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Libros
El agua en un mundo en crisis
25/05/2016 | Janice Cox

[Reseña del libro Global Water Inequality and the Coming Chaos, de Karen Piper, University of Minnesota Press, 2014]

En los últimos años se han publicado muchos libros sobre los problemas del agua a escala mundial, en un momento en que el mundo se enfrenta al
desplazamiento de poblaciones, sequías y fuertes tormentas e inundaciones, pero ninguno documenta de forma tan sistemática la relación entre los feroces
intentos de privatización del agua por todas partes y el colonialismo como lo hace Karen Piper en este trabajo. Profesora de estudios poscoloniales en
inglés y profesora adjunta de geografía en la Universidad de Misuri, Piper ha experimentado en primera persona la cuestión del agua y su apropiación por
intereses poderosos. Se crio cerca del lago Owens en California y ha investigado la colusión y el amparo del ayuntamiento de Los Angeles al drenaje del
lago para suministrar agua a la ciudad, dejando a los residentes de la zona y de varias millas a la redonda con una hondonada de polvo tóxico.

Su investigación se plasmó en su primer libro, Left in the Dust: How Race and Politics Created a Human and Environmental Tragedy in L.A. (St.
Martin’s Press, 2006). El segundo, The Price of Thirst, es fruto de siete años de estudio y visitas a una docena de países en los seis
continentes. Su examen detallado de la apropiación del agua por empresas privadas abarca California, Chile, Sudáfrica, India, Egipto e Iraq. Sus
intercambios con guías y activistas personalizan la batalla mundial por los recursos hídricos, aunque oscureciendo un poco el efecto potencial de un
movimiento mundial contra la globalización y la privatización con un creciente componente ecosocialista.

En la introducción a The Colonial Origins of Global Water Inequality, Piper señala a las cinco compañías que en 2001 controlaban el 73 % del “agua
privatizada” del mundo. Suez (francesa), Veolia (francesa, antes Vivendi), Saur (francesa), Agbar (española) y Thames (británica) son multinacionales que
operan a través de filiales en todo el mundo, inclusive en EE UU. (Las prácticas antisindicales de Veolia y sus actividades en los territorios palestinos
ocupados por Israel la han convertido en objeto de múltiples campañas de boicot.) Otras empresas multinacionales se han sumado a las cinco grandes en la
carrera por los recursos hídricos, incluidas empresas del sector químico, de refrescos, de ingeniería y mineras y, como no puede ser de otra manera en
nuestro mundo neoliberal, entidades bancarias y financieras cuando salta a la vista que allí hay beneficios que obtener.

Herencia colonial

Piper destaca los orígenes coloniales de las cinco grandes y la transición sin rupturas de sus técnicos y ejecutivos al nuevo mundo poscolonial de la
compañía multinacional y su voraz adquisición y control de los recursos hídricos globales. Explica el papel del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del
Banco Mundial, que utilizan las condiciones de crédito y las deudas de los países para ayudar a estas compañías a hacerse con las reservas de agua y con
los beneficios derivados del control y suministro de este precioso recurso. Al igual que los ejecutivos de las grandes empresas del agua, muchos directivos
iniciales del Banco Mundial eran antiguos funcionarios coloniales de los organismos europeos en ultramar, recalificados como expertos en comercio mundial.
Curiosamente, la historia del colonialismo no suele mencionarse a menudo en el Banco Mundial. La ideología principal del Banco es la economía, en
particular la “economía del desarrollo”, un ámbito académico que se denominaba “economía colonial” hasta que Europa perdió sus colonias.

La creación del Banco Mundial y de su íntimo aliado, el FMI, sancionó un cambio de la relación de fuerzas entre EE UU y Europa tras la segunda guerra
mundial e introdujo la financiarización como vía complementaria para la transferencia de riqueza de muchos a unos pocos. Opera mediante contratos de
abastecimiento (que a menudo se otorgan a empresas de los principales países contribuyentes, EE UU y algunos europeos, sobre todo); mediante el cobro de
intereses sobre los fondos del Banco, que acaban en los bolsillos de los principales compradores de bonos (los grandes bancos europeos y estadounidenses);
y cuando fracasa un proyecto del Banco, mediante recursos del FMI y fondos de rescate (recaudados de los contribuyentes y de los países deudores) que
resarcen al Banco y a las empresas europeas y estadounidenses implicadas en el fracaso.

Pese a que el objetivo oficial del Banco Mundial es la reducción de la pobreza, sus orígenes y actitudes coloniales quedan reflejados en sus proyectos
relativos al agua. Estos se centran en servir a las élites de zonas urbanas o nuevos enclaves privilegiados, y especialmente en la construcción de presas y
canales para facilitar la producción agrícola para la exportación; proyectos, en suma, que generan beneficio. Bajo el régimen colonial, la infraestructura
hídrica favorecía el abastecimiento de agua a los colonos blancos de las zonas urbanas. Hoy en día, las élites de todos los países estudiados en este libro
se ven favorecidas por los proyectos del Banco Mundial en materia de prestación de servicios hídricos, siendo la recuperación del gasto uno de sus
principales propósitos.

En el seno del Banco Mundial existe una gran resistencia a invertir en el desarrollo de infraestructuras para el suministro de agua a la gran mayoría de la
población de los países en desarrollo. Una parte de esta resistencia proviene del profundo racismo y desprecio por los pueblos de estos países, herencia de
los orígenes coloniales del Banco. La otra parte se deriva de que esto no generaría beneficio alguno, ya que la gente común no puede pagar. Cuando tomó
impulso la fase neoliberal del capitalismo en la década de 1980, el Banco Mundial comenzó a exigir unas condiciones de préstamo que incluían la
privatización de los sistemas de abastecimiento de agua y a destinar los subsidios a los países al desarrollo de sistemas hídricos. No es extraño, por
tanto, que los esfuerzos del Banco Mundial y de las empresas multinacionales hayan reducido efectivamente el acceso al agua potable en todo el mundo a lo
largo de las tres últimas décadas. Así, las Naciones Unidas han tenido que aplazar el cumplimiento del Objetivo de Desarrollo del Milenio de reducir a la
mitad, para 2015, el número de personas carentes de acceso a agua potable.

En la década de 1990 comenzó un fenómeno inquietante en la actividad del Banco Mundial, que mientras tanto se ha acelerado. Su brazo privado ha estado
comprando acciones de las empresas multinacionales del agua para influir en las decisiones e intensificar la actividad en este sector. Esto también
implica, por otro lado, que el Banco asume una parte significativa del riesgo asociado a la actividad de estas multinacionales del agua. Así, en 2011, el
Banco Mundial prestó 7 500 millones de dólares para proyectos de abastecimiento de agua. Piper señala que “

el peligro que encierra el hecho de que el Banco asuma estos riesgos consiste en que de este modo está trasladando riesgo al ciudadano medio de EE UU.
Puesto que el Banco se financia ante todo mediante la venta de bonos a los grandes bancos, la quiebra del Banco Mundial provocaría la quiebra en
cascada del sistema bancario mundial

.” Apalancar el capital privado con fondos públicos es otra manera de transferir riqueza de muchos a unos pocos.

Un repaso rápido

Chile

Chile se distingue por ser el único país del mundo que ha privatizado totalmente el suministro de agua. Esto se hizo bajo el régimen de Pinochet en el
marco de una reforma de la constitución y del código de aguas. Los derechos de aprovechamiento de aguas se clasifican en “no consuntivos” (reservados al
uso empresarial: hidroeléctrico, etc.) y “consuntivos” (lo que queda para los consumidores y agricultores). Los derechos no consuntivos tienen preferencia
cuando se plantean disputas ante los tribunales. Esto ha dado lugar a la consabida historia de construcción de presas y desplazamiento de poblaciones, con
la particularidad, en el contexto específico de Chile, de que la resistencia de los pueblos indígenas desplazados puede ser calificada de terrorismo y
perseguida como tal.

La mayor amenaza para el clima mundial en Chile es la que se deriva de los proyectos de construcción de presas a lo largo del río Baker, que se nutre de la
fusión del Campo de Hielo Patagónico Norte. Si el agua procedente de los glaciares se retiene en las presas, ello afectaría a la temperatura del agua que
fluye al Pacifico sur y por tanto a la corriente circumpolar que alimenta las corrientes oceánicas del conjunto del planeta. Esta corriente ya se desplaza
hacia el sur a causa del cambio climático. Los científicos predicen que si se detiene la corriente circumpolar, los océanos del mundo morirán y Europa
podría hundirse en una nueva edad de hielo. Hay una creciente movilización por la recuperación de las aguas chilenas, encabezada por una coalición de
políticos, dirigentes religiosos, ecologistas, grupos indígenas y sindicatos obreros.

Sudáfrica

La situación actual de Sudáfrica, dos décadas después del fin del apartheid, ilustra trágicamente los límites de un cambio político sin
transformación económica. Decir que el país no está a la altura de las promesas del fin de la era del apartheid es quedarse muy corto. Hoy en día,
Sudáfrica tiene el Producto Interior Bruto (PIB) más alto de todos los países africanos, y la minería es su principal fuente de riqueza. Sin embargo, una
cuarta parte de la población sudafricana vive con menos de 1,25 dólares al día y el paro oscila entre el 25 y el 40 %. Supera a Brasil en la clasificación
de las sociedades más desiguales del planeta. Sudáfrica se apuntó al programa universal del FMI de privatización de la economía, liberalización del
comercio y recorte del gasto público, y la situación se ha deteriorado hasta tal punto que el gobierno del país ha empezado a hablar de sobreendeudamiento.

Además, al amparo del pacto fáustico con el Banco Mundial y el FMI, la dirección del Congreso Nacional Africano –el partido en el gobierno– se vio
presionada en su día a asumir la deuda del régimen del apartheid, trasladando el coste del suministro de agua a la población, muchos de cuyos
miembros simplemente no pueden pagarlo. No obstante, la resistencia crece y tiende a confluir con un movimiento ecosocialista muy activo, contrario a la
privatización y a aprovechar la vasta experiencia del movimiento contra el apartheid, dispuesto a enfrentarse al programa neoliberal, que en
Sudáfrica de denomina también “apartheid global”.

India

India, una vez obtenida la independencia, se guio por la visión del primer ministro, Jawaharlal Nehru, que preconizaba una vasta urbanización y la
construcción de grandes presas (en línea con el legado colonial británico). Conforme a las clásicas maquinaciones del Banco Mundial, el precio de
catástrofes ecológicas y sociales (inundaciones a raíz de la rápida desforestación, contaminación de las aguas y desplazamiento masivo de la población
rural a los centros urbanos) ha generado una creciente oposición, encabezada por activistas rurales que propugnan la visión alternativa de Mahatma Gandhi
de “retorno a la aldea”, centrada en el poder de decisión local. A pesar de la oposición del gobierno (penalización de la recogida de agua de lluvia,
etc.), el movimiento cuenta con el apoyo creciente de residentes urbanos que protestan por la privatización y la distribución desigual del agua.

Egipto

Egipto, nutrido por las avenidas predecibles del Nilo, que determinan su campaña agrícola, era una de las escasas civilizaciones de regadío que pervivió
hasta los tiempos modernos. El desbordamiento anual del rio se lleva las sales y deposita una capa fresca de limo en la que los agricultores se apresuraban
a sembrar. Este ritmo sostuvo a un Egipto autosuficiente durante siglos, hasta que la presa de Asuán, construida en la década de 1960, acabó tanto con las
inundaciones como con los depósitos de limo. Hoy en día, los ricos depósitos de limo, de los que dependía la agricultura egipcia, están retenidos detrás de
la presa, mientras que el aprovechamiento del agua río arriba ha reducido el caudal del Nilo.

Piper afirma que la revuelta de 2011 en Egipto fue en el fondo una revuelta por el agua: “

No es exagerado decir que la Revolución del 25 de enero no solo fue una revolución de los desposeídos; también fue lo que algunos han calificado de
‘revolución de los sedientos’. En un país en el que casi no llueve, el Nilo aporta el 97 % de los recursos hídricos renovables, y actualmente una parte
creciente de esta agua se conduce a los complejos residenciales acomodados de las afueras, donde habita buena parte de la élite política egipcia,
mientras que en los años anteriores a la revolución, las compañías públicas de abastecimiento de agua (presionadas por el Banco Mundial, titular de los
créditos a Egipto) habían incrementado drásticamente los precios a los residentes del centro de El Cairo, donde alrededor del 40 % de la población vive
con menos dos 2 dólares al día.

” La breve presidencia de Mohamed Morsi permitió a los ricos no imputados transferir sus haberes al extranjero y a los militares acaparar lo que quedaba.
No se ha abordado ninguna de las cuestiones fundamentales que dieron lugar a la revolución, de modo que los problemas siguen agravándose debido a la enorme
y creciente desigualdad, así como a la inminente catástrofe ecológica derivada de la salinización de la tierra y la contaminación de los recursos hídricos.

Iraq

A comienzos de la década de 1990, el 95 % de la población urbana y el 75 % de la población rural de Iraq tenían acceso a agua potable. El agua de Bagdad se
bombeaba directamente del río Tigris y se depuraba en plantas potabilizadoras. Según un informe de la oficina del inspector general especial de EE UU, el
gobierno de Iraq llevaba tiempo “

invirtiendo parte de las rentas del petróleo en la prestación de servicios sociales totalmente subsidiados, como abastecimiento de agua, saneamiento,
asistencia sanitaria y electricidad… A comienzos de la década de 1990

”, continúa el informe, “

el sector del agua iraquí estaba bien desarrollado y modernizado, equipado con tecnología sofisticada, de diseño occidental… y de última generación, y
registraba altos niveles de eficiencia

.”

En la primera guerra del Golfo, en 1991, se destruyeron instalaciones eléctricas e hidráulicas y otras infraestructuras en lo que EE UU calificaba de
golpes quirúrgicos y precisos. En realidad, gran parte de la infraestructura se vio afectada por las bombas vertidas desde los aviones en su vuelo de
retorno a los portaaviones. Los estrategas militares y civiles de EE UU conocían perfectamente y eran conscientes de las consecuencias de la destrucción de
las infraestructuras eléctricas e hidráulicas de Iraq. Después de la guerra de Iraq de 2003 se otorgaron proyectos de reconstrucción por valor de miles de
millones, principalmente a empresas estadounidenses, pero pocos se llevaron a término. Hoy en día no se abordan ni pueden abordarse muchos problemas
ecológicos (agotamiento de acuíferos, salinización de tierras, particularmente alrededor de Basora, y declive y contaminación de los ríos) debido a la
ausencia de un gobierno central que funcione.

El único lugar que se salva es la región kurda, en el norte de Iraq, pero los kurdos carecen hoy por hoy del capital y de la autonomía necesaria para
abordar los problemas más urgentes de abastecimiento de agua y saneamiento a que se enfrenta su zona. Piper no logró encontrar ningún grifo del que saliera
agua potable durante su estancia en Iraq. Claro que no visitó bases militares ni embajadas.

La situación en EE UU

La privatización del agua en EE UU se diferencia bastante de la herencia del colonialismo en el mundo en desarrollo. Esto no significa que este país haya
quedado a salvo del programa neoliberal, sino que este se ha aplicado de forma diferente. California abre camino. Piper describe y explica hasta cierto
punto las causas del complicadísimo sistema hídrico de California, fruto de arduas batallas entre intereses contrapuestos (como la agroindustria, los
promotores inmobiliarios y grupos ecologistas), que han presionado a los gobiernos estatal y federal para que canalice el agua de acuerdo con diversos
proyectos, sistemas y textos legales. Los perdedores en estas batallas han sido siempre el propio medio ambiente, las poblaciones indígenas y las
comunidades inmigrantes. La vencedora en California y todo el Oeste ha sido siempre la agroindustria, que consume del 85 al 90 % de toda el agua
aprovechada en cada Estado. No obstante, puede ser una victoria pírrica, ya que el medio ambiente responde ahora con sequías, salinización y agotamiento de
los acuíferos.

A medida que las tierras se vuelven infértiles, los propietarios más ricos de tierras y de agua han ideado algunos instrumentos nuevos de propiedad y
comercio hídrico, bancos de agua y titulización del agua. EE UU es el primer país del mundo que apoya estos instrumentos, que no hacen otra cosa que
convertir el agua en dinero. En la década de 1990, la banca hídrica empezó a practicarse masivamente en California y muchos otros Estados del Oeste, puesto
que los vastos sistemas de canalización construidos para la agroindustria con dinero público facilitan este comercio. (Por desgracia, Piper no habla de los
inmensos proyectos de transferencia de agua emprendidos por el gobierno federal a través de la Oficina de Gestión de Tierras y del cuerpo de ingenieros del
ejército. Debido a ello, la comprensión por parte de los lectores de la política de aguas de California, en el contexto de la enorme transferencia de
riqueza de los contribuyentes a la agroindustria durante décadas en la colonización del Oeste de EE UU, se ve desvirtuada.)

Un banco de agua opera mediante la aportación y extracción real de agua de un gran depósito subterráneo. La clave está en quién es el propietario del banco
de agua. En California son las grandes empresas agroindustriales las propietarias de estos recursos, en su mayoría en sociedades que poseen bancos de agua
públicos y privados. Los títulos de agua, por otro lado, son como los futuros financieros. Sus propietarios tienen derecho a utilizar los recursos hídricos
tan pronto estén disponibles, y pueden comprar y vender títulos de agua como si se tratara de cualquier otro valor. Un agricultor rico (J. Boswell, en
quien Piper se centra en este capítulo) creó tempranamente un programa informático que los agricultores podían utilizar para facilitar la compraventa de
agua. Hoy en día, una página web denominada Waterbank.com permite a los propietarios y compradores de agua negociar los títulos de propiedad (tanto reales
como financieros).

Pensando en el futuro, muchos ricos propietarios de agua y tierras en California se dedican a la promoción inmobiliaria para complementar sus actividades
agroindustriales. Sin embargo, no proyectan construir ciudades abiertas, sino urbanizaciones planificadas y valladas para los ricos. “

Para obtener la licencia para construir estos proyectos residenciales, los promotores tenían que demostrar que disponían de derechos de agua
suficientes para abastecer las urbanizaciones, y ahí reside el valor real de los más de 3 000 millones de metros cúbicos de nuevos derechos de agua.
Por supuesto, esta ‘agua titulizada’ encierra un problema obvio, y es que la gente necesita agua real para vivir

.” Dichos propietarios de agua también tratan de cobrar por los suministros municipales, pues muchas comunidades californianas se encuentran bajo los
efectos de la crisis del mercado inmobiliario y financiera, en peligro de quiebra y presionadas para que privaticen su gestión y abastecimiento de agua.


Piper resume así los capítulos sobre California: “

Hoy en día, el mundo natural está atacando a los californianos y acabando con las reservas financieras del Estado. En vez de construir otro canal más
al precio de miles de millones de dólares como remedio temporal o de financiar ciudades y bancos privados mediante corruptas transferencias de agua,
tal vez ha llegado la hora de que el Estado admita la magnitud de los problemas y busque una solución de conjunto, que implica ir a menos en lugar de
ir a más. Esto supone fijar límites a la expansión urbana, repensar el sistema agrícola estatal y redistribuir el agua a pequeñas empresas cuyo
objetivo sea la protección del ecosistema –por ejemplo, la permacultura, la agricultura ecológica o empresas agroforestales–, así como a aquellas que
tengan una comprensión profunda de la historia ecológica de la región

...”

Conclusiones

En el capítulo de conclusiones, Piper repasa los fracasos de los esfuerzos encabezados por el Banco Mundial y el FMI por extender el acceso al agua
mediante los instrumentos neoliberales de la privatización, la reducción del gasto público y el endeudamiento. Los fracasos han sido suficientemente
significativos, incluso en el ámbito de la gestión de la crisis financiera, para que muchos se pregunten si la actividad del Banco Mundial genera crisis en
vez de resolverlas. Así, el papel y la eficacia del Banco Mundial están siendo analizados con creciente atención por parte del G20 y otros grupos de
liderazgo mundial. El Banco Mundial también tiene competidores a los que pueden acudir los países para pedir préstamos: China, el banco de los BRICS y más
recientemente un Banco del Sur creado por países latinoamericanos.

Piper describe cómo se ha lidiado la batalla en torno al lenguaje de los derechos de agua y su historia en Naciones Unidas. “(E)

ste problema gira en torno a la cuestión de la definición: ¿tiene la gente ‘derecho’ a gestionar y controlar sus propios suministros de agua, o bien es
el agua un ‘bien económico’ que puede venderse con beneficio?

” En la Asamblea General de las Naciones Unidas se presentaron dos propuestas de resolución sobre esta cuestión. Por un lado, el agua como lenguaje de
“bien económico”, que incluía el derecho a la privatización, surgido de la cumbre del G20 en Ginebra; por otro, el agua como lenguaje de “derecho humano”,
planteado por países del Sur. Este último prevaleció en la resolución de 2010 de Naciones Unidas, pese a que EE UU la considera no vinculante.

El discurso del agua como derecho humano ha sido adoptado con entusiasmo por dos de las grandes compañías de agua en sus campañas de relaciones públicas.
Esperan beneficiarse responsabilizando a los gobiernos de subsidiar el derecho fundamental al agua, mientras que las compañías sacan provecho del resto, y
de hecho pueden proceder judicialmente al amparo de la resolución de Naciones Unidas para obligar a los gobiernos nacionales a pagar dichos subsidios. En
el otro lado de la batalla, la resolución de Naciones Unidas crea el fundamento jurídico que permite a los pueblos indígenas y otros pueblos luchar por
defender sus derechos al agua. Piper termina el libro comentando ocho imperativos sostenibles, aunque políticamente débiles, para resolver la crisis
mundial del agua:

1. Detener el cambio climático.

2. Dejar de expulsar a gente de sus tierras.

3. Reconocer el conocimiento indígena.

4. Recuperar soluciones locales y de pequeña envergadura.

5. Regular el mercado de “agua virtual”.

6. Imaginar economías alternativas.

7. Imaginar un programa hídrico alternativo.

8. Reformar el régimen de globalización.

Después de documentar gráficamente el carácter ecológicamente destructivo y los costes humanos a escala global de la salvaje fase neoliberal del
capitalismo, estos imperativos parecen anémicos (individuales) y, si son contundentes –“detener el cambio climático” y “dejar de expulsar a gente de sus
tierras”–, carecen de cualquier agente efectivo. Muchas de estas consignas serán y de hecho ya son elementos de la lucha contra el gigante capitalista
mundial, pero a menos que podamos señalar claramente al enemigo, que es el sistema capitalista, y unificar e interconectar las luchas contra el mismo en
todo el mundo, no lograremos reunir las fuerzas necesarias para derribarlo.

1/5/2016

http://www.solidarity-us.org/node/4656

Traducción: VIENTO SUR



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