias expulsadas de
sus hogares para permitir la ejecución de la obra.

La gigantesca galería comercial Galaxy Soho en Pekín también se halla en terreno disputado. La obra desplazó un barrio de tradicionales hutongs,
cuyos vecinos dicen que sus terrenos fueron objeto de expropiación forzosa. El estudio de Hadid insiste en que la zona ya no estaba habitada cuando ellos
se implicaron en el proyecto y que este se ajustaba a la normativa legal, pero la corrupción en materia de compraventa y recalificación de terrenos es
endémica en China. Tal vez el ejemplo más claro de la relación de la arquitectura con estructuras más amplias de opresión sea la obra de Hadid en Catar,
donde diseñó el estadio Al Wakrah para la Copa del Mundo. Cuando le preguntaron en una entrevista realizada en febrero de 2014 sobre las condiciones
laborales en los países del Golfo –semiesclavismo, robo de salarios, muerte de trabajadores–, Hadid respondió que “

no tengo nada que ver con los trabajadores. Creo que es una cuestión que corresponde abordar al gobierno, si es que hay un problema. Espero que todo
esto se resuelva

”. Presionada, alzó los brazos retóricamente y dijo: “ No me lo tomo a la ligera, pero creo que de esto debe ocuparse el gobierno. No es mi deber como arquitecta meterme en estas cuestiones.”

Los “arquitectos estrella”

Los arquitectos no siempre se han mostrado tan indiferentes ante los trabajadores. En efecto, la aversión por el ornamento, que como es sabido preconizaba
la arquitectura moderna, respondía menos a un juicio estético que a la oposición a la explotación laboral. Como señaló el arquitecto austriaco Adolph Loos
en su ensayo de 1908 titulado “Ornamento y delito”, el ornamento perpetúa las malas condiciones de trabajo, las largas jornadas y los bajos
salarios. Cuanto menos ornamento, más salario y menos trabajo: “El ornamento”, escribió, “ es fuerza de trabajo malgastada y por tanto salud dilapidada.” Para los arquitectos modernos que siguieron a Loos, la creación de viviendas
asequibles para los trabajadores era un imperativo moral que podía cambiar profundamente la naturaleza de la sociedad. En la cumbre de sus carreras,
arquitectos como Le Corbusier y Walter Gropius (y Bruno Taut y Ernő Goldfinger) seguían diseñando grandes proyectos residenciales.

Hoy en día, sin embargo, las obras de los arquitectos estrella comprenden toda una panoplia de proyectos y clientes dudosos. Santiago Calatrava ha dejado
un reguero de construcciones chapuceras cuyo coste ha superado en numerosas ocasiones el presupuesto acordado, como en el caso reciente de los 4 000
millones de dólares de la estación de tránsito del Bajo Manhattan. Rafael Viñoly y Frank Gehry han diseñado edificios que emiten reflejos cegadores sobre
muchos vecinos desprevenidos. El edificio de CCTV en Pekín, concebido por Rem Koolhaas, una de las obras más celebradas de los últimos años, es más que una
maravilla de la técnica: es un instrumento de propaganda para el Estado chino. Norman Foster no tuvo ningún reparo en cooperar con el gobierno autoritario
de Kazajistán para crear el irónicamente llamado “Palacio de la Paz y la Reconciliación”. Abu Dabi ha reunido una constelación de arquitectos estrella para
erigir tanto un complejo de entidades culturales como una sucursal de la Universidad de Nueva York llamada “Isla de Felicidad”, construida, por supuesto,
por trabajadores esclavizados en condiciones no tan felices.

En ningún otro segmento es más clara la ruptura con el pasado de sensibilidad social que en el de la vivienda. Cuando estos arquitectos estrella construyen
edificios residenciales, lo hacen para millonarios y milmillonarios. El proyecto de viviendas más grande de Frank Gehry es el que se halla en 8 Spruce
Street, en el Bajo Manhattan, donde el alquiler de un apartamento medio asciende a más de 5 500 dólares al mes (solo asequible para alguien que gana unos
14 000 dólares mensuales netos). Bernard Tschumi, el izquierdista radical del grupo, hizo su primera incursión en el ámbito de la vivienda con el Blue
Condo, en la parte oriental del Bajo Manhattan. ¿Precio medio de compraventa? 1,5 millones de dólares. Claro que estas son relativas gangas en comparación
con otros proyectos estelares. Los apartamentos con que Hadid debutó en Nueva York, de próxima inauguración, cuestan entre 4,9 millones y 50 millones de
dólares. El proyecto de Rafael Viñoly en 432 Park Avenue incluye un ático de 95 millones de dólares.

Dado que los arquitectos se deben en gran medida a su clientela, su predilección por el diseño de residencias de lujo se puede atribuir en parte a los
cambios acaecidos en el mercado de la vivienda y en la economía mundial. Pero tampoco podemos dejar que se vayan de rositas con tanta facilidad. En su gran
mayoría, los arquitectos de élite se han desentendido de toda idea de hacer que la unidad arquitectónica más básica sea asequible para todos. La excepción
destacada que prueba la regla es Alejandro Aravena, el último galardonado con el premio Pritzker, que ha desarrollado los planos para la construcción
viviendas de bajo coste que ha ofrecido gratuitamente. En cambio, los proyectos de viviendas de lujo que elaboran sus compañeros de profesión son
manifestaciones de la plutocracia que de paso elevan el coste de la vida para la amplia mayoría de los habitantes de las ciudades. Impulsores de la
gentrificación, Hadid y los demás arquitectos estrella han puesto sus talentos al servicio de un modelo urbanístico que erige monumentos simbólicos para
las élites en vez de mejorar las condiciones de vida de la gente común.

El “efecto Bilbao”

Desde que Frank Gehry diseñó el Museo Guggenheim para el Bilbao postindustrial, convirtiendo de golpe la ciudad en un destino turístico, ayuntamientos de
todo el mundo han aflojado cientos de millones de dólares de dinero público para construir edificios de uso cívico y cultural. Sus impulsores entienden que
estas instituciones culturales atraerán nuevos flujos de capital transnacional, más inversiones inmobiliarias, más turistas, más “plataformas de
innovación”, etc. La sopa de palabras de moda es un pozo sin fondo. Sin embargo, esos proyectos no abordan los problemas estructurales –el declive
industrial, los salarios y la inversión pública– que han precipitado su supuesta necesidad. Su propósito no es “revitalizar” la ciudad, sino globalizarla.

En la fase de planificación no pasan por alto a la gente pobre, pero una vez realizada la obra, esta gente se ve desplazada, apartada del espacio público
por sus sustitutos idealizados. Los principales beneficiarios son los turistas culturales, los grandes propietarios de inmuebles y los egos de los cargos
públicos. ¿Anhelaban los habitantes de Dongdaemun un complejo para exposiciones internacionales diseñado por Hadid en medio de su barrio? ¿Necesitaba
Guangzhou realmente un gran teatro de la ópera? ¿Acaso se molestó alguien en preguntar a los moradores de la ciudad?

Los defensores de esta clase de proyectos apuntan a manudo a la creación de puestos de trabajo para justificarlos. No obstante, aunque la construcción de
esos brillantes centros culturales suele generar puestos de trabajo bien pagados para obreros de la construcción sindicalizados, estos siempre son
temporales. Una vez terminada la obra y puesta en marcha la institución, predominan los puestos de servicios mal remunerados. Un museo precisa unos cuantos
curadores e investigadores (que no necesariamente perciben salaries elevados) y muchos más vigilantes, guías turísticos y cajeros. En el Museo de Arte
Moderno de Nueva York (MOMA), el salario inicial de un trabajador es de 29 000 dólares, alcanzando un máximo de 50 000 dólares para los administrativos no
ejecutivos. Además, la esperada aparición de comercios en el vecindario, que constituye el objetivo último de muchos de estos proyectos, genera en gran
medida la proliferación de camareros, cocineros, dependientes, etc., en un modelo de desarrollo económico que gira en torno a una clientela más bien
acomodada. Lejos de ser una solución para los trabajadores que viven en la ciudad, los grandes beneficiarios son de nuevo los propietarios inmobiliarios y
el capital.

En nuestra época de austeridad, la locura del planteamiento de tipo Bilbao salta todavía más a la vista. Mientras los habitantes se enfrentan a una elevada
tasa de paro, a salarios estancados, al aumento del coste de la vida y al recorte de los servicios públicos, los ayuntamientos dedican recursos
significativos a proyectos creados –de hecho o intencionadamente– para los turistas. Es probable, por ejemplo, que los habitantes de Roma no necesitaran un
nuevo museo de arte contemporáneo. Los artistas locales necesitan alquileres baratos y galerías para exponer. Es indudable que la población italiana en
general necesita inversiones públicas en puestos de trabajo y servicios sociales, no en vano la tasa de paro juvenil en este país es actualmente del 37 %.
Lo que le han dado, en cambio, es el edificio Maxxi diseñado por Hadid, inaugurado en 2010.

Otro argumento que suele esgrimirse en defensa de estos edificios invoca las grandes catedrales europeas: ¿acaso no eran templos caros para las élites?
¿Acaso no superaron también el presupuesto en cierto modo? ¿No ha demostrado su longevidad su valor intrínseco? Dejando de lado el hecho de que la Europa
medieval no es un buen barómetro moral para nosotros, existe una diferencia fundamental: esas iglesias eran utilizadas por todo el mundo. Servían de centro
social, de casa consistorial, de plaza de mercado, eran la manifestación de las mayores aspiraciones espirituales de la comunidad, el lugar que daba
sentido a la vida. Pocos edificios actuales, diseñados por arquitectos estelares, alcanzan estas alturas; eran más aptos (hasta que quedaron prohibidas en
la ciudad de Nueva York) para incluir “puertas para pobres”.

El refugio del arquitecto

Tampoco hay que echar toda la culpa por el actual estado de cosas a los arquitectos. En la década de 1960, y especialmente en la de 1970, estaba
incubándose una fuerte reacción contra la arquitectura moderna socialmente sensible, ridiculizándola por su homogeneidad percibida y su abstracción
descontextualizada del lugar; según la acusación común: hileras de cubos monótonos y grises, o simplemente aburridos y feos. El brutalismo –una derivación
de la modernidad, conocida por su uso extensivo de hormigón visto– fue objeto de una crítica particularmente dura. Del mismo modo proliferaron las burlas
sobre los proyectos de viviendas públicas, muy asociadas con la arquitectura moderna. Esta campaña culminó con la demolición televisada a escala nacional
del complejo de viviendas Pruitt-Igoe, de Saint Louis, en el año 1972, cuya fecha pasaría a marcar el día “en que murió la arquitectura moderna”, según el
crítico de arquitectura Charles Jencks.

En el fondo, la arquitectura moderna abanderada por Walter Gropius, Le Corbusier y otros fue un intento de crear un enfoque que fuera un prisma de su
época. Surgida en la atmósfera febril de la primera guerra mundial, la arquitectura moderna hizo de la máquina un icono, de la fábrica un templo y del
racionalismo su filosofía de cabecera. “La vivienda es una máquina para vivir”, reza la famosa frase de Le Corbusier. Además, era más fácil y
barato construir: gracias a las técnicas de prefabricación y los nuevos materiales de construcción, era posible fabricar una casa en una factoría y a un
precio significativamente más bajo y por tanto crear viviendas modernas de alta calidad para el conjunto de la sociedad.

Muchos de los arquitectos de la modernidad eran socialistas o comunistas. Le Corbusier, quien trabajó tanto para la Unión Soviética como para la Francia de
Vichy, mostró una actitud más tecnocrática y antirradical. Para él, la adopción de un programa racional de construcción masiva de viviendas aporta al
“hombre moderno” un confort material e higiénico como consolación por la destrucción del mundo tradicional, contribuyendo así a evitar la revolución. No
obstante, incluso Le Corbusier mostró una mayor preocupación por los pobres que la mayoría de los arquitectos prominentes de hoy.

Durante un tiempo, los edificios sin ornamentos y los cálculos utilitarios de Le Corbusier y sus colegas de la modernidad marcaron la pauta. Cuando se
inauguró Pruitt-Igoe/3 en 1954, la obra dio la medida de la influencia del nuevo estilo arquitectónico. En la década siguiente, al
deteriorarse las condiciones dentro de los edificios, se convirtió en el hecho condenatorio de la arquitectura moderna. Sin embargo, los detractores
omitieron el contexto social: Saint Louis, al igual que otras ciudades de EE UU, estaba luchando con una base industrial menguante y la rápida huida de los
blancos. La gran mayoría de los residentes de Pruitt-Igoe eran negros, a los que se les impedía efectivamente instalarse en los nuevos suburbios mediante
políticas racistas de hecho y de derecho.

También hay que responsabilizar al Estado de las malas condiciones imperantes en Pruitt-Igoe. El mantenimiento de los edificios fue deficiente, se
incrementaban los alquileres para los residentes empobrecidos y se rompieron por la fuerza los lazos comunitarios. No se permitía a los padres permanecer
con sus familias en el complejo residencial porque el Estado consideraba que esto era indecoroso para las receptoras de asistencia social. Sin embargo,
algunos examinaron los problemas de la vivienda pública y decidieron que la culpa era de la arquitectura.

Lo que comenzó como una reacción estética –“menos es un fastidio”, bromeó el arquitecto posmoderno Robert Venturi– se transformó en una crítica más general
de la ética social de la modernidad. Se calificó a los arquitectos modernos de pretenciosos por pensar que podían cambiar el mundo y de elitistas por
considerar que sabían qué deseaba la gente. La arquitectura, dominada por la corriente moderna y sus variantes durante casi medio siglo, luchaba por hallar
un nuevo lenguaje y sentido. En respuesta a estos retos, los arquitectos se apartaron de la modernidad y su política explícita y trataron de infundir a los
edificios un carácter semiótico: referencias “fantasiosas” al pasado o deconstrucciones metafísicas de los edificios.

Hadid, por ejemplo, solía citar el suprematismo ruso como influencia determinante de su obra. Posiblemente el primer movimiento artístico “puramente”
abstracto, el suprematismo evitaba toda referencia objetiva en la realidad (cuyo ejemplo más famoso es el Cuadrado negro del fundador del
movimiento, el pintor Kasimir Malévich). Pero lo que más atrajo a Hadid fue el aspecto teórico: la posibilidad de una arquitectura puramente abstracta,
ajena a la política radical de los profesionales. Malévich identificaba su “revolución” en el arte con la revolución rusa, y El Lissitzky creó algunas de
las imágenes más icónicas de la Unión Soviética, a las que dedicó casi la totalidad de su vida profesional. (La admiración, al final, no fue mutua: el arte
abstracto fue suprimido bajo Stalin por ser ideológicamente sospechoso y sustituido por el realismo socialista.)

En cambio, Patrick Schumacher, la principal referencia teórica de Hadid, es un ferviente libertario que sueña con un “urbanismo radical de libre mercado” y
clama contra la “corrección política” en la arquitectura (por ejemplo, contra la “preocupación por los desfavorecidos”). Este cambio ayudó a la mayoría de
arquitectos de primera fila a conservar la imagen del esteta etéreo y al mismo tiempo a deshacerse de los lastres de la sustancia política.

La estructura por la estructura

Todavía quedan muchos arquitectos con sensibilidad social que preferirían concebir y construir viviendas sociales o ejecutar proyectos progresistas. Sin
embargo, a menudo chocan con impedimentos estructurales que impiden colmar su ambición. Cursar una carrera de arquitectura en EE UU cuesta dinero. Además
de los estudios de pregrado, el aspirante a arquitecto ha de completar tres años de facultad, y como en todos los aspectos de la enseñanza superior, el
precio ha aumentado últimamente. En la Escuela de Arquitectura de Yale, un año de estudio (sin incluir el alojamiento y la manutención) cuesta 46 500
dólares. Las universidades públicas cuestan menos, pero tampoco son baratas: las tasas para los estudiantes del Estado de California en la UCLA ascienden a
unos 24 000 dólares, sin contar los demás gastos.

Enormemente endeudados, los arquitectos que se licencian están ansiosos por quitarse de encima esa carga a la mayor brevedad posible. Sin embargo, los
salarios iniciales no son especialmente elevados, en particular para quienes trabajan en proyectos con conciencia social. Trabajar para una empresa
anodina, si uno consigue que le contraten, ofrece seguridad y prestaciones. Trabajar para una estrella ofrece la posibilidad de adquirir fama, con el
potencial de lograr un atisbo de libertad creativa: la libertad para elegir en qué proyectos quiere participar uno, o al menos para ir amortizando la
deuda.

La escasa remuneración de los jóvenes arquitectos no refleja necesariamente su importancia relativa en el flujo de trabajo. Según la profesora de
arquitectura Peggy Deamer, a medida que la profesión abandona el modelo de aprendizaje y pasa a basarse en complejos programas informáticos –que los
arquitectos más veteranos no saben manejar muy bien–, los jóvenes son cada vez más responsables de tomar decisiones importantes en materia de diseño. Sin
embargo, la mayor responsabilidad no comporta una mayor retribución. Un problema adicional es la pedagogía de las facultades de arquitectura, que se centra
en gran medida en la estética en detrimento del contexto social.

Claro que el principal obstáculo para un renovado planteamiento social en la arquitectura radica en el abandono por parte del Estado de la construcción de
viviendas sociales y proyectos similares. Antes de imponerse la política neoliberal, el Estado era el gran benefactor de muchos jóvenes arquitectos,
llevándoles a actuar de acuerdo con sus propensiones progresistas. En el mundo de después de Pruitt-Igoe, la idea misma de vivienda pública se ha empañado.
Los cambios ideológicos más generales en la economía y el sistema político –más o menos contemporáneos con el declive de la arquitectura moderna– también
han hecho inimaginable cualquier plan estatal ambicioso de creación de viviendas asequibles. Citemos algunos: el desmantelamiento del Estado de bienestar;
la fetichización de la eficiencia del mercado libre y la promoción consiguiente de la privatización; la creciente financiarización de la sociedad, que
concibe la vivienda más como una inversión que como un lugar para vivir.

Mientras que los arquitectos no pueden dictar el contenido de la política de promoción pública de viviendas, sí que pueden desarrollar un discurso que
cuestione el consenso imperante. El caso es que en gran medida no lo han hecho. Al igual que los tan denostados bloques de viviendas de promoción oficial,
la arquitectura ha absorbido el contexto circundante. Antaño contestataria, la arquitectura ahora no solo se acomoda con el sistema económico, sino que
agranda sus peores impulsos, edificando sus burdos excesos con envoltorios de acero y vidrio para darles un aire de altiva benevolencia, cuando carecen de
cualquier misión social que no sea la exhibición de su propio brillo. Se ha convertido en la estructura por la estructura.

Arquitectura para el pueblo

En las semanas posteriores al fallecimiento de Hadid, los comentarios en su gran mayoría elogiosos de los medios de comunicación se centraron en la figura
de Hadid como persona. Recalcaron el hecho de que fuera árabe y mujer. (Dicho sea en mérito suyo, fue una gran defensora de las mujeres sobre el terreno.)
El único artículo negativo giró casi enteramente en torno a su personalidad. Los comentarios sobre Hadid anteriores a su muerte reflejaban la misma
fascinación con los aspectos personales. Tenían la extraña tendencia a describir en detalle sus manos (u otros atributos físicos), especular sobre su
estado de ánimo o explayarse en torno a sus diversas indumentarias. Casi siempre se trataba del carácter semiótico de Zaha Hadid. Si bien hubo muchas
exposiciones dedicadas a sus diseños –maravillándonos colectivamente una y otra vez–, pocas exploraron el contexto social y las implicaciones de su
arquitectura. Fueron escasas las que examinaron el significado de su obra para el público urbano y si este contradecía la hagiografía emergente.

Frente a Hadid y otros, una arquitectura verdaderamente revolucionaria se preguntaría cómo proveer de una vivienda permanente de calidad a los casi mil
millones de personas que viven actualmente en chabolas y cómo crear viviendas asequibles para los millones de personas que se han visto menoscabadas por la
carestía global en zonas urbanas. No se trata únicamente de cuestiones morales. La incapacidad de los gobiernos para afrontar realmente los males sociales
constituye, entre otras cosas, un gran impedimento para que las ciudades se conviertan en los lugares compatibles con el medio ambiente y eficientes en el
uso de recursos que necesitamos.

Tampoco hemos de prescindir de las consideraciones estéticas en la búsqueda de la justicia. Una arquitectura socialmente consciente no necesita recuperar
los austeros cubos de hormigón ni, en el otro extremo del espectro, esa especie de urbanismo de “fin de la historia” que preconizan ciertos
tradicionalistas. Todavía podemos ofrecer una estética radical. Todavía podemos contar con un desenfrenado mosaico de estilos y estructuras. El propósito
es crear espacios públicos bonitos e inclusivos y ciudades que estén al servicio de sus habitantes. La Grand Central Station de Manhattan es –y en esto
coincide casi todo el mundo– un edificio espléndido; lo mismo cabe decir de la Biblioteca Pública de Nueva York, y millones de neoyorquinos corrientes
utilizan ambos lugares todos los años.


No hace mucho, Frank Gehry espetó a un periodista español que puso en duda la utilidad de sus edificios: “ En el mundo en que vivimos, el 98 % de lo que se construye y diseña actualmente es pura mierda.” Esta “pura mierda” es donde alrededor del 98 % de
nosotros estamos condenados a vivir. Gehry y Hadid y otros arquitectos estrella crean arquitectura para el otro 2 %. Son los que viven en los apartamentos
de muchos millones de dólares; son los que logran ver la casa de la ópera por dentro; son los que trabajan en los lujosos despachos de las grandes
entidades o toman el avión para contemplar el siguiente acontecimiento cultural global en busca de emociones arquitectónicas. Necesitamos menos Gehry,
menos Hadid, menos egotectura vanidosa. Necesitamos más mierda, más mierda hermosa para todos los demás.


https://www.jacobinmag.com/2016/06/zaha-hadid-architecture-gentrification-design-housing-gehry-urbanism/

6/2016

Notas:

1/

https://es.wikiarquitectura.com/index.php/Estaci%C3%B3n_de_Bomberos_Vitra

2/

http://www.plataformaarquitectura.cl/cl/624566/museo-maxxi-zaha-hadid-architects

3/
https://es.wikipedia.org/wiki/Pruitt-Igoe

Traducción: VIENTO SUR



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