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V aniversario del 15M
Del Acontecimiento a la política electoral
08/05/2016 | Jaime Pastor

“Del 15M han salido muchas cosas. Ha tenido muchos hijos. Los hijos se han hecho mayores y se han independizado. Unos nos gustan más y otros nos gustan menos. Se comportan de diferentes maneras y muchas veces no hacen lo que nos gustaría que hicieran. Incluso pensamos que se equivocan, que hacen lo contrario de lo que deberían hacer. Pero aún así son nuestros hijos y, como tales, les seguimos queriendo” (Carmen, activista de una Asamblea comarcal del 15M) (Alberich, 2016: 361).

Cuando se van a cumplir 5 años del 15M y vamos a recordar su nacimiento alentados por la irrupción de “Nuitdebout” en la vecina Francia, comentarios como el de Carmen me parecen muy ilustrativos de lo que ha significado toda esa gran y extensa “familia”, “galaxia”, “clima” o “constelación” que fue generando aquella fecha, convertida ya en histórica/1. En las páginas que siguen trataré de ofrecer algunos apuntes sobre cuál ha sido el desarrollo de una parte de ese recorrido: la que tiene que ver más concretamente con la relación que se ha ido estableciendo entre el ciclo de protesta inicial y la búsqueda posterior de una opción electoral que se reclama del mismo.

El período abierto el 15 de mayo de 2011, gracias al entusiasmo colectivo y al “desborde” permanente en el que millones de personas se fueron reconociendo, provocó un proceso de repolitización en amplios sectores de la sociedad española. Fueron así irrumpiendo nuevos actores sociales que han ido cambiando el escenario y la agenda política existentes hasta entonces. A lo largo de estos años, en un contexto de agravación de la crisis del régimen y, en particular, del bipartidismo dominante y de la crisis del “modelo” nacional-territorial, hemos visto desarrollarse un ciclo de movilización, nada convencional y progresivamente innovador y transgresor, que fue conquistando un grado de legitimación social inédito, con mayor razón debido a que se desarrolló al margen de los partidos, sindicatos y la gran mayoría de organizaciones sociales existentes hasta entonces.

Con todo, a medida que se fue entrando en cierto reflujo de las protestas, principalmente a partir de junio de 2013, fue pasando al primer plano la búsqueda de nuevas herramientas políticas, con el consiguiente protagonismo de nuevas formaciones político-electorales como Podemos y las sucesivas “confluencias” que han ido surgiendo en el marco de las elecciones europeas, primero, y luego municipales, autonómicas y generales. Los éxitos alcanzados por estas nuevas candidaturas, impensables sin lo que significó el 15M, permiten incluso pensar que en las próximas elecciones generales del 26 de junio puedan convertirse en fuerzas con posibilidades de formar un gobierno del “Cambio”.

Del “No nos representan” al bloqueo institucional

En efecto, el 15M fue un Acontecimiento/2 fundacional de un nuevo ciclo político en respuesta al estallido de la crisis sistémica –asociada, en el caso español, al de la burbuja financiero-inmobiliaria- y, más concretamente, al giro austeritario iniciado por el gobierno de Rodríguez Zapatero a partir de mayo de 2010 bajo los dictados de la denominada “troika” (FMI, BCE y Comisión Europea). A lo largo de ese ciclo, coincidiendo con la ola internacional de indignación iniciada con la “primavera árabe”, fue emergiendo una nueva política contenciosa, especialmente protagonizada por un sector de la juventud –principalmente, hijos de la “clase media”, con capital cultural y acceso a las redes digitales- que se convierte en catalizador del malestar creciente de amplios segmentos de la sociedad ante la frustración de las expectativas de mejora que, en mayor o menor grado, existían hasta entonces.

Sin pretender hacer un balance detallado, conviene hacer un breve recordatorio de lo que este cambio de ciclo significó. Para ello, si nos remitimos a los inicios y analizamos los mensajes principales que se pueden desprender del “discurso maestro” que fue emergiendo dentro del 15M, podríamos destacar los siguientes eslóganes: “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”, “no es una crisis, es una estafa”/3, “no nos representan” y “democracia real, ya”. En ellos se expresaba lo que podría considerarse era el consenso implícito entre quienes participaban en la protesta en torno a la denuncia de la estrecha relación entre políticos profesionales y banqueros, el rechazo de la corrupción y las políticas de recortes sociales, así como la constatación del consiguiente vaciamiento creciente de la “democracia” realmente existente, a la que se percibe como mero instrumento de la “dictadura de los mercados”. En resumen, se va extendiendo una percepción crítica de la salida a “la crisis” y del “sistema” sin por ello asumir la acusación de ser “antisistema” (“no somos antisistema, el sistema es antipersonas”) y poniendo en primer plano la crisis de representación política.

En cuanto a las formas de participación y organización del amplio y creciente espacio público que se fue configurando a partir del 15M, aquí es donde se comprobó la mayor originalidad de sus actores: apoyándose en las redes digitales y en la ocupación de las plazas, se fue construyendo una democracia asamblearia en la que eran personas a título individual -y no como miembros de organizaciones sociales o políticas- las que intervenían en un proceso de deliberación y de toma de decisiones que exigía el máximo grado de consenso –rozando la unanimidad- y rechazaba los liderazgos. Una verdadera “escuela de democracia”, en medio de una efervescencia colectiva, se extendió como una mancha de aceite por todo el Estado, en muy pocas semanas.

Respecto a las formas de acción colectiva, fue la vía de la alteración no violenta del orden (y no la mera resistencia pasiva) la que predominó en todo este ciclo, asociada a la reivindicación de la desobediencia civil como la opción más coherente con el rechazo a la “violencia” del “sistema” y con la búsqueda de la mayor legitimación social posible frente a los intentos de deslegitimación de la protesta desde el poder establecido.

Se desarrolló así una dinámica de la protesta que, a pesar de la victoria electoral por mayoría absoluta del PP en noviembre de 2011, conoció una fase ascendente que no llegaría a cerrarse hasta las manifestaciones convocadas por la Marea Ciudadana el 23 de febrero de 2013. Durante toda ella asistimos a la evolución desde el entusiasmo colectivo creciente y contagioso (las Mareas Verde, Blanca…) hasta el desarrollo de una agenda en permanente construcción y ampliación, siendo la confluencia con la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH) el mejor ejemplo de hibridez y desafío a las autoridades en torno a reivindicaciones muy concretas. En este caso su inclusión en la agenda política conducía a una verdadera prueba de fuerzas en la que la PAH y el 15M recurrirían a un amplio repertorio de acciones (incluyendo una Iniciativa Legislativa Popular, apoyada por organizaciones sindicales y sociales, pero también otras controvertidas, como los escraches). Es esta experiencia en común la que permitió dar un paso adelante en la generación de la autoconfianza en sus propias fuerzas del movimiento, reflejada en el eslogan “Sí se puede, pero no quieren”.

En cambio, otras iniciativas surgidas desde sectores del movimiento no llegarían a cuajar. Ése es el caso de la Coordinadora 25S en Madrid: pese al éxito logrado con su primera convocatoria, “Rodea el Congreso”, en torno a su propuesta de “proceso constituyente”, en septiembre de 2012, no consigue dar continuidad a su campaña, como se comprueba en la escasa participación en una convocatoria posterior, el 25 de abril de 2013, en torno al lema “Asedio al Congreso”.

Aun con esos reveses y el reflujo posterior, durante este tiempo se fue construyendo una identidad colectiva abierta y, por tanto, potencialmente incluyente de muy diversos sectores sociales que se reconocían en el 15M como catalizador de la indignación colectiva frente a la salida de la crisis impuesta desde arriba. Así mismo, este “movimiento de movimientos” fue conquistando una alta legitimación social en su impugnación del discurso oficial (“hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”) oponiendo al mismo la prioridad de los derechos de las personas frente al “rescate a los bancos”, calificado como un “saqueo” a la ciudadanía.

Con todo, es en la socialización política de quienes participan en el nuevo y amplio espacio público generado por el 15M en donde podemos encontrar la mayor novedad: el ejercicio práctico de una nueva forma de hacer política frente a “la vieja” expresó la mayor discontinuidad de este ciclo con los que en el pasado, desde el final del franquismo, habían ido practicando tanto los movimientos sociales como los partidos políticos en general. Así, el “no nos representan” fue acompañado cada vez más por el cuestionamiento de lo que se ha dado en llamar la “Cultura de la Transición” y por la apuesta consiguiente por una nueva cultura política participativa.

Así, a lo largo de este corto pero intenso y extenso recorrido que el espacio plural “15M” fue haciendo durante este ciclo de protesta, pudimos comprobar que se había desarrollado:

- una ampliación de su agenda temática a través de sus discursos, eslóganes (buscando denunciar así el marco de injusticia generado por la crisis) y demandas (destacando, junto a la exigencia de “democracia real ya”, la lucha contra los desahucios, la denuncia del rescate a la banca y de la deuda pública, así como la defensa de la sanidad y la educación públicas);

- una combinación e innovación permanente de su repertorio de formas de acción, buscando legitimarlas mediante la desobediencia civil no violenta;

- y, en fin, un nuevo tejido asociativo diversamente enredado, dentro del cual se busca desarrollar también una “política prefigurativa” de otro mundo posible mediante la promoción de iniciativas de economía social solidaria.

Si nos referimos a los impactos, parece incontestable que el principal se reflejó en la capacidad que han tenido estos movimientos –desde las redes sociales, las plazas y las calles- para ir introduciendo en la agenda política –pública, mediática, política, judicial y gubernamental, sucesivamente- reivindicaciones que estaban ausentes o eran marginales en la misma (de nuevo, el más claro ejemplo es el de los desahucios, pero sin olvidar otros como el apoyo que siguen teniendo la exigencia de reforma del sistema electoral o de transparencia y rendimiento de cuentas por parte de los “políticos”). Menores han sido los de los discursos que han acompañado a esas y otras demandas con el propósito de cambiar el “sentido común” dominante; empero, no por ello cabe menospreciar la resignificación, dentro del nuevo “clima” creado por el 15M, de conceptos como “política”, “democracia” y otros desde las redes sociales y las calles y plazas e incluso en parte de la “opinión publicada” en algunos medios de comunicación convencionales.

Otros impactos han estado en la progresiva legitimación de la mayoría de las distintas y sucesivas formas de acción que han ido adoptando, superando incluso la amenaza de criminalización de las percibidas como más transgresoras, como ha sido el caso de los “escraches”. En conflictos como éste ha sido patente la funcionalidad de un discurso y una práctica de desobediencia civil no-violenta, basadas en el “lenguaje de los derechos” y en el desborde disruptivo de la legalidad vigente.

Finalmente, no cabe olvidar los impactos internos que han tenido en las personas que se han ido implicando en este ciclo de protesta, ya que a través de las entrevistas y los grupos de discusión ha sido fácil comprobar tanto la politización de una nueva generación como la re-politización de otras anteriores. Asimismo, una transformación de su subjetividad desde un estado de resignación, indiferencia o pérdida de autoestima ante la estigmatización de su situación (“perdedores”), a otro de indignación e implicación en un “nosotras”/4 colectivo, simbolizado en la identificación con el eslogan (simplificador pero funcional) del 99 % frente al 1 %, considerado responsable de la crisis.

Parece, por tanto, fuera de discusión, incluso para quienes se mostraron hostiles, que, aun con sus limitaciones-más perceptibles tras la fase ascendente de su ciclo de protesta-, el 15M se fue convirtiendo en “un espacio de movilización que busca ampliar dinámicas o bienes políticos (redes, ágoras, herramientas de presión, desobediencia, discursos y motivaciones colectivas) sobre la base de una democracia (radicalizada)” (Calle, 2013: 41).

Al mismo tiempo, se fue haciendo cada vez más evidente que, frente al bloqueo institucional creciente (derivado, sobre todo, de la mayoría absoluta parlamentaria del PP y de su gobierno en el Estado y en un alto número de Comunidades Autónomas y ayuntamientos) con el que chocan estas protestas, se hacía necesario buscar nuevas herramientas políticas que ayudaran precisamente a romper ese mismo bloqueo como única vía posible para “echarles”. En conclusión, al “no nos representan” le va sustituyendo la búsqueda de una nueva “representación” política en las instituciones que sea fiel al “espíritu” de un 15M que vive ya sus horas bajas como movimiento social.

Se entra así a partir de mediados del año 2013, y con la mirada puesta ya en la experiencia que está suponiendo el ascenso electoral de una fuerza política plural como Syriza en Grecia, en el debate sobre la necesidad de participar en las contiendas electorales que se anuncian. Previamente, había habido ya algunas iniciativas que apuntaban en ese camino, como la irrupción de Alternativa Galega de Esquerda (AGE) en Galicia en las elecciones autonómicas de octubre de 2012, o la creación deProcès Constituent en Catalunya en abril de 2013. Ambas aspiraban a canalizar la indignación y la politización crecientes hacia el terreno electoral frente a la crisis de representatividad que afectaba a los principales partidos políticos y que la mayoría de las encuestas confirmaban. La primera tuvo especial interés por combinar la fórmula de coalición electoral (Anova, Esquerda Unida, Espazo Ecosocialista, Equo) con un liderazgo carismático (Beiras) y con activistas procedentes del 15M –y, antes, del “Nunca Màis” contra el desastre del Prestige-, logrando en las elecciones un 14 % de votos y 9 escaños. La segunda, apoyada en el liderazgo mediático de Teresa Forcades y ArcadiOliveres, aparece como un ensayo de “tender puentes” entre la gente indignada no organizada y fuerzas políticas de ámbito catalán como Iniciativa per Catalunya-Verds (ICV), Esquerra Unida i Alternativa (EUiA) y las Candidaturas de Unitat Popular (CUP) con vistas a la formación de una candidatura unitaria en las elecciones autonómicas.

En ese marco general aparecieron nuevas iniciativas tendentes a poner en pie plataformas que aspiraban a entrar en el escenario político y electoral, teniendo como referente al 15M. Cabe recordar entre ellas las del Partido X, Confluencia, en Red y Alternativas desde abajo, de corta vida todas ellas. Paralelamente, a lo largo de todos estos años un equipo de comunicación política, con Pablo Iglesias como principal promotor, había ido abriendo una brecha mediática desde un medio televisivo alternativo (La tuerka) que estaba alcanzando una difusión creciente, hasta el punto de convertirse en referente de una parte significativa de gente indignada y muy presente en las redes sociales. A su vez, el propio Iglesias empezaba a participar regularmente en tertulias políticas en las TV convencionales, logrando un notable reconocimiento público en sus debates con portavoces de la derecha y la izquierda convencionales. A través de estos medios se iría abriendo paso también la necesidad de dar el salto desde las plazas, las calles y la televisión hacia las instituciones.

De la lógica de movimiento a la lógica competitiva electoral

Así, a medida que se fue constatando los límites de la movilización, se va entrando en una nueva fase en la que la situación de bloqueo institucional en que se encuentran sus principales actores está conduciendo a ensayos varios de reformulación de sus estrategias. Con ese propósito parece haber un amplio consenso en que la identidad colectiva y el empoderamiento alcanzados han de seguir basándose en la centralidad de la movilización social sostenida y convergente en torno a demandas compartidas pero, a la vez, no se puede obviar la necesidad de contribuir a desbloquear el marco institucional y electoral mediante nuevas herramientas políticas, tanto en el ámbito estatal como en el autonómico y el local

La creación de Podemos en enero de 2014 se puede entender, por tanto, en el marco de la “ventana de oportunidad” abierta por la crisis de representación política derivada de la desafección ciudadana creciente frente a la respuesta de los grandes partidos ante la crisis sistémica y sus consecuencias (agravada por los escándalos de corrupción que se suceden en una lista interminable); pero también –y sobre todo- gracias a ese nuevo “clima” de repolitización ciudadana que se ha ido generando desde el Acontecimiento 15M y a su “efecto contagio” en las mareas y la diversidad de iniciativas que han ido surgiendo en la sociedad civil.

Es la percepción de la necesidad de una herramienta político-electoral la que es captada por los colectivos fundadores (con Pablo Iglesias como protagonista y líder, pero sin olvidar el papel de Izquierda Anticapitalista en ese proceso) de Podemos mediante la formación de una candidatura para las elecciones europeas que, más allá del manifiesto inicial (titulado precisamente: “Mover ficha: convertir la indignación en cambio político”) y del programa que se elaboró en un Encuentro en abril, acaba basándose fundamentalmente en la articulación de un discurso simple –“la gente” frente a la “la casta”, “los de abajo” frente a “los de arriba”, por encima del eje convencional izquierda-derecha-, asumido por alguien que ha logrado ya previamente una presencia mediática relevante y en el que se irá reconociendo un creciente sector de la ciudadanía.

Esto último quedó suficientemente demostrado a lo largo de la campaña electoral, con la “ilusión por el cambio” que se fue extendiendo en las redes sociales, los Círculos, los mítines y la audiencia alcanzada en los grandes medios de comunicación por Pablo Iglesias. Fueron los resultados obtenidos por Podemos el 25 de mayo de 2014 los que provocaron un “tsunami”, inédito en la historia de la vida política española, corroborando así el acierto de la nueva formación política creada apenas cinco meses antes.

Se entraba así en un momento político distinto en el que, si bien no se puede considerar que Podemos “represente” al 15M (incluso es percibido por sectores del mismo como contrario a algunos de sus “principios”, como la horizontalidad y el rechazo de los liderazgos), gran parte de los y las activistas y simpatizantes de este movimiento sí se sienten representados/as por la nueva fuerza política e incluso participan en la formación y extensión de los Círculos. Con todo, el mismo éxito logrado fue conduciendo a una evolución de esta formación, ya que no solo se confirma la apertura de una brecha en el sistema bipartidista dominante sino que a partir de entonces es la hipótesis de que Podemos llegue a ser la primera fuerza electoral a escala estatal la que se va mostrando nada inverosímil, como corroboran incluso muchas encuestas de finales de 2014 y comienzos de 2015.

Por eso, después de las elecciones europeas es el diseño por el equipo dirigente de Podemos de un proyecto, un discurso, un programa y un modelo organizativo coherentes con la vocación de ganar las elecciones generales de diciembre del pasado año –una “maquinaria de guerra electoral”- el que se va poniendo en pie. Es la aspiración a conquistar una mayoría electoral buscando la transversalidad social e ideológica a través de un discurso nacional-popular español-“el pueblo” frente a la “casta”, “democracia” frente a “oligarquía”- la que preside su actuación. Con ella es la lógica electoral en el marco de una “democracia de audiencia” (con el protagonismo de los liderazgos mediáticos) la que empieza a dominar frente a la que caracteriza a los movimientos sociales.

Aun así, la misma vocación de confrontación con “la casta” –o sea, los dos grandes partidos de ámbito estatal, PP y PSOE, pero también CiU y, en menor medida, PNV- marca unos límites a los riesgos de adaptación a esa lógica competitiva electoral y a las viejas formas de hacer política que la acompañan. Por eso vemos convivir en el seno de Podemos las consiguientes tensiones entre esa lógica y la procedente de sus propios orígenes, si bien en un contexto de relativa desmovilización social. Solo las Marchas de la Dignidad del 22 de marzo de 2014 mostraron una momentánea reactivación de la protesta, con notable éxito de participación, pero sin lograr contrarrestar los efectos que tuvo la criminalización que sufrieron por parte del gobierno.

A finales de ese año, la decisión adoptada por Podemos en su Asamblea de Vistalegre de octubre-noviembre de 2014 de no presentarse con su “marca” en las elecciones municipales de mayo de 2015 fue muy controvertida, pero acabó teniendo como “virtud” en algunos lugares emblemáticos haber dejado espacio para la experimentación de otras herramientas electorales, generalmente conocidas como “candidaturas de unidad popular”, implicándose en muchas de ellas finalmente la nueva formación emergente.

La pionera en ese camino fue sin duda la protagonizada por Guanyem Barcelona, con Ada Colau (exportavoz de la PAH) como protagonista. Una iniciativa que finalmente se fue consolidando como Barcelona En Comù mediante una coalición mixta de partidos (ICV-EUiA, Podem, Equo) y plataformas diversas (ProcèsConstituent, independientes). En otros lugares (con la integración de miembros de partidos como Equo, IU y Podemos) ha sido la fórmula de “partido instrumental” la que ha servido de vehículo más adecuado, apoyada en sectores de activistas más orientados al trabajo local y en la búsqueda de liderazgos capaces de representar la voluntad de “cambio”, como así ocurrió con el “efecto Manuela” durante la campaña electoral en Ahora Madrid/5. También en Galicia las distintas “Mareas” fueron resultado de un mestizaje entre fuerzas políticas y activistas sociales, con notable éxito en algunas grandes ciudades. Caso distinto fue el de Cádiz, con una candidatura principalmente impulsada por Podemos que logró finalmente alcanzar el gobierno del ayuntamiento.

Fue precisamente en muchas de estas experiencias locales donde logró recuperarse parte del “espíritu del 15M” que, según algunos de sus críticos, habría sido abandonado por Podemos tras la Asamblea de Vistalegre, aspirando en muchos de estos casos a garantizar que el deseado “asalto a las instituciones” condujera a una mejor relación entre la política de movimiento y la electoral.

Los resultados alcanzados por muchas de estas candidaturas permitieron incluso que llegaran a convertirse en nuevas fuerzas de gobierno en grandes y medianas ciudadanas, lo cual está significando nuevos retos. En particular, en lo que interesa en este artículo, está planteando ya en nuevos términos hasta qué punto se va a poder crear una nueva institucionalidad que no choque con la lógica reivindicativa de los movimientos sociales y, a la vez, sea capaz de canalizarla hacia un empoderamiento ciudadano que permita sentar las bases de una “democracia real” y un cambio radical respecto a las políticas austeritarias y al proceso de desdemocratización que se percibe desde el inicio de la crisis en el marco de la eurozona.

Quizás en la figura de Ada Colau, activista de la PAH antes incluso del nuevo ciclo abierto por el 15M y ahora nueva alcaldesa de Barcelona, se simbolice más que en cualquier otra (como Pablo Iglesias o Manuela Carmena) la evolución vivida desde la política de movimiento a la política electoral e institucional actual. Por eso, cuando estamos cerca ya del primero aniversario de los nuevos “ayuntamientos del cambio”, estamos comprobando ya las dificultades para conciliar ambas lógicas dentro un proyecto común que aspira a mantener e ir acercando el horizonte de una ruptura constituyente con el régimen actual.

A todo esto hay que sumar que también las elecciones autonómicas de mayo de 2015 y, luego, las generales del 20D de 2015, han confirmado la realidad plurinacional dentro del Estado español y la existencia de sistemas de partidos diferentes, no solo en Catalunya, Euskadi, Nafarroa o Galiza sino también en el País Valencià y Canarias. Particular significación tiene el caso de Catalunya, ya que es allí donde se ha ido configurando un amplio y plural movimiento soberanista que mantiene su reivindicación del derecho a decidir su futuro, incluida la independencia.

Esta ampliación de los sujetos a favor del “cambio” ha llevado a plantear nuevos interrogantes tras el desafío que han supuesto para Podemos las elecciones generales del 20D y la crisis de gobernabilidad vivida durante los últimos 4 meses, hasta el punto que han obligado a la convocatoria de nuevas elecciones el próximo 26 de junio. De la respuesta a los mismos dependerá la continuidad o no de su ascenso y, con él, su mayor o menor capacidad para que esa ventana de oportunidad que se abrió hará pronto 5 años se mantenga abierta. En resumen, ¿cómo podrán traducir Podemos y las “confluencias” –ahora, probablemente también con IU- la aspiración a la “unidad popular” para “ganar” en un contexto preelectoral más competitivo en el que tanto el PSOE como Ciudadanos aparecen como fuerzas que también pretenden aparecer como fuerzas del “cambio”? Todo ello, además, frente a un PP que, pese al desgaste de la corrupción y los recortes, sigue apareciendo en los sondeos como la fuerza política más votada y, por tanto, dispuesta a recuperar a una parte al menos de sus votantes y a convertir a Ciudadanos en fiel subalterno. Para ello no va a dudar en seguir apoyándose en el discurso del “miedo” frente a la amenaza a la “democracia” y a “Europa” que considera se encuentra en el ascenso de las fuerzas hoy vertebradas principalmente por Podemos.

¿Hacia una nueva y desbordante simbiosis entre las “confluencias” y los movimientos sociales?

Si las clases subalternas no elaboran su propio aparato hegemónico capaz de desafiar las relaciones de fuerza condensadas en la ‘sociedad política’ establecida del Estado burgués integral, permanecerán subalternas como resultado de las sobredeterminaciones de éste” (Thomas, 2009: 452).

Hemos visto, por tanto, un recorrido de cinco años en el que desde el Acontecimiento 15M se entró en una fase ascendente de la protesta que fue chocando cada vez más abiertamente con el bloqueo de la mayoría de las instituciones del Estado frente a la voluntad de “cambio” expresada en las plazas y las calles. Por eso se fue entrando progresivamente en otra fase en la que la búsqueda de herramientas político-electorales pasó al primer plano llegando a la irrupción de Podemos en las elecciones europeas de mayo de 2014. A partir de entonces se genera un “efecto Podemos”, con la consiguiente centralidad de la política electoral en detrimento de la política de movimiento. Los sucesivos procesos electorales vividos desde entonces permitieron a fuerzas que se reivindican del “espíritu del 15M” obtener un significativo número de representantes en las instituciones e incluso poder gobernar ayuntamientos en grandes ciudades que aspiran a aparecer como referentes para el “cambio” y la “revolución democrática”/6.

Se abre ahora la incógnita de hasta qué punto se va a poder dar una nueva articulación enriquecedora entre la política que estas fuerzas van a desarrollar desde las instituciones, por un lado, y la que los movimientos sociales han de seguir practicando, por otro. Una simbiosis muy necesaria para ir rompiendo definitivamente el bloqueo institucional que impedía la consecución de sus principales demandas, generalmente sustanciadas en la aspiración a una “democracia real”, netamente asociada al rechazo con el que nació el 15M a ser “mercancía en manos de políticos y banqueros”. En resumen, el reto está en que efectivamente esas nuevas fuerzas políticas “sí representen” a una mayoría social indignada y, a su vez y con ella, puedan ir sentando las bases de una nueva institucionalidad superadora de la democracia representativa y de las relaciones de poder actuales; de lo contrario, esas fuerzas sufrirían, más pronto o más tarde, un proceso de “transformismo” que les llevaría a ser finalmente cooptadas dentro un nuevo parlamento que ya no sería bipartidista pero tampoco cuestionaría el marco del régimen actual y las reglas del juego austeritarias de la eurozona.

En todo caso, a la vista de las resistencias de un bloque de poder que, como hemos visto en Grecia, es transnacional, si bien no va a ser fácil el primer camino, una condición necesaria –aunque no suficiente- para evitar el segundo, el del “transformismo”, se encuentra en repensar también la “forma partido” desaprendiendo de viejas fórmulas y aprendiendo de las nuevas “confluencias”. Como se decía en un Manifiesto reciente: “No nos importa qué fórmula se adopte, siempre y cuando se plasmen en la práctica los principios de democracia interna, plurinacionalidad, participación activa de quienes apoyen la iniciativas y respeto al pluralismo en un marco que tienda hacia una nueva organización política, un partido-movimiento que lo sea de verdad, más allá de la retórica y los buenos deseos”/7. Quizás así se pueda “caminar preguntando” hacia un “desempate” que siga manteniendo abierto el horizonte de procesos constituyentes democratizadores y rupturistas.

Experiencias recientes, como “Nuit debout” en Francia, las movilizaciones contra el TTIP, las que se anuncian en solidaridad con quienes reclaman asilo y refugio y a favor de un Plan B en Europa, permiten pensar, además, que podemos estar entrando en un nuevo ciclo de protestas en el que las confluencias también puedan darse a escalas superiores.

7/05/2016

Jaime Pastor es profesor de Ciencia Política de la UNED y editor de VIENTO SUR

Notas:

1/ Para el caso de Madrid, y teniendo en cuenta que es una relación de “hijos e hijas” que se ha quedado vieja se puede consultar: www.madrid15m.org/publicaciones/madrid15m_n_14.pdf , pág. 22 (mayo 2013). También, “Mutaciones, Proyecciones, Alternativas y Confluencias 15M”, en http://autoconsulta.org/mutaciones.php (octubre 2014).

2/ Para una valoración personal de lo que significó a los pocos días de su irrupción me remito a “Un ACONTECIMIENTO (con mayúsculas)”, Jaime Pastor, 20/05/11, http://www.vientosur.info/spip.php?article5449 ); para un análisis más “académico” de su evolución: Pastor, 2012.

3/ Un eslogan que se prestaba a confusión porque en realidad era ambas cosas: crisis civilizatoria y, en particular, del “modelo” de capitalismo financiarizado y ecocida pero, a la vez, estafa de “políticos y banqueros” contra una mayoría social.

4/ El empleo de un lenguaje inclusivo ha sido una muestra simbólica de la influencia que, tras un conflicto inicial en la Asamblea de Acampada Sol, logró conquistar un espacio feminista dentro de este movimiento; tampoco habría que olvidar dentro de esa vocación inclusiva el empleo del lenguaje de signos y de intérpretes para personas sordas a lo largo de todo el tiempo que duró la Acampada e incluso posteriormente.

5/ No hay que olvidar que los iniciales promotores de esta candidatura se encuentran en “Ganemos Madrid” (Galcerán, 2015), promovido por el Movimiento por la Democracia, resultado a su vez de la evolución del colectivo enRed antes mencionado. Luego, se suman Podemos y la decisión final de Manuela Carmena de aceptar presentarse como cabeza de lista frente a Esperanza Aguirre.

6/ Para unos apuntes sobre los “ayuntamientos del cambio”: “El difícil camino de la vieja a la nueva institucionalidad”, Jaime Pastor, Diagonal, 28/04/16, http://www.diagonalperiodico.net/la-plaza/30228-dificil-camino-la-vieja-la-nueva-institucionalidad.html

7/ “Por la confluencia política y electoral de las fuerzas del cambio en el Estado español” ( http://www.cuartopoder.es/lentesdecontacto/files/2016/04/Manifiesto_Confluencia.pdf

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Referencias:

Alberich, T. (2016) Desde las Asociaciones de Vecinos al 15M y las mareas ciudadadanas. Madrid: Dykinson

Calle, A. (2013)La transición inaplazable, Barcelona, Icaria

Galcerán, M. (2015): “El método Ganemos o aprendiendo a hacer política en común”, disponible en https://www.diagonalperiodico.net/la-plaza/27036-metodo-ganemos-o-aprendiendo-hacer-politica-comun.html [consulta…23-6-2015]

Pastor, J. (2012): “El movimiento 15M y la política extraparlamentaria”, en C. Colino y R. Cotarelo, eds., España en crisis. Balance de la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero, Valencia, Tirant lo Blanch, pp. 358-381

Thomas, P. D. (2009) Gramscian Moment. Chicago: Haymarket Books



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