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China
En el corazón de la rebelión
12/05/2016 | Herman Rosenfeld

Una vasta ola creciente de huelgas obreras recorre China de punta a cabo. El año pasado hubo más de 2 700 acciones, el doble que en 2014. Y en lo que va de año ya se han producido más de un millar. Los trabajadores afrontan una batalla cuesta arriba. El Partido Comunista Chino (PCC), impertérrito ante las invocaciones por los trabajadores a sus valores declarados, incluido el compromiso por la liberación de la clase obrera, reprime a quienes se rebelan. Ha hecho detener a activistas y clausurar destacados centros obreros autónomos. Sin embargo, la agitación política que sacude al partido también ha creado una oportunidad para los trabajadores. Las autoridades chinas caminan sobre una cuerda floja, combinando una respuesta dura, que pretende limitar el alcance de las protestas, con concesiones estratégicas a reivindicaciones en materia de despidos, pensiones y salarios.

En este periodo turbulento, explicar la resistencia obrera actual en China –sus formas, expresiones, potenciales y limitaciones–y el enfoque particular del PCC y del Estado, constituye una tarea importante y todo un reto. La socióloga Lu Zhang aborda este proyecto en su nuevo libro, Inside China’s Automobile Factories: The Politics of Labor and Worker Resistance (Dentro de las fábricas de automóviles chinas: la política de la resistencia obrera), donde presenta un brillante análisis basado en un estudio exhaustivo del sector del automóvil en este país.

Efecto palanca de la legitimidad

A lo largo de veinte meses, entre 2004 y 2011, Zhang estuvo realizando una investigación etnográfica en siete grandes plantas de montaje de automóviles (tanto estatales como de propiedad conjunta) en seis ciudades chinas. En cada una de ellas habló con trabajadores (fijos, temporales y aprendices) a pie de máquina, en reuniones de grupos de trabajo y fuera de la fábrica durante el tiempo libre del personal. Zhang también se entrevistó con directivos, miembros del partido y del sindicato, mediadores, funcionarios y expertos del sector.

El resultado es una visión amplia de la transformación industrial, que se extiende desde el inicio del periodo de reformas, a finales de la década de 1980 y comienzos de la de 1990, hasta la actualidad. Zhang muestra cómo el contexto político y económico cambiante –en particular, la evolución del país después de Mao– catalizó profundos cambios en la organización de la producción y la estructura de la fuerza de trabajo. En este proceso, los trabajadores y la dirección forjaron una nueva relación muy tensa.

Para Zhang, el sector del automóvil es crucial para explicar cambios estructurales más amplios de la economía china, particularmente en lo que respecta a la clase obrera. En China, como en otros muchos países, la industria automotriz ocupa un lugar especial en la economía. El Estado la considera un puente para crear una capacidad industrial y manufacturera más profunda (y en última instancia más rentable). Los trabajadores del sector son conscientes de que su posición dentro del proceso productivo les confiere una capacidad especial para emprender acciones reivindicativas eficaces y conseguir, mediante la paralización de la producción, mejoras en el lugar de trabajo.

Sin embargo, la experiencia de los trabajadores del automóvil ha cambiado sustancialmente desde la época del socialismo de Estado. Los retos a que se enfrenta el Estado chino en un entorno de mercado capitalista –tanto en la propia China como en la economía mundial en que ha decidido integrarse– han alterado radicalmente la capacidad de los trabajadores para defender sus derechos y actuar como protagonistas. Mientras que las tendencias políticas e ideológicas del proyecto revolucionario chino todavía pesan en el seno de la clase obrera del país –y afectan a las relaciones entre los trabajadores, el partido dirigente y el Estado–, las exigencias del desarrollo capitalista han generado una intensa competencia en la industria automotriz. La rentabilidad exige una constante reducción de costes, a menudo mediante prácticas explotadoras como la producción ajustada o “justo a tiempo” y la segmentación de la fuerza de trabajo por niveles salariales, tipos de contrato, etc.

Estas tendencias existen en todo el mundo, pero lo que cautiva en el libro de Zhang es que la autora combina el análisis de los procesos en los lugares de trabajo y la industria con los cambios políticos más amplios ocurridos en el país. En particular, siguiendo a Beverly Silver, examina la interacción entre legitimidad y rentabilidad. La disminución de la rentabilidad de las inversiones, escribe Zhang, provoca a menudo crisis políticas derivadas de cuestiones de legitimidad social. El régimen trata de remozar su legitimidad de diversas maneras.

Una de ellas consiste en apelar al pasado. La gente trabajadora todavía aplaude la transformación revolucionaria de China bajo la batuta del PCC, que sacó al país de su condición semifeudal y dominada y prometió construir una sociedad que favoreciera a la clase obrera. El sistema socialista de Estado proporcionó trabajo garantizado, prestaciones sociales y asistencia sanitaria y la perspectiva de una vida mejor. Cuando el PCC adoptó una estrategia de desarrollo capitalista–que comportaba por fuerza los nuevos procesos de mercantilización del trabajo–, tuvo que revisar sus promesas. Hoy, el PCC se asegura la legitimidad principalmente apostando por el crecimiento de la economía y el mantenimiento de la estabilidad social. En efecto, el crecimiento económico es un medio para conservar el monopolio del partido sobre el poder político, no necesariamente un objetivo en sí mismo.

Los trabajadores chinos no son objetos inanimados en el proceso de legitimación. En un contexto en que carecen de una organización autónoma y no existe la negociación colectiva, aprovechan la necesidad que tiene el PCC de justificar su régimen para obtener mejoras en el lugar de trabajo (una táctica que Zhang denomina “efecto palanca de la legitimidad”). Estas luchas a nivel de fábrica se han multiplicado. El propio gobierno chino ha señalado que el número de disputas laborales aumentó de 48 121 en 1996 a más de 350 182 en 2007. En 2010, los trabajadores de una fábrica de motores y transmisiones de Honda se declararon en huelga, paralizando con ello las cuatro plantas de montaje que tiene la compañía en China. También proliferan las acciones a escala local: negativas colectivas a participar en actos rituales instaurados por la dirección; sentadas para reivindicar aumentos salariales; protestas individuales en forma de absentismo, sabotaje y huelgas de celo.

Una clase obrera dividida

Uno de los principales cambios que se han producido en la industria del automóvil en China, y de todo el mundo, es la aparición de una mano de obra “dual”. En China, las fábricas de automóviles del Estado han pasado de contratar a una mano de obra relativamente homogénea a emplear una plantilla segmentada o dual. Los trabajadores “fijos” –categoría que incluye a los cuadros medios y técnicos, así como a los trabajadores semicualificados y no cualificados– son en gran parte quienes solían beneficiarse del sistema danwei (que garantizaba trabajo y prestaciones) y que ahora operan al amparo de un sistema de contratos laborales. Estos trabajan junto con una mano de obra secundaria o temporal, formada en gran medida por inmigrantes procedentes del mundo rural.

Sin embargo, aunque los empleados formales trabajan codo a codo con sus compañeros temporales y desempeñan tareas similares, lo hacen en unas condiciones bastante diferentes. Los fijos perciben salarios más altos y gozan de una mayor seguridad laboral, mientras que los temporales soportan la carga de los vaivenes de rentabilidad y los esfuerzos de reducción de costes. Abundan las diferencias sociales adicionales, tanto con respecto a los niveles educativos y de formación como en lo tocante a la residencia urbana o rural y a la edad. Las autoridades asumieron que estas múltiples fisuras –combinadas con la aceptación por parte de la plantilla formal de que su seguridad se basa en parte en la inseguridad de sus compañeros temporales– bastarían para asegurarse la lealtad permanente de los trabajadores. Sin embargo, aunque los trabajadores fijos tienen preferencia en las prestaciones y las opciones de promoción, no dejan de ver continuamente mermados sus salarios y condiciones de trabajo, así como la duración y estabilidad de sus contratos.

Mientras tanto, la mano de obra secundaria se ha convertido con el tiempo en un grupo más joven, de un nivel educativo más alto y urbanizado, que además responde cada vez más combativamente a las peores violaciones de sus derechos, en ocasiones con el respaldo del personal fijo. En una fábrica, los temporales estuvieron trabajando de diez a doce horas cada día durante dos meses sin ningún día libre, todo para descubrir al final que la empresa no iba a pagarles sus salarios ni las horas extra. Así que se declararon en huelga y obtuvieron el apoyo de la plantilla formal, y después de un par de turnos la dirección cedió y prometió pagarles. Otras huelgas no lograron el apoyo de los trabajadores fijos, pero aun así, muchas de ellas consiguieron aumentos salariales. Además, escribe Zhang, las huelgas y protestas en el sector han contribuido a presionar al Estado para que promulgara importantes leyes laborales, estableciendo nuevas normas aplicables a los contratos de trabajo escritos y fijando unas reglas para las agencias de trabajo temporal.

Movimientos de los pobres

Zhang contempla el torbellino de agitación laboral en China y concluye que la clase obrera es capaz de “negociar sin sindicatos” y que, dada la correlación de fuerzas concreta, el papel del Estado y la naturaleza de la organización del trabajo en el sector del automóvil, “el descontento de los trabajadores de base y la presión desde abajo constituyen las fuerzas reales que impulsan cambios significativos en los lugares de trabajo y las reformas que vienen de arriba”. El trastorno que causan estos movimientos, aunque carezcan de organizaciones de clase independientes y de partidos con orientación de clase, puede generar el impulso necesario para la reforma, no solo en China, sino en todo el mundo.

Muchas de las mejoras conseguidas por los ‘movimientos de los pobres’ no se deben a la creación de organizaciones formales orientadas a la toma del poder del Estado”, escribe Zhang resumiendo los trabajos de los sociólogos estadounidenses Frances Fox Piven y Richard Cloward, “sino que son fruto de concesiones arrancadas a los poderosos en respuesta a movilizaciones amplias, intensas y espontáneas de los de abajo, para evitar la amenaza de ‘ingobernabilidad’ ”. No cabe duda de que la forma y la amplitud de la resistencia obrera que describe Zhang ha forzado al Estado chino a oscilar cuando menos entre la represión y el acomodo. El PCC no puede actuar a su aire con impunidad.

No obstante, sin un marco de oposición más amplio–respaldado por una organización de clase consciente– es imposible hacer algo más que limitar los daños y determinar indirectamente las formas del capitalismo contemporáneo. En China y otras partes, los partidos políticos obreros y otros órganos populares siguen siendo fundamentales para plantear desafíos más amplios y profundos al sistema. La manera en que pueden plantearse estos desafíos en China, frente a una dirección autoritaria del Estado, es algo que los activistas y académicos tendrán que sopesar. El libro Inside China’s Automobile Factories es una contribución muy útil a este debate crucial.

8/5/2016

https://www.jacobinmag.com/2016/05/china-worker-militancy-autoworkers-communist-party/

Traducción: VIENTO SUR



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