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Debate
Algo más que propuestas socialdemócratas para salir de la austeridad
13/06/2016 | Francisco J. Braña

[“Espacio Público” puso en marcha un debate bajo el título general ¿Hacia dónde nos conduce la austeridad?. Los artículos publicados en dicho debate pueden encontrarse en http://www.espacio-publico.com/hacia-donde-nos-conduce-la-austeridad#comment-5506. Algunas de las referencias que se encuentran en el artículo que publicamos a continuación, se encuentran en ese enlace.]

Al leer las contribuciones a este debate lo primero que se me vino a la cabeza son las tres frases citadas de ’Alicia a través del espejo’, de Lewis Carroll:
-“Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga. Ni más ni menos.

-La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

-La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.”

Y está claro quién manda y lo que significa hoy la palabra austeridad. ¿Alguien cree que los miembros del Eurogrupo, o los altos gerifaltes de la Comisión Europea han leído a Berlinguer? Incluso me cabe la duda de que hayan leído los informes del Club de Roma.

Por otra parte, en el debate sobre la llamada austeridad expansiva, conviene recordar la endeblez empírica de los cuentos que nos contaron primero Giavazzi y Pagano y luego los que se convirtieron en los reyes del cuentismo, Alesina y Ardagna, como bien resume Marc Blyth en su libro sobre el trabajo de estos dos académicos publicado en 1998: en el mejor de los casos, sólo dos de los diez países examinados permitían sostener que los recortes en el gasto público daban lugar al crecimiento económico (del Producto Interior Bruto), aparte de los problemas econométricos del trabajo, lleno de errores y afirmaciones espurias.

Y dejo a un lado la base teórica en la que se apoyan: la tesis de las expectativas racionales, sobre la que hace ya muchos, muchos años, nadie ha podido encontrar apoyo empírico, por no citar toda la batería de argumentos en contra, teóricos y empíricos, que proporciona la llamada economía del comportamiento o psicología de la economía sobre eso que llaman comportamiento racional.

En fin, aquí sólo de trata de ideología, hasta el punto de llegar a sostener, en el infausto trabajo que Alesina presenta en el Consejo Europeo de Asuntos Económicos y Financieros que tuvo lugar en Madrid en abril de 2010, donde todas las salvedades y precauciones de las afirmaciones recogidas en los trabajos académicos desaparecen, que los recortes que se propugnan en el Estado del Bienestar son de toda justicia, el coste social que van a provocar será retórica desproporcionada; total, el aumento de la desigualdad y de la pobreza no están en la agenda, de lo que se trataba era y es de desmantelar el Estado del Bienestar, aprovechando la derrota y la rendición moral del movimiento obrero organizado (como bien señala Paul Mason en su ensayo Postcapitalismo) y, añado, de la socialdemocracia casi al completo, en la que las opiniones y políticas recomendadas por la mayoría de sus economistas son indistinguibles, cuando no son fervientes partidarios, de las recetas económicas de eso que ha venido en llamarse ordoliberalismo.

Pero hablando de socialdemocracia, me llama poderosamente la atención que uno de los líderes de la coalición que pretende llegar al Gobierno tras las próximas elecciones pretenda recuperar u ocupar la ideología de la socialdemocracia, con la justificación de que Marx y Engels lo eran. No dejo de sorprenderme de cómo se hace política en España pues, hasta donde llegan mis conocimientos, ambos son los que propusieron el comunismo y, por ello, fieros críticos del partido socialdemócrata alemán, ahí están su Manifiesto Comunista y su Crítica al Programa de Gotha, me imagino que hoy se sentirían ofendidos de que les llamaran socialdemócratas.

Bien es cierto que me parece que el programa de esa coalición es de hecho un programa socialdemócrata, quizás de la socialdemocracia de los años 80, y como tal programa socialdemócrata no pone en cuestión el fondo de las políticas económicas y sociales que nos han llevado a donde estamos, que parten del Tratado de Maastricht, que es lo que a mi juicio hay que rechazar para construir otra Europa. No afrontar el no rotundo a esas políticas, aceptando el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, por mucho que se proponga lo que se califica de una reforma profunda, no nos sacará de la crisis del capitalismo, de la larga y fría noche neoliberal en la que todavía estamos.

No alcanzo a ver qué hay de nuevo en esa socialdemocracia si lo que se propone, por dar algunos ejemplos, es negociar la senda de cumplimiento del déficit, moderando y retrasando su reducción, sin poner en cuestión la ideología (ni los errores teóricos) que hay detrás; propuestas fiscales como el mantenimiento del impuesto sobre la renta dual, que favorece a las rentas del capital (lo que eufemísticamente se pasó a llamar el ahorro, aceptando así las trampas del lenguaje de la economía neoliberal) frente a las rentas del trabajo, proponiendo tan sólo una corrección de esa dualidad; una renta garantizada, siguiendo el fallido ejemplo del País Vasco (como ha puesto de relieve uno de los expertos en ese modelo de rentas mínimas, Iñaki Uribarri), si bien ahora rebajada respecto a la propuesta de las elecciones anteriores, a pesar de las altísimas y persistentes tasas de pobreza y exclusión social, en vez de proponer una renta básica de ciudadanía; etc.

Con lo que seguiremos anclados, de hecho, en el marco ideológico de las políticas de la austeridad y del retroceso de la democracia, que vemos cómo ha sido sustituida por un poder autocrático. Bien es cierto que, en muchas otras áreas, ese programa es un avance importante sobre las políticas sociales neoliberales que se han venido aplicando desde mediados de los años 90 del siglo pasado y, con mayor intensidad, desde la Gran Recesión.

En mi opinión, lo que necesitamos en un nuevo modelo que nos lleve al postcapitalismo, en el que se afronten cuando menos tres retos igualmente importantes: los cambios demográficos en los que estamos inmersos, por un lado la inmigración, por otro eso que los economistas llaman envejecimiento (que yo sepa las poblaciones no envejecen, lo hacen las personas) que exigirán aumentos de la productividad en un marco riguroso de sostenibilidad medioambiental; cómo afrontar la tercera revolución industrial, si efectivamente se cumple que la robotización y los cambios tecnológicos relacionados con la información, el llamado ’Internet de las cosas’, lleven a que cada vez haya menos empleos y siga empeorando la distribución de la renta y la riqueza; y cómo abordar el cambio climático, más allá de la propuesta de un Plan Nacional de Transición Energética, sin duda un primer paso.

Abordar estos tres retos, junto con el rechazo del Tratado de Maastricht y sus secuelas, sólo se puede hacer, a mi juicio, desde las estructuras del Estado y supone por ello un cambio radical en las relaciones de poder, lo que a juzgar por la historia nunca ha hecho la socialdemocracia. Y tampoco me parece que vaya a bastar con las promesas de la economía colaborativa y del bien común, si negar sus valiosas contribuciones a un cambio de modelo. Seguro que conseguir ese cambio en las relaciones de poder no sea fácil y llevará su tiempo, pero me temo que las propuestas socialdemócratas, las viejas y las nuevas, no nos acercan. Citando de nuevo a Paul Mason: “De poco servirá que emprendamos una defensa inconstante de elementos sueltos del viejo sistema” (Postcapitalismo. Paidós. Barcelona, 2016; página 314).

08/06/2016

F.J. Braña es Catedrático de Economía Aplicada y miembro de Econnuestra



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